Arthur advirtió muy lentamente que la superficie sobre la que se encontraba ya no era dura y fría, sino suave y tibia. El mundo ya no estaba en completa oscuridad y podía sentir la iluminación de la habitación en sus párpados. Finalmente abrió los ojos y se dio cuenta que se encontraba en su cama. Y de que se sentía horrible y extremadamente mal. Al girar su cabeza, vio un vaso de agua sobre la mesita de noche y lo tomó con avaricia. Con velocidad lo bebió enteramente antes de volver a caer sobre el suave nido de almohadas.

Apenas podía recordar algo. Había empezado a beber… ¿Por qué? Oh. Alfred. Había querido deshacerse del dolor. Bueno, aparentemente funcionó por un momento… pero ahora volvía a abrumarle, y venía acompañado del dolor adicional de su estómago retorciéndose y de su cerebro palpitando contra su cráneo. Arthur cerró los ojos y, determinado, intentó dormirse. No le tomó mucho tiempo.

Cuando Arthur volvió a abrir sus ojos, la luz no era tan brillante y su cabeza ya no se sentía a punto de explotar. De alguna manera logró arrastrarse hasta el espejo de su vestidor, pero parpadeó sorprendido por la persona que se reflejaba allí. No podía recordar la última vez que se había visto en un espejo. Sus ojos estaban oscurecidos, hundidos. Su cabello era un desastre enmarañado. Sus labios se estaban descamando por la sequedad y un gran corte enrojecido cubría una de sus mejillas. Alzó una mano, con vacilación, hacia su rostro sin afeitar, notando algunos cortes más debajo de su barba incipiente. En resumen, lucía terrible.

Fragmentos de imágenes surcaban con velocidad su mente: vidrio rompiéndose contra una pared, botellas vacías cayendo a su lado, el suelo empedrado de la bodega elevándose hasta encontrarle… Arthur cerró los ojos para contrarrestar los recuerdos, contrarrestar su reflejo, y forzosamente se vistió.

A pesar del dolor punzante en su cabeza, Arthur logró bajar las escaleras. Lo primero que notó fue un vaso de bourbon vacío sobre la repisa. Pero si él lo había dejado lleno… Arthur sintió su estómago revolverse. Distinguiendo una nota debajo del vaso, rápidamente fue hacia ella y la tomó.

Alfred no querría esto.

Matthew.

Matthew. Por supuesto. La última cosa que había visto en la bodega no había sido el rostro de Alfred; pero aparentemente tampoco había sido un sueño.

Arthur sintió una oleada de enojo recorrerle el cuerpo. Observó furioso la nota antes de romperla en pedazos y arrojarla en la chimenea. ¿Cómo se atrevía? ¿Cómo demonios podría saber lo que Alfred querría? Alfred estaba muerto. Tan rápido como lo pensó, sus rodillas estuvieron a punto de fallarle. Muerto. Muerto. Alfred estaba muerto.

"Por supuesto que está jodidamente muerto," susurró Arthur para sí mismo. Él ya lo sabía. Entonces ¿por qué el finalmente pensar esas palabras se sentía como un puñetazo en el estómago? Arthur tomó un respiro profundo, tomó el vaso, y lo llevó hasta el fregadero. Volver al trabajo. ¿Qué otra cosa podía hacer?

.

Había pasado una semana en la existencia vacía, gris y sin vida a la que Arthur se había acostumbrado rápidamente. Estaba esperando que todo se volviera más fácil en algún momento, pero al mismo tiempo deseaba que no lo hiciera, y de alguna forma hasta lo añoraba. Mientras la vida diaria del pub pasaba a su alrededor, Arthur se mantenía perdido y quieto en el centro de ella. La afluencia había bajado nuevamente, y ahora Arthur no hacía más que quedarse detrás de la barra puliendo cada vaso y copa uno por uno. Era el tipo de tareas que le adormecían y que, en estos días, casi llegaba a disfrutar.

"¿Cómo te sientes?"

Arthur dejó de pulir su cuadragésimo octavo vaso para ver a Matthew frente a la barra, vestido con el uniforme y con su gorro en la mano. Y por supuesto, con su oso polar abrochado en una de sus solapas. Arthur comenzó a preguntarse cómo pudo haberlo confundido a él… o a cualquiera… con Alfred. "Mejor."

