Capítulo 2
Edward se congeló. No sabía si estaba más preocupado por la idea de un reptil peligroso o por la intrigante voz femenina que le hacía querer correr el riesgo de volver la cabeza para mirar y ver si el resto de ella igualaba la increíble y ronca vocecita.
–Sólo escúcheme. Como sabe, las serpientes no pueden oír, pero pueden sentir vibraciones. Voy a saltar la valla. Con suerte, se girará hacia mí. Cuando yo grite "ahora", se dará la vuelta y la golpeará con su hacha. Por favor. –Ella no dudó, no había tiempo. Ella saltó. La serpiente se dio la vuelta e inmediatamente la atacó.
–¡Ahora!
Se echó hacia atrás todo lo que pudo, golpeando su cuerpo en un poste. Los colmillos mortales de la serpiente rozaron su muslo, pero por lo que parecía a simple vista, la distancia y el grosor de los vaqueros la habían salvado de un golpe directo. Edward hizo su parte y la cabeza de la serpiente se separó de su cuerpo.
Isabella trató de levantarse, pero el poste con el que se había golpeado le había sacado todo el aire.
–¡Dios mío!
E. Cullen miraba desde la serpiente a ella.
–¿Acaso te hirió?
Ante su leve inclinación negativa, rápidamente la cogió en brazos.
–Vamos a llevarte a la casa y asegurarnos.
Isabella luchó.
–No. No, estoy bien. Puedo caminar, soy demasiado pesada para que trates de llevarme.
–Creo que puedo soportar tu enorme peso.
Edward miró su ligera carga. Habría sonreído ante su consternación si la situación no hubiera sido tan grave. ¡Cielos! Ella era una maravilla. Todo lo que podía pensar era en una de sus canciones favoritas de Elvis Presley, "Well, hello TROUBLE". Gracias a Dios, por los problemas. La miró, esperando una sonrisa, pero todo lo que vio fue un bello rostro sonrojado por la vergüenza. Ella se había quedado completamente inmóvil, como si intentara que llevarla fuera más fácil.
–Cariño, estaba bromeando. Eres ligera como una pluma.
¿Cómo había llegado a una situación como esta? Isabella no respondió a las referencias sobre su tamaño, sabía que era demasiado pesada. En lugar de ello, trató de persuadirlo de que el viaje era inútil.
–No creo que sea más que un rasguño, si acaso. Si me bajas me iré a casa y me pondré un poco de crema antibiótica.
Era extraño; obviando la preocupación porque él la estuviera llevando en brazos, había un sentimiento de pertenencia, de volver a casa. Tal vez, el veneno de la serpiente había encontrado el camino a su torrente sanguíneo y arruinando su proceso de pensamiento. Incluso si así fuera, preferiría hacer frente a la mordedura de serpiente a tener que lidiar con los sentimientos confusos que inundaban su corazón. Esto era simplemente demasiado. Ella era demasiado. Con un solo vistazo tenía que admitir que él no parecía estar esforzándose por su peso. Sin embargo, Isabella estaba mortificada al pensar que Edward ahora estaba al tanto de cuánto pesaba exactamente.
Su cercanía estaba jugando estragos con sus sentidos. Y toda esa piel desnuda que se acurrucaba contra ella le estaba robando el aliento que le quedaba. No tenía miedo de él, pero el aire misterioso de gran hombre estaba conectado directamente con su cerebro.
–Quiero verlo por mí mismo.
El tono de Edward no admitía discusión. Saltando los escalones del porche, abrió la puerta y entró en su sala de estar. Isabella miró a su alrededor a las impresionantes vigas del techo y la enorme chimenea de piedra. Miró a cualquier lugar, en vez de al dios griego que la llevaba en vilo. La sentó en el sofá y arrodillándose, comenzó a desabrochar sus pantalones.
–Por favor. Voy a estar bien.
Se dio cuenta de que él no estaba prestando ni un poco de atención a sus protestas.
–Baja tus vaqueros, cariño, y vamos a ver lo que te hizo la serpiente.
El pánico golpeó a Isabella; no estaba acostumbrada a las manos de un hombre en su cuerpo. No, a menos que la golpeara, por supuesto. Empujando sus manos, sin decir una palabra le hizo saber que podía hacerse cargo.
Buen Dios del cielo. Hubiera sido mejor si la serpiente simplemente la hubiera matado. Bajarse los pantalones delante de este hombre era peor de lo que jamás podría ser cualquier mordedura de serpiente. Allí estaba él, más hermoso de lo que cualquier hombre tenía derecho a ser. Y allí estaba ella, con su gran trasero y sus bragas de abuelita.
–Espera un segundo, puedo hacerme cargo de mi ropa perfectamente.
Cerrando los ojos, avergonzada, se deslizó los pantalones hacia abajo lo suficiente para que la pequeña herida en su muslo se pudiera ver.
Esperando a que se ajustara la ropa a su satisfacción, no podía dejar de mirarla. Le hacía sonreír. Sí, Dios lo amaba. La prueba estaba justo en frente de él. Cada característica, cada atributo, cada detalle que haría una mujer perfecta para él estaban todos combinados en esta deliciosa hembra. Sus ojos se encontraron, y ella le dio una pequeña sonrisa vacilante.
Dejó que su mirada vagara sobre ella, deseando que fueran sus manos. Su cabello oscuro colgaba hasta la altura de su cintura en rizos deliciosos, sus dedos le picaban por perderse dentro de esas gruesas trenzas. Unas espesas pestañas abiertas en un perfecto abanico, unos pómulos altos enmarcaban sus ojos marrones. Su rostro era dulce, y Dios, ¡esos labios! Se perdió en los labios. Plenos, rosas, fruncidos, besables, Oh, Señor, se estaba poniendo duro.
–Está bien, puedes mirar.
Edward se arrodilló junto a ella, ansioso por ver hasta dónde llegaba el daño. ¡Maldita sea! Justo como temía.
–Hay marcas aquí, los colmillos rompieron la piel.
A pesar de la gravedad de la situación, Edward no pudo evitar acariciar su suave y caliente carne.
–Es posible que haya entrado un poco de veneno en el torrente sanguíneo. Vas a ver a un médico.
No esperó el tiempo suficiente para que ella protestara. Recogiéndola en brazos, de nuevo, se dirigió a la puerta, a través del patio, hasta la camioneta y suavemente la sentó en el asiento. Edward cerró la puerta del lado del pasajero y agarró su camisa, poniéndosela cuando regresaba al lado del conductor y subió. Sonrió. Ella todavía se estaba quejando.
