Capítulo III: BAILE REAL

El salón comedor principal del palacio de Garda lucía deslumbrante y lujoso. Criados, heraldos y doncellas se habían esforzado hasta la extenuación para devolver la suntuosidad monárquica a la sala, después de permanecer largos lustros bajo polvo y abandono. Largas mesa de madera caoba oscuro en un extremo de la gran estancia, preparadas para exponer exquisitas viandas especialmente seleccionadas para el banquete y baile reales precedentes al gran enlace. En otro extremo del recinto, una serie de podios de madera destinados a albergar un grupo de músicos que dejarían sonar sus cítaras, violas y cornamusas, y en el centro, solamente un gran espacio de piedra tallada para la danza.

- Será perfecto- La reina Tachikawa iba exigiendo triviales órdenes para que cada detalle y cada rincón no quedara sin revisar, para que todo saliera acorde a su sentido de la perfección. Ataviada con vistoso terciopelo, se paseaba por el comedor junto a su marido, el rey quien parecía algo más preocupado que su esposa.

- Querida... Tengo un mal presentimiento...

- Tonterías, Keisuke – Espetó con una sonrisa alevosa- Pronto terminará nuestra labor, dejándole a nuestra heredera, a nuestro linaje, un extenso y poderoso reino.

- Miseñora...¿Ya habéis observado a mi predecesor? – Señaló el rey, acariciándose la barba con pesadumbre.

- Evidentemente. Es un tipo de hombre perfecto para Mimi, sin mucho carácter. Además son jóvenes y apuestos, no tendrán dificultades para perpetuar nuestra familia.

- ¿Y qué hay de Sora? Ella es la verdadera…

- Ya hablamos sobre eso – Interrumpió estrictamente Satoe Tachikawa - No hay marcha atrás. Sora nunca serviría para reinar y ambos lo sabemos. ¿Acaso no recuerdas como es? Bastante hemos hecho acogiéndola bajo nuestro techo y soportando sus fantasías todos estos años… Ya pensaré qué hacer al respecto…

- Pero Satoe... Sabéis lo que puede llevar a acarrear esta decisión... Hicimos un juramento…

- ¡Soy la reina!- El gritó de su alteza retumbó por los muros del salón. - Mi deber es luchar por la pervivencia de nuestro reino y de nuestra casa. Me da igual a quién tengamos que sacrificar con ese objetivo, correré con todos los riesgos. Toda guerra se cobra sus víctimas y yo lucho a muerte.

- Será como vos ordenéis…- Murmuró el monarca tras un suspiro resignado. Sabía que rebatirla significaba una ardiente batalla dialéctica que ya tenía perdida de inicio. Quedó callado, absorto en una conversación que mantuvo con el futuro heredero unas horas antes.

Inicio Flashback

Yamato se encontraba tumbado en el gran camastro que se le había concedido, aún con sus ropajes manchadas de un sospechoso color rojizo, taciturno, con su cabeza a punto de estallar en un torrente de pensamientos confusos. Alguien llamó firmemente a la puerta.

- Adelante - Gritó sin pensar y sin levantarse, imaginando que Taichi volvería a estar tras la puerta.

- Perdonad si vengo en mal momento... - Tras el portón de madera Yamato logró distinguir la inmaculada figura del rey de Garda.

- ¡Majestad!- El muchacho se alzó dando un brinco e hizo una reverencia al recién llegado – Disculpad mi aspecto, yo no…

- En absoluto… - Interrumpió el anciano - Sé que el viaje os requiere descanso y lamento infortunaros, pero he considerado urgente hablar de mi hija, de vuestra futura esposa..."

- Ah... – Fue la única respuesta que logró pasarle por la cabeza, pues ni delante de su majestad le apetecía, ni que fuera por educación, hablar de ese tema.

- Tengo la impresión que no estáis entusiasmado con el enlace. Al menos esta mañana vuestra expresión me demostró una osada apatía…

- ...ehh...yo…- Yamato empezó a revolverse el cabello con nerviosismo.