"Bien. Estaba preocupado."

Arthur se encogió de hombros. "¿Por qué deberías estar preocupado?"

Matthew le observó con una mirada casi de incredulidad. "Estuviste más de un día en esa bodega."

"¿Lo estuve?" dijo Arthur llanamente.

Matthew jugaba con su gorro. Se veía cansado y exhausto. "Esa noche, vine para saber cómo estabas, y el pub estaba cerrado…"

"Si estaba cerrado, ¿cómo lograste entrar?" interrumpió Arthur.

Matthew estuvo a punto de sonreír. "Tienes que recordar trancar tus puertas."

"Oh."

Hubo silencio, luego Matthew tomó un profundo respiro calmante. "¿Qué estabas haciendo, Arthur?" Sus ojos parecían quemar en los de Arthur, casi tenebrosos en su perspicacia. "Entré y estabas acostado en una piscina de bourbon y vidrios rotos. Debían haber como unas seis botellas vacías junto a ti, sin contar las rotas."

Arthur volvió a encogerse de hombros, sin expresión. "Estaba sediento."

Matthew mantenía una expresión serena, pero con un toque de tristeza. "Arthur, pudiste haberte mata…"

Arthur rápidamente lo interrumpió. "Perdóname, a pesar de que sé que es imperdonable el causarte tanto problema. Por favor, acepta mis disculpas."

Matthew sonrió gentilmente y sacudió su cabeza. "No necesitas disculparte, Arthur."

"Aun así." Arthur realmente se sentía terrible por ser tan molesto para con Matthew. También estaba increíblemente avergonzado, y algo incómodo. Como si sentirse así de terrible no fuese suficiente. Él sólo deseaba que lo hubiesen dejado salir de la bodega por su cuenta – o que simplemente lo hubiesen dejado olvidado allí. Quizá eso habría sido lo mejor.

Matthew hizo una pausa, aparentemente sin saber qué decir. "Nos iremos a Francia. De hecho estoy retrasado. Te dije que vendría a despedirme, así que…" Matthew abrió sus manos.

Mientras miraba al joven y amable canadiense, Arthur sintió otra desastrosa oleada de tristeza. Matthew le agradaba. Podía imaginarlo como un amigo – en otra vida. Arthur tragó con dificultad. No esperaba que Matthew regresara. "Matthew. Me temo que nunca fui el mejor para las despedidas."

Matthew sólo asintió. "Lo supuse. Y lo entiendo. Yo sólo quería… asegurarme de que estarías bien. Lo estarás, ¿cierto?"

Por supuesto que no. "Sí, por supuesto."

"Bien… bien." Matthew extendió su brazo por sobre la barra. "Adiós, Arthur."

Arthur tomó la mano de Matthew y la sacudió con calidez. "Adiós, Matthew. Buena suerte."

Matthew tomó su mano fuertemente, sus ojos amables pero severos. "Y no vuelvas a hacer eso."

Arthur asintió. Cuando soltó su mano, se dio la vuelta y cerró los ojos. ¿Acaso dejaría de sentirse así? ¿Como si el mundo siguiera terminándose a su alrededor? Incluso cuando intentaba ser de ayuda, todo lo que Matthew logró fue causarle dolor sin saberlo; y ahora yéndose le causaba aún más. No era justo. No estaba bien. Pero así era. Detrás de él, podía escuchar a Matthew dirigiéndose a la puerta. "Matthew."

Silencio.

"Por favor… por favor ten cuidado."

"Tú también, Arthur."

Arthur mantuvo sus ojos cerrados, esperando el sonido de la puerta cerrándose. Pero en vez de ello, escuchó una voz desconocida detrás de él.

"Pues, bonjour Monsieur!"

Matthew le contestó inseguro. "Uh, bonjour."

"Discúlpeme, usted me parece conocido… ¿acaso nos conocemos de antes?"

"No lo creo."

"Entonces por favor, debemos conocernos ahora. Permítame invitarle a un trago… ¡pues es usted la cosa más adorable que he visto desde que llegué a Inglaterra!"

"I… uh…" Matthew tosió levemente. "Pardon, mais pas maintenant. Peut-être une autre fois."

