Capítulo 6
Se quedó allí. Todavía. Sola. Durante catorce meses, había sido capaz de respirar. Ahora, esa respiración era superficial y dificultosa. ¿Qué debería hacer? Edward no merecía complicaciones de este tipo. Él no necesitaba estar con alguien con un pasado como el suyo. Había estado a punto de contarle sobre los abusos, pero tener un susto como éste solo le daba ganas de recoger todo y correr nuevamente. La verdad era que no quería dejar a Edward. Su mente volaba. Un ligero toque en su brazo le envió al pánico total. Se estremeció y retrocedió, agachándose, anticipando el golpe que la derribaría.
—¡Isabella! Bebé, soy yo. ¿Qué pasa?
—Lo siento. Me has asustado.
Su voz temblaba.
—Cariño, nunca, nunca te golpearía. Me cortaría la mano antes de levantarla en tu contra.
Se relajó y le permitió acercarse a ella.
—Lo sé, Edward. Lo sé.
—Puede que sea grande, cariño. Pero sólo usaría mi talla para protegerte, no para hacerte daño. ¿Entiendes?
Ella asintió con la cabeza.
—¿Algo te asustó? Oí los ladridos de los perros.
Los perros todavía estaban actuando extraño. Caminaban de un lado a otro frente a la puerta. No era sólo Samson; Rover estaba actuando todo macho y protector, también.
Tal vez, podría decirle parte de esto.
—Había alguien en la puerta trasera.
Edward se dirigió inmediatamente a la puerta y la abrió.
—Sí, hay huellas aquí. Huellas grandes. Botas de tipo militar. Mi hermano, Anthony, lleva botas como esas. Empaca un bolso y busca a los animales, todos vosotros os quedáis conmigo esta noche. Y toma todo lo que no quieras dejar aquí, lo cargaré.
Aquellas palabras fueron música para sus oídos. A pesar de que sabía que debería repensarlo, quería estar con Edward y hacer que él se encargara de ella más que cualquier otra cosa en el mundo.
Siguió sus instrucciones. Lanzar varios tops y pantalones vaqueros en un bolso, no tomó mucho tiempo. Sus artículos de aseo eran lo siguiente. A continuación, los gatos y su comida. Los perros no fueron un problema. Siguieron fácilmente a Edward y se subieron en el asiento trasero.
—¿Puedo llevar mi caja de piedras preciosas y mis retales y mi libro de anotaciones?
Desde que había comenzado su nueva vida, el Dr. Horton le había sugerido que escribiera sobre eso. Hasta ahora, había hecho algunos avances. Cuando se había ido rápidamente, había agarrado una caja de papeles de la familia que tenían algunas fotos.
Sin embargo, no las había visto todas, simplemente había agarrado algunas de la caja original y metido toda su parafernalia con su libro de anotaciones. Tal vez, conseguiría tiempo para mirarlas cuando Edward estuviera trabajando o algo así.
—Claro. — Se inclinó y la besó. —No tienes que preocuparte. Tengo el más moderno sistema de seguridad. Yo me ocuparé de ti.
—Te creo.
Sabía que lo haría, si pudiera. Pero en realidad no sabía lo que había pasado. Afrontando los hechos, Sam estaba tan loco como su hermano, y le había prometido que la violaría si alguna vez tuviera la oportunidad. Edward necesitaba saberlo. Iba a tener que ser sincera, o dejarlo solo.
Se detuvieron junto a su casa y descargaron todo. No pasaron más que unos noventa segundos para que los animales se familiarizaran. Todos eran de buen carácter y accesibles. Dejó dos cajas y su pequeña maleta junto a la puerta. Luego conectó la alarma. Pasaban semanas enteras que ni siquiera se acordaba de programarla, o para el caso cerrar la puerta. Ahora, sería diferente. Ahora tenía un tesoro que proteger. Isabella.
Más tarde, averiguaría lo que estaba pasando. ¿Tenía ella alguna idea de quién podría haber llegado a escondidas? Y, ¿por qué estaba tan asustada que se encogió ante un simple toque? Esta noche, cuando se acostará en su cama y en sus brazos lo averiguaría. Hablaría con ella después de hacer el amor.
—¿Qué?
Edward se rió de sí mismo. Antes, cuando pensaba así, habría pensado en sexo. Ahora, estaba pensando en hacer el amor. ¿Cómo pasó de 'sexo' hasta 'hacer el amor'? No había sido un viaje duro.
