Capítulo 3

Aliviado de saber que Isabella no era inmune a sus encantos, se rió entre dientes.

–Creo que un paquete para ti fue entregado en mi casa por error.

Ella levantó la vista, y la sonrisa en su rostro le hizo saber que la había atrapado mirando a su hombría hinchada. Lo que ella no podía entender era por qué estaba excitado. No podía estar atraído por ella... ¿o sí? ¡Debía ser enorme!

Jacob había sido muy pequeño. Para un hombre tan grande, tenía un pene pequeño y sus testículos se habían reducido a pequeñas canicas. Jacob había jodido su virilidad hasta la muerte con los esteroides. Sin embargo, Edward era otra historia.

–¡Es enorme! ¡Gracias a Dios no hay ninguna ley en contra de mirar!

El calor se disparó por su cuerpo, haciendo que su cara se encendiera de la incomodidad.

La declaración de Edward sobre el paquete que había recibido entró por una de las orejas de Bella y salió por la otra. Había oído la palabra paquete, pero el único paquete del que podía preocuparse era el suyo. ¡No podía creer lo grande que era! No sólo el bulto en sus pantalones, Edward era todo grande. Sin embargo, él no activó ese miedo familiar en ella de la forma en que otros hombres más grandes hacían.

Jacob había sido grande y malo. Este hombre era enorme, pero no daba miedo. Y era hermoso. Literalmente la dejaba sin aliento. Isabella pidió al cielo ser el tipo de mujer que un hombre como éste podría encontrar atractiva.

Pero no lo era.

Lo había aprendido de la manera difícil. Si Jacob se lo había dicho una vez, él se lo diría mil veces. Todavía podía oír su voz burlona.

"¡Ver tu cuerpo desnudo me revuelve el estómago! ¡Te ves como una enorme ballena varada! ¡Cúbrete, eres repugnante! ¡Vaca gorda! ¿Por qué no intentas perder peso? ¡Vamos a ver si puedo golpear algo de grasa fuera de ti!"

Ella había tratado de bajar de peso. No para complacer a Jacob, no podía importarle menos si era físicamente atractiva para su marido o no. Intentó bajar de peso para que dejara de golpearla. Pero no importó cuánto tiempo estuviera sin comida, sus caderas eran siempre del mismo tamaño. Sus caderas se crearon anchas; Isabella podía sentir los huesos a través de su piel. Era sólo la forma en que estaba hecha.

Tratando de volver a prestar atención, Isabella se dio cuenta de que no había oído su última declaración. Intentando retomar el camino, le informó:

–Me gustaría adoptar un perro, por favor, y tal vez, un par de gatos.

–Creo que puedo arreglarlo. Sígueme.

Él se sorprendió de que no hubiera reaccionado cuando le dijo acerca de la entrega que había recibido por error. La mayoría de las mujeres habrían hecho una broma al respecto, o habrían corrido a esconderse.

Extraño. Había actuado como si no fuera gran cosa. Intrigante. Bueno, al menos tenía otra excusa para verla. Y tenía la intención de verla. No había ninguna duda sobre eso.

Sosteniendo la puerta para ella, se complació viéndola moverse. Cerrando los ojos, inhaló su aroma. Era algo oscuro, pero fresco y limpio. Le recordó la brisa del mar en una noche de luna llena. ¿Dónde habían ido sus melocotones? Debe haber sido un champú, o algo así. No importaba, le gustaba mucho. Le encantaba todo lo relacionado con Isabella Swan.

Agachó la cabeza mientras se acercaba y a él le hizo gracia cuán cuidadosamente pasó a su lado. A pesar de que sus cuerpos estaban cerca, ella hizo grandes esfuerzos para asegurarse de no rozarlo. Bien. Habría tiempo para eso más tarde.

—No tuvimos la oportunidad de hablar mucho ayer. Así que dime, ¿cuánto tiempo has vivido en Redlands?

Sabía que había visto su coche por primera vez hace más de dos meses.

—Unos tres meses. Me mudé de la zona del Triángulo de Oro, una pequeña ciudad en el condado de Jefferson. Antes de eso, venía del Oeste de Texas, Riverbend. ¿No te lo había dicho, ya?

—Sí, me contaste algo, pero quiero saber todo sobre ti, Isabella.

—Mis recuerdos de nuestro tiempo juntos la otra noche son muy confusos. Estoy teniendo dificultades para distinguir entre lo que realmente sucedió y lo que soñé. Y tuve algunos sueños locos esa noche, debió haber sido el antídoto.

—Me encantó cuidar de ti, Isabella. Pero hay algunas cosas que de verdad necesito saber.

Lanzándose de cabeza, Edward comenzó la recopilación de información. Las cosas importantes primero. Ayer, había dicho que estaba sola, y él sabía que no llevaba anillo, pero quería escuchar que no pertenecía a nadie más. Y quería oírlo de sus labios.

—No rompas mi corazón, nena. Dime que estás soltera.

Dejándola pasar por delante, la guio hacia los ladridos de los perros. Como solía hacer con las mujeres, Edward puso una mano en la parte baja de su espalda. Que servía a dos propósitos; dirigirla en la dirección correcta, y acostumbrarla a su toque. Había pasado mucho tiempo tocándola, pero la mayor parte de ese tiempo ella no se había dado cuenta. O lo atribuía a un sueño. Eso no pasaría nunca.

Para su consternación, Isabella se hizo a un lado y evitó el gesto posesivo. No habían pasado veinticuatro horas desde que la sostuvo en sus brazos y la besó, no en los labios, no todavía, pero la había besado. Hoy, ella estaba tratando de poner distancia entre ellos.

–¡Maldita sea!

—Estuve casada, ahora soy viuda. Mi marido…

Hizo una pausa, casi ahogándose con la palabra

—…murió en acto de servicio. Era el Sheriff del condado.

— Lo siento mucho.

Edward realmente lo sentía, por ella y por él mismo.

—¿Cuánto tiempo hace?