"Ah, ¡y también habla francés! ¡Necesito calmar mi corazón!"

Matthew rió, incómodo. "Monsieur, no estamos en París. Quizá debería considerar ser más cuidadoso con sus palabras. No todos reaccionarían con amabilidad hacia ellas, y estoy seguro de que la última cosa que desea es recibir una sentencia de prisión en Inglaterra."

La voz se mofó levemente. "Por favor, cariño, puedo distinguir un alma de mi misma naturaleza a la distancia. Así que venga, beba conmigo, ¡no puede irse!"

Matthew sonaba un poco desconcertado. "Pues, tal y como lo quiso la suerte, Monsieur, voy de camino a Francia."

"Ah, qué crueles pueden ser los destinos… ya que allí es donde mi corazón desea estar pero no me es posible, y a pesar de que deseo que se quede ¡usted está yendo en mi lugar! Quizás algún día, si tenemos suerte, volveremos a vernos."

Matthew rió, restando importancia a la situación. "Ya veremos. Au revoir, Monsieur."

Arthur volteó una vez que finalmente escuchó la puerta cerrarse. Estuvo a punto de gruñir cuando vio al francés acercarse a la barra. Jodidamente genial. Primero tenía que lidiar con los yankees, ahora tenía que lidiar con las Ranas. El hombre estaba vestido con un uniforme de oficial francés. Su cabello rubio caía sobre sus hombros – algo largo para un militar – un poco de barba incipiente cubría su mentón, y su brazo derecho estaba cubierto con vendas desde la axila hasta la muñeca. "Ah, qué pintoresco. Un pequeño pub inglés." Su voz tenía un acento pronunciado.

"¿Cómo puedo ayudarle?" preguntó Arthur hoscamente.

El francés se inclinó sobre la barra y sonrió ampliamente. "Yes, por favor tráeme una botella de tu mejor vino tinto. Francés, si tienes. No quiero ser grosero, pero su vino inglés es, cómo podría decirlo… desagradable."

Arthur enarcó una ceja. Sacó una botella de vino de un gabinete de vidrio que estaba detrás de él y colocó con fuerza frente al francés. "Merlot. El mejor que tenemos. Increíblemente viejo, perfectamente conservado, simplemente uno de los mejores vinos del país. Cien libras. Oh, y es inglés."

El francés arrugó la nariz. "Quizás sea mejor que sólo tome una copa de brandy."

Arthur se encogió de hombros. "Como desee." Guardó el vino y lo reemplazó con una botella de brandy.

El francés tomó asiento en una de las sillas de la barra, colocando cuidadosamente su brazo vendado sobre ella. "Así que, ¿cómo se llama este pequeño bar tuyo, hombre inglés?"

Arthur apretó los dientes. Rana arrogante. "The Emerald Lion."

El francés frunció el cejo y se golpeteó la barbilla. "Le lion vert. Hmm. El nombre se me hace conocido, por alguna razón." Asintió cuando Arthur colocó la copa de brandy frente a él. "Merci, mon ami."

"Mi nombre es Arthur. Y por favor abstente de llamarme ami." Arthur fue abrumado por un recuerdo repentino… "Y por favor abstente de llamarme buddy." "Está bien, lo siento Art. Thur." Así como así, la súbita desesperación por la remembranza lo envolvió nuevamente.

"Muy bien." Una sonrisa juguetona apareció en los labios del francés mientras observaba a Arthur con intensos ojos azules. "Es un placer conocerte, Arthur. Mi nombre es Francis. ¿No me acompañarás con un trago?"

Arthur rodó los ojos, irritado. "No, gracias. Estoy trabajando."

Francis se encogió de hombros. "Santé."Alzó su bebida a modo de brindis. Arthur notó que le faltaban dos de sus dedos y sintió una punzada de culpa. Después de todo, Francis había peleado por la misma cosa que Alfred. Lo que fuera que eso significara estos días.

"¿Qué te parece el brandy?" Arthur decidió que sería de buena educación tratar de ser sociable.

"Esto es lo primero que bebo desde hace dos meses." Francis tomó un largo trago, su rostro gratamente sorprendido. "Y debo decir que está excelente."

"Es inglés," dijo Arthur con una pequeña sonrisa.

