Ninguno de los personajes me pertenece, son obra de Rumiko Takahashi.
Advertencia: Este capítulo contiene lemon, si eres menor de edad o una persona sensible ante estos temas, y sigues leyendo, queda bajo tu responsabilidad.
Elemental
Mundos diferentes
Con el pasar de los meses la presencia de Kagura se había logrado convertir en parte de su rutina. Nunca la encontraba entre pasillos, mucho menos en algún salón. En una ocasión la encontró sentada en una de las ventanas de la escuela disfrutando de la brisa, tan absorta en sus pensamientos con la mirada perdida en una escena imaginaria que él no podía ver, que no notó que él estaba parado a su lado hasta que habían pasado cerca de diez minutos. Era como si esa mujer se le estuviera colando por todos los poros, extasiando todos sus sentidos, haciéndolo creer que había algún sentido que no conocía. Kagura se le entregaba con coquetería y de un momento a otro parecía ajena, en un mundo que no podía alcanzar más que con la imaginación.
No conocía nada de ella, sólo su nombre. Y aunque una parte de él deseaba conocer más, no iba a exigir algo que era innecesario porque le interesaba el presente y no otra cosa. Al principio le pareció molesta e incluso acosadora, pero ella dio muestras de inteligencia al saber cuándo podía molestarlo y cuando quería estar solo. Al cabo de un par de semanas lo acompañaba a su casa sin pedirle permiso, a veces lo dejaba a la mitad del camino si encontraba algo interesante de paso. Llegaban a pasar hasta tres días sin verla y era como si ella estuviera a su lado, divirtiéndose a su costa sin estar ahí.
Recordaba la primera vez que se besaron, como si los labios coloreados de rojo con los que compartía ese momento fueran parte de un algo inalcanzable que tenía el honor de tocar con la punta de los dedos. Y si llegó a ese acercamiento fue porque sentía como si un imán lo atrajera a besarla, y él no era del tipo que se negara a sus deseos. Si surgían su buena razón de ser tendrían, y a nadie más le importaba. Fue el primero de muchos besos más.
A diferencia de la primera vez que la vio, ella decoraba su rostro con un tenue y elegante maquillaje que combinaba perfectamente con su mirada color rubí. Usaba el cabello atado y decorado por un broche de plumas, comenzó a creerla aficionada de las aves porque sus aretes también llevaban esos adornos.
—Son regalos de una de mis hermanas— él no la había cuestionado, sólo examinó con cuidado lo que usaba, tal como observaba todo a su alrededor. Pero ella supuso que quería saberlo, o quizá quería comentárselo a alguien; de igual forma él no le impidió hablar, al contrario, la escuchó. A Kagura no le molestaba no recibir respuestas y por eso no las exigía.
Su hermana menor había ido a una pijamada con una amiga, su madre estaba vacacionando fuera de la ciudad y no volvería hasta dentro de una semana. Y su asistente se había ido con Rin, los padres de la amiga habían aceptado al niñero con tal de que durmiera en casa de huéspedes. Y su padre, bueno, él estaba viviendo con su medio hermano porque la mujer con la que procreó a Inuyasha había muerto a los pocos años de nacido él. Tenía la casa para él sólo.
Para ellos solos.
Era tarde, se había tenido que quedar en la biblioteca a terminar un trabajo final y Kagura había estado pegada a él a ratos. Lo dejaba unas horas solo, sin preguntar si ya iba a terminar o avisarle que se iría y luego regresaba con un libro en las manos al que le prestaba toda la atención del mundo mientras duraba la lectura. Reía burlona cuando leía unas cosas, o afirmaba con fuerza cuando leía otras. Ella y sus libros de misticismo y mitología, siempre perdida en mundos de fantasía.
Eso la hacía, en cierta forma, todavía más atrayente.
Cuando terminó parte del trabajo, decidió que era hora de ir a casa. Recogió algunos libros y los dejó en sus estantes, tomó otros en préstamo y salió de aquél lugar. Kagura no lo seguía. La encontró afuera de la universidad, al parecer, esperándolo.
No habían caminado más de unos metros cuando Sesshomaru se detuvo en seco con el entrecejo arrugado. Se toparon frente a frente con su medio hermano, a quien parecía tampoco hacerle gracia encontrarse con él.
El ambiente se tensó, el hermano menor compartía muchos rasgos físicos con su hermano mayor. Pero las diferencias eran obvias, para empezar, el menor iba acompañado de varios amigos. Un grupo alegre que se mantenía quieto, temiendo lo peor por algo que Kagura desconocía.
—Inuyasha, por favor, no inicies una pelea. Piensa en la señorita Kagome, a ella no le agradaría esto— Un hombre de cabello negro, ojos morados y uno o dos años mayor que el chico de cabello plateado intentó detener la avalancha que en silencio, amenazaba con caer.
—¡Kagome no regresa hasta dentro de tres semanas por culpa de su estúpida escuela! Así que puedo hacer lo que me pegue la gana. Además —Sonrió mientras miraba con cierta diversión a su hermano mayor, quien respondió con una clara amenaza estampada en la mirada —, no creo que Sesshomaru quiera pelear.
Kagura no pudo evitar sonreír, era entretenido verlos. Por un momento pensó en hacerse visible solo ante los ojos de Sesshomaru, pero desistió cuando notó que el bastardo del que tanto se quejaba él con su asistente a penas le dirigió una mirada rápida y curiosa, y se enfocó a su hermano. La broma no le iba a resultar.
—Apártate de mi camino, Inuyasha— El tono delataba molestia. El mayor dio un paso en pose erguida y con la cabeza muy en alto para hacer más obvio que miraba desde arriba.
—Oblígame— Inuyasha imitó las acciones de su hermano sin poder imprimirle la elegancia innata de su hermano, y cambiándola por rudeza.
Fue cuando la bomba explotó. Ninguno iba a ceder acerca de quién debía pasar. Una lluvia de golpes bien correspondidos empezó a caer sobre los medios hermanos, a Inuyasha le brillaba la mirada, alegrado o algo similar por poder tener acción real, un reto que siempre se renovaba y no sentía piedad por él. Y Sesshomaru… El daba una muestra de energía, fuerza, y habilidad, enormes, un destello brillante que relucía cada vez más ante el triunfo que era cada vez más claro.
Era fascinante en esa faceta. Lucía gallardo, a Kagura le recordaba a hombres de otros tiempos en donde la diplomacia se media con los puños y las palabras podían llegar a ser armas más punzantes que cualquier espada. Y Sesshomaru lograba combinar ambos.
Cuando Sesshomaru se coronó como vencedor e Inuyasha maldijo y volvió a lanzar el reto, Kagura pