Capitulo 4
—¿No tienes citas con hombres?
Esa era la peor noticia que había oído nunca.
—¿No me digas que juegas para el otro equipo? No he tenido esa sensación sobre ti en absoluto.
Ella no acabó de entenderlo.
—¿Qué otro equipo?
—¿Mujeres? ¿Te gustan las mujeres? Ni siquiera trates de hacerme pensar que eres lesbiana.
Parecía que simplemente le habían dicho que no había Santa Claus. A pesar de sí misma, Isabella se rió.
—No, no soy lesbiana. No juego para el otro equipo.
Cogió el vibrador.
—Juego en la liga de la fantasía.
Sonrió, pero era una sonrisa triste.
— Cariño, eso es un crimen contra la naturaleza. Fuiste creada para ser amada por un hombre, cubierta por su cuerpo, sus manos acariciándote toda…
Él no había captado la tristeza en ella. Isabella le interrumpió, la tensión convirtiéndose en insoportable.
—Edward, hay cosas que no sabes…
—Isabella, estoy casi en un punto sin retorno. Tengo que besarte o voy a enloquecer.
Dejando su silla, se acercó a ella. Inclinándose, puso una mano sobre la mesa y la otra en la parte posterior de la silla, encerrándola eficazmente. Muy despacio, bajó la cabeza, dándole todas las oportunidades para detenerlo con la mano o una palabra. Ella no lo hizo, no podía. Rozó un beso en la sien, luego sobre sus párpados cerrados. La respiración de Isabella se volvió pesada.
A medida que Edward la ayudaba a ponerse de pie, Isabella esperaba que el pánico hiciera aparición. Se mantuvo inmóvil, esperando que sus nervios saltaran y sus músculos se congelaran. Buscó en su mente las palabras para detenerlo, razones para apartarlo, pero contra este hombre, no tenía ninguna defensa. Suave y lentamente la atrajo hacia él. A medida que sus cuerpos se tocaron, un suspiro irregular brotó de sus labios. Trató de explicarle de nuevo.
—Edward, hay tantas cosas que tengo que decirte. No me conoces. Si lo hicieras...
Él puso un dedo sobre sus labios. Contra su voluntad, ella permitió que sus labios se movieran sobre ese dedo, acariciándolo, su lengua lanzándose a probar, saboreando las aguas.
A pesar de su buen juicio, dejó que sus manos descansaran sobre sus hombros. Los músculos eran definidos y duros. Ni siquiera se dio cuenta de cómo sus dedos comenzaron a amasar y acariciar. Se sorprendió cuando lo sintió temblar. Era muy grande, muy fuerte y muy seguro, pero temblaba en sus brazos.
—Cariño, tengo muchas ganas de conocerte. Pero en este momento, estoy hambriento por saborearte.
Cuando verbalizó sus intenciones, Isabella sintió un pánico momentáneo. Esas otras ocasiones, cuando había sido sostenida por la fuerza, tocada y maltratada, la inundaron de nuevo. Se puso rígida contra él. Buscando sus ojos, él vio la inquietud.
—No fuerzo a las mujeres, cariño. Estás a salvo conmigo.
—Lo sé.
No había ninguna duda en aquella admisión. Era sólo su cuerpo rebelándose contra sus sentidos. Lo deseaba. ¡Oh, cómo lo deseaba! Sin embargo, tenía miedo. No obstante, su deseo era mayor que su miedo.
Edward Cullen inspiraba emociones que no sabía que era capaz de tener, confianza, deseo y el anhelo de ser sincera como nunca lo había sido con nadie. Isabella había vivido detrás una pared de secretos y dolor por tanto tiempo que ni siquiera sabía lo que había del otro lado.
Pero… ¡este hombre! ¡Dios!, este hombre estaba rompiendo la pared con su suave tacto y su tierna preocupación.
—Ha pasado mucho tiempo desde que besé a alguien. No sé si recuerdo cómo se hace.
—¿Cuánto tiempo, nena? — Susurró Edward.
—Más de cuatro años.
No dio más detalles. Una vez más, era algo vergonzoso.
—Pero... ¿y tu marido?
Podía ver el asombro en su rostro.
—Sí, mi marido. No le gustaba besarme.
La verdad era fea.
—¿Qué dijiste? ¿Qué no disfrutaba besarte? — Susurró Edward, con evidente incredulidad.
Le temblaban las manos mientras las levantaba hacia su cuello, y veía caer su mirada a su boca.
—¡Tu marido era un idiota!
En el exterior, mirando por la ventana, Jacob observaba a su esposa en los brazos de otro hombre.
—Idiota. — gruñó. —¿Qué ves en ese cubo de manteca?
Sus manos estaban anudadas en puños, querían golpear algo. Ella tenía un protector, un maldito protector. Ahora, tendría que estar atento a este campesino.
—Bien, será mejor que no te metas en medio.
Eso es todo lo que pudo decir. Ese campesino tenía que vigilar mejor su espalda. Dándose la vuelta, Jacob regresó al bosque. Estaba tan enojado, que no podía ver bien. Esto estaba tomando mucho más tiempo de lo que había planeado.
—¡Maldición!
Un crujido en la maleza lo sobresaltó. ¿Qué era eso? Mirando hacia las sombras, esperaba ver a un atacante. En su lugar, vio algo peor ¡y él lo vio!
—¡Mierda! ¡Un maldito zorrillo!
Jacob retrocedió, pero perdió el equilibrio y tropezó con una rama rota.
—¡Umph!
Vio con horror como el maldito zorrillo le daba la espalda con la gran cola hacia él y le disparaba en la cara un espantoso, rancio, y ardiente aerosol.
—¡Maldita sea!
Jacob se arañó los ojos. ¡Sentía como si hubieran sido rociados con ácido!
Se puso en pie y tropezó lejos. Cegado, se tambaleó hacia el arroyo que corría detrás de la cabaña. Todo esto era culpa de esa perra y lo pagaría. Lo pagaría con creces.
—No es lo que piensas.
Isabella quería explicarle acerca de los besos. Pero Edward estaba concentrado en tranquilizarla, su voz y tacto eran tan dulces y suaves como si estuviera tranquilizando a una pequeña criatura asustada. Isabella se dio cuenta de que estaba temblando. Era tan malditamente consciente de él. Era una sensación totalmente nueva para ella.
