Disclamer:

Cualquier aspecto conocido pertenece a Rick Riordan, el resto nació de mi retorcida imaginación y demasiado tiempo libre. Por favor no publiquen sin mi autorización.


When Love Comes Around

II.- Visitas Familiares

By: Ary Hyuga


—No puedo creer que este sea nuestro último año. —Lavena sonrió. Caminaba con Kimmy, su mejor amiga, hacia la preparatoria Lincoln; después de haber pasado el mejor verano en toda su vida.

Ella y Kimmy habían viajado a Hawái por dos semanas; todo pagado por los padres de Kimmy. Se habían relajado junto con la hermana mayor de su amiga, habían nadado hasta quedar exhaustas y habían coqueteado con cada chico que se toparon.

Kimmy la había invitado de vacaciones desde que tenía memoria, pero los veranos en el campamento mestizo le impedían a Lavena aceptar.

Ese verano, en cambio, fue el primero libre de sus tareas de semidiosa y se le había permitido, al fin, relajarse.

Estaba más que lista para comenzar un nuevo curso: ni ella ni su amiga sabían qué carrera iban a elegir, pero estaba seguras de que irían a la misma universidad.

Lavena no estaba dispuesta a desperdiciar un solo segundo con Kimmy; no después de los cuatro años que había sido forzada a alejarse de ella.

Se encontraron con su grupo de amigas tan pronto entraron a la preparatoria; todas compartían sus aventuras veraniegas, charlaban sobre las parejas que habían terminado durante las vacaciones y los amores que habían surgido en ese tiempo; pero la novedad era otra. Un chico californiano había llegado a la ciudad y estaría en el mismo curso de ella.

A Lavena no le importaba como al resto de sus amigas; ella se esforzaba en parecer lo menos a sus hermanas posible. Su cabello ondulado y del color de la miel caía sobre sus hombros al natural, sus ojos azules estaban delicadamente delineados con lápiz negro y sus labios pintados de un rosa mate que apenas y se notaba. Ese día había decidido usar un vestido celeste con zapatillas negras, y su mochila rosa llena de prendedores con los nombres de sus bandas favoritas.

Ella no intentaba lucir hermosa y, sin embargo, lo era; tampoco es como si hubiera podido evitarlo, después de todo, lo había heredado de su madre.

Los chicos de la preparatoria Lincoln habían hecho turnos para salir con ella, pero Lavena los había rechazado a todos tan cortésmente como había podido.

Había aprendido que su mejor carta eran las alianzas, así que se había hecho amiga de Connor Blanchett. El clásico chico popular, mariscal del equipo de americano del colegio, el objetivo de todas las chicas.

Mientras Lavena lo ayudaba con todas y cada una de sus conquistas, Connor mantenía a los chicos alejados de ella.

Sabía que, si el chico nuevo intentaba hacer algún movimiento con ella, Connor lo detendría de inmediato. En cuanto a ella… bueno, si algo había aprendido de Afrodita era que lo más inteligente era evitar las relaciones a toda costa.

Siguió a sus amigas hasta su primera clase y siguió con su vida normal.

Llego la hora del almuerzo; ella y Kimmy caminaron hasta la cafetería donde se reunieron con el resto de sus amigos, pero Lavena apenas y podía poner atención. Sus sentidos se habían puesto alerta tan pronto como puso un pie en la cafetería; la invadió una sensación que no había sentido desde que había estado en el campamento mestizo.

"¡Lavena!" Escuchar su nombre la saco de sus pensamientos. Connor la saludaba mientras caminaba hacia ella: cargaba su bandeja con comida y se acercaba para sentarse a almorzar junto a ella. Pero era el chico junto a Connor quien robo su atención.

Era él, tenía que ser él.

Era tan alto como Connor, lo que era arriba de la media; sus ojos eran de un celeste tan claro que parecían violetas, su cabello rubio ligeramente largo caía sobre su frente; tenía la nariz afilada y unos delgados labios rosas se curveaban en una perfecta sonrisa. ¿Era guapo? Si, podrías decir que sí. Pero eso no era lo que había captado la atención de Lavena.

El chico irradiaba poder: el mismo poder que sentías cuando te acercabas a Percy o a Jason después de que hubieran estado en una pelea.

Era un mestizo, y uno poderoso.

"No," pensó para sí misma. "No quiero saber nada mas de los dioses."

Sin decir nada a sus amigos, se puso de pie y desapareció por la puerta de la cafetería.

~oOo~

—Cálmate Lavena, —le dijo a su reflejo—, quizás sea solo tu imaginación... Quizás…

Se tensó.

Justo detrás de ella había aparecido un chico.