- Y me temo que no estaba equivocado…

- Excelencia… pocas personas me tienen en consideración en el reino... y aunque me haya convertido en el heredero, eso no cambia la manera en que…

- No creo que sea sólo por esa razón. Qué importará lo que piensen vuestros súbditos… ¿Acaso mi hija no os agrada? - Preguntó el rey confundido.

- No creo que haya en el continente mujer de igual belleza majestad ... pero... me temo que no es eso lo único que esperaba encontrar en una compañera.

- Escuchadme bien, Yamato Ishida. Mimi no será vuestra compañera. Mimi será vuestra reina, vuestra consorte y la madre de vuestros descendientes. Por el bien de ella y de todo el reino os requiero para que cumpláis con el deber que se os ha encomendado sin problemas ni dudas. Aguardo con que seáis digno merecedor de nuestra elección como heredero, sin importar lo que digan o quienes se opongan.

- Con el debido respeto, su gracia... sus majestades eligieron el Cenit, las tierras y el poder de mi padre y no a su heredero – Señaló el joven, con gravedad en su voz. – Si existió la dichosa casualidad que el primogénito del antiguo reino del norte fuera un varón de edad similar a la de su hija, no finjáis que me eligieron a mí. - Yamato cruzó el umbral de la puerta – No ponga en duda que cumpliré con mi deber… pero temo que por más que llegue a esforzarme, pueda hacer feliz a su hija- Sentenció severo, retirándose y dejando al rey en el desconcierto absoluto.

Fin Flash back

El anochecer empezaba a pintar el cielo de añil, anunciando la llegada del ocaso y del esperado banquete. La joven Mimi, se encontraba frente al espejo de su tocador, custodiada de tres doncellas de diferentes edades, aunque ninguna de ellas sobrepasaba los 20 años. Mientras una de ellas le cepillaba cuidadosamente la melena castaña, otra le mostraba posibles vestidos adecuados para el acontecimiento. La heredera, examinaba la imagen que le ofrecía el espejo con orgullo, esperando causar la misma sensación a su prometido y a toda la corte que pudiera admirarla.

- ¡Aparta ese harapo de mi vista, es horrible- Exclamó en cuanto divisó el vestido que la doncella llevaba en sus manos. – Estoy harta del verde.

- Pero… es el color de vuestra casa milady… - Se disculpó la chica, volviendo al armario.

- ¿Y qué tal éste miseñora? – Pero la que tenía que ser la voz de su criada, resultó ser en realidad una voz masculina totalmente inesperada. Desencajada, la joven heredera volteó para encontrarse con un muchacho alto y moreno, con una gran sonrisa en sus labios y que en sus manos llevaba un refinado vestido rosado que parecía haber encontrado en una gran montaña de vestidos encima del baldaquín real.

- ¡Qué descaro! – Vociferó alarmada e indignada ante el sofoco de sus criadas. Un hombre se había colado a sus estancias viéndola en corsé y enaguas a medio vestir. Tapándose su cuerpo tanto como pudo volvió a gritar: – ¡¿Quién sois?!

- Perdonad si os he asustado, princesa- el joven hizo una reverencia – Mi nombre es Taichi Yagami, ya nos hemos visto antes, soy un fiel amigo de vuestro futuro esposo y es un verdadero honor para mi conoceros- Sonrió agarrando su mano y besándola sin tapujos.

- ¡Sois un patán desvergonzado!- Mimi le quitó de las manos su vestido, profundamente ofendida y con el rostro encolerizado – ¡Voy a llamar a la guardia ahora mismo!

- ¡Esperad princesa! - Taichi se arrodilló, pintando en su rostro una gran sonrisa que desconcertaba a la chica, sin presentar el mínimo señal de nerviosismo. – Perdonad mi intrusión milady. Solamente moría de ganas de conocer a la mujer más famosa del reino… y por qué no… ayudarla en la difícil tarea de elegir vestido… - Mimi alzó una ceja- Mi señora, no penséis mal de un pobre muchacho que sólo ha venido en busca de vuestra satisfacción. – Soltó sin quitar su gran sonrisa hechizante.

