Los personajes no son míos, pertenecen a Capcom (Exceptuando a Dean McGrath, ese es mío).

¡Disfruten!


De inmediato entró en la habitación del paciente. Uno normalmente esperaría de un laboratorio ultra secreto de maniáticos que al menos fuese repulsivo a la vista, lleno de tubos enormes con líquidos extraños, mutaciones biológicas más allá de la imaginación más salvaje del científico más descabellado, o algo que indicase que estaba al fondo de una extraña cueva en Inglaterra, al menos. Pero no. Esta vez, se trataba de una simple habitación de hospital con paredes blancas, cortinas azul pálido que al verlas simplemente te deprimían y ese olor característico a excesivo desinfectante que te hacía arrugar la nariz hasta más no poder. Pero lo que realmente no encajaba era el escritorio caoba en la esquina derecha lejana, con un par de estantes rebosantes de archivos médicos y sólo Dios sabía qué otras atrocidades más.

Se dirigió de inmediato hacia la camilla a su izquierda, en donde un hombre sumamente delgado y rubio estaba postrado, con una expresión de dolor en el rostro. A su lado, un enorme tubo con un líquido carmesí que conectaba a la vía intravenosa clavada en las venas de las muñecas del paciente moribundo se llenaba gota a gota, extrayendo todo lo que podían.

Jill se llevó una mano a la boca, estupefacta al ver a uno de sus buenos amigos en ese terrible estado. Se apresuró hacia él y observó su ahora casi esquelético rostro, con los ojos hundidos, los huesos de su mandíbula demasiado notorios y labios resecos. No se necesitaba ser un experto para adivinar que claramente él se estaba muriendo por diversas causas. Desnutrición, deshidratación, desangrado...

-¡Leon!- La rubia agitó ligeramente al chico, con miedo de al mínimo toque hacerle daño.- ¡Leon! ¿Me oyes? Soy Jill.

Sus ojos se abrieron lentamente, como si le doliera. El azul de sus ojos se veía más apagado que de costumbre, sus lúgubres labios rosa pálido se juntaron en una pequeña línea recta apenas visible.

-Leon, soy Jill. ¿Me recuerdas?- Volvió a intentar.

-¡Grrrgh!- Un gemido salió de la garganta de Leon, mientras hacía un notorio esfuerzo por no cerrar los ojos. -¡Grrrgh! ¡Grrrgh!

-¡Shhhh! Cálmate, hemos venido a sacarte de aquí. Necesito que no hagas ruido, ¿de acuerdo?

-¡Grrrgh! ¡Grrrgh! ¡Grrrgh!- Los gemidos del chico eran cada vez más fuertes, mientras Jill intentaba calmarlo a como diera lugar. Su ritmo cardíaco comenzó a elevarse, su respiración era entrecortada y luchaba con las pocas fuerzas que le quedaban para revolverse en la cama.

-Tranquilo, Claire no está aquí.- De pronto dejó de luchar, un poco más aliviado al oír las buenas noticias.

El sonido de pasos apresurados en el pasillo la hizo sobresaltarse. Cubrió sus labios y nariz con la bufanda que llevaba rápidamente, justo a tiempo para recibir a media docena de enfermeros, los cuales se abalanzaron como abejas a la miel sobre el agente.

-Ritmo cardíaco elevado, signos vitales en descenso, ¡preparen la sala 4!- Gritó un hombre de bata blanca, visiblemente con más experiencia que el resto de sus compañeros.

-¡Esperen!- Gritó la rubia, no podía alejarse de Leon en ese momento, de lo contrario nunca podría encontrar qué hacer para mantenerlo vivo y ella correría el riesgo que la descubriesen; todo se iría al mismísimo demonio, y probablemente se condenaría a ella y el resto de sus compañeros al sueño eterno.- ¡Yo sé cómo ayudarlo!

-No se preocupe, señora Winfrey, estas cosas pasan.- Habló alguien detrás de Jill. Allí, en el umbral de la puerta, luego de ver cómo se llevaban corriendo a Leon, la señora Smith, asistente de Alex, observaba la escena con total calma.- Él volverá en cuarenta y ocho horas mínimo, le dará tiempo para examinar los archivos y ponerse al día con el estado del paciente.

-Pero, ¿qué le van a hacer?

-Se le darán unos vitamínicos intravenosa para que continúe otorgándonos su sangre, como ya ha de saber, él es muy importante para nosotros.

La sonrisa oscura en la cara de la señora Smith hacía erizar cada cabello de su cuerpo. Algo había en sus ojos que le daba mala espina, ella sabía demasiado. Por un segundo pensó que había descubierto su verdadera identidad, pero anuló ese pensamiento luego de sus palabras.

-No lo tome personal, Winfrey, es sólo un paciente más, sólo que con mayor importancia. Tiene suerte, su primer día y no tiene que hacer arduas labores. -Rió- Aproveche su respiro, no siempre será así.- Cerró la puerta y sus tacones resonaron cada vez más suaves.