—Casi dos años. He estado moviéndome un poco desde entonces. Con suerte, voy a quedarme aquí por un tiempo, si las cosas funcionan.

Sí, si es que podía permanecer bajo el radar y fuera de las atroces garras de Sam.

—Es por eso que estoy lista para una mascota.

Su respuesta fue corta y directa al grano, haciéndole saber que el tema estaba cerrado.

El comité de bienvenida hizo que el entrar a la jaula de los perros fuera un desafío. Intrigado, Edward observó su cambio de expresión de precavida a encantada. Antes de que pudiera detener al perro, Samson se lanzó. El Gran Danés tenía hambre de atención y aquí había un nuevo amigo. Levantándose en dos patas sobre Isabella, plantó firmemente sus dos grandes patas delanteras sobre sus hombros y la empujó. Se elevó por lo menos ocho centímetros más alto que su cabeza y la fuerza que aplicó de forma inesperada lanzó a Isabella hacia atrás a los brazos de Edward.

Él sonrió, riendo para sus adentros. Siempre supo que los perros eran los mejores amigos del hombre. Estaban en contacto desde sus hombros acurrucados contra su pecho a su caliente trasero presionando deliciosamente contra su ingle. No había manera de que pudiera ocultar su interés por ella, era tan claro como la nariz en su cara.

Pero ella se lo perdió, de hecho, Isabella no perdió nada de tiempo antes de que saliera de su abrazo apresuradamente, casi tropezando en el proceso.

—Perdóname, Edward. No pretendía caer sobre ti de esa manera. Lo siento mucho. No pretendía nada con ello, te lo aseguro.

Edward estaba confundido. Su reacción estaba fuera de proporción con el contacto casual. Parecía casi pánico. Algo no estaba bien. Conseguiría respuestas pronto. Pronto, se prometió.

—Está bien, nena. No pasa nada. Nunca tendrás que pedir disculpas por tocarme.

Ella no hizo más comentarios, como si deseara que el momento pasara rápido. Mientras Samson retrocedía para otro intento, Edward le advirtió.

—Abajo chico. Se emociona mucho cuando viene alguien.

—¿Quién me necesita más?

Edward gimió ante su pregunta inocente. Si ella supiera.

—Bueno, Samson, por supuesto. La mayoría de la gente quiere cachorros o perros pequeños. Lleva aquí más de dos años, piensa que es el jefe.

—Me lo llevaré.

Su confianza le sorprendió.

—¿Estás segura, cariño? Es un perro grande.

—Estoy segura.

Edward había estado en torno a un montón de mujeres. Y un hombre simplemente lo sabía. Podía decir cuando una mujer estaba interesada en él. Hace unos minutos, cuando Isabella había estado mirando el bulto en sus pantalones, el interés fue tan obvio entre ellos que estuvo a punto de robarle el aliento. Y ahora, ya no estaba. De hecho, Isabella no siguió con cualquiera de las vibraciones o coquetos femeninos habituales.

Era como si hubiera bajado una cortina sobre esa parte de sí misma. Edward no estaba acostumbrado a ello. Las mujeres, disponibles o no, por lo general lo deseaban y nunca dudaban en hacerle consciente de ello. Nada de eso venía de Isabella. Estaba siendo muy agradable, pero completamente asexual. Eso no podía pasar.

—Bueno. Será un buen perro para estar fuera de casa.

Por primera vez, la oyó reír de verdad. El sonido se apoderó de él como un torrente de primavera. Quería tomarla en sus brazos y abrazarla con fuerza. Edward tuvo que esforzarse para escuchar las palabras. Estaba hablándole.

—Dudo que se quede fuera. Si actúa como un perro guardián, probablemente será desde el sofá.

Luego se puso seria.

—Solo hecho de menos a alguien más en la casa que respire además de mí.

Parecía tan triste. Edward sólo podía asumir que extrañaba a su marido. ¡Mierda! ¿Cómo se suponía que iba a batallar con eso? Samson estaba desplazándolos, como si supiera que su turno finalmente había llegado.

—Muy bien, chico, te dejaremos listo para que vayas a tu nuevo hogar en un rato. Hay un poco de papeleo que hacer.

Por lo menos podía mantenerla con él un rato más.

—Espera.

Lo detuvo con un ligero toque. Escalofríos pasaron de su piel a la de ella.

—¿Sería posible que adopte más de uno?

— Claro.

Edward miró a su alrededor a la variedad de perros.

—Vamos a ver, Rover es un caso triste.

Edward señaló hacia el vacilante Bassett, como si esperara ser regañado por vivir.

—Creemos que sufrió abusos. Un amigo mío lo encontró en el basurero.

Tan pronto como señaló a Rover, Isabella se dirigió hacia él. Edward observó cómo se acercaba lentamente al nervioso perro y, a continuación, se dejó caer para acariciarlo suavemente mientras se acurrucaba a sus pies. Ella se inclinó y le susurró al animal de cara triste. Esforzándose por oír lo que decía, se quedó confundido con lo que escuchó.

—Lo siento mucho, Rover. Sé cómo te sientes. Si vienes a vivir conmigo, podemos protegernos mutuamente.

–¿Qué significa eso?

Edward la observaba atentamente, tratando de leer su rostro y lenguaje corporal.

—Lo quiero, Edward. — habló enfáticamente.

—Si lo quieres, es tuyo, cariño.

Valientemente, Edward se lanzó. Tenía que saber.

—¿Estás todavía de luto por tu marido, Isabella?

Isabella lo miró con extrañeza, como si tratara de decidir si contestar. Se puso de pie y comenzó a alejarse, pero se detuvo y le respondió.

—No, no estoy de luto.

Esperó a ver si le daba más detalles; no lo hizo.

—¿Puedo ahora ver los gatos?

—Claro que puedes, entra y deja que uno de ellos te elija.

