Disclaimer: Panem no me pertenece, tampoco la idea de Los Juegos del Hambre. La asobrosa Cherise es propiedad de HikariCaelum y Arah y Rowan son, respectivamente, personajes de Coraline T y míos.
Regalo de cumpleaños para HikariCaelum. ¡Nos leemos abajo!
Arah Ranghild
7 años
La primera vez que veo la casa de Cherise no puedo evitar sorprenderme.
No porque sea más grande que mi casa, pues casi todas las casas de este lugar parecen ser muy grandes, sino porque es completamente diferente a todas ellas. Incluida la mansión de los Greyfox.
Cherise sale a abrir la puerta con una sonrisa tan grande como su rostro y las manos llenas de pintura. Cuando la cierra veo las marcas de sus dedos grabadas en ella, cada dedo de un color diferente mezclándose en la cerradura que originalmente era negra. Si ella lo ve no parece importarle, y no puedo dejar de preguntarme si a sus padres no les molestará.
Estoy por abrir la boca para decírselo, pero el jardín que se extiende frente a mis ojos me hace olvidar todo.
Hay flores de todos los colores. Como si la primavera hubiera llegado para nunca irse. Y, aunque los jardines con flores que nunca se marchitan son la última moda de Venice (según mamá), las flores aquí se ven demasiado reales. Algunos pétalos caídos por aquí y por allá dan cuenta de eso.
Sin embargo, las flores no son lo más sorprendente. Es el aura de tranquilidad que se respira. Como si estuviéramos dentro de una burbuja que nos aísla completamente del resto del mundo, incluso estando en una ciudad tan bonita como Venice.
Parpadeo y me ruborizo cuando noto a Cherise mirándome con una sonrisa tranquila en tu rostro. Y, como Emma me enseñó, siento la necesidad de rellenar el silencio incómodo.
― Tu casa es… diferente – termino diciendo a falta de un adjetivo más apropiado. ¿Bonita? Lo es por demás, aunque no estoy segura de que mamá considere bonito el césped un poco más largo de lo usual o las flores amarillas creciendo por ahí. Creo que se llaman diente de león, aunque estoy segura de que ella las catalogaría simplemente como maleza.
Me pregunto si Rowan Greyfox creería que este es lugar es bonito. Luego recuerdo que un niño idiota, y que lo que él piense no me importa.
Cherise tira de mi mano y seguimos caminando. Terminamos sentándonos sobre el césped y, aunque al principio me da miedo que mi ropa se manche y mamá me pregunte demasiadas cosas, termino convenciéndome de que puedo decirle que con Rowan decidimos jugar en el jardín. Estoy segura de que entonces la ropa sucia no le molestará.
Me siento tentada de preguntarle si en algún momento vamos a entrar, pero el día está tan lindo y el sol tan radiante que lo dejo estar. Finalmente termino olvidándolo.
Al final de la tarde descubro algunas cosas. Cherise no habla mucho, y a veces se ríe en momentos inesperados de cosas que a ella se le pasan por la cabeza y que los demás no tenemos idea. Algo tan efímero como una mariposa que pasa cerca de nosotras o el pétalo de una flor que la brisa arrastra hacia ella es suficiente para arrancarle una risa ligera, descubro después de observarla un buen tiempo. Le gusta pintar flores con los dedos sin importarle mancharse con pintura y su madre, una mujer de rostro amable, sonríe con orgullo cuando ella le muestra su dibujo, sin echarle un vistazo siquiera a su ropa o cabello manchados.
Al final de la tarde decido que definitivamente no volveré nunca más a ir a la casa de Rowan Greyfox.
Y nada va a hacerme cambiar de opinión.
…
Nunca había tenido a nadie que pudiese ser considerado mi amigo. A mamá nunca le han gustado particularmente los niños y, por ello, nunca permitió que me acercase demasiado a nadie, excepto por Rowan Greyfox. Entiendo perfectamente que si llegase a descubrir que no es a su casa a donde voy, sino a la de Cherise Rainbow, el castigo sería grande.
Así que una tarde, mientras estamos en la habitación de Cherise, intento declinar su oferta para ir por unos helados lo más delicadamente que puedo, sin dar demasiados detalles.
