Capítulo 7

— Me siento bien, Edward. No tienes que atenderme.

Isabella trató de levantarse del sofá, pero Edward la sujetó, juguetonamente. Durante dos días, eso era exactamente lo que había estado haciendo.

—Tienes que cuidarte. Atenderte me hace feliz.

Como se retorcía, le hizo cosquillas suavemente.

—Dime lo que quieres y yo te lo daré.

Dejó de moverse.

—Bueno. Me siento muy bien y estoy cansada de estar acostada aquí sin hacer nada. Por favor, déjame salir y muéstrame tu taller de sillas de montar. Después, quiero que me hagas el amor. ¿Harías eso por mí?

Cerrando los ojos, brevemente, envió una oración de gracias al cielo. Ella quería hacer el amor con él.

—Oh, bebé. Puedo hacer eso.

La echó en sus brazos tan rápido que le quitó el aliento.

—¿Estás segura de que lo deseas?

—Sí. Quiero ver donde haces tus sillas de montar y cinturones.

—Eso no es de lo que estoy hablando, bebé. ¿Segura que quieres hacer el amor?

Abrió la puerta del pequeño estudio. El olor a cuero y aceites era rico y aromático. Estaba oscuro y caliente en la habitación, perfecto para un interludio romántico.

—Mi amor…— comenzó ella, capturando su atención —…nada me haría más feliz o haría que me sintiera mejor que tenerte enterrado profundamente dentro de mí.

Sin romper su mirada, la condujo hacia una silla de montar sentándola en una posición y altura justa para ayudarles en su vida sexual.

—Dios, me excitas hasta el infierno. ¿Me ayudarías a cumplir una de mis fantasías?

—Con mucho gusto, siempre y cuando eso signifique tocar tu cuerpo, estoy en el juego.

—Mi cuerpo está a su disposición veinticuatro-siete, nena. Ni siquiera tienes que preguntar.

Edward la miraba con tanto calor que ella juró que podía ver bailar humo entre ellos. Audazmente, se acercó a él y colocó la palma de su mano sobre la gruesa cresta de su pene.

—Entonces, ¿esto está permitido? ¿Te puedo tocar así?

Hizo más que tocar; dobló la mano alrededor de él y lo apretó a través de sus pantalones. Aspiró aire por la nariz.

—Sí, si yo puedo tocarte, así.

Reflejó su movimiento, ajustando la palma sobre el monte de Venus, deslizando los dedos entre sus piernas y levantándolas. Su falda era delgada y no demostró ninguna barrera para su sensual asalto. Observó a Isabella cerrar los ojos mientras flechas de placer la atravesaban.

—Desnúdate para mí, Isabella. Y yo me desnudaré para ti.

Comenzó sacándose la camisa de los pantalones y quitándose los zapatos y los calcetines. Ella le respondió del mismo modo, salió de sus zapatos y bajó la cremallera de su falda.

—¿Quieres que me quite todo, Edward?

No estaba siendo tímida, era solo que años de incertidumbre e inseguridad habían pasado factura.

—Por favor, bebé.

Ella esbozó una pequeña sonrisa tierna y accedió. A medida que bajaba su falda y tiraba del top por encima de su cabeza, él se quedó inmóvil, paralizado por su belleza.

Cuando ella estuvo completamente desnuda, vio que había ganado la carrera y gentilmente lo ayudó.

—Eres magnífico, Edward.

Después de empujar la camisa por sus hombros, pasó sus dedos a través de la fina capa de vello que cubría sus pectorales, lo que le hizo temblar de necesidad.

— Estoy lista.

—¿Lista?

No podía pensar con claridad.

—Dijiste que, si estaba mojada, significaba que estaba lista para ti. Entonces estoy lista.

Brevemente, cerró los ojos y dio gracias al cielo por esta hermosa mujer.