- Por favor, joven fortuito- Replicó Mimi, resoplando en un intento de paciencia – Salid inmediatamente de mis aposentos, llevaré el vestido que me plazca sin necesidad de consejo masculinos. ¡Nos veremos en el banquete-

- Aunque...- Interrumpió Taichi… qué más da qué paño poneros; pues vuestra belleza encandila cualquier cosa que cubra vuestro cuerpo.

Tras unos segundos en los que la sangre de la muchacha no hizo más que subirse a su cabeza y transformar su rostro en un hervidero sonrosado, sólo pudo gritar a pleno pulmón:

- ¡FUERA DE MI VISTA!- Mientras le cerraba la puerta de la habitación en la cara.

- ¡Menudo carácter!- Dijo aún contento el joven Taichi aún detrás de la puerta.

O.o.o.o.o.o.o.o.o.O

La joven Miyako, daba vueltas exasperada en los jardines de entrada del castillo; era casi la hora y la princesa pelirroja no llegaba de su salida a caballo. Aunque la admiraba, no dejaba de sorprenderse de su comportamiento, a veces irritante, comportamiento que en dadas circunstancias la había llevado a la ruina. Al fin, a lo lejos, la joven sirvienta pudo divisar y escuchar el intenso y rápido galope de un caballo de raza grande y robusta. Al llegar, Miyako corrió hacia el jinete sin calcular la velocidad de éste, obligando a Sora a detener en seco al animal, haciendo que éste se levantara sobre sus cuartos traseros, con fin de no arrollarla.

- ¡Cuidado Miyako! ¿Estás bien?- Dijo entre la gran nube de polvo que se había levantado.

- ¡Princesa! ¡Es casi la hora!

- ¿Oye, en qué habíamos quedado tu y yo?

-¡Lo siento pri...Sora! ¡Debemos darnos prisa, se ha hecho muy tarde!

- ¡Qué más da! Nadie nos espera en ese estúpido baile...- Sora descendió del corcel cansada y con el recogido del pelo todo deshecho.

- Sora, claro que os esperan...¡Vamos!- Miyako empujó a la chica hacia dentro, acompañándola hacia sus estancias.

- Seguro que aún faltan horas...- Dijo totalmente hastiada mientras intentaba apartarse el cabello del rostro y apañar un nuevo recogido.

- Pero vuestro aspecto también las requiere- Inquirió la más joven. La doncella desvistió enseguida a la pelirroja y la empujó hacia una tina rellena de un agua que debía haber estado caliente. Mientras tanto, abrió su baúl y en pocos instantes, Sora se encontraba en ropa interior, preparada para ser acicalada.

- ¿Estás segura de esto?

- ¡Confiad en mí!- Exclamó excitada Miyako, con un par de vestidos en una mano, el cepillo en la otra, agujas en su boca y una amplia sonrisa de oreja a oreja.

O.o.o.o.o.o.o.o.o.O

El primogénito rubio acababa de ajustar su túnica de gala azul oscuro delante del gran espejo vertical. Se miraba de arriba a abajo y a pesar de la elegancia de sus galas le resultaba imposible esbozar una sonrisa. ¿Qué le ocurría? Todo el mundo le recordaba que debería estar alegre. Siempre la rareza le había caracterizado, pero ahora se manifestaba más fuerte que nunca. Sólo debía centrarse en una cosa, cumplir con su destino, su labor; la de proteger a su pueblo, tal y como Sora le había dicho. Le entristecía, pero él era un hombre de honor y cumpliría con su mandato. Acabando de ajustar su cinturón, Yamato salió de la sala y se dirigió por los largos corredores hacia el comedor.

