Disclaimer: Panem no me pertenece, tampoco la idea de Los Juegos del Hambre. La asombrosa Cherise es propiedad de HikariCaelum y Arah y Rowan son, respectivamente, personajes de Coraline T y míos.
Regalo de cumpleaños para HikariCaelum. ¡Nos leemos abajo!
Rowan
10 años
―¿Qué estás haciendo aquí?
Cherise, milagrosamente, responde directamente a mi pregunta:
―Es jueves ¿no? Ósea que es día de planificación.
―Arah no está― me siento obligado a señalar.
―Lo sé, me ha enviado una video tarjeta hace un rato. Ha recordado que es el cumpleaños de Prisma― dice mientras saca a la mota, blanca y peluda, del interior del bolso de colores que anda cargando a todas partes con sus pinturas y colores. Prisma es el resultado de las investigaciones del Capitolio para aprovechar la popularidad de los mutos en los Juegos del Hambre. Tiene unos brillantes ojos de color lavanda y un sedoso pelo al que Cherise le ha teñido un mechón de color violeta. Es una mezcla rara entre un conejo, un gato y una cobaya, a Jess le encanta.
Cuando me lo pasa, reprimo un estremecimiento, no por el bicho en sí, sino porque a una parte de mí le molesta que le haya enviado una estúpida tarjeta a Prisma y que mi cumpleaños es en apenas tres días y aún no sé si Arah va a venir a mi fiesta o no.
―¿Estás pensando en Arah de nuevo?
―¿Qué?
―Es que estás poniendo tu cara feliz enojada de nuevo― dice mientras vuelve a coger al bicho y lo mete en su bolso, en donde se hace una bola y se duerme.
―¿Mi cara feliz-enojada?
―Ya sabes, la cara de que estás feliz que haces cuando la ves, pero que de inmediato dejas de sonreír y tienes que fruncir el ceño.
―Yo no tengo una cara feliz-enojada― la contradigo.
―Bueno, ahora que ella no está, es más bien algo así como una cara enojada-triste. Pero si lo ves por el lado positivo, solo faltan dos días para que ella regrese. Justo a tiempo para tu cumpleaños ¿no?
Parpadeo.
¿Cómo demonios es que justo cuando necesito que ella sea tan despistada como siempre, decide ponerme tanta atención?
―Si quieres, puedo fingir ser Arah y ponerme a discutir contigo todo lo que quieras.
Le lanzo una mirada que, pretendo, sea intimidante, pero ella ni siquiera parece darse cuenta. Su bolsa empieza a soltar ronquidos que más bien parecen suaves silbidos.
―¿En serio tienes que traer a esa cosa aquí?
―Se lo he prometido a Jessie― replica ella―. ¿En dónde está?
―Tiene clases de viola o de equitación o de algo― digo con un encogimiento de hombros―. Ven, vamos a mi cuarto.
―Perfecto, me gustará ver a Bart.
―No se llama Bart, Cherise. Se llama Bartholomew. Y no podemos ir a verlo, a papá casi le da algo cuando descubrió que le habíamos pintado las alas.
―Ese nombre es imposible de recordar― dice mientras me toma de la mano y empieza a dirigir ella la marcha ―. Y el morado le va perfecto. ¿No te parece que se veía más feliz?
―Tal vez porque lo engatusaste dándole de comer.
Ella se estremece suavemente mientras subimos las escaleras. Aún no está muy conforme con la idea de que los ratones con que estuvo alimentándolo no eran precisamente sintéticos, pero, igual que Arah, lo acepta como parte del ciclo de la vida. Bartholomew también es un muto, un halcón de caza genéticamente modificado para ser fiel a su entrenador. En este caso, mi padre, que se encargó de dejarle muy claro que no podía hacerle daño a nadie que se encontrara bajo la protección Greyfox.
Cherise abre la puerta de mi cuarto como si fuera el suyo. He visto a Evaki limpiando el pomo con una sonrisa cuando las marcas de los dedos llenos de pintura de Cherise quedan ahí marcadas, como pétalos de diferentes colores.
―He tenido un sueño bonito― dice mientras se descalza y mete sus pies en mi cama. Mi cuarto es un lugar mucho menos ordenado ahora que ella es mi amiga―. Íbamos al Siete a jugar en el bosque y, cuando la luna estaba en lo alto del cielo, empezábamos a transformarnos.