Cuando regresaron a la camioneta, ella se deslizó tan cerca de él como pudo.
—Gracias, Edward. Eres muy bueno conmigo.
Edward le sonrió.
—De nada. Te recibo en mi casa y en mi cama esta noche. Como dije, el placer es todo mío.
No tuvieron que ir muy lejos. La iglesia Bautista donde se realizaba el Programa de Distribución de alimentos no estaba muy lejos de la casa de Edward, a unos dieciséis kilómetros. Cuando llegaron, el camión de dieciocho ruedas que traía la tienda de comestibles ya estaba allí. Orgulloso, Edward la acompañó, la presentó a una docena de damas y rápidamente le enseñó todo. Antes de que Edward saliera para ayudar a descargar el camión y ordenar la comida, la empujó a un lado y la abrazó con ternura.
—Voy a cuidar de ti. No te preocupes ni por un momento. Nunca tendrás que estar sola de nuevo, no si no lo deseas.
Le dio un beso en la frente y salió a ayudar a los hombres.
Una mujer llamada Angela la tomó bajo su ala. Puso a Isabella en la última mesa detrás de un cartel que decía 'huevos' y le explicó que después de que trajeran todo el alimento a granel, los hombres traerían cajas individuales y las mujeres colocarían un artículo de cada en el interior de las cajas para hacer combinaciones por clientes.
—Soy nueva, Angela. ¿De verdad cree que debo estar a cargo del producto más frágil?
—Eres la mujer más joven aquí, hija. Debes de tener nervios y manos más firmes que las nuestras.
Isabella sonrió ante la observación. Pronto las cosas se pusieron en marcha. Cartones de huevos fueron colocados en la mesa delante de Isabella. Pero todo lo que Isabella podía ver era a Edward. Trajo varias cajas grandes y cada vez, la buscaba con la mirada y le daba una sonrisa privada. Ella sabía que estaba pensando acerca de lo que habían hecho la noche anterior y esperanzadamente, lo que estarían haciendo esta noche.
Después de que trajeran toda la comida, era el momento de llenar las cajas. Cada uno de ellos tomó una caja de buen tamaño, caminaban por el pasillo y cada mujer colocaba un artículo en la caja. Era una cadena de montaje. Edward pasó por ella cuatro veces. Cada vez, se inclinaba y le susurraba algo al oído. La primera vez fue, "no tengo ropa interior. ¿Tú sí?". Isabella casi dejó caer los huevos.
La segunda vez, estaba esperando algo más ligero y gracioso. La sorprendió de nuevo. Le susurró, "estoy dolorido por estar dentro de ti". Sus ojos estaban oscurecidos por el deseo y el calor.
La tercera vez, temblaba cuando él se inclinó y dijo, "¿Quieres que tengamos una relación en serio?". Eso la hizo sonreír.
La última vez, se inclinó hacia ella y en lugar de susurros, la besó con fuerza, justo en los labios, delante de Dios y de todo el mundo. Recibieron una ronda de aplausos salvajes. Isabella dejó caer los huevos. Por suerte, había más.
Isabella disfrutaba viéndolos a todos trabajar juntos. Después de que todas las cajas estuvieron llenas, los hombres ayudaron a cargarlas en los autos de los clientes, ya que muchos de ellos eran madres solteras o personas de edad avanzada.
Cuando cada caja se había ido, ayudaron a limpiar, levantando las mesas y sillas y barriendo la sala comunitaria de la iglesia de modo que estuviera lista para el próximo evento.
Edward salió afuera con los otros hombres, atendiendo el montacargas, apilando los palés, y llevándolos a la papelera de reciclaje para ser recogidos. En un momento entró corriendo de nuevo con una gran sonrisa en su rostro.
—¿Te importa si vamos al parque un rato? Algunos de los chicos quieren jugar un partido de fútbol americano.
Se veía tan excitado como un niño pequeño.
—No, no me importa. Vamos. Me encantaría verte en acción
Lo que Edward no se dio cuenta, aun, era que no importaba dónde estuvieran; lo importante para ella era que estuvieran juntos. Además, quería mantenerse ocupada. Necesitaba tiempo para pensar en lo que había sucedido esta mañana.
¿Era alguien conocido? ¿Podría ser uno de los hombres de Jacob? ¿Podría ser el mismo Sam?
En el parque, encontró una silla junto a algunas otras mujeres y se dispuso a ver el partido. Se sintió aliviada al ver que era un grupo totalmente diferente de personas. Personas más jóvenes.
