Capítulo 8
Ante la afirmación de Anthony de que Black no era el marido de Isabella, Edward dio un suspiro de alivio.
—Me gusta el sonido de eso.
—Isabella, quiero que anotes todo lo que recuerdes sobre Jacob y cualquier actividad sospechosa. Acerca de cualquiera de sus amigos o secuaces y lo que podrías haber visto u oído por casualidad.
Anthony se puso de pie frente a Edward.
—Quiero aprovechar esto, comprobaré algunos nombres y fechas a través del ordenador y te haré saber lo que encuentre.
Inclinó el sombrero ante Isabella y sonrió.
—Fue un placer conocerte. Me alegro de que Edward te encontrara. Francamente, nunca lo había visto así.
Dio a su hermano una mirada divertida.
—¿Quieres acompañarme afuera, hermano?
—Claro.
Se volvió hacia Isabella.
—Vuelvo en seguida, cariño.
Edward siguió a su hermano afuera hasta la amplia terraza frente a su casa. Se pararon, mirando en la distancia al rebaño de ganado Beefmaster que se alimentaba alegremente en el pasto.
—Ella es preciosa, Edward.
Anthony lo miró fijamente.
—Sí, lo es.
—Esto es importante para ti, ¿verdad?
—Es importante para mí, Anthony.
—Bueno, entonces, es importante para mí, también.
Nada más había que decir.
Cuando regresó a dónde estaba Isabella, ella estaba ocupada en la cocina preparando algo rápido para comer.
—Me encanta verte en mi cocina. ¿Qué encontraste para preparar? Estoy hambriento.
Se puso detrás de ella y la besó con dulzura en el cuello.
—¿Cómo suena una Lasaña?
—Celestial. Voy a cuidar de los animales mientras terminas. Entonces podemos ir a la cama. Ha sido un día infernalmente largo y te deseo tanto que no puedo ver bien.
Dándole una sonrisa radiante, le aseguró,
—Me daré prisa.
Edward se situó en la puerta de la habitación y la miró. Ella lo estaba esperando. Después de comer, se le había ocurrido ducharse mientras él había cerrado todo y ajustado la alarma. Había vuelto a su casa todos los días, pero no había habido más huellas o cualquier signo de alteración. Probablemente era seguro para ella para ir a casa, pero eso no era lo que quería. Él la quería aquí. En su cama.
La luz de la luna jugaba en su hermoso rostro, filtrándose a través de las cortinas moviéndose suavemente con la brisa de la tarde. Estaba desnuda. En su cama. Se acercó a ella, quitándose la ropa mientras lo hacía.
—Tú en mi cama, sin duda es la imagen más hermosa que he visto en mi vida.
Apoyó una rodilla en el colchón, disfrutando de lo que estaba a punto de hacer.
—La noche antes del incidente de la serpiente, recuerdo estar de pie en esta ventana deseando tener a alguien con quien estar. Soñé con conseguir en mi cama a alguien que me quisiera tanto como yo la quisiera; una mujer que me diera la bienvenida, sin condiciones. Mírate, Isabella. Eres un sueño hecho realidad.
Ante sus palabras, ella abrió los brazos y los muslos, dándole la bienvenida a casa.
—Date la vuelta, amor. Quiero hacer cucharita.
Su petición fue recibida con sorpresa.
—Edward, quiero...— comenzó a protestar Isabella.
—Paciencia, amor.
Ella siguió sus instrucciones.
—Te voy a enseñar lo que puedo hacer desde este ángulo.
Con impaciencia, ella le permitió que la posicionara hasta encontrarse dentro del círculo de sus brazos, su espalda contra su pecho.
—Ves, de esta manera, puedo besar tu cuello.
Sus labios enviaron escalofríos corriendo sobre su piel mientras acariciaba su suave hombro.
—Una mano puede envolver y jugar con uno de tus increíbles pechos. — sopló las palabras en su oído, mientras acariciaba y tiraba de la punta sensible y fruncida. —Mientras tanto, esta otra mano puede tener el mejor momento en el tesoro entre tus piernas.
Comenzó un asalto triple a sus sentidos.
—Métela Edward, por favor, métela.
Empujó contra su ingle con sus caderas. Edward se rió de sus palabras. Cogió una de sus piernas, ligeramente, para facilitar su camino al paraíso. Empujó sus caderas hacia arriba, metiendo su eje hasta su calor.
—Oh, sí, bebé. — gimió Isabella en éxtasis. —Edward, eres tan bueno. Tan grande.
Lo tocaba por todas partes a las que pudiera llegar, frotando el vello de su muslo; luego tocando su cara. Cuando sus dedos llegaron cerca de su boca, Edward capturó uno entre los labios y lo chupó.
Isabella se desvaneció y un orgasmo la golpeó con una intensidad que le sacudió hasta la médula.
—Esa es mi bebé. Oh Bella, ¡eres tan caliente! — le habló Edward amorosamente mientras ella llegaba al clímax. —Me exprimes tan bien, amor. Te deseo todo el tiempo.
Isabella estaba completamente satisfecha, pero disfrutaba en que Edward encontrara su propia liberación casi tanto como ella encontraba la suya.
La embistió, arando su camino a una explosión palpitante. Después, la envolvió en sus brazos, sosteniéndola con fuerza. Le encantaba la forma en que encajan entre sí.
Mientras se abrazaban, de la nada, Edward preguntó,
—Isabella, dime, ¿cómo se siente un orgasmo para ti?
Ella se acostó con la cabeza en su hombro, su mano raspando sobre su pecho. Tomando una respiración profunda, le sonrió y comenzó a hablar.