Francis sonrió maliciosamente. "Bueno, supongo que todos pueden hacerlo bien de vez en cuando." Tomó otro sorbo y examinó el pub con curiosidad. "Esto realmente me trae muchos recuerdos. Hace años que no estaba en un pub inglés."

"¿Esta no es tu primera vez en Inglaterra?"

"Oh, no. Solía venir regularmente, en realidad, con dos amigos míos. Incluso estábamos pensando hacer nuestros estudios universitarios aquí, antes de la guerra. De hecho…" Francis sonrió pensativamente, sus ojos repentinamente cristalinos y distraídos. "Londres fue el primer lugar al que viajamos juntos." Entonces parpadeó y desapareció. "Pero eso fue hace ya una vida entera." Francis terminó su copa con broche de oro. "Debo disculparme. Normalmente no bebo tan rápido."

"Oh, yo no me preocuparía por ello… deberías ver a los estadounidenses que vienen aquí." Arthur rió mientras le servía más.

"Ah, los estadounidenses." Francis asintió conscientemente. "El joven caballero que estuvo conmigo en la puerta… ¿lo conoces? ¿No es estadounidense?"

"Sí, lo conozco. Y es canadiense."

"Por supuesto – el oso polar. Ah, qué terrible sincronización; qué giro del destino." Francis alzó la vista y suspiró melodramáticamente. "Qué tragedia."

Arthur suprimió una risa. No había sonreído tanto en semanas. "Así que, Francis, ¿qué te trae por Inglaterra esta vez?" Arthur continuó donde había quedado anteriormente, puliendo copas. En realidad, estaba comenzando a sentirse agradecido de este soldado francés por la distracción.

"Un barco médico inglés, para ser ciertos."

"Oh. ¿Te hirieron en Europa?"

Francis respondió lentamente. "Fui capturado en Italia."

"Oh, lo siento." Arthur mantuvo su mirada sobre la barra. Ni siquiera quería saber cómo había perdido Francis esos dedos. Pero su curiosidad era abrumadora. Pensaba en Alfred, capturado, y por lo que podía haber pasado. Qué gran distracción. "¿Fue… fue muy terrible?"

Francis bajó la mirada hasta la copa, sus ojos oscuros y vacíos. "Realmente no quieres saberlo," dijo suavemente.

"Lo siento," dijo Arthur de nuevo. Se sentía un poco enfermo. "Pero escapaste… ¿logran escapar muchos soldados?" Una esperanza tonta.

"No de los que me capturaron." Arthur le miró inquisitivamente y Francis rectificó, "Gestapo. Sólo digamos que fui increíblemente suertudo. Tengo un… cómo podría decirlo… un don para escapar."

"Oh." Arthur se reprendió internamente por llegar a pensar en Alfred bajo esas circunstancias.

"Si me permites preguntar…" Francis observaba de soslayo a Arthur por encima de su copa de brandy. "Pareces muy interesado en eso. ¿Por qué?"

Arthur pausó, entonces sin saber por qué se lo estaba contando a este hombre francés, explicó, "Conozco a alguien que fue capturado por la SS."

Francis colocó su copa sobre la barra y suspiró. "Ah, mon Dieu. No debí…"

Arthur sacudió su cabeza. "Está todo bien, te lo aseguro. Después de todo, yo fui quien preguntó."

"Esta persona… ¿era algún familiar? ¿Un hermano?"

"No, era un estadounidense. Él era… él era…" Arthur inclinó su cabeza, incapaz de saber cómo terminar esa oración. Él era inimitable… era un loco… él lo era todo.

Hubo un breve momento de silencio antes de que Francis hablara suavemente. "Ya veo. Lo siento."

Arthur sacudió su cabeza nuevamente, parpadeando rápidamente. "Estamos en tiempo de guerra. ¿Qué podemos hacer?"

Francis rió con eso, leve y sin humor. "En realidad qué."

"Sabes, Francis…" Arthur tomó un respiro profundo, alzó la mirada hacia el francés y sonrió. "Creo que te acompañaré con un trago."

Algunos brandies después y afortunadamente la conversación se desvió de temas tan dolorosos. Arthur volvía a tumbar otra copa mientras Francis lo veía con ojos bien abiertos.

"Podrás hablar de los americanos, pero jamás había visto a alguien beber como tú, my friend."

