La primera cita de la semana fue esa misma tarde.
Marie tuvo la idea de llevar a Doble D a un pequeño estanque que había a pocas calles de Peach Creek para dar de comer a unos patos y pasear por la orilla; sin cogerse de la mano, claro. Aparte de patos, había un par de cisnes y algunas palomas. Todo iba bien hasta que apareció un ganso bastante agresivo que atacó al chico a picotazos y no le dejó en paz hasta que cayó al agua.
Edd salió del estanque empapado, con el gorro tapándole prácticamente toda la cara y la ropa goteándole por todas partes. Habían empezado con mal pie, tal y como Doble D suponía, pero Marie no perdía la esperanza.
La "cita" concluyó con Edd disculpándose por tener que marcharse así, pero quería quitarse la ropa mojada cuanto antes y darse una ducha porque el agua del estanque no parecía demasiado limpia; y no lo estaba, pues el mes anterior Ed había perdido un bocadillo de atún y otros ingredientes sospechosos allí dentro… además de un calcetín. Ahí podía haber de todo.
Marie estaba segura de que habría más suerte al día siguiente y ya tenía su plan: llevar a Doble D a tomar un helado. Había visto aquello tropecientas veces en las películas románticas y era, según ella, infalible. Si el chico y la chica comían helado, terminaban enamorándose.
A Edd no le pareció mala la idea del helado, aunque prefería las chuches. Desde pequeños les encantaban a él y a sus amigos y compraban siempre que podían, aunque en los últimos tiempos él invertía su paga semanal en libros. Tenía que estar preparado para cuando terminara el instituto y empezara la universidad.
— ¿De qué sabor queréis los helados? — preguntó el hombre alto y bigotudo que atendía el puesto de helados.
— Yo de fresa — respondió Marie.
— Chocolate, por favor — dijo Edd.
— ¿Tarrina o cucurucho?
— Cucurucho — contestaron los dos al unísono. La chica sonrió al darse cuenta de que lo habían dicho al mismo tiempo.
El hombre guardó las monedas con las que le pagaron y les preparó los helados sin mucho entusiasmo; parecía aburrido de su trabajo. Después de coger los helados, se fueron a dar una vuelta por el parque más cercano.
— ¿Me dejas probar un poco de tu helado, Doble D?
Instintivamente, Edd alejó su postre de ella, pues no le gustaba compartir la comida, ni los cubiertos, ni los peines…
— Mejor no, hay muchos gérmenes.
— No seas bobo, la gente lo hace constantemente. Vamos, yo te daré del mío — insistió ella.
— No, Marie. Además esto podría considerarse un… un noviosismo, como tú lo llamaste.
— Está bien, tiquismiquis — murmuró decepcionada. — Bueno, ¿y qué tal tu día?
— Lo de siempre. Primero a clase, luego a casa, después fui a ver a Eddy para ayudarle a estudiar.
— Pero supongo que no estudiasteis mucho. ¿No?
— No, ¡y mira que yo fui con la buena intención de explicarle todo lo que sé! — Doble D se enojó al recordarlo. — Es que no hay manera, él no quiere aprender. Yo intentando explicarle cómo se resuelven los problemas de trigonometría y él, en lugar de escucharme, me dice que se le ha ocurrido falsific… Oh, olvídalo, me alteré un poco.
— No te preocupes, te entiendo. Lee no me pide ayuda con los deberes, ella siempre va a su bola, pero May sí y luego no me hace caso. Se pone a pensar en sus películas de zombis y esos cómics que lee…
— Mira, igualita que Ed.
Ambos rieron al pensar en lo parecidos que eran Ed y May en ese aspecto. En ese instante Marie no miraba por dónde iba, tropezó con una piedra y su bola de helado de fresa aterrizó en el suelo en cuestión de segundos. Se quedó mirando el cucurucho vacío y soltó un largo suspiro.
— Vaya… ¿quieres que vayamos a comprar otro?
— No llevo más dinero encima, además ya nos hemos alejado bastante. Y el cucurucho también se come así que no hay problema — concluyó ella con una sonrisa.
— Como quieras. Por cierto, hoy vi tu nombre en la lista del club de ajedrez. No sabía que jugabas.
— Ah, eso… es que era obligatorio hacer alguna actividad extraescolar y el ajedrez me pareció la más amena. Voy a veces por las tardes, por eso no coincidimos.
— ¿Y qué tal se te da?
— Me defiendo bastante bien — afirmó orgullosa y con confianza. — Cuando quieras echamos una partida.
— Te advierto que yo también soy bastante bueno.
Mientras caminaban, charlaron sobre los diferentes clubes del instituto, de algunos libros que resultó que ambos habían leído y del tiempo. Al parecer los días siguientes iba a llover, según el hombre del tiempo del canal 8, que a ambos les parecía idéntico a Rolf.
Edd olvidó los nervios que le provocaba esa chica y en algún punto del paseo se sintió tan cómodo que casi perdió las ganas de irse. Nunca imaginó que hablar con Marie durante tanto rato pudiera ser… agradable. Estaba comprobando que no era tan mala como él había creído durante años.
Al llegar al otro extremo del parque divisaron Peach Creek a lo lejos, era hora de irse cada uno por su lado. La joven le miró con una sonrisa de oreja a oreja, expectante por ver qué le decía, pero Edd solo se arregló el cuello de la camiseta y carraspeó.
— Nos vemos mañana, Doble D. ¿Te apetece ir a algún sitio en concreto?
— Iremos donde tú quieras, al fin y al cabo la idea de todo esto fue tuya.
— Muy bien, entonces iremos a la Casa de los Juegos. Tienen todo tipo de máquinas, por diez dólares puedes jugar toda la tarde a todo lo que te apetezca — explicó emocionada.
— De acuerdo, iremos allí. Hasta mañana.
— Adiós.
Al despedirse, Marie le mandó un beso por aire que puso tenso a Doble D. En ese momento, el joven recordó la finalidad de todas esas salidas que planeaba la chica: conquistar su corazón. Por un rato lo había olvidado.
Aunque no lo había pasado tan mal como esperaba, no sentía nada parecido a amor por ella. Pero tampoco consideraba una pérdida de tiempo esos encuentros, pues empezaba a conocer una parte de Marie cuya existencia desconocía hasta entonces.
Una parte de él tenía ganas de que llegara cuanto antes la tarde siguiente.
