Capítulo 5
La reserva se había hecho en el mejor restaurante que la zona tenía para ofrecer. El este de Texas no era exactamente la capital culinaria del mundo, pero Edward había encontrado un lugar que tenía buena comida y además podían tener un poco de privacidad. Había intentado llamar a Isabella por lo menos media docena de veces, pero no respondía. Intentó recordar si le había vuelto a mencionar lo de su cita antes de irse a toda prisa la noche anterior. Seguramente no lo había olvidado. Con suerte, estaría tan emocionada como lo estaba él.
Edward no era el tipo de persona de traje y corbata. De modo que aquí estaba en pantalones vaqueros negros, una camisa de manga larga negra y una chaqueta negra. Esto era arreglarse para Edward. Se sentía un poco como Johnny Cash.
Haciendo un viaje al pueblo hasta el florista, cumplió sus intenciones y compró cada rosa amarilla que tenían. Las flores de color amarillo limón eran absolutamente sus favoritas. Esperaba que a Isabella le gustaran. ¡Mierda! Comprobando su reloj de bolsillo, Edward se dio cuenta de que estaba listo muy pronto.
Tratando de matar un poco el tiempo, se dejó caer en el sofá para ver un rato la televisión. El primer programa en el que se detuvo fue uno de esos reality-shows sin sentido ninguno. Apoyó los pies sobre la mesa de café, y se divirtió viendo a esos idiotas tratando de competir en todo el mundo para ganar un millón de dólares.
Sin embargo, el primer comercial era sobre sujetadores. Eso estaba muy cerca del pequeño pedazo de encaje de las deliciosas tetas de Isabella. Así que, cambió el canal.
Cruzando una bota sobre la otra, Edward trató de contener la floreciente erección que había surgido de sus pensamientos lascivos. Cambiando el canal, se encontró con una película de suspense. Inclinando la cabeza hacia atrás, trató de dejar de pensar en el sexo. El siguiente comercial era para ellos y para ellas, esas lociones que estimulan la excitación sexual. ¡Infierno! Después de unos quince minutos, se dio por vencido y se dirigió a casa de Isabella. Era demasiado difícil mantenerse alejado.
Jacob la miraba. A su manera, la echaba de menos. Oírla gritar, llorar y pedir misericordia siempre lo había encendido. Se movía lentamente, no había prisa. Con cuidado se quedó a favor del viento por esos malditos perros que había tomado. Odiaba los perros. El libro era lo que quería. Si las autoridades ponían sus manos en ese libro su vida estaría realmente terminada. Sam había llamado y le dijo que la soga se estaba apretando. Dos guardas se habían mudado a la ciudad y estaban haciendo preguntas. También había oído que los mexicanos habían duplicado sus esfuerzos. La única cosa a su favor era, en este momento, que todo el mundo pensaba que estaba muerto. Incluso su esposa. Todavía tenía tiempo.
Tenía mucho sentido sólo entrar y volver esa pequeña choza al revés; el maldito libro tenía que estar en alguna parte. Sin embargo, Isabella era demasiado tentadora. Quería tiempo para tener un poco de diversión con ella después de tomar lo que le pertenecía. De modo que se esperaría hasta que estuviera de vuelta en casa, y luego iba a saltar sobre ella. De esa manera, nadie la oiría gritar.
Un sonido desde la carretera rompió el silencio. ¡Maldición! Alguien se acercaba. Los perros también lo oyeron. Ella también. Isabella se puso de pie y caminó junto a él, tan cerca que podía haber extendido la mano y agarrarla. La puerta de la camioneta se cerró. Ella apretó el paso, y la sombra de una sonrisa tocó su rostro. La furia recorrió todo el cuerpo de Jacob Black. Otro hombre estaba allí para ver a su esposa, y ella estaba contenta.
No había ninguna duda del sonido del motor. En el momento en que lo escuchó, todo dentro de ella quiso correr hasta la colina y correr directamente a sus brazos. Pero los acontecimientos de la noche anterior mantuvieron sus pies en un paso lento y vacilante. Oyó el golpe de la puerta de la camioneta, y unos segundos más tarde, comenzó a llamar a su puerta.
—¡Isabella!
Los perros ladraban en respuesta y avanzaron para recibir a una de sus personas favoritas en el mundo entero. Isabella estaba muy nerviosa, su estómago se revolvía. Cuando caminó por el lado de la cabaña y sus ojos se encontraron, la boca se le secó tanto como el desierto del Sahara.
—¿Bebé, que está mal?
El enorme ramo de rosas amarillas de tallo largo que tenía en la mano era impresionante, pero no tan impresionante como él. Se lo comió con los ojos. Vestido todo de negro era el último 'chico-malo', el sueño húmedo de todas las chicas, un hombre dulce. Eso le quitó el aliento. Las lágrimas brotaron de sus ojos, y rápidamente se puso de espaldas a él; no podía soportar que la viera llorar.
Oyó sus pasos. Se acercó a ella, dejando suavemente el ramo en el suelo a sus pies. Poniendo sus brazos alrededor de su cintura, la atrajo hacia él.
—Estoy aquí para llevarte a cenar. No lo olvidaste, ¿verdad?
—No esperaba verte de nuevo. — habló lentamente.
Sus manos se movieron hacia arriba, ahuecando sus pechos, masajeando suavemente a través de su sujetador. Lo único que podía hacer era jadear; así de rápido la tuvo sin sentido del deseo.
—¿Cómo puedes pensar eso, Isabella? No hay nada en la tierra verde de Dios que pudiera mantenerme lejos de ti.
Con insistencia la acarició, sin palabras, recordándole la dicha que habían compartido. Entregándose, ella apoyó la cabeza en su hombro, y sus caderas se presionaron de nuevo contra su ingle.
—Esa es mi bebé.
Besando un lado de su cuello, dejó que sus manos se deslizaran hacia atrás hasta la cintura.
—Mejor dejo esto, o voy a estar de vuelta donde estaba cuando me fui anoche.
Isabella no tenía idea de lo que estaba hablando. Él se puso delante de ella y le apartó el pelo sobre los hombros.
—Habla conmigo, amor. ¿Por qué piensas que no iba a volver? ¿No te divertiste anoche?
—Por supuesto que lo hice. Pero tú no.