El otro grupo era agradable, pero sin duda incapaz de jugar al fútbol. Edward le presentó a otra ronda de mujeres y sus maridos. Algunos de ellos tenían preciosos niños pequeños. Las mujeres hablaban. Los hombres jugaban y los niños se entretenían.
Edward sabía jugar, de hecho, era genial. Nadie tenía una oportunidad en el otro equipo, no cuando Edward tenía el balón. Isabella gritó hasta que se quedó ronca. Todo iba bien, hasta que Isabella se asomó y vio que uno de los niños pequeños se había acercado al campo. Nadie parecía haberlo notado. Isabella buscó a su madre, pero no estaba por ningún lado. Un balón había sido pasado y los hombres estaban luchando por todas partes. Isabella no pudo soportarlo; se precipitó hacia afuera para recoger al bebé.
Edward avanzaba a gran velocidad por el campo. Ese balón le pertenecía. Se volvió y miró hacia arriba, atrapándola con seguridad. Ahora, todo lo que tenía que hacer era llegar a la línea de meta. Se volvió y aceleró para mantenerse por delante del propósito de los chicos de lanzarlo al suelo. Alguien gritó algo, pero Edward estaba demasiado centrado en el juego que estaba haciendo para notarlo. De la nada, algo pequeño corrió delante de él, él se desvió y cuando lo hizo, golpeó algo más… fuerte. Edward había derribado a algunos de los hombres más grandes, y a varios de ellos los dejó en el campo sobre una camilla. Lo que había golpeado esta vez había sido de peso ligero en comparación. Oyó jadeos. Mirando a su alrededor, la vio.
Era Isabella. Yacía arrugada en el campo. ¿Qué había estado haciendo?
—¡Dios, Isabella!
Corrió hacia ella.
—Oh, bebé.
Se arrodilló junto a ella. Varios otros corrieron.
—Había un niño pequeño en el campo, Edward. Esta chica estaba tratando de sacarlo del camino. ¿Quién es? ¿La conoces?
—Sí, la conozco. — respondió con dureza. —Es mía.
Edward pasó las manos por todo su cuerpo. Estaba inconsciente.
—¡Maldición!
¿Qué había hecho? Sin pensar, la agarró, la abrazó, y se dirigió a la camioneta.
—No deberías moverla, Edward. — Le advirtió alguien.
—La voy a llevar al hospital. Creo que no hay nada roto.
Alguien que trataba de echar una mano abrió la puerta de la camioneta. Edward puso a Isabella en el asiento y casi se rompió el cuello tratando de llegar al otro lado. La clínica estaba sólo a once kilómetros de distancia, pero se sentía como un centenar. Entrando en la sala de emergencia, Edward no esperó a una enfermera y una silla de ruedas. La llevó al lugar y exigió ayuda.
Por suerte, Jasper estaba de guardia.
—Edward, ¿cuál es el problema, compañero? ¿Otra serpiente?
Jasper lo dirigió a una de las salas de examen y él acostó a Isabella. Jasper estaba bromeando, pero Edward no estaba de ánimos. Hizo una mueca a su amigo.
—¿Qué pasó? ¿Fue un accidente de coche?
El médico comenzó su examen preliminar. Revisando si había huesos rotos. Escuchando su corazón. Mirando sus pupilas.
—Ella salió delante de mí mientras yo estaba jugando fútbol. La tiré al suelo. Muy fuerte.
La respiración de Edward venía a tragos.
—Bueno. Haremos una resonancia magnética y nos aseguraremos de que nada está mal. ¿Vale?
— Vale.
— ¿Por qué no vas a la sala de espera? Iré por ti cuando sepa algo.
Poco a poco, Edward se dio la vuelta y se alejó. No podía creer que había hecho algo tan estúpido. No había mirado hacia la derecha o la izquierda.
—¡Oh Dios!, ¿qué pasa si estaba herida gravemente?
Se sentó allí por lo que parecieron horas. Se inclinó, con la cabeza entre las manos y esperó. Finalmente, Jasper salió con una mirada divertida en su rostro. Se dejó caer junto a Edward. Inmediatamente, Edward fue presa del pánico, esperando lo peor.
—¿Va a estar bien?
—Sí. La golpeaste bastante duro. Está todavía inconsciente, pero no veo ninguna evidencia de una conmoción cerebral. Debería salir de ello pronto. Pero tengo otra pregunta. ¿Qué ha estado haciendo esta chica? ¿Senderismo de montaña, deportes extremos, etc., o sólo es increíblemente propensa a los accidentes?