No tengo que preguntarle en qué. Ya es un tema recurrente, yo soy un zorro, ella un unicornio y Arah una lechuza. Hace un par de semanas nos dibujó a los tres. Arah con unas pequeñas alas brotándole de la espalda, yo con un par de orejas y una cola de color café rojizo y Cherise con un enorme cuerno brotándole de entre el cabello, pintado de lavanda y un par de orejas de equino asomándose entre los mechones. Arah aún no los ha visto.
Cherise olvidó llevárselos y yo decidí guardarlos en uno de los cajones del escritorio de mi habitación. Si llegara a pedírmelos, creo que le diría que los he tirado para no tener que devolvérselos.
―¿Quieres colorear? ―pregunta mientras saca a Prisma de su bolso y lo coloca sobre mi almohada. Arrugo la nariz y niego con la cabeza.
―Voy a leer un rato― digo mientras tomo un libro al azar de mi mesita de noche.
―Ese es el libro que Arah estaba leyendo ayer― no lo dice como una pregunta y tampoco es una acusación, lo suelta como si fuera cualquier cosa.
Me detengo mientras busco la página en que me he quedado, repentinamente incómodo con el libro en sí. Lo cierro y lo vuelvo a poner en su lugar para tomar un pesado tomo de historia que ha traído papá la semana pasada.
―¿Te he puesto incómodo? ―hace la pregunta sin despegar la vista de su hoja, apenas con unos cuantos rayones de su lápiz de hacer bocetos.
―No― le miento.
―Pero te incomoda que esté aquí sin Arah ¿no?
―Tú también eres mi amiga, Cherise― digo intentando sonar como si nada.
―Pero no es lo mismo con Arah.
―Tienes razón, tu eres rara, pero no fastidiosa.
Ella suelta una risita.
―Perdón― suelto entre dientes.
―Arah dice que tú no sueles pedir perdón.
―Pues como ves, Arah se equivoca.
―¿Por qué te gusta tanto discutir con ella?
―¿Eh?
Ella devuelve su atención a las hojas de papel que ha esparcido sobre mi cama y empieza a tararear algo en voz baja y aguda.
―¿Me prestas una goma de borrar?
Camino hacia el escritorio y rebusco entre los cajones, intentando encontrar alguna.
―¿Esos son mis dibujos?
Mi mano se congela en medio del movimiento mientras me devano los sesos intentando encontrar algo que responder.
―Le conté a Arah sobre ellos la semana pasada, pero no lograba encontrarlos.
―Yo…
―Creo que podría hacerlos mejor, pero si esos te gustan, puedes quedarte con ellos.
No sé qué responderle a eso, Cherise tampoco parece esperar que yo le diga nada.
―Mira, aquí hay una― dice mientras toma la goma de borrar con los dedos y se la lleva hacia mi cama.
―No le dirás nada, ¿verdad?
―¿A quién? ―dice con una sonrisa que me hace pensar que ella sabe exactamente de qué le estoy hablando.
―Gracias.
11 años
―¡Feliz cumpleaños, Rowan!
En medio de tantas caras de desconocidos o de personas que ni siquiera me caen particularmente bien, no puedo evitar que una ancha sonrisa se entienda por mi rostro cuanto Cherise me echa los brazos al cuello y aprieta con fuerza. Algo cruje entre nosotros y ella suelta una suave expresión de lamento antes de reír y encogerse de hombros.
Trae otro de esos vaporosos vestidos que le encanta usar, este con un moño a juego en la cabeza que simula una gran rosa.
La sala está decorada con una explosión de plateado y azul, mis colores favoritos, y hay un brillante letrero con las palabras "FELICIDADES ROWAN" colgando debajo del arco de la puerta principal.
La gente va y viene, sosteniendo bandejas con comida, hay fuentes de dulces y muchos de los amigos de mis padres están ya visiblemente borrachos. Los niños de mi salón de clase se encuentran desperdigados, viendo el show de magia o a los odiosos payasos, de los cuales procuro mantenerme lo suficientemente alejado. En el centro, junto al gigantesco pastel, se encuentra una monstruosa mesa cubierta de regalos que ni siquiera me interesan.
