Capítulo 9
La cabaña de caza era casi tan grande como su pequeña casa. Cuando la dejó entrar, se sorprendió.
—Esto es increíble, Edward. Parece que Martha Stewart lo decoró.
Estaba impresionada, pero él se sorprendió.
—No digas eso, nena. Acabas de aplastar mi delicada sensibilidad masculina; Yo he decorado este lugar. ¿Es demasiado Fru-Fru?
Isabella se rió.
—No. No.— le aseguró a toda prisa.
Si bien, las paredes estaban pintadas de un sutil verde, y había techos empotrados, encimeras de granito, y un revestimiento de madera que parecía que venía de las páginas de una revista Southern Living. Había venados de cola blanca en todas partes. Isabella dio la vuelta y tomó nota de la cortina de la ducha a juego, alfombras de baño, cortinas, paños de cocina; incluso los platos tenían ciervos en ellos. Contuvo su diversión.
—Hiciste un gran trabajo. Definitivamente, hay vida salvaje, cuerpos duros y hombría sintiéndose en este el lugar.
En verdad, había hecho un trabajo maravilloso. Había asumido que un decorador de interiores había dado una mano en su casa principal, pero ahora veía que probablemente lo había hecho él mismo. Interiormente, estaba encantada. Su bebé tenía buen gusto, incluso si él no quería admitirlo.
Edward la agarró con un gruñido. Ese tipo de movimiento en Jacob le habría paralizado por el miedo, pero con Edward estalló en un ataque de risa.
—¿Estás burlándote de mí?
La levantó por encima de su cabeza, por lo que era imposible para ella escapar. Como si quisiera.
—Nunca. — se puso seria. —Todo en ti es absolutamente perfecto.
Martha Stewart: autora y presentadora de televisión estadounidense que formó un imperio con su negocio de estilo de vida y cocina.
Fru-Fru', significa cursi o recargado.
Southern Living es una revista de estilo de vida.
Y lo era. Pero, en este momento se veía caliente y cansado. Tenía hollín y suciedad sobre la ropa y notó una mancha de color rojo oscuro en el cuello, donde habían caído cenizas, provocando una ligera quemadura.
—¿Tienes algo de ropa extra aquí?
—Sí. — la miró con curiosidad. —¿Qué está pasando en esa mente privilegiada tuya?
— Creo que podrías utilizar la ducha.
Edward se apoyó contra la pared de la ducha y se regocijó con la atención que Isabella le estaba dando. Lo había llevado al cuarto de baño y desnudado con gran cuidado. Incluso se puso de rodillas a sus pies para quitarle los calcetines y las botas. Después de haberle desnudado por completo, se desnudó a sí misma y lo llevó bajo el curativo y caliente rocío. Tomando un paño suave y una pastilla de jabón, se había concentrado en él, limpiando todo rastro del fuego. Le lavó el rostro con ternura, levantándose de puntillas para llegar hasta su frente.
—Cuando lleguemos a casa, te voy a hacer un plato de sopa y una tarta de chocolate alemán, ¿suena bien?
Mientras le canturreaba, le lavaba el cuello, la espalda, los hombros y el pecho. De alguna manera, a lo largo del camino, se perdió el paño y lo fue enjabonado y calmando solo con las palmas de sus manos.
—Eso suena maravilloso.
Edward estaba empezando a sentirse maravilloso, también. Mientras Isabella se arrodillaba a sus pies, frotándole las manos arriba y abajo por sus piernas, sintió una parte de sí mismo recuperarse a un ritmo rápido. Prestando especial atención a sus pies, ella no estaba al tanto de lo que había empezado, hasta que levantó la vista y se encontró cara a cara con una potente erección.
—Bueno, hola.
Levantando la mirada hacia su cara, se encontró con su sonrisa de complicidad. Sin vacilar un momento, lo tomó en su boca, ahuecándole las bolas, mientras lo amaba en un estado de éxtasis sin sentido.
—Arriba, arriba. — le ordenó.
Poniéndola de pie, la apoyó contra la pared húmeda. Cubriendo su boca con la suya, pasó sus manos sobre su cuerpo febrilmente, buscando el mayor contacto corporal que fuera posible. Alzándola, la agarró del trasero.
