Capítulo 10
En el camino de vuelta a casa de Edward, Isabella organizó y reorganizó sus pensamientos. No podía contárselo. No hasta después de su trigésimo tercer cumpleaños. ¿Pero era eso justo? Este era el hijo de Edward. Puede que no la quisiera a ella, pero seguro que querría a su hijo. Pero le costaría una fortuna. Sus pensamientos daban volteretas y saltos mortales.
Cuando llegó en su pequeño coche negro al camino de entrada, los perros estaban dando vueltas en frente de la casa. No había rastro de Edward. Ella todavía no había tomado una decisión firme.
Tal vez, podía tantearlo en la cena y decidir con seguridad después de eso. Otro factor sería si no hacía el amor con ella esta noche. Siempre se sentía tan valorada en sus brazos. Tal vez eso la ayudaría a decidir.
Al salir del coche, trató de calmar a los perros. Nunca los había visto de esa manera. Pero sus propios problemas monopolizaron sus pensamientos. Entrando en la casa, dejó su bolso y se paró frente a la nevera. ¿Qué debía cocinar? Sólo un par de días antes, la idea de cocinar para Edward la había llenado de alegría, ahora no podía pensar con claridad el tiempo suficiente para tomar una decisión.
Al abrir la puerta de la nevera, se inclinó para mirar dentro. Una pieza fría de cuero se deslizó por su garganta. Cuero. Edward. Este era un juego nuevo que quería jugar. Alivio se filtró a través de su dolor.
Entonces el cuero se tensó dolorosamente, cortándole el aire. Brutalmente, ella se tiró hacia atrás. Sus manos subieron a la garganta y sus ojos se agrandaron mientras miraba a Jacob Black directamente a la cara.
—Hola, Isabella. ¿Me extrañaste?
Ella no respondió. No podía. Él tomó un puñado de pelo y la puso de rodillas.
—Le diste mi libro de registro a los policías, Isabella. Eso fue una estupidez.
Mantuvo el cuero tan apretado alrededor de su cuello que creía que se iba a desmayar en cualquier momento. Pero eso habría sido demasiado misericordioso. Jacob tenía otras ideas. Dejando caer el cuero, se aferró a su pelo, empujándola a la distancia necesaria. Ella sabía lo que venía. Había venido mil veces antes. Jacob echó hacia atrás su puño y luego lo llevó hacia adelante con una fuerza tremenda.
El golpe aterrizó en el pómulo y lo oyó estallar. El dolor rebotó a través de su cerebro, astillando sus pensamientos en un billón de piezas.
—¿Has estado divirtiéndote follando a tu vaquero?
Por supuesto que no esperaba una respuesta, e Isabella sabía que no debía pensar que podía razonar con él. De modo que tuvo que soportarlo, con la esperanza de desmayarse, como lo había hecho una y otra vez. El siguiente golpe fue igual de duro, pero éste se posó en su boca. La sangre brotó generosamente desde el corte que floreció en el labio como una flor escarlata.
—¡No puedo creer que finalmente encontraras a alguien que pudiera soportar tu feo cuerpo!
Isabella cerró los ojos y esperó el siguiente golpe. Luchó, pero conocía la fuerza de Jacob y conocía la suya propia. Luchar era inútil.
El tercer golpe la alcanzó en la mandíbula, tirándole violentamente la cabeza hacia atrás. Su visión empezó a nublarse y por primera vez, Isabella consideró que podría no sobrevivir a esto. Los pensamientos de su bebé la hicieron gritar.
—¡Edward! ¡Edward! — Gritó desesperadamente.
Edward no estaba aquí. No habría ningún rescate. Isabella no quería morir y no quería que su bebé muriera. Tal vez, ella y Edward nunca habrían sido una familia, pero seguro que podrían haber llegado a algún acuerdo sobre su hijo.
Su hijo. Dios, ¿cómo podía la vida ser tan cruel?
—¡Cállate, puta! — le gritó Jacob. —Te he echado de menos, Isabella. Nadie me ha hecho más feliz en la cama que tú. Seguramente sabes cómo complacer a un hombre, nena.