—Se siente como si la tierra fuera sacada de debajo de mis pies. La gravedad no existe por unos pocos segundos de infarto. Estoy inundada de todos los colores de la creación y esos colores cosquillean y danzan dentro de mi alma. Placer intenso irradia desde mi sexo, a través de mis pezones, y de cada célula de mi cuerpo. Por unos momentos, camino entre las estrellas, y es todo gracias a ti, Edward. Todo gracias a ti.
—Nunca escuché a nadie describirlo de forma tan hermosa, bebé. Eres preciosa.
Se giró ligeramente, acostándose la mitad encima de él.
—Los orgasmos son increíbles, pero no son lo más importante, ni es la mejor parte.
Mientras hablaba, trazaba sus bellos y cincelados labios.
—¿Mejor que un orgasmo? ¿De qué estás hablando?
Observó sus ojos, pendiente de cada palabra.
—Edward, eres tú. Cuando te deseo, cuando estoy tan hambrienta de ti que podría gritar... lo que quiero más que un orgasmo eres tú. Tú. Dentro de mí. Ese momento en que presionas contra mí, me estiras, cuando me llenas de tu virilidad es el momento más maravilloso de todos. Estoy vacía sin ti, incompleta. Es como si hubiera vivido mi vida con una pieza faltante, y no sabía lo que era. Pero en el momento en que me hiciste tuya, lo supe.
—Me siento de la misma manera, nena. Estar dentro de ti es el paraíso absoluto.
Se acercó a su lado, poniendo su rostro en línea con el suyo, dejando que sus labios acariciaran los de ella.
—Sólo quería que lo supieras. Encontrarte, estar contigo, ha sido una dulce sorpresa. He conocido tanto dolor en mi vida, nunca esperé el placer.
Bajando la mano entre ellos, audazmente acarició su pene. Edward no estaba erecto, pero incluso en reposo era impresionante. Ante su contacto, Edward gimió. Deslizándose hacia abajo, apoyó la mejilla en su órgano, frotándose con ternura contra él. Colocando un pequeño beso en el miembro ahora creciendo, le aseguró:
—Has sido hecho tan maravillosamente.
Tirando de ella, Edward la besó apasionadamente.
—Eres mágica. Te deseo otra vez, y no han pasado ni diez minutos.
—Tómame. — le animó Isabella. —Siempre estoy lista para ti.
Bajándola sobre su espalda, Edward separó sus piernas y se deslizó en su líquido calor.
—Oh, bebé. Hablando de ser hecho maravillosamente. Tu dulce lugar es perfecto para mí.
Isabella estaba tan feliz, se sentía cómoda provocándolo.
—No hay comparación, cielo. Mi dulce lugar es básicamente, sólo un agujero.
Edward se levantó sobre sus brazos. Mirándola directamente a los ojos, fijó un ritmo delicioso y sensual.
—No estoy de acuerdo, mi amor.
Mientras se balanceaba en su interior, una y otra vez, le explicaba.
—Es diferente contigo. Su respiración era irregular.
—Todo es diferente contigo. Esto…
Recalcó su palabra con un empuje, con una intencionada estocada.
—…es mi santuario. Este…
Giró lentamente sus caderas, haciéndola agarrarse a sus hombros en éxtasis.
—…este es mi refugio. Isabella, esto es el paraíso.
Edward retumbaba contra ella, el entusiasmo mutuo desencadenó en una ola de éxtasis. Empujando en su interior al final del dulce momento, Edward se derrumbó encima de ella.
—Tú eres el hogar para mí, Bella. Hogar. Dulce. Hogar.
No podía esperar más. Jacob Black había estado dando vueltas en estas regiones apartadas durante casi tres semanas. Algo andaba mal. Había intentado llamar a su hermano anoche y no había habido respuesta. Tampoco la hubo en su antigua oficina y su móvil había ido inmediatamente al correo de voz. Sam sabía en qué lío se encontraban y sabía lo importante que era para ellos mantenerse en contacto. Muy extraño.
Y se estaba quedando sin dinero. ¡Maldita sea!
Lo peor de todo, no había sido capaz de encontrar el estúpido libro. La zorra se había mudado con ese vaquero, y por lo visto, se lo había llevado con ella. Esta misma mañana había vuelto a su cabaña. Había pasado allí mucho tiempo mientras buscaba en cada rincón y grieta. Incluso había mirado en las paredes. Le estaba costando mucho averiguar sin dejar rastro, ni daños. Pero el maldito libro no estaba allí. Había sido cuidadoso usando guantes, estaba seguro de que no había dejado huellas. Incluso había borrado sus huellas de la arena en el camino de entrada.
No podía posponerlo mucho más tiempo. Si su esposa no iba a casa pronto, iba a tener que ir por ella.
Dos días más tarde, les llegaron noticias de Anthony. Eran buenas noticias. Con la ayuda de la información en el libro, fue fácil obtener una orden. Los Rangers habían llegado a la ciudad y allanaron la corte del condado, el Ayuntamiento y hasta el hospital local. Ciento cincuenta kilos de cocaína, doscientos veintiocho kilos de heroína, y cajas de pastillas de éxtasis habían sido decomisados y había una amplia evidencia de lavado de dinero.
Ocho personas habían sido detenidas e Isabella había tenido razón, los funcionarios de la ciudad habían sido totalmente corruptos. Atraparon a todo el mundo y los arrestaron, excepto al último, a Jacob Black, por supuesto.