—Pon tus piernas alrededor de mi cintura.
Lo hizo. Deslizando su boca por su cuello, él tomó un pecho en la boca, mordiendo con ternura su pezón.
—Bella, sabes tan bien.
Isabella presionó su cabeza contra la pared, mientras apretaba su centro caliente duro contra su ingle.
—Te quiero dentro de mí, Edward. — le instó.
Ella no tenía que pedirlo dos veces. Entró en ella y rápidamente salió.
—Protección. Protección.
Se arrodilló, con ella todavía en sus brazos, alcanzó fuera de la ducha y metió la mano en el bolsillo de los vaqueros, hasta que encontró un condón. Poniéndose de pie otra vez, presionó en ella.
—Ah, Bella. Haces que todo vaya bien.
La amó por todo lo que valía la pena. Envolviendo sus brazos alrededor de su cuello, lo besó en la cara, la garganta y los hombros.
—Bendigo el día en que te encontré. — susurró en su oído, mientras ambos se sacudían con la liberación orgásmica.
Isabella se prometió que pronto le diría a Edward que lo amaba. No decírselo se sentía como un engaño. Una semana pasó. Dos semanas. Tres semanas. Cuatro. Descansaron rodeados de amor y felicidad, pero ella todavía no podía decirlo. Lo intentó. Tres veces.
La primera, habían estado sentados en el sofá viendo la televisión. Había sido un día duro. Edward se había reunido con el agente de seguros y habían satisfecho la reclamación. Había recibido alrededor de setenta y cinco centavos por dólar, no tan bueno como había esperado.
Para empeorar las cosas, alguien había entrado al granero y puesto azúcar en el tanque de gasolina de su tractor, causando miles de dólares en pérdidas.
—Es sólo que no sé de donde están viniendo todos los problemas.
Edward suspiró mientras yacía con la cabeza en su regazo.
—Isabella, si no te tuviera al volver a casa, no sé lo que haría.
Fue en ese momento cuando ella abrió la boca para decir esas dos pequeñas y esquivas palabras. Te amo. Pero se mantuvieron firmes en su garganta. Nunca las había dicho en voz alta, o de otra manera, a cualquier persona desde su madre. El momento pasó cuando él se giró y comenzó a acariciarla en el estómago, la mano dando masajes a su pecho. Pronto, su boca y mente estaban ocupadas de otra manera.
La segunda vez fue mientras estaban sentados con los gatitos en el porche. Ella miraba a Edward sostener una bola de hilo, mientras los gatos machos danzaban a su alrededor con alegría.
—¡Salta! ¡Salta!
Se volvieron locos dos de ellos, saltaron y chocaron el uno contra el otro en el aire. Isabella no veía las travesuras de los gatitos por observar al hombre al que adoraba.
—Ve a ver a mamá. — alentó a Monkey Boy, el gatito naranja.
El gatito de color calabaza se volvió hacia él en su lugar, agarrando su mano en un juego de guerra simulada. Edward se rió.
—No, no ataques a papi, ve a por mami.
Ante sus divertidas palabras, el corazón de Isabella se desbordó.
Mami. Señor, le encantaría ser la madre de sus hijos. Sin embargo, él siempre insistía en ponerse un condón. Isabella tenía toda la intención de ir al médico y obtener una receta para la píldora. Quería sentir su piel contra la de ella de la manera más íntima. Y a pesar de que entendía su miedo con Lauren hacía todos esos años, y la forma en que no quería un embarazo no deseado con alguien con quien no estaba totalmente comprometido, le dolía saber que ella podría caer en esa categoría.
—Edward...
Abrió la boca para decir las palabras y él la miró con la expresión más entrañable en su rostro. Pero se quedó inmóvil. Mucho dependía de su respuesta. Sabía en su corazón que necesitaba oír las palabras. Y si él no podía decirlas, sabía que, literalmente, la mataría. Se sentía como que la amaba. La miraba como si la amara. La tocaba como si la amara. Pero nunca se lo había dicho, y eso marcaba una diferencia.