Levantando los ojos hacia él, señaló lo obvio.
—No podías salir de aquí lo suficientemente rápido. Cuando traté de tocarte, no podías soportar mis manos sobre ti.
Ni siquiera la dejó acabar de hablar.
—No, no, no, nena, no.
Tomando las dos manos entre las suyas, la mantuvo inmóvil.
—No lo entiendes. Debería habértelo explicado, pero me sentí avergonzado.
—¿Avergonzado?
Él tenía razón, no entendía.
—¿Por qué te habrías sentido avergonzado?
Edward comenzó a sonreír. Demonios, ella era mucho más importante que su maldito orgullo.
—Isabella, cuando estaba chupando tus pechos y te corriste haciendo esos pequeños y dulces sonidos perdí el control. — Le dijo al oído. —Me excitaste tanto… que me corrí en los pantalones.
—¿Tuviste un orgasmo? — Ella sonrió. —Eso es algo bueno, ¿verdad?
—A un hombre le gusta pensar que puede aguantar toda la noche, Isabella. Dando placer a su mujer, llevándola orgasmo tras orgasmo. No quise que supieras que ni siquiera había durado diez minutos. Ha pasado bastante tiempo desde que hice el amor a una mujer y nunca a nadie tan atractiva y deseable como tú.
La acunó contra él.
—Eres preciosa.
—Edward, podrías habérmelo dicho. No me habría importado. Hubiera sido feliz sólo sosteniendo tu mano. Verás, pensé que tal vez habías descubierto que Jacob tenía razón, que yo era…
Atrayéndola hacia él, encajó sus cuerpos unidos.
—Eres perfecta. Nunca he experimentado una entrega tan dulce. Tus pezones son como caramelo en la boca. Isabella, anoche significó más para mí de lo que puedas saber.
Dejando escapar un suspiro de alivio, se amoldó a él, suavizando su cuerpo para adaptarse a su dureza.
—Estoy muy feliz. Nunca he conocido más alegría que la que sentí contigo. ¿Es demasiado tarde para prepararme y salir contigo a cenar?
Edward le dio un beso en la frente.
—Llamaré y retrasaré la reserva. Ve a ponerte un vestido bonito y vamos a salir de aquí.
Isabella se abrazó a sí misma. Nunca había sido tan feliz. Edward era el hombre más maravilloso en todo el mundo y por algún golpe maravilloso del destino, había entrado en su vida y temía que también en su corazón.
Dejó salir el agua de la ducha hasta que estuvo caliente; se lavó los dientes en el lavabo. Por primera vez, en mucho tiempo, se veía a sí misma desnuda en el espejo.
Estaba muy acostumbrada a desagradarle lo que veía; tanto que era difícil ser objetiva. A pesar de los sucesos de la noche anterior, Isabella aún no podía ver lo que veía Edward. Se dio la vuelta hacia un lado y echó un vistazo a su trasero.
—Dios, sigue allí. J-Lo no era nada en comparación con ella. Riéndose de sí misma, no podía encontrar ni una pizca de infelicidad en su interior. Después de un año parcial en la Universidad, tres años de matrimonio y dos años de esconderse de la vida, esta noche iba a ser especial. Esta noche, iba a perder su virginidad.
—Estoy lista.—anunció.
Edward se había mantenido ocupado atendiendo a los animales y encontrando un jarrón adecuado para las flores, cualquier cosa para pasar el tiempo. Lo que había querido hacer era dejar caer su ropa y subir a la ducha con ella. Se había imaginado el agua cálida vertiéndose sobre su increíble cuerpo. Lentamente, se dio la vuelta y absorbió su visión.
—Maldita sea, bebé.
Verla vestida de pies a cabeza en color rojo oscuro, llevó su sangre hasta la ebullición. El vestido era una funda de lentejuelas, que abrazaba cuidadosamente cada curva. Una chaquetilla corta acentuaba su deliciosa figura.
—No quiero ir a cenar. Quiero ir a la cama.
—Yo también lo quiero, Edward.
Sus ojos eran oscuras piscinas de pasión. Al darse cuenta de que iba a tener que ser el fuerte, se acercó a ella, la cogió de la mano y se dirigió a la puerta.
—Los dos lo queremos, desesperadamente. Pero en este momento vamos a cenar. Voy a mostrarte cómo trata un hombre a la mujer que adora. Voy a llevarte a beber, a cenar, y bebé, esta noche... Voy a llevarte a la cama.
Apenas habían llegado a la puerta, cuando Isabella se volvió y lo detuvo en seco. Era de la mitad de su tamaño, pero lo tomó por sorpresa. Él no era difícil de controlar. Mostrando su característica confianza en sí misma, Isabella lo empujó contra la puerta.
—Esa es la cosa más sexy que nadie me ha dicho nunca. ¿Qué quieres decir con eso, Edward?
No esperó a que él respondiera; enmarcó su rostro y lo besó una y otra vez. Chupó el labio inferior en su boca y lo castigó con sus dientes. Durante todo ese tiempo, lo acariciaba y se frotaba contra él, mostrándole de manera no verbal lo mucho que sus palabras la encendían.
Edward le devolvió el beso, de todo corazón, y entonces la agarró por detrás de las rodillas y la levantó, caminando hacia la camioneta.
—Edward, bájame. Puedo caminar. Soy demasiado pesada. — protestó.
—De ninguna manera, bebé. De esta forma, llegaremos a donde tenemos que ir y puedo abrazarte estrechamente en el proceso. Y en cuanto al peso, ¿cuántas pesas, exactamente?
Isabella resopló con exasperación.
—Sesenta y un kilos. — confesó en voz baja.
—Sesenta y un kilos de pura dulzura. Cariño, yo mido un metro con noventa y cinco centímetros y peso ciento trece kilos. No tengo nada más que decir.
Abriendo la puerta de la camioneta del lado del conductor, la dejó deslizarse.
—No te vayas; te quiero a mi lado mientras conduzco. Vamos a tomarnos de las manos.
Cuando compró la camioneta, había debatido la conveniencia de poner un asiento en el medio, pero ahora daba gracias al cielo por su previsión. Quería sentir su pequeño y dulce cuerpo presionado contra él mientras se dirigían a su destino. Estableciéndose a su lado, la abrazó.