Edward modificó sus pasos para que coincidieran con los de ella. Quería invitarla a salir. Por lo general, ni siquiera tenía que pedirlo. Las mujeres simplemente se ponían a su disposición; de hecho, la mayoría de ellas hacían lo que les pedía. Curiosamente, en esta ocasión, se encontraba prácticamente mudo.

—Tienes un perro, ¿no? Quiero decir, he visto uno contigo en el frente de tu casa.

Estaba conversando con él. Sonrió.

—Tengo dos. Un Pastor Alemán llamado Beast y un Dachshund miniatura llamado Fergus. Son mis mejores amigos. También tengo un gato anaranjado grande llamado Thomas y toda una manada de ganado Beefmaster. Vas a tener que pasar por allí y dejar que te los presente algún día.

Señales. Señales.

— Me gustaría eso.

Las palabras eran las que quería escuchar, pero el tono era sin compromiso.

Antes de poder presionar sobre el asunto, llegaron a su próximo destino. Al abrir la puerta de la Casa de Gatos, los mantuvo a raya mientras ella entraba. Así mientras él esperaba, un pequeño gatito de color naranja dio un salto sobre su pierna y comenzó su ascenso.

—Oh, muñeco.

Cogió el gatito y lo abrazó.

—Es uno de cinco. La camada fue solo de niños. Los llamo el "equipo de demolición". Uno es naranja, dos blancos y dos negros sin cola.

—Me quedo con todos ellos.

Se veía tan emocionada, Edward no podía dejar de reír.

—Estas son mis primeras mascotas. Nunca se me permitió tener ninguna

—¿A tu marido no le gustaban los animales?

Una pregunta casual.

—A mi esposo no le gustaba nada.

La voz de Isabella estaba vacía cuando dijo esas palabras, totalmente vacía.

—Voy a tener que hacer dos viajes. Dos perros y cinco gatos en un coche pequeño podrían ser buscar problemas.

—Anda, vamos a encargarnos de los trámites. Si me lo permites, te los llevaré a todos después de que termine el día. Tengo portadores de animales domésticos.

Hizo la sugerencia casualmente, pero tenso, a la espera del veredicto. Isabella se quedó en silencio por un momento. Lo miró de cerca, como si tratara de leer su mente.

—Eso es muy amable de tu parte, pero no puedo darte tantos problemas. No me importa hacer dos viajes.

—No va a ser ningún problema, y no es como si no me quedara de paso. Vivimos justo al lado del otro. Además, tengo ese paquete. Necesito entregártelo.

Esta vez, ella lo escuchó.

—¿Paquete? ¿Qué paquete?

No pudo evitarlo. Él sonrió.

—Sí, ya te dije antes que el correo entregó un paquete tuyo en mi casa por error.

La sangre se agolpó en su cara.

—¿Tienes mí, uh, entrega especial?

—Exactamente.

Se veía como el gato que se comió al canario.

—Lo siento. Espero que no te avergüence. Te diré algo, para compensarte por las molestias, cuando traigas mi paquete y los animales, te lo cambiaré por una comida casera.

—Suena genial. Llevaré una botella de vino.

Tal vez esto sería más fácil de lo que pensaba. Una respuesta a una oración. Oh, no. Isabella se detuvo. Miró a Edward de cerca.

—¿Una botella de vino?

—¿No bebes? — Preguntó.

¿Por qué estaba mirándole de esa manera? Habría jurado que parecía melancólica por un momento. Dando un paso atrás, ella miró al suelo.

—No estaba asumiendo que querrías venir y sentarte conmigo a comer, Edward. Mi intención era cocinar una comida, meterla en fiambreras y que te las llevaras a casa contigo. Como agradecimiento.

Edward se mostró inflexible.

—Si no estás ocupada, me gustaría cenar contigo, Isabella.

—Eso es muy amable por tu parte. Un honor, la verdad. Pero como te dije ayer, no socializo mucho.

—No quiero llevarme la comida a casa en una bolsa de sobras, Isabella. Quiero sentarme contigo para comer y hablar, para conocerte. Me gustaría llamarte, cariño.

—¿Por qué?

Así que quería saber por qué. Edward se rió entre dientes. Entonces se lo diría.

—¿Por qué? Porque eres la mujer más hermosa que he visto en mi vida. Eres agradable, y te gustan los animales. Tenemos cosas en común. Principalmente, es porque me siento muy atraído por ti, amor.

Necesitas gafas.

La expresión de su rostro era todavía escéptica, pero al menos estaba sonriendo.

—Tú también. Sólo encontré un vaso cuando te conseguí un poco de agua la noche anterior. ¿Todavía tienes que desempacar?

Sólo estaba bromeando. No había manera de que pudiera haber anticipado el rubor de vergüenza que inundó su cara o la expresión cabizbaja.


Necesitas gafas: En el original, usa el término 'glasses', que tanto significa 'vasos' como 'gafas', de ahí la confusión posterior.


—Tengo todo lo que necesito. Solo soy yo. Y no tengo mucho dinero; mi nuevo negocio está empezando ahora a generar ganancias.

Él detuvo sus divagaciones.

—Nena, nena. Silencio, no importa. No quise decir nada con ese comentario descuidado. Prefiero compartir una copa contigo que beber una copa con la Reina de Inglaterra. No vuelvas a pensar que tienes que hacer algo para impresionarme. Yo ya estoy enganchado de ti.

Su rostro se iluminó y su expresión se aligeró.

—Bueno. Cocinaré y comeremos juntos. Supongo que podría acostumbrarme a tener un amigo.

Solo amigos. De ninguna manera si él tenía algo que decir al respecto, pero al menos era un punto de partida.

—Bien.

Se acercó a ella. Esta vez no dio un paso atrás.

—Y, Isabella, mi vista es perfecta. Puedo ver fácilmente cuán magnífica eres.

—Eres incorregible. Me gustas, Edward Cullen. ¿Comes estofado de camarones y budín de pan?

—Sí, señora. Lo hago. Eso suena muy bien.