La tercera vez habían estado en la cama. Su cama. Se acostó un poco más abajo que ella, con la cabeza apoyada en su hombro, una gran mano ahuecando y acariciando su pecho. Habían hecho el amor deliciosamente sólo unos minutos antes, le había dado el tercer orgasmo de la noche.
Estaba absolutamente satisfecha y saciada, pero si seguía trabajando su pezón entre los dedos de la forma en que lo estaba haciendo ahora, un cuarto clímax no estaría fuera de cuestión.
—¿Isabella?
—¿Qué, amor?
Le encantaba sentir su peso presionándola bajo la ropa de cama. Siempre estaba cuidado de no aplastarla, pero Isabella se permitía a sí misma la sensación de tenerlo arriba tan a menudo como podía. La posición del misionero era su favorita, no había nada como sentir a su amado tocándola de pies a cabeza mientras bombeaba su camino a la satisfacción mutua.
—Amo estar aquí contigo de esta manera. — le respondió con un apretón y un beso a la parte superior de la cabeza. —No sé lo que está pasando. Primero, el fuego, luego el incidente del tractor, y hoy he encontrado la valla de alambre de púas alrededor de los pastos de las vacas cortada en cuatro lugares. Todos los días es un nuevo problema. Eres lo que me mantiene en marcha. Si no te tuviera cuando regreso a casa, no sé lo que haría.
—¿Las autoridades no pueden darte ninguna respuesta?
Isabella usó sus labios y manos para transmitir todo el amor que no se atrevía a poner en palabras. Edward frotó su mejilla hacia arriba y abajo en la suave piel de su pecho.
—Ni idea. Es como si el culpable fuera un fantasma, ni siquiera está dejando huellas. Mi agente de seguros me anularía las pólizas si no fuera un viejo amigo de la Universidad.
Incapaz de ayudarse a sí mismo, aun en medio de su angustia, Edward levantó la cabeza y fundió sus bocas.
—Me gustaría poder hacer algo para ayudarte. — murmuró entre besos.
—Oh, Bella, mi amor, esto es lo que haces para ayudar. Y lo haces muy bien.
Se puso de pie sobre ella, protegiéndola, y luego se la llevó al paraíso en sus brazos. Mientras lo recibía en su cuerpo, las palabras se atascaban en su garganta, pero su mente coreaba en conjunto con sus embestidas.
—Te amo. Te amo. Te amo.
Edward se había ido a una venta de ganado, por lo que Isabella tuvo la oportunidad de poner por escrito lo que no se atrevía a decir en voz alta. Tomando una hoja de color rosa, se fue y se sentó en su lado de la cama y sostuvo la almohada mientras escribía. Su plan era darle esta nota cuando se fuera después del almuerzo, con la petición de reunirse con ella en su lugar especial, si se sentía de la misma manera. Los nervios le hicieron temblar la mano.
Al no ser lo suficientemente valiente como para ofrecer un ultimátum, iba a darle una salida. No estaba lista para dejarlo, incluso si él no la amaba lo suficiente como para decirlo.
Cuando comenzó a escribir, ofreció una pequeña oración para que Edward la amara tanto como ella lo amaba.
Querido Edward:
Nunca me atreví a esperar el día en que iba a ser capaz de decir estas palabras a un hombre.
No te asustes. Este es un regalo, un regalo que no tiene que ser correspondido para ser real.
Te amo.
Eso es, lo dije. Te amo. Te amo tanto que me duele. No tengo ninguna expectativa, pero si te sientes de la misma manera, nos vemos en nuestro lugar especial a las seis de esta tarde. Estaré esperando.
Si no sientes lo mismo que yo, sólo tienes que esperar por mí en casa. Me quedaré en el estanque hasta las siete, esperando. Si no me amas, lo entiendo. Nunca voy a mencionarlo de nuevo; será como si nunca hubiera pasado. Te amo lo suficiente para los dos. Esto no es un ultimátum; Me quedaré contigo, no importa qué, siempre y cuando me quieras. Prefiero tenerte sin amor, a no tenerte en absoluto.
Te amo
Isabella.