—Oh, bebé. Estoy más allá de estar listo. Ahora, acerca de mi fantasía, deja que te enseñe lo que he estado soñando durante años. Cada vez que termino una silla de montar y la veo aquí, me gusta imaginar a una hermosa mujer acostada a través de ella, así.

Lo dejó acomodarla encima de la silla, su trasero desnudo en el aire, sus pechos llenos colgando por el otro lado.

—Dios omnipotente. Espero poder durar el tiempo suficiente para estar dentro de ti.

Mientras hablaba, se enfundaba rápidamente la protección.

—Isabella, me gustaría tener una cámara. No tienes idea de lo absolutamente pecaminosa que te ves.

—Me siento pecadora y desenfrenada. Por favor, Edward. Móntame.

Isabella sabía exactamente lo que estaba haciendo. El lenguaje explícito lo encendía. Y eso hizo, montarla. Ella empujó su trasero en el aire, igual que una yegua en celo. Edward la cubrió desde atrás, usando sus piernas para separar las de ella aún más.

—¿Estás segura de que estás lista para mí, bebé? —Le preguntó mientras metía un dedo en sus pliegues, sólo para asegurarse.

Ella asintió con la cabeza, incapaz de hablar. Ante su aceptación sin aliento, él se dejó ir y se sumergió en ella. Ella arqueó la espalda y gritó de alegría. Preparándose para el largo recorrido, se inclinó hacia delante, tomó un pecho en cada mano, y empezó a montarla.

—Oh, sí. — gemía Isabella, amando la sensación de ser tomada tan a fondo.

Bajó la mirada hacia sus pechos cubiertos por sus grandes manos ásperas y casi se desmaya ante la vista. Él frotaba, masajeaba, y pellizcaba sus pezones, todo diseñado para alimentar el frenesí de su calor.

—¿Es esto lo que quieres, nena? ¿Se siente bien?

Sin esperar una respuesta, la cubrió y la mordió en el hombro, al lado del cuello.

—¡Sí! — Gritó ella, empujando hacia atrás con fuerza, tratando de tomar tanto de él como fuera posible dentro de ella.

Sacudió la cabeza, moviendo su pelo al viento. Nunca se había sentido tan liberada o tan libre. Edward le había devuelto su autoestima y su confianza en sí misma como mujer. Así que buscaba darle a él todo lo que podía a cambio.

— Oh, Edward. Me llenas tan bien. No pares por favor, no pares.

Podía sentir la cabeza de su inmenso pene presionando contra su vientre, cada golpe frotaba contra su esponjoso punto G, inflamando aún más el éxtasis. Gemidos de placer se le escapaban; era lo único que podía hacer para no gritar con todas sus fuerzas.

Tal vez se debía a que había sido bendecido lo suficiente como para haber tenido tres orgasmos en los últimos dos días, o tal vez eran sólo las circunstancias, pero Edward estaba más grande y más fuerte de lo que jamás podía recordar haber estado y sentía que podía seguir toda la noche. Comenzó a empujar; lento, deliberadamente, empalando a Isabella una y otra vez. Ella arqueó su torso, empujando sus pechos contra sus palmas y gimiendo de puro placer, sin adulterar.

—Eres mía, Isabella. Me perteneces. — gritó al aire como una bendición.

Ante la declaración de propiedad de Edward, el orgasmo de Isabella parecía hacerla salir volando. Ola tras ola la golpeó, haciendo que su cuerpo corcoveara contra él. Edward sintió que su cuerpo comenzaba con los espasmos y la abrazó con fuerza hasta que dejó de temblar. Moviendo las manos desde sus pechos hasta su cintura, la levantó en brazos y la atrajo hacia su agotado cuerpo. Poniéndola sobre sus pies, gentilmente le dio la vuelta, dejándola sentarse de costado y entró en ella desde la parte delantera.

—Pon tus piernas alrededor de mi cintura, bebé, quiero más.

Isabella hizo lo que le pidió, tirando de él más cerca, sus talones clavándose en sus caderas.