―¿Te estás divirtiendo?
Ruedo los ojos.
―¿Quieres escaparte? ―pregunta con otra sonrisa―. Podemos ir a que abras tu regalo de cumpleaños.
Lanzo una mirada cuidadosa, viendo las posiciones de mis padres. Papá está hablando con el Gobernador de Oxford Walk, lo que podría tomar un buen rato y mamá está en medio de una acalorada discusión con uno de sus directores. Posiblemente pase una media hora antes de que se den cuenta de que me he escabullido.
―Vale― le digo y ella sonríe más―. ¿Cómo logro que nadie me vea?
Cherise me toma de la mano, con su paquete aun firmemente sujeto y me hace meterme debajo de uno de los largos manteles. Gateamos por debajo, hasta que conseguimos llegar al otro lado del salón. Cherise sale primero y se encarga de ver que no haya moros en la costa.
Estoy seguro de que Evaki nos ve salir, pero me guiña un ojo y hace un gesto con la cabeza, dándome luz verde.
Cherise parece muy satisfecha con su plan de escape.
―Ven― le digo mientras abro la puerta del estudio de padre usando la llave oculta tras una pesada figura de cristal en la mesita del pasillo.
―¿No se suponía que no podíamos entrar aquí?
―¿No se suponía que tú te olvidas siempre de esas cosas?
―Cuando Arah no está, tengo que prestar más atención.
La molestia debe reflejarse en mi cara, porque ella compone una expresión suave y me toma de la mano:
―Hablé con ella anoche, estaba muy apenada por ir a perderse de tu fiesta de cumpleaños.
―Cómo sea, replico. No es como si me importara demasiado. Esta es mi undécima fiesta de cumpleaños, se ha perdido otras.
―Ninguna desde que somos amigos ¿o sí? Además, ella estaba triste.
―Ajá… ―digo mientras jugueteo con un pisapapeles de oro.
―Nadie esperaba que su padre quisiera que se quedara más tiempo.
―O que a ella no le importaran sus promesas― replico, sonando más resentido de lo que me gustaría.
―Tú sabes que eso no es cierto― dice ella con calma―. Ha estado hablando de tu cumpleaños desde que nos diste la invitación hace un par de meses. Para ella también era importante.
Me giro, de tal manera que no note el sonrojo en mis mejillas, las invitaciones de ellas dos fueron las únicas que pedí entregar personalmente. El hecho de que Arah no esté aquí resulta…
―Bueno, no importa― digo mientras hago saltar un par de clips en el aire, que aterrizan limpiamente sobre la alfombra.
―Ya se encargará de compensarte― dice ella, muy segura―. Debe haberse acordado.
―Sí, claro― digo―. Por eso me ha llamado seis veces.
―¿En serio?
―No.
―Sigo sin entender cuando haces eso― dice mientras se sienta en el suelo, refiriéndose claramente a mi sarcasmo―. Ahora, ven a ver tu regalo de cumpleaños.
Me levanto y me dejo caer, sin mucha convicción, frente a ella. Ella me tiende un paquete plano, con forma de libro, envuelto en papel de estraza, con un brillante moño de color púrpura.
Trae un montón de mariposas de papel pegadas encima, con alas iridiscentes. Tiro del extremo de la cinta y el lazo se suelta, dejando al descubierto una portada sencilla, de color rojo. No es un libro como yo pensaba, sino un cuaderno.
Lo abro y empiezo a pasar las hojas una a una. El cuaderno no es liso, sino que está ligeramente abombado debido a que Cherise ha pegado cosas como pétalos, hojas y lo que parecen ser cáscaras de huevo para dar diferentes texturas a su obra. No logro contar cuántos dibujos hay aquí, deben ser al menos unos cien. Algo parece atorarse en mi garganta cuando pienso en la cantidad de tiempo que ha dedicado a hacer este regalo en particular.
Cuando llego a las páginas centrales, veo que ha aprovechado el espacio para hacer un dibujo más grande. Es algo así como una versión mejorada de los dibujos que aún tengo en el interior de mi escritorio. Arah, Cherise y yo, esta vez todos juntos, siempre con los rasgos animales, riendo.