Una vez dentro de la oficina, Edward expuso los papeles de adopción y el acuerdo con el que obtendría los gatitos esterilizados. Firmó todo. No había ningún cargo. La acompañó hasta su coche, más consciente de ella como mujer de lo que nunca recordaba haber estado.

—No puedo esperar para pasar tiempo contigo esta noche.

Edward la miró profundamente a los ojos, tratando de decirle lo que quería sin decirlo plenamente.

—Deseo nuestra amistad y conocerte mejor. Gracias por todo y te veré esta noche. ¿A qué hora crees que llegarás?

Al abrir la puerta del coche, dio un paso atrás para que ella pudiera entrar. Cuando se sentó, podía ver la parte superior de sus pechos asomándose furtivamente fuera de la camisola. Su boca se hizo agua.

—¿Las siete es demasiado pronto?

Quería tanto tiempo con ella como fuera posible y eso le daría tiempo suficiente para alimentar al ganado, enviar un par de cinturones y volver hasta aquí y recoger los animales.

—Suena perfecto.

Le dio una sonrisa dulce y cerró la puerta, todo el tiempo agradeciendo a sus estrellas de la suerte que ella hubiera entrado en su vida, justo cuando más la necesitaba.

Con alegre anticipación, Isabella fue a la tienda y compró todo lo necesario para preparar la cena para ella y Edward. Sería su primer visitante. También compró suministros y comida para sus nuevos animales. Era increíble; antes, había estado sola y deprimida y hoy tenía un nuevo amigo y una casa llena de animales domésticos. Comprando con cuidado, se quedó dentro de lo que tenía previsto gastarse.

Durante los dos últimos años, había estado suministrando pulseras y collares hechos a mano a tres boutiques en Albuquerque especializadas en joyas con piedras preciosas.

Incluso antes de la muerte de Jacob lo había estado haciendo a escondidas. Él no le daba nada de dinero para gastos, apenas lo suficiente para adquirir los comestibles para la casa.

Si no hubiera sido por su cuenta secreta compuesta de ahorros y el dinero del seguro de su madre, nunca habría podido sobrevivir.

Afortunadamente, él había estado fuera lo suficiente para poder poner en práctica lo que aprendió durante su breve paso por la Universidad. Si se hubiera quedado, su título habría sido en moda y diseño.

Jacob se había negado a que encontrara un trabajo, por lo que se había hecho un área de trabajo en el ático, encargó unos suministros y armó varias piezas que pensaba vender. Su única buena amiga de sus días de colegio, Alice Brandon, había hecho todo lo posible por seguir en contacto con ella. Alice la instó a seguir trabajando en sus joyas, y a enviar algunas de las piezas a su tienda para probar. Por suerte, se habían vendido rápidamente y Alice había pedido más.

Poco a poco, a través de Alice, otras boutiques de la zona habían contactado con ella para pedirle las inusuales piezas y pronto Isabella tenía más trabajo del que podía manejar.

No estaba enriqueciéndose de ninguna manera, pero por lo menos, si tenía cuidado, podría cuidar de sí misma. Alice sabía que algo andaba mal con el matrimonio de su amiga, pero Isabella no la había hecho partícipe. Francamente, estaba demasiado avergonzada.

Una vez que Jacob murió, Alice fue quién la buscó. Le había prestado dinero suficiente para escapar e Isabella casi le había devuelto hasta el último centavo. Afortunadamente, Alice aceptaba sus piezas de joyería como pago. Isabella no sabía qué habría hecho sin Alice.

Pensar en esos días hizo que a Isabella se le revolviera el estómago. Antes de la muerte de Jacob, había tratado de irse. Una y otra vez, había tratado de huir, pero Jacob tenía demasiados amigos, mucha gente le debía favores. Su poder era de largo alcance y no importaba lo mucho que lo intentara, no podía romper su agarre. Si se escapaba, un comisario o una patrulla de caminos la traían de vuelta.

Si trataba de denunciar un abuso, su primo, el fiscal del distrito, simplemente lo barría bajo la alfombra. Era dueño de abogados, médicos… todas las vías imaginables de ayuda le habían sido negadas.

Antes, cuando Edward le había preguntado de dónde era, había tenido la tentación de contárselo todo. Pero, ¿cómo sonaría eso?

—Sí, soy de una pequeña ciudad dirigida por un grupo de hombres de la vieja escuela que casi me matan, en dónde nadie me escuchó y nadie me ayudó. Así que tuve que permanecer allí. Hasta que a él lo asesinaron.

Desde que Jacob había muerto, había tratado de investigar a través de internet para encontrar una respuesta que explicara sus acciones. Isabella sabía que estaba enfermo. Sin embargo, se negaba a recibir ayuda. Ahora, entendía más sobre la "rabia por esteroides" y cómo podían afectar a la personalidad de una persona. Sam, su hermano, también los consumía. De hecho, todos ellos lo hacían.

Sam había tenido un perro, un Labrador amarillo. Si Sam había amado alguna vez algo, había sido a ese perro. Pero un día, el perro cavó un agujero pequeño en el patio delantero y Sam se había enfurecido. En cuestión de segundos, el perro estaba muerto. Le había disparado sin siquiera pararse a pensarlo.

Isabella también se enteró de que Jacob y Sam y algunos de sus compinches recurrieron al robo para sustentar su hábito. De hecho, no tenía ni idea de todo en lo que habían estado involucrados.

Solo estaba agradecida de estar fuera de allí. Jacob había sido muy cruel y las drogas habían sido solo parte de su problema.

Por supuesto, parte de eso era culpa suya. No dudaba de que tenía sobrepeso y era poco atractiva, pero estaba casi segura de que su apariencia por sí sola no había puesto en marcha todos los episodios de Jacob.

A partir de lo que podía decir de sus estudios, además de drogadicto, su marido había sido un maníaco depresivo y un sádico, que sólo podía encontrar la verdadera satisfacción sexual causando dolor a otro ser humano.