Edward había recibido la llamada justo después del desayuno. Su dulce Isabella se había arrastrado de su cama antes del amanecer y le sorprendió con una tortilla de Denver. Estuvo fantástica, y no tuvo el corazón para decirle que preferiría renunciar al desayuno y darse un festín con ella en su lugar.
Después de que Edward colgara el teléfono, se fue en busca de ella. La encontró sentada en el vestíbulo jugando con los gatitos. Les había puesto nombre una noche mientras estaban sentados en su regazo, sosteniendo a los cinco contra su pecho.
El naranja era Monkey Boy (Chico mono), como un guiño a la forma en que siempre había tratado al pequeño en el refugio. Los blancos habían sido apodados Ángel y Juice (Zumo, jugo), no tenía idea de por qué, pero no era necesario que tuviera sentido. Los negros sin cola eran Bear (Oso) y Shaq (Jugador de baloncesto). Crecían como hongos.
—Bebé, Anthony acaba de llamar. Se ha acabado.
Luego pasó a explicarle que la información que ella poseía había puesto a todos sus verdugos tras las rejas.
—Entonces, ¿no tengo enemigos en libertad?
Las palabras sonaban bien, pero lo que significaba, no lo hacía.
—No, estás a salvo.
Los dos habían llegado a la conclusión de que había una gran posibilidad de que alguno de los hombres de su ciudad natal hubiera dejado las huellas en su puerta. Isabella le dijo que no sabía si alguno de los otros habría tenido alguna idea de la existencia del libro. Pero la posibilidad tenía sentido.
Bajando a los gatitos, Bella se puso de pie. Edward se veía tan feliz. Apartándose de su abrazo, mantuvo los ojos en el suelo.
—¿Qué pasa, nena? Deberías estar muy emocionada.
—Lo estoy.
Trató de sonreírle.
—Pero, eso significa que es hora de que me vaya a casa. No puedo seguir aprovechándome de tu hospitalidad y tu bondad.
Edward parecía herido.
—No.— Fue enfático. —No quiero que te vayas.
La miró detenidamente.
—Isabella, ¿quieres dejarme?
Ella sacudió su cabeza.
—Por supuesto que no. Pero no me gustaría que pensaras que estoy tratando de aprovecharme de ti.
Nerviosa, se tiró de la manga. Ni siquiera se daba cuenta de lo que estaba haciendo.
—Tu invitación era por una noche, y una noche se ha convertido en veinte.
—¿Qué pasa si quiero que veinte noches se conviertan en cien o mil o más? — Preguntó Edward cuidadosamente.
Isabella apoyó la cabeza sobre su fuerte pecho.
—Eso suena maravilloso. — habló apenas en un susurro. —Sin embargo, no quiero…
Él no la dejó terminar.
—Pero yo sí. Te quiero. Aquí. Conmigo.
Se aferró a ella con fuerza, pero con cuidado. El dolor en su pecho se alivió cuando se dejó caer contra él.
—Me quedaré, Edward. Me quedaré todo el tiempo que me quieras. Pero, cuando llegue el momento en que quieras que me vaya... dímelo. Por favor. No podría soportar la idea de convertirme en una carga para ti.
—Imposible. Te quedarás conmigo. ¿Está bien?
Isabella dejó escapar un profundo suspiro de alivio. Ahí estaba ese suspiro de nuevo.
—Está bien.
Un plan comenzó a formularse en su mente. Era el momento de hacerla suya. Era el momento de decirle que la amaba.
La amaba.
La amaba.
Lo tenía en la punta de la lengua para decírselo justo en ese momento, pero luego le resultó evidente algo. Necesitaba hacer esto especial. Algo que nunca olvidaría. Isabella había vivido una pesadilla infernal y se merecía un momento de felicidad suprema. Edward inmediatamente se decidió a crear la noche perfecta con un anillo y una promesa.
Bajar la guardia era un alivio para Isabella. No tener que estar mirando por encima del hombro esperando lo peor, era maravilloso. Edward se fue un día con un vendedor para comprobar algunos grupos de maderas y al día siguiente cortó heno. Antes, Isabella se habría quedado allí con él. Él no la había dejado fuera de su vista. Ahora, estaban funcionando como cualquier otra pareja normal. Él hacía lo suyo. Y ella hacía lo propio. Pero sus tardes y noches pertenecían a ambos.
Edward la ayudó a convertir un rincón de su taller de talabartería en un puesto para su joyería, y pasaron muchas horas trabajando codo a codo. Cumplió todos sus pedidos de las boutiques en Albuquerque y cogió dos clientes más de distribución en Denver.
Algunos días eran días de sorpresa. Edward adoraba idear cosas para hacer juntos. Hoy sería uno de esos momentos. Corriendo detrás de ella, la levantó y la hizo girar.
—Hola, preciosa.
Isabella gritaba de alegría mientras se aferraba a él.
—Edward, bájame. Me estoy mareando.
Sólo estaba tomándole el pelo, pero se había sentido mareada y con náuseas por las mañanas. Nada que la preocupara, solo lo había notado.
La dejó deslizarse sensualmente por su cuerpo.
—¿Sabes una cosa?
Su sonrisa era contagiosa.
—¿Qué? — Preguntó ella, disfrutando de su felicidad.
—Iremos a un picnic, y tú no tienes que hacer nada. He cuidado de todos los detalles.
—Edward, que maravilloso. ¿A dónde vamos?
—A mi lugar especial, que espero que se convierta en nuestro lugar especial.
Le lanzó una mirada caliente sacando de órbita su frecuencia cardiaca.
—Está aquí en los terrenos, pero aislado.