—Está bien nena. Te tengo. No hay nada que temer. Sólo hay placer, te lo prometo.
Lo sintió cepillar sus labios contra su garganta, y un temblor de deleite estremeció su espalda. Levantó la cabeza, dejando al descubierto su vulnerabilidad ante su voluntad. Reconociendo su permiso para continuar, subió su boca a lo largo de su línea de la mandíbula, su lengua trazando un camino de fuego que enviaba riachuelos de calor por todo su cuerpo.
—Ves, cariño. Nunca te haría daño.
La trataba con cuidado y cariño, como si supiera que desconfiaba del contacto íntimo. Sus manos comenzaron a acariciar su cuerpo, pero sólo en lugares que no despertaban pánico o inquietud. Le masajeó los hombros y los brazos. Sus palmas se deslizaron por su espalda. Ese hombre estaba calmando su alma.
—¿Puedo tener tus labios ahora, amor? — Pidió, disipando cualquier duda que ella pudiera haber tenido.
Esperando por su decisión, plantó pequeños besos de mariposa en las comisuras de la boca. Sin ella saberlo sucedió, un gemido de necesidad brotó de lo más profundo de su interior.
—Por favor, Edward. Bésame, por favor.
El triunfo y el alivio lo inundaron y, cuidadosamente, cubrió su boca con la suya. Con ternura.
Suavemente. Frotó sus labios sobre los de ella, sin buscar la entrada con su lengua, sólo acariciándola suavemente, mordisqueando levemente, su lengua burlándose de la comisura de sus labios. Se abriría para él cuando sintiera el deseo abrumándola. Podía esperar. Isabella era su regalo del cielo y estaba decidido a apreciar cada momento, cada toque que le permitiera.
Edward continuó la sensual persuasión hasta que la sintió empujar contra él. No estaba tratando de escapar. Poniéndose de puntillas, ella movió sus manos desde su cuello a su nuca, abrió la boca, y le dejó entrar. Edward gimió con satisfacción. Sosteniéndola contra él, la levantó, con los pies ahora a centímetros del suelo.
Edward se estremecía de deseo. Sentía su vara hinchada. Bordeando sus caderas lejos de ella, dudaba en hacerle saber cómo le afectaba. Nunca antes había sentido tanta preocupación por una mujer. Era simple. Esta mujer le pertenecía. Y la acariciaría con todo lo que estaba dentro de él.
El beso siguió y siguió. Edward ya no estaba besando a Isabella. Isabella estaba besando a Edward. Era voraz y él amaba cada segundo. Debajo de sus labios, se formó una sonrisa. Su bebé iba a ser un gato salvaje en la cama, y apenas podía esperar.
Sin perder el contacto con su deliciosa boca, Edward puso una mano detrás de las rodillas y la levantó en sus brazos. Dando unos pasos hasta el sofá, se sentó allí, con ella en su regazo. Separando sus labios de los de ella, la besó en la clavícula y el hueco de su cuello, donde su corazón latía sin parar, pero ella no quería saber nada de ello.
—Más. — exigió ella tirando de su cabeza hacia atrás para poder recuperar su boca con la suya.
Edward se rió con deleite. Dios, era dulce. Le dio lo que quería. No podía hacer menos; lo quería tanto como ella.
Por interminables minutos se besaron, robando respiraciones, gemidos de deseo acentuando su festín. Pero Edward quería más. Mucho más. Suavemente, puso sus manos en el borde de su camisola. La piel en la cintura era como de terciopelo. No podía esperar a tocar sus pechos, no podía esperar para verlos.
Le encantaba todo lo relacionado con una mujer. Pero, si tuviera que clasificarse a sí mismo, Edward Cullen era un hombre de senos. Lentamente, avanzó sus dedos hacia arriba, la anticipación nublando su consciencia. Le tomó unos segundos darse cuenta de que Isabella estaba luchando. Estaba desesperada. Empujándose lejos de Edward, puso distancia entre ellos.
—Lo siento, Edward. Pero tengo que parar.
Edward estaba tan excitado que tuvo que sentarse allí un momento antes de tratar de averiguar lo que estaba pasando. Llegó hasta ella, pero le evitó.
—¿Qué pasa, amor? ¿Estoy yendo demasiado rápido? Sólo quiero acariciarte. Quiero verte.
Se puso de pie, de espaldas a él, con los brazos cruzados protectores sobre sus pechos. Él se acercó por detrás y le puso las manos sobre los hombros, tirando de ella contra su creciente necesidad. Para su gran alivio, se lo permitió.
—Háblame, Isabella. Dime que está mal.
Ella se quedó de piedra, inmóvil durante un minuto, en silencio. Entonces comenzó a moverse, Edward trató de no abrazarla fuerte. Pensó que se alejaba de nuevo. Luego se dio cuenta de que se estaba girando en su abrazo. Las rodillas de Edward casi se doblaron bajo su cuerpo cuando la sintió derretirse contra él.
Ella puso sus brazos alrededor de su cuello, enterrando su cabeza en su pecho. Sintió esos magníficos pechos presionados fuertemente contra él.
—Quiero que me toques, Edward. Pero, cuando me veas, no querrás besarme nunca más.
—No hay ni la más mínima probabilidad de que eso pase, cariño.
La besó en todas las partes que podía alcanzar, en su suave pelo, su tierno cuello, sus sedosas mejillas.
—Eso es imposible. Eres preciosa. Tu cuerpo fue hecho para ser amado.
Besándolo en el lateral de su cuello, lo abrazó con fuerza. Luego se tiró a sí misma hacia atrás y se alejó. Él la siguió.
—Isabella, nunca me he sentido así antes. No me dejes fuera. Por favor.
—Edward. — suspiró con lágrimas en su voz. —Nunca sabrás cuánto lo siento. Daría todo lo que tengo para que las cosas fueran diferentes. Pero el hecho es que sólo podemos ser amigos. Cualquier otra cosa sólo sería una decepción para ti y una vergüenza para mí.