Suspiró sonoramente. No podría ser capaz de salvar a Leon y a Sherry al mismo tiempo. Pocas horas restaban para que la rubia se convirtiese en una mutación biológica, y dos días para que Leon saliese del laboratorio. Muy a su pesar, debía tomar una decisión rápidamente.

Salvar a Sherry era la opción que más tintineaba con luces rojas y una sirena en su cabeza, pero a la vez tenía esa sensación de culpabilidad al dejar abandonado al pobre Leon a su suerte.

Sacudió la cabeza para despejarse. Estaba muy claro que Sherry era su prioridad en ese instante, porque fuera lo que fuese que le estaban haciendo a Leon, era para mantenerlo con vida el mayor tiempo posible; pero, ¿por qué? ¿Qué tenía su sangre que lo hacía tan especial e importante para ellos? Se giró hacia el sobresaliente escritorio en la habitación, una sonrisa cruzó por sus labios.

Corrió hacia el estante rebosante de archivos médicos y lo examinó con detenimiento. Encontró luego de unos minutos, un folio que respondía todas sus preguntas y mucho más. De inmediato, guardó la carpeta bajo su bata blanca y se dispuso a salir a buscar la vacuna para Sherry. Le hubiese encantado robar todos esos archivos y mostrárselos a Hunnigan; pero estaba en una carrera contrarreloj, así que decidió marcharse.

Volvió a elevar su bufanda y salió de la habitación hacia los blancos e iluminados pasillos. Doctores, enfermeros, científicos y demás caminaban por todos lados, todos demasiado ocupados con sus respectivas tareas como para darse cuenta que una intrusa se encontraba camuflada entre ellos. Sin embargo, le parecía que la señora Smith y Alex tenían algo que ver con todo el revuelo.

-No puede ser que no la encuentren, ¡esto se está saliendo de control!- Oyó a dos enfermeras hablar.

-Lo sé, ¿por qué nuestros hombres no han hecho nada aún? ¡Todos corremos peligro aquí y ahora!

-¡Toda nuestra investigación y esfuerzo serán para nada si el Gobierno nos descubre!

-Por ahora, sólo nos queda continuar y ser precavidos, por lo que oí, la intrusa es una de las mejores agentes.

El lado bueno de todo eso era que nadie sospechaba de ella aún, y el lado malo era que todos estarían alerta al mínimo movimiento. Debía proceder con cautela si quería salir viva de allí. Miró uno de los relojes de pared que había en el pasillo y comenzó a caminar a un ritmo acelerado. A Sherry aún le quedaban unas cuatro horas, así que debía actuar rápido.

Llegó al laboratorio después de unos cuantos minutos, pero la puerta contenía un cierre electrónico con un lector de tarjetas.

-¿Qué necesita, señora?- De inmediato se volteó, con el ritmo cardíaco acelerado. Un hombre de unos cuarenta años se encontraba detrás de ella. Rubio, ojos hundidos y marrones, alto y delgado.

-Estaba buscando suero, lo necesito para el paciente.- Respondió rápidamente la primer cosa que se le ocurrió. El hombre la miró raro antes de preguntar.

-¿Suero? ¿Está usted jugando conmigo?

Recordó de pronto que ese no era un hospital normal, por lo tanto pedir suero allí era como ir a comprar armas a una papelería. Pero, ¿qué podría decir?

-Ja, ja. ¡Se la ha creído! Soy la doctora Michelle Winfrey, me encargo del paciente de la habitación 305.

Él rió forzosamente antes de presentarse.- Soy Dean McGrath, encargado del laboratorio químico.- Le tendió la mano -Es un placer. He oído maravillas de usted.

-El placer es mío.- Estrechó su mano con la de él. -Me quedaría hablando todo el día, pero realmente llevo prisa. Necesito la cepa del virus CCTH, mi investigación va viento en popa.- Gracias archivos médicos en la habitación de Leon por toda la información sobre los últimos virus creados, pensó Jill.

-¡Oh! En ese caso, no hay ningún problema, pero se lo daré con la condición de ser el primero en ver ese resultado final.

-Por supuesto.- Sonrió.

Él sacó una tarjeta del bolsillo superior izquierdo de su bata y lo pasó por el lector de tarjetas de la puerta. Éste de inmediato tintineó con una luz verde e hizo un sonido de desliz. Entraron de inmediato, y la habitación era exactamente como se la imaginaba. Máquinas extrañas por todas partes, refrigeradores enormes con pequeñas muestras de distintos colores, todas etiquetadas con distintas siglas; los microscopios encima de la mesa con preparaciones ya listas para ser observadas, y en el rincón superior derecho de la habitación, justo en la unión de dos paredes y el techo, una cámara negra de vigilancia. Si quería obtener la vacuna, debía de inmediato idear un plan formidable.

-Dígame, señor McGrath, ¿es usted el único que tiene acceso a esta habitación?