Edward podía oír las palabras, pero en lo que estaba concentrado era en su cara. Era muy linda. Mientras reiteraba sus protestas por el viaje a la sala de urgencias, trataba de ponerse el cinturón de seguridad, pero no lo conseguía. Edward tuvo que morderse el labio para no reírse en voz alta mientras ella tiraba del cinturón intentando engancharlo sin suerte.
–Dame, déjame ayudarte, muñeca.
Lo tomó de su mano y lo insertó en su lugar.
–Gracias.
Tomó una respiración profunda. Edward realmente pensó que iba a darse por vencida, pero ella recargó energías y siguió de nuevo. Miró por la ventana y silbó un poco, tratando de no reírse a carcajadas. Con ella alrededor la vida nunca sería aburrida. Y ella no podía darse cuenta de ello, todavía, pero, iba a ver al médico tanto si quería como si no.
–En realidad, esto es completamente innecesario. Me siento bien. Sólo déjame en mi coche, puedo ir a casa y descansar, estoy segura de que voy a estar perfecta.
Isabella terminó de abotonar sus pantalones vaqueros, haciendo una mueca de dolor. Él no estaba escuchando. Dejando escapar un suspiro, decidió ponerse en aprietos a sí misma aún más, cualquier cosa que acabara con esta situación.
–No tengo ningún tipo de seguro y mi presupuesto está tan apretado que cruje. – confesó finalmente.
Era obvio que estaba preocupada por su cercanía, pero sólo porque estaba avergonzada por su atención. ¿Dónde estaba el miedo? ¿Dónde estaba el temor? Dios, estaba disfrutando. Estaba disfrutando de una mordedura de serpiente. ¡Lamentable!
Edward se acercó y puso su mano sobre la de ella. Chispas de conciencia saltaron de su piel a la de ella, haciéndola marear.
–Señor, por favor, no dejes que me desmaye y me pierda nada de esto.
Sin embargo, por su propia cordura, necesitaba poner distancia entre ella y este hombre tan agradable antes de que se avergonzara a sí misma aún más.
–No necesitas un seguro. Después de haberme salvado de la manera en que lo hiciste, ¿no sabes que pagaré gustosamente cualquier costo que pueda haber?
Isabella se dio cuenta de que era sincero.
–No puedo dejar que hagas eso. Pero aprecio la intención. - Realmente lo hacía.
–Desinteresadamente te pusiste en peligro para protegerme. Lo menos que puedo hacer es ocuparme de tu lesión. Ahora, siéntate y trata de relajarte. Yo me ocuparé de ti.
Cuando ella empezó a decir algo más, la miró con severidad.
–La discusión ha terminado, amor. Además, no te ves muy bien.
Isabella podía sentir una fina capa de sudor brotando en su rostro, y su piel se sentía como si estuviera en llamas.
–Lo sé.
Sabía que no era bonita, pero, ¿era ahora era el momento para hablar de ello? Su boca estaba seca y se sentía débil. Cerró los ojos. Tal vez, si seguía hablando no se desmayaría.
–Me alegro de que no te alcanzara. Si te hubieras dado la vuelta, esa serpiente podría haberte mordido justo en tus credenciales.
Si no hubiera estado tan preocupado por ella, se habría reído. "Credenciales" tenía que ser su forma de referirse a su asunto varonil. Esta mujer era adorable. Mientras sostenía su mano, miró hacia abajo, en busca de un anillo de bodas. No había ni rastro de uno. ¡Excelente!
–Mi nombre es Edward Cullen. –¿Quieres decirme tu nombre, cariño, y dónde vives? ¿Hay alguien a quien debería llamar?
Habían salido tan rápido que Edward no había notado el familiar coche estacionado a un lado.
–Soy Isabella Cooper Swan, tu vecina. Vivo en la pequeña cabaña de caza al final de tu camino de tierra. Y no hay nadie a quien llamar.
Estaba hablando lentamente y sus palabras estaban empezando a sonar balbuceantes.
–Creo que me voy a dormir.
Oh Dios; esto era serio.
–No te duermas, nena. Sigue hablando. –¡Es mi vecina! ¡La conductora del pequeño coche! ¡Aleluya!
–¿Cooper? Es un nombre poco usual.
–Para una chica.
Le sonrió y el corazón le dio un vuelco.
–Viejo apellido, mi bisabuelo por parte de madre se llamaba Cooper. Fue colgado por robar ganado.
Edward se habría reído si no hubiera estado tan preocupado por ella.
–Eso me gusta. Es diferente. Cuando te sientas mejor, me gustaría invitarte a cenar. Esa es mi política; es lo que hago con todas las mujeres hermosas que salvan mi vida.
Sus ojos buscaron su rostro, memorizando cada detalle. Cuando salieron del camino de tierra y pasaron al de asfalto, Edward pisó a fondo el acelerador. Ella debía ponerse bien. Tenía que ponerse bien.
–Eso es muy dulce de tu parte. Pero no será necesaria la cena. Y no soy hermosa. Acabas de decir que no me veo tan bien, ¿recuerdas?
Habría discutido con ella acerca de su aspecto, pero parecía que ya no lo escuchaba. Su cabeza cayó hacia atrás en el reposacabezas y Edward se dio cuenta de que estaba sufriendo más de lo que dejaba ver.
–¡Mierda!
Hizo el viaje en un tiempo récord, patinando en la entrada frente a la clínica médica. Abriendo de golpe su puerta, corrió hacia el otro lado, recogió a Isabella y la abrazó. Apenas dando tiempo a las puertas automáticas para que se abrieran, las atravesó. Con suerte, su amigo Jasper estaría de guardia.
–¡Jasper! –Gritó, ajeno a las miradas de los curiosos.
Al doblar la esquina, una enfermera se dirigió hacia él, seguido de cerca por su compañero de la Universidad, el Dr. Jasper Hale.
–¿Qué está pasando amigo? ¿A qué viene todo este griterío?
–Mordedura de serpiente. Cascabel.
Edward miró a su pequeño cuerpo apacible, y su corazón se le fue a salir del pecho.
–Ella me salvó, Jasper. Esta pequeña cosa recibió el mordisco que estaba destinado para mí.
–Por aquí, Edward.
El Dr. Hale lo llevó a una sala de examen en la clínica y señaló una cama. La enfermera le siguió de cerca con un sujetapapeles. Sabía que era su trabajo, pero le irritaba.
–Yo me hago cargo de la factura.
Hablaba como si la enfermera pretendiera estafar a Isabella. Jasper apartó a la enfermera.