—Tienes que explicármelo, cariño. No estoy entendiéndote, toda la sangre se ha ido de mi cabeza a mi polla. Nunca he deseado a ninguna mujer más de lo que te deseo a ti.
—No me pidas que lo explique. — le rogó mientras se acercaba y la empujaba con fuerza contra él.
Esta vez no trató de ocultar su excitación. Quería que supiera lo mucho que la deseaba. Quería que supiera lo que se iba a perder si se alejaba de él.
Isabella luchó contra sí misma. Quería girarse y ofrecerse a él. Pero no podía engañarlo de esa manera. No era lo que parecía ser. Armándose de valor, se dio la vuelta para mirarlo. Su rostro era tan hermoso. La miraba con tanto anhelo en sus ojos. Jamás hubiera esperado ver a un hombre mirarla así. O ser digna de un amor como el suyo. Levantando el brazo, puso la palma de su mano sobre su rostro. Apoyándose en ella lo besó con ternura, una vez, en plena boca. Luego retrocedió.
—Edward, será mejor si te marchas.
Con tristeza en su voz, le preguntó:
—¿Mejor para quién, Isabella?
—Para ti. — respondió ella.
Ella cerró los ojos y esperó oír cerrarse la puerta, lo que indicaría que Edward la había dejado. Sin embargo, no la oyó. Cuando abrió los ojos, él todavía estaba allí.
—No puedo alejarme de ti, amor. Lo que estás diciendo no tiene sentido para mí. Puedo notar que me deseas. ¿De qué tienes miedo? Háblame. Por favor.
Su corazón se rompía.
—Por favor, vete, Edward.
Yendo hacia la mesa, tomó el consolador.
—No uses esto, Isabella. Esta noche, cuando estés acostada, piensa en mí. Piensa en mis labios besando los tuyos. En mis manos adorando tu cuerpo. En mí entre tus piernas. No en esto.
Poniendo de vuelta el juguete sexual donde lo encontró, se le acercó una vez más. Ella estaba temblando y él parecía satisfecho de que sus palabras pudieran excitarla, a pesar de sus protestas. La imagen gráfica que pintó había llegado a ella.
—No voy a renunciar, corazón.
— Edward. — le suplicó. —Solo vete a casa. Olvídate de mí. Olvida que nos conocimos.
—No va a pasar. — gruñó bajo en su oído. —Regresaré mañana. Para llevarte a una cena adecuada. A una cita adecuada. Nuestra primera cita. Vístete y prepárate para responder a una pregunta. Eso es todo lo que pido, una pregunta. Y me puedes preguntar una, si lo deseas. ¿Eso suena justo, bebé?
Ella no respondió. Sin embargo, estaba escuchando. Y se estaba ablandando.
—Prepárate a las seis. Cierra la puerta detrás de mí, amor.
Y con eso se fue. Pero no se marchó.
Edward se sentó en su camioneta, la cabeza inclinada hacia atrás en el asiento, tratando de darle sentido a lo que acaba de ocurrir. Señor, la deseaba tanto. Todavía estaba tan duro como un repunte de ferrocarril y ella había sido como el paraíso en sus brazos. Sus labios eran como el caramelo y besaba como un sueño. Edward empujó su asiento hacia atrás tanto como pudo para poder estirar las piernas. Desabrochándose los pantalones, le dio a su dolorida polla espacio para respirar.
No estaba enfadado. Isabella no lo estaba provocando. Por lo que sabía, solo pensaba que algo estaba mal con ella. Por alguna razón desconocida, no podía creer que la deseaba. Un misterio sobre otro. Trató de pensar acerca de lo que había dicho, cómo la noche había progresado, y pasado de increíble a tocar fondo.
Frotando una mano por su rostro, dejó escapar un aliento entrecortado. Había dicho que su marido no la besaba. ¿Con qué clase de idiota había estado casada? Tal vez tenía alguna rara especie de fobia a los gérmenes.
Edward decidió que debía haber estado loco ya que Isabella era perfecta. Mirando hacia atrás a su pequeña casa, deseaba volver con cada músculo de su tenso cuerpo. Pero podía esperar. Podía ser paciente. Mañana por la noche sería un nuevo comienzo para ellos.
Isabella se dirigió al sofá y se acostó. Las lágrimas fluyeron de forma espontánea y los animales instintivamente llegaron para ofrecer un poco de consuelo. Los reunió a todos tan cerca como pudo. Ellos estaban vivos y ella estaba desolada. Dios, deseaba a Edward. Y él la deseaba a ella. O, al menos pensaba que lo hacía. Pero ¿y si Jacob estaba equivocado? ¿Y si era deseable? ¿Debería correr el riesgo?
¿Podría correr el riesgo? Estaba tan desgarrada. Quería levantarse del sofá y correr por el camino hasta estar de vuelta en sus brazos. Pero se imaginó a Edward mirándola con la misma repulsión con que Jacob la miraba, y sabía que si lo hacía, simplemente se moriría.
Arrastrándose fuera del sofá, apagó las luces y se dirigió a su dormitorio. Mientras caminaba hacia el frente, oyó la camioneta de Edward ponerse en marcha. Todavía estaba allí. Contra toda razón abrió la puerta y salió. Él debía haber estado observando porque puso el freno y esperó, su motor al ralentí
Sus pies la llevaron hacia la camioneta. No tardó en llegar, pero cuatro pasos antes Edward apagó el motor y abrió la puerta para encontrarse con ella a mitad de camino. Estaba demasiado oscuro para que Edward viera su cara, pero cuando extendió los brazos hacia él, la levantó y la llevó de vuelta a la casa.
—Bebé, lo siento mucho. No debería haberte presionado. — comenzó.
Isabella no respondió. Estaba demasiado ocupada, besando su garganta y su cuello. Desabrochando el botón superior de la camisa colocó dulces y suaves besos en la parte superior de su pecho.
—Isabella, me estás matando. — dijo con voz áspera.
Ante sus palabras levantó la cabeza buscando su expresión de desagrado. No encontró ninguna.
—No te atrevas a detenerte, Isabella. Me encanta tener tus labios sobre mí. En cualquier momento. En cualquier lugar.
