Paulo entró en su nueva casa. El interior estaba sucio, repleto de polvo y telarañas que cubrían la gran mayoría de los muebles. Iba a necesitar mucho tiempo y paciencia para limpiarlo. La casa consistía en un comedor amplio con un pasillo a cada lado. El de la derecha llevaba al dormitorio y al cuarto de baño. El de la izquierda, a un pequeño trastero y a una habitación que estaba cerrada con llave. Paulo recorrió el comedor. Tenía una cocina, una mesa, varias sillas y una estantería con algunos libros. En una esquina vio una escoba, un recogedor y una nota de papel que ponía "Ya tienes algo que hacer".

A Paulo se le escapó una mueca de incredulidad solo de pensar: "¿De verdad tengo que limpiar todo esto?". Necesitaba descansar del viaje, así que se dirigió al dormitorio y se lanzó contra la cama, la cual estaba repleta de polvo, pero eso no le importaba. A los pocos segundos se escuchó como alguien llamaba a la puerta. Levantó poco a poco la cara de la sucia almohada, el rostro de Paulo estaba recubierto de mugre. Se pasó la mano por ella para quitarse toda la suciedad posible y se dirigió a la puerta.

-Será Dovahkiin -pensó -. Tal vez se a olvidado de decirme algo

Paulo giró el pomo de la puerta y la abrió. Eran dos vecinos que habían ido a darle la bienvenida, el anuncio decía que tendría vecinos pintorescos, pero no se esperaba para nada aquello. Su rostro de cansancio cambió automáticamente a uno de horror cuando vio que, al otro lado de la puerta, habían dos esqueletos que se mantenían en pie como por arte de magia. Uno de ellos era alto y alargado, medía casi dos metros y vestía una coraza blanca, una bufanda naranja y unas botas del mismo color. El otro era más bajo y ancho, le llegaba a la altura de la cadera, vestía una chaqueta azul, unos pantalones negros cortos y unas pantuflas de color claro. Sin embargo, cuando Paulo los observó mejor, no parecían esqueletos sacados de una película de terror de serie B, más bien tenían un aspecto algo más cómico.

-Esto… ¡Ah, hola vecino! -dijo el esqueleto alto -. Mi nombre es Papyrus, él es mi hermano Sans. Solo queríamos darte la bienvenida.
-Eh… -Paulo se quedó sin palabras -. Estoy… flipando.
-Como regalo de bienvenida te he traído unos espaguetis -Papyrus extendió sus esqueléticos brazos y le dio un plato de espaguetis con tomate fríos -. ¡Venga, cógelos!
-¿Eh? Ah… sí -con algo de miedo en el cuerpo, Paulo se acercó a él y cogió el plato.
-¡Por todos mis huesos! -exclamó Sans -. Vas a necesitas mucho tiempo para limpiar la casa.
-Lo se pero… ahora mismo estoy agotado. Necesito descansar -Paulo todavía no se creía que estaba hablando con un par de esqueletos.
-¡Oye! ¿Quieres que te echemos una mano? -preguntó Papyrus.
-¿En serio?
-Tengo una idea. Nosotros te limpiamos la casa, pero tu nos invitas a cenar. ¿Trato hecho? -preguntó Sans.
-¡Trato hecho! -Paulo le estrechó la mano a Sans, pero sus ojos azules desaparecieron dejando sus cuencas oscuras y vacías.
-Pero si no te acuerdas de la cena… vas a pasar un mal rato.

Hubo un silencio incómodo. Los ojos de Sans volvieron a aparecer, Papyrus entró en su casa dispuesto a barrer y su hermano fue a la suya para traer productos de limpieza.

-Mientras Sans vuelve puedes comerte los espaguetis -dijo Sans -. Iré abriendo las ventanas.