—¡Isabella! ¡Estoy en casa! — gritó Edward cuando se acercó, a la hora de comer. —Algo huele bien.
Rápidamente se lavó en el pequeño baño junto a la cocina, y luego siguió a su nariz hasta la mesa de comedor.
—¿Filete de pollo frito? ¿Para el almuerzo? Ah, Isabella. Mi favorito.
Rebosaba felicidad mientras le ofrecía el filete empanado cubierto de salsa y puré de patatas con una guarnición de alubias. Le encantaba cocinar para Edward.
—Vas a hacer que engorde, bebé.
No había ninguna posibilidad de eso, no con el trabajo duro y largas horas de trabajo manual que Edward hacía en su vida cotidiana.
—Siéntate y come antes de que se enfríe. — le instruyó como una pequeña mamá-gallina, sirviéndole un vaso de té helado endulzado.
Edward comía como si no hubiera un mañana, elogiando repetidamente sus habilidades culinarias. Sin embargo, Isabella casi no probó su comida. Durante días, había tenido poco o ningún apetito. En un primer momento, lo había atribuido a un virus, pero ningún otro síntoma se había materializado.
—¿No tienes hambre, bebé? — preguntó Edward al verla dejar su tenedor, dejando la mayor parte de su alimento sin comer.
Mientras ella negaba con la cabeza, él insistió.
—No estarás tratando de hacer dieta o algo tonto como eso, ¿o sí?
Se había mantenido firme en que su cuerpo era perfecto y no tenía necesidad de tratar de perder ni un gramo.
—No. Sólo que no tengo apetito.
Ante su mirada de preocupación, trató de aligerar su estado de ánimo.
—Por comida.
Con sus palabras, sus ojos se oscurecieron por la pasión.
—Si no tuviera algo que hacer, nena, me gustaría mantener esa dulce promesa en tus ojos.
El resto de la comida pasó entre bromas ligeras, pero antes de que él se fuera, se armó con el valor suficiente para entregarle la nota cuidadosamente plegada. La puso en la palma de su mano.
La reunión con los nuevos voluntarios en el refugio de animales fue un poco más larga de lo previsto. Eran casi las seis cuando regresó a casa. Antes de entrar, Edward se detuvo al lado del taller de sillas de montar para descargar los suministros que había recogido en la oficina de correos y para realizar una llamada telefónica a la joyería. Después de unos momentos de conversación, sonrió y apagó su teléfono. El anillo de compromiso estaría listo en esa semana. Él apenas podía esperar para decirle que la amaba y ver su cara cuando aceptara su anillo.
Viendo la luz encendida en la cocina, se acordó de la nota. La leería tan pronto como guardara estas cosas. Su libido se elevó, anticipándose a lo que diría la nota. Cuando fue a abrir la puerta a la talabartería, se sorprendió al encontrar que ya estaba abierta. Al entrar, se horrorizó al ver todo el lugar destrozado.
—¡Mierda!
Por un momento, consideró ir a contarle a Isabella. Ella siempre le hacía sentirse mejor, pero recordando que no se sentía bien, decidió protegerla de más preocupaciones. Caminando, inspeccionó los daños. No parecía faltar nada; simplemente todo estaba volcado. Varias botellas de aceite rotas, pero por suerte, no había dejado ninguna montura acabada, cinturones, o billeteras alrededor. Todo en lo que había estado trabajando estaba completado y enviado a sus respectivos propietarios.
Mirando el reloj, pensó que podía limpiar este desastre en aproximadamente una hora e Isabella no tendría que saber nada.
A las siete y media, Edward terminó la última parte de la limpieza. Le había llevado veinte minutos recoger todas las perlas de Isabella y ordenarlas por color de la forma en que le gustaba mantenerlas. Quienquiera que había roto y pretendido destruir esta parte de su mundo lo odiaba con una ferocidad que le sorprendía.
¿Qué podría ser lo siguiente?
Temía por los perros y gatos y determinó que pasarían sus noches en la casa de ahora en adelante. Si pudiera, traería a cada vaca y ternero, pero no podía. Lo más valioso que tenía que proteger era a Isabella, y ella lo estaba esperando este momento.