—Estoy muy contento de que entraras en mi vida, Isabella Swan.
Arrancó la camioneta y le tomó la mano. Ella se llevó sus manos unidas a los labios y las besó, a continuación, sosteniéndolo entre las suyas, la guardó cerca de su corazón.
—Háblame. —instó. —Quiero saberlo todo sobre ti.
En dirección a la ciudad más cercana, Edward salió por la sesenta y cinco y empezó a hablar.
—Tengo un hermano que vive cerca. Prefirió no vivir "de la tierra" como yo y seguir esta forma de vida. Es Ranger de Texas. Éramos compañeros junto a Jasper en la Universidad. Vas a tener que conocerlo; viaja mucho. Pasa buena parte del tiempo en la frontera. Ha estado trabajando en un caso relacionado con un cartel mexicano de drogas que está causando una gran cantidad de problemas en Texas. Planea estar de vuelta en la ciudad para este fin de semana.
—¿Cómo se llama?
Isabella había inclinado la cabeza sobre su hombro, y él no podía resistirse a besar su suave pelo a cada kilómetro, o así.
—Anthony. — se rió, sabiendo que iba a averiguarlo.
—Gemelos. — se rió ella. —Así que tú eres Edward. ¿Edward qué?
—En realidad, soy Edward Kyler y él es Anthony Tyler.
—Así que, ¿si tú eres Ky?
—Sí, él es Ty. Nuestra madre se aburrió durante el embarazo.
—Ky y Ty. Me gusta. ¿Se parece a ti? Quiero decir, ¿sois gemelos idénticos?
—Somos idénticos, pero yo soy mucho más guapo.
Su sentido del humor tenía a Isabella riendo.
—¿Cuál es su apellido, señorita Swan? Asumo que Swan no es tu apellido de casada.
—No. No podía deshacerme del apellido Black lo suficientemente rápido. Mi nombre completo es Isabella Dalila Cooper Swan. — dijo con cara seria.
—¿Dalila? — se rió Edward. —Dalila la tentadora. Buen nombre; te pega. Creo que te voy a llamar Dalila en el calor del momento, cuando me vacíe en lo más profundo de ti.
Su tono comenzó con burlas, pero el momento en que terminó la frase, los tenía a ambos encendidos. Isabella se recuperó primero.
—¿Alguna hermana?
Respirando con dificultad.
—No, sólo Anthony. Mi madre y mi padre están vivos y bien. Están jubilados y viven en algunos acres que usamos para cazar cerca de Austin. Han estado casados durante treinta y cinco años y están tan enamorados como el día en que se casaron.
— ¿Que te gusta hacer para divertirte?
Isabella estaba en trance. Ella no sabía si Edward se daba cuenta de lo que estaba haciendo, pero todo el tiempo que estaban hablando y conduciendo por la carretera, le acariciaba y frotaba su mano. Escalofríos de placer la recorrían.
Isabella se dio cuenta de que sería totalmente posible llegar a estar muy cerca de tener otro orgasmo sólo por el contacto de su mano sobre la de ella. Nunca habría considerado que pudiera tener este tipo de respuesta a un hombre.
No lo sabía a ciencia cierta, pero Isabella sospechaba que no le pasaría con todos los hombres, solo con este.
Cuando se acercaban al restaurante, Edward dejó de acariciar su mano.
—Será mejor que me controle un minuto. Si te sigo tocando, caminaré en ese establecimiento con mi verga señalando el camino. Solía montar rodeo. Pero por mi altura y peso era más adecuado para perseguir al toro. ¿Sabes qué es eso?
Sonriendo por su descarada confesión, a Isabella no le importó que pusiera ambas manos en el volante.
—Sí, montas un caballo y le pones la cuerda a un ternero, y luego saltas hacia abajo y luchas con él en la tierra y atas sus pequeñas patas juntas.
Isabella le sonreía y su corazón se contraía. Enamorarse de él era una de las cosas más fáciles que había hecho nunca.
—En pocas palabras, sí.
Saliendo de la carretera, se detuvo en la entrada de un pequeño y pintoresco restaurante italiano.
—También me gusta leer.
—Oh, a mí también. ¿Qué género te gusta más?
—Horror, suspense, historia, casi cualquier cosa.
Abrió la puerta para ella y luego la abrazó por la cintura, bajándola hasta el suelo, dejándola que se deslizara por su cuerpo mientras lo hacía.
—Edward. — gimió. —Ahora, siento un cruel, no voy a ser capaz de comer.
—Sí, lo harás. Es sólo que no quiero que te olvides de lo que nos espera cuando lleguemos a casa.
—Como si pudiera olvidarlo.
Se aferró a su brazo mientras la acompañaba hasta la puerta del restaurante. La anfitriona los llevó a un rincón aislado, donde había una botella de champaña fría en un cubo de hielo.
—Oh, Edward, habías dicho vino, no hubo ninguna mención de cosas burbujeantes.
—¿Te gusta el champán, bebé?
Le sostuvo la silla para que pudiera sentarse y la ayudó a quitarse la pequeña chaqueta roja.
—Nunca lo he bebido, pero no puedo esperar a probarlo.
El camarero descorchó el champán y lo vertió en cada una de las copas, dejando el resto de la botella sobre la mesa con gran cuidado. Isabella tomó su primer trago, sonriendo mientras las burbujas le hacían cosquillas en la nariz.
—¿A qué sabe?
—Es bueno, un poco dulce, un poco de sabor a fruta, lo adoro.
Le sonrió con dulzura, y él le devolvió la sonrisa. Cualquier persona que pasara por su mesa sabría que estaban justo donde querían estar.
—Vamos a ver, estábamos hablando de libros. ¿Qué te gusta leer?
Edward cortó para ambos un pequeño trozo de pan y extendió una cucharada de cremosa mantequilla en cada uno, le tendió un pedazo a ella para que tomara un bocado.
—El pan está bueno.
Lo retuvo esperando que pusiera otro bocado en su boca. Esta vez, capturó su dedo en la boca y lentamente lamió los restos de mantequilla. Cuando lo retiró, le dio la mano.
—En cuanto a la lectura, me gustan las cosas sobrenaturales y el romance.