Claro que no había tenido en cuenta que Cherise no sabe mucho de sutileza. Ni de que la gente alrededor del mundo no es como su mamá, su papá o incluso su hermano, quienes siempre me reciben con sendas sonrisas, como si realmente se alegraran de verme. O al menos me da esa impresión.
De todas formas, ella se las arregla para sorprenderme.
― No tienes que preocuparte, mi mamá puede hablar con la tuya ― dice despreocupadamente. Hoy lleva un simple vestido azul y un moño rojo en el cabello.
Carraspeo, incómoda.
― No creo que funcione. Mi mamá es algo… ― busco una palabra que no la haga quedar demasiado mal. Después de todo es mi madre ―. Especial…
Cherise me mira pensativa y yo intento ocultar todos los pensamientos que me pasan por la cabeza cuando evoco la imagen de Emma. Todas las discusiones con papá, los gritos, sus sonrisas forzadas cuando estamos en público y sus manos apretándome el brazo cuando algo no le gusta.
Fallo estrepitosamente.
― La primera vez que la vi pensé que estaba muy triste ― dice Cherise haciéndome sobresaltar ―. Debe ser eso, definitivamente.
Intento no sonar demasiado decepcionada de la suerte que me tocó. Pero no recuerdo demasiadas veces en las que mamá haya sido diferente a como es ahora.
― No creo que sea eso. Más bien vive enojada ― le respondo intentándole quitar importancia al tema ―. No importa. No tiene caso que te preocupes. Me las arreglaré para que vayamos a la tienda de helados.
― Es tristeza ― insiste ella. Es la primera vez que la veo hablar tan seriamente sobre algo, completamente enfocada en este mundo ―. A mamá también le pasa a veces. Le gusta pintar, pero ya casi nadie compra sus pinturas. Entonces cuando se pone muy triste pinta aún más, y luego se va a trabajar en el jardín. Quizás tu mamá aun no haya encontrado su propio jardín. Cuando lo encuentre, todo será mejor.
Luego de esa charla, decido que vale la pena arriesgarme por esos helados.
Y no me equivoco. La sonrisa de Cherise cuando regresamos a su casa con ellos es tan brillante como un arcoíris.
Y me quedo pensando en que sin quererlo conseguí una amiga.
Por eso, cuando Rowan Greyfox se presenta en mi casa dispuesto a que le enseñe a hablar con señas y amenazándome con contarle a mamá que no voy más a su casa decido que voy a hacer lo necesario para conservarla.
Aunque tenga que arrastrarnos a pasar las tardes en la casa de Rowan.
8 años
Una tarde, mientras vamos saliendo de la mansión, exploto.
― ¡No lo soporto! ― Grito incluso a sabiendas de que Evaki, que va unos metros delante de nosotras, puede escucharnos. Me da algo de pena por ella, que me agrada mucho, pero no me reprimo.
Cherise se ríe alegremente como si fuera un buen chiste. Tengo que contenerme para no mirarla acusadoramente, recordándome que ella no tiene la culpa.
Es Rowan el insoportable. Siempre encuentra un modo de sacarme de quicio. Ya sea ignorándonos o cuando decide creerse que es el mejor en todo y por ello no nos presta atención, o nos responde de mala manera.
― A mí me agrada ― declara Cherise mientras Evaki nos abre la puerta, haciendo que ella sonría disimuladamente ―. Y a él también le agradamos, por mucho que se empeñe en decir que somos molestas.
― Ya ― respondo con enojo ―. Es que a veces puede ser muy hiriente.
Todavía tengo en mi mente fresca la vez que le estaba mostrando a DaVinci, mi único muñeco de peluche, a Cherise y dijo que era una niñita tonta por tenerlo.
― Creo que es porque le agradas tanto que no sabe cómo tratarte.
Me encojo de hombros y lo dejo estar. Rowan es hiriente porque es idiota, simplemente eso.
Y yo tengo que aprender a que eso no me importe.
…
Días después, mientras caminamos hacia la biblioteca (lugar donde pasamos muchas tardes), siento que Cherise me mira insistentemente.
― ¿Qué sucede? ― Le pregunto, pero ella sólo sonríe misteriosamente y sigue caminando.