—No debo tener miedo, nunca más. Nunca me harías daño, ¿verdad?

—Nunca.

—¿Estás aquí conmigo?

Edward casi no podía hablar, pero sabía que ella necesitaba escuchar esto.

—Si bebe. Sigo aquí.

—No estoy gorda o soy fea.

—Eres perfecta.

Lo que ella era… es amada. No lo había dicho todavía, pero era cierto. La amaba con cada fibra de su ser. A medida que Edward se empujaba en ella, Isabella hacía cosas increíbles con su cuerpo para darle placer. Utilizaba las paredes internas de la vagina para acariciarlo y exprimirlo.

Sus esfuerzos no pasaron desapercibidos, fueron apreciados.

—Maldita sea, cariño. ¡Eres una delicia para amar!

Inclinándose, chupó un pezón en su boca. Cuando lo hizo, catapultó a Isabella a otro orgasmo y esta vez sus gemidos de placer y pequeñas convulsiones provocaron el clímax de Edward.

Golpeando profundamente dentro de ella, su semilla latió fuera de su cuerpo con cada latido de su corazón. Se aferraron el uno al otro, intercambiando besos, susurrándose palabras cariñosas.

Ninguno de los dos notó que el condón se había roto.


—Eres un maestro artesano, Edward. Nunca he visto un trabajo más hermoso.

Isabella hablaba con asombro mientras examinaba el fabuloso tallado en la silla de montar que, el día anterior, había dado una base para su pasión. Su visita al taller de sillas de montar había sido interrumpida el día anterior, cuando un cliente casi les había sorprendido. Avergonzada, Isabella se había retirado a la casa mientras Edward se había ocupado de los negocios. Esta fue la primera oportunidad que tuvieron para reanudar la gira.

—Gracias, cariño.

Llevó afuera otras piezas para compartir con ella y todas la impresionaron igualmente. Caminó lentamente alrededor del estudio y su área de trabajo, absorbiendo la sensación de su dominio. Una caja de tiras de cuero en el suelo le llamó la atención. Eran largas, algunas hasta de treinta centímetros, y estrechas.

—¿Puedo? — le preguntó antes de recoger la caja.

—Claro, nena, son sólo retazos.

La vio levantarlos y examinarlos.

—¿Tienes planes para estos?

Su mente daba vueltas con posibilidades.

—Sólo el cubo de la basura.

— ¿Puedo comprártelos?

Lo miró expectante. Atrayéndola hacia él, Edward se sentó en un taburete y la sentó en su regazo.

—¿Qué pasa contigo y el dinero, dulzura?

Tocó la pieza de cuero que ella tenía en la mano.

—Te dije que éstos están destinados al basurero. ¿De verdad crees que tomaría tu dinero?

—Te debo tanto, ya, Edward. No puedo simplemente seguir tomando. He estado en la sala de emergencias dos veces. No me vas a enseñar las facturas, pero estoy segura de que te debo miles de dólares. Además de eso, nos has dejado pasar contigo mucho más tiempo de lo que pretendía. Eres demasiado bueno para mí.

Hablar de dinero la hacía sentir incómoda, pero sabía que era necesario. Había pasado años a merced de un hombre que contaba cada centavo, no sabía de qué otra manera actuar.

—Vamos a pensar en esto.

La voz de Edward era infinitamente tierna.

—Tu primera visita al hospital fue porque atrajiste a una feroz serpiente de cascabel lejos de mí, y terminaste siendo mordida, salvándome. La segunda visita a la sala de emergencia era necesaria porque corrí sobre ti como una máquina quitanieves. En cuanto a ti estando aquí y ahora, me haces feliz. ¿Estás comenzando a hacerte una idea? Soy responsable de esas deudas. Mírame.

Ella obedeció.

—Quiero ser responsable, Isabella. Quiero ser responsable de ti.

Isabella secó las lágrimas de sus ojos. Nunca nadie le había mostrado antes tanta consideración.