Su uso de sus palabras cariñosas revolvió el estómago de Isabella. Ella pertenecía a Edward, no a Jacob. Incluso si Edward no la quería. A medida que Jacob se echaba hacia atrás para golpearla de nuevo, se dio cuenta de una triste verdad. Sólo porque algo te pertenece, no significa que tienes que quererlo. Se dio cuenta de que el último golpe se expandiría por su sien y, afortunadamente, no se daría
Cuando Edward llegó a casa, los perros fueron a buscarlo a la camioneta. Samson y Rover estaban histéricos. Rover corría hacia él, y luego de vuelta a la casa, corría hacia él, y nuevamente de vuelta a la casa, y el aullido que hacía causaba que la sangre de Edward se congelara. Algo andaba mal. Algo estaba muy mal. Corriendo al porche, comenzó a llamar el nombre de Isabella.
—¡Isabella! ¡Bella!
Nunca debería haberla dejado sola. La puerta de la cocina estaba cerrada con llave. Mala señal. Entrando, palideció. ¡Había sangre por todo el suelo!
Había un rastro de sangre, como si algo hubiera sido arrastrado desde la cocina y el pasillo.
—Dios, no. Dios, no. Dios, no.— rezó.
Pero, cuando dobló la esquina y entró en la habitación de invitados, se dejó caer de rodillas en agonía. Isabella estaba tendida en el suelo. Su cara estaba ensangrentada y golpeada.
—Oh, mi dulce amor.
Se arrodilló junto a ella, con la respiración entrecortada y tortuosa. ¿Cuánto tenía que sufrir una persona? Tironeó su móvil del bolsillo y llamó a la ambulancia. Gritó para que se dieran prisa. Sintiendo el pulso, lo encontró irregular y débil. Tomando un tiempo precioso, llamó a su hermano.
—¿Hola?
—Anthony, te necesito hombre.
—¿Qué necesitas?
Anthony estuvo despierto y alerta al instante.
—Es Isabella, Anthony. Alguien la atacó. Está mal, hermano.
—¿Dónde estás?
—Mi casa. He llamado a la ambulancia. ¿Te reunirías conmigo en el hospital?
—Trata de preservar la escena del crimen, Edward. Déjame ir allí primero y conseguir un equipo forense en esto y entonces voy a ir al hospital. ¿Vale?
—Lo que creas mejor.
Edward cortó la llamada y luego se acostó junto a Isabella. Puso su brazo alrededor de ella.
—Estoy aquí, Isabella. Estoy aquí.
Le tomó la mano, dispuesto a que ella se diera cuenta de que estaba a su lado. Isabella no movió ni un músculo.
La ambulancia tardó muchísimo en llegar, pero cuando lo hicieron, Edward retrocedió y los dejó hacer su trabajo. Contuvo la respiración, mientras levantaron hasta la camilla su cuerpo aparentemente sin vida. Comenzó a seguirlos afuera, y se dio cuenta de que los animales necesitaban ser alimentados. Sólo tendrían que esperar.
—Será mejor que consigas una chaqueta, hombre. Nuestro primer buen frente frío se supone que viene esta noche.
El tipo EMT miraba con simpatía a Edward. Edward no quería pensar, así que cogió la primera chaqueta que pudo encontrar. Sin pensar, se la puso.
Por desgracia, el hospital se estaba convirtiendo en un lugar familiar para Isabella. Pensar en la cantidad de tiempo que había pasado en uno y por qué razones, hacía morir a Edward un poco por dentro. Era tan preciosa. Era tan dulce. Y había sufrido tanto en su corta vida.
¿Quién podría haber hecho tal cosa? Si no lo supiera mejor, habría pensado que esto era obra de su supuesto marido. Pero lo sabía. Jacob Black estaba muerto. ¿No es así? Vagamente, recordó a Isabella diciendo que el cuerpo de Black no había sido encontrado. Ese pensamiento hizo que la sangre de Edward se congelara en sus venas.
Se puso de pie tan cerca de ella como el médico le permitía mientras la metían en la ambulancia. Tan pronto como cerraron las puertas, se dirigió a la camioneta y siguió al vehículo de emergencia mientras recorría los caminos rurales.