Cierro el cuaderno cuando mis ojos llegan a la altura del dibujo de Arah, sintiéndome extrañamente herido.
―¿Te ha gustado? Me pareció que las acuarelas que te di para el año pasado no te hicieron mucha gracia, así que pensé que podía gustarte más tener los dibujos ya terminados en lugar de tener que hacerlos.
―Es increíble, Cherise― es todo lo que puedo decir, e inclusive me avergüenza el salto extraño que da mi voz cuando digo su nombre.
―Solo son dibujos― dice con un encogimiento de hombros―, pero me alegra que te gustara.
―Vas a ser una diseñadora muy talentosa― eso, el desviar mis palabras hacia nuestros planes de los Juegos, resulta mucho más seguro.
―¿Quieres ir a cortar el pastel ya?
Asiento, sujetando el cuaderno contra mi pecho y levantándome con ella. Cherise se ha encargado de recoger el papel y doblarlo hasta convertirlo en un pequeño cuadrado.
―No tires nada en la papelera― le digo―. Papá no puede saber que sé dónde guarda su llave de repuesto.
―Guardaré tu secreto ―me promete.
Cuando volvemos al salón, ya sin tomarnos de la mano, no tengo que fingir una sonrisa. A pesar de todo, siento que tengo motivos para estar contento hoy.
…
―Tu padre me ha pedido que te recuerde las tarjetas de agradecimiento por los regalos.
Aparto la mirada del cuaderno que me ha regalado Cherise, lo cierro y lo entierro bajo un montón de libros de texto. No es algo que quiera compartir con mi madre.
―Ev se está encargando de ello.
―¿Quién?
―Evaki. ¿Recuerdas? Fue mi regalo hace unos años.
Mi madre asiente, aún y cuando sé que difícilmente se ha acordado, e inspecciona los regalos, aún sin abrir, que se acumulan en un rincón.
―¿Te han regalado cosas bonitas?
―Sí― le digo, pensando en el cuaderno escondido.
―Me alegro. He visto algunas de las fotos de tu cumpleaños, me han gustado, no has salido con el ceño fruncido en todas. Irma Rangold me ha pedido disculpas porque su hija no ha venido.
―¿Quién?
―La madre de Arah ―dice abriendo inocentemente sus ojos azules.
―Ah… Se llama Emma, madre. Emma Ranghild.
―Eso he dicho ¿no?
―No importa― digo―. ¿Necesitas algo más?
―De hecho, me preguntaba si querías ir conmigo al ensayo de hoy.
Lanzo una mirada dubitativa hacia la ventana. Aún no termina el día, por lo que Arah podría volver hoy, pero…
―Le he prometido a Cherise que la ayudaría a limpiar sus pinceles― le miento―. ¿Mañana?
Mi madre intenta ocultar su decepción tras una sonrisa.
―Claro, cariño. Me hace muy feliz que sientas ese tipo de compromiso hacia tus amigas. ¿Cuándo volverá Arah?
Me sorprende tanto el hecho de que esté al corriente de que Arah no está como cuando Cherise suelta algún comentario agudo que muestra que pone más atención a las cosas de la que me gustaría.
―No lo sé. Aun no vuelve de la casa de su padre.
―Seguro que los tres se animan un poco más cuando estén juntos. Por cierto, Jessie ha venido a verme para decir que le has pasado llave a tu puerta.
―Ajá.
―Rowan…― dice con un suspiro.
―Se la pasa entrando sin mi permiso. Ayer derramó su jugo sobre uno de mis libros― evito decirle que le grité un poco más de la cuenta cuando pensé que se trataba del cuaderno que me regaló Cherise.
―Es tu hermana y quiere pasar tiempo contigo.
―Puede hacerlo siempre y cuando aprenda a tocar primero.
―Es que ella no entiende que estás por convertirte en todo un hombrecito.
Me sonrojo de inmediato.
―¡Mamá!
―¿Qué? ―dice, de nuevo con inocencia.
―No lo hagas raro.
―Mi pequeño bebé, ya no es tan bebé. ¡Ahora hasta tiene a dos chicas en su vida!
―Cherise y yo no somos así― replico molesto―. Es una de mis amigas. Como Ev…
Madre sonríe.