La sensación extraña aumenta cuando luego de un rato Evaki viene a traernos unos postres y se pasa un minuto entero mirando fijamente a Rowan, quien por primera vez desde que lo conozco, evita su mirada. Al cabo de un rato ella sonríe como si estuviera muy divertida y se va.
Y todo se vuelve aún más extraño e inverosímil cuando Rowan se acerca con cara de molesto y me tiende un paquete.
― ¿Qué es eso?
Él esquiva mi mirada en todo momento e incluso creo que lo veo ruborizarse un poco.
― No eres una niñita tonta ― dice arrancándose las palabras ―. Al menos no todo el tiempo.
Ignoro la última frase y tiendo el paquete que me está dando. Cuando quito el papel, encuentro un libro de apariencia vieja, algo gastado.
Me quedo sin palabras.
― DaVinci no es un mal nombre para un muñeco ― dice Rowan y vuelve a su sitio.
Paso las siguientes noches leyendo con avidez, aprendiendo cada pequeño detalle de la vida de Leoardo DaVinci, un inventor de un mundo tan antiguo que no parece el mismo que en el que vivimos nosotros.
Y no se lo digo a Rowan, así como él tampoco lo hizo, pero acepto sus disculpas.
10 años
Me siento recelosa la primera vez que llama, aunque eso no hace que mi corazón deje de latir a toda velocidad. Tengo que admitir que no reconozco su voz y que el hombre que sonríe frente a la pantalla me parece un desconocido al que he visto en alguna ocasión y lo he olvidado. Han pasado meses desde esa vez que apareció y se fue, supongo que harto de los gritos de mamá.
Sin embargo, es tan diferente a Emma que veinte minutos después, cuando termina la llamada, no puedo evitar sonreír.
A ella no le gusta que hable con él. La secuencia se repite algunas veces por semana, a intervalos irregulares. Él llama cuando su trabajo se lo permite, y nunca hablamos más de media hora, pero termina volviéndose una rutina.
Es… agradable. Al principio me cuesta relacionarlo con el papá que recordaba (o que idealizaba), pero cuando me doy cuenta de a poco le cuento algunas cosas, algunos detalles sobre Cherise y Rowan, cosas sueltas sobre la vida en Venice.
Emma frunce los labios y me ignora al finalizar cada llamada.
Pero cuando realmente pone el grito en el cielo es cuando él me pide que le pase con ella.
Y, aunque me encierro en mi habitación y pretendo no escuchar los gritos que provienen de la sala de estar, sí escucho el resultado de la discusión antes de que Emma suba las escaleras, demasiado enfadada para gritarme pero no para evitar tratarme con desdén.
― No lo arruines. Recuerda que el único valor de que seas su hija es que nos pagué la condenada pensión.
Me encojo de hombros y la dejo estar. Él dijo que iban a ser dos semanas y, siendo sincera la perspectiva suena bastante alentadora.
…
Cherise parece alegrarse sinceramente cuando les doy la noticia. Rowan me mira, algo escéptico.
― ¿Y tu madre te dejó ir? ― Pregunta.
Me encojo de hombros.
― Dijo que no lo arruinara. Supongo que es un sí.
Intento no darle demasiada importancia, pero eso no evita que sienta los ojos de ambos clavados en mí.
― Quiero ir, realmente. Es mi padre.
No volvemos a tocar el tema hasta el día de mi partida. Cuando nos despedimos, no nos decimos la gran cosa.
― Son solamente dos semanas ― les digo. No parece mucho tiempo, aunque sí el suficiente para generar un cambio.
Cherise se saca una flor púrpura del pelo y me la regala.
― Esperamos tu regreso.
Rowan asiente dándole la razón.
Días después, mientras me encuentro pensando en ellos, preguntándome qué harán, pienso que quizás no me fue tan mal en esto de tener amigos.
No con ellos dos.
¡Llegó la parte dos! Como te avisamos Nerea, vamos despacio, pero con un montón de cariño, esperando que estés disfrutando leer a nuestros tres hijos tanto como nosotras mientras los escribimos. Nada como revivir el fangirleo jaja
Y aunque ya pasó tu cumple y ya te lo dijimos, ¡felicidades nuevamente! Mereces esto y muchísimo más.
El siguiente POV es de Rowan y de a poquito ya van creciendo.
Saludos y nos leemos pronto!
Cora y E.