—No, ¿por qué?
Edward no sabía a dónde quería ir a parar Jasper.
—Mi evaluación muestra que ella ha tenido al menos trece huesos rotos en los últimos años. O bien ha estado haciendo algún tipo de deporte extremo, Edward... o tendría que decir que ha sido objeto de abusos. A mí me parece como si hubiera sido severamente golpeada, en repetidas ocasiones. Si Isabella estuvo casada, tendría que decir que ella era una mujer maltratada.
Edward se sentó allí, aun aturdido por las palabras del médico.
—¿Abusada? Sin embargo, ella no ha dicho una palabra...
Sus palabras se desvanecieron cuando se dio cuenta que ese era el secreto de Isabella. Abuso era a lo que se había estado refiriendo. Era por lo que estaba tan nerviosa y asustadiza. Tenía todas las razones del mundo para estarlo, pero no a su alrededor. Edward nunca, nunca le haría daño.
¡Mierda! Acababa de hacerlo, pero no a propósito. ¡Maldita sea!
—Las estadísticas muestran que las mujeres más abusadas ocultan sus situaciones durante el mayor tiempo posible. Tienen miedo de ser compadecidas y/o culpadas, a veces más de lo que temen a los abusos en sí.
Edward podía sentir como las lágrimas pugnaban por salir.
—Jasper, ¿trece huesos rotos? Dame más detalles.
No sabía si podía soportar oírlo, pero necesitaba saber.
—Después de los resultados de la resonancia magnética, la envié a rayos X. Su muñeca derecha se ha roto dos veces. Su muñeca izquierda una vez.
Edward podía imaginar a un monstruo descomunal agarrando a Isabella y forzando su brazo tras su espalda hasta que se rompiera.
—Continúa.
—Costillas. Vi al menos tres roturas allí. La parte superior de cada pie se ha roto, como si su pie fuera aplastado por alguien que lleva una bota pesada.
Edward hizo una mueca. Si el hijo de puta no hubiera muerto ya, él lo habría matado.
—¿Qué más?
—Dos dedos, una clavícula, el hombro derecho y su pierna izquierda por encima de la rodilla; probablemente con un bate de béisbol.
—¡Querido Dios! Jasper, ¿cómo puede ser esto? Su cuerpo es perfecto. No hay una marca en ella, ella es completamente perfecta.
—Tenía un buen médico, alguien muy competente en huesos rotos. Esto significa que fue llevada inmediatamente al hospital o a una clínica. Y porque ha habido tantos huesos rotos, tendría que suponer que el médico estaba metido en esto de alguna manera.
—¿Qué quieres decir con, "metido en esto"?
—Los médicos y hospitales se supone que deben informar de las lesiones sospechosas. Debido a la gran cantidad de lesiones de Isabella, es evidente que el que la trataba optó por no denunciar o detenerlo. El cuidador, en esta situación, miraba para otro lado.
—Había alguien a escondidas alrededor de su casa hoy.
—¿El maltratador? — Preguntó Jasper rápidamente.
—Isabella es viuda. Su marido, Jacob Black, un sheriff del oeste de Texas, está muerto. A partir de lo que ha contado de otras cosas, él era el abusador. No sé quién estaba fuera de su puerta. Tal vez, es sólo una coincidencia.
—Suena sospechoso para mí.
—¿Puedo verla?
Edward se puso de pie, decidido a no aceptar un no por respuesta.
—Sí, debe despertar pronto.
—¿Qué debo hacer, Jasper?
Edward se sentía casi impotente. Quería caminar hasta allí, recogerla y no dejarla ir nunca.
—¿Si fuera mía? La abrazaría, la amaría, y la haría hablarme, y la protegería con cada aliento de mi cuerpo.
—Hecho.
La caminata por el pasillo fue difícil para Edward. Lo que Jasper le había dicho le estaba comiendo las entrañas, como el ácido.
¡Isabella había sido abusada! ¡Torturada!
Era tan pequeña y suave y preciosa. ¿Cómo puede alguien que se llama a sí mismo hombre, herir a alguien tan frágil, especialmente alguien que había confiado en él su cuidado? ¡Trece huesos rotos! No podía comprenderlo.