–Conseguiremos rellenar esos papeles después, Angela.
–Gracias, Jasper.
Edward puso a Isabella en la cama, pero no abandonó por completo su dominio sobre ella, manteniendo una mano en su brazo. Parecía imperativo mantener una relación con ella. Otra enfermera entró y el médico le dio indicaciones, cortando la costura de los pantalones vaqueros de Isabella, revelando la zona roja, hinchada, donde los colmillos de la serpiente se habían hundido.
–No se ve tan mal. He visto cosas peores. – dijo el doctor en voz baja.
Dio instrucciones a la enfermera de urgencias de la cantidad de antídoto necesario. Ante el tacto de la aguja, los ojos de Isabella se abrieron y se ampliaron por el miedo.
–¿Edward?
–Estoy aquí, cariño. No te dejaré.
Edward sabía que su amigo lo miraba fijamente.
–Así que, así son las cosas.
Edward notó la sonrisa descarada de Jasper.
–¿Le presentaste a tu hermano?
–Sí, así son las cosas. Y no, no le he presentado a mi hermano. Nos acabamos de conocer.
Edward confirmó la broma interna.
–Jasper Hale, ella es Isabella Swan, mi vecina de al lado y domadora de serpientes.
Isabella le lanzó una mirada.
–Hola, doctor. Y gracias. Le dije que venir aquí no era necesario.
–En realidad, lo era.
Jasper guiñó un ojo a Edward.
–Edward probablemente te salvó la vida. Debes de estarle muy agradecida.
Isabella se sintió escarmentada.
–Estoy agradecida. Muy agradecida. Y si me haces una factura la pagaré como pueda. No dejes que el Sr. Cullen pague por esto.
Jasper levantó las manos.
–No pienso meterme en medio de esto.
Le dio unas palmaditas a Isabella en la rodilla.
–Ahora vas a estar bien. Te receto un día de reposo en cama y nada de salvar a más chicos guapos en peligro, al menos durante veinticuatro horas.
Edward siguió a Jasper fuera, e Isabella aprovechó la oportunidad para tratar de incorporarse. Se miró la pierna, iba a notar un poco de dolor por un tiempo, pero eso no era nada comparado con lo que había soportado de Jacob.
Náuseas rodaron a través de su sistema y cerró los ojos y deseó que su estómago se asentara. No quería ser un problema para nadie.
Un ruido en la puerta la hizo mirar hacia arriba. Edward se quedó allí. Isabella capturó su labio inferior entre los dientes, preocupándose. Ella cerró los ojos y rezó por fuerza. Este hombre era muy agradable y muy guapo. Sin embargo, estar con él y no ser capaz de tocarlo iba a ser una tortura. A pesar de su incomodidad, consiguió reírse un poco de sí misma. Apostaba a que la próxima vez que lo intentara, su tarea de masturbación sería pan comido.
Sin poderse resistir, Isabella lo miró a los ojos. La miraba con tanta ternura que le daban ganas de llorar. –Se siente agradecido, Isabella. Agradecido. Eso es todo.
–Fuiste muy valiente. No puedo creer que me hayas salvado.
¿Estaba Edward mirándola con admiración en sus ojos?
–Me he enfrentado a cosas peores.
Isabella se deslizó de la camilla y Edward se apresuró a ayudarla. Estaba muy inestable.
–Tengo que ir a firmar los papeles y encargarme del pago.
–Oh no, no lo harás. Te voy a llevar a casa.
Primero, metió la bolsa de vendas y ungüentos que la enfermera había dejado para ellos bajo el brazo. Entonces, antes de que pudiera protestar, Edward la levantó y les sorprendió a ambos impulsivamente besándola en la frente.
–Isabella, me gustaría verte de nuevo.
¿Quería volver a verla? Señor, se sentía agradecido. No podía manejar eso, mejor no intentarlo siquiera.
Además, los problemas parecían surgir a su alrededor y no quería involucrar a nadie más en su pesadilla.
–Eso no sería una buena idea, Edward. No soy nada más que problemas con una P mayúscula.
Tomó toda la fuerza que tenía, pero, de alguna manera, se las arregló para evitar poner su cabeza contra su pecho y acurrucarse bajo el refugio de sus brazos. Él rio.
–No lo vas a creer, pero de hecho eso fue lo que pensé la primera vez que te vi. Apuesto a que eres un problema, del mejor tipo. Y me gustan los problemas de vez en cuando.
Instalándola en la camioneta pick-up, le ajustó el cinturón de seguridad y la besó de nuevo, esta vez en el extremo de la nariz.
–Dios, eres dulce.
–No tienes que ser tan bueno conmigo, Edward. Me alegro de haber llegado justo a tiempo.
Sinceramente, su intención era dejar de hablar. Poco sabía, que estaba diciendo en voz alta todo lo que estaba pensando.
–No podía dejar que te pasara nada, eres demasiado lindo.
La somnolencia se acercaba rápidamente. Él resopló ante su comentario.
–Pero, en serio, cualquiera hubiera hecho exactamente lo mismo.
Mientras él giraba la llave en el encendido, ella volvió su rostro hacia él.
–Sólo llévame de vuelta a mi coche y dejamos las cosas como estaban. – le dio una débil sonrisa. –Tú puedes trabajar en tu patio sin camisa y yo puedo babear mientras conduzco por ahí. – Bromeó débilmente.
Una vez más, lo hizo reír.
–¿Qué voy a hacer contigo, Isabella? ¿Nunca has oído el viejo refrán, "si salvas la vida de alguien, te pertenece para siempre"? Estás atrapada conmigo, así que será mejor que te acostumbres a ello.
Sus palabras sonaron tan maravillosas. Era mejor si recordaba que él no quería decir lo que estaba diciendo, no era posible. De todas formas, saltó una chispa de esperanza. Volvió la cabeza y en silencio miró por la ventana. El agotamiento finalmente llegó e Isabella apoyó su cabeza hacia atrás y se relajó. Después de un rato, por fin habló.
–Gracias por llevarme al médico. En cuanto a la factura, te lo pagaré todo, te lo prometo.
–Puedes pagarme con besos. ¿Qué te parece eso?
La idea de pagarle con besos envió un cosquilleo directamente a su lugar privado. –Está bromeando, Isabella. – se recordó.
–Te estaría robando. Mis besos no tienen mucho valor.
–¿Por qué siempre te subestimas, Isabella? Eres, sin duda, la mujer más hermosa que jamás haya visto. ¿No sabes lo especial que eres?