—¿Así que puedo quedarme con esto?

Levantó las largas tiras de cuero.

—Sí, puedes. ¿Qué vas a hacer con ellas?

— Espera aquí. Te voy a mostrar.

Saltó de su regazo y salió corriendo de la habitación. En un momento estaba de vuelta con su caja de suministros de joyería.

—¿Planeas trabajar aquí por un rato?

—Tengo cosas que debo hacer. Sin embargo, mi prioridad es pasar tiempo contigo, amor.

—Vamos a hacer ambas cosas. Tú trabaja en lo que necesites, y yo encontraré un lugar y veré lo que puedo hacer con las tiras de cuero. ¿De acuerdo?

La vio dirigirse a la esquina y tumbarse en el suelo.

—Bella, no tienes que sentarse en el suelo.

Ella le dio su mejor sonrisa, le gustaba la forma en que acortaba su nombre; sonaba tan familiar.

—Hago mis mejores trabajos en el suelo.

—Voy a tener que recordar eso.

¡Maldita sea! Su pene estaba tomando su inocente comentario como una invitación privada.

Al principio, pensó que tenerla en el taller de talabartería resultaría ser una gran distracción. En contra de su suposición, ambos encontraron su ritmo y el tiempo pasó volando. Edward acababa de fijar el último concho de plata a un cinturón cuando sintió su suave y cálido cuerpo ceñirse a su espalda. Se inclinó hacia ella, disfrutando del contacto. Una ligera presión en el pecho le hizo consciente de que estaba abrochando algo alrededor de su cuello.

Mirando hacia abajo, vio un cordón trenzado intrincadamente ligado con pequeñas secciones de cadena de plata.

Colgando de ella había un pequeño Ave Fénix, o ave del trueno, formado con exquisito detalle.

—Mira esto. Puedo ver cada pluma. Bella, ¿tú hiciste esto? ¿Justo ahora?

—El Ave Fénix no. Lo tallé la semana pasada.

Él hizo girar su asiento para mirarla.

—La plata se ve muy bien en tu piel, ¿no es así?

Edward examinó el acabado. Había degradado el cuero en partes aún más pequeñas, y luego cuidadosamente lo entretejió con la plata.

—Isabella, no tenía idea de que podías hacer algo así. Tienes gran talento.

—Quiero ver cómo se ve al lado de tu piel.

El aliento de Bella estaba saliendo en pequeños jadeos acalorados, mientras lo miraba a la cara esperando su permiso. Lo que vio fue el deseo más absoluto.

—Me lo tomaré como un sí.

Poco a poco, empezó a soltar los botones, uno por uno, hasta que su camisa quedó abierta y el Ave Fénix se enclavaba en el vello de su pecho, igual que sus pezones marrones y planos.

—Eres muy atractivo, Edward.

Antes de que él tomara su siguiente respiración, Bella saboreó un pezón y frotó el otro en pequeños círculos concéntricos. Cuando él empezó a empujar su cabeza hacia arriba para un beso, ella hizo un poco de ruido para disuadirlo. Estaba decidida, este era su turno.

Edward apoyó los codos sobre el mostrador detrás de él y la dejó jugar. Cerrando los ojos, dejó que su excitación se acumulara.

Nunca en sus sueños más salvajes había alguna vez imaginado encontrar a alguien tan totalmente adecuada para él como lo era Isabella.

Ella continuó la exploración de su pecho y comenzó otra expedición más al sur, masajeando su creciente longitud a través de sus pantalones vaqueros.

—Bebé, bebé, me vas a hacer explotar. ¿Por qué no llevar esto al dormitorio?

Isabella no requirió de mucha persuasión. Permitió que la condujera a la puerta y de vuelta a la casa. Los perros estaban saltando alrededor y los gatitos tenían juegos de guerra en el porche, pero Edward y Bella sólo tenían ojos el uno para el otro.

Una vez en su habitación, la empujó suavemente hacia atrás en la cama.