―Claro que lo es, cariño. Pero bueno, voy a darme un baño y mi pequeño caballerito debería irse ya a casa de Cherise, después de todo, los Greyfox son hombres de palabra ¿no?
No es hasta que se marcha, con una de esas risas de soprano suyas, que me doy cuenta de que se me ha olvidado aclararle que Arah también es solo mi amiga.
…
―¿De verdad te han dejado pintar toda esta pared?
Cherise ensucia sus pinceles mucho más rápido de lo que yo consigo dejarlos limpios, de manera que ahora tengo mi suéter mojado hasta los codos y salpicado de pintura por todas partes.
―Por supuesto. A papá le gusta. ¿No te gusta a ti?
―Me gustan tus dibujos, lo sabes.
―¿Estás seguro de que no quieres pintar conmigo?
―Soy un hombre de muchos talentos, pero pintar no es uno de ellos. A esa torre le falta una ventana, de otro modo será un calabozo, pero en lo alto.
―Gracias― replica mientras toma otro pincel y lo embadurna de negro y gris para pintar la ventana―. ¿Qué color prefieres para el techo? ¿Azul, rojo, gris o púrpura? ―dice mientras levanta alternativamente los frascos de pintura.
―La luz en su interior va a ser azulada ¿no? Y las amapolas ya le dan demasiado rojo. El púrpura lo haría ver algo recargado, así que voto por el gris.
―Para ti siempre la solución es el gris, Rowan― dice ella, pero de todas maneras toma el pincel y empieza a formar un techo en forma de cono.
―¿Vas a poner los animales, como siempre?
―Ya verás― canturrea ella, desplazando los brazos de un lado al otro en pinceladas que parecen imperfectas, pero que obran el milagro de dar una textura que me recuerda a los techos de teja―. ¿Te dije que transfirieron a un chico nuevo a mi salón?
―¿A estas alturas del año escolar?
―Se llama Taurus― dice, soñadora―. Sus padres son de Eden Garden, pero está viviendo con su tía enferma, así que por eso está aquí.
Una parte de mí se alarma ante la forma en que Cherise habla de ese tal Taurus. Ahora que Arah no está, es mi obligación mantenernos unidos. No hay duda de que, cuando vuelva, si Cherise decide separarse de nosotros, Arah terminará echándome la culpa.
―No habla mucho― dice―. Creo que le parezco algo rara.
―Eso pensamos todos el principio ―le digo, burlón―. Pero luego conocemos tu talento para el dibujo y el pastel de queso de tu padre. Es difícil resistirse a ambas cosas. Aunque, si me lo preguntas, Taurus es un nombre tonto.
―Arah me ha dicho más o menos lo mismo.
Me muerdo la lengua para no parecer demasiado ansioso.
―¿Te ha dicho cuando regresa?
Cherise menea la cabeza.
―Ya― digo, algo desanimado. Es todo lo que me atrevo a decir.
―Ya volverá. Si te hace sentir mejor, no está muy contenta.
―¿Por qué me haría sentir bien que ella sea miserable?
―Porque eres retorcido. A ella parece haberle sentado bien saber que tú también lo eres.
―¿Qué?
―Bromeaba ―dice ella―. Al parecer aún no le cojo el truco a eso del sarcasmo.
―Sí, no va contigo― digo mientras escurro una de mis mangas, agua de color rosa se cuela entre mis dedos.
―¿Ya te vas?
―He tenido que dejar mi cuarto sin llave, y no quiero que Jessie ande rebuscando entre mis cosas.
Cherise sonríe.
―Bueno, supongo que yo era igual con mi hermano.
―No, no eras tan fastidiosa.
―¿Quieres ir a la tienda nueva de dulces o vas a seguir esperando a que Arah regrese?
―Yo no he hecho tal cosa.
―Oh, claro que sí.
―Adiós, Cherise― le digo, recogiendo mis cosas.
―De verdad que te pones de mal humor fácilmente― murmura ella, aún sonriendo, mientras empieza a dibujar algo en la base de la torre.
…
Más tarde, estoy acostado en mi cama, recién duchado, cuando la puerta de mi cuarto se abre.