El sonido de la sirena hería el corazón de Edward. Condujo los kilómetros al hospital sin ver nada más que el maltratado rostro de Isabella. Dios, lo que no daría por tener una hora con el que había herido a su precioso bebé. De ninguna manera iba a descansar hasta que se encontrara con aquel bastardo. Sabía que tenía que haber alguna relación con su marido muerto, pero cual era no lo sabría decir.
Cuando se detuvieron a la entrada de la sala de emergencia, Edward se metió en un lugar del estacionamiento y llegó a las puertas automáticas antes de que hubieran bajado a Isabella. Jasper se encontró con ellos, habiendo sido ya notificado de que estaban en camino.
Jasper parecía casi tan mal como Edward.
—Dios mío, no puedo creer esto.
Dirigió a los del personal de Emergencias para llevar la camilla a la primera área de observación. Forzando a Edward a dar un paso atrás, comenzó a examinar a Isabella.
—Ve a sentarte, amigo. Dame espacio para trabajar. ¿Qué pasó con nuestra dulce niña?
—No lo sé. La encontré así. En nuestro hogar.
La voz de Edward se rompió mientras trataba de hablar.
—Tengo que hacer una serie de pruebas. ¿Por qué no esperas en el vestíbulo? — Jasper no esperó una respuesta, y ayudó a una enfermera a llevar a Isabella al final del pasillo.
Edward se sentó con la cabeza entre las manos. ¿Podría haber sido Black? Si no era así, entonces, ¿quién? Si se tratara de Black, eso explicaría muchas cosas, todos sus problemas, así como el ataque de Isabella.
Después de unos largos minutos, Edward se dio cuenta de que lágrimas fluían por sus mejillas. Alcanzando el bolsillo para sacar un pañuelo, sus dedos se cerraron sobre un trozo de papel. Sacándolo echó un vistazo para ver lo que era.
La nota de Isabella.
Nunca la había leído.
Se había olvidado por completo de ella.
La abrió y la leyó a través de los ojos bañado en lágrimas y lo que leyó literalmente, rompió su corazón en dos.
—Oh, dulce Señor. Oh Dios. Isabella, lo siento tanto.
Isabella le amaba. Había planeado un tiempo especial para ellos, sólo para poder aceptar ese amor. Leyó la nota nuevamente, y la agonía vino de nuevo. Se la imaginó esperando por él, finalmente dándose por vencida, pensando que él no la amaba.
—Oh, Dios mío, eso es lo que pensaba.
En este momento, Isabella estaba acostada en una habitación de hospital, inconsciente y su último pensamiento había sido que él no la amaba. Torturándose, leyó la nota por tercera vez.
Volvió a pensar en los acontecimientos de la noche anterior. La comida, su preocupación, su tristeza.
¡Y Dios! No habían hecho el amor.
Probablemente pensó que no había ido a la cama porque no la quería, que no la amaba. Dolía como cuchillos cortando a través de todo el ser de Edward. Se puso de pie, ansioso por estar al lado de Isabella. Tenía que decírselo. Tenía que hacerla entender.
Jasper se encontró con él mientras se dirigía hacia la sala de exámenes.
—Tiene una conmoción cerebral. No puedo decir cuánto tiempo va a estar inconsciente.
Cuando Edward llegó a su lado, la enfermera estaba limpiando y atendiendo los cortes y abrasiones en la cara. Se puso de pie, inamovible, hasta que se fueron. Un gotero intravenoso había sido puesto en un brazo, por lo que sostuvo el otro.
—Isabella. — Besó suavemente su cara. —Bella, ¿puedes oírme? Cariño, por favor, escúchame. Te amo. Te amo, Isabella.
Edward enterró la cara en su cuello.
—No te lo había dicho, porque, bueno, estúpidamente, quería hacer una gran cosa de esto. Quería esperar hasta conseguir tu anillo de compromiso. Ahora lo tengo, Isabella. No quiero que sea demasiado tarde, bebé. Por favor.
Edward notó la humedad en la cara de Isabella y en un primer momento, pensó que ella estaba llorando. Sin embargo, eran sus propias lágrimas, no las de ella.