Para ella hacer el camino hasta allí no fue tan fácil como para Edward. Principalmente, porque no había tenido el vehículo de cuatro ruedas a su disposición. Pero había caminado penosamente hasta la laguna con dos cestas llenas de comida, champán y velas.
A las seis, tenía todas las velas encendidas, y se sentó a esperar. Con ansiedad, esperó por Edward. No sabía si iba a conducir su camioneta, el vehículo de cuatro ruedas, o si iba a caminar como ella lo había hecho. No importaba cómo llegara hasta allí, con tal de que viniera.
Las seis llegaron y se fueron.
A las seis y quince estaba nerviosa. Tal vez, se había retrasado. La reunión podría haber durado más de lo que esperaba.
A las seis y media, estaba temblando. Diferentes escenarios plagaban su mente. Todavía tenía treinta minutos de espera. Miró el champán y consideró el coraje líquido, pero quería abrir la botella con Edward, no sola.
A las seis y cuarenta y cinco, se puso a llorar. No iba a venir. Bueno, tenía la respuesta. No la amaba. Se sentó estoicamente en el muelle hasta las siete, dándole todas las oportunidades para llegar a ella.
Isabella tuvo que admitir que estaba sorprendida, había estado tan segura de que Edward la amaba. A las siete y cinco, empacó todo de nuevo y comenzó el regreso a la casa del rancho.
Caminar hacia la casa de Edward desde su lugar especial fue el más largo y más solitario paseo que había hecho nunca. Estaba literalmente temblando por los nervios.
¡No había venido! Él no la amaba. Esas dos realidades se mantuvieron dándole una palmada en la cara una y otra vez. Se obligó a respirar, tenía que concentrarse. La idea primordial en su mente era mantener la calma antes de tener que enfrentarse a Edward.
Deslizándose por la puerta trasera, dejó caer la comida en la mesa de la cocina y se retiró al baño como un animal herido. Isabella se secó la cara después de lavarla con agua fría, tratando de conseguir que bajara la hinchazón de sus ojos. Volviéndose a aplicar un poco de maquillaje, decidió que se veía medio decente. La parte más difícil sería que él lo sabría. Y tenía que actuar con normalidad. Le había prometido que lo haría. En la nota, le había dicho a Edward que las cosas seguirían como estaban y eso es exactamente lo que pretendía hacer.
Isabella cerró los ojos y deseó una y mil veces no haber escrito la nota. ¿Cuán estúpida podía ser? Bastante estúpida, al parecer.
Oyó la puerta de la cocina abrirse. Edward estaba en casa.
Poniendo una pequeña sonrisa en su rostro, se dirigió hacia él. Cuando entró la primera vez, había dispuesto la comida que había preparado tan cuidadosamente para su interludio romántico fracasado. Dado que no había preparado nada más, ahora tendrían que comerse las brochetas de langosta y los camarones. Su pequeña fiesta de amor se había convertido en una comida embarazosa y humillante. La verdad sea dicha, Isabella, simplemente se sentía como una tonta.
—Esto se ve muy bien, Isabella. — la saludó Edward al entrar en la cocina. —No puedo creer que hayas arreglado todo esto, te tomaste muchas molestias.
Lo vio bajar los platos para mantener no sólo los productos del mar, también la pasta y la fruta.
—No fue un problema, de verdad.
Su voz, Isabella lo supo, se estremeció una mínima cantidad.
—Oye, un Chablis espumoso. ¿Es esta una ocasión especial?
Isabella no podía mirarlo. ¿Estaba siendo deliberadamente cruel? Tal vez, él estaba tratando de reafirmar su punto. No la amaba.
—No. Ninguna ocasión especial. Sólo un día común y corriente.
Estaba decidida a ser fuerte. Sin embargo, mirando a Edward, sabía que las cosas no serían lo mismo. Estaba distante y reservado, claramente incómodo. Isabella se dio cuenta de que, si ella no sacaba esto adelante, iba a perderlo ahora, esta noche.
—Hay pastelitos de chocolate garnacha, también. Tus favoritos. Vamos, comamos.