―Jess, ya te dije que no entres sin mi permiso― digo mientras dejo el cuaderno de Cherise junto a mí. Me detengo, alzando las cejas y abriendo mucho los ojos. Me recompongo en tiempo récord―. Ah… eres tú ―le digo, tratando de imprimir el tono más displicente que puedo.
Espero a que ella diga algo. Está un poco más bronceada, puedo decirlo por las nuevas pecas que le han salido sobre el puente de la nariz, y lleva el cabello un poco más largo también, cayéndole sobre los ojos.
―¿Qué haces aquí? ―continúo―. ¿No se suponía que ibas a regresar dos semanas atrás? ― me quiero golpear por el tono reclamón en mi voz. Ella nos saca a ambos de nuestra incomodidad cambiando de tema, empezando a parlotear sobre su habitación. La verdad, no me extraña que Emma se vengara de su larga ausencia haciendo cosas que sabe que le molestarán.
Arrugo la nariz cuando describe la pintura de color fucsia y las estrellas en las paredes y entonces me llama la atención que trae algo en sus manos.
―¿Qué traes ahí?
Ella estira sus brazos tanto como puede y sus pecas destacan más contra su piel cuando la piel de la cara se le pone roja.
―Ah, esto… Es porque me perdí tu cumpleaños. No es la gran cosa…
Ni siquiera la estoy escuchando ahora. Tomo el libro y lo examino. Es un libro viejo, antes incluso de la historia de Panem: "La última gran guerra".
Ni siquiera lo he visto en la colección de padre, no me imagino cuando difícil ha sido de conseguir. Ella empieza a hablar, enojada, como casi siempre que me habla a mí y termina diciendo:
―Puedes tirarlo si no te gusta.
¿Está de broma? Miro alternativamente entre ella y el libro, sintiendo como todo el batiburrillo que sentía en mi interior desde hace semanas parece acomodarse en mi interior ahora que hemos vuelto a nuestra vieja rutina. Suspiro y dejo el libro sobre el escritorio, ansiando que llegue la noche para poder leerlo sin interrupciones. Cuando volteo, me parece ver una mirada triste en su cara, aunque no logro determinar el porqué. Ella me pregunta sobre mi fiesta y luego sobre Cherise.
Una idea se enciende en mi cabeza y termino invitándola a ir a la nueva tienda de dulces. Con Cherise, por supuesto.
Parece dudar en un principio, pero la perspectiva de pasar tiempo con ella, con ambas, es tan seductora que acabo sonriendo. Me sorprendo cuando, a pesar de su reticencia inicial, ella sonríe también y termina aceptando.
Aunque luego, cuando Emma decide castigarla a ella por un mes entero, y yo finjo que mis padres han hecho lo mismo conmigo, no parece una idea tan buena.
12 años
―No entiendo porque no puedo ir.
―Ya te dije que iremos a buscar ropa, te aburrirás― dice Arah apurando su té con semillas de tapioca.
―No puede ser eso todo lo que van a hacer.
Arah tuerce los ojos y pone una mueca que presagia problemas.
Cherise, ocupada haciendo dibujos en una servilleta, no parece prestarnos demasiada atención. O tal vez es que ya está tan acostumbrada a oírnos discutir que realmente ya no le interesa.
―No tienes que ser siempre el centro del universo, ¿sabes, Rowan?
―Ya, pero soy el centro del universo para la gran mayoría.
Arah está a punto de replicar algo en el mismo tono cuando Cherise decide unirse a la conversación:
―Seguro que no te gusta ir a comprar sujetadores, Rowan.
―¡Cherise! ― el grito proviene de dos gargantas al mismo tiempo, aunque la entonación es distinta. Arah parece muy avergonzada.
―¿Qué? ―dice ella alzando la cabeza, confundida por nuestra respuesta.
―¿Sujetadores? ― pregunto conteniendo una risita―. Pero si ni siquiera necesitas un sujetador aún.
Cherise no parece apenada.
―No es para mí, es para Arah. Las clases de deporte están siendo difíciles para ella ahora que tiene …― hace un gesto con ambas manos.
Estoy a punto de soltar una broma al respecto cuando, por algún motivo, volteo hacia Arah, mi mirada se va directamente no a su cara, sino un palmo más abajo.
