Disclamer:
Cualquier aspecto conocido pertenece a Rick Riordan, el resto nació de mi retorcida imaginación y demasiado tiempo libre. Por favor no publiquen sin mi autorización.
When Love Comes Around
III.- Flechazo
By: Ary Escobar
Una de las pocas cosas que Lavena amaba del campamento era la habilidad de los hijos de Hefesto; y en especial, el retorcido sentido del humor del consejero de la cabaña nueve, Leo Valdez.
Cuando Piper cumplió años le regalo una daga y un escudo increíble; claro que Piper los odiaba pues se comprimían en un labial y un rubor, respectivamente. Lavena le había pedido a su media hermana que se le los regalara y su consejera había aceptado con gusto; aunque Leo había fingido, una semana entera, estar ofendido porque Piper regalara su trabajo.
Al día siguiente de la llegada del mestizo, Lavena se había asegurado de llevar el labial y el rubor en el bolsillo de sus jeans. Se había puesto también el único objeto mágico que su madre le había regalado; un brazalete de oro con un circulo que tenía una paloma de plata grabada en el centro.
En su cumpleaños número quince, unos meses después de la batalla de Manhattan, un paquete de Hermes Express había aparecido en su cama. No tenía firma, pero el perfume dulzón y el papel rosa en el que estaba envuelto era inconfundible.
El brazalete era en realidad un mecanismo de defensa; amaba usarlo cuando jugaban captura la bandera. Cuando se presionaba la paloma de plata, la esencia de Afrodita rodeaba a Lavena, haciendo que, quien la viera, estuviera demasiado aturdido con su belleza como para atacarla. Solo le daba unos cuantos segundos de ventaja, pero eso solía ser suficiente.
El amor, le había dicho Quirón, suele aturdir mucho más que el miedo.
—Cariño —le llamo Lucy, su madrastra—. ¿Ya estas lista? Se hace tarde.
Lavena tomo su mochila y se dio una mirada en el espejo antes de bajar a la cocina. Se había puesto una blusa amarilla bajo un delgado sueter azul electrico, jeans y zapatillas amarillas; su cabello caía en ondas sobre sus hombros, su rostro lucia perfecto aun cuando solo usaba delineador y un poco de brillo labial, se dio a si misma una sonrisa y salió de su habitación.
Lucy la esperaba con su bolso Neiman Marcus en la mano derecha y una magdalena en la izquierda. Le sonrió al verla, tal y como lo hacía todos los días; se había puesto un sencillo top blanco sin mangas y unos pantalons negros ajustados, su negro cabello caia en ondas hasta los hombros, enmarcando un rostro afilado. Ella le sonreia desde la entrada, lista para llevarla a la escuela. Lavena no pudo evitar pensar lo mucho que envidiaba el azul electrico en los ojos de Lucy, que relucian incluso detrás de sus gafas.
—Buenos días, Lavi. —Lavena sonrió.
Después de que Lavena naciera, su padre conoció a Lucy; una ejecutiva de la revista de modas donde su padre era director. Se habían enamorado irremediablemente y Lucy se había convertido en una verdadera madre para Lavena.
Ellos habían visto el desastre de la batalla en Manhattan y eran la mayor razón por la que Lavena no quería volver al campamento.
Ella había visto al padre de Silena recoger las pertenencias de su hija del Campamento Mestizo; el hombre estaba destrozado, su única hija había perecido por defender a la única mujer que él había amado. Lo último que quería, era ver a su padre pasar por el mismo dolor.
Y ahora la posibilidad de que muriera a manos de algún monstruo se había incrementado gracias al nuevo mestizo.
—Buenos días, mamá. —Lucy le tendió la magdalena.
—Vámonos cielo, aun hay que pasar por Kimmy.
Lucy manejo su Jeep Hummer por las calles de Nueva York con la habilidad que solo una verdadera yankee podía tener. Kimmy las esperaba en la esquina de siempre, su negra cabellera atada en un moño alto, luciendo un vestido amarillo con un estampado de flores azules que la hacía ver tan alegre como Kimmy siempre lo era; charlaron como siempre y Lucy les deseo un buen día, igual que todos los días.
Y aun así, Lavena no podía evitar sentir que aquel no sería tan común como siempre.