–Oh, soy especial sin duda. Si solo supiera.
Condujeron en silencio durante unos minutos más. Jasper había dicho que el vendaje necesitaba cambiarse cada cuatro horas con una nueva aplicación de la crema antibiótica y que había que tener cuidado con que la fiebre no se saliese de control. Edward se detuvo junto a su coche, preparándose para una discusión. Ella ya podía prepararse para irse con él a su casa o que él se fuera a la suya. Eso era lo que iba a pasar.
Girándose hacia ella, abrió la boca para comenzar a defender su caso. Estaba profundamente dormida. La medicina que Jasper le había dado la había la había noqueado. Bueno, eso dejaba clara la elección. Para calmarla decidió que la llevaría a su casa. Anthony siempre decía que las mujeres estaban más cómodas en sus propios hogares. Tenía que otorgarle reconocimiento a su hermano Ranger de Texas, ya que rara vez estaba equivocado acerca de las mujeres. Luego volvería y se haría cargo del coche de ella.
Edward se tomó un minuto para mirar en su vehículo y recuperar la cartera y las llaves. Estaba agradecido de ver lo que parecían ser las llaves de la casa en el mismo llavero con las demás. Siguiendo el camino de tierra hasta la pequeña cabaña, estacionó y apagó el motor.
Tomándola en sus brazos una vez más, se dirigió a las estrechas escaleras. Sabiendo que estaba tomando un poco de ventaja, no pudo resistirse a robarle unos cuantos besos diminutos. Frotando sus labios sobre la línea del cabello y la frente, respiró su aroma irresistible. Melocotones. ¡Dios mío! Olía como un cálido, fragante y maduro melocotón y era de sus cosas favoritas en el mundo entero.
–Nunca querría que te pasara nada, nena. Pero, estoy tan contento de haberte encontrado. – susurró en voz baja.
Sosteniéndola con facilidad con un brazo, abrió la puerta y la llevó dentro. Mirando a su alrededor, notó el escaso mobiliario que, con unos toques personales, conseguía parecer acogedor y relajante.
Acostándola en el sofá, colocó una almohada debajo de la cabeza y la cubrió con una manta. Más tarde, le cambiaría la ropa. Instalando su gran cuerpo en el suelo, se arrodilló a su lado, tomando una de sus pequeñas manos entre las propias.
–¿De dónde vienes, bebé?
Le masajeó la mano, familiarizándose con cada dedo. Sus huesos eran tan pequeños y frágiles. En el furor, no había podido prestar realmente atención a su cuerpo. No es que fuera a haber mucha diferencia, se sentía perfecta en sus brazos. La parte superior holgada que llevaba ocultaba más de lo que revelaba y sus vaqueros eran unas dos tallas más grandes. Trató de recordar cómo sus senos se habían sentido cuando se había acurrucado contra su pecho, pero había estado demasiado asustado para apreciarlos adecuadamente. Todo lo que podía recordar era su suavidad. Al posar un suave beso en la palma de su mano, sabía que tendría que esperar para saber esas cosas, de ninguna manera tomaría ahora ventaja sobre ella. No, podía esperar. Tenían un montón de tiempo.
–¿Edward?
Su voz quebró su ensimismamiento.
–Justo aquí, nena. Justo aquí.
Ella abrió los ojos y lo miró. Estaban muy vidriosos y no sabría decir cuanta conciencia tenía mirada.
–Tengo tanto frío.
Por primera vez, Edward notó que estaba temblando, tiritando bajo la ligera manta.
–Hay una colcha sobre mi cama. Si tan solo me tapas con ella mañana estaré bien.
Edward se puso de pie y encontró su pequeña habitación. Solo había dos habitaciones en la cabaña, si no contaba el cuarto de baño. Una vez más observó que había muy poco mobiliario y algunos elementos decorativos. Agarrando la colcha, se dio cuenta de que era la única cubierta en la cama y no parecía demasiado gruesa.
Volviéndose, la extendió sobre ella, metiéndola alrededor de su cuerpo.
–Gracias.
Su mano estaba cerca de su cara, y Edward se olvidó de respirar cuando le besó los dedos.
–Ahora voy a estar bien. Estoy acostumbrada a estar sola.
–No hay nada en el mundo que me haría dejarte así, Isabella.
Ella no lo oyó. Se había quedado dormida, una vez más. Acostada boca abajo, la mano que él había sostenido ahora estaba doblada debajo de su mejilla. Edward no era capaz de quitar las manos de ella; le frotó la espalda y le apartó el pelo de la nuca. Varias veces, rozó sus labios sobre su mejilla.
–Te mantendré caliente, amor.
Él puso su cabeza sobre su espalda con un brazo alrededor de su cintura. Después de unos momentos, se dio cuenta de que simplemente no era lo suficientemente bueno.
–Al diablo con los convencionalismos, estoy reclamando mi territorio.
Poniéndose de pie, rápidamente la levantó, se sentó de nuevo, y deslizó la parte superior del cuerpo entero en su abrazo. Cuando se acomodó, la acunó justo al lado de su cuerpo.
–Esto está mejor.
Su corazón se apretó cuando Isabella se acurrucó más cerca de él, frotando su mejilla contra su camisa.
–Segura. – susurró.
Edward apretó su agarre sobre ella.
–Sí, muñeca. Voy a mantenerte a salvo; no tienes nada en el mundo de que preocuparte.
Dejó que sus dedos calmaran la suave piel y calentaran la piel de su mejilla. La abrazó por un buen tiempo, saciando la sed de sus labios bebiendo de las comisuras de la boca y el tierno lugar bajo la delicada curva de su mandíbula. Se sentía muy bien en sus brazos; ella era toda una mujer, tan suave y curvilínea. Perfecta. Señor en el cielo, sus senos eran las cosas más dulces que jamás había sentido empujando contra su pecho. No podía esperar para poner a prueba su peso, sentir sus pezones duros contra sus palmas. Dios, estaba tan duro como un poste de hormigón.
–Chico hacia abajo, ahora no es el momento.
Fue todo lo que pudo hacer para no besarla directamente, quería que ella estuviera despierta y consciente cuando eso pasara. Edward la sostuvo durante horas, incluso después de que sus brazos se durmieran, todavía la sostenía.
Al mirar por la ventana, se dio cuenta de que el sol se sumergía en el oeste.
–Mierda, los animales.
Cambiando su precioso peso, sacó su celular del bolsillo y apretó el botón de marcación rápida para llamar a su gemelo.
–Sí.
A veces la capacidad de conversación de Anthony era limitada.
