III. La ira aumenta.
Emprendió su propio viaje. No sabía exactamente a qué lugar se dirigía, pero solo necesitaba una cosa: a tessaiga. Como su padre ya estaría muerto, lo único que tendría que hacer, sería tomarla del cuerpo inerte. También pensó que no sería bueno dejar sus restos al aire libre, expuestos a criaturas carroñeras, después de todo, bueno o malo, se trataba de su padre, lo más correcto sería erigirle una tumba, en algún momento fue un gran youkai. Quizá hasta llevaría sus restos al palacio y ahí los depositaría. En su mente, hizo una pausa en seco, esos pensamientos ¿eran por que ya lo había perdonado? No, más bien se debía a que él sí se comportaba como un youkai honorable, que actúa acorde a su altura y no como un ser vulgar e inferior.
Su olfato lo condujo hasta las ruinas de un palacio humano, donde el olor de la sangre de su padre era más fuerte. También la mezcla de esencias que percibía en la atmósfera de aquél sitio, le indicaba que la impertinente humana que se había metido con su padre, estuvo allí y parió a la cría maldita. Esa asquerosa criatura tenía una mezcla de sangre que a él parecía de lo más repugnante, pues poseía parte de la misma sangre de su padre y de la suya, pero aunada con la de un nauseabundo humano. Si hubieran estado allí, los habría aniquilado a ambos sin dudarlo un instante. Pero el astuto de su padre, seguramente los había llevado a un lugar donde él no pudiera encontrarlos, pues ya no se hallaban allí. Sin embargo, eso no le inquietaba, tarde o temprano los descubriría y les daría el fin que se merecían.
Ahora lo que debía hacer, era seguir el rastro de su padre, encontrar su cuerpo y tomar a tessaiga. Sin prisa alguna, se dirigió hacia donde lo llevaba el rastro de su padre, el cual lo condujo a un bosque al pie de una montaña. No tardó en dar con el lugar. Un enorme árbol de magnolias era lo que tenía frente a sí. Se veía que tenía cientos de años, su tronco era gigantesco y su copa frondosa. Su sombra abarcaba un gran espacio y a su alrededor ningún otro árbol había, solo pequeñas hierbas. Soplaba un viento fresco y agradable. Sobre el tronco del árbol había varios hongos creciendo. En el suelo, a su alrededor, miles de pétalos blancos estaban tirados, creando un tapiz níveo que parecía dar la bienvenida a los visitantes del majestuoso árbol.
Cuán grande sería la sorpresa de Sesshoumaru al ver colgada en el tronco de ese imponente árbol una espada. Sonrió para sus adentros, aunque su rostro continuaba impávido, pensando que su propio padre era quien le había dejado la espada, haciendo caso a sus palabras. Más, cuando se acercó, descubrió que la hoja era tenseiga. Sus ojos se tornaron rojos, las marcas en su rostro se hicieron más anchas y sus colmillos se alargaron. Estaba por derribar el árbol con uno de sus ataques cuando escuchó una voz, que parecía provenir del mismo árbol.
Espera Sesshoumaru, por favor, no me destruyas, yo solo cumplo los designios de tu honorable padre –dijo la voz, temblorosa.
¿Quieres decir que mi padre fue quien te pidió que me entregaras a tenseiga? –inquirió el youkai, sus palabras denotaban que su ira no había disminuido en lo más mínimo.
Así es –respondió.
¿Y se puede saber qué demonios voy a hacer yo, el gran Sesshoumaru, con esta espada inservible? –preguntó cada vez más furioso.
Eso yo no lo sé –le contestó lacónicamente.
Eres un ignorante. ¡No sirves para nada! –gritó, presto a destrozar al infortunado árbol.
Espera –lo detuvo- lo que puedo decirte es que esa espada guarda un enorme poder, ya que su funda está hecha con una de mis ramas más fuertes –declaró el árbol.