Arthur sacudió una mano. "Estoy acostumbrado. Puedo soportar el licor." Inmediatamente derribó la botella y decidió ignorar la risa de Francis. Como si la Rana pudiese hablar – ya iba por su cuarta copa. "Y es terriblemente ofensivo que me compares con un yankee." Arthur y Francis parecían haber encontrado una similitud gracias a su mutua irritación por los estadounidenses.

"¡No tienen ningún tipo de clase!" dijo Francis entre risas. "¡Y qué sentido de la moda tan horrible!"

Arthur asintió, concordando honestamente. "¿Y alguna vez has intentando jugar béisbol? ¡Una absoluta tontería! No tiene sentido, ni un poco."

Francis se inclinó emocionado. "Mon ami, ¡deberías verlos en París! ¡Al parecer creen que en todo el mundo se habla inglés!"

"¡Inglés, ja!" Arthur se mofó. "Lo que ellos hablan no es inglés. Y lo que deletrean ciertamente tampoco lo es."

Francis rió fuertemente. Comenzaron a atraer las miradas de otros clientes del pub rápidamente, pero a Arthur no podía importarle menos. Era lo más sereno que se había sentido en semanas. "Y su comida," continuó Francis con tono horrorizado. "¡Es peor que la inglesa!"

Arthur ignoró esa última parte. "Su chocolate es bastante bueno." Tomó una pausa, perdido en sus pensamientos por un momento. "Y son tan… contentos. Enérgicos. Y alegres, a pesar de todo. De hecho… en realidad no son tan malos, old chap."

Francis colocó su copa vacía sobre la barra. "Oui, supongo que es cierto. Estuve por dos semanas en un hospital no muy lejos de aquí, atrapado en una cama al lado de un americano… Era gracioso y amigable, pero mon Dieu, ¡simplemente no podía callarse!"

"Entiendo exactamente a lo que te refieres," dijo Arthur, recordando la incapacidad de Alfred para quedarse callado. Al parecer no sabía cómo.

Francis sacudió una mano. "Pilotos de combate. Son todos iguales."

Arthur sonrió sombríamente. "Aparentemente lo son."

Francis observó el techo, una expresión de entretenimiento en su rostro. "Ah la la, pero este piloto era extraño. Cuando no estaba sedado pasaba el resto de tiempo intentando quitarse las vendas, luchando contra el personal, y tratando de escapar del lugar. Teníamos una pequeña apuesta para ver quién lograba salir primero. Como le dije a él, si puedo escapar de los alemanes, puedo escapar de los ingleses." Francis alzó su bebida nuevamente.

Arthur dudó. "¿Por qué estaba tratando de irse?"

"Seguía diciendo que tenía que ver a alguien…" Francis cayó en silencio y miró a Arthur curiosamente. "Attend, creo que fue ahí donde escuché el nombre de este pub… Ah, estos analgésicos que me dieron, juegan con mi mente." Francis entrecerró los ojos, calculando. "¿Cuál dijiste que era tu nombre?"

Arthur apretó su copa tan fuerte que podía sentirla quebrándose. "Arthur," respondió con voz muy baja. El aire se sentía pesado a su alrededor.

Francis abrió sus ojos ampliamente. "¡Por supuesto! ¡Arthur del Emerald Lion!"

Arthur se congeló de la sorpresa. No se atrevía a pensarlo. No se atrevía a respirar. Esto no era real. No podía serlo. "¿Cuál era su nombre?" preguntó Arthur lentamente, sin aliento. "¿Este piloto de combate estadounidense…?"

"Alfred. Teniente Alfred Jones."

Arthur dejó caer su copa. Ignoró el cómo ésta se quebraba a sus pies. El mundo parecía destrozarse y rehacerse a su alrededor. Su corazón se detuvo, saltó en su pecho, entonces comenzó a latir velozmente. Miraba sin ver, sin creer, y a pesar de que podía ver los labios de Francis moviéndose, no podía escuchar una palabra. El silencio repentino fue seguido de un ensordecedor estallido en sus oídos. Cuando Arthur finalmente pudo moverse, cuando finalmente pudo respirar, logró hablar en un susurro. "¿Dónde dijiste que estaba ese hospital?"


Continuará...