Con un pequeño suspiro tembloroso reanudó sus caricias. Se sentó y la sostuvo cerca, dejándola hacer lo que quisiera. Se abrió camino hasta la garganta, enmarcó su rostro con sus manos, y le dio un beso a la derecha de su boca.
—¿Puedes quedarte hasta tarde conmigo y hablar? — Preguntó.
—Tengo toda la noche. No hay otro lugar en el que preferiría estar. —susurró con voz ronca.
Isabella dejó de besarlo, apoyó la mejilla sobre su pecho y aspiró su olor. Finalmente, comenzó a hablar.
—No es que no te desee. Lo hago y mucho.
Sintió su mano frotando su espalda, mientras escuchaba cada palabra.
—También te deseo. Más de lo que nunca sabrás. Así que, ¿Qué estamos haciendo aún sentados en este sofá?
Le tomaba el pelo, sonriendo, con la esperanza de conseguir una sonrisa de vuelta. Entonces ella comenzó.
—Mi padre nos abandonó cuando yo tenía dos años. Perdí a mi madre cuando tenía seis años. El segundo marido de mi madre y su esposa me criaron. Se fueron cuando tenía diecisiete años y sólo he sabido de ellos una o dos veces desde entonces. A medida que hablaba, jugaba con los botones de la camisa.
—Lo siento mucho, Isabella.
Cambiando de tema, buscó algo de qué hablar para hacerlo más fácil para ella.
—Sé que esta cabaña pertenecía a los Marchand. ¿Estás relacionada con ellos de alguna manera?
Estaba escuchando con atención, pero sus labios no estaban quietos; los dejó vagar por su cara y cuello. Ella era muy dulce. Habría sido feliz de sujetarla así para siempre.
—Pertenece al abuelo de mi amiga Alice. Ella ha sido muy buena conmigo. Cuando mi familia se trasladó lejos, fui a la Universidad. Tuve la suerte de conseguir una beca.
—¿A qué Universidad fuiste, amor?
Quería saber todo sobre ella.
—La Universidad de Texas en Austin.
Hizo el hizo el símbolo de la Universidad de Texas poniendo los cuernos con las manos. Él respondió con el mismo signo.
—Yo también. — dijo con entusiasmo. —¿En qué año te graduaste?
—No lo hice. Sólo estuve allí dos semestres.
Se dio la vuelta en sus brazos, de esa forma él le sostenía la cabeza y la parte superior del cuerpo y ella podía ver su rostro. Mantuvo un brazo alrededor de su cintura, teniendo cuidado de no tocar sus pechos. No quería hacerla sentir incómoda.
—Tomé clases de Moda y Diseño, en eso me habría especializado de haberme quedado. ¿En qué te licenciaste?
—En mujeres y fútbol.
Sonrió, tomándole el pelo de nuevo.
—¿Eras un Longhorn, Edward?
Le devolvió la broma, sonriendo, alcanzando hasta rozar cuello.
El corazón de Edward dio un vuelco. Nunca había estado tan afectado por una mujer o su tacto. Deseaba estar tan cerca de ella como fuera posible, le parecía que literalmente quería recogerla y absorberla en sí mismo.
En cambio, le respondió a la ligera.
—No puedo esperar para mostrarte mi gran cuerno, bebé. Pero sí, jugué al fútbol en la Universidad, como defensa. En cuanto al grado, tengo un máster en administración y dirección de empresas.
—¡Un máster! ¡Vaya! No tenía ni idea. ¿Qué haces exactamente para vivir?
Lo miró con interés, al parecer inconsciente de que le estaba acariciando, frotando su mano arriba y abajo por su pecho. Él, sin embargo, no lo ignoraba. Aún tenía una erección, y así había estado desde que ella entró en su vida hace casi cuarenta y ocho horas.
—Me mantengo ocupado con varias cosas. Administro Cullen Incorporated. Mi familia tiene unos sesenta mil acres que usamos en la producción de madera. También contamos con un gran rebaño de ganado Beefmaster registrado y por diversión hago monturas y cinturones.
Su cabello le fascinaba. En este momento, estaba masajeando la parte posterior de su cuello, pasando los dedos sobre su cuero cabelludo. Estaba empezando a relajarse. Pronto, la tendría ronroneando.
—Estoy impresionada. ¿Dónde encaja el refugio de animales?
Edward sabía que ella no se estaba dando cuenta de lo que hacía.
Longhorn, es el nombre del equipo deportivo de la Universidad de Texas de Austin, disponen de equipos en diversos deportes, como rugby, beisbol y atletismo. También se traduce como 'cuernos largos' de una raza especifica de ganado vacuno.
Lo estaba escuchando de cerca, con su atención puesta en su rostro, pero su mano estaba ocupada. Había encontrado su pezón y estaba rodeándolo con la yema de su dedo pulgar. Tragó saliva, tratando de mantener el control.
—Intento mantenerme activo en la comunidad. El refugio de animales es una de las formas de hacerlo. El programa de distribución de alimentos es otra de mis causas. Pedimos comida a precio reducido y la distribuimos a los necesitados una vez al mes. De hecho, el próximo sábado es día de recogida, si deseas ayudar.
—Sí. Me gustaría, es decir, si todavía estamos saliendo después de esta noche.
Edward no lo dejó pasar.
—¿Saliendo? Nena, vamos a hacer algo más que salir. Y no hay nada en el mundo que podrías decirme esta noche que me hiciera no querer salir contigo. ¿Por qué no te quedaste en la Universidad a terminar tu grado?
—Me casé.
No había sonrisa en su rostro. Ninguna.
—Después de eso, Jacob... um... no me dejaba conseguir trabajo.
—¿No te dejaba conseguir trabajo? Con todo lo que me has contado sobre él, no suena como alguien que me gustara conocer.
—Tienes razón. Cuando me di cuenta de que estaba perdiendo rápidamente mis opciones, empecé a fabricar joyas a escondidas en el ático. A través de algunos contactos de la Universidad me las he arreglado para vender mis diseños en varias tiendas en el oeste. Ahora puedo mantenerme a mí y a los animales.
No entró en grandes detalles.
—Pídemelo, cariño. Cualquier cosa que necesites. Solo pídemelo.
Ella todavía en sus brazos, se sentó y comenzó a alejarse. La detuvo.