Existía un mundo de rumores sobre las mujeres de Jacob. Le había dicho que tenía otras mujeres con las que había tenido aventuras regulares, con relaciones sexuales normales. Ahora, lo dudaba. En verdad, no creía que Jacob pudiera funcionar sexualmente. Sus genitales habían estado demasiado dañados por las drogas.

A la larga, nada había realmente cambiado con ella, ya que como marido y mujer nunca habían tenido sexo normal. Ni siquiera lo habían intentado. Pasaba a una semi erección sólo después de comenzar a golpearla, y cuando la había sometido y golpeado hasta la sumisión, entonces él se masturbaba hasta acabar. Ella no tenía permitido verlo, incluso si hubiera querido hacerlo.

Nunca se había atrevido a tocarlo, ya que era lo que le hacía arremeter más rápido que cualquier otra cosa. Hoy, cuando se topó con Edward, lo recordó todo repentinamente. Si hubiera tocado accidentalmente la zona privada de Jacob así, la habría noqueado. Por supuesto él no necesita ninguna excusa para golpearla.

En el fondo, Jacob sabía que estaba mal. En varias ocasiones se había disculpado. Sin embargo, le había dicho que era culpa suya.

Siempre le decía que se excitaba con cualquiera en la ciudad, menos con su esposa. Lamentablemente, eso no le había impedido desnudarla casi a diario, humillarla, y luego correrse causándole dolor.

Mientras esperaba en la caja del supermercado, Isabella cerró los ojos con vergüenza. Revivir esos días era doloroso. Tenía que dejar de pensar en ello. Esta noche era un nuevo comienzo para ella. Un amigo venía a cenar. Hacía mucho tiempo que no había sido capaz de decir eso. Nadie había sido lo suficientemente valiente como para ser su amigo e ir a casa; Jacob había sido el único teniendo amigos.

Todos ellos le habían protegido, y nadie la había protegido a ella. Su única salvación había sido la muerte de Jacob. Incluso entonces, se había visto obligada a huir en la oscuridad de la noche, tomando sólo su automóvil, ropa, suministros de joyería, y una caja de álbumes familiares y papeles que había guardado en el armario del pasillo.

Alice se había encontrado con ella a unas dos manzanas de su casa y la siguió hasta que pudieran llegar a un lugar seguro. El poco dinero que tenía ahorrado había sido su cuerda de salvación.

Había usado el apellido de soltera de su madre y Jacob nunca lo había sabido o ni siquiera se había dado cuenta de que existía. Nada estaba fuera de los límites para él. Si Jacob sabía que ella valoraba algo, se complacía en quitárselo. Por lo tanto, si quería mantener algo, había aprendido a mantenerlo bien escondido.

Dejando a un lado el tren deprimente de pensamiento, se dirigió de vuelta a casa. Pasando por la tienda de vídeos, decidió parar y conseguir una película nueva, por si acaso Edward se quedaba un rato y necesitaban algo que hacer. Puso cuidado en evitar cualquier cosa que pudiera ser interpretada como sugerente, no quería que pensara que estaba tratando de ponerlo a tono, se hizo con una película de acción que pensaba que le gustaría.

La única nube en el horizonte la sentía muy en su interior; Isabella quería que se tratara de una cita real. Y eso era una cosa que no podía dejar que Edward supiera, tenía que mantener todo casual y platónico.

No podía permitirse el lujo de asustar a su primer amigo de verdad. El solo pensar en Edward hacía que su corazón se acelerara.

Trataba de decirse a sí misma que no se emocionara, que no tomara sus palabras en serio. Edward estaba agradecido con ella, eso era todo. Para ella, cualquier hombre que se preocupara por los animales era un buen ser humano.

Por lo tanto, él solo debía estar tonteando con ella; tratando de ser agradable. Seguía siendo la misma mujer que Jacob había rechazado y tenía grandes posibilidades de que Edward también la rechazara. Es decir, si ella le daba la oportunidad.

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Edward Cullen silbaba mientras trabajaba. No podía esperar para estar con Isabella de nuevo. Isabella. Era un largo nombre para una chica. Sin embargo, junto con su rostro, era un nombre entrañable y perfecto. Se preguntaba si sus amigos la llamaban Bella.

—Bella. — Dijo en voz alta y sonrió.

Sonaba bien saliendo de su boca. Rumbo a la oficina de correos para enviar los cinturones, se desvió al fin de comprar la botella de vino que le había prometido.

Mientras buscaba un acompañamiento perfecto para la comida cajún, pensaba en su matrimonio y la forma en que parecía haberla afectado. Había algo extraño en todo eso, pero dudaba a la hora de ponerle un nombre. Lo que realmente le desconcertaba era por qué había parecido escéptica sobre su interés por ella.

Esta noche se aseguraría de que se diera cuenta de que la deseaba. A ella. La quería en formas que nunca había considerado antes. Había algo en ella que le tocaba. Edward quería saberlo todo. Y quería protegerla. Pero más que nada, quería amarla, toda la noche.

Así, a las seis cuarenta y cinco de la noche, Edward salió de su casa para poner en marcha su misión de seducción. Creía que tenía todo lo que necesitaba. Mentalmente, comprobó la lista:

*2 Perros – Listo

*5 Gatos – Listo

*1 Botella de Vino – Listo

*Caja llena de condones – Listo

*Pene rosado de plástico…– Listo

*(aunque estaba completamente decidido a que nunca necesitara usar este último)

Y salió disparado por el camino con una sonrisa de oreja a oreja.

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Comida Cajún: Está formada por tres platos: el plato principal, otro fundamentalmente de arroz, pan de maíz u otro plato de cereal y el tercero contiene algún tipo de verdura.

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Isabella estaba tan nerviosa como un gato en una habitación llena de mecedoras. Se había vestido y vuelto a vestir tres veces. En vano había buscado algo en su armario que la transformara mágicamente en una modelo rubia, delgada y esbelta. No había ocurrido.

Finalmente, se decidió por un top de encaje negro y un par de pantalones de satén negro. El negro es un color que adelgaza y tal vez, sólo tal vez, se vería presentable. No era como si estuviera tratando de meterlo en su cama; eso era sólo material para fantasear.