–Oye, necesito que me hagas un favor. Si no te importa, ve a la casa, coge un poco de heno y alimenta a mis animales.
–Está bien. ¿Dónde estás? ¿Algo está mal?
–Estoy un poco ocupado. Tengo mis manos llenas en este momento.
A pesar de todo, una sonrisa tiró de los labios de Edward.
–Llenas de qué, ¿puedo preguntar? O, ¿necesito preguntar? Edward, perezoso hijo de puta, ¿estás con una mujer?
El humor se filtraba a través del sarcasmo de Anthony. Edward se puso serio inmediatamente.
–Sí, en realidad lo estoy. La cosa más dulce que puedas imaginar llegó a mi patio hoy y se puso a sí misma entre una serpiente de cascabel de metro y medio y yo. La serpiente la mordió, no muy mal, pero no hay manera en el infierno de que me vaya a otro sitio.
–Mierda. ¿Dónde estás exactamente?
La preocupación coloreó el tono de su gemelo.
–La cabaña de caza Marchand justo al lado de nuestra casa. No he tenido la oportunidad de conocer mucho sobre ella, aparte de que está sola y es casi perfecta.
Edward besó la sien de Isabella, notando que su piel estaba tan caliente como un petardo.
–Hombre, tengo que llamar a Jasper. Está ardiendo. ¿Te ocupas de las cosas por mí?
–Puedes contar con ello. Llámame si puedo hacer cualquier cosa. Te llamaré por la mañana.
Ella había caído en un sueño más profundo. Edward no estaba seguro de si eso era bueno o malo.
No dispuesto a correr el riesgo, llamó a la línea privada de Jasper. Después de una media docena de toques, su amigo finalmente respondió.
–¿Cómo está? – preguntó Jasper con preocupación.
–Durmiendo, profundamente. Tal vez demasiado profundamente. Estoy preocupado, Jasper. Posó la cara sobre la de ella.
–Tiene fiebre; su piel está caliente y seca.
Jasper rio.
–No hay razón para alarmarse, a menos que se deslice en un estado de coma o tenga convulsiones. Dale algo de líquido, cambia su vendaje, y consigue que hable contigo cada poca hora, si te responde, estará bien. La fiebre es necesaria para quemar el veneno, es sólo la manera de su cuerpo de hacer frente a la infección. No me refiero a que muestres menos preocupación, porque supongo que todavía estás con tu pequeña encantadora de serpientes.
–Me estoy aferrando a ella tan fuerte como puedo.
Edward sonrió, solo estaba diciendo la verdad.
–Gracias hombre.
Colgando, procedió a seguir las órdenes del médico.
–Isabella. Cariño.
Apretó su rostro al de ella, empujándola con su nariz.
–Despierta dulce niña y habla conmigo.
Isabella se encogió de hombros y se empujó contra el ancho pecho de Edward.
–Me encanta que me abraces. Se siente tan bien. Este es el mejor sueño que he tenido. Voy a tener que conseguir alguna serpiente más a menudo.
Edward alisó el pelo fuera de su cara y la besó de nuevo, justo debajo de su ojo.
–Estás loca, preciosa. Esto no es un sueño. Y me alegro de que te guste mi toque, porque tengo la intención de hacerlo mucho en el futuro. Cariño, voy a dejarte para conseguir un poco de agua. ¿Podrías beber unos sorbos para mí, bebé? Luego, también tenemos que cambiarte el vendaje.
Dejándola, Edward se levantó y recogió lo que iba a necesitar. Se sorprendió al encontrar sólo una copa en su armario. No estaba bromeando cuando dijo que estaba sola. La llenó de agua y de algunos cubos de hielo y se apresuró a regresar. Isabella se había sentado, con el cuerpo caído hacia un lado y el rostro contra el sofá. Edward se sentó junto a ella y puso su brazo a su alrededor acercándola. Ella no se resistió.
–Toma, dulzura. Bebe esto.
Sostuvo el vaso en sus labios y lo estabilizó mientras bebía.
–Gracias. ¿Qué estás haciendo aquí todavía? No pasa nada si te vas.
–Ni en sueños, nena.
Dejando el vaso vacío sobre la mesa de café, Edward se acuclilló junto al sofá y retiró la colcha.
–Vamos a sacarte esos pantalones cortados. Puedes simplemente descansar en tu ropa interior. Mientras estamos en ello te cambiaré el vendaje.
Un pequeño chillido de pánico salió de sus labios.
–No. No. Edward, yo lo hago. Lo hago yo.
Confundido, Edward estudió su rostro desesperado.
–Relájate, cariño. Nunca te haría daño.
–No quise decir eso.
Se hizo un nudo, lo que dificultó sus esfuerzos para desnudarla.
–Déjame quitarme los pantalones debajo de la colcha y entonces podemos llegar a la herida. ¿De acuerdo?
Edward la vio retorcerse debajo de la sábana, asegurándose de que ni una pulgada de su piel se expusiera a su revisión.
–Vi la picadura antes, Isabella.
Edward no entendía su vacilación.
–Sí, pero no viste mis grandes muslos o mi trasero gigantesco.
Era obvio que la fiebre le había soltado la lengua.
–Me veo mejor cuando no se puede ver mucho de mí.
Edward se quedó atónito.
–¿Estás loca, nena?
Ella no le dejó decir nada más.
–Probablemente. Toma.
Agotada, se echó hacia atrás. Sus manos estaban inmóviles sobre la colcha y sólo mostraba suficiente cantidad de pierna para que él pudiera examinar la marca de la mordedura.
Mientras que sus manos estaban ocupadas, Edward observaba las reacciones de Isabella a su toque.
–No sé de lo que estás hablando, Isabella. Eres absolutamente una de las mujeres más hermosas que he visto nunca. Hermosa. Encantadora. Magnífica.
Se inclinó y besó la herida en su pierna. Parecía que estaba haciéndolo bien. Ante el toque de sus labios en su piel, Isabella saltó.
–¿No te gusta que te bese?
La voz de Edward era suave. Canturreando.
–Quiero besarte.
Lo hizo de nuevo, sólo por si acaso.
–No importa si me gusta o no.
Ella tenía los ojos fuertemente cerrados y cada músculo de su cuerpo apretado tan fuerte como las cuerdas de un arco.
–Por favor, Edward. No lo hagas.
Edward se retiró, sin saber exactamente cómo proceder. Ahora probablemente no era el mejor momento para decirle que había pasado las últimas horas acurrucado junto a ella, dándose el gusto a sí mismo con besos, y respirándola como si fuera el oxígeno que da vida.
