Palabras: 1500.
Capítulos: 2/2
ii. miedo
Ocho meses.
Era sorprendente cómo de rápido pasaba el tiempo cuando uno era feliz. Desde ese día, en esa azotea muggle, el tiempo se le había escapado de entre los dedos y Draco no había sido capaz de impedirlo. Ni había querido.
Nunca pensó que alcanzar la felicidad sería algo tan sencillo como una sonrisa, como dos manos entrelazadas o como los besos con sabor a tabaco. Nunca creyó posible necesitar a alguien como Harry para sentirse completo ni que ese alguien se volvería esencial en su vida, pero así era.
Tampoco que esa sensación de plenitud y de familiaridad que le abrazaba cada mañana o cada noche fuese a ser tan agradable. Cuando se prometió ser libre, se dijo que ninguna atadura era posible. Pero aquí estaba, durmiendo entre los brazos de una persona que había aparecido para trastocar su perfecto mundo con esa estúpida sonrisa, esos estúpidos besos y con ese estúpido todo; y Draco no estaba dispuesto a dejarlo ir. Nunca.
O eso creía.
Porque aunque pensaba que era libre, que nada podía hacerle daño porque creía haber borrado de su vida aquello que lo asustaba, estaba equivocado. Draco lo sabía, pasa que se negaba a verlo. Se negaba cuando sentía la magia de Harry revoloteando a su alrededor, cuando el pasado salía a la superficie y se negaba a hablar o cuando se despertaba bañado en sudor y con la garganta seca de tanto gritar.
Pero negar la realidad, no la hace desaparecer.
Draco debería de haberlo sabido. ¿Qué hubiera pasado si así fuera? ¿Se habría alejado de Harry antes de que fuera demasiado tarde? ¿Cuando es demasiado tarde? Draco odiaba el destino, pero otra vez se había dejado manipular por él.
Y se dio cuenta ese día.
Draco salió de la ducha. La radio estaba puesta, era lo único que se escuchaba en todo el piso y eso le extrañó. ¿No estaba Harry, hasta hace media hora, cantando a pleno pulmón mientras daba tumbos por la cocina?
—¿Harry? —preguntó dubitativo al llegar a la entrada del salón. La toalla que había usado para secarse el pelo cayó en el suelo cuando Draco reconoció lo que había perturbado la tranquilidad de la casa—. ¿Qué? ¿Es eso…? ¿Es una lechuza?
No es que una lechuza le causase pavor. Era lo que simbolizaba.
No fue consciente de lo mal que se puso hasta que sintió los ojos verdes de Harry, esos ojos que le sonreían y le miraban como si fuese el centro del universo, clavados en los suyos. Totalmente preocupado.
Tragó con fuerza.
Quería sonreír. Cruzarse de brazos y parecer desinteresado, pero no pudo porque Draco sabía -joder que sí lo sabía- lo que esa lechuza significaba y odiaba que le afectase tanto.
—Es de Hermione —le explicó bajito, como si hablar a susurros fuese a hacerle menos daño, como si la herida que se estaba formando en su pecho fuese insignificante—. Me recuerda que tengo que volver, si no quiero perder mi puesto en los aurores.
Sobran las palabras o las explicaciones absurdas. Draco necesita salir de esa habitación, escapar de esas cuatros paredes antes de hacer algo estúpido; antes de decir algo egoísta. Se muerde el labio con fuerza intentando retener las palabras, el sabor amargo de la sangre inunda su paladar haciéndole reaccionar. Tiene que reaccionar.
Un nudo asfixiante se instala en su garganta. La vista se le nubla. No puede tener un ataque ahora ¿verdad?
—Draco, di algo.
La dulce voz de Harry le hace volver a la realidad. Está temblando como un niño pequeño. Quiere limpiarse las lágrimas no derramadas que escuecen como una herida abierta. Quiere gritar y romper con todo. Es incapaz.
Está paralizado.
El miedo le paraliza.
—No hay nada que decir —no es él quien habla. Draco no está hablando. Es el miedo—. Ha sido bonito, guarda el recuerdo.
—¿Qué?
—Que despiertes, Potter. Estos meses han sido un buen sueño, ahora toca volver a la realidad.
—No puedes… —se pasa una mano por el pelo negándose a creer lo que está escuchando. Draco aprieta los puños hasta sentir las uñas desgarrando su piel. No va a romperse—. ¿Es eso lo que ha sido para ti? ¿Un jodido sueño, Draco?
Draco cerró los ojos.
No puede hacer esto. No puede permanecer ahí quieto y decirle a Harry que se marche. No cuando se ha convertido en una constante en su vida, no cuando es el bálsamo de heridas no cicatrizadas. No cuando lo es todo. No puede dejarle ir, tampoco retenerlo a su lado. No puede ser egoísta, no cuando Harry se merece alguien mucho mejor que él; alguien que no esté roto.
Alguien que no tenga miedo a enfrentarse a sus pesadillas.
—¿Qué esperabas, Potter? ¡Pertenecemos a mundos diferentes!
—¡Y una mierda que vas a usar eso de excusa!