—Eres una chica…— Edward se rió y luego se puso serio —…y no te querría de ninguna otra manera.
Un camarero trajo sus menús e Isabella le pidió a Edward que eligiera por ella. Él ordenó ravioli de setas silvestres, con queso de cabra y rúcula.
—¿Suena bien para ti?
—Perfecto.
Edward la hacía sentir muy especial.
—¿Te gustan las películas y la televisión?
—Sí. De hecho, el próximo viernes por la noche, te llevaré al cine y podremos comer palomitas de maíz y pasas con chocolate. Quiero que esta sea la primera de muchas citas, bebé. Mi plan es pasar contigo tanto tiempo como nos sea posible.
—Me gustaría eso. Y me gustaría ayudarte mañana con el programa de distribución de alimentos, si tú quieres.
—Nena, tengo la intención de despertar en tu cama mañana, así que sí, te quiero conmigo. Cuando terminemos con la entrega de alimentos, te puedo llevar de vuelta a casa y hacer el amor contigo de nuevo.
Isabella estaba enrojecida por la excitación, por el champán y por la emocionante imagen que Edward estaba pintando con sus cálidas palabras. Sabía que había más cosas que necesitaba decirle. Un día, tendría que compartir con él los abusos que había vivido.
Temía contárselo, eso la hacía parecer como una víctima. Pero hoy en día, el secreto que tenía que compartirle era que él sería su primer amante real.
Las circunstancias que la mantuvieron virgen a los veinticinco años eran inusuales. Pero no hicieron que fuera inocente a esa edad, pues Jacob Black había robado su inocencia hacía mucho tiempo.
La comida llegó y estuvo fenomenal. Edward limpió su plato, y luego ayudó a Isabella a terminar el suyo. Cuando el camarero trajo la bandeja de postres, Edward lo dejó en manos de ella.
—Prefiero ir a casa, si te parece bien.
Edward señaló al camarero que se alejara.
—Tendremos algo dulce en casa.
Edward le sonrió y una vez que el camarero estuvo fuera del alcance del oído le dijo.
—Creo que sabe que vas a ser el postre.
Después de pagar la cuenta, la llevó afuera. Isabella reunió coraje; quería decírselo antes de llegar a casa. En la oscuridad, en el camino, sería más fácil. Sobre la mitad del camino a casa, Cooper decidió que no podía posponerlo por más tiempo. Ahora era el momento de confesar.
—Edward, sé que te has acostado con muchas mujeres hermosas.
Se aferró a su brazo, temiendo su reacción a lo que estaba a punto de decirle. ¿Sentiría lástima por ella? Tal vez no querría perder el tiempo con alguien con prácticamente ninguna experiencia.
—Creo que he tenido mi parte. Pero ninguna de ellas se compara contigo, bebé.
Colocó una mano en su rodilla.
—Me encanta el hecho de que no uses medias. Tu piel es suave y sedosa.
Acercándose hacia arriba, dejó que sus dedos se deslizan por su muslo.
—Sin embargo, las mujeres con las que te has acostado, tenían mucha experiencia. Sabían cómo complacerte.
Su voz era baja y se alegraba por las sombras.
—Todo lo que haces me gusta, Isabella.
Lo vio mirar hacia abajo a sus manos en su brazo.
—¿Hay algo mal, bebé? Estás agarrándote a mí como si creyeras que voy a flotar. No lo haré, ya lo sabes. Ya me tienes atado más apretado que a uno de esos pequeños novillos. Ya te lo digo.
—Nunca he hecho el amor con nadie antes. Tengo mucho miedo de defraudarte.
Cerró los ojos, esperando saber cuál sería su respuesta.
—Lo sé, bebé, va a ser diferente con nosotros. Lo que vamos a tener juntos, te hará perder todos los malos recuerdos de tu pasado.
Se dio cuenta de que pensaba que estaba haciendo la distinción entre tener sexo y hacer el amor.
—Edward, eso no es lo que quiero decir.
Suspiró... esto iba a ser más difícil de lo que pensaba que sería.
—Nunca he tenido relaciones sexuales antes... con nadie.
Edward no dijo nada. Aflojó su pie del acelerador.
—¿Significa una diferencia para ti?
Parando en el arcén, apagó el motor.
—Infiernos sí, para mí significa una diferencia.
Tirando de ella sobre su regazo, le tomó la cara entre sus manos.
—Te quiero, no importa cuántos amantes hayas tenido. ¿Pero virgen? Dios Isabella, eres pura, eres preciosa. Y después de esta noche, eres mía.
Edward condujo el resto del camino a casa con Isabella en su regazo. Tenía el asiento empujado todo lo que daba hacia atrás. Gracias a Dios por sus piernas largas y su camioneta King Ranch, el espacio extra era muy útil. Ella se apoyó en su pecho, con la cabeza enclavada en su hombro. Periódicamente se inclinaba y la besaba. No podía creer que estuviera intacta. Le preocupaba que su falta de experiencia supusiera una diferencia para él.
Pese a sus garantías, sabía que a Isabella le preocupaba que él estuviera decepcionado con ella. Lo que ella no entendía era que su virginidad era un regalo precioso. No tenía idea de por qué ese imbécil de su marido la había tratado con tanto desdén. Pero una cosa era segura; aquel loco no había apreciado el tesoro que había tenido en sus manos. Bueno, su pérdida era la ganancia de Edward.
Deteniéndose en el camino de entrada, aparcó y apagó el motor.
King Ranch: tipo de vehículo generalmente de amplia cabina de cuatro puertas y una zona de carga abierta trasera, con tracción a las cuatro ruedas, muy usado en zona rural.
—Entremos, bebé.
Dando un paso desde la camioneta, se volvió y la tomó en brazos, llevándola. Los animales estaban contentos de verlos, pero Edward los espantó. Ahora no era el momento. Edward Cullen tenía un problema.
Estaba duro. Estaba más allá de duro. Su pene era una roca dura y petrificada. Si Isabella hubiera sido experimentada, él habría tenido la tentación de acostarla y sumergirse en ella, dándole a su polla un poco de alivio del dulce dolor. Pero no podía, ella merecía ser cortejada, una seducción lenta, dulce. El único problema era que no sabía si podría sobrevivir a esa lentitud.
—Edward, te deseo mucho, bebé.