Le instó a sentarse, decidida a hacerle ver que podía superar esto. Le había dicho que no esperaba nada de él. Y nada era lo que iba a conseguir. Así pues, solo lo superaría.
—¿Tuviste un buen día?
—Por supuesto. Nada especial.
Comieron prácticamente en silencio. Ninguna comida que habían compartido había sido nunca tan torpe.
Edward trató de actuar normal, pero estaba asustado. Algo estaba mal, muy mal. Cuanto más lo pensaba, más se daba cuenta de que ambos estaban en peligro. La comida estaba preciosa, pero sabía cómo cartón para él. Era difícil esconder la verdad de Isabella, pero no tenía intención de llevarle un momento más de infelicidad a su vida. Terminado una magdalena, empujó su plato.
—Gracias por la comida, cariño. Si te parece bien creo que voy a entrar a todos los perros y gatos. Hay un coyote por los alrededores y no me gustaría perder a uno de ellos. ¿Por qué no vas al piso de arriba? Yo subiré después. Hay algunas llamadas que tengo que hacer.
Él no esperó una respuesta e Isabella no tenía una. Estaba agradecida por el descanso de su compañía. Las lágrimas fluían de nuevo. Era la primera noche que no hacían el amor.
Él no se metió en la cama hasta muy tarde, y ella no se movió. Él no alargó la mano hacia ella, y ella se quedó con cuidado sobre su lado. Apretando sus ojos al máximo, oró por fuerza.
Era una tortura estar tan cerca de él, y no extender la mano y tocar su piel caliente. Mientras yacía allí, literalmente temblaba de deseo. ¿Cómo podía ser tan débil? Jacob le había hecho daño con sus puños, pero ningún golpe nunca le había llevado tanta agonía.
Cuando Isabella se despertó a la mañana siguiente, Edward se había ido.
Edward fue a la joyería y recogió el hermoso anillo de Isabella. Ahora, sólo tenía que esperar el momento adecuado. Quería que fuera pronto, pero ahora el problema de su torturador estaba echando a perder el estado de ánimo de ambos. Se había sentido tan derrotado la noche anterior que ni siquiera había sido capaz de mantener una conversación decente en la cena. No habían hecho el amor, tampoco. Había estado dormida cuando finalmente se había retirado, y había decidido no despertarla. Ella no se había sentido bien, y necesitaba descansar. Pero le había costado muy caro, había permanecido allí con hambre de su cuerpo, como siempre.
Despertando y tratando de iniciar el día con una persistente erección era una experiencia nueva desde que Isabella había entrado en su vida.
Siempre estaba preparada y dispuesta para darle placer a cualquier hora del día. Esta mañana, sin embargo, se había deslizado fuera de la cama antes de que ella abriera los ojos. Extraño. Esta noche, podrían poner todo en equilibrio.
Abriendo la caja y mirando el anillo, sonrió. Esto iba a hacer muy feliz a Isabella. Con cuidado, puso el recibo en su cartera, por si acaso.
Echando la cabeza hacia un lado en la taza del wáter, Isabella vomitó su desayuno. Se sentía peor, no mejor. Su triste estado de ánimo tampoco estaba ayudando. Levantándose, se lavó los dientes. Mirando alrededor del cuarto de baño mientras se cepillaba, sus ojos se posaron en el calendario vaquero que Edward mantenía encima de su tocador, por alguna razón impía. Fue sólo una mirada inocente, no estaba realmente pensando en nada. Lo siguiente de lo que fue consciente hizo que estuviera a punto de escupir antes de poder apuntar siquiera al lavamanos.
—Oh. Mi. Dios.
Isabella se deslizó hasta el suelo. Habían pasado más de dos meses desde que tuvo un período.
Un calidoscopio de emociones la bombardeó. Alegría. Horror. Curiosidad. Consternación.