Tomando su mano izquierda en la suya, le ató una cinta amarilla alrededor de su dedo anular.
—Conserva esto para que recuerdes encontrarte conmigo en el granero a las siete de esta tarde. Tengo que hacer unos recados que me mantendrán ocupado hasta entonces, pero voy a estar contando los segundos hasta que estemos juntos.
Frotando los labios en su mejilla, bromeaba volviendo la cabeza y buscando su beso. Con el pelo empuñado en su mano, Isabella se inclinó hacia él y bebió de sus labios.
—No me lo perdería por nada del mundo. — le aseguró ella entre besos.
—Y piensa en mí, cada vez que mires hacia abajo a la cinta.
Llevó sus manos hasta sus pechos.
—Dios, bebé. No estás usando sujetador.
—Pensaré en ti. Y no, no estoy usando sujetador.
Su voz temblaba cuando amasaba sus pezones.
—Y no te quites la cinta. Quiero que todavía la tengas cuando vengas a mí a las siete.
—¿Eso es todo lo que quieres que tenga puesto? — Le torturó.
—Oh, dulce Señor, he creado un monstruo.
Sonrió, sin sentirlo en absoluto.
—Ven vestida, amor, luego te quitaré todo… incluso la cinta.
Edward estaba orgulloso de sí mismo. La cinta iba a servir para más de un propósito. En primer lugar, le recordaría a Isabella reunirse con él para el picnic. En segundo lugar, o eso esperaba, la mantendría caliente y mojada hasta que pudieran saciar su sed el uno del otro en el estanque.
Por último, pero ni cerca menos importante, cuando deslizara ese pequeño trozo de cinta amarilla de su dedo iba a saber el tamaño exacto para su anillo de compromiso.
Isabella se quedó mirando la cinta por lo que parecieron horas. Si no la hubiese puesto en ese dedo, no habría sido tan malo. Que el cielo la ayudara, lo amaba. Durante años había soñado con tener a alguien a quien amar y ahora cuando parecía que sus sueños se hacían realidad, no podía evitar las dudas.
Se obligó a actuar normal, Isabella se entretuvo alrededor de la casa de Edward y se entregó a sus fantasías fingiendo que era real y verdaderamente su casa. Hizo las camas, tomándose el tiempo para acostarse sobre su lado y oler la almohada donde había recostado su cabeza. Limpió las botas y se enorgulleció de hacerlas brillar. Incluso lavar su ropa fue una experiencia sensorial, doblando su ropa interior, imaginándoselo con ella y nada más.
¿Cómo podía ser su vida ahora tan diferente?
Deteniéndose, recordó una escena similar hacía casi dos años. Había estado de pie en el lavadero de Jacob, doblando su ropa. Era la víspera de Navidad, y había estado reviviendo la última Navidad que podía recordar con su madre.
Desde ese momento no había habido Navidades. Phil y Victoria creían que celebrar la Navidad, aparte de recordar que era el cumpleaños de Cristo, era un pecado. Y no habría Navidad ese año, tampoco. Aun así, con la esperanza de una cierta apariencia de normalidad, había escatimado la escasa asignación familiar que Jacob le había dado, y había comprado un pequeño pavo y los ingredientes para el aderezo y un pastel de capas de chocolate.
Recuperándose de una fractura de clavícula, debido a su último intento de fuga, no había sido un demonio de la velocidad en la cocina. Jacob había salido ese día, desde luego no estaba en casa. De hecho, se había perdido el almuerzo. Nunca le decía a Isabella cuando iba a salir, por lo que era su deber tener algo preparado.
El recuerdo estaba todavía fresco en su mente. Había estado doblando ropa de Jacob, al igual que hoy. La había sorprendido; enfadado porque había pasado tanto tiempo cocinando. Arrastrándola por el pelo, la había llevado a la cocina. La mezcladora estaba batiendo la mantequilla y el azúcar de la tarta, y él la tomó de la mano y forzó sus dedos en el camino de los batidores. Las esferas de acero giraron despiadadas torciendo sus dedos hacia atrás hasta romperlos. Gritando de dolor, se encogió en agonía.
Él apagó la mezcladora, riéndose de su grave situación. Con lágrimas cegando su visión, Isabella se volvió para correr. Pero Jacob no había terminado.
La agarró de la mano sana y la arrastró hasta la cocina. El pavo se estaba cocinando a trescientos cincuenta grados; Isabella trató de apartarse, comprendiendo abrumadoramente lo que iba a hacer.
Abriendo la puerta del horno, la posicionó de tal forma que pudo colocar la palma de su mano plana sobre la ardiente superficie esmaltada. Por fortuna, había perdido el conocimiento por el dolor.
Isabella se inclinó, apoyando la cabeza en la camisa de Edward que había estado doblando. Cuán afortunada era al tener un hombre en su vida que quería darle placer en lugar de dolor. Completando la tarea, miró una vez más la cinta en su dedo y supo que era hora de prepararse para el picnic. Ya no se preocupaba por su aspecto; ahora se vestía para Edward, y él nunca dejaba de decirle exactamente lo hermosa que pensaba que era. Esta tarde, se vestiría de modo simple, con un vestido azul; sencillo de poner y fácil de sacar… y sin ropa interior, de ningún tipo.
Edward estaba preparado. Buscando las opciones de menú de la nevera que guardaba en el taller de sillas de montar, empacó una cesta de mimbre con ensalada de cangrejo, pan francés, queso, dulces fresas maduras y una botella de champán. Hoy era algo más que un día de campo, se trataba de su cumpleaños. Cuando había rellenado los papeles para ella en el hospital, el día en que la lastimó jugando fútbol, había observado que pronto sería su cumpleaños. Medio esperaba que se lo mencionara, sorprendiéndose de que ella ignorara totalmente que la fecha se acercaba rápidamente. Esto había molestado a Edward.