Las palabras fueron dichas al oído, su aliento caliente enviando escalofríos por la espalda.
—También te deseo, amor. Pero tengo que calmarme. Estoy casi justo donde estaba la noche anterior. Cariño, tú puedes tener orgasmo tras orgasmo, y tengo la intención de darte tantos como pueda antes de que salga mañana el sol. Pero los chicos tienen que tener tiempo para reagruparse, así que no me gustaría correrme demasiado rápido, no quiero decepcionarte de nuevo, no como lo hice anoche.
—Tengo una idea. — susurró ella con timidez, mientras él se sentaba en el sofá con ella todavía en su regazo.
—¿Qué es, bebé?
—Durante un tiempo, vamos a turnarnos; comenzaremos por ti, luego yo, luego juntos, ¿qué tal?
—¿Quieres decir?
Su ritmo cardíaco subió un escalón.
—Edward, ¿me dejarías que te amé?
No lo miraba a los ojos, pero jugaba con el botón superior de su camisa. ¿Realmente creía que se negaría? Entonces, se dio cuenta de que eso era exactamente lo que había hecho la noche anterior. Y se lo estaba pidiendo otra vez. Se sintió humillado.
—¿Vas a seducirme, Isabella?
—Si me lo permites.
Eso casi lo mata, pero se quedó quieto mientras le desabrochaba la camisa. Pronto descubrió que tenía más resistencia de la que jamás soñó mientras Isabella soltaba cada botón, besaba, lamía y mordisqueaba un camino por su pecho. Agarró el cojín del sofá y cerró los ojos mientras soportaba la dulce tortura. Y ella no había terminado. Abrió la camisa de par en par y una cortina gloriosa de cabello cosquilleó en su pecho mientras ella se inclinaba y lamía uno de sus pezones.
—Oh Dios, Isabella. — gimió.
Edward ayudó a Isabella a sacarle de sus tejanos y ropa interior. Se tumbó de espaldas y ella se deslizó entre sus piernas.
—Edward. — respiró con asombro.
Tomándolo en sus manos, lo alivió con su palma hacia arriba y abajo por su considerable longitud. Rodeándolo con el puño, midió su circunferencia.
—Eres muy hermoso. ¡Y tan grande!
Y saltando del sofá, lo dejó allí.
—¡Oye! Vuelve aquí. — se rió Edward. —¿A dónde vas?
No estuvo fuera por más de un segundo, y cuando volvió se sentó en la uve de sus piernas y sostuvo el consolador de color rosa al lado de su pene planeando comparar tamaños.
—Edward, eres mucho más grande que este pedazo de basura. ¿Cuánto mide esta cosa, doce centímetros?
Edward resopló en tono de burla.
—Para tu información esa basura de plástico es de diecisiete centímetros y mi paquete es de veinticuatro centímetros.
—¿Veinticuatro centímetros? Lo has medido cuidadosamente, ¿no es así?
Estalló en risitas mientras sostenía el consolador al lado del orgullo y la alegría de Edward.
—¡Y mira lo grande que eres! ¡Oh, bebé! ¡Pareces un caballo! ¿Para qué necesito esta cosa tan endeble?
Arrojó el consolador a través del cuarto, asustando a los dos perros en el proceso, que a su vez provocaron a los gatos.
—Oops.
—Mira lo que has hecho, bebé.
Eso fue lo más divertido que Edward jamás podía recordar. Sólo habían pasado un par de días y ella ya era una parte tan importante de su vida como jamás hubiera pensado que llegaría a serlo.
Isabella hizo caso omiso de los animales. Mirando profundamente a sus ojos, cerró la mano en torno a él.
—Eres muy suave y duro y caliente. Nunca he sentido nada igual.
Lo agarró fuertemente y comenzó a bombear su mano arriba y abajo.
—¿Lo estoy haciendo bien, cariño?
Había caído de cabeza en el hábito de hablar dulce de Edward y le encantaba.
—No hay manera incorrecta amor. Pero, sí, esto se siente maravilloso. ¿Nunca lo habías hecho antes?
Pensaba que sabía la respuesta, pero quería tranquilidad. El hecho de que él era el primero lo emocionaba muchísimo. Ahora, en todo lo que tenía que trabajar era en ser el último.
—No. Jacob no quería que le tocara. No era como si yo quisiera, de todos modos. Además, él era pequeño y estaba dañado. ¡Pero tú! Podría comerte. — Dijo en broma.
Eso sonaba bien para él.
—Bien, adelante, Isabella, cómeme.
El calor brilló en los ojos de ella. Y apareció la comprensión. Isabella se reacomodó para poder llegar a él cómodamente, y luego se inclinó y tomó la cabeza de su pene en su boca. Mientras lo trabajaba con su lengua, tomó y masajeó sus testículos, haciéndolo arquear la espalda y empujar sus caderas hacia arriba al mismo ritmo que sus afectuosas actividades.
—Bebé. Bebé. Bebé. — gemía Edward.
Por cada onza de esfuerzo gastado, Edward respondía disfrutando diez veces más. Sin nada de experiencia, Isabella puso a Edward de rodillas, en sentido figurado. Con un remolino de su lengua, una succión juguetona, susurros de cariño, dejándolo empujar tan profundo en su garganta como era físicamente posible, Isabella llevó a Edward hasta un orgasmo que sacudió su mundo.
Después de que tragarse hasta la última gota, le lamió limpiándolo, puso su cabeza en su pierna y comenzó a temblar.
—¿Bebé, estás corriéndote?
La única respuesta que le dio fue el gemido más dulce que había oído en su vida. Y cuando Edward se dio cuenta de lo que estaba sucediendo, tiró de ella en sus brazos y la abrazó como si su vida dependiera de ello. La abrazó mientras temblaba.
—Tienes que ser la cosa más atractiva y dulce en todo el mundo. Y pensabas que eras mala en la cama.
Se abrazó tan cerca de él como pudo. Mientras la sostenía, suspiró de felicidad. Edward se puso inmediatamente en estado de alerta. Allí estaba. El suspiro. Innumerables veces durante su infancia había visto a su padre abrazar o besar a su madre, y luego se oía su suspiro. Ese suspiro había sido una señal para él de la felicidad y alegría, un símbolo de que todo estaba bien en su mundo. Subconscientemente, había estado esperando oír ese suspiro toda su vida. Cuando lo oyó salir de la boca de Isabella, cerró los ojos y prometió que la haría suya. Por siempre.