Cuando me doy cuenta de lo que he hecho y alzo la mirada, para encontrarme con sus ojos, ella ya no luce avergonzada.
Luce furiosa. Cruza los brazos frente al pecho, haciendo que mi atención baje de nuevo hacia ese punto de su cuerpo.
Eso no mejora precisamente las cosas. Y yo no parezco encontrar las palabras para arreglarlo antes de que ella tome a Cherise del brazo y se la lleve, sin mirar atrás.
14 años
―¿No crees que le sienta muy bien?
―¿Qué?
―¿No es por eso por lo que no puedes dejar de mirarla? El plateado hace juego con sus pecas y un bonito contraste con sus ojos ¿no?
―¿A quién? ―murmuro con irritación. Ahora que transfirieron a Cherise a nuestro salón, es mucho más sencillo quedar atrapado en su extraña capacidad de darse cuenta de todo y solo denotarlo cuando menos conveniente resulta.
―No estoy mirando a Arah― replico mientras resuelvo, rápidamente, otra ecuación. Cherise tiene la práctica aún en blanco frente a ella.
―Ha estado dibujando más. Dice que es porque le da algo que hacer cuando yo "me pierdo", pero me parece que es muy talentosa.
―¿Arah dibuja? ―la aseveración me deja genuinamente sorprendido.
Cherise parpadea.
―¿No te ha mostrado sus dibujos?
Niego con la cabeza. Lo cierto es que últimamente no me muestra apenas nada.
―Ya te lo enseñará. Por cierto ¿ya pudiste resolver lo de tu-sabes-qué?
―Ya está reservado el chalet en Snowflake ―le contesto en voz baja, en el momento exacto en que Arah, mucho más baja que nosotros y por ello sentada tres asientos más adelante, se voltea a vernos y nos saca la lengua.
―Seguro que se pone contenta. Su madre no ha planeado nada para su cumpleaños y le servirá para relajarse antes de las pruebas de aptitud.
―Sigo sin entender porque eso le preocupa. Dudo que haya tres personas más preparadas en todo Panem que nosotros tres.
Cherise se ríe.
―Bueno, es que Arah no nació con tu seguridad.
―Baaaaah…
―Pero pienso igual, lo más probable es que, dentro de un año, nos estemos preparando para nuestro primer semestre como Vigilantes. Lo único que me entristece es la gente que dejamos atrás.
Hago una mueca, seguro del tema que se avecina y pienso en fingir que me he olvidado, pero cuando mis ojos se topan con los suyos, claros y cristalinos, mi tendencia natural a ser un cabrón se evapora. Supongo que yo me sentiría igual si Arah se quedara atrás…
Espera ¿de dónde demonios ha salido ese pensamiento?
―¿Taurus ni siquiera intentará hacer la prueba? ―pregunto finalmente.
Cherise parece triste.
―No es lo suyo y su familia no lo aprueba― dice con suavidad mientras yo continúo con la siguiente ecuación, ella aún con la mirada, vidriosa, clavada en la pantalla de su tableta―. No lo sé, a veces pareciera como si fuéramos de mundos distintos...
Y esa pequeña idea es todo lo que necesita para terminar de desconectar. La veo cerrar la fórmula práctica y abrir, con un par de golpecitos de su dedo, un lienzo en blanco para empezar a dibujar. Unas líneas aquí y otras allá y veo como un torso humano, ridículamente grande, se empieza a formar.
Continúo con mi práctica, resolviendo una ecuación y luego la siguiente, dándole cortos vistazos de vez en cuando, hasta que aparecen dos figuras en el dibujo.
Cherise con sus orejas y su cuerno, con la piel pintada de un suave color lavanda y Taurus con la piel café y dos cuernos brotándole de la frente, parados sobre lo que parece alguna superficie lunar. Cerca, pero sin poder tocarse.
Dos personas de mundos distintos.
No puedo evitar voltear hacia Arah, que intenta atraer la atención de Cherise para ver qué sucede. Ella me dedica una mirada preocupada cuando no lo consigue y yo me encojo de hombros. Arah suelta un bufido que resulta audible desde mi posición.
De repente, la tristeza de Cherise resulta casi contagiosa, aunque no estoy seguro de qué es lo que me ha hecho sentir así.