—Siento mucho no haber leído la nota hasta esta noche. Isabella, no te habría lastimado por nada. Por favor créeme. Te adoro, Bella.
Jasper estaba en la puerta y observaba a uno de sus mejores amigos en plena agonía.
—Reza por ella, Edward. Reza por Isabella. Ella tiene que querer despertar. Tú puedes significar toda una diferencia para ella, Edward.
—¿Por qué no iba a querer despertar, Jasper?
Él sabía que Jasper no sabía nada de la nota o cualquiera de sus malentendidos. ¿De qué podría estar hablando?
—Este no es el primer viaje de Isabella aquí hoy.
Ante las palabras del médico, la imaginación de Edward se volvió loca. ¿Estaba enferma? Se acordó de las comidas escasas, sus pequeñas referencias a no sentirse bien.
—¿Está enferma, Jasper?
Ante la mirada afligida de Edward, Jasper cogió una silla y se sentó al lado de su amigo.
—Ella me advirtió que no te lo dijera, pero creo que esto supera a su petición. Está embarazada, Edward. Isabella lleva a tu bebé.
La noticia resonó en el alma de Edward. ¿Su bebé? ¡Su bebé y el de Isabella! Entonces, lo golpeó de nuevo. Ella pensaba que él no la amaba. Si esto no hubiera ocurrido, ¿se lo habría dicho? ¡Señor, qué desastre! ¿Por qué no la abrazó la noche anterior cuando tuvo la oportunidad?
—¿Nos puedes dejar solos durante unos minutos, Jasper?
Jasper se fue. Edward se puso de pie y se inclinó sobre Isabella. Puso su cabeza contra su abdomen. A continuación, la besó con ternura. Volviendo la cara, Edward se declaró una vez más.
—Cariño, sé lo del bebé. Te amo, Isabella. Amo a nuestro bebé. Por favor vuelve a mí.
Sin embargo, ella no se movió.
Y todo lo que podía hacer era sostener su mano y esperar. Y rezar. Pronto Edward cayó en el sueño. El timbre de su teléfono móvil le hizo saltar. Antes de responder, comprobó a Isabella. No había ningún cambio.
—¿Hola?
—Edward. Lo siento, no he llegado allí, hermano. ¿Cómo está Isabella?
—Ningún cambio. No ha despertado en absoluto. No desde que la encontré.
—¿Crees que podrías alejarte? Creo que lo tengo acorralado. Puede que desees estar presente. Si no me equivoco, creo que nuestro culpable es un hombre muerto.
—Jacob Black. Él lo hizo todo, ¿verdad?
Edward apretó los dientes.
—El maldito marido de Isabella incendió mis árboles, arruinó mi equipo agrícola, destruyó mi cerca, y destrozó mi talabartería. Problemas; nada más que problemas. Ahora, mira lo que ha hecho a Isabella. Las piezas encajan, Anthony. ¡Maldita sea!
Edward se levantó y besó a Isabella. Al salir de la habitación, era un hombre con un propósito.
Isabella abrió los ojos. No había estado despierta mucho tiempo, pero oyó lo que Edward dijo sobre Jacob. Todo era culpa de ella. Todo. Si nunca se hubiera mudado con Edward, nunca se habría enamorado de él, y él no habría sufrido tantas pérdidas. Y pensar que podría ocasionarle pérdidas adicionales solo con el cambio en su vientre.
No, eso no pasaría. Ella se encargaría de ello. Totalmente decidida, Isabella trató de moverse. La primera vez que trató de incorporarse una oleada de náuseas la tiró hacia abajo. Se quedó allí por un momento, respirando profundamente, tratando de recurrir a alguna fuente oculta de fuerza. Había soñado mientras está acostada aquí. Había soñado con Edward diciéndole que la amaba. Lo había dicho una y otra vez.
Los sueños pueden ser crueles.