Poniendo los toques finales en el plato de camarones y deslizando el budín de pan en el horno, Isabella puso agua a hervir para cocinar una gran olla de arroz. Había ido a la Tienda del Dólar y compró un práctico set de platos y cristalería, de manera que pudiera tener un conjunto que coincidiera. Era tan agradable estar preparando una comida para alguien y saber que se sentarían juntos a comer y hablar.

Jacob había exigido sus comidas exactamente a las seis de la mañana, al mediodía, y a las seis de la tarde.

Había sido muy exigente con lo que comía y muy crítico cuando no le satisfacía. Intentando jugar al señor de la casa, había insistido en que le sirviera en el comedor, pero a ella no se le había permitido comer con él. En cambio, ella había comido en la cocina. Él lo había considerado un castigo; ella lo había considerado un indulto.

Cuando oyó el sonido de una camioneta aparcando afuera, Isabella se acercó a la ventana y vio a su camioneta de doble cabina negra estacionando en su patio. Edward era tan grande que iba a miniaturizar su casa. Originalmente, la cabaña de caza había pertenecido al abuelo de Alice, así que el interior era sólo una cocina de buen tamaño y sala de estar combinado y un dormitorio y baño. Era exactamente lo que necesitaba Isabella, pero ciertamente no es lo que utilizaría Edward. No sería una sorpresa para él; había pasado algún tiempo aquí cuando ella estuvo fuera de sí.

Si tan sólo pudiera recordar exactamente lo que había sucedido esa noche. Sus recuerdos se mezclaban con sus sueños. Tal vez esta noche iba a conseguir aclarar ese misterio. Controlando el horno por última vez y apagando el arroz, se apresuró fuera para ayudarlo con los animales.


Al oír abrirse la puerta principal Edward se giró para encontrarse con un espectáculo que le robó el aliento.

Dios, ella parecía lo suficientemente buena como para comérsela. Su rostro brillaba con entusiasmo y su sonrisa era totalmente contagiosa. Hizo todo lo que pudo para contenerse y no abarcarla con sus brazos y saludarla con un beso.

—Hola, Edward. Me alegra mucho que hayas podido venir... Y gracias por traer a los animales.

Estaba definitivamente feliz; no había manera de que pudiera ocultar ese hecho.

—Hola cariño. No nos aguantábamos las ganas de venir.

Al abrir la puerta de la cabina, Samson salió y Edward tuvo que ayudar a un mucho más apagado Rover. Yendo hacia la parte trasera del vehículo, Edward cogió el portador de gatos y las bolsas de papel que contenían el vino y el juguete sexual. Iba a guardarse el juguete hasta después de la cena, con la esperanza de cambiar el ambiente de amable a erótico.

Isabella abrió la puerta y los perros entraron primero. Dando un paso apenas dentro, Edward dejó el portador en el suelo y vio como Isabella se sentaba al lado para persuadir a los gatitos a salir de sus confines. Ellos no requirieron persuasión. Salieron ansiosos por ver dónde estaban y lo que podían conseguir.

—Te recuerdo que los llamo el equipo de demolición.— le comentó Edward secamente.

—No me importa. — Isabella le sonrió. —Va a ser muy agradable no estar sola.

No miró hacia él mientras lo decía, así que no vio su reacción. Edward sintió un tirón poco característico en sus sentimientos y respondió antes de pensar.

—Una mujer como tú nunca debería estar sola. — dijo en voz baja.

Edward ayudó a Isabella a instalar a los animales. Les presentaron sus comederos y bebederos, y a los gatitos su caja de arena, que Isabella había puesto bajo el lavabo en su cuarto de baño.

—La comida huele bien. Me muero de hambre.

Edward hablaba muy en serio, su estómago estaba gruñendo y la comida olía increíble.

—Entonces ven a sentarte. Todo está listo.

Lo llevó a la mesa del comedor y procedió a poner la comida sobre almohadillas calientes para que pudieran servirse al estilo familiar. Él destapó el vino y ella sostuvo las copas mientras servía. Edward notó que le temblaban las manos. ¿Sobre qué podría estar nerviosa?

—¿Fuiste a comprar platos y vasos nuevos?

El tono de Edward era un poco áspero. Isabella se tensó inmediatamente y lo miró con grandes ojos asustados. Bajó lentamente las copas de vino y dio un paso recto hacia atrás, tratando de poner un poco de distancia entre ellos.

—Sí, señor.— Bajó los ojos y susurró —Lo siento.

¿Qué pasó? Edward estaba estupefacto. No podía creer como se había transformado ante sus propios ojos. Un momento había estado feliz y emocionada y al siguiente estaba temblando, obviamente asustada. De él.

–¡Dios, tiene miedo de mí!

Pensando rápidamente, hizo lo más tranquilizador que se le ocurrió. Cayó de rodillas a sus pies y extendió las manos hacia ella, las palmas hacia arriba.

—Bebé. No tengas miedo de mí. Nunca te lastimaría.

Ella lo observó cuidadosamente, dando un paso o dos hacia atrás. Edward no había sido testigo de cómo había reaccionado a la serpiente; había estado de espaldas a ella. Sin embargo, si tuviera que apostar, el miedo que mostraba su rostro en aquel momento no sería peor que el que mostraba ahora.

—Ven aquí, amor. Puedes confiar en mí. Soy inofensivo. Te lo prometo.

Hablaba en voz baja, tal como lo hacía con los animales pequeños y asustados cuando las personas los traían al refugio.

—Estás a salvo conmigo. Te protegeré con mi vida.

La vio levantar los ojos hacia él. Se mordía el labio inferior, pensando. Entonces, dio un paso hacia adelante, luego dos, hasta que entró en sus brazos. La abrazó y besó justo en la cintura, una y otra vez, a través de su ropa.

—Compré los platos y vasos, así ambos tendríamos uno; sólo tenía suficiente para mí antes.— Tiró de sus manos. —Vamos, vamos a comer.