Luego, se aferraron el uno al otro repletos de dicha.
—Míranos. — susurró él. —Y aún ni siquiera hemos hecho el amor. No completamente.
—Necesito salir de este vestido. Puede ser bonito, pero es áspero sobre tu piel y la mía.
Isabella mentalmente revisó su selección de ropa interior y la encontró deficiente.
—Lo siento, no tengo nada atractivo que ponerme. Mi ropa de noche no fue comprada con el sexo en mente.
—¿Quién necesita ropa? Vamos a desnudarnos.
Caminando hacia la habitación, Edward tomó las almohadas de la cama y la observó acercarse a él. Estaba completamente desnudo, y su pene se iba llenando. Se puso de pie junto a la cama, él le dio la vuelta y comenzó lentamente a desabrochar su vestido.
—Tal vez debería conseguir una bata e ir al baño a cambiarme.
Se alejó un momento, buscando el abrigo de la oscuridad. Ella no estaba cómoda mirándolo mientras la veía desnudarse, años de críticas habían dejado su huella.
No logró dar uno o dos pasos antes de que él la detuviera.
—Nada de eso Isabella.
Le tendió la mano.
—Trae ese dulce culo hasta aquí.
Ella fue. Caminó de regreso a sus brazos. Él puso una mano en cada cadera y apretó suavemente, al mismo tiempo que sostenía su mirada. Colocando un suave beso en la mitad de su estómago, le dio la vuelta. Tirando hacia debajo de su vestido, descubrió un sujetador de encaje blanco y un par de pequeñas bragas de encaje que cubrían su trasero en forma de corazón.
—¡Oh, nena! — susurró. —Mírate.
Se dejó caer de rodillas, tiró de sus bragas hacia abajo y la mordió suavemente, primero en una nalga y luego en la otra. Isabella no se rió. Suspiró.
—Me encantan tus suspiros, bebé. Es un sonido hermoso.
Dándole golpecitos en el trasero, le preguntó:
—¿Tienes tangas, Isabella?
—No. Sólo ropa interior normal, hasta ahora no tenía ningún motivo para vestir seductoramente.
Se detuvo mientras Edward consentía y acariciaba su trasero.
—¿Te animarías a usar un tanga si lo comprara para ti?
Su voz se había vuelto ronca.
—Si me lo pides.
Sus rodillas se estaban volviendo débiles. El efecto que este hombre tenía sobre ella era devastador.
—Nena, tengo que hacer el amor contigo, ya.
—¡Por fin!
Cuando los dos estaban completamente desnudos, Edward se tumbó en la cama y tiró de ella hacia abajo hasta él.
—Voy a tratar de ir lento, bebé. Pero te necesito mucho. Pensé que mi orgasmo anterior me daría más control, pero la vista de tu hermoso cuerpo me ha vuelto del revés.
Acostados de lado, cara a cara, Edward comenzó a besarla. Tomó su labio superior en la boca y lo calmó con su lengua. Ella le devolvió el beso, presionando sus pechos desnudos en el fresco vello marrón de su pecho.
—No tienes que ir despacio, Edward. Yo también te deseo.
La besó hasta el final de su garganta y sobre su pecho, hasta que pudo tomar uno de sus rosados pezones en la boca. A medida que succionaba, se arqueaba hacia él, gimiendo su placer.
—Hasta el momento, esta es mi parte favorita. Me encanta como tu boca se siente sobre mí.
Lo abrazó, empujando su cabeza hacia abajo, hacia el pecho, frotando los músculos de su espalda y hombros. Deslizándose de vuelta hacia arriba, Edward apoyó la cabeza sobre la almohada junto a la suya.
—Mírame, Isabella. Quiero estar mirándote a los ojos mientras te toco.
Tirando de sus caderas más cerca de él, Edward le separó los muslos y dejó que sus dedos se deslizaran en los pliegues de su vulva.
—Cariño, mi amor, estás muy mojada. — dijo Edward con asombro.
Isabella movió las caderas hacia atrás bruscamente, sin entender.
—Lo siento. Permíteme levantarme, me limpiaré.
Comenzó a levantarse, mortificada.
—No, bebé.
Edward finalmente comprendió el alcance de su inocencia. La abrazó suavemente.
—Esta es exactamente la forma en que tu cuerpo se supone que debe reaccionar.
La calmó con su mano entre sus piernas, acariciándole los labios vaginales y el clítoris, introduciendo un dedo en su vagina.
—Te sientes tan bien, cariño. Esta humedad es la forma de tu cuerpo de decirme que está listo para mí. Todo este calor y cremosidad es como sé que me deseas.
Mientras hablaba con ella y la amaba; acariciando y masajeando, llevándola suavemente hasta el punto de que pudiera aceptar su posesión.
—Isabella, me haces sentir como un rey.
La besó con fuerza.
—Estás muy húmeda para mí.
Isabella levantó las caderas, ofreciéndose a Edward.
—Te quiero dentro de mí, Edward. Por favor.
Edward se sentó a su lado, le separó las piernas y se dio un festín observando aquella visión ante él.
—Eres tan linda, tan rosada y suave.
Colocándose entre sus rodillas, envolvió las piernas de ella alrededor de su cintura y tiró de sus caderas hacia arriba en su regazo. Tomándose su tiempo para cubrirse con un condón que había llevado junto a la cama, se encontró con su mirada confiada. Sus labios se abrieron ligeramente mientras esperaba a que la iniciara en las relaciones de un hombre y una mujer
Observando cada expresión, insertó la cabeza de su pene justo en su abertura vaginal. Ella tomó una respiración profunda.
—No tienes que ir poco a poco, Edward. Te deseo. Me siento muy vacía. Te necesito, bebé.
Ante sus dulces palabras, se permitió comenzar a hundirse en su aterciopelado calor.
—No quiero hacerte daño, cariño.
Los músculos en su cuello tensos por el esfuerzo que estaba utilizando para asegurar su comodidad.
—Nunca podrías lastimarme, Edward. Sería imposible.
