IV. El encuentro.
La princesa Izayoi, al haberse enamorado de un monstruo y entregarse a él, perdió todos los privilegios de su clase. Fue desconocida y obligada a mudarse, además de que el palacio había sido destruido por su culpa. Inu no Taisho, sabía que eso sucedería y había sido previsor, la encargó al cuidado de un monje, el cual vivía en una aldea de la provincia de Sanuki.
Dicha aldea, quedaba lo suficientemente lejos de la ciudad como para que no supieran nada sobre la historia de la princesa y así evitar que la rechazaran. Sin embargo, pronto le fue difícil ocultar su estado, ganándose con ello el repudio de las aldeanas, quienes veían en ella a una posible rival sin escrúpulos. Además, Izayoi conservaba sus prendas, bastante ostentosas por cierto, siéndole difícil ocultar su elegancia, cosa que parecía muy sospechosa.
Como le retiraron todos sus ingresos de princesa, los cuales ascendían al trabajo de quinientas familias, tuvo que vivir de lo que llegó a guardar alguna vez, lo cual, no era gran cosa, pues le gustaba vivir con mucho lujo. Unas cuantas monedas en un cofre, era todo lo que tenía y ese dinero se terminó cuando Inuyasha cumplió tres años. Por esta razón, la precariedad se hizo patente en su ya de por sí, humilde morada.
Cuando las monedas se terminaron y llevaban ya un par de días sin probar alimento, una de las mujeres de la aldea, que la despreció desde que la vio embarazada y más aún, al ver que su hijo era un híbrido, vio la oportunidad de sacar provecho de la situación.
Veo que no tienes nada que llevarte a la boca, si quieres, yo te puedo ayudar –dijo la mujer, apareciendo sin más en la puerta de su casa, la cual, era una cabaña de madera.
Yo…te lo agradecería en sumo grado –contestó la princesa, con el rostro iluminado por la esperanza de tener algo que darle de comer a su hijo.
¿Te sería suficiente este dinero? –sacando de su pecho un taleguito de monedas, del cual extrajo unas cinco y las dejó en la mesa.
¡Eres tan generosa! ¿Cómo podría corresponderte este gesto que tienes para conmigo? –preguntó inocentemente la princesa, pues al haber vivido siempre en palacio, nunca tuvo que cuidarse de personas mal intencionadas, ya que solo tenía contacto con las mujeres que estaban a su servicio, las cuales siempre la lisonjeaban.
Tienes unos kimonos tan lindos, yo siempre quise usar alguno así –respondió con un tono aparentemente desinteresado, pero que tuvo su efecto inmediato en la bella princesa.
¡No se diga más! ¡Escoge el que quieras! –abriendo un baúl de madera con detalles en madreperla, que no pasó desapercibido al ojo de la mujer.
Gracias, son tan bonitos, que no sé por cuál decidirme –había tomado tres de los kimonos más exquisitos que había y los sostenía entre sus manos.
No te preocupes, puedes llevarte los tres –mientras cerraba los brazos de la mujer con los tres kimonos.
Pero…-iba a objetar, pero la princesa se lo impidió.
Por favor, acéptalos, no me desaires –le dijo Izayoi y sus palabras bastaron para que la aprovechada mujer se llevara los tres kimonos, saliendo de ahí más que feliz.
Obviamente la habían timado, de haber vendido uno solo de los kimonos, hubiera podido obtener, lo menos, diez veces más de lo que la mujer le había dado. Pero era carente de malicia y estaba contenta de poder comprar algo de comida para su hijo.
Esa situación, en donde se aprovechaban de ella, se repitió en más de una ocasión. Primero fueron sus kimonos. Después, cuando ya su necesidad aumentó y no le quedaban más prendas que mal vender, empezó a sacar sus joyas. De esa manera pudo sobrevivir un par de años. Hasta que finalmente, lo único que le quedaba era un juego de peines, que su tía le obsequiara el día de la ceremonia de puesta de la cola. Era un tesoro muy preciado para ella, por todo lo que significaba, con gran pesar y llanto en los ojos, sacó la caja y la puso sobre sus rodillas.
¿Por qué lloras madre? –preguntó cándidamente Inuyasha, el cual contaba ya cinco años.
No, hijo mío, no estoy llorando, una basura entró en mi ojo. Debes esperarme aquí como buen niño unos momentos, tu madre regresará con algo de comer –le dijo al pequeño, esta vez habían pasado tres días sin probar alimento, pues a Izayoi le costaba trabajo deshacerse de los peines.
¡Comida! Sí, madre, yo te esperaré aquí –respondió entusiasmado, la verdad era que tenía hambre, pero no se quejaba, pues presentía que no debía hacerlo.
A Izayoi se le partía el corazón de ver a su hijo emocionado por la idea de un plato de arroz.
Si al menos le hubiera tocado algo de la gloria pasada –pensaba- en lugar de un humilde plato de arroz hubiera podido probar platillos exquisitos y dulces frutos del huerto. Mi pobre hijo –y lloró para sus adentros.
A su regreso pudieron comer ambos el arroz, el cual les supo a gloria y después durmieron una pequeña siesta. Izayoi estaba más inquieta que nunca, pues ahora había vendido lo último que le quedaba, ya no tenía más, con eso había comprado tres kilos de arroz y le sobró una moneda. Era todo lo que tenían. No sabía qué iban a hacer cuando se les terminara la comida.