-Sí. De hecho, he estado abogando por que integren a algún otro encargado más, es tedioso tener que estar constantemente al pendiente si alguien necesita algo de aquí.- Dijo, cerrando la puerta detrás de sí con su tarjeta. Simplemente perfecto. Él se acercó a uno de los refrigeradores y buscó la cepa del virus, dándole la espalda a Jill. Ella actuó de inmediato. Tomó una de las armas que tenía debajo de su bata y disparó hacia la cámara con la cara hacia el otro lado, para no ser reconocida fácilmente. Luego, más rápida que un rayo, se acercó a Dean, quien la miraba lleno de miedo. Apuntó el arma a su cabeza y le hizo caminar hasta el refrigerador más próximo.

-La vacuna contra el virus de mutación en cuarenta y ocho horas, el que está siendo recientemente probado. AHORA.

El entendimiento cruzó por los ojos del hombre. -Tú eres la espía.

-¿Quieres un premio por averiguarlo? Enfócate en la vacuna o te vuelo los sesos.

De inmediato y con manos temblorosas, Dean comenzó a buscar en los refrigeradores la vacuna. Sus manos arrugadas tocaban los tubos de ensayo uno tras otro con extremo cuidado y temor, hasta que finalmente lo encontró. -C-Colócalo en una jeringa y debes inyectárselo en el brazo al infectado en cuestión. Su efecto debería ser casi inmediato, no lo sabemos con certeza, aún no está comprobado.

-Hazlo tú, prepáralo en una jeringa y dámelo.- Él hizo lo que debía y le entregó el producto terminado. -Perfecto,- Dijo guardándose la jeringa en el bolsillo de sus jeans -ahora dame tu tarjeta y dime cómo puedo salir de aquí.

-¿S-Salir?- Preguntó mientras Jill le arrebataba la tarjeta. -P-Puedes tomar las escaleras al norte de la base, te llevará hasta un largo corredor oscuro y lleno de rocas.

Una sirena comenzó a sonar de pronto, y entendió que debía salir de allí rápidamente. -Bon voyage, Sr. McGrath.- Dijo antes de apretar el gatillo y que una bala atravesase la cabeza de Dean.

Corrió por los pasillos del hospital-laboratorio hacia el lado norte, tal y como el hombre le había indicado. Varios soldados se cruzaron por su camino e intentaron detenerle, pero los derribó a todos con unas pocas balas. Finalmente llegó a las escaleras, las subió, abrió la puerta de una patada y se topó con una pared y suelo rocosas. Comenzó a correr hacia adelante, más y más rápido. Quedaba poco tiempo para salvar a Sherry.


Horas, minutos, segundos, ¿quién sabe cuánto tiempo estuvo corriendo? No sabía a dónde iba, ni cuanto le quedaba a Sherry en su forma humana, sólo sabía que debía apresurarse. Jadeando y anhelando un poco de agua, colapsó de un segundo a otro. Cansada y tendida en el suelo, comenzó a oír voces lejanas.

-No puedo creer esto.- Dijo una voz femenina sollozando.- ¡Sherry no puede acabar así!

-Ya, Claire. Con un poco de suerte el virus no tendrá el efecto que ellos quieren, se supone que no está probado.

Reconocería esas voces donde fuera... eran Claire y Chris. Con el último aliento que le quedaba, hizo un esfuerzo. -¡CHRIS! ¡CLAIRE!

Todos se quedaron en silencio, creyendo que tal vez estaban locos por oír la voz de una muerta. Jill volvió a intentarlo.

-¡CHRIS!

-¿Jill? ¡Jill!- Gritaron los dos al unísono. Pasos apresurados se oyeron, y pronto, una cabellera pelirroja y otra castaña se hicieron visibles.

-¡Jill! ¿Estás bien?- Preguntó Chris ayudándola a levantarse. Ella palpó su bolsillo y sacó la jeringa.

-La vacuna... esta es la vacuna de Sherry. ¡Dásela ahora!- Le tendió la jeringa a Claire y ésta corrió hacia la habitación de Sherry. Mientras, Chris arrastraba a Jill hacia el frente de la puerta de la habitación y le otorgaba una botella de agua para que parara de jadear. Una vez llegaron, se sentaron con la espalda contra las rocas.

-Creí que estabas muerta.- Dijo Chris.

-Yo también.- Respondió Jill. -Espero que mi "muerte" haya servido de algo y la vacuna funcione.

-Lo hará, estoy seguro.- La reconfortó. -¿Dónde la encontraste?

-Es una larga historia.


¡Hola! :3 Otra vez yo tardándome una vida en subir capítulo nuevo, lo sé. :( Por fin han llegado mis tan anheladas dos semanas de vacaciones así que he aprovechado para escribir un poco. Las ganas estaban, el tiempo faltaba. :/

Susara KI302: Aún te debo lo que pasa con Jake xD (¿Maldad? ¿Dónde?) Pero en el próximo capítulo lo veremos :D ¿Qué dijo tu hermana? ¿Hubo bardo? ¡Yo quiero saber si hubo bardo! Nah, mentira, sólo quiero saber qué le pareció. n.n

Y eso es todo amigos *Inserte voz de Bugs Bunny aquí*, nos leemos. :*

Bye, bye!