La ajetreada vida de Paulo lo estaba matando poco a poco. Vivía en el centro de la ciudad, su trabajo era exageradamente agotador y, por si fuera poco, no tenía familia ni amigos que pudieran respaldarle. Vivía solo en un piso pequeño en la zona más ruidosa de la ciudad, los constantes dolores de cabeza, los problemas respiratorios por la polución del ambiente y los turnos nocturnos de su trabajo estaban repercutiendo negativamente en su salud. Y justamente cuando pensó que no podría aguantar más, ocurrió el milagro.
Paulo, saliendo del trabajo para dirigirse a casa a descansar, si es que lograba descansar, se topó con un anuncio. No estaba colgado en ninguna farola ni pegado en una pared, el fuerte viento estampó el verdoso y arrugado papel en la cara del joven. Rápidamente, se echó la mano a la cara y lo cogió. De normal lo habría tirado al suelo, pero en aquella ocasión lo extendió y le echó un vistazo. En él ponía: "Se busca persona dispuesta a vivir en un pueblo pequeño con vecinos pintorescos. La casa es pequeña, gratuita y se le ofrecerá un trabajo. Requisitos: Ninguno".
Los ojos de Paulo se abrieron como platos. En su afligido rostro apareció una sonrisa de pura felicidad, algo que hacía tiempo que el joven no sentía. Tras leer aquel papel tenía dos opciones: Seguir con su aburrida y agotadora vida hasta que su cuerpo dijera "hasta aquí he llegado", o de lo contrario abandonarlo todo y comenzar desde cero en un lugar nuevo, con gente nueva y con un trabajo nuevo. Aquello podría ser una broma o, peor aún, una trampa de algún perturbado. Pero le daba igual, estaba desesperado por huir, por comenzar una nueva vida. Y la suerte o tal vez algún ser de inmenso poder le había dado aquella oportunidad.
Cuando llegó a casa, ni siquiera se duchó ni se cambió de ropa. Seguía con aquellos pantalones oscuros repletos de bolsillos, sus botas negras y su camiseta gris. Cogió una pequeña mochila y metió allí algunas de sus cosas, como algo de ropa, latas de comida por si el viaje era demasiado largo, varios discos de Saurom,su grupo favorito, y su flauta, su querida flauta irlandesa. Fue al baño para arreglarse un poco antes de salir, llevaba toda la noche trabajando, pero no tenía nada de sueño.
Paulo se miró al espejo. Era un joven robusto, de espalda ancha y brazos fuertes. Su pelo era rizado, pero los bucles castaños no se notaban por tenerlo tan corto. Sus ojos eran de color ámbar, su nariz era grande y tenía una cicatriz en la barbilla. Cogió su monedero, algunos documentos importantes, todo el dinero que tenía por casa y, por supuesto, su móvil. Se colgó la mochila, salió y cerró con llave dejando una nota en su puerta que ponía "Vuelvo: Nunca" y una mano sacando el dedo corazón dibujada.
Antes de desaparecer pensó en pasar por la oficina de su jefe y despedirse como siempre quiso, defecando en su mesa y alejándose de él haciendo la croqueta. Obviamente, no iba a hacerlo. No quería despedirse de nadie, ni siquiera pasó por el banco para sacar dinero. Cogió doscientos euros que tenia escondidos en casa, fue a su diminuto coche y lo arrancó. En el asiento del copiloto estaba su mochila, la única compañera que tendría en todo el viaje, la única que comprendía lo mal que lo estaba pasando y, por supuesto, la única que no le iba a llamar loco por irse de la ciudad sin avisar a nadie.
Eran las ocho de la mañana cuando Paulo, conduciendo a toda velocidad y escuchando Saurom al máximo volumen, abandonó la capital y se adentró en la autopista. Asomó la cabeza, miró a los altos edificios grisáceos y gritó: ¡Qué os zurzan! Un señor con bigote que conducía un coche rosa se dio por aludido y le miró mal durante unos instantes. Por culpa de eso se saltó su salida. Al ritmo de la canción "La dama dormida", adelantaba a los vehículos y cantaba tan fuerte que se llegaba a hacer daño en la garganta. De vez en cuando iba mirando la hoja verde para no olvidar la dirección que marcaba, una dirección que jamás había visto antes, ni siquiera le sonaba.
El viaje resultó ser largo y peligroso, las carreteras y caminos de tierra abruptos y desiguales eran todo un reto para el destartalado vehículo de Paulo. Sin contar a los conductores que adelantaban sin usar intermitente, que se saltaban la linea continua o que circulaban a doscientos por hora. En total, paró en cinco bares de carretera distintos y se gastó cien euros entre comida, bebida y peajes. Estaba cerca de su destino. Se adentró en un túnel inmensamente largo, era el único coche que lo estaba recorriendo. Paulo hizo memoria y, en medio de la oscuridad de aquel lugar, recordó que llevaba varias horas sin encontrarse con ningún coche. Finalmente, vio una luz al final del túnel
-¡Oh, no! ¡Estoy muerto!
Como estaba solo podía decir lo que le diese la gana. Empezó a carcajearse de su propia broma mientras salía al exterior. El paisaje era precioso. Estaba conduciendo por una carretera de montaña junto a un enorme precipicio. Vio un bosque frondoso, una pequeña aldea a lo lejos y, cerca de ella, el inmenso mar que desaparecía en el horizonte. Para evitar despeñarse montaña abajo, decidió seguir mirando a la carretera. Tras media hora, consiguió salir de la montaña y adentrarse en un camino terroso el cual estaba delimitado por vallas de madera. De pronto, pasó de estar conduciendo por tierra a estar encima de un camino de adoquines grisáceos que le llevaban a una explanada con otros coches aparcados. Definitivamente, había llegado. Bajó de su vehículo con la mochila a sus espaldas. El pueblo parecía vacío, pero vio que alguien se le acercaba. Era alto, tenía una melena rubia y barba, ojos azules y varias cicatrices en la casa. Vestía unos pantalones vaqueros, unos zapatos de cuero, una chaqueta del mismo material y una camiseta blanca.
-¡Qué los dioses te guarden! -dijo el hombre con acento noruego -. ¿Eres tu el nuevo vecino?-Esto... sí. Así es -Paulo sacó el anuncio y se lo enseñó.
-Entonces déjame que sea la primera persona en darte la bienvenida a Villa'G.
-¿Villa'G? -preguntó el nuevo vecino. Sin duda, el nombre del lugar era curioso.
-Ven, te acompañaré a tu casa. Seguro que estás agotado del viaje.
Paulo siguió al hombre alto y rubio. Llegaron a la plaza, una zona pequeña con una fuente, un árbol, una torre del reloj y varios bancos. Allí estaba el ayuntamiento, construido con ladrillos blancos y con un tejado azul celeste. Las demás casas del pueblo estaban más adelante, pero se desviaron por otro camino y se alejaron varios cientos de metros de la villa, llegando a una casa de madera que se encontraba a la entrada de un inmenso bosque.
-Aquí es -dijo el nuevo vecino de Paulo.
-Y... ¿De verdad es gratis? O sea, ¿no tengo que pagar nada?
-No, pero tendrás que trabajar para el pueblo, como todos los de aquí. Tu descansa, mañana hablaremos de tu trabajo
-Gracias. Por cierto, me llamo Paulo -se presentó.
-Yo Dovahkiin. Un placer.