Al llegar a la puerta, se detuvo dándose tiempo para calmarse. No sería de ninguna ayuda para ella si perdía el control. Lo que lo volvía loco era que no había nadie a quien pudiera hacer pagar. Dios, lo que no daría por tener a ese hijo de puta a su merced durante una hora, trece huesos rotos parecerían un picnic comparado al daño que él le causaría.
Abriendo la puerta, entró para ver a su bebé. Se veía muy pequeña acostada en la cama. Su hermoso cabello oscuro se desplegaba sobre la almohada, sus pestañas oscuras en contraste con su piel pálida. Edward se acercó y cogió su pequeña mano, sosteniéndola con ternura. Le dio la vuelta a la mano, recordando que alguien había roto deliberadamente sus dedos y su muñeca.
El dolor lo atravesó. Daría cualquier cosa si pudiera llevarse cada momento de dolor que ella hubiera soportado.
¿Qué clase de hombre podía lastimar a una mujer como ésta?
Sin soltar su mano, llegó detrás de él y acercó una silla y se colocó tan cerca como pudo. Apoyando la cabeza en la cama, Edward Cullen se aferró a ella y lloró.
Isabella se esforzó por despertar. Era como si estuviera tratando de caminar a través de una niebla densa. ¿Por qué tenía mojada la mano? Trató de levantarla, sólo para darse cuenta de que estaba siendo sostenida de forma segura. Al abrir los ojos, lo vio. Él no la había dejado.
—Edward. Estoy muy contenta de que estés aquí.
Poniéndose de pie, Edward se inclinó y la tomó en sus brazos.
—¿Y dónde más podría estar?
Hizo llover besos por toda su cara. Ella lo abrazó y lo besó.
—Siento haberme puesto en tu camino. He arruinado el partido de fútbol y aquí estás perdiendo el tiempo en el hospital.
—¿Tú lo lamentas? Bebé, me gustaría no haberte lastimado. Dios, cuando te vi allí tendida, casi pierdo la cabeza.
La ayudó a acomodarse en la cama, así él podía sentarse y abrazarla.
—Está bien Edward; sé que no querías hacerme daño.
Le tomó la cara en las manos, con ternura tocó sus labios.
—Quiero ir a casa. Contigo.
Se aferró a él, con fuerza, dijo lentamente.
—Edward, es hora de que te diga la parte más fea de mi pasado. Se está volviendo una carga demasiado grande para llevar.
—Lo sé, bebé. —trazó suavemente el pulgar por la mejilla.
—¿Lo sabes? ¿Cómo?
—Jasper me dijo lo que encontró en los rayos X y en la resonancia magnética. Me habló de los trece huesos rotos. — Edward habló en voz baja.
Isabella se retiró de su abrazo, su rostro encendido por la emoción.
—No quiero que sepas esa parte.
—¿Por qué, amor? No escondas nada de mí, ¿por favor?
—Edward, estoy tan avergonzada.
Se aferró a la ropa de cama, abriendo y cerrando su puño.
—No tienes ninguna razón para avergonzarte. No fue culpa tuya. Era Jacob, ¿verdad? Era tu marido el que abusaba de ti.
Edward casi se atragantó con las palabras.
—Sí. Era Jacob. Casi desde el principio sabía que las cosas no eran normales. Estuve segura de eso cuando no quiso tocarme en nuestra noche de bodas.
Idiota, pensó Edward. Le frotó la espalda con suavidad.
—Te amé ayer por la noche, Isabella. El regalo de tu virginidad fue precioso para mí.
—Edward, he pensado en eso. Hay lados positivos. Si no hubiera sido por el abuso de Jacob, nunca habría escapado y nunca te habría conocido. Pero, como te decía, Jacob comenzó a abusar de mí casi desde el principio. Golpeándome, hiriéndome con la forma en que me hablaba. Por lo general, no me hacía suficiente daño como para enviarme a la sala de emergencias. Los huesos rotos eran para ocasiones especiales.
—Bebé, lo siento mucho.
Trató de consolarla, pero ella siguió adelante con su historia.
—Traté de irme, Edward. Lo intenté una y otra vez. Pero Jacob tenía una red. El juez del condado era su hermano, el fiscal era su primo y tenía compinches en todas partes, abogados, policías de tráfico, médicos de la sala de emergencia. Cada vez que trataba de escapar, me rompía un hueso.
Las lágrimas corrían por su rostro. A ciegas, se volvió y buscó el calor de su cuerpo.
—Nadie te va a tocar de nuevo. No los dejaré. Te lo prometo.
—¿Me llevas ya a casa?