Isabella jamás esperaba nada y se entregaba tan libremente. Siempre le recibía en su corazón y en sus brazos. Así que, esta noche, Edward tenía planes. El picnic era sólo el comienzo. Planeaba bailar, nadar de noche, y después un regalo, que esperaba, le mostrara lo mucho que le importaba.
Todavía no había pronunciado las palabras "te amo". Desde el fiasco con Lauren, había aprendido que las palabras necesitaban ser sopesadas cuidadosamente y las relaciones necesitan ser puestas sobre una base firme de confianza y devoción. Edward sabía que tenía eso con Isabella, sólo quería que todo fuera perfecto cuando se lo dijera.
El estanque estaba a cierta distancia, por lo que sacó la cuatrimoto. Isabella tendría que sentarse detrás de él y aferrarse, y Edward sintió su eje comenzar a endurecerse mientras la imaginaba pegada a su espalda, las piernas abiertas para dar cabida a sus caderas.
—¡Vaya, muchacho!
Se advirtió para calmarse; había suficiente tiempo y oportunidad para amar esta noche. Una última cosa; encontró una manta suave en el granero y la arrojó sobre la parrilla de atrás con la cesta de picnic. Quería que su dama tuviera un lugar blando para acostarse cuando la cortejara con palabras y caricias suaves.
—¡Edward! — llamó Isabella.
Entonces, lo vio. Salió del granero en un gran vehículo todo terreno de cuatro ruedas. Conduciendo hasta su lado, se detuvo y le tendió la mano.
—Su caballo espera, mi señora.
Colocando la mano en la suya, se emocionó mientras él se la llevaba a los labios. Deslizando la cuerda de su dedo y cuidadosamente guardándola en el bolsillo delantero. Ella lo sorprendió totalmente, en vez de subirse; le echó los brazos al cuello y lo abrazó con fuerza.
—Oye, bebé. ¿Qué pasa?
Había lágrimas en sus ojos y estaba temblando.
—Nada. Todo está bien. Acabo de tener algunos malos recuerdos, y sólo quería que supieras lo feliz que estoy de estar contigo.
Se deslizó detrás de él, ajustándose con facilidad cerca de su cuerpo. Él sentía sus pechos presionando en su espalda, y casi de inmediato, sintió que sus pezones se endurecían. Dios, ella era sensible. Se sentía como el hombre más afortunado del mundo.
—Deja atrás los malos recuerdos, corazón. Ahora, sostente. Tengo una sorpresa para ti.
Isabella pasó las manos sobre el pecho de Edward, sintiendo que su corazón se aceleraba. Sin poder resistirse, comenzó a besar la base de su cuello, sintiendo la piel de gallina elevarse sobre su piel caliente. Olía como el aire libre, limpio y fresco. Acercó su mano y presionó la palma profundamente en su carne justo sobre su corazón. Frotó la mejilla contra el suave algodón de su camisa, transmitiendo con un toque lo mucho que le importaba.
Él los condujo fuera del patio principal y al otro lado de los pastos. Cuando empezaron a detenerse, Isabella miró por encima del hombro y se quedó sin aliento.
—¿Qué has hecho?
El sol de Texas estaba empezando a bajar, y la obra de Edward era evidente. Había colgado pequeñas luces blancas en los árboles, y colgado faroles en las ramas. El pequeño estanque parecía fresco y refrescante mientras el agua rodaba lánguidamente contra el muelle de madera que se extendía en las profundidades del agua. Grandes velas blancas formando una columna cubiertas por un montón de globos a lo largo del muelle. Había una pequeña mesa de hierro forjado cubierta por un mantel blanco preparada con porcelana, flores y más velas. En total, Edward había creado un país de las hadas de la luz y el romance.
—Feliz cumpleaños, amor. — dijo Edward por encima del hombro.
Isabella no movió un músculo. Estaba tan inmóvil como una estatua. Edward comenzó a darse la vuelta para mirarla, cuando la sintió empezar a temblar. Estaba llorando; no sólo un par de lágrimas sino sollozos desgarradores que estaban atravesando las entrañas de Edward como una mordaza.
—Oye. Oye. ¿Qué es esto?
Se dio vuelta en el asiento y la tomó en su regazo. Edward enmarcó su rostro y besó sus lágrimas.
—Ahora, ¿qué es lo que te hace llorar? — Le susurró con suavidad.
Al presionar la cabeza en su hombro, la abrazó con fuerza.
—Me había olvidado de que era mi cumpleaños. — hipó ella. —No puedo creer que hayas hecho esto.
—No dejaría que tu cumpleaños pasara desapercibido, por nada.
Edward sacó un pañuelo del bolsillo y limpió la humedad de sus mejillas y de sus ojos.
—Ahora, no más lágrimas. Tenemos mucho que hacer.
—Nunca he visto algo más hermoso, Edward.
Lo detuvo en seco.
—Eres, sin duda, el hombre más maravilloso en el mundo entero.
Entrelazando sus brazos alrededor de su cuello, tiró de su boca hacia la suya. Isabella había besado a Edward mil veces en las últimas semanas, pero este beso era totalmente diferente. Parecía verter hasta la última gota de amor que podía.