— Has tenido tu diversión, ahora tendré la mía.

Con rápidos movimientos, rasgó la ropa de su cuerpo. Lo había preparado tanto, que pensaba que iba a estallar. Hasta ahora, había sido así cada vez. Estaba decidido, esta vez iba a ser diferente, esta vez no iba a perder el control. Sí.

Isabella estaba temblando. Ella se deslizó hacia atrás, dando cabida a su gran cuerpo. Sin embargo, Edward tenía otras ideas. Tomándola detrás de las rodillas, tiró de ella hacia adelante, hasta que su trasero estaba en el mismo borde. Hundiendo sus rodillas, Edward se dispuso a dejar sin aliento a Isabella.

—Oh, Edward, no. Yo nunca…

—Silencio, bebé. — susurró cuando empezó a mordisquear la carne sedosa, y suave de su muslo. —He querido hacer esto desde la primera vez que te vi, pero me tenías tan jodidamente excitado que no podía dejar de sumergirme en lo más profundo de ti. Esto podría matarme, pero moriría feliz.

Con la lengua y los labios, Edward comenzó un tentador viaje hacia el tembloroso sexo de Isabella.

—Eres tan hermosa. No puedo esperar a probarte.

Bella estaba hipnotizada. Se levantó sobre sus brazos con hambre de ver el espectáculo glorioso de Edward amándola. Y, Dios, era un espectáculo digno de contemplar. Él se sentía como en casa entre sus piernas, su hermoso cabello castaño contrasta fuertemente con la piel blanca de sus muslos que mantenía abiertos con sus robustas y fuertes manos.

Con la lengua y los dientes, le daba placer. Nunca había sentido algo tan alucinante en su vida. Suave como la seda, tiernos besos y delicados barridos de su lengua, todo combinado para llevarla lentamente a la locura.

Cuando empujó su lengua dentro de lo profundo de ella, se derrumbó, incapaz de sostener la cabeza por más tiempo. Las sensaciones que estaba tratando de procesar eran indescriptibles. Que Edward hiciera algo tan desinteresado por ella estaba más allá de su imaginación.

A medida que la tensión se acumulada en ella, empujaba hacia atrás con los hombros y levantaba las caderas, sus gemidos y sus gritos de placer llenaban el aire. La tensión aumentó, hasta que su mundo explotó, y llamó a su amado.

—Edward, Edward, ven aquí bebé. Te necesito tanto.

Él vaciló sólo un momento, revistiéndose a sí mismo con un condón, y luego fundió su boca a la de ella y dejó que su pene encontrara su objetivo como un misil guiado por el calor.

—¡Ahhh! — jadeó Isabella en alivio absoluto.

Edward se empujó en ella una y otra vez. Estaba tan más allá de excitado, que tendrían que crear un nuevo nombre para esto. Tomó sus dos manos entre las suyas, entrelazó sus dedos con fuerza, y las mantuvo por encima de su cabeza.

Sus pechos temblaban y balanceaban con el movimiento de sus cuerpos mientras empujaba en ella una y otra vez. ¡Se sentía tan bien! Molía con un movimiento circular.

Isabella se sentía muy conectada a él. Hizo todo lo que pudo para no gritar su amor por él, era que no quería decirlo la primera vez o hacer su primera declaración en el calor de la pasión. Esto era demasiado importante.

Ver a Edward Cullen tomando su placer entre sus muslos era el espectáculo más erótico que Isabella podría imaginar. Estaba totalmente cautivada por su rostro, las flexiones de los músculos de su pecho y la ondulación de sus abdominales parecían estar pidiendo ser lamidos. Después del excitante orgasmo, Isabella no estaba segura de poder mantener su cordura para otro. El orgasmo en cuestión fue en aumento y moviéndose rápido.

—Tengo que abrazarte fuerte, Edward. Necesito correrme, bebé.