15 años
―¡ENTRÉ! ¡ENTRÉ!
Arah trae las mejillas rojas y los mechones de cabello plateado están disparados en todas direcciones, como si ella hubiera estado tirando de ellos. Tiene marcas de dientes debajo del labio inferior, ahí donde se ha mordido, probablemente mientras leía el correo. En la mano, tiene su tableta, con el correo de aceptación de la Academia aún abierto.
―¿Te ha llegado el tuyo?
―Esta mañana. ¡Auch! ¿Por qué me golpeas?
―¿Te llegó esta mañana y no me lo dijiste?
―Te dije que íbamos a entrar. ¿Por qué estás sorprendida?
―¡Entramos! ¡ENTRAMOOOOOS!
―También lo hizo Cherise.
Arah empalidece.
―¿Te ha llamado a ti antes que a mí?
―No necesito que me llame, es obvio que va a entrar. ¿En dónde se van a conseguir una mejor diseñadora? Pero si quieres ir a corroborar lo obvio, te acompaño.
He mentido un poco, pues a pesar de que estaba seguro en un 99% de que ambos íbamos a ingresar, el ver su alegría me ha dado algo de calma. No sé qué habría pasado si ella no hubiese podido entrar a la Academia.
…
La casa de Cherise está pintada, este año, con colores cálidos que me hacen pensar en una puesta de sol, pero, cuando llegamos, ella no sale a abrir la puerta como hace siempre que nos ve desde su ático, ese lugar especial en el que se encierra a pintar.
Frunzo el ceño y veo que, a mi lado, Arah hace lo mismo.
La puerta está abierta y no hay nadie en casa, ni sus padres ni su hermano, pero esa bicicleta que ahora lleva a todas partes a pesar de ser un peligro por lo distraída que es, está apoyada contra una de las columnas de la entrada. Cherise debe estar aquí.
Arah duda un poco al entrar, llamando a Lyssander y a la madre de Cherise, hasta que yo me aburro y empiezo a subir los escalones rápidamente. Tengo una sensación extraña.
Cuando subimos, la segunda señal de que algo va mal es que la puerta está entreabierta, pero no sale música ni el familiar sonido de los brochazos. Arah me observa, preocupada, y empuja la puerta. Ambos soltamos un suspiro aliviado cuando vemos a Cherise, indemne, sentada en el suelo, sosteniendo su tableta. Tiene el rostro muy pálido y una mancha de pintura naranja con un extraño camino más claro en medio. Tardo un momento en darme cuenta de que ha estado llorando.
―No… no te rechazaron, ¿verdad? ―pregunta Arah.
Cherise gira el rostro hacia ella, sin pronunciar palabra. Me siento en el suelo, a su lado y le quito la tableta, revisando sus correos. Sus manos, manchadas también con pintura, tiemblan un poco, pero me permite tomarla de todas formas. Arah le rodea los hombros con un brazo y la atrae cerca.
Lo primero que hago es activar la búsqueda hasta que encuentro el correo, afortunadamente de aceptación.
Sin embargo, ni siquiera he conseguido aliviarme por ello cuando noto un segundo correo encima.
Es de Taurus. Y no son buenas noticias.
Le paso la tableta a Arah y reemplazo sus brazos alrededor de Cherise con los míos para que pueda revisar el correo entero y no solo la vista preliminar como he hecho yo. Cherise solloza suavemente contra mi hombro mientras el rostro de Arah empalidece y luego se pone rojo.
―¿De verdad se ha acabado? ―susurra Cherise usando una voz muy, muy baja, amortiguada por la tela de mi camisa.
Y así como así, cualquier alegría que pudiéramos sentir se desvanece.
Se que es un regalo de cumpleaños y que debería ser feliz en su totalidad, pero ya conoces a estos niños y como terminan haciendo lo que les da la gana, así que la verdad yo también he acabado algo sorprendida por el rumbo que tomaron las cosas.
Hikari, creo que ya te he dicho muchísimas veces lo mucho que te quiero, pero también me parece que ese tipo de declaraciones de amorsh nunca sobran y por eso, con este, mi último aporte al regalo para celebrar tu vida, quiero reiterarlo con todas las ganas. Un abrazo grande y fuerte.
Con cariño, E.