A medida que se introducía lentamente, ella empujaba hacia arriba, animándole a llenarla por completo. Cuando estuvo completamente enfundado dentro de su cuerpo, cerró los ojos y se quedó completamente inmóvil.
—¡Dios, qué alivio! Oh, bebé, se siente como si hubiera llegado a casa. Estás tan increíblemente apretada. Nunca sabrás lo bien que se siente.
Edward echó sus piernas hacia abajo, manteniendo la unión entre ellos, para poder cubrirla con su cuerpo.
—Oh, así me gusta más. — suspiró.
—¿Qué te gusta más, bebé?
Antes de responder, Isabella se maravilló de la asombrosa posesión de Edward. Nunca había soñado que el toque de otro ser humano podría traer tanta alegría. Él la besó, su lengua haciendo el amor con su boca. El hambre de Edward fue despertando dentro de ella una necesidad de responder que no sabía que existía.
—Puedo alcanzarte cuando estás aquí, cerca.
Envolvió sus brazos alrededor de su cuello y sus piernas alrededor de sus caderas. Besándolo en el pecho, dijo.
—Ámame, Edward. No te detengas. No voy a romperme.
Después de darle permiso para moverse, instintivamente comenzó a ondular su cuerpo, apretando su pene con sus músculos internos, ordeñándolo hasta la inconsciencia.
—Mi Dios, Isabella. Eso se siente increíble, ¿cómo sabes hacerlo?
—Sólo estoy haciendo lo que se siente bien para mí. — confesó. —Quiéreme más duro, Edward. Ámame más rápido.
Edward se dejó ir, sosteniendo su peso sobre ella, acariciándola rítmicamente, bombeando como un martillo neumático. Una y otra vez, su cuerpo palmeaba contra el de ella, y ella se encontraba con él cada vez, instándolo a perderse en el éxtasis.
—Córrete para mí, bebé. Córrete para mí.
Continuando con las caricias, bajó la cabeza, tomando su pecho en la boca tanto como podía. Le apretó el pezón con la lengua, masajeándolo con movimientos circulares. Luego lo tiró con sus labios, chupándolo, hinchando el pezón, extendiéndolo hacia fuera, y luego calmándolo con sus labios. Isabella se arqueó hacia él, empujando sus caderas hacia arriba en silencio pidiendo más. No podía conseguir suficiente. Una década de hambre sensual clamaba por ser apaciguado.
—Dios, bebé. — gimió. —Me corro, ya no puedo contenerme. Se siente como el cielo.
Abrazándolo con fuerza, tomó la ola de su orgasmo, y los fuertes empujones que daba mientras gritaba, liberaron su propia avalancha de éxtasis. Este orgasmo fue diferente de los dos que había logrado antes. Habían sido amables, espontáneos, medidos, este era salvaje, profundo y absoluto. No se pudo contener, Isabella le mordió el cuello y luego echó hacia atrás la cabeza y gritó su nombre.
Ella se recuperó primero, como lo hacen las mujeres. Se tumbó sobre la cama con un brazo echado sobre los ojos, el pecho agitado aún por la fuerza de su clímax. Isabella se levantó, inclinándose sobre él, con ganas de decirle lo que su amor había significado para ella.
—Edward, cariño, tengo algo que decirte.
Ky no se movió.
—Te escucho, bebé. Pero no me pidas saltar de algún pequeño edificio de un solo brinco.
—Pues eres Superman. Puedo dar fe de ello.
Él se rio de sus palabras susurradas. Sabiendo lo rápido que las cosas podrían cambiar, ella tenía que contarle.
—Sólo en caso de que suceda algo, por si acaso nunca tenga la oportunidad de decir esto, quiero que sepas lo que han significado para mí este último par de días. Me has demostrado bondad, dulzura, amor y en la mayor de las medidas. Gracias, Edward. Si vivo hasta los cien años, nunca jamás te olvidaré ni lo que has hecho por mí.
Sus palabras solemnes lo impulsaron a actuar. De un solo golpe la agarró y revirtió sus posiciones.
—Hablas como si se trata de un acontecimiento de una sola vez, Isabella.
Su tono era suave, pero muy en serio.
—Este es sólo el comienzo, cariño. Tengo la intención de amarte una y otra vez, día tras día. Te quiero en mi vida. Me perteneces. ¿Lo entiendes?
Isabella acarició su rostro.
—Soy tuya durante el tiempo que me quieras. No voy a ninguna parte. Pero todavía hay cosas que tengo que decirte, si alguna vez encuentro la fuerza y el coraje. Cosas que van a ser difíciles de contar para mí y más difíciles para ti escucharlas. Cosas de las que me avergüenzo.
Edward estaba completamente alerta ahora, buscando en su rostro.
—No tengo ni idea de lo que estás hablando, pero sí sé que nunca podrías hacer nada malo. No eres capaz de ello. Recuerda, puedes decirme cualquier cosa, amor. No te escondas de mí. Mataría dragones por ti.
—Estoy tratando de encontrar una manera. Lo haré pronto, lo prometo.
Durante toda la noche, yacieron en los brazos del otro. Edward se despertaba y sólo se quedaba allí viéndola dormir. Si ella se despertaba, hacía lo mismo. Isabella no se había dado cuenta de que existía tal felicidad, y Edward estaba determinado a que la felicidad que compartían fuera permanente.
— Despierta, dormilona.
La alarma había despertado a Edward a las cinco y media de la mañana. Al no tener ropa para cambiarse, necesitaba llegar a su casa, ducharse, y vestirse. De pie junto a la cama de Isabella, se puso los mismos pantalones y la camisa sin abotonar. Mirando hacia abajo a Isabella, la encontró tumbada mirándolo con una pequeña y dulce sonrisa en su rostro.
—Buenos días, guapo.
Su voz sonaba ronca por el sueño. Entonces se dio cuenta que estaba vestido.
—No te vas sin mí, ¿verdad?
—Ni hablar, nena. Ve a la ducha y vístete mientras voy a mi casa a hacer lo mismo. Si pones una cafetera, estaré de vuelta en unos cuarenta y cinco minutos. Eso me dará tiempo para alimentar a mis perros y gatos y extender un poco de heno para el ganado. Traeré un par de tazas de café. ¿Qué te parece?