Ante su dulce petición, Edward se dejó caer encima de ella, deseoso de satisfacer todas sus necesidades. A medida que se apretaba alrededor de él, el agarre de Edward sobre su control empezó a disiparse.

—Oh, mi amor. Prefiero estar dentro de ti que en cualquier otro lugar del mundo. No puedo aguantar, bebé. Sólo se siente demasiado bueno.

—Córrete conmigo, Edward. Córrete conmigo.

Isabella levantó las caderas, rodeándolo, tratando de empujarlo por el borde sensual. Al hacerlo, se deslizó ella también.

A medida que comenzaron sus convulsiones, Edward se permitió irse. Isabella se fue con él. Fue absolutamente delicioso. Empujó con fuerza; una vez, dos veces, tres veces, y luego bramaron su satisfacción con una voz que estremeció el corazón de Bella.


—Puedes poner tus cosas en un cajón, corazón.

Edward observaba a Isabella doblar cuidadosamente y guardar la ropa interior limpia que acababa de tomar de la secadora y luego deslizar la maleta de nuevo bajo la cama.

—Esto está muy bien, no me importa.

Isabella estaba determinada a no hacer suposiciones, y a no ponerse en el camino de Edward. El hecho de que él estuviera permitiendo que ella y los animales se quedaran con él por un tiempo era más de lo necesario. El problema era, Isabella admitió, que se sentía tan bien. Estar con Edward, se sentía como en casa.

—¿Te gustaría ver una foto mía de bebé? — Preguntó sacando la caja que contenía sus preciosas posesiones.

Edward se arrodilló en el suelo junto a ella, poniendo un brazo alrededor de su cintura.

—Claro, quiero verte.

Isabella excavó en la caja y sacó un viejo álbum andrajoso. Abriéndolo, se lo entregó.

—Ah, Bella. Eras demasiado linda. Mírate, esos largos rizos, las mejillas regordetas, y los hoyuelos, ¡eras una muñeca absoluta!

Mientras él miraba las fotos de su infancia, todo en lo que Isabella podía pensar era en una niña con su pelo y sus ojos verde jade o un niño pequeño con un mentón obstinado como Edward y hoyuelos.

—Y a medida que pasan las páginas, veo a una linda niña crecer como una mujer seductora y magnífica.

—¿Qué demonios? Nunca he visto esto antes. ¿De dónde salió? —Preguntó Isabella.

Mientras sacó un libro de contabilidad azul de la parte posterior del álbum de fotos. Rápidamente lo hojeó.

—Oh mi señor. Edward, mira esto.

Él se lo quitó y se puso a leer, después de un tiempo se puso de pie y se dirigió al teléfono.

—¿Es eso lo que creo que es?

Isabella sentía punzadas de pánico en su conciencia.

—Lo he ojeado, pero es evidente que esto es el diario de alguien. Más que eso, se trata de un libro de registro de transacciones de drogas. Hay fechas, nombres, lugares, todo. — Miró a la cubierta interior. — Jacob Black, tu marido.

Por alguna razón, que Edward identificara rápidamente a Jacob como su marido, la hería. No le gustaba pensar en él de esa manera. Él nunca había sido un marido con ella. Quería a Edward por marido, y eso nunca podría suceder.

—Yo no sabía nada de esto, Edward, lo juro.

La inquietud llenó a Isabella. ¿Qué pasaba si Edward pensaba que estaba involucrada?

—Pero, si esto es cierto, el secretismo, las llamadas telefónicas, las visitas nocturnas, todo ello tenía sentido. Alguien sabe que tengo este libro y lo quiere de vuelta.

—Me temo que tienes razón, y sé que no tienes nada que ver con esto, bebé. Tienes los huesos rotos para probarlo.

Edward marcó un número de marcación rápida.

—Voy a llamar a mi hermano. Él sabrá qué hacer.

Habló en voz baja al teléfono, y luego se sentó junto a Isabella con el libro.

—Anthony estará aquí en unos pocos minutos.

