XIII. Ensayo y error.

Sesshoumaru llevaba días viajando, acompañado de su fiel sirviente, la linda pequeñita y el dragón de dos cabezas. Desde que se reuniera con ellos no había dicho una sola palabra. A sus amigos les extrañó, pero no se atrevieron a comentarle nada al respecto. Pero había algo raro en el ambiente. Aunque el gran youkai estaba encerrado en su mutismo, no parecía molesto, sino más bien algo calmado, incluso podría decirse que no emanaba esa natural ira tan característica de él. Definitivamente había algo extraño en él. Sin embargo, temerosos, callaban y ni siquiera entre ellos se aventuraban a decir algo.

El gran youkai iba sumido en esa grata sensación que le dejara el recuerdo de esa bella mujer. Haber estado con ella había sido una experiencia indudablemente placentera, la joven le había dado algo más que sensualidad, había recibido mucho amor, de una manera muy tierna, colmando sus sentidos de una suave y embriagadora emoción. Después de tal acontecimiento, no podía estar iracundo. Pero no por ello abandonaba su gravedad.

Sin embargo, ella no permaneció a su lado. De tal manera, que después de haberle brindado su compañía, se encontraba solo nuevamente. Igual que antes. Pero la soledad era algo que le gustaba. Le proporcionaba cierto alivio estar consigo mismo. Se sentía libre, ya que podía ser como le placiera, sin tener que mostrarse frío e indiferente al mundo que le rodeaba. Se entregaba sin reserva a la contemplación de las bellezas naturales y a la admiración de sí mismo. Pero cuando giró la mirada, se encontró con tres pares de ojos mirándolo, extrañados. Analizándolo con calma, ya no se encontraba solo.

Continuó su camino. Pero no sólo esa sensación de éxtasis estaba presente en su corazón. Ese continuo malestar, esa impresión de tener algo pendiente que terminar, continuaba atormentándolo, taladrándole el cerebro, machacando su conciencia. La mancha seguía presente y no se quitaba.

Quizá fuera por esa mezcla de emociones, que no se percató de que guiaba a su grupo muy cerca de los humanos. Llegaron a pasar cerca de un enorme séquito de samuráis, el cual iba directo a enfrentarse con sus enemigos. El gran youkai los miró como entre sueños, no les prestó la más mínima atención, hasta que se encontraron con las tropas enemigas y el choque de los ejércitos dio lugar a una encarnizada lucha. Sesshoumaru y sus acompañantes continuaron su andar en medio del combate de las espadas. Una flecha llegó a rozar muy cerca de una de las cabezas del dragón. Rin y Jaken estaban estupefactos, atravesando el campo de batalla con gran temor. La lucha entre las huestes estaba muy reñida, pero algunos samuráis se percataron de la presencia de los seres sobrenaturales y enloquecieron. Pensaban que los espíritus estaban castigándolos por revelarse contra su señor. Algunos abandonaron el campo de batalla y corrieron despavoridos. Los más osados, se atrevieron a blandir sus espadas contra el gran youkai, quien, sin ninguna dificultad, les dio muerte.

Hasta estos seres inferiores esgrimen sus armas para defenderse, mientras que yo, no poseo espada alguna –pensaba amargamente el gran Sesshoumaru.

Siguieron adelante sin ningún otro contratiempo. Era la primera vez que su amo los conducía de esta manera, tan poco usual. Ninguno abrió la boca, se limitaron a intercambiar miradas de asombro.

Al avanzar un poco más, pasaron muy cerca de una aldea humana. El gran youkai debía tener algo, pues jamás se acercaba ni siquiera un poco a los asentamientos humanos. Pasaron tan cerca del sitio, que pudieron apreciar varias actividades de los habitantes. Claro, antes de que todos se percataran de su presencia y corrieran a esconderse en sus casas.

Pero no todos los habitantes se ocultaron, hubo uno en particular, que se encontraba tan concentrado en lo suyo, que no les prestó atención. Llevaba puesto un peto de cuero. Se trataba de un joven herrero. El ruido de su marro al golpear la hoja y el calor abrasador inundaban su entorno. Alzaba su herramienta y soltaba un duro golpe, moldeando el metal. Después, introducía la hoja en la fragua, calentándola lo necesario, sacándola cuando alcanzaba un color anaranjado rojizo, cuidando que no llegara al rojo vivo, después de lo cual, continuaba golpeándola. Siguió trabajando afanosamente. Sesshoumaru lo observaba, absorto. Vio cuidadosamente como el forjador comprimía el metal y lo alargaba. Cuando logró el espesor deseado, dejó de lado su marro y después cogió un mazo, para detallar la forma. Como el trabajo era urgente, introdujo la hoja en un tonel de aceite. Para finalizar, caminó unos pasos fuera de su taller, dirigiéndose hacia una gran roca porosa, la cual hacía girar mediante un pedal. Talló vehementemente la hoja en ella, hasta que consiguió un filo espléndido.