Tenía que saberlo. Tenía que saberlo con seguridad. A toda prisa, se vistió y tomó su bolso. Edward se había ido, menos mal. Ciertamente no quería responder ahora mismo a ninguna pregunta. ¿Cómo habían pasado de compartir todo lo posible a evitarse el uno al otro? Oh sí. Era su estupidez y esa tonta nota. Si Isabella pudiera haber vuelto atrás en el tiempo, y mantener la nota fuera de las manos de Edward, hubiera estado buscando el DeLorean y a Michael J. Fox. (Referencia a la película Regreso al pasado)
Conducir a la ciudad y a la farmacia tardó una eternidad. Si estaba embarazada, ¿cómo se lo diría a Edward? Él no la amaba, y esto ciertamente no lo iba a dejar pasar muy bien. Pero ¿cómo no iba a decírselo? Muchas personas se habían juntado y se habían casado por razones peores que un bebé. ¿Podría vivir casada con él por un niño en vez de por amor? Isabella no sabía la respuesta a esa pregunta.
Afortunadamente, no conocía a nadie en la farmacia. Esta era una situación que no quería compartir con nadie en este momento. La farmacia tenía un cuarto de baño, así que cuando pagó por la prueba de embarazo, se dirigió a la intimidad de una cabina y abrió el paquete. Tuvo que sentarse un momento antes de poder orinar en el palito. Demasiado nerviosa para orinar, era la primera vez. Después de reunir un pequeño flujo, esperó, conteniendo la respiración. Dejando que los minutos asignados pasaran, levantó el bastón para su examen. Un signo más apareció, claro como el agua.
Isabella Cooper Dalila Swan esperaba un hijo.
El hijo de Edward Kyler Cullen.
Verificarlo era necesario. Isabella condujo directamente a la clínica. Conocía a Jasper; se sentiría segura con él. Estacionando y abriéndose camino a la sala de espera, intentó poner sus pensamientos en orden.
La enfermera la reconoció; Isabella creía que su nombre era Jessica. Era una pena que entre todos los lugares de la ciudad donde poder ser reconocida, la sala de emergencias y la clínica estuvieran en la parte superior de la lista. Algunas cosas nunca cambian.
Al poco tiempo, fue su turno.
—¿Qué puedo hacer por ti, Isabella?
Jasper le dio una gran sonrisa.
—Creo que estoy embarazada. ¿Harías un análisis de sangre y me lo dirías con certeza?
Decir que dejó a Jasper sin habla era quedarse corto. Finalmente, habló.
—Muy bien, Isabella. Lo comprobaremos.
Llamó a la enfermera y al mismo tiempo que esperaba a que ella llegara, preguntó.
—¿Dónde está el viejo Edward hoy?
Lo que estaba diciendo en realidad era: '¿por qué no está Edward contigo?'
Isabella respondió a las dos preguntas; la explícita y la implícita.
—Tuvo mucho que hacer en este día. Y no le he contado sobre mis sospechas. Todavía.
La enfermera, Jessica, vino y se llevó la cantidad necesaria de sangre. Jasper le dijo que tenía que ver a otro paciente, pero si ella esperaba, tendría pronto su respuesta.
Estuvo sola durante unos minutos, pero luego Jessica regresó.
—¿Sra. Swan?
—¿Sí? — Isabella fue tomada por sorpresa.
—Solía salir con Anthony Cullen. No conocía muy bien a Edward, pero tengo alguna información que podría necesitar saber.
Jessica parecía arrepentida, pero decidida.
—¿Qué información?
Isabella no tenía ni idea de lo que la enfermera estaba hablando.
—Edward y Anthony han estado eludiendo el matrimonio durante años. Ellos nunca han ido en serio con una mujer, nunca. Y tienen una razón.
Isabella estaba colgando de cada palabra. Algo le decía que las palabras la acabarían matando.
—Tienen un fondo fiduciario que les dejó una vieja tía solterona. Es un fondo fiduciario grande, el problema es que no lo consiguen hasta que tengan treinta y tres o treinta y cinco años, no me acuerdo cual.
El dinero no le importaba a Isabella. No importaba si Edward tenía dinero o no. Amaba a Edward por sí mismo, no por lo que tenía. Pero no la interrumpió.
—Continua.
—Hicieron un pacto infernal hace algunos años.
Isabella la miró desconcertada, Jessica respiró profundamente y continuó.