Sostuvo su mano, pero se fue de nuevo al principio del libro y empezó a leer. Isabella se sentó junto a él en silencio, su cabeza dando vueltas.

—Maldita sea, bebé.

—¿Qué encontraste? —Odiaba a preguntar.

—Ese idiota con el que estabas casada, no sólo anotaba cada transacción de drogas, anotó cada vez que te golpeó, y dónde.

El pecho de Edward se tensó mientras leía las diabólicas notas.

—No tenía ni idea, Bella. ¡Esto era casi todos los putos días! ¿Cómo sobreviviste?

Isabella se puso de rodillas en el sofá y puso sus brazos alrededor de su cuello.

—Yo vivía en mi cabeza, fingiendo que estaba en otra parte. Me imaginaba que tenía una familia, un marido que me quería.

Fue una apertura perfecta para que Edward le dijera que la quería. Isabella contuvo la respiración.

Pero él no lo hizo.

Tomó su rostro, sus pulgares capturando la humedad brillando en sus pestañas.

—¿Qué pasa con el dolor?

Dejando escapar un profundo suspiro de decepción, Isabella explicó.

—No fue tan malo. Vivía en Aleve y mantenía una gran cantidad de hielo a mano. Peor que el dolor era la soledad, Jacob no me dejaba salir de casa muy a menudo. No quería correr el riesgo de que la gente viera las contusiones o los yesos.

Arrastrándose sobre su regazo, Isabella trató de consolarle.

—Todo ha acabado, Edward. Jacob ha muerto, y con este libro, el resto de la basura se puede limpiar.

Isabella se dijo a sí misma que no importaba si él no dijo 'Te amo'. Ella lo amaba lo suficiente para los dos.

Sonó el timbre de la puerta. Edward bajó a Isabella de su regazo y la besó en la sien.

—Ese debe ser mi hermano.

Isabella se deslizó hacia la misma esquina del sofá. Conocer nuevas personas la ponía nerviosa. Unos momentos después, Edward entró con un hombre, que, en un primer momento, parecía ser un reflejo de él. Un Edward era lo suficientemente impresionante, pero dos… era casi abrumador.

— Bella, éste es mi hermano, Anthony. Anthony, te presento a Isabella Swan.

Anthony Culle se acercó a ella, e Isabella se levantó para aceptar la mano tendida.

—Hola, Bella. Me gusta tu nombre, te sienta bien.

Sus ojos la recorrieron, no insultantes, y definitivamente con agrado. Edward notó el flagrante interés de su hermano en su mujer. No le gustaba eso. De ningún modo. No dijo nada. Isabella sabía cómo se sentía, y confiaba en ella. Implícitamente.

—Gracias, Anthony. Agradezco que hayas venido tan rápido.

Se volvió a sentarse en el sofá. Edward eligió sentarse a su lado, frotando su hombro y reordenando su pelo.

Anthony se sentó frente a ellos en una silla cómoda. Observó a la pareja delante de él durante unos momentos, sin hablar. A continuación, encontrando la mirada de su hermano, sonrió.

—Ed, ¿dónde has estado escondiendo a Isabella? ¿Es esta la chica que te salvó de la serpiente?

Edward sabía que su hermano estaba pensando en su tonta apuesta. Si decía algo, Edward lo ahorcaría alegremente.

Isabella agachó la cabeza, un poco avergonzada, mientras que Edward elegía cuidadosamente sus palabras.

—Sí, ella ha estado viviendo en la cabaña, justo al lado, durante unos tres meses. Y sí, me salvó de una desagradable mordedura de serpiente de cascabel.

—Y tú fuiste mordida. — Anthony se sorprendió. —La mayoría de las chicas sienten un pavor absoluto por las serpientes. Estoy impresionado.

—No me gustan especialmente las serpientes, pero por lo general tengo más miedo de los hombres que de los reptiles.