Lamió con delicadeza un camino a través de su labio superior, luego tomó su labio inferior entre los dientes y lo marcó como propio. Le tomó a Edward cada pizca de fuerza de voluntad que tenía, pero le dio rienda suelta. Ella deslizó la lengua por sus dientes, y se abrió paso en su boca. Poniéndose de puntillas, su lengua bailó con la de él.
Con un gruñido áspero, Edward la levantó y comenzó a devorarla. Por interminables minutos, se besaron. Hasta que, sin aliento, Isabella levantó la cabeza y hundió la cara en su cuello.
—Gracias. Gracias. Gracias.
—De nada, cariño.
Levantándose de la silla, la sentó con gran cuidado.
—Permíteme tomar nuestros dulces y vamos a comer primero. ¿Vale?
—No puedo creer que te hayas tomado tantas molestias por mí.
Le ayudó a descubrir la ensalada y cortar el pan. Todo sabía el doble de bueno que en cualquier otra ocasión.
Se alimentaron el uno al otro con fresas y bocados de queso y bebieron champán hasta que los últimos vestigios del sol de la tarde se habían deslizado detrás de los árboles en un deslumbrante despliegue de rosas y naranjas.
Edward levantó el mantel y sacó un reproductor de CD con pilas. Al presionar un botón, la música llenó el aire.
—Baila conmigo, Isabella. — Le tendió la mano.
—No soy muy buena. — se disculpó.
—He oído eso antes. Si eres tan mala en el baile como lo eres en la cama, Dancing with the Star vendrá por nosotros mañana. Ahora, ven aquí.
La atrajo hacia sí. La música era lenta y sensual. En realidad, todo lo que hacían era sostenerse apretados el uno al otro y dejar que sus cuerpos se tocaran desde el hombro hasta el muslo. Edward le frotaba la espalda con suavidad, y besaba la dulce pendiente de su cuello. Levantándole la falda, empujó una rodilla entre las de ella hasta que dejó que uno de sus muslos duros como piedras se asentara entre los suyos. Con un pequeño jadeo excitado, comenzó a montarlo.
—Oh, Edward. Esto se siente tan bien.
—Déjate ir, bebé. Estoy aquí para atraparte. — le animó.
—Edward, estoy demasiado excitada. Te voy a dejar una mancha de humedad en los pantalones.
—No me importa, bebé. Cualquier mancha de humedad que dejes en mí es sólo un trofeo, por lo que a mí respecta.
Edward levantó la rodilla un poco más alta, dándole una mejor superficie para jugar. Sus pequeños y tiernos jadeos y el calor de su dulce vagina casi hicieron que Edward perdiera el control. Mientras aún podía caminar, se inclinó y la levantó suavemente, agarrando la manta a su paso.
—Me estás llevando a la locura, Isabella.
La llevó hasta el muelle y la sentó con las piernas temblorosas.
—Quédate ahí sólo un minuto, dulzura, hasta que pueda extender esta manta y desnudarte.
Su franqueza la hizo reír. La luz de las velas bailaba sobre el agua, haciendo que el brillo se reflejara en sus ojos.
—Levanta los brazos, amor.
Le deslizó el vestido por la cabeza. Besando sus dedos, tiró de ella hacia abajo sobre la manta con él. Estirándose de espaldas, la colocó en ángulo recto encima de él.
—Oh, esto es bueno.
Por un momento, ella descansó encima de él.
—Eres mejor que cualquier colchón.
Seductora, comenzó a moverse sobre él.
—Eso está mejor. No quiero ser conocido como un colchón, bebé. Me haces sonar demasiado abultado y suave. — le susurró Edward al oído, amasando ambas mejillas de su firme y redondo trasero. —Estoy erecto y definitivamente duro como el granito.
Le dio un golpecito con su enorme polla.
—No, no quiero ser tu colchón. Quiero ser tu semental.
Tomando sus manos, tiró de ella hasta su cuerpo.
—Móntame, bebé.
Con un gemido de placer, Isabella levantó las caderas y se acomodó sobre su poderosa erección. Gimió cuando él empujó contra ella, empalándola hasta la empuñadura. Después de unos pocos segundos, se recuperó lo suficiente de la placentera conmoción inicial como para moverse.
Al principio, se levantaba hasta que él salía de ella cada vez, pero eso resultó ser demasiado.
—Maldita sea, se siente demasiado bueno, bebé. Quiero que esto dure. Aquí, deja que te enseñe.
Tomó sus caderas en sus manos y le enseñó a moverse hacia atrás y adelante y lentamente, moviéndose lo suficiente para mantener la olla de la pasión a fuego lento, pero no dejándola hervir de nuevo.
Pronto, encontró el ritmo y cerró los ojos. Colocando una palma sobre cada uno de sus pectorales, se sostuvo para la cabalgata de su vida.
Disfrutando del contacto, Edward copió su estrategia y le tomó los pechos, frotando y tirando de sus pezones hasta que ella se quedó sin aliento con deleite.
—Maldita sea. — murmuró. —No puedo aguantar, bebé. Mirarte, la forma en que me aprietas tan fuerte es simplemente demasiado. ¿Crees que puedes correrte ya, amor?
La miró a los ojos, y ella se echó a reír de alegría.
—Siempre.
Él deslizó un dedo entre su cuerpo y el de ella. Un dedo, que delicadamente frotaba sobre su clítoris, era alucinante. Ese ligero toque, acompañado por todo lo que le estaba dando, hizo que empezara a brillar y a convulsionarse por el fantástico placer.