—De ninguna manera, nena. No te vas fuera de mis brazos.
Escondió su cara en el pecho, parecía vacilar. Él cogió su mano y le dio un beso suave justo en su palma sensible.
—Vamos, cariño. No puede ser tan malo.
Su voz sonaba amortiguada. Empezó a hablar antes de levantar la cabeza.
—En primer lugar, quiero darte las gracias por todo. No sabes lo que significa para mí, sólo estar cerca de ti así. Nunca he tenido este lujo antes. Que me abracen así es algo que sólo he experimentado en mis fantasías.
Empezó a hablar, pero se cubrió la boca con la mano. Besó la piel que tocaron sus labios.
—Antes de empezar, tienes que prometerme algo.
—¿Qué?
No sabía hacia dónde iba.
—Si lo que te digo significa una diferencia en cómo te sientes acerca de mí, tienes que decírmelo, inmediatamente. No trates de ocultar tu reacción para proteger mis sentimientos. Será más fácil para mí sí sólo somos sinceros el uno con el otro, ¿está bien?
—De acuerdo. Prometo ser totalmente sincero contigo.
Edward era sincero. Increíblemente, esta relación ya era demasiado importante para él como para correr el riesgo de dañarla de alguna manera.
Una vez más, ella trató de incorporarse. Una vez más, él la sostuvo cerca.
—Lo que estoy a punto de decir es muy difícil. Y estoy complicando las cosas porque parece que no puedo mantener mis manos y mi boca lejos de ti.
Ante su admisión, se inclinó para besarla. Una vez. Dos veces.
—Los sentimientos son totalmente mutuos, nena.
—Te dije que Jacob y yo no nos besábamos. Cuando se acercó a mí por primera vez, me sentí halagada. Actuaba anticuado y cortés. Cuando me fui a Austin, a la Universidad de Texas, me pidió que le fuera fiel, que no me involucrara con ningún chico de la Universidad. No lo hice. Me insistió sin parar en que no quería que fuera a la Universidad. Así que, finalmente me rendí, regresé a casa y nos casamos. Era de lo más inocente. Después de casarnos, por supuesto, supe la verdad. Me enteré de que no se casó conmigo exactamente por amor. Oh, hay mucho que tengo que decirte, pero no puedo hacerlo todo a la vez, es demasiado difícil.
Tuvo que inclinarse más cerca para escucharla.
—No importa, bebé. Cuéntame lo que quieras. Puedo esperar para escuchar el resto.
Edward no podía imaginar lo que la perturbaba. Tenía ganas de quitarle el dolor, pero no sabía cómo. La vio cuadrar los hombros, fortaleciéndose a sí misma para decir lo que fuera que la perseguía.
—Besarnos no era todo lo que no hacíamos. No hicimos un montón de cosas. Mi marido y yo no hacíamos el amor.
—Dios, lo siento, Isabella. ¿Estaba enfermo o algo así?
—Sí. No. En parte era culpa suya, pero no todo. En parte también era mía. — Se tapó la cara con las manos. —Edward, la razón por la que te detuve cuando empezaste a llevar las cosas más allá de los besos es que no quiero que te des cuenta de la verdad sobre mí.
—Y, ¿cuál crees que es la verdad, Isabella? ¿Por qué piensas que el problema de Jacob podría tener algo que ver contigo?
Una vez más, se volvió hacia él y presionó su cara en los músculos de su pecho.
—Edward, lo que estaba tratando de evitar decirte era esto. Soy muy, muy mala en la cama.
Isabella había imaginado muchas respuestas que Edward podría dar ante su anuncio. Pero ninguna de ellas estuvo incluso cerca de la respuesta que recibió. Acababa de informarle que era mala en la cama, y él se estaba riendo.
¡Riendo!
Isabella no sabía si sentirse herida o furiosa. Por lo tanto, decidió ambas. Enrollando su pequeño puño, le dio un puñetazo tan fuerte como pudo en su pecho.
—¡Te estás riendo! ¿Por qué te ríes? Te acabo de decir el segundo secreto más horrible de mi vida, ¿y te ríes?
Edward inmovilizó sus dos puños entre sus manos y las sostuvo. Se abalanzó y capturó sus labios con los suyos. Después de besarla a fondo, frotó la nariz contra ella, dándole un beso esquimal.
—Porque eso es lo más absurdo que he oído nunca. No hay manera en el infierno que puedas ser mala en la cama, cariño. Me besaste esta noche como una pequeña gata salvaje. Estás llena de pasión. No puedo esperar para enseñarte lo buena que eres en la cama.
—Edward. Escúchame. Fracasé en el sexo. Jacob era, uh, muy popular entre las mujeres. O, al menos, me dijo que lo era. Una vez dijo que se le ponía dura con todas las mujeres de la ciudad, menos conmigo. Además, me dijo por qué no podía...
Esta fue la peor parte. La razón por la que tuvo que detener su intimidad antes de llegar más lejos.
—¿Por qué? Isabella, los hombres son impotentes por muchas razones. No hay manera de que fuera culpa tuya.
Isabella se sentó en su regazo, puso sus brazos alrededor de su cuello, y se agarró con fuerza.
—Jacob me lo decía una y otra vez. Me desvestía y luego lo decía, decía que no podía hacer el amor conmigo porque mi cuerpo le disgustaba. Decía que yo era repulsiva.
Edward sacó sus brazos de alrededor de su cuello. En un primer momento, Isabella pensó que estaba a punto de empujarla lejos de él, apartarla de su regazo e irse. Pero no lo hizo. La sostuvo de los hombros y la miró a los ojos directamente.
—Cuéntame lo que no le gustaba de tu cuerpo, Isabella. Cuéntame exactamente.
—No, Edward.
Isabella se retorció en su regazo. No podría hacer esto.
—Estoy muy avergonzada. Una cosa es tener defectos, y otra es tener que ponerlos de manifiesto ante un hombre magnífico que me atrae.
—¿Te sientes atraída por mí?
Una vez más, con una sonrisa que hacía que el sol saliera y los pájaros cantaran.
—Sabes que lo estoy.
Tenía un tono derrotado en su voz que Edward no podía soportar oír.