—Para protegerse de las buscadoras de oro o de las decisiones hechas a toda prisa, estuvieron de acuerdo en que cualquiera de los dos que se casara antes de recibir el fondo fiduciario, perdería su mitad en favor del otro gemelo.
Por un momento, las palabras no tuvieron sentido. De hecho, después de un minuto o dos las palabras todavía no tenían sentido.
Sin duda, esto no era cierto. No es que quisiera nada, el dinero no era importante para ella. Pero podría serlo para Edward.
Jasper volvió con una gran sonrisa en su rostro.
—Las felicitaciones son obligadas, Isabella. Estás embarazada de ocho semanas, por lo menos. No puedo esperar para felicitar a Edward.
—No, Jasper.
La mente de Isabella iba a toda prisa.
—Por favor, no le cuentes nada a Edward.
Ante su tono grave, Jasper se puso serio.
—No me corresponde a mí decir nada, Isabella. No tienes de que preocuparte.
Isabella tenía que averiguar si lo que le habían dicho era verdad. Insistió en pagar la prueba en efectivo, segura de que no quería añadir esto a su deuda con Edward. Una sensación de hundimiento se apoderó de ella, además de un buen caso de náuseas matutinas.
Si Edward se enterara del bebé, se casaría con ella. Edward era un caballero por encima de todas las demás cosas. Se casaría con ella, con amor o sin amor. Y si esto fuera cierto, el matrimonio le costaría mucho más que su libertad.
Anthony echó un vistazo por la ventana. ¿Quién diablos? El frenético golpeteo lo despertó de una siesta muy necesaria. Había volado de regreso a las tres de la mañana y el jet-lag tenía su cuerpo cuestionándolo todo.
Su investigación del cartel mexicano se estaba calentando, y tenía que tomar ventaja de cada descanso que se le diera. Era importante mantener su mente lo suficientemente clara para mantener su culo fuera de cualquier hoyo. Parpadeó y confirmó quien estaba sacudiendo su puerta. Era Isabella. La Isabella de Edward. Frotándose los ojos, fue hacia la puerta y abrió.
—Isabella. Qué sorpresa.
Sabía que probablemente no sonaba hospitalario.
—¿Qué puedo hacer por ti?
—Anthony, solo será un minuto. Tengo que saber algo. Es importante.
Se preguntó por su comportamiento. Su voz temblaba.
—Está bien — Dio un paso atrás. —Adelante.
Isabella entró solo un paso dentro de la puerta principal. Al parecer, esto iba a ser una pregunta rápida.
—¿Tú y Edward tenéis algún tipo de entendimiento o acuerdo o lo que sea, que, si alguno de los dos se casa antes de llegar a los treinta y tres, perderá su herencia?
Isabella había dicho todo eso con prisa. Anthony pensó rápido. Tenía que averiguar exactamente cómo responder a esto. Maldijo su estado de somnolencia.
Al parecer, su información sobre el tratado Edward/Anthony vino desde el mismo Edward. ¿Quién más podría decírselo? Y si Edward le había dicho esto, entonces él estaba tratando de romper con ella. Esto sorprendió a Anthony, que había pensado que era la única para Edward. Pero ¡oye! Esa era la decisión de Edward, no de él. Por lo tanto, respondió de la forma en que pensaba que su hermano querría que lo hiciera.
—Me temo que tu información es correcta. Hicimos un acuerdo inflexible. Si uno de nosotros se decide a dar el paso antes de nuestro trigésimo tercer cumpleaños, entonces ese gemelo pierde un montón de dinero. Y me refiero a mucho dinero en efectivo. Definitivamente no vale la pena perderlo por una boda a la fuerza, o lo que sea.
Isabella tragó con fuerza ante la declaración de Anthony. Una boda a la fuerza. Esa sería una boda a consecuencia de un bebé. Que irónico.
Le tendió la mano para estrechar la de él. Se sentía como si una simple pluma pudiera derribarla. Pobre niño. Anthony le tomó la mano. Estaba tan fría como el hielo.
—Gracias, Anthony. Eso ayuda mucho.
Sin otra mirada, se dio la vuelta y se fue.