Se podían respirar aires de júbilo y festejo, en la gran sala habían músicos, bardos y bufones actuando para el entretenimiento real y una gran comitiva de pajes y doncellas a su servicio. Cálidas antorchas iluminaban el salón, y sus muros se habían cubierto por telas que alternaban el blasón del lobo y el blasón de la rosa espinada. Ante tantos arreglos, un gran desfile de nobles y aristócratas venidos de todos los rincones del reino.

Alguien rozó suavemente la espalda de Yamato. Al darse la vuelta vio, con sorpresa, a su prometida, hábilmente engalanada para la ocasión. Llevaba un vestido rosado con bordados brillantes en forma de diminutas flores, que se ajustaba a la cintura de la chica. En el pelo, llevaba un broche de oro en forma de rosa del cual se desprendían finas espinas que le recogían parte del cabello, dejando el resto de la melena caer ondulada sobre los hombros.

- Buenas noches, miseñor- Susurró embelesada – Por fin nos encontramos - Yamato observó un exceso de polvo blanco en su rostro, lo que la hacía parecer aún más nívea de lo que era.

- Buenas noches Mimi- Articuló mecánicamente mientras ella le tomaba del brazo y le conducía hacía el centro de la sala para empezar un baile a compás de la música lenta.

- ¿No... No preferís comer algo primero?- Titubeó Yamato, con el rostro sonrojado.

- El banquete comenzará en unos instantes- Sonrió dulcemente la castaña, mientras apoyaba su cabeza en el hombro de Yamato y ambos empezaron a moverse lentamente, sin advertir la parálisis que parecía sufrir el rubio.

- ¿Qué os parece todo esto- Preguntó ella mientras dirigía el movimiento.

- Ooh...Pues... en Garda hace buen tiempo … y… tenéis un palacio muy elegante y envidiable… - Intentaba Yamato sin parecer estúpido.

- Será todo para vos...- Musitó Mimí mientras muy despacio iba acercando su rostro al de Yamato, con claras intenciones - Y yo... ¿Qué os parezco...? También soy envidiable...- Mimi cerró los ojos esperando que el joven reaccionara a su petición evidente, pero no resultó como ella esperaba. Yamato detuvo en seco el balanceo y su mirada se clavó en la entrada del salón, aturdido por alguien que Mimi advirtió segundos más tarde.

- Te dije que era muy llamativo- Susurró la

Los allí presentes giraron la vista para comprobar que no se trataba de otra persona. La primogénita desheredada de Garda aparecía ante el asombro de todos, totalmente transformada aunque con una ligera expresión de desidia. Sus ropas habían pasado de ser un viejo atuendo de labradora a convertirse en un elegante vestido de terciopelo escarlata, encorsetado con cordones dorados que terminaban en un cinturón que marcaba su delgada cintura. El cuello tenía forma de barco, cerrándose en el centro del pecho gracias a un broche cuya forma evocaba las alas de un ave, dejando así desnudos sus hombros, de los cuales caían largas mangas hasta el suelo, anchas en sus extremos, con el interior de las mismas también dorado. Sora llevaba su larga cabellera rojiza en un semirecogido trenzado que marcaba sus facciones y algo de carmín en los labios.

Detrás de ella estaba Miyako, enfundada en un sencillo hábito ocre, tal y como correspondía a la servidumbre femenina, satisfecha y orgullosa de su tarea.

- Sólo es Sora, Yamato...- Mimi también sorprendida, intentaba captar otra vez toda la atención de su amado.

El rubio en cambio, en plena fascinación no dejaba de preguntarse si esa mujer era la misma Sora con quién había estado arrodillado en el suelo. Sí, sólo era Sora. Una increíble muchacha que le había robado algo más que la mirada. Sólo era Sora.

Entre el bullicio de comentarios que empezaron a oírse alrededor, la voz de el primer mayordomo real resonó por los muros.

- ¡Damas y caballeros!- Gritó para captar la atención de los allí presentes.- Me siento dichoso por darles la bienvenida en nombre de sus altezas reales, a la celebración del compromiso de nuestros futuros monarcas!- Señaló a Mimi y a Yamato, cosa que ella aprovechó para agarrarse de su brazo.