–¿Por qué, bebé? Me siento muy atraído por ti. Por favor, déjame pasar tiempo contigo.
–No me conoces.
Edward se recostó en el sofá junto a ella. Con cuidado, ella mantuvo la distancia.
–Quiero conocerte. Dime algo sobre ti y te diré lo que quieras saber.
Cuando ella no dijo nada, lo hizo Edward.
–¿De dónde vienes, muñeca? Antes de venir a Redlands. – aclaró.
Estaba tan pálida. Edward anhelaba conquistarla y nunca dejarla ir. Poco a poco, empezó a hablar.
–He estado moviéndome un poco, pero en un principio, venía de Riverbend. Es un pequeño pueblo en los cañones de del Río Grande, cerca del Parque Nacional Big Bend y la frontera con México.
Riverbend. Riverbend. ¿Por qué ese nombre le hacía saltar una alarma? Edward buscó en su memoria, pero no encontró nada.
–¿Puedes decirme algo más amor?
Isabella no quería contarle nada más. El resto era vergonzoso.
–Estoy cansada, Edward. Por favor, ¿puedo dormir?
–Claro que puedes. Sólo cierra esos grandes ojos color café y descansa. Estaré justo aquí. Vigilándote.
Ella ajustó su ropa y tiró de las mantas hacia arriba, y se giró de frente al sofá, cortando efectivamente a Edward de la visión.
–Quiero que te vayas a casa.
Sus palabras eran claras, pero su voz sonaba insegura.
–Difícilmente.
A pesar de su temor, se apoyó en los codos y la besó en la parte posterior de su cuello. Ella se tensó y contuvo la respiración.
–Duerme bebé y ten dulces sueños sobre mí.
Isabella dormía. No intentó volver al sofá con ella. No serviría de nada presionarla. Podía ser paciente. Había encontrado otro sofá y una almohada y no necesitaba una manta. Sólo necesitaba estar cerca de Isabella. Edward se adormeció.
Algo lo despertó. Isabella estaba inquieta. De repente, su voz rompió el silencio.
–Por favor, por favor no me hieras más, por favor. – gemía ella, suplicando a un asaltante desconocido.
Sus palabras le rompieron el corazón. ¿Estaba soñando con la serpiente de cascabel? ¿Qué más podría ser? ¿Alguien había herido a Isabella? Al diablo con las buenas intenciones. No iba a quedarse viendo cómo se agitaba por el miedo y no tratar de consolarla. Puso sus brazos alrededor de ella y comenzó a acercarla. Ella se irguió, tratando de trepar fuera de sus brazos como si estuviera aterrorizada de él.
–Nena. Bebé. Está bien. Soy Edward, nena. Yo me ocuparé de ti. Está todo bien. Todo está bien.
Se mantuvo hablándole suave, tranquilizándola, consolándola, acariciándola. Su respiración se ralentizó y volvió a dormirse.
–¿Qué demonios?
Edward decidió averiguar qué narices atormentaba a Isabella en sus sueños.
De pie en la puerta de su pequeña cabaña, vio salir el sol. No podía creer la diferencia que un día podía significar. Ayer, no había sabido siquiera que ella existía, y hoy, no podía imaginar no conocerla. Al oír un pequeño murmullo desde el sofá, Edward fue y se arrodilló junto a Isabella.
Tocando su frente se alegró al ver que estaba libre de fiebre. No se había despertado la última vez que cambió su vendaje. Edward no quería irse, pero necesitaba llegar a casa, y tenía toda la intención de volver. Ahora Isabella era tan necesaria para él como su próximo aliento. ¡Señor, qué rápido caen los poderosos! Una gran sonrisa le cubrió el rostro.
Haciendo el menor ruido posible, Edward salió de la cabaña de Isabella, se subió a su camioneta y condujo lentamente a casa.
No podía creer que había estado tan cerca de él durante tantas semanas y él no tuviera ni idea. Conduciendo por su camino de entrada, apagó el motor y decidió que la primera orden del día era librar su jardín de esa serpiente muerta.
Agradeció que los perros no hubieran estado allí. Una serpiente tan grande tendría veneno suficiente para matar a un perro, y estaba agradecido porque Isabella no hubiera sido herida gravemente. Fue increíble que se hubiera puesto a sí misma en peligro para rescatarlo. Ella, literalmente, había entrado en su vida y salvado su piel. Estaba destinado a pasar así. Fue la providencia. Tenía una nueva misión en la vida, conseguir a Isabella Swan en su cama, y mantenerla en su vida.
Cortar el resto de la leña tendría que esperar. Edward Cullen no estaba de humor para trabajar. Estaba de ánimo para el amor. Esta tarde, iba a hacerle una llamada. Calculador tal vez, pero había conseguido su número de teléfono antes de salir esta mañana. Tenía que llamar para asegurarse de que estaba bien, ¿no? Y ella, pensando probablemente que eso le impediría venir varias veces para ver cómo estaba, se lo dio. Era una gran excusa, pero en realidad, sólo quería escuchar su voz. De alguna manera, de algún modo, llegaría a ella. Tendría que dejarlo entrar en su vida, estaban destinados a estar juntos.
Entrando en la casa, levantó la caja de las hebillas de la mesa y se dirigió a la cocina, desgarrando la caja mientras caminaba. Tirando el envase de cartón a un lado, se apoderó del plástico que envolvía el paquete interior y se lo metió bajo el brazo. Al abrir la puerta de la nevera, sacó una cerveza y se sentó en la mesa del desayuno para inspeccionar el contenido del paquete.
Quitando la tapa de la botella, tomó un largo trago, extrajo su navaja del bolsillo delantero del pantalón, y procedió a quitar el plástico de burbujas.
–¡Mierda! ¡Esto no son hebillas de cinturón!
Sacó el contenido y lo sostuvo en alto, casi se asfixia. ¡En su mano había una gran polla rosada!
–¡Maldita sea!
¡Edward soltó el vibrador como una patata caliente! ¡Mierda! Sabía que cosas como esta existían, pero en realidad nunca había tenido una en su mano. Con cuidado recogió el paquete de nuevo, dándole la vuelta para leer lo que venía escrito.
Nuestro vibrador personal le hará ronronear. Las orejas de gel blando realmente subirán la temperatura. Aumente la vibración y las orejas proporcionaran una estimulación del clítoris extraordinaria.