Apretando los dientes, se obligó a incorporarse. Tenía que salir de allí antes de que Edward regresara. Tirando de la cinta adhesiva de su brazo, se quitó con cuidado la vía intravenosa. Deslizando su vestido por encima de su bata de hospital, se puso sus zapatos. Moviéndose lentamente, se las arregló para mantenerse en pie. Tenía que tener cuidado. Ahora tenía a alguien más en quién pensar. Un bebé.
El disparo resonó en el bosque. Estaba devolviéndoles el fuego. Anthony le confirmó que Jacob les estaba disparando con una de las armas del propio Edward.
—Maldito. — resopló Anthony cuando se puso en cuclillas a cubierto. —¿Lo ves?
—No.
Edward miró por encima de la gran roca, escaneando la maleza por algún signo de Black.
—Sí, lo veo. Ahí está. Y viene hacia aquí.
Jacob Black había perdido la razón. Drogas, alcohol, esteroides, y una enfermedad mental de origen genético se habían comido cualquier apariencia de cordura que podía haber poseído. Con un grito loco, combatió a los hermanos Cullen, las balas volaban en todas direcciones.
Sin vacilar, y sin el menor escrúpulo, Edward mató al ex Sheriff Jacob Black en defensa propia. Y no se arrepentía de ello ni por un momento. Este monstruo había lastimado a Isabella y merecía morir. Edward esperaba que no pudiera salir nunca del infierno.
Se quedaron con el cuerpo hasta que vinieron las autoridades locales apropiadas y les tomaron declaración. Caminando de regreso a las camionetas, Anthony se echó el sombrero hacia atrás y dejó escapar un largo suspiro.
—No te preocupes; yo me encargo del papeleo. No habrá problemas. Fue un asesinato legítimo.
—Me alegra haber sido yo la persona que consiguió apretar el gatillo. —confesó Edward, su adrenalina aún por las nubes.
Volvieron a la camioneta y Anthony apoyó una bota en el parachoques.
—Bueno, esta es una pieza del rompecabezas, pero no creo que sea todo. Aquí hay un extraordinario problema de drogas rodeando a Black. Creo que es más grande de lo que nadie había imaginado. Regresaré en pocos días, pero antes de irme...— Dudó. —Edward, tengo que decirte algo. Y tengo algo que preguntarte.
—¿Qué es, hermano?
—¿Cómo te sientes sobre Isabella? Quiero decir, sé que querías protegerla de este maníaco, pero aparte de eso, ¿cómo te sientes acerca de ella?
Edward miró a su hermano a la cara y respondió sin dudar.
—La amo, Anthony. La amo más de lo que amo a mi propia vida. Ella es absolutamente todo para mí.
—Yo podría haberlo estropeado, Edward.
—¿Qué quieres decir?
—Isabella vino a verme hoy.
Edward se sorprendió. ¿Dónde no había estado Isabella hoy?
—Tuvimos un malentendido, Anthony.
Edward no esperaba escuchar lo que su hermano tenía que decir. Se sentía tan culpable que las palabras simplemente comenzaron a salir.
—Estaba molesto por todas las cosas malas que habían estado pasando. Ahora, sé que Black estaba detrás de todo. Isabella me dio esta nota, ayer en el almuerzo. La metí en el bolsillo y me olvidé de ella. Tenía una reunión y luego, cuando llegué a casa, encontré mi taller de sillas de montar destruido. No quería preocupar a Isabella, así que limpié todo antes de volver a la casa. Si hubiera leído la nota, habría sabido que Isabella estaba tratando de decirme que me amaba. Tenía esta estúpida idea de querer esperar hasta el momento adecuado para decírselo. Incluso tenía planeado darle un anillo de compromiso al mismo tiempo. Ella me escribió esta nota, me decía que me amaba y me pedía que me encontrara con ella en el estanque. Dijo que me esperaría hasta siete y si yo no la amaba, que simplemente ignorara la nota. Decía que no importaba si yo no la amaba; ella me amaba lo suficiente para nosotros dos. Que nunca lo mencionaría de nuevo.
Anthony escuchaba el torrente de torturadas palabras de Edward. No lo interrumpió.
—Está embarazada, Anthony. Está embarazada de mi bebé y piensa que no la amo. Está embarazada de mi bebé, está acostada allí sufriendo, y piensa que no la amo.