La vio estirarse y no deseaba otra cosa que volver a meterse bajo las sábanas con ella y amarla sin sentido. No podía esperar a hundirse en toda esa exuberancia de nuevo. Su pene creció, cargado de necesidad sólo de pensarlo. Se levantó.
—¿Puedo tener un beso antes de que te vayas?
Una vez más, su corazón se apretó. Estaba empezando a ser un sentimiento común para él.
—Voy a ser generoso y darte dos.
Se puso de pie sobre la cama y le echó los brazos al cuello, tomando la iniciativa con los besos y subiendo su presión arterial hasta niveles críticos.
—¡Esa es la manera de empezar el día!
La abrazó con fuerza.
—Date prisa en volver. Voy a estar esperándote.
Lo dejó ir.
Desde el bosque al lado de la cabaña, Jacob Black observaba a Edward irse. Su esposa se había convertido en una pequeña zorra ahora que estaba sola. Era el momento de recuperar lo que le pertenecía. Tal vez incluso habría tiempo para enseñarle a esa perra como eran las cosas. Enseñarle a complicar su vida. Nada se sentiría mejor que hundir el puño en su cara. No había nada mejor.
Mirando a ambos lados, comenzó a entrar en el claro. Se preguntó si estaría contenta de verlo.
Edward se apresuró. No podía esperar para volver con Isabella. Fergus y Beast no lo entendían. Consideró llevar a los perros con él esta noche, pero cuatro perros y cinco gatos en esa pequeña casa de campo sería un poco demasiado. Estaba pensando en traer a Isabella de vuelta a su casa. Eso sería nuevo, algo que nunca había hecho antes. Siempre había ido a casa de la dama. No para poder estar más cómodo, sino porque así podía salir cuando estuviera listo. Con Isabella, no quería dejarla ir.
Había alimentado al ganado y al gato antes de entrar en la casa. Los planes para la llegada de la noche comenzaron a correr por su mente. Quería que fuera algo especial. Su primer sábado por la noche. Tendría que hablar con Isabella y averiguar que le gustaría hacer.
La noche anterior había sido fantástica; una cena agradable, champán y hacer el amor con ella fue la experiencia más increíble que había experimentado nunca. Edward había estado con su parte de mujeres, pero ninguna había llegado cerca de lo que había tenido con Isabella.
Esta noche, quería probar cada pulgada de ella y, a continuación, encontrar consuelo entre sus piernas. Secándose, no se sorprendió al descubrir que, una vez más, estaba grueso, duro y desesperado por estar dentro de Isabella.
Rápidamente se puso la ropa, había batido su tiempo estimado por casi veinte minutos. Isabella demostró ser un poderoso incentivo. Iba a llegar pronto, y apostaba a que a ella no le importaría.
Isabella se decidió por una falda de algodón y un top. Nada del otro mundo, pero se sentía atractiva con ella. El color verde esmeralda hacía que sus ojos y el cabello lucieran bien. Tal vez. Tenía dificultades para ser objetiva. Por lo general, no creía que se veía bien en absoluto. Sólo un poco de maquillaje de ojos, brillo de labios, y estaba lista.
Al abrir la puerta del baño, oyó a los perros aullar. Pensando que Leroy estaba de vuelta, fue a por la comida. Alimentaría a Leroy, luego a todos los demás.
— Samson. Rover. Está bien, es sólo Leroy.
Sin embargo, cuando se dirigía a la puerta, no había nada allí. Qué extraño. Y los perros no se calmaban, incluso después de que les aseguró que todo estaba bien. Dio unos cuantos pasos, apartándose de la puerta.
Por un momento, sintió una siniestra gota de pánico bajar por su columna vertebral. ¿Y si…? Pero no, eso era imposible. Nadie sabía dónde estaba. ¿Y por qué le importaría a alguien? A menos que fuera Sam, tenía miedo de Sam. Jacob, a su manera perversa la había protegido de Sam.
Un escalofrío de conciencia fluía por su espina dorsal. Podía sentir los ojos clavados en su espalda. Sin embargo, no había habido nadie allí. Y si se daba la vuelta para mirar de nuevo, seguiría sin haber nadie allí. Isabella se obligó a mirar hacia atrás, hacia la puerta.
Horrorizada, se dio cuenta de que se había equivocado. Un hombre estaba allí, justo al otro lado del cristal. Un hombre grande. Con el resplandor del sol naciente, no pudo distinguir alguna característica, simplemente una forma borrosa. Por un momento, su corazón dio un salto.
¡Edward! Entonces cayó en la cuenta de que el hombre era más pequeño que Edward. ¿Qué quería de ella? Su sangre se congeló en sus venas. Cada momento de terror que alguna vez había sentido se precipitó de nuevo con toda su fuerza.
Se volvió para correr, pero sabía que, si se iba por la puerta principal, él estaría sobre ella en un momento. Su única oportunidad era esperar que los perros lo mantuvieran fuera de la casa.
Se estremeció de miedo. Las lágrimas rodaban por sus ojos. Samson y Rover fueron implacables. Le dieron el coraje para salir de la línea de vista del hombre. Vio una mano alcanzar el tirador de la puerta. Con pánico, se acordó de que la puerta no estaba cerrada con llave.
Con Edward allí anoche, ni siquiera se había molestado en comprobarlo. No había habido ninguna necesidad. Cuando estaba con Edward, estaba a salvo. Lástima que no estaba allí, ahora. La puerta se abrió. El intruso estaba entrando, con perros o sin perros.
Samson empujó la puerta, golpeándola con una tremenda cantidad de fuerza. Eso fue suficiente para forzar la puerta a cerrarse, y cuando se trabó, Isabella se precipitó hacia adelante y giró la cerradura. El sol le daba en los ojos, una mirada reflejándose en el cristal. No podía distinguir su cara, pero sólo una hoja de vidrio la separaba de quien esperaba fuera de la puerta. Sabía que todo lo que tenía que hacer era romper el vidrio y que estaría adentro. Isabella comenzó a retroceder.
Un rugido llegó a sus oídos. Era una camioneta. Dejó escapar un suspiro. Edward. Reconoció el sonido del gran motor diesel. Miró hacia la puerta principal. Cuando volvió retrocedió con la mirada, el hombre se había ido.