El cómodo eje se mueve con un movimiento circular y ondula como sus propios ritmos corporales. La parte central del mecanismo contiene perlas de color rosa, que rotan para crear una estimulación extra. Puede usar todas estas características al mismo tiempo, ¡o en cualquier combinación que le traiga placer!
Este vibrador está garantizado para llevar sus orgasmos a un nuevo nivel. El eje de gel suave insertable es de 18 centímetros de largo y de alrededor de 3 centímetros de diámetro.
Utiliza 3 baterías tipo C (no incluidas).
Riendo, miró de nuevo. ¿Sólo 18 centímetros? La que utilizara esto iba a ser engañada. ¡18 centímetros! ¡Lamentable! Levantándose, fue y tomó la caja apresuradamente del suelo. Buscando la dirección, se dio cuenta de que UPS se había equivocado por una casa. Estuvo a punto de tragarse la lengua. El nombre que estaba en la etiqueta de la dirección era I. Swan.
–¿Isabella? ¿Su Isabella? ¿Su Isabella utilizaba un consolador?
Ella lo necesitaba a él más de lo que pensaba. ¡Pero esta era su oportunidad! Había querido ver de nuevo a Isabella y aquí estaba la excusa perfecta. Después de todo, el correo tenía que ser entregado, era su deber cívico como un buen americano. Una sonrisa se deslizó a través de su hermoso rostro de vaquero.
–Edward Cullen, esto va a ser divertido.
Isabella estaba en el sofá, una toallita húmeda sobre los ojos. Había sido peor de lo esperado. Aun así, no había duda que vomitar, escalofríos y fiebre eran un pequeño precio a pagar por la seguridad de Edward. Si una dosis completa de veneno hubiera entrado en la arteria en lo alto de su muslo, podría haber muerto. En su caso, el antídoto era probablemente el responsable de la mayor parte de sus problemas.
Dormir era lo que necesitaba. Cualquier cosa que apartara de su mente a Edward. Sabía que él se había quedado con ella casi toda la noche, y, francamente, no sabía qué hacer con eso.
¡Un hombre realmente había pasado la noche con ella!
No es que hubiera sucedido algo, excepto algunos sueños muy calientes. Había soñado que la sostenía fuerte, totalmente contra él. Soñó que había llovido besos por toda su cara. Dios, cómo había querido que tomara sus labios.
¡Cristo! ¡Estaba sudando!
Sueños como el que tuvo la noche anterior deberían ser ilegales. Aun así, era agradable que cuidaran de ella por un rato. Tendría que encontrar alguna forma de pagarle. De alguna manera eso no la agobiaba. No quería hacerse un lío. Y le pagaría el dinero, de hecho, tan pronto como pudiera caminar en línea recta iba a conseguir su chequera y ver de cuánto podría prescindir.
Cuando sonó el teléfono, casi saltó fuera de su piel. Inclinándose en el sofá, cogió el auricular, su corazón latiendo con la posibilidad.
–¿Hola?
–¿Isabella? Soy Edward. ¿Cómo te sientes? Y dime la verdad.
Su voz envió escalofríos por su espina dorsal.
–Mejor. Fue duro por un rato. Vomité esta mañana, pero creo que sólo tengo que conseguir meter algo en mi estómago. Ahora estoy descansando en el sofá.
–Lo siento mucho, cariño. ¿Quieres que vaya y te prepare algo de comer? –Sugirió.
–No, yo puedo hacerlo, pero gracias. Ya puedes dejar de preocuparte por mí. Creo que voy a vivir. Estoy muy, muy cansada.
–Está bien, duerme un poco. Te llamaré mañana, Isabella. ¿Vale?
Sabía que él le estaba pidiendo permiso para algo más que una llamada de teléfono.
–Oh, Edward. – Hizo una pausa y luego casi susurrando, dijo algo tonto.
–Esperaré noticias tuyas. Buenas noches.
Volver a la vida no era tan difícil. Especialmente, si nunca estuviste realmente muerto. En realidad, Jacob Black había tenido que desaparecer por un tiempo. Tenía problemas. El cartel mexicano de drogas con el que había estado haciendo negocios se había vuelto contra él. Lo acusaban de hacer trampa sacándoles un cuarto de millón de dólares.
Tenían razón.
A través de algunas muy buenas fuentes, Jacob había sido informado de que le habían puesto precio a su cabeza. Así que convenientemente había muerto. Con la ayuda de sus amigos y su hermano, había dispuesto que le dispararan en una persecución de un falso robo. Era su mejor opción. El tiroteo simulado terminó con él en el río y el barco explotando. No se había encontrado su cuerpo. Principalmente, porque lo seguía usando.
Así había empezado un juego del gato y el ratón entre él y los mexicanos. Querían una evidencia de su muerte; no fueron tan fáciles de engañar. Hoy, cuando llamó a Sam, se enteró de que podría haber otros implicados.
Su hermano le informó de que un maldito Ranger de Texas estaba husmeando por los alrededores y, por si fuera poco, se habló de los árabes y los israelíes metiendo sus dedos en el pastel.
Si no controlaba esto pronto iba a ser embalado como en un preparado de tartas de Betty Crocker.
Desde entonces se había visto obligado a huir. Decidió ocultar su libro de registro. Tenía la mala costumbre de escribir todo meticulosamente. Cada cosa, cada distribuidor, incluso cada vez que había abofeteado a su esposa. Era un libro de registros. Como un tonto, lo había escondido en la caja de papeles de la familia de Isabella. Sabía que tenía la caja con ella, nunca iba a ninguna parte sin ella. En el interior de su estúpida caja había artículos inútiles; fotos, registros del ejército de su abuelo, mierda como esa.
Sin lugar a dudas, la había traído con ella a esta pequeña ciudad del este de Texas. Ella pensó que había escapado, que estaba bien escondida. Lo curioso era que no era de él de quien se estaba escondiendo. Después de todo, estaba muerto. Jacob sabía que Isabella se estaba escondiendo de su hermano. Sam siempre había codiciado a la esposa de Jacob. Por supuesto, su hermano la quería por una razón completamente diferente de la suya.
En cualquier caso, necesitaba aquel libro. Hasta ahora se había metido en la casa dos veces, pero el maldito libro no estaba donde él pensaba que estaría. A la luz de la luna, había permanecido junto a su cama y viéndola dormir. Era todo lo que podía hacer para abstenerse de despertarla con un golpe directo en esa gorda mandíbula.
Su cabello estaba más largo y podía haberlo enredado dos veces alrededor de su puño, y arrastrarla fuera de la cama, eso le recordó lo único para lo que ella era buena. Señor, extrañaba a su esposa. Siempre se había sentido muy bien haciéndole daño.