—Cuéntame, Isabella. Cuéntame exactamente lo que ese hombre ignorante te decía.
Isabella cerró los ojos y dejó escapar un largo suspiro.
—Decía que mis caderas eran demasiado anchas. He tratado y tratado de reducirlas, pero mis huesos están aquí.
Se tocó los huesos que sobresalían para mostrarle que su anchura no podía reducirse. Edward soltó una de sus manos para poder agarrarle el trasero y tirar de ella hacia él.
—Es ridículo. Tienes una perfecta figura de reloj de arena. Aquí, envuelve tus piernas alrededor de mi cintura.
La giró para enfrentarse a él. Esta nueva posición la abrió a él; su centro suave y caliente se presionó en contra de su dura erección de hierro.
—Cuéntame qué más dijo.
—Mi cintura es demasiado gruesa.
Edward puso ambas manos alrededor de su cintura.
—Incorrecto. Mira, mis dedos casi se tocan. ¿Algo más?
—Y mis senos son demasiado grandes.
Esas manos habían vuelto a su punto de partida. Una vez más, estaban en el borde de su camisa, levantándola lentamente.
—Isabella, tus senos no son demasiado grandes. Además, eso es como decir que tienes demasiado dinero, o demasiado queso. Me gusta el queso, y me gusta el dinero, pero amo tus senos.
Había tenido la esperanza de hacerla reír, pero parecía tan triste.
—Isabella, escúchame. Yo sé cuál era el problema de tu marido.
Ella lo miró ansiosa por escuchar lo que tenía que decir.
—Es sencillo. La única manera de que un hombre pueda decir las palabras que has mencionado es si él encuentra repulsivos los cuerpos de todas las mujeres. Isabella, tu marido podría no admitírtelo, ni probablemente a él mismo. Sin embargo, creo que era gay.
—No.—dijo enfáticamente. —Jacob era un playboy. Dormía con muchas mujeres. No era gay. Era yo. Estoy gorda. Mis caderas son demasiado anchas, y mis pechos son demasiado grandes. Sus amigos y su hermano me dijeron lo mismo. Y tengo un espejo, Edward. Y ojos. Puedo verme.
—Ves lo que has sido entrenada para ver. Ahora, escúchame.
Acarició la suavidad aterciopelada de su centro, sin moverse hacia arriba.
—Isabella, no puedo esperar para verte desnuda. He tenido mis manos sobre ti. Tu cuerpo es más que perfecto. Es delicioso. No he tenido el privilegio de ver el color de tus pezones o sentir todo el peso de tus senos en mis manos, pero puedo ver sus formas a través de esta pequeña camisa delgada. Y bebé, están fuera de este mundo. Los pechos son mi perdición cariño, y los tuyos son magníficos. En unos minutos, voy a quitarte esta camisa, y voy a acariciártelos y chupártelos durante horas. ¿Me dejarías hacer eso?
La sintió rendirse, mientras la tensión abandonaba su cuerpo. Ella asintió con la cabeza con timidez, de acuerdo a su solicitud. Edward la movió de su regazo, dando gracias al Señor por el gran sofá modular que les proporcionaría una zona de juegos adecuada para ellos.
Antes de comenzar, miró a su alrededor a los animales. Los gatos estaban en un montón debajo de la mesa del comedor durmiendo, y los dos perros habían formado guardia en la puerta de atrás, al parecer, a la espera de que la mofeta volviera.
Isabella le miraba expectante, aparentemente esperando a ver lo que haría. Para su sorpresa, ella agarró el dobladillo de su camisola y poco a poco se la pasó por la cabeza, revelando el sujetador de encaje que ahuecaba sus pechos generosos.
Edward gimió.
—Acuéstate en el sofá, bebé.
No quería ir demasiado rápido, pero estaba hambriento de contacto tipo piel contra piel. A toda prisa, se quitó las botas, los calcetines y la camisa, antes de acostarse al lado de ella. No se quitó los pantalones vaqueros. Los dos estaban completamente vestidos de cintura para abajo, y ella todavía llevaba su sujetador. Ella estaba temblando, pero también lo estaba él. Se arrodilló junto al sofá, mirándola.
Isabella estaba tan excitada que no podía soportarlo. Este magníficamente hermoso hombre estaba a punto de acostarse a su lado y tocar su cuerpo.
—Oh, Edward. Tú eres el que tiene el cuerpo perfecto.
Pasó las manos sobre su pecho espolvoreado de bello castaño encrespado. Por un momento, Edward cerró los ojos, saboreándola. Sus pezones estaban en estado de alerta, Edward observaba mientras se moldeaban en anticipación de lo que estaba por suceder. Sabía que ella quería, lo ansiaba, pero esto era un territorio desconocido para ella.
El reloj dio las once. Luego calma. No había ruido, a excepción de su respiración.
Ella se deslizó hacia atrás contra el sofá, dándole tanto espacio como era posible. Se extendió a su lado, Edward yacía de costado, de cara a ella.
—No estés nerviosa, bebé. Esto se va a sentir muy bueno para ti, lo prometo. Y vas a disfrutar tanto como yo quiera.
Atrayéndola, empujó una de sus piernas entre las de ella, y la tomó detrás de la rodilla, guiándola sobre su cadera. Cuando hubo terminado, sus cuerpos estaban enclavados íntimamente juntos.
—Anoche, me acosté en mi cama, muy sola.
Se tocó la frente, tomando un mechón de su cabello castaño claro.
—Pensé en ti.
Una pequeña risa escapó de su garganta.
—¿Sabes que te busco cuando conduzco por tu casa, esperando verte?
La abrazó repicando pequeños besos por toda la cara. Suave. Dulce. Su respiración se volvía un poco más rápida.
—Sí. Y yo te observaba mientras te ibas. Había creado toda una fantasía en mi mente acerca de quién eras y cómo eras...
Tomó su labio inferior en su boca y lo mordisqueó, amándolo con su lengua.