- ¿Qué les parece si antes de disponernos a disfrutar del gran banquete, disfrutamos de un último baile para el festejo de la pareja?

- ¡Excelente idea, vasallo!- Exclamó la reina Tachikawa en pleno júbilo cogido de la mano de su esposa Tachikawa.

- ¿Qué baile desean sus señorías?-

- Si se me permite el atrevimiento, alteza – Eclamó Taici, presente en el salón - Creo que una Farandola sería idónea para que los señores de Garda y Cenit pudieran conocerse mejor.

- ¡Estupendo!- Exclamó risueña Natsuko Ishida, señora del Cenit, que se encontraba junto a su esposo de un lado, y del otro junto a la reina Tachikawa, ambas elegantemente ataviadas.

- ¡Que empiece la música y que se dispongan los danzantes!- El primer mayordomo dio una palmada al aire, y el grupo de músicos empezó una alegre harmonía medieval. La mayoría de los presentes se dispusieron dos filas, de hombres y mujeres y frente a frente empezaron la danza. Al sonar la música, cada noble iba coincidiendo con otro del sexo contrario y bailaban en círculos hasta que unas palmadas indicaban el cambio de pareja. Mientras Yamato intentaba seguir los pasos marcados de la Farandola, miraba de reojo a Sora, que reía y danzaba a placer, esperando impaciente, el momento en que coincidieran.

- ¡Cambio!

El joven Taichi y la princesa heredera coincidieron al dar la vuelta.

- ¡Otra vez tú!- Exclamó Mimi asqueada.

- Miseñora, mi bella flor, es cosa del destino..." Dijo el joven con petulancia mientras bailaban en círculos y acercaba sus manos a la cintura de ella.

- Mi destino ya está determinado, y tú no figuras en él- Soltó Mimi con desgana.

- Un destino no puede determinarse, princesa.- Sonrió pícaro.

- ¡Cambio!-

Por fin, pensó Yamato, él y Sora coincidieron. Ella, sorprendida y disimuladamente ruborizada le miraba a los ojos sin dejar de bailar.

- Estaba esperando este momento sólo para agradeceros que hayáis venido… - Susurró el rubio estrechando la distancia entre ambos.

- Yo… sólo pasaba por aquí… - Sonrió Sora.

- Pues parece que os gusta bailar...-

- Bueno, de algún modo tenía que compensar mi afición por la esgrima y la equitación no?

Yamato rió por primera vez estrechando entre sus brazos a la pelirroja. Sora no pudo evitar el deseo de devolverle el abrazo, escondiendo el ya evidente sonrojo de sus mejillas en el pecho del muchacho. Pero rápidamente rompió el contacto.

- Dentro de muy poco seremos familia- Musitó Sora, fijando la mirada en el suelo.

- Princesa yo...

- ¡Cambio!

Los dos jóvenes se separaron sin remedio, no sin antes haber sido vista tal complicidad por Mimi, que desde lejos, sintió unos profundos celos maldiciendo a su hermana interiormente. La danza continuó, sin hacer volver a coincidir a los prometidos.

Sora, por su parte se sentía extraña. Yamato era una de las primeras personas que no había sido frívolo con ella, le había brindado toda su confianza y se había deshecho de su escudo de desdén. Pero iba a convertirse en su cuñado, en su rey, y no podía ser que si antes nunca había sentido nada igual por nadie, lo sintiera ahora. Por él. Era imposible e imperdonable, pensaba, mientras un nudo en su garganta crecía intensamente.

Finalmente, la música dejó de sonar y todos aplaudieron marcando el fin de la danza.

- ¡Que empiece el banquete- Exclamó el rey.

La nobleza ocupó la mesa horizontal abasteciéndose de ricos y caros platos, mientras hablaban sobre la boda. Yamato y Mimi se sentaron juntos, al lado de sus majestades de Garda y Cenit, para ser contemplados por el resto de los comensales.