Mientras ella llegaba a su clímax, su vagina abrazó fuerte a su virilidad. Y cuando se corrió, sus gemidos de placer causaron que sus pezones se elevaran de nuevo. Observando su rostro, Isabella continuó moviéndose; trabajando sus músculos internos, ordeñándole hasta la última gota de placer arrancado de su miembro palpitante.
—Te amo.
Este pensamiento sonaba tan claramente en la mente de Isabella que tuvo que morderse el labio para no decirlo en voz alta. Supo entonces, que, si no se lo decía pronto, literalmente iba a estallar por el esfuerzo de retenerlo.
Un plan comenzó a formularse en su mente. Haría falta un poco de trabajo, y sería arriesgado, pero la recompensa sería eterna.
—Ven aquí, cariño, vamos a vestirte.
Ella se acercó a él y le deslizó el vestido por encima de su cabeza.
— Eso fue fácil. — bromeó. —Compraremos un guardarropa completo de vestidos como este.
Ella lo observaba con avidez, mientras se ponía sólo un par de pantalones vaqueros.
—Todavía es pronto, no tenemos prisa por irnos.
Isabella se sentó y balanceó sus pies en el agua fría.
—Siéntate junto a mí.
Le dio unas palmaditas en un lugar junto a ella en la manta.
—Hablemos.
—Dame sólo un minuto. Tengo que ir a buscar algo.
Caminó de vuelta a la mesa y levantó algo de debajo, donde había guardado el reproductor de CD.
Estaba demasiado oscuro para ver lo que tenía en la mano. Cuando regresó, se unió a ella, subiéndose las piernas de los pantalones y salpicando un poco, mientras reían.
—Toma, corazón. Feliz cumpleaños.
Le tendió una caja para que Isabella la tomara.
—¿Más?
Isabella estaba aturdida.
—Edward, ya has hecho demasiado. — protestó.
Besándola en la sien, la hizo callar.
—Ábrelo.
Rodeándola con un brazo, y tirando de ella lo suficientemente cerca como para sentarla en el círculo de sus brazos, observó mientras ella deshacía cuidadosamente cada pieza de papel. Hacía años que no había recibido ningún tipo de presente en absoluto y las manos le temblaban ante la idea de que le importaba lo suficiente como para comprarle un regalo.
—Date prisa, será el momento de abrir los regalos de Navidad antes que abras éste.
Ella lo empujó con el codo.
—Déjame hacer esto bien.
Su voz se convirtió en un susurro.
—Estoy fuera de práctica con lo de abrir regalos.
Isabella sintió el brazo de Edward apretarse a su alrededor. A medida que sus manos quitaban la tapa de la pequeña caja de joyería, se estremecía de anticipación.
Era demasiado grande para ser una caja de anillo, pero estaba pidiendo lo imposible, lo sabía. Cerrando los ojos, lentamente quitó la tapa. Luego esperó.
—Abre los ojos, bebé. No hay nada ahí que iguale tu belleza.
Isabella lentamente abrió los ojos y se quedó sin aliento del asombro. Era un collar de diamantes. Un collar con un solitario de diamante ¡y el diamante era enorme!
Girándose hacia él, se aproximó lo más cerca que pudo.
—Es demasiado, Edward. Es demasiado. Seguramente has cometido un error.
—Ningún error, amor.
La besó en la frente y en la parte superior de la cabeza mientras se acurrucaba cerca.
—Aunque, tengo que admitir que fue difícil encontrar una pieza de joyería que te hiciera justicia. Aquí, siéntate y date la vuelta. Permíteme ponerte esto.
Ella hizo lo que le pidió, levantándose el pelo para que pudiera sujetarlo alrededor de su cuello. La luz de la docena de velas bailaba sobre las caras del diamante.
—Ahora, gírate y déjame ver.
Con timidez, se enfrentó a él, su mano probando la ubicación de la piedra contra su piel.
—Oh, bebé. Eres tan hermosa.
—Te amo. — añadió para sí.
Lanzándose a sus brazos, lo derribó casi dentro del agua. Riendo, él les enderezó, aceptando sus besos mientras ella exuberante le mostraba eufórica su agradecimiento.
—Es mi primer diamante. ¡Y es muy grande!
Apartándole el pelo de los ojos, le dijo con ternura.
—Puede ser el primero, pero no va a ser el último. Puedes contar con ello.
Jacob estaba sentado enfrente de la casa del vaquero. Las reglas habían cambiado. Finalmente se había puesto en contacto con la oficina, y su ex secretaria le había dado la noticia de que el juego había terminado. Todo y todos se habían ido.
Todas las drogas y todo el dinero habían sido confiscados y todo su equipo había sido detenido. La única razón por la que no lo estaban buscando era porque todavía pensaban que estaba muerto. Ninguno de sus hombres le había traicionado, aún.
La zorra había encontrado el libro de registro y se lo había entregado a los Rangers de Texas. Así que ahora tenía un nuevo objetivo.
Iba a hacer que la puta de su esposa y su lindo vaquero lo pagaran muy caro. Iba a causarles tantos problemas como le fuera posible. Lamentarían el día en que se cruzaron con Black.
Edward hizo su segundo viaje a la joyería al cabo de una semana. Se estaba convirtiendo rápidamente en el cliente favorito. El colgante con el solitario redondo de dos quilates había costado más de quince mil dólares y valió la pena cada centavo. La expresión del rostro de Isabella no tenía precio. Ahora, que sabía que llevaba un anillo talla seis, hizo su pedido para un anillo de compromiso con un solitario de cuatro quilates en platino.
Ni parpadeó cuando rellenó el cheque por un poco más de treinta y un mil dólares. Este era el único anillo de compromiso que alguna vez iba a comprar y nada era demasiado bueno para Isabella.