¿Qué clase de poder, si con esa espada no se puede matar? –tratando de indagar, un tanto interesado.
Lo desconozco, pero el último deseo que me expresó tu señor padre, fue que te la entregara. Debe tener un significado que tú seas el poseedor de tenseiga –expuso.
¿Qué hay de la otra espada, de tessaiga¿Dónde está? –Sesshoumaru estaba perdiendo la paciencia.
A mí solo me encargó esta, no me dijo nada sobre ninguna otra herencia.
Más te vale que no me ocultes nada o de lo contrario, te irá muy mal. ¿Qué dirección tomó? Su rastro desaparece justo en este punto. ¡Responde! –con su mano en alto, amenazante.
Desapareció, iba acompañado de alguien más, pero no distinguí quién era. Solo me dijo que tú no tardarías en llegar y que guardara esta espada para ti y te la entregara. Después de eso, se esfumó –contestó trémulamente.
Sesshoumaru sabía que no obtendría más información de ese ser y que tampoco le mentiría, había aprendido a atemorizar con dar muerte a todos los que lo rodeaban y siempre conseguía lo que quería. Así que tomó a tenseiga, por no dejar, quizá algo podría hacer con ella, pero su objetivo seguía siendo el colmillo de acero. Hecho una furia, se alejó del lugar.
Así que desapareció. ¿Quién sería aquel que le acompañó? Debió ser alguien poderoso, para que depositara su confianza en él. Es increíble lo astuto que puede llegar a ser, todo por alejar a colmillo de acero de mis manos –tales eran sus pensamientos.
Mientras caminaba, en medio del bosque, salió a su encuentro un ogro. Se notaba que se trataba de un monstruo bastante fuerte, era robusto, tenía un par de cuernos en la frente, su piel era de color roja y llevaba un mazo en la mano. El camino por donde transitaba Sesshoumaru eran sus dominios, así que creyó necesario salir a defenderlos del intruso. El gran youkai se hizo a un lado y el ogro perdió el equilibrio y cayó, pues llevaba toda su fuerza para embestirlo. Sesshoumaru dejó que se levantara y lo volviera a atacar, pero ahora lo pescó del cuello con su mano derecha y lo levantó en vilo, estrangulándolo despacio, cortándole la respiración lentamente. El ogro empezó a hacer gestos de dolor, Sesshoumaru le apretó el cuello un poco más y le empezó a inyectar su veneno, un rictus de sufrimiento intenso se dibujó en su rostro. Definitivamente disfrutaba viendo el daño que le causaba a ese ser. Siguió divirtiéndose hasta que pereció, presa de la angustia y el dolor, quedando el rostro del ogro deformado por la desesperación. Eso era lo que necesitaba para tranquilizarse un poco. Cuando dejó de moverse, simplemente lo botó a un lado y continuó su camino.
Ahora necesitaba saber la localización de los restos de su padre. Tendría que indagar, pero no sabía con quién. No llevaba prisa, así que cuando cruzó por una cascada, decidió asearse, pues en sus garras había quedado impregnado el olor de ese ogro. Se despojó de su armadura y después de su ropa, dejando al descubierto su pálida piel. Poseía un atlético cuerpo, producto de los largos años de entrenamiento. Unas piernas largas y bien torneadas se podían apreciar bajo la caída del agua. Unos brazos sumamente fuertes, capaces de cargar varias veces más el peso de su propio cuerpo, sumados a un torso que parecía de acero y un abdomen bien marcado, hacían juego con su bello y cruel rostro. El marco perfecto para tal belleza masculina era esa larga cabellera argenta, la cual destacaba el macizo conjunto del youkai.
Seguramente la humana sabrá dónde han quedado los restos de mi padre. Si no lo me quiere decir por las buenas, la obligaré –pensó mientras terminaba de vestirse. De inmediato se puso en camino, su objetivo sería Izayoi, la madre de Inuyasha.
