VIII. Extraña amistad.
Un ejército de pequeños sapos youkais se enfrentaba con una sacerdotisa mala. La pelea era bastante desigual, pero el pequeño comandante de semejante tropa tan curiosa, demostraba mucho arrojo. A pesar de estar recibiendo grandes embates no cedía. A Sesshoumaru le llamó la atención que ese ridículo ser se empeñara en proseguir una batalla que, a todas luces, se notaba perdida.
No supo qué impulso lo animó a auxiliar a ese ser, quizá su apariencia ridícula o su irrisoria valentía, que rayaba en la locura, lo cierto es que intervino, matando a la sacerdotisa de un solo tajo. Su hazaña causó estupor en toda la tropa, la cual, se inclinó ante él. El comandante le hizo una pronunciada reverencia e intentó agradecerle, pero apenas iba a hablar cuando el gran youkai ya se encontraba muy lejos, pues se había pasado mucho tiempo con la cabeza baja.
¿Qué? ¡Cómo! ¡Se ha marchado! ¡Espere por favor! –y salió corriendo tras él, para agradecerle.
Pero el youkai parecía no escucharlo, continuaba su andar y no se detenía. El sapo lo siguió durante mucho tiempo, a pesar de que le hablaba y trataba de arrancarle al menos una palabra, no lo conseguía. Así pasaron varios días. Sesshoumaru, de común y corriente, si ya se hubiera hartado, le habría dado un ultimátum, que se largara o lo mataría, pero por alguna razón no lo hizo.
Después de varios días de caminar sin detenerse, finalmente, Sesshoumaru se sentó al pie de un árbol. Era de noche y la luna y las estrellas adornaban el firmamento, alumbrando el camino de los viajeros. El pequeño youkai, al fin, se atrevió a expresar su agradecimiento, de una forma muy peculiar.
Señor, mire –empezó a decir- usted pudo darse cuenta de que yo comandaba ese gran ejército, pero ese oponente era muy fuerte. Habría muerto en sus manos de no haberme salvado usted. Mi vida se la debo, así que para agradecerle pienso pasar lo que me queda de ella como su fiel sirviente, no me importa que usted sea mudo. Nadie es perfecto, todos tenemos algún defecto y yo le perdono que no pueda hablar por que… -no pudo continuar, una voz grave lo interrumpió.
¿Quién te dijo que soy mudo, imbécil? –dijo al mismo tiempo que le lanzaba una piedra en la cabeza y un gran chichón le salía al pobre sapo.
¡Ay! –quejándose y sobándose la cabeza- Usted disculpe, como llevo días hablándole y usted no me respondía, pensé que era mudo –otra piedra se estrelló exactamente en el mismo lugar en su cabeza- Lo siento. Pero por favor, acépteme a su servicio –nuevamente fue interrumpido.
Hablas demasiado. Haz lo que quieras, pero cállate de una vez –sentenció el gran youkai, con una voz muy seca y grave.
Esas fueron las palabras de Sesshoumaru y el curioso youkai las aceptó y guardó silencio, tomándolas como una orden de su nuevo amo. La verdad era que el gran youkai, desde que abandonara el palacio, no cruzaba palabra con nadie, salvo en ese par de ocasiones, con su repugnante medio hermano. También llevaba todos esos años viajando solitario, si bien era cierto que se trataba de un youkai irascible, también lo era el hecho de que de vez en cuando necesitaba compañía. Pero no lo aceptaba. Jamás, por nada del mundo, hubiera hecho expreso su deseo de charlar o de estar simplemente sentado bajo las estrellas, sin decir nada, como ahorita. Además, el gran Sesshoumaru ¿a quién hubiera elegido como amigo? Cualquier youkai habría sido indigno de tal título. Así que este curioso enano verde que llegó el solo a proclamarse como su sirviente le pareció adecuado, pues no quiso ponerse a su altura, sino que aceptó de buen grado su superioridad.
Pasaron diez años, durante los cuales, una singular relación de amistad entre amo y sirviente surgió. Sesshoumaru llegó a contarle que estaba buscando a colmillo de acero, la espada que perteneciera a su padre, para llegar a ser el más poderoso de todos los youkais. Jaken, al saberlo, puso todo su empeño en ayudarlo a cumplir sus deseos. Estaba feliz de que finalmente, su señor le confiara un secreto tan valioso.
Cierto día, al alba, Sesshoumaru quiso continuar con su búsqueda de alguna pista acerca de los restos de su padre. Pero se dio cuenta de que a su pequeño sirviente le costaba trabajo seguirle el paso. Le ordenó que lo esperase en cierto lugar, él regresaría después, se adelantaría un poco para explorar el territorio. La verdad, era que iba con el propósito de hallar algún animal que le sirviera para llevar a Jaken con él, pues ni por error pensaba cargarlo.
Se adentró en una zona que parecía albergar una gran cantidad de criaturas sobrenaturales. Pensó que quizá allí encontraría algún animal para llevarlo consigo, así que descendió y empezó a explorar el sitio. Por azares del destino, Inuyasha se encontraba allí. En un claro, que el mismo hanyou hizo, había una fogata en donde estaba cocinando unos pescados.