—Solía imaginar lo que podríamos hacer juntos. Cuando entraste en mi vida, me quedé anonadado. Eres la mujer más hermosa que he conocido. No puedo explicar lo difícil que es contenerme. Y cuando supe que eras mi mujer misteriosa, Isabella, nunca sabrás lo que ha sido para mí. Desde el principio, parecía como si te conociese, como si pudiéramos saltarnos los preliminares. Creo que has notado cómo te llamo; cariño, amor, bebé. Isabella, yo no hablo así. Nunca he hablado así con cualquier otra mujer. Pero contigo, no puedo evitarlo.
Todo el tiempo mientras hablaba, le robaba besos, dibujando diseños sobre su piel con los dedos, preparándola para complacerla. Lentamente, deslizó una mano en la espalda y soltó el broche de su sujetador. La respiración de Isabella se enganchó en su garganta.
—Adoro cómo me hablas. Me hace sentir segura.
Edward no se detuvo a analizar su declaración, sus ojos estaban puestos en lo que estaba desvelando. Se deslizó a sí mismo en el sofá, hasta que su cara quedó frente a sus pechos.
—Oh, Isabella. — exhaló con reverencia. —Eres tan hermosa.
Edward no podía evitarlo; la envolvió en sus brazos y apretó la cara contra sus pechos, besando un lado y luego el otro, y luego arrastrando su lengua hasta el tierno valle. Sus pechos probablemente eran una perfecta copa C. Eran perfectamente proporcionales a su cuerpo; pleno, lleno y dolorido por su toque.
A pesar de que su atención estaba enfocada totalmente en la placentera tarea que tenía por delante, Edward era consciente de que su pequeña mano le acariciaba el hombro y el brazo, queriendo tanto contacto como lo hacía él. Levantó la vista hacia su cara para ver sus ojos cerrados, pero sus labios estaban separados y la punta rosada de su lengua estaba jugando a lo largo de su labio superior. Sonrió. Isabella se estaba metiendo en esto.
—Tus pezones son como pequeñas frambuesas dulces y apretadas.
Edward no las había tocado con sus labios, sin embargo, ya estaba preparado para eso. En este momento, estaba encantado de sostener, moldear, masajear, y provocar aquellos tentadores globos.
Isabella arqueó su espalda, empujando los suaves montículos más profundamente en sus manos.
—¿Se siente bien, amor?
—Oh, sí. — susurró. —Me hace querer... me hace querer...
—¿Te hace querer que, muñeca?
Poco a poco, se abrió paso hasta los pezones. Suavemente rodeó uno, acercándose cada vez más al centro. Lo vio fruncirse, como si subiera pidiendo un beso.
—Quiero...
Gimió cuando él tomó ambos pezones entre sus dedos y comenzó a frotar y tirar suavemente.
—Quiero...
Isabella quedó sin aliento cuando él ordeñó los apretados brotes y la areola febril en un movimiento rítmico que causó que sus caderas se levantaran en súplica.
—Oh, Edward, no sabes… no puedo decirte… se siente... increíble.
—Apuesto a que puedo hacer que se sienta aún mejor.
Empezó a besar la parte superior de sus pechos, aun jugando con sus pezones. Isabella había terminado con sus dedos en su pelo y besando la parte superior de su cabeza, mientras que hacía pequeños ruidos felices en su garganta.
Luego Edward les llevó a ambos al siguiente nivel. Abriendo su boca, suspiró cuando finalmente se permitió darse un festín con sus pezones. Gimió ante su dulzura. Primero uno. Luego el otro.
—Dios, Edward. — gritó Isabella con el sensual asalto. —Abre la boca un poco más, bebé. Toma más de mí. ¡Chupa con más fuerza!
Edward no pudo evitar reírse. Isabella había perdido sus inhibiciones. Lanzó en silencio una oración de agradecimiento mientras él la obedecía en todas sus órdenes.
Algo estaba sucediendo. La boca de Edward la estaba llevando a alturas de éxtasis que ni siquiera sabía que existían. Una opresión se estaba acumulando y su deseo era una espiral fuera de su control. El calor se propagó hacia arriba entre sus piernas. Los pezones se sentían como si estuvieran ardiendo. Quería moverse, quería empujar hacia arriba. Quería gritar.
Y lo hizo.
El clímax la golpeó tan fuerte que cada célula de su cuerpo despertó cargada de electricidad. Ola tras ola de deleite al rojo vivo salía hacia fuera desde el núcleo fundido entre sus piernas. Sentía que sus caderas se sacudían espasmódicamente y Edward la abrazó con fuerza, su cuerpo moviéndose en contra del de ella mientras seguía mamando de sus pechos.
—Nunca lo imaginé, Edward. No tenía ni idea.
Isabella no era el único sorprendido por el placer. Había hecho algo que nunca había hecho antes.
Edward Cullen se había corrido en sus calzoncillos.
Cuando Isabella se descontroló en sus brazos haciendo esos pequeños y sexys sonidos, él había explotado en sus calzoncillos. Sin un toque. Sin ningún tipo de estimulación física en absoluto.
Sólo Isabella.
Ella se deslizó hacia abajo en el sofá hasta que encontró su boca. Lo besó suavemente, con solemnidad, como si sellara una promesa.
—Gracias. Gracias.
—Y pensabas que eras mala en la cama.
Sus caras estaban cerca. Ella vio como sus ojos de jade verde se arrugaban con humor.
—Bebé, te corriste solo con mi boca sobre tus pechos. ¿Sabes lo raro que es eso?
No reveló su propio exceso de excitabilidad.
—Otra confesión, Edward. Nunca me he corrido en absoluto antes. Ese fue mi primer orgasmo.
Su voz era suave y baja, creando una intimidad entre ellos que clavó su corazón a la pared.
— ¿Nunca? ¿Ni siquiera por ti misma?
—No, ni siquiera por mi cuenta. Lo he intentado, pero simplemente no podía.
Le habló en voz baja, como si compartiera su secreto más preciado. Pronto, le hablaría acerca de la terapia, sobre todo.
Edward no quería nada más que empezar de nuevo y mostrarle más de las maravillas de hacer el amor, pero no quería que ella supiera que había perdido por completo el control. Necesitaba aliviarse antes de que ella se enterara.
Sin embargo, Isabella tenía otras ideas. Al salir de la dicha entusiasta de su primera experiencia orgásmica, estaba de humor para compartir. Por primera vez quería colocar su mano en el pene duro como una piedra de un hombre. Cuando llegó hasta él, el hombre en cuestión eludió su mano exploradora.