—Pues yo aún lo voy a empeorar.
—¿Cómo demonios podrías empeorar esto?
Y entonces lo hizo.
—Ella vino a preguntarme si el acuerdo Edward/Anthony era real. No sé cómo se enteró, pero lo hizo. Pensé que le habías hablado sobre eso, lo que significaba que estabas tratando de alejarla.
—¿Qué le dijiste, Anthony?
Edward cerró los ojos en abyecto sufrimiento.
—Le dije que era verdad. Que, si te casabas antes de los treinta y tres años, perderías tu herencia. Ella me tendió la mano y me dio las gracias. Me dio las gracias por la maldita información, Edward. Luego se fue.
—Pensó que me casaría con ella por el bebé, perdiendo con ello el fondo fiduciario.
Edward casi cayó de rodillas en agonía. La realidad de la situación se instaló en los hombros de Edward como el peso del mundo.
—Lo siento, hermano.
Anthony era sincero.
—Tengo que arreglar las cosas con ella. Tengo que hacerlo.
Antes de que Edward pudiera tomar otro aliento, sonó su teléfono móvil. Era el hospital. La esperanza ensanchó el corazón de Edward, Isabella estaba despierta.
—¿Hola? ¿Qué?
Edward no podía creer lo que oía. Se volvió para mirar a su hermano, sus ojos estaban desolados.
—Ella se ha ido.
Isabella se apoyó en el revestimiento de la puerta y trató de recuperar el aliento. Finalmente había cedido y movido sus cosas a uno de los cajones en el armario de Edward y ahora las lágrimas corrían por su rostro cuando se arrodilló para ponerlos de nuevo en la maleta vieja y estropeada. A continuación, fueron los artículos de tocador, y, por último, estaba lista para recoger los animales.
Estaba a punto de empezar a tratar de llevar las cosas a su coche cuando pensó en el collar. Tocándolo, sintió el peso del bello diamante que Edward le había dado. No podía quedárselo. Valía una gran cantidad de dinero; él podría venderlo y recuperar parte de la pérdida que le había causado. Alcanzando detrás de su cuello, comenzó a desabrocharlo, pero un ruido le hizo volverse hacia la puerta.
Edward estaba plantado allí, con el corazón en sus ojos.
—Ni siquiera pienses en la posibilidad de quitarte ese collar.
Dejó caer las manos. Obedeció ese tono de voz al instante; era instintivo. Se movió con rapidez, cruzando la habitación, arrodillándose a sus pies. Puso sus brazos alrededor de sus caderas, presionando su cara en su suavidad.
—Te amo, Isabella.
—No es necesario que lo digas, Edward.
Su voz era pequeña y sin esperanza.
—Ah, pero lo digo.
La presionó hacia abajo para sentarla en la cama, luego apoyó la cabeza en su regazo.
—Eres mi amada.
—Jasper te lo contó, ¿verdad?
Un suspiro de resignación escapó de sus labios.
—Sí. Y estoy más feliz por el bebé de lo que nunca podrías imaginar, pero eso no tiene nada que ver con el hecho de que te valoro por encima de todas las cosas en este mundo.
A pesar de sus dudas, Isabella comenzó a acariciar su suave cabello castaño.
—Cásate conmigo, Bella.
—No puedo. Ya he tomado demasiado de ti. No puedo tomar más. Sé lo de tu fondo fiduciario. Jessica me lo contó.
Isabella cerró los ojos y se negó a mirarlo. Edward se inclinó y la besó tiernamente en los labios, calmando las contusiones y cortes que estropeaban su perfecto cutis.
—Todo eso era una broma, Isabella. Una estratagema. Una artimaña que Anthony y yo inventamos para mantener a raya a las mujeres insistentes.
Besó cada dedo y luego la palma de la mano.
—No a ti, bebé. Eres más importante para mí que todas ellas, más importante para mí que los árboles, las vacas, la granja, el taller, y sobre todo más que ese estúpido fondo fiduciario. La única cosa que no puedo permitirme perder es a ti.
Su respiración comenzó a acelerarse. Quería creerle. Pero todavía quedaba la cuestión de la nota.