El forjador probó su nueva creación en un gran buey que ya había pensado en sacrificar para comérselo. De un solo tajo cortó la cabeza, la cual rodó a los pies de Sesshoumaru, quien no quitaba la vista del trabajo logrado.

Naturalmente, el pobre hombre se asustó. Había estado tan dedicado a su trabajo, que cuando levantó la vista y se encontró con la mirada fría y llena de ira del gran youkai, no pudo menos que quedarse lívido y totalmente paralizado de miedo. Las fuerzas lo abandonaron y soltó la espada, la cual al caer, resonó a lo largo de toda la hoja, denotando que el arma no había sufrido fractura alguna al cortar al buey. Inmediatamente después de que cayó la espada, el cuerpo del hombre también. Se había desmayado por la impresión.

Se trataba ni más ni menos que del mejor forjador de espadas de los alrededores. El mismo youkai pudo ver como en unas cuantas horas, creó una magnífica espada, claro, sin ningún poder sobrenatural, pero ello no le restaba mérito a su trabajo. Para ser un simple humano tenía un talento muy especial.

Sesshoumaru al ver el cuerpo del herrero tirado, hizo un sonido de fastidio y se dio la vuelta. Sus acompañantes lo siguieron en silencio todo el tiempo, como desde hacía unos días.

El gran youkai reflexionaba acerca de la espada de su padre. El herrero Totosai era quien la había forjado y quien se había negado rotundamente a hacerle una nueva espada. Al observar a ese herrero humano, tomó una resolución. Si ese ser inferior luchaba y era capaz de forjarse él mismo sus espadas, ¿por qué no podría él hacer lo propio? Después de todo, era mejor intentarlo que vivir sumido en el fracaso de no haber logrado conseguir a tessaiga.

Finalmente, rompió su mutismo y se dirigió a su sirviente.

Jaken –dijo con su voz grave.

¿Sí amo? Dígame en qué puedo servirlo –contestó prestamente el pequeño youkai, muy emocionado de que al fin su amo pronunciara palabra y se dirigiera a él.

Quiero que consigas un lugar adecuado para empezar a forjar espadas. Tárdate lo que sea, pero que lo valga –le encargó.

Tenga la certeza de que conseguiré el mejor taller amo –contestó felizmente, al poder ser nuevamente de utilidad para su señor e inmediatamente se apartó de ellos, para cumplir su tarea.

Rin se quedó a solas con su amo, ya que Jaken se llevó al dragón de dos cabezas y obviamente, la chiquilla no pudo quedarse callada.

¿Sesshoumaru-sama? –le llamó la infanta.

¿Qué quieres Rin? –respondió secamente Sesshoumaru.

Le deseo mucha suerte. ¡Estoy segura que usted será capaz de forjar la mejor espada del mundo! –le animó muy entusiasmada.

Sesshoumaru no contestó, pero rió para sus adentros, le alegraba que la niña lo apoyara tan cándidamente.

Jaken apareció ante ellos a los cinco días para conducirlos a un taller perfectamente acondicionado. Cualquier herrero, humano o youkai, sentiría envidia.

Una vez en el lugar, Sesshoumaru se dedicó afanosamente a aprender el arte del forjador.

Durante muchas lunas estuvo tratando de lograr al menos, darle forma de espada, pero la cosa resultó más difícil de lo que creyó. Sus primeros intentos solo redundaban en amorfas bolas de metal que no eran nada flexibles, las cuales, aunque consiguiera sacarles filo, al tratar de cortar algo, se resquebrajaban inmediatamente.

Pero el youkai no se dio por vencido, siguió tenazmente intentándolo día y noche, durante mucho tiempo, hasta que logró finalmente acuñar su primer espada. No era de gran calidad, era muy pesada, pero al menos, tenía la forma de un arma y era algo resistente y con un poco de flexibilidad. Aunque el resultado no fue del todo satisfactorio, continuó con su tarea, tratando de perfeccionar lo ya obtenido. Finalmente, después de tres años, sus esfuerzos rindieron frutos, logrando forjar espadas de calidad bastante aceptable. En cuanto terminaba una, salía a probarla en todo aquello que tuviera a su alcance, ya fuesen rocas, árboles, animales o incluso, pequeños youkais. Sus espadas tenían un buen equilibrio entre flexibilidad y fuerza. Había conseguido descubrir el secreto del metal.

Pero había una cosa más que requería para poder empuñar una espada digna de él: Poder sobrenatural. Necesitaba, ahora que ya había conseguido forjar espadas, amalgamarlas con el poder youkai para conseguir una espada digna de él. Así que ahora tenían en puerta un nuevo reto a vencer.