Connor la esperaba frente a su casillero; el escribía algo en su teléfono mientras sonreía de lado; suficiente para que Lavena supiera que hablaba con alguna de sus conquistas.
—Buenos días, Connor. —El aludido levanto su cabeza del teléfono para sonreírle ampliamente.
—Macy Bowlett saldrá conmigo este viernes —Anuncio él. Lavena soltó una risita entre dientes.
—Este viernes es el cumpleaños de tu hermana, Connor. —La sonrisa se borró del rostro de su amigo, quien soltó una maldición haciendo que la risa de Lavena aumentara. Lavena nunca podría negar lo atractivo que era Connor; bastante alto, ojos verdes, sonrisa despampanante, con músculos impresionantes gracias a su entrenamiento y un aire de chico malo proporcionado por su cabello castaño ondulado que coronaba su rostro.
—Callate, Causey. Además, estoy aquí para hablar de algo importante.
Lavena apenas y le prestaba atención; su definición de importancia solía tener problemas de prioridades.
—No Connor, no le pediré a mi padre la nueva versión del GTA para ti otra vez.
—Lavena —La voz de Connor la hizo mirarlo; él no sonreía y eso alerto a Lavena.
—¿Qué?
—Dylan quiere conocerte.
Dylan. Así que ese era su nombre.
—Tenemos un trato Blanchett, tú los alejas, yo las atraigo.
—Lo sé, lo sé. Pero vamos Lavi, todas las chicas se están derritiendo por ese patán. Te lo digo, London casi me cancela para salir con el niño bonito.
Lavena cerró su casillero con un poco más de fuerza de la necesaria.
—No quiero a Dylan ni a ningún otro chico cerca Connor, cumple con tu parte del trato y tal vez te consiga el GTA.
Los ojos de Connor se iluminaron con la nueva promesa.
—Vale, Lavi; tu eres la reina.
Y con eso se alejó de ella, justo a tiempo para su primer periodo.
~oOo~
Connor había hecho un excelente trabajo; no había visto a Dylan ni por error en todo el día.
Por un precioso instante, sintió que las cosas volvían a la normalidad.
Pero justo después del penúltimo periodo, Lavena se tomó un momento para ir al tocador. Raras veces salía de las clases y siempre le había gustado la tranquilidad que había en los pasillos de la escuela mientras todos los alumnos se encontraban en el aula.
Por ello, se sobresaltó al escuchar unos pasos viniendo hacia ella. Como era de esperarse, Dylan se encontraba del otro lado del pasillo, sonriendo engreídamente por el momento de privacidad que acababa de encontrar.
—Lavena Causey.
Lavena sintió que un escalofrío recorrió toda su espalda en cuanto Dylan dijo su nombre.
—¿Qué es lo que quieres? — Dylan se acercó poco a poco, Lavena llevo su mano a los bolsillos de sus jeans instintivamente.
—Solo quiero conocerte, me resultas familiar pero estoy seguro de que no te he visto antes.
Lavena estaba a punto de responder, cuando vio algo moverse detrás de Dylan, escucho el clásico sonido del arco al tensarse pero reacciono muy tarde
—¡Dylan!
Intento empujarlo pero la flecha dio justo en su pecho. Dylan se desvaneció en el acto: Lavena intentó sostenerlo pero era demasiado pesado para ella, solo unos momentos después cedió ante el peso de Dylan y cayó de rodillas con él en su regazo.
Del otro lado del corredor, un chico moreno de ojos rojos y unas alas blancas como la nieve le sonreía a Lavena.
Cupido tuvo el cinismo darle una pequeña inclinación de cabeza antes de desaparecer otra vez.
Dylan se quejó en sus brazos: Lavena sabía que estaba condenada. En cuanto Dylan abriera los ojos, se enamoraría de ella.
—¿Lavena?
Su voz fue una combinación entre un susurro y un quejido. La hija de Afrodita suspiro y trato de levantar a Dylan.
—¿Dylan? ¿Puedes oírme?
—¿Que rayos fue eso? —Dylan comenzaba a ponerse de pie. Sus claros ojos azules se encontraron con los de ella, pero si se enamoró de Lavena, no dio muestra de ello.
—Te lo explicare luego, tengo que irme.
Para su sorpresa, Dylan no protesto. Lo dejo ahí, medio aturdido, de pie en el corredor de la escuela y volvió a su clase, como si nada hubiera sucedido.