Estuvo racionando el arroz para que les durara lo más posible, logrando alimentarse con él durante dos semanas. Pero él último día, solo quedaba medio plato de arroz, la princesa se lo dio a Inuyasha y cuando éste le preguntó si ella no comería con él, solo le contestó que se sentía un poco cansada y que se iba a dormir un rato. Inuyasha comió con muchas ganas y después salió a jugar solo en el jardín, ya que los niños de la aldea lo despreciaban, le hacían bromas crueles y lo agredían. Un día, llegó a su casa con el ojo morado y con una pierna sangrando, ya que uno de los niños llegó a tomar un cuchillo, pues Inuyasha había agarrado un espejo suyo y se negaba a devolvérselo. Entre todos los niños lo sujetaron, le pegaron y el dueño del espejo le clavó el cuchillo en la pierna. Cuando su madre lo vio así, solo lo abrazó y lloró. Aunque la cosa no pasó a más, pues la herida le sanó rápidamente y sin dejar cicatrices, después de ese incidente, Inuyasha no volvió a acercarse a los niños de la aldea.
Izayoi estaba dentro de la casa, acostada, pero no podía conciliar el sueño, la preocupación hizo presa de ella. Cuando finalmente logró dormir, tuvo una espantosa pesadilla. En ella, se había quedado sin un grano de arroz que darle a su hijo y entonces, aparecía un youkai, muy parecido a Inu no Taisho, pero más joven, cuya intención era matar a Inuyasha. Ella no podía moverse, estaba imposibilitada para ayudar a su hijo. El pobre Inuyasha, como no había comido, no tenía fuerza ni para correr, por lo que el youkai lo hizo pedazos.
¡Inuyasha! ¡No! –gritó, despertándose, en medio del sudor y una gran agitación.
El pequeño hanyou entró corriendo a toda velocidad.
¿Qué pasa madre? –preguntó asustado por los gritos.
Hijo mío, tuve una pesadilla. Quiero por favor, que recuerdes que no debes salir nunca de la aldea, por ningún motivo, ¿entendiste? –abrazando con fuerza al infante.
Inuyasha por toda respuesta asintió con la cabeza y volvió a salir para continuar con su juego.
Ya habían pasado tres días desde que Inuyasha se había comido lo último del arroz que quedaba. Izayoi estaba echa un manojo de nervios, empezaba a delirar, pensando que su hijo estaría a merced de un cruel youkai que lo buscaba para asesinarlo. No se sabe si sus delirios eran por causa de esa pesadilla que llegó a tener y que era recurrente o por la falta de alimento o por lo mal que la había pasado durante todos estos años. Quizá era la suma de todo. En eso, apareció una vieja, que a leguas se notaba que se trataba de alguien mala.
Puedo ver que vives en la miseria, a pesar de tu noble cuna. También veo que concebiste un pequeño infortunado al cual no puedes alimentar. Yo podría ayudarte, si tú me ayudas, claro está –dijo maliciosamente la vieja.
Lo siento, pero ya no me queda nada, lo he vendido todo –respondió totalmente desanimada.
A mí no me interesan los objetos materiales, no me importa si no los tienes –le habló secamente.
¿Entonces qué es lo que quieres? –preguntó sorprendida.
Yo soy una sacerdotisa que cobra por sus servicios. Pero para poder realizar mi trabajo me es menester contar con el consentimiento de las personas –dijo, intrigando a Izayoi.
¿Y qué es lo quieres de mí? –sin saber muy bien lo que hacía esa mujer en su casa.
Tú eres poseedora de una gran belleza, capaz de embelesar a hombres y youkais por igual, como puedo ver por tu hijo –puntualizó- Una mujer me ha pedido esa belleza y yo se la puedo dar –declaró la vieja.
¿Entonces para qué me necesitas? ¿No ves que soy vieja y fea? Ya no queda belleza en mí –respondió la princesa.
A mí puedes engañarme, a pesar de tus ropas raídas y tu aspecto desaliñado, puedo ver tu belleza, la cual ocultas a los demás. Tú solo dame algo tuyo y yo te recompensaré con creces –le dijo.
Pero si ya te he dicho que no me queda nada, ¿qué puedo darte? –le contestó.
Tu hermosa cabellera me bastará, dámela y te daré suficiente dinero para que no tengas que preocuparte por darle de comer a tu hijo –ordenó la vieja.
Es que yo…-habló dubitativa.
¿Por qué vacilas? ¿No ves que no tienes opción? A menos que quieras ver cómo se muere de hambre tu hijo –vociferó la vieja, ya fuera de sí y dejando ver unos ojos llenos de maldad.
Está bien, toma lo que quieres, si de esa forma puedo alimentar a mi hijo –dijo resignada la princesa.
Un resplandor se dejó ver en la humilde cabaña, el cual, a pesar de ser pleno día, se notó en toda la aldea. Al extinguirse, pudo verse el cuerpo de Izayoi tendido en el piso, sin cabello y presa de una gran fiebre. Inuyasha entró corriendo.
En las afueras de la aldea, estaba un monje, quien también pudo percatarse del resplandor demoníaco.
Demasiado tarde, ese ser sí que es poderoso, logró atravesar mi campo de protección –dijo mientras colocaba nuevos cintillos en un lazo, su intención era reforzar el campo. Ésa, fue la última acción de su vida.
Sin siquiera haberse percatado de la presencia del youkai, pues era muy rápido, murió a causa de uno de sus ataques. Al momento de morir, el campo de protección, creado por él, desapareció. Las esencias tanto de Izayoi, como de Inuyasha, quedaron al descubierto.
¡Este aroma! ¡Al fin los encontré! –pensó- Después de todos estos años, finalmente di con ellos. Por eso no podía hallarlos, este monje puso una barrera. A pesar de que ya había pasado por aquí, no pude notar su esencia, sí que fue astuto mi padre, claro, con tal de que yo no me quedara con colmillo de acero –y enseguida se dirigió a gran velocidad al sitio de donde venía el rastro de Inuyasha y su madre.