Anthony la miró con una expresión pensativa, como si comprendiera más de lo que le estaba diciendo. Edward entregó a Anthony el libro azul, explicando:

—Este es el diario del que te hablaba. Jacob Black, difunto marido de Isabella, era Sheriff cerca del Parque Nacional Big Bend. No estaba solamente traficando con drogas; era un abusador. Jacob abusó gravemente de Isabella, y en repetidas ocasiones.

—Eso es duro. Lo siento, Isabella. Ninguna mujer debería tener que pasar por eso.

Anthony la miró tan directamente y con simpatía que Edward puso una mano en la rodilla de Isabella y le frotó la pierna de manera obviamente posesiva. Anthony tomó nota y miró a su gemelo.

—¿Hay algo que quieras decirme, hermano?

Edward no le respondió directamente. En lugar de ello, continuó marcando a Isabella con su toque. Deliberadamente ignoró la observación mordaz de su hermano, continuando con su explicación.

—Creo que Black y sus compañeros utilizaban la zona del desierto para cultivar marihuana. También parece que estaban involucrados en algún negocio de tráfico de drogas, cortesía de un cartel mexicano. Mala cosa. Hay nombres, fechas, cantidades, montos en dólares, todo lo que necesitas para conseguir órdenes de registro y entrar y detener a una banda de narcotráfico bien establecida.

—No vas a creer esto, pero me acabas de entregar los medios para resolver uno de mis casos. He estado trabajando en tratar de encontrar alguna evidencia para atar a este grupo de chicos al cártel del Soldado.

Golpeó el libro en su rodilla.

—Isabella, ¿cómo murió tu marido?

Anthony cogió una pluma y comenzó a tomar notas.

—Le dispararon tratando de traer a un sospechoso en un robo. El hombre llevó a Jacob hasta el río y se escapó en un barco. Jacob fue tras él y terminaron intercambiando fuego, Jacob murió. Sin embargo, su cuerpo nunca fue encontrado.

Ante esta revelación, Edward pareció sorprendido, pero no dijo nada.

—¿Alguna vez denunciaste el abuso a alguien?

Anthony hablaba tan impasible que Edward sintió a Isabella estremecerse ante la dura realidad. Ella era una mujer maltratada, víctima de abuso doméstico.

—Lo intenté, pero la mayoría de las personas anotadas en el libro servían en posiciones de autoridad. Si me escapaba, el comisario o la patrulla de caminos me llevaba a casa. Si trataba de contarles acerca de lo que Jacob estaba haciéndome, pretendían escuchar, pretendieron ser comprensivos. Sin embargo, ningún informe se presentó alguna vez. Jamás se tomó ninguna acción. El fiscal de distrito era su primo; el juez del condado era su hermano. Y más y más.

Edward la tomó de la mano, tratando de transferirle parte de su fuerza.

—¿Fue tu marido sexualmente abusivo?

Edward se molestó con la pregunta que su hermano planteó a Isabella. Pero Isabella parecía tomarlo con calma

—Nunca tuve relaciones sexuales con Jacob.

Isabella habló con frialdad.

—Creo que el término que describe mejor su estado sería un sádico. La única manera de que podía encontrar la liberación sexual era causando dolor a otro ser humano. A mí. Él me desnudaba, me humillaba y me golpeaba, entonces... eh... veía por sus propias necesidades sexuales. Sus órganos sexuales estaban dañados. Creo que fue por las enormes dosis de esteroides, que tienen mucho que ver en explicar su genio y los cambios de ánimo de todos los hombres involucrados. Todos ellos eran musculosos y furiosos.

Edward sabía que esta conversación avergonzaba a Isabella, y deseaba poder ahorrarle las preguntas, pero no podía, no si iban a llegar al fondo de este lío.

Anthony pensó un momento y luego miró a Isabella y anunció.

—Si nunca has tenido relaciones sexuales con Jacob Black, Isabella, significa que tu matrimonio nunca se consumó. Él nunca fue realmente tu marido.