¿Quién me iba a decir que justo ahora te volvería a encontrar? La hora de tu muerte ha llegado, no te perdonaré. Además de que sigues igual de inútil que hace diez años, ni siquiera te has percatado de mi presencia –pensó- ¡Muere! –gritó, acercándose por detrás del hanyou, iba a cortarle la cabeza, pero su golpe dio al aire.
¿A quién intentas matar hermano? –preguntó sarcásticamente el hanyou, desde el inicio se había percatado de la presencia del youkai, pero quiso sorprenderlo- No soy el mismo pequeño indefenso de hace diez años y te lo voy a demostrar –y se lanzó a atacar al youkai.
Que hayas sido capaz de esquivar uno de mis golpes no significa que ya no seas indefenso, al lado de mí, un youkai de raza pura, no eres más que un insignificante insecto –esquivó con gran facilidad el embate de Inuyasha y le lanzó un golpe con su látigo venenoso.
Ese golpe hubiera hecho pedazos a cualquier youkai, incluso a su propio padre llegó a ocasionarle heridas graves, en cierta ocasión que peleó con él sin su armadura.
¿Qué está pasando? No le hice ningún daño, ¿acaso se volvió más resistente? No, su cuerpo sigue siendo el de un repugnante hanyou, eso quiere decir que es esa prenda que trae puesta es la que lo protegió. Al menos ya no es tan inútil, consiguió una vestimenta ligera que le sirve como armadura, lo que hace que pueda pelear con bastante agilidad. Eso lo hará más interesante –pensaba- ¡Prepárate, ya que te has tomado la molestia de conseguir una traje especial para luchar, lo empezarás a utilizar! –le gritó y esta vez le lanzó un ataque de puro veneno, el cual hizo que se tambaleara.
¡Maldito! No entiendo por qué me quieres matar, si soy tu hermano, pero no me dejaré vencer tan fácilmente. ¡Garras de acero! –lanzándole una de sus técnicas que había descubierto.
Sus poderosas garras de acero era algo que no esperaba Sesshoumaru, pero las esquivó con cierta facilidad, sin embargo, alcanzaron a hacerle una leve rasgadura en su manga derecha. Miró extrañado su vestimenta y eso lo hizo enfurecer, pues no concebía que ese malogrado hanyou fuera capaz siquiera de eso. Además, jamás, en todas las batallas que había sostenido con youkais más poderosos habían logrado hacerle siquiera ese pequeño daño.
¡Insolente! –con un veloz movimiento se situó frente a su hermano y lo pescó de la muñeca izquierda, sometiéndolo y obligándolo a postrarse- ¿Cómo te atreviste a dañar mi ropa? ¡Pagarás con tu vida! –estaba por asestarle un golpe, su intención era atravesar su garganta con su mano, pero justo en ese momento, Inuyasha se hirió a sí mismo con la mano que tenía libre.
¡Garras de fuego! –gritó y se las lanzó justo al rostro.
Sesshoumaru tuvo que soltarlo para poder esquivarlas, pero una de ellas le alcanzó a rozar la mejilla izquierda y le hizo una pequeña cortada, en la cual se dejó ver un hilo de sangre. Inuyasha aprovechó esos breves instantes y huyó a toda velocidad. Cerca había un arroyo, se dirigió allí raudamente y se sumergió para después esconderse, lejos de su hermano. El agudo oído de perro de Sesshoumaru pudo escuchar claramente la acción del joven Inuyasha.
Es mucho más fuerte de lo que recordaba –pensaba el hanyou mientras corría a todo lo que daban sus piernas- Otro poco y me mata. Pensé que si entrenaba muy duro podría hacerle frente. Pero en realidad no. Me duele aceptarlo, pero es muy superior a mí. No peleó con todas sus fuerzas y apenas si pude hacerle unos rasguños. Es preciso más poder.
De pronto, como si recordara algo, dejó de correr y se paró en seco.
¡Ay, no! ¡Maldición! ¡Mis pescados! ¡Tanto trabajo que me costaron! Ese maldito, sin haber hecho nada se los comerá –dando un puñetazo al suelo- Pues ni modo, seguro piensa que soy lo suficientemente estúpido como para regresar por ellos, pero no lo haré, ¡aunque tengo mucha hambre! –y se echó a correr nuevamente.
En efecto, Sesshoumaru se había percatado de que Inuyasha había abandonado su alimento y pensó que regresaría por el.
Ese idiota ya se tardó. Eso quiere decir que adivinó que yo lo esperaría. Vaya que ha mejorado. Veamos cuánto tiempo más puede durar, no creo que mucho, fue una verdadera sorpresa encontrarlo todavía con vida. Esta vez te dejaré escapar, pero si te vuelvo a ver, seré yo quien te de fin Inuyasha –y se alejó del lugar, dejando quemar los pescados.