Y le haría daño, al menos una vez más. Tal vez por última vez. Después de todo, sabía más que de lo que se daba cuenta.
Pero primero necesitaba ese maldito libro. Y tenía la intención de conseguirlo, de un modo u otro.
El Refugio de animales del Este de Texas era el bebé de Edward. Uno de los cuarenta centros humanitarios en Texas comprometidos a encontrar hogares para sus perros y gatos en lugar de practicarles la eutanasia. Había trabajado incansablemente hasta asegurar su éxito con continuas inversiones sólidas y filantropía comprometida.
Abriéndose paso hacia el recinto canino, Edward fue recibido por un coro de ladridos y alegría general. La hora de la comida era sin duda muy popular entre los actuales habitantes.
En la actualidad había once perros. Siete de ellos eran cachorros y serían fáciles de colocar, pero cinco de ellos eran grandes y no había muchas personas que pudieran estar hablando de adoptar un perro totalmente crecido. El corazón de Edward se compadecía de ellos. Amaba a esos animales.
–Tranquilos, chicos. Hay mucho para todo el mundo.
Se encargó hábilmente de la bolsa de veintitrés kilos, llenando los grandes contenedores con comida para perros. Comprobando los cuencos de agua se dio cuenta de que el perro Bassett todavía se mantenía atrás.
–Vamos, muchacho. Ven a ver a Edward.
De rodillas, le tendió la mano al perro acobardado.
–No voy a hacerte daño. Nadie va a hacerte daño nunca más. Te lo prometo.
Era imposible saber los detalles, pero obviamente alguien había abusado de este animal. Edward odiaba a los cobardes que se aprovechaban de animales indefensos, niños pequeños, o mujeres.
El perro se acercó lentamente hacia adelante y Edward premió su valentía con una mano suave y un lujo extra que había escondido en el bolsillo. Recogiendo al perro de veintisiete kilos, lo llevó al recipiente más cercano y lo sentó, uniéndose a él allí hasta que el perro se sintió lo suficientemente cómodo como para comenzar a alimentarse.
–Vamos a encontrarte un buen hogar. Hay alguien por ahí que va a adorarte.
Se quedó unos minutos más y comprobó a todo el mundo. Cuando estuvo seguro de que nadie estaba siendo demasiado egoísta, se dirigió a la Casa de Gatos.
–Casa de Gatos.
Siempre le gustaba decirlo, le hacía gracia.
En el original Cathouse, se puede traducir como "Casa de gatos" o "Casa del
placer/Prostíbulo/Burdel.
Al abrir la puerta a la zona cerrada, se encontró con un grupo de felinos ronroneando y maullando. No a muchos hombres le gustaban los gatos, pero a él sí. Podía decir que lo hacía. Esto era lo más cerca que había llegado a acariciar un 'gatito' en bastante tiempo.
–¡Maldita sea! Sácate esas cosas de la cabeza, Edward. –se advirtió a sí mismo con una sonrisa.
Además, las cosas estaban mejorando. Había conocido a Isabella. Un pequeño gato anaranjado decidido subir a la pierna de Edward como un árbol.
–Hola, pequeño mono.
Recogiendo al gatito, Edward lo acurrucó cerca de él.
–¿Quieres un poco de atención?
Un ronroneo como un motor diesel surgió de la pequeña criatura mientras el gran hombre le acariciaba el suave pelaje.
Desde fuera, oyó el ruido inconfundible de un vehículo aproximándose. El crujido de la gravilla anunció que se había detenido frente a la oficina principal.
–Ahora bájate. Tal vez alguien ha venido a llevarse a alguno de vosotros a su casa.
A toda prisa, alimentó a los gatos, aseguró la puerta y guardó los suministros. Todavía faltaba una hora y media antes de que Angela llegara a relevarlo.
–¡Gracias al Señor por los voluntarios dispuestos!
En el original dice Pussy, se puede traducir como "Gatito" o "coño".
Al entrar en la oficina de la parte trasera, se congeló momentáneamente en su lugar por la visión de la mujer que estaba delante de él.
–Hola, cariño.
Las dulces palabras salieron solas, no fue capaz de detenerlas. No con ella.
–Isabella, estoy tan contento de verte.
Quería ir hasta ella, darle la bienvenida con un beso, pero se contuvo. Ella parecía tan sorprendida como él.
–¡Edward, qué sorpresa! No sabía que estarías aquí. No te estoy siguiendo, te lo prometo.
¡Se sonrojó! Dios, se sonrojó. No sabía que las mujeres aun podían sonrojarse.
–No me importa cuál sea la razón. Me alegro de que estés aquí.
¡Dios! – dejó que su mirada se deslizara por su cuerpo. –¡Maldita sea!
Era absolutamente impresionante. No estaba tan cubierta hoy. Una pequeña camiseta rosa mostraba unos redondos y altos pechos y una cintura pequeña. Mientras que los pantalones vaqueros, suaves y desgastados, mostraban las curvas de un trasero que quería agarrar y amasar mientras la acercaba a él. Por Dios, estaba totalmente enamorado.
–¿Has venido a llevar a un chico solitario a casa contigo?
–¿Cómo yo? – añadió mentalmente.
–Sí, he venido a adoptar.
La voz que salió de su boca fue baja y sexy, sin embargo, tan suave como una lluvia de primavera. Edward le tendió la mano.
–Sígueme. Te mostraré el lugar.
Ella puso su mano en la suya y él casi se estremeció cuando se dio cuenta de lo bien que se sentía. Antes de que pudiera detenerse, dejó que su pulgar dibujara un círculo sensual en su palma. Se le hizo un nudo en la garganta cuando notó que su mano temblaba entre la suya. Ella tiró para liberarse y él de mala gana renunció a su control sobre ella.
–¿Trabajas aquí?
–Soy voluntario aquí un par de días a la semana.
Estaba tratando desesperadamente de pensar en algo seguro que decir que la hiciera sentir más cómoda cuando de repente se acordó de algo.
–¡Su paquete!
Ella no sabía que estaba en posesión de su vibrador con orejas de conejo. ¡Edward pensó que su polla iba a saltar fuera de sus pantalones! En cuestión de segundos, estaba grande y duro, y cuando la miró, la sorprendió mirando su ingle. Mientras ella miraba, esa delicada lengua rosada hizo un círculo perezoso alrededor de sus labios. Edward lo supo entonces; ella estaba tan afectada por él como él lo estaba por ella.
–¡Gloria Aleluya!