Había salido de la nada; la puerta no se había abierto y un segundo antes no estaba ahí: y lo que era aún peor, el chico tenia alas.

No necesito que él se presentara; los hijos de Afrodita solían parecerse mucho entre sí, y podía reconocer algunas facciones de él en el reflejo de ella.

—Hermanita, —comenzó el—, ¿estás hablando sola? No estarás volviéndote loca, ¿o sí?

Lavena intentó calmar su respiración. Quería salir corriendo, quería volver a la casa de su padre y esconderse en el fondo de su habitación: pero sabía dentro de sí que, incluso si huía, Cupido la encontraría: Cupido siempre te encuentra.

—Hermano —Le respondió, tratando de lucir lo más tranquila posible.

Cupido sonrió, lo que solo hizo que el miedo y la fura de Lavena crecieran en su interior.

—Madre está preocupada por ti, dice que no ha escuchado oraciones tuyas últimamente.

—He estado ocupada. —Respondió ella tajantemente, el dios frente a ella sonrió.

—Oh si, Hawái es un lugar muy ocupado. —Cupido revoloteo al espejo y se observó en él.

—Los griegos siempre han considerado a la familia como algo sagrado; si aún estuviéramos en los viejos tiempos, madre ya te había convertido en algún bicho asqueroso por negarnos tanto.

Lavena sintió que un nudo se formaba en la boca de su estómago.

—No los he negado ante nadie.

Una flecha apareció justo a un lado de su reflejo en el espejo. Sucedió tan rápido que Lavena casi pensó que la flecha había surgido del espejo y no que su hermano la había disparado.

—Deberías saber mejor que nadie que al amor no se le puede mentir.

—¿Qué deseas hermano? —Zanjó Lavena. Sabía que Cupido intentaba intimidarla y aunque lo estaba logrando, no le iba a dar el lujo de mostrárselo.

—¿De ti? Nada, Lavena. He venido a flechar a alguien, pero para mí desgracia, aun no es a ti.

—No te quito más tu valioso tiempo. —Respondió la semidiosa, haciendo que Cupido riera por lo bajo.

—Te veo más tarde, hermana.

Y desapareció tan pronto como había parecido.

La puerta del baño se abrió en ese momento sobresaltando a Lavena, pero fue Kimmy quien apareció del otro lado.

—¿Lavena? ¿Qué rayos pasó? Saliste corriendo…

—Lo siento, tuve un ataque de asco.

—¿Por el chico nuevo? ¡Pero si es un bombón!

Lavena no pudo reprimir una pequeña risita; el timbre sonó en ese momento y las dos se encaminaron a sus propios casilleros para tomar los libros para su siguiente clase.

El profesor Castillo estaba por comenzar la clase cuando un par de golpes en la puerta lo detuvieron.

Lavena no se sorprendió de ver al chico nuevo en la puerta, tampoco le sorprendió que el profesor Castillo le pidiera se sentara justo detrás de ella; no, si su madre estaba intentando castigarla, esta era sin duda la mejor manera.

Lo escucho maldecir en griego un par de veces y eso borro todo rastro de duda que pudiera haber tenido.

Maldijo en griego para sí misma: el que otro mestizo estuviera tan cerca de ella solo alertaría a los monstruos alrededor. Y si Lavena era capaz de sentir el aura del mestizo, entonces cualquier monstruo, por poco avispado que fuese, podría sentirlo también.

Esperaba que pudiera sobrevivir esa tarde; si la atacaban no tendría nada para defenderse.

La idea de que la atacaran mientras estaba cerca de Kimmy hizo que su dislexia aumentara. Se prometió cargar con sus armas al día siguiente; no iba a permitir que dañaran a su amiga.

La campana del fin del periodo los liberó de su clase de álgebra. Lavena intento salir de la clase tan rápido como pudo, pero una mano la tomó de su muñeca, deteniéndola.

—¿Qué eres? —El chico nuevo la observaba con cuidado. Lavena advirtió que él no se había dado cuenta de que ella también era una mestiza, pero estaba seguro de que ella no era una mortal.

—Seré tu peor pesadilla si no te mantienes alejado de mí.

El chico sonrió. Una sonrisa tan egocéntrica que Lavena tuvo que resistir el impulso de borrarla de su rostro de un solo golpe.

—Bueno, es una suerte que tenga un buen amigo hijo de Hipnos; me encanta convertir pesadillas en los más dulces sueños.

Lavena aparto su mano con demasiada fuerza, se dio la vuelta y se alejó del chico; incluso desde la entrada al salón de clases podía escucharlo reír por lo bajo.

Era un imbécil.