Pero Paulo miró el plato de pasta, parecía un bloque compacto y congelado. Aprovechando que Papyrus no miraba, metió el plato dentro de la nevera. Cuando la abrió, un mapache salió de ella y corrió hacia la salida. Paulo gritó y calló al suelo, pero se levantó rápidamente para guardar la comida.

-¿Qué ha pasado? -preguntó Papyrus corriendo hacia la cocina.
-¡Nada! Nada… -respondió Paulo -. Luego me los comeré, no tengo hambre ahora.
-Está bien -sonrió Papyrus mientras pasaba la escoba -. Bueno dime, ¿cual es tu primera impresión de Villa'G?
-Pues… me imaginaba que mis vecinos serían más… humanos.
-¿Cómo dices? ¡Oh, claro! ¡Tu vienes de la ciudad! ¡Menudo susto te hemos tenido que dar! ¿Eh?
-Sí, ya ves -rió Paulo.
-Nye he he he -rió Papyrus.
-¡Papá Noel ha llegado! -dijo Sans entrando con una enorme cantidad de productos de limpieza, fregonas y escobas.

Entró en casa y lo dejó todo tirado por el suelo.

-¡Sans! -gritó Papyrus.
-¿Qué?

En ese momento, interrumpiendo lo que podría acabar en una típica discusión de hermanos, un niño y una niña se asomaron por la puerta. El chico era delgado, tenía el pelo negro y corto, una camiseta a rallas y unos pantalones vaqueros azules. La niña era un poco más baja que él. Llevaba un vestido morado, una mochila rosa y sostenía un oso de peluche. Sus ojos eran grandes y verdes y su pelo rojo y largo.

-¡Hola Sans! ¡Hola Papyrus! -saludó el chico.
-¡Hola Shaun! ¡Hola Annie! -devolvió Papyrus el saludo.
-¡Eh chicos! ¿Queréis ayudar un poco? Seguro que nuestro nuevo vecino os recompensa bien -dijo Sans.
-¡Vale, me apunto! -dijo Annie sonriendo.
-Bien, yo me vuelvo a casa.
-¡De eso nada, Sans! ¡Tu aquí a limpiar! -regañó Papyrus.
-Ok -y Sans cruzó la puerta y se largó.
-Siempre hace lo mismo. ¡Bueno chicos, a limpiar!

Motivados, los chicos cogieron trapos y escobas y empezaron a limpiar el suelo corriendo y haciendo sonidos de vehículos, una buena forma de juntar el trabajo con el juego. Paulo estaba limpiando los muebles con algunos productos y una bayeta. Escuchaba en la otra habitación las risas de los niños y Papyrus y él también sonrió, sabía que a pesar de que sus vecinos no eran como él pensaba, podría convivir bien con ellos. Salió del trastero y comenzó a limpiar la puerta cerrada. Una vez más intentó abrirla, pero esta no cedió. ¿Por que habría una puerta cerrada en aquella casa? ¿Qué guardaría ahí dentro el anterior dueño?

-¿Entonces eres el nuevo vecino? -preguntó Shaun.
-Sí, así es. Me llamo Paulo.
-Yo Shaun. Soy el hijo de Nate, lleva la tienda del pueblo.
-Cuando esté bien instalado me pasaré a comprar algo -sonrió Paulo.
-Esa puerta… está cerrada, ¿verdad?
-Esto… sí. ¿Tu sabes algo?
-Recuerdo que el anterior vecino que vivía aquí no nos dejaba pasar nunca. Era muy majo con nosotros, pero nunca pudimos entrar ahí.
-¿Quién era el anterior vecino?
-Yo… -el rostro de Shaun cambió por completo, parecía preocupado a la par que aterrado -. ¡Tengo que seguir limpiando!

Y Shaun se alejó rápidamente de Paulo, dejándole solo frente a aquella puerta cerrada. Algo había en aquella casa que no le olía nada bien al nuevo vecino, acababa de mudarse y ya tenía un misterio que resolver. Pero no aquel día, había demasiado que limpiar como para pensar en otros temas.