—¿Por qué no viniste anoche...?
—Todo ocurrió a la vez. Isabella, Me olvidé de la nota. Ni siquiera la leí hasta esta noche. Nunca te habría dejado plantada. No te haría daño por nada del mundo.
Pasó sus fuertes dedos por la línea de seda de su garganta.
—Cásate conmigo, Isabella. ¿Por favor?
—Edward, cariño, no tienes que hacer esto.
Ella todavía no le creía.
—Ser tu marido es lo que quiero más que nada en el mundo. — habló con el corazón en su mirada.
—¿Lo estás diciendo por el bebé?
Casarse con él era lo que más quería, más que nada, pero la vida le había enseñado a esperar lo peor y así nunca se sentiría decepcionada.
Edward bajó la cabeza.
—Debe haber alguna manera de poder convencerte. ¡Espera!
Tomó la caja del anillo de su bolsillo y luego sacó lo que parecía ser un recibo de su billetera. En lugar de entregarle la caja, le mostró el papel.
—No mires la cantidad en dólares, Isabella. Eso no es lo importante. Mira la fecha, corazón. Mira la fecha en que pedí tu anillo.
Ella se secó las lágrimas de los ojos y trató de concentrarse.
—¿Hace cinco semanas? ¿Sabías que me amabas hace cinco semanas?
Edward enmarcó su rostro con las manos y la miró a los ojos.
—Supe que te amaba el primer momento en que vi valientemente enfrentando una gran serpiente de cascabel para salvarme.
Consiguió sacarle una sonrisa a su rostro.
—Supe que te amaba desde el momento en que te vi arrodillarte por un perro maltratado y ofrecerle amor incondicional.
Ella dejó escapar un suspiro y apoyó la cabeza en su hombro.
—Supe que te amaba la primera vez que mis labios tocaron los tuyos.
Ante esa admisión, llevó su boca a la de él y lo besó con ternura.
—Quise decírtelo muchas veces. Pero tenía miedo. Tú eres la primera persona que me ha hecho sentir como en casa en este mundo desde mi madre, y la idea de alejarme de ti era más de lo que podía soportar. Te amo, Bella. Tenía la tonta idea de decirte que te amaba y darte tu anillo con un gran gesto romántico. En lugar de ello, te hice creer que no me importabas. Por favor, perdóname.
Abrió la caja del anillo y le mostró el hermoso diamante. Cogiendo su mano, deslizó el anillo en su lugar apropiado.
—¿Qué hay de Jacob? — Preguntó vacilante.
—Jacob se ha ido. Ya no es un factor. Me hice cargo de él.
Poniéndose en pie, Edward comenzó a desnudarse, lentamente.
—¿Cómo te sientes para hacer el amor, bebé?
Ante su movimiento de cabeza tembloroso, la puso de pie y comenzó a desnudarla.
—He aprendido la lección de la noche anterior. Nunca más vamos a ir a dormir sin hacer el amor. Lo estropea todo. Así que, supongo que tenemos que compensar la última noche ahora y luego volver a nuestra rutina antes de acostarnos.
—Lo siento por los malentendidos, Edward. Y por todos los problemas.
Estas palabras fueron dichas entre pequeños gemidos de placer mientras se entregaba a los labios hambrientos y a sus manos.
—Te dije el primer día que te conocí que me encantan los problemas. Sobre todo, tú clase de problemas. Y si esto significa tenerte, quiero problemas todos los días de mi vida. Tú mi amor eres mi dulce problema.
¿Cuántas con pañuelo en mano? Este capítulo fue caótico, emotivo, triste, sentimental, lleno de malentendidos, y finalmente mucho amor, ¿Cuántas quisieron gritarle a Edward y a Bella para que se dieran cuenta de las cosas?, ¡Dios! esos dos nos hicieron sufrir… ¿Qué les pareció como termino finalmente Jacob? Yo lo encontré insuficiente, me hubiera gustado que sufriera más…Lo siento mi vena sádica sale con ese tipo.
Entonces chicas este es el último capítulo…Pero calma mis hermosas, aún queda el epilogo.