—Isabella, espera. —se quejó.
—¿Está bien? ¿Te importa si te toco?
Sin esperar su consentimiento, las manos de Isabella estaban ocupadas en la hebilla del cinturón. La voz de Edward salió más dura de lo que pretendía.
—¡Detente! No, Isabella...
Se inclinó hacia atrás, lejos de ella.
—¿Por favor? Quiero darte placer. Puede que no lo haga exactamente bien, pero me gustaría probar.
No tomó más de un segundo o dos para que Isabella se diera cuenta que su sesión de hacer el amor había llegado a un final abrupto.
—Esta noche no, querida. Necesito ir a casa. Lo haremos más tarde, lo prometo.
No sabía por qué estaba tan avergonzado, pero lo estaba. Isabella no podía creer que se estuviera alejando de ella. Erróneamente había pensado que sería tan libre de tocar su cuerpo como él lo había sido para tocar el suyo. Aparentemente no. ¿Qué había hecho mal? Había sido perfecto para ella, pero obviamente no para él.
—Oh.
Eso fue todo lo que Isabella dijo. Se sentó, todavía con el pecho desnudo, y tiró de sus piernas delante de ella, cubriendo su desnudez.
Edward se apresuró a ponerse los calcetines y botas. Se puso de pie y cogió su camisa.
—Tuve un gran momento, Isabella. Te llamaré mañana acerca de nuestros planes para la cena.
—Por supuesto. Entiendo.
Bajó la cabeza. La estaba rechazando también. La diferencia era ínfima, Edward estaba siendo agradable. Le dolía lo mismo. Estoicamente, levantó la mirada, su máscara de nuevo en su lugar.
—Gracias de todos modos, Edward. Fue maravilloso.
Edward se inclinó y la besó. Pero fue rápido. Isabella no salió con él. Y esta vez él no miró hacia atrás.
¡Cielo Santo! Edward golpeó el Stetson contra su muslo. ¡Esa era la primera vez! Isabella lo había mirado un poco decepcionada, y probablemente estaba decepcionada con él. Señor, si Anthony llegara a enterarse que desastre sería. Los gemelos Cullen tenían una reputación entre las damas por su resistencia y técnica sensual y si su gemelo descubría que había disparado su esperma en sus calzoncillos… bueno, él nunca se lo diría, eso era seguro. Abriendo el asiento trasero de su camioneta de doble cabina, sacó algunas toallitas y un paño para quitar la mayoría del semen de su piel.
Subiendo en el asiento delantero, volvió a mirar hacia la cabaña. Dios, había odiado dejarla. Todavía no podía creer lo sensible que era. Todo lo que había hecho era chupar sus pezones y ella había brillado como fuegos artificiales en una caliente noche de julio.
¡Uf! Edward se rió mientras se limpiaba a sí mismo. Lo bueno es que no había estado tratando realmente de hacer el amor con Isabella.
Stetson: es el típico sombrero de cowboy de ala ancha.
Qué idiota machista había sido al persuadir a Isabella de vuelta al mundo del sexo y la sensualidad, pero incapaz de mantener una erección por más tiempo que un adolescente cachondo. Había estado tan jodidamente excitado. La preciosa Isabella y sus deliciosos pechos.
¡Estupendo! Miró hacia abajo. Ahora, se estaba poniendo duro.
Bueno, tenía toda la intención de hacer las paces con ella. Esta noche. Pediría el mayor ramo de rosas amarillas que pudiera encontrar, y la invitaría a una buena cena y a una botella de champán. Y después, la amaría toda la noche.
Tirando de una manta de la parte posterior del sofá, Isabella cubrió su cabeza y se quedó justo donde él la había dejado. Por poco tiempo, su vida había sido maravillosa. Pero había dejado que sus emociones se salieran de control. Pensando, recordó cómo se había perdido cuando Edward había besado sus pechos. Ella le había pedido, exigido y, en general, había enloquecido.
—¡La forma en que se debe haber reído de mí!
La cara de Isabella ardía con los recuerdos de ella agarrándolo y casi rompiéndole el cuello. Jacob había tenido razón. Era repulsiva. Tenía que darle crédito a Edward, sin embargo, se las había arreglado para seguir el juego por un buen tiempo. El tiempo suficiente para que ella sintiera cosas que nunca había sentido antes. No podía estar enfadada con él. No era culpa suya; Así eran las cosas. La forma en que era ella. Indigna de amar.
Uno por uno los gatitos se arrastraron sobre el sofá y se acostaron a sus pies. Los perros se situaron en el suelo a su lado. Por último, se durmió.
A la mañana siguiente, trató de concentrarse en un pedido que tenía que hacer para la tienda, el 'Wild, Wild, West'. Habían solicitado collares de plata con piedras preciosas incrustadas. Isabella había añadido pequeñas aves también hechas de diferentes piedras preciosas para hacerlos especiales. Trabajando de forma metódica completó doce antes del mediodía. La comida no le interesaba, pero había conseguido limpiar la cocina y todo lo que había quedado de la cena que tuvo con Edward la noche anterior.
Él no había llamado. Pero en realidad no lo había esperado. Le había dejado bien claro que había cambiado de opinión sobre el deseo de estar con ella. Los nervios de Isabella no la dejaban soportar estar en casa escuchando un teléfono que no iba a sonar, por lo que decidió pasar la tarde fuera.
El tiempo era increíble y los perros estaban sintiendo su juventud. Corrieron detrás de cada hoja y cada aroma. Los gatitos se quedaron más cerca de la parte delantera, pero retozaban en la hierba bajo la sombra del nogal.
No muy lejos detrás de la cabaña de caza, una corriente serpenteaba a través de los pinos. El musgo cubría los bancos, creando una escena que hacía a Isabella pensar en su infancia y en las tardes que había pasado cazando langostas en las orillas de un estrecho arroyo que pasaba a través de las tierras de su familia. Encontrando un lugar limpio para sentarse, observó a los perros chapotear en el agua poco profunda mientras perseguían libélulas.
En su casa, el teléfono sonaba y sonaba.