Edward se levantó.

—Cariño, ¿no quieres decirme por qué estabas tan asustada? Realmente no crees que estaba enfadado contigo, ¿verdad?

Se quedó cerca de ella, deseando que pensara en él no como una amenaza, sino como un escudo contra lo que podría amenazarla.

—No, no creo que me fueras a hacer daño. Yo... yo reaccioné exageradamente. Lo siento.

Isabella miraba justo sobre el hombro de Edward. No estaba mirándole a los ojos.

—Mírame, bebé. Mírame.— le rogó Edward. —¿No vas a decirme por qué reaccionaste de esa manera? ¿Alguien te ha hecho daño?

—Estoy bien.

Se acercó a la mesa y sacó sus sillas.

—Por favor, Edward. No me hagas... No quiero... yo... por favor, no me hagas…

—Shhh... Está bien. Lo siento, no necesitamos hablar de ello ahora.

Se acercó, y se puso rígida ligeramente cuando la tomó en sus brazos.

—Esto es perfecto. Vamos a disfrutar de nosotros mismos.

El tema no estaba cerrado ni por asomo, se aseguraría de ello. Pero podía esperar. En este momento, estaban juntos y nada ni nadie podía hacerle daño de nuevo. Y ella podría jurar que eso sería así, porque era algo innegociable.

Se sentaron y llenaron sus platos aunque no pudieron comer al reírse viendo a los animales.

—Míralos. Están todos alineados.

Y lo estaban, desde el más grande al más pequeño, sentados en fila frente a la pareja que les había mostrado toda su bondad.

—Si ya han terminado de comer, ¿por qué no nos dan un poco de privacidad?

Edward estaba bromeando, pero Samson le sorprendió, levantándose y dirigiéndose a la sala de estar. Los otros siguieron su ejemplo, haciendo que Isabella se deshiciera en un ataque de risa.

Edward estaba embelesado. Le encantaba verla divertirse.

Era absolutamente preciosa y no podía esperar a probar sus labios y cualquier otra parte de ella. Pero se obligó a comer. No es que fuera una tarea, la comida era fabulosa.

—Eres muy buena cocinera.

—Gracias.

Parecía que estaba a punto de decir algo más, pero se contuvo.

Isabella no lo podía creer. Casi le habló sobre Jacob y de cómo ellos nunca compartieron una comida. Qué extraño que se sintiera obligada a hablar con este hombre al que apenas conocía. No podía negar que, sin embargo, se sentía segura con él, más segura de lo que se había sentido en mucho tiempo. Eso era peligroso. Isabella Swan sabía que Edward Cullen podría llegar a ser muy adictivo.

—El estofado estaba genial, pero este budín de pan es algo fuera de este mundo.

Edward se sirvió una segunda porción.

—Estoy quedando como un cerdo, pero no como comida casera muy a menudo. ¿No quieres un poco?

Le tendió la mano para que le diera su plato.

—No, será mejor que no.

Isabella lo miró a la cara, tratando de determinar si la estaba poniendo a prueba. Jacob habría aprovechado la ocasión para señalar que no tenía ninguna necesidad de estar comiendo dulces, pero Edward parecía sincero.

—De verdad, sigue adelante. Ya he tenido suficiente.

La miró con curiosidad.

—No estás a dieta, ¿verdad, Isabella?

Oh, no. Aquí viene. Un sermón. Isabella bajó la cabeza.

—Claro. Sé que estoy gorda. Obviamente tengo que estar a dieta.

—¿De qué demonios estás hablando, Isabella?

Edward dejó su tenedor y le levantó la barbilla para que lo mirara.

—Eres perfecta. Tu cuerpo se ve de la forma en que el cuerpo de una mujer se supone que se tiene que ver.

—No tienes que decir eso, Edward.— trató de sonreír. —No voy a alejar de ti el budín de pan.

—No a todos los hombres les gustan las mujeres ultra delgadas, Isabella. Me gusta que mi mujer sea una mujer. Con curvas reales, toda suave y voluptuosa.

Su voz estaba hipnotizándola, y cuando volvió en sí, se dio cuenta de que se inclinaba más cerca de él a cada instante.

—Voy a poner una jarra de café.

Se levantó bruscamente y lo dejó sentado allí.

Él la siguió. Edward caminó hasta ella, lo suficientemente cerca para que pudiera sentir su calor. Con una mano, le retiró el espeso y sexy pelo, para poder plantar pequeños besos en la dulce curva de su cuello.

Ella se estremeció.

—Edward, por favor no lo hagas.— susurró.

—¿Por qué no, nena?

Dejó que lengua bailara a lo largo de su piel. Ella intentó enchufar la cafetera un par de veces antes de que consiguiera encajarla en la toma de corriente.

—¿No quieres? ¿No estás atraída por mí?

—Por supuesto que sí. Mírate. Pero, yo...

No sabía qué decir. El deseo por él brotaba en ella, casi a rebosar. Pero tenía miedo. No de él. Tenía miedo de que Jacob tuviera razón. Tenía miedo de carecer de aquellas cosas que satisfacen a un hombre como Edward.

—¡Oh, nena!— le susurró al lado de su piel. —Te diré lo que tú eres. Eres exquisita.

Por un momento se permitió inclinarse de nuevo contra él. Edward frotaba las manos por sus brazos y luego hacia abajo, cuando se desató el infierno. Un coro estridente de gritos, aullidos y ladridos llenó la casa. El ruido había asustado a los gatos quienes corrieron por la habitación pensando que el mismo diablo estaba en sus talones. Samson y Rover estaban de pie en la puerta de atrás ladrando a algo al otro lado de la puerta con tela metálica. Isabella había dejado tanto la puerta delantera como la trasera abierta, con sólo las puertas de malla en su lugar, dejando que la brisa de verano llenara la casa. Edward se dirigió resueltamente hacia la puerta, listo para la batalla.

—¡Vaya!