—Oye, ¿quieres ir a la reserva de ciervos y ayudarme a sacar maíz? —llamó Edward desde fuera de la ventana de la cocina.
Por supuesto que quería. Sólo tenía que invitarla y ella lo seguiría a cualquier sitio.
Agarrando su bolso, cerró la puerta rápidamente y se unió a él en su camioneta. De camino, le dio a cada perro una palmadita y un abrazo. Empezó a abrir la puerta del pasajero para entrar, cuando Edward le preguntó.
—¿Qué estás haciendo? Da la vuelta hasta aquí, bebé.
Con una risa feliz, fue hasta su lado y lo dejó recogerla y colocarla justo a su lado.
—¿Veremos algún ciervo?
Él le sonrió.
—Lo dudo, pero vamos a mantener los ojos abiertos.
Edward silbó a los perros y todos ellos subieron saltando a la parte trasera de la camioneta. Tuvo que ayudar a Fergus a entrar en la parte delantera, los perros salchicha no pueden saltar muy alto. Isabella sostuvo a Fergus hasta que Edward subió y luego dejó que el pequeño perro reposara en su regazo y condujera.
—Bella, mira las caras de los automovilistas que se acercan mientras dan un buen vistazo a este pequeño perro con sus patas delanteras sobre el volante.
Eran momentos como este que hacían a Isabella consciente de lo afortunada que era de estar con un hombre como Edward. Jacob golpeaba a un perro tan pronto como lo veía.
—Llevo puesto mi collar, ¿eso está bien? Quiero decir, ¿querías que me lo pusiera todos los días o sólo en ocasiones especiales?
Él la miró a los ojos y aún pudo ver vestigios de incertidumbre en su mirada vacilante.
—Isabella, te di el collar a ti. Llévalo cuando desees. Pero si quieres mi opinión, me encantaría que nunca te lo quitaras.
Le daba gran placer la forma posesiva con que acariciaba el collar con una mano y guardaba la otra bajo su muslo.
—¿Te gustaría dar una vuelta por las hectáreas en dónde cultivamos los árboles para hacer madera?
—Por supuesto.
Isabella le miró, disfrutando de la vista. Era realmente magnífico.
—Tienes una vida muy completa, ¿verdad?
Su pregunta sorprendió a Edward.
—Sí, supongo que sí. Entre las ventas de madera, el ganado, mi trabajo con el cuero y las organizaciones benéficas, mis días están llenos.
Lo observó con calma, mirándolo fijamente.
—No veo a mi hermano tanto como me gustaría, y a mis padres aún menos. ¿Por qué? ¿Te estás sintiendo abandonada, nena?
Isabella parecía nerviosa.
—No. Por supuesto que no, nunca me quejaría.
Se rió de su consternación.
—Sólo estoy bromeando contigo. Sé que no me estás recriminando, y sé que no te he descuidado. De hecho, vivo mis días contando los minutos hasta estar de nuevo contigo. — Miró a la carretera. —¡Mierda!
—Esa es una gran cantidad de humo, Edward.
Edward cogió su móvil y marcó el 911. Cuanto más se acercaban, más evidente se hacía que el bosque estaba en llamas. Bellos grupos de pinos eran consumidos rápidamente por un resplandor al rojo vivo. Dando rápidamente direcciones, llamó a los bomberos.
Cuando Edward regresó, cubierto de hollín y cansado, Isabella se reunió con él con gran preocupación.
—Lo siento mucho.
—Fue un incendio provocado.
Lo dijo tan plano y derrotado que hizo que Isabella quisiera llorar por él.
—¿Habrá una investigación?
—Sí, el investigador de incendios está en camino, junto con el sheriff.
Ante sus palabras, Isabella se estremeció. Inmediatamente, Edward tiró de ella cerca.
—Tenemos un buen sheriff, Bella. Es un hombre sincero, amable.
Lo dejó pasar, volviendo su atención a él.
—¿Vas a perder mucho dinero?
—Realmente no. Tengo un buen seguro.
Sus palabras estaban destinadas a transmitir que todo estaba bien, pero ella no se perdió la frustración y la desesperación.
—Vamos, aquí ya no puedo hacer nada más.
Isabella y los perros estaban apagados; sabían que el hombre al que amaban estaba herido. Ella no lo esperaba, pero Edward se dirigió hacia la reserva de ciervos.
—Bien podríamos echar un vistazo al maíz. — Su voz sonaba derrotada.
Isabella se aferró a su brazo. Viajaron en silencio durante dieciséis kilómetros o más fuera de su casa hasta la posición de los ciervos. El camino se reducía a un callejón ensombrecido por los árboles, que era lo suficientemente ancho para un solo coche. Edward dejó escapar un largo suspiro y se secó el sudor de la frente. Isabella no podía soportarlo más; tenía que ofrecerle algún tipo de comodidad.
—Haría cualquier cosa por ti, lo sabes. Si pudiera hacer que esto desapareciera, lo haría.
Edward se detuvo. Apagó el motor y puso su cabeza en el volante. Luego se echó a reír. Con un movimiento repentino, se volvió hacia ella y suavemente la movió de su asiento a su regazo.
—La madera era digna de una gran cantidad de dinero. Dinero, Isabella. Sólo dinero. Y el seguro cubrirá la mayor parte de eso. Pero tú y tu preciosa preocupación por mí, vale más que todos los árboles del mundo. Venga. Vamos a preparar el maíz cerca de los ciervos y luego deja que te enseñe mi cabaña de caza.