- Los preparativos ya casi están listos- Sonrió la reina de Garda - ¡Será todo de la mejor calidad, la boda será recordada como el enlace más esplendoroso en el reino desde generaciones!- Dijo orgullosa – No hemos reparado en gastos.

- Mientras el pueblo se muere de hambre y miseria con impuestos que superan los dos tercios de las cosechas... Claro que será recordada - Ironizó Sora, provocando las risas silenciosas de Yagami, el asombro de los Ishida y la reprensión de los Tachikawa.

- El pueblo trabaja para servir a su rey y a cambio les proporcionamos defensa y seguridad, lo sabes bien Sora – Contestó el rey intentando contener la ira de su esposa.

- ¿Defensa y seguridad? Muere más gente dentro de las murallas de Garda por enfermedades como la peste y la delincuencia que..."

- ¡Ya basta!- Exclamó la reina de Garda golpeando la copa de vino contra la mesa. No quiero oírte ni una palabra más. ¡No eres nadie para creerte con el derecho de criticar a tu rey! Niña malagradecida, te hemos criado y alimentado para que acabes siendo la semilla podrid...- La reina fue interrumpida por la mano del rey, que indicaba el final de la conversación.

Yamato y los demás comensales habían quedado en silencio, paralizados por las duras palabras que la reina acababa de dirigir a su hija. Sora, de todas maneras, parecía no estar afectada, por lo que no cambió la expresión firme de su rostro en absoluto causando aún más asombro.

Desde niña, Sora había recibido atenciones de criados y sirvientes, oyendo sus quejas y sufrimientos diarios. Había crecido concienciándose de un problema del que su familia era la principal causa. Ya adolescente; siendo su principal afición la de ir a caballo por los bosques, veía y se relacionaba con los campesinos, ganaderos y aldeanos de la ciudadela, simpatizando con ellos, ayudando en sus tareas y de la misma manera, aumentando su estima por el pueblo y su mala fama entre la nobleza. Ahora, el enlace de su hermana se acercaba a pasos agigantados y eso no sólo la amedrentaba por el hecho de imaginarse perder para siempre el contacto con Yamato, sino porque su futuro devenía mucho más incierto.

Sora se mostraba fuerte pero interiormente se sentía cada vez más ahogada en una celda sin salida cuyo su tamaño disminuía cada vez más. Odiaba tener que compartir mesa con la misma gente que ordenaba ejecutar a campesinos asfixiados a impuestos, los mismos causantes de las guerras del pasado que incendiaron y asesinaron a medio continente. Mesa en donde todo eran hipocresías, falsas alabanzas, traición.

Un gran golpe se escuchó en la puerta principal del salón. De pronto, se abrió con violencia y aparecieron dos soldados, jadeantes y atemorizados

- ¡Majestad, ha habido un ataque!

To be continued...

NA. Y lo prometido es deuda, tercer capítulo on line. En él no ha habido grandes cambios, pero tiempo al tiempo. Se avecina tormenta.

Respuestas a los reviews:

Invitado Ana Mara: Mil gracias por tu review! Tienes toda la razón, la idea de los blasones, los lobos y las cases nobiliarias se parece a Game of Thrones, pero os aseguro que cuando empecé con el fic no existia aún la serie! Aunque sí que en este remake los libros de George Martin no solo me han inspirado para el vocabulario...pero... y lo bien que le queda a Yamato ser como un Stark? Jajaja

Espero hayas disfrutado con el tercer capítulo, no se si leíste el fic originariamente en 2007 pero acertarse de pleno con Taichi y Mimi... y personalment creo que (Pequeño spoiler!) su historia será muy emotiva. Hay pocos fics de temática medieval (Aún así, hay algunos bastante buenos!) así que espero animar a más escritores con mi historia, que espero estés disfrutando. Un abrazo!

Jenlic: Qué ilusión me ha hecho tu comentario! Si sólo he podido conseguir que vuelvas a leer (y que vuelvas a amar el sorato, por supuesto) me doy por satisfecha!Espero que te gustes u continuación Un abrazo!