Lo que vio le hizo retroceder.

—¿Qué es?

Isabella no podía imaginar que era lo que había hecho retroceder a Edward.

—Es un zorrillo.— Edward habló en voz baja. —Samson. Rover. Venid aquí chicos. Venid aquí antes de que tengáis una sorpresa inesperada.

—Todo está bien.

Isabella rodeó a Edward y alejó a los perros lejos de la puerta.

—Es Leroy. He estado dándole de comer.

Isabella salió por la puerta y el zorrillo se quedó en calma, esperando a que vertiera un poco de comida de una bolsa que había escondido detrás de la puerta.

—Amor, no creo que sea una buena idea.

Isabella se acercó al zorrillo y se arrodilló para acariciar su sedoso pelaje.

—¡Que me condenen!

Isabella se dio cuenta de que Edward estaba asombrado. Mantuvo la distancia; sabía que la estaba protegiendo. Aunque el zorrillo era manso, podría pulverizar, si Edward lo sobresaltaba. Mientras estaba allí, comprobó el cuenco de agua, por si acaso Leroy tenía sed.

Con una última palmadita a su 'gatito con esmoquin', volvió a entrar en la cabaña, ansiosa de continuar donde lo habían dejado antes de esta emoción. Pero Edward debió haber tenido otras ideas, porque caminó a través de la sala claramente alejándose de ella. No sabía si estaba aliviada o decepcionada. Sí, lo sabía, estaba decepcionada. El toque de sus manos sobre su cuerpo había sido el paraíso.

–¿Qué estaba haciendo?

Agachándose al lado del sofá, cogió la bolsa de papel con el artículo que le había llegado por correo y se lo dio. Sosteniéndolo hacia ella, sus ojos brillaron. Ella lo tomó y lo abrió. Lo que vio la hizo ruborizarse.

—Mi vibrador. Ya me parecía.

Mirando hacia arriba, se encontró con su mirada fija. Su increíble sonrisa era contagiosa. Era obvio que esperaba que estuviera avergonzada. No importa lo que le costara, no le haría saber la extensión de su consternación. Levantando el paquete, le dio la vuelta en la mano.

—¿Dónde están mis instrucciones?

Su lengua salió y humedeció completamente su labio inferior. Isabella tuvo la tentación de capturarlo y chuparlo. Un resoplido escapó de sus besables labios.

—¿Necesitas instrucciones?

—Nunca he usado uno antes.

Este hombre era diferente de cualquier otro que jamás haya existido. Ciertamente era muy diferente de su difunto marido. Tímidamente, levantó los ojos hacia él y sintió que la conciencia sexual se desplegaba entre ellos en oleadas. Nunca había estado tan atraída por un hombre. Edward exudaba virilidad y energía sexual no adulterada y en este momento todo estaba dirigido hacia ella. Era una sensación asombrosa e increíble.

—Bueno, tal vez yo pueda ayudarte, cariño.

Tomó la navaja de sus vaqueros, el paquete de su mano, y procedió a liberar de sus confines aquel enorme juguete plástico del placer.

—¿Sabes mucho sobre juguetes sexuales como éste?— le preguntó juguetonamente.

Girando, hizo un movimiento que fue totalmente inesperado por parte de ella. Rumbo a la cocina, le hizo señas para que la siguiera, cosa que él hizo sin pensar. Sacó una silla de la mesa y lo invitó a sentarse.

—¿Tomarías una taza de café conmigo?

—Nena, beber café es sólo una de las muchas cosas que me gustaría hacer contigo.

Isabella ignoró su comentario malintencionado. Él se sentó en la silla que le había ofrecido y sacó el plástico, liberando el consolador. Obviamente determinado a exprimir la situación todo lo que pudiera, comenzó a hablar.

—Ahora, acerca de cómo utilizar este pequeño artilugio. Creo que esta parte…— con cautela, tocó la cabeza bastante larga del pene de plástico —…tiene que entrar en tu pequeño y apretado canal, y esta parte…— tocó ligeramente el estimulador del clítoris —… hace cosquillas en tu punto dulce.

Su juego previo verbal estaba teniendo su efecto deseado.

—Gracias por el tutorial. Espero que no pienses mal de mí. Sé que las damas no suelen recurrir al uso de algo como esto.

Le entregó una gran taza llena de aromático café. Por qué estaba jugando este juego verbal del gato y el ratón con él estaba más allá de su comprensión.

—No pienso mal de ti, Isabella. Por alguna extraña razón, esto me excita como el infierno.

Su respuesta sincera y directa la sorprendió. Él no dio más detalles y ella no sabía qué más decir. Recogiendo el consolador, la miró con seriedad.

—Cariño, perdóname, pero tengo que preguntar.

Puso el juguete sexual en la mesa entre ellos. Ella se sentó frente a él, disfrutando de la vista de su fuerte cuello, su fabuloso pecho cubierto con una camisa apretada, blanca de corte occidental, y una sombra de barba sexy de un día que la estaba volviendo lentamente loca.

—¿Preguntar qué?

Tomó un sorbo de café, tratando desesperadamente de calmar sus nervios. Lo deseaba tanto que podría comérselo.

—¿Qué diablos hace una mujer deliciosa como tú con un consolador? Podrías tener a cualquier hombre en el mundo jadeando a tus pies. ¿Por qué conformarte con un trozo de plástico sin vida y frío cuando podrías tener un caliente, duro y agradecido hombre dentro de ti?, ¿uno como yo?

Esta conversación estaba adquiriendo vida propia. Isabella se estremeció de interés, interés por el hombre que estaba sentado frente a ella. Sabía que iba a ser así, si se acercaba a él. Literalmente le dolía. Debería pedirle que se fuera, pero no podía. Así que respondió a su pregunta con sinceridad.

—No tengo citas con hombres, Edward.

Esas palabras fueron pronunciadas mientras miraba hacia abajo, hacia la mesa. Levantando la cabeza, vio que todo rastro de humor había desaparecido de su rostro.