—¡Es la verdad! —estalló, podía sentir las lágrimas marcando su piel como si de agujas afiladas se tratasen. Prefería la sangre, era menos doloroso—. Pretender lo contrario no nos hace ningún bien, Potter.
—¡Que no me llames Potter!
—Lo que teníamos no iba a ningún lado.
—¿Teníamos? —se burló furioso. Draco podía sentir la magia de Harry vibrando en la habitación, era espeluznante—. ¿Ya hemos cortado? Joder, Draco. ¿Es eso lo que haces cuando estás asustado? ¿Arremeter contra todo? Lo siento, pero te has topado conmigo. Esto no va a ocurrir.
Draco ya no estaba escuchando. Era incapaz cuando sentía el poder de Harry por todas partes. Embriagando sus sentidos, tentando a su magia a brotar de donde sea que esté oculta, acariciando cada centímetro de su ser obligándole a despertar; a vivir. No a vivir como ha estado viviendo esos años, atado al miedo y pretendiendo que no existe, sino a vivir abrazando el miedo; superándolo.
Casi puede sentir su magia.
Casi puede sentirla reconociendo la de Harry.
—No tengas miedo, Draco —el rubio abrió los ojos de golpe, Harry estaba a su lado acariciando su rostro con dedos fantasma; con la magia—. Sé libre. La magia no es tu enemiga. Déjame enseñarte a vivir.
Draco se apartó a duras penas.
—Soy libre, Potter.
—No puedes serlo, si ocultas una parte de ti.
—La magia es una carga.
Lo era. La magia lo había destrozado cuando tan solo era un niño. La magia no le había salvado de la guerra; de las garras de Voldemort; de las monstruosidades que había o le habían hecho. La magia le condenó. Abandonarla, enterrarla en lo más hondo de su ser y fingir que no existe, era lo correcto.
Lo era.
—¿Sabes? —susurró como si nada—. Estoy enamorado de ti, Draco.
Ya no puede más. No puede seguir escuchándole. Todo se vuelve borroso a su alrededor, lo único que le mantiene en la superficie es la mirada escarlata de Harry. Va a romperse, se está rompiendo porque su magia, después de tanto tiempo ausente, ha vuelto y no puede controlarla.
¿Asustado? Es un eufemismo. Está acojonado.
—Tranquilo, bebé. Estoy aquí.
La magia de Harry le abraza, acaricia la suya como si fuese algo frágil y hermoso. Cuando quiere darse cuenta, los brazos de Harry están a su alrededor, sosteniéndolo en todos los sentidos posibles. Es maravilloso.
—Me está matando, Harry —se aferró a su abrazo con fuerza. Se ahogaba—. Tengo miedo.
—Juntos superaremos esto.
La magia de Harry le acariciaba con ternura. Que sus magias se reconocieran de esa forma tan íntima, era cegador. Lo que los magos sangre pura llamaban almas gemelas. Que sus magias se estuvieran uniendo sin un hechizo, era apoteósico.
—¿Cómo sabes cuando quieres a alguien?
Harry sonrió y dejó un pequeño beso en la cabeza rubia de su novio.
—Cuando quieres proteger a esa persona tanto como quieres que sea feliz. No sé. Cuando es tu mundo, la primera persona en la que piensas… Dicen que para saber si amas a alguien, lo mejor es dejarlo ir.
—Qué tontería.
—¿Por qué?
—Porque no quiero dejarte ir, soy demasiado egoísta.
Harry soltó una carcajada y Draco se aferró con más fuerza. Necesitaba sentir la vibración de sus magias tanto como el respirar.
Por un segundo creyó que la magia podía ser parte de su vida, de nuevo.
—O no me quieres.
—O esa pantomima es algo gryffindoresco —gruñó clavando sus ojos grises en los verdes divertidos de Harry.
Estar con Harry era como una montaña rusa de emociones.
—¿Y cómo aman los slytherin?
—Confiando —afirmó satisfecho. Se estaba relajando, gracias a Harry, la magia no le hacía querer salir corriendo. Podía hacerlo—. Confío en ti, Harry.
Los ojos de Harry brillaron con determinación y, antes de que pudiera reaccionar, sus labios se posaron en los suyos. No era un beso, era un roce. Un gesto íntimo que decía más que cientos de palabras, más que cualquiera cosa o nada en absoluto. Un gesto que lo desarmó completamente, pero esta vez no se sintió débil o asustado, sino a salvo.
Podía hacerlo.
Podían hacerlo.
—Juntos —murmuró contra sus labios.
—Juntos.
No iba a ser fácil, pero Draco quería intentarlo.
fin.
«travesura realizada»
NOTAS:
- ¡Siento la tardanza! La vida universitaria me consume. Es peor que un imperdonable, de eso estoy segura. Pero hoy he podido sacar un rato para escribir ¡y me ha salido esto!
- Me habría gustado desarrollar más la idea. El miedo o el trauma que sufre Draco no puede desaparecer por arte de magia, pero ha dado un paso adelante. Ha aceptado que necesita ayuda, lo que suceda después depende de la imaginación del lector(?. Estoy bromeando, esta idea junto a la del otro fic, las desarrollaré en algún momento de mi vida como ficker. Los finales abiertos son lo mío.
- Siento el drama. Deseadme suerte en el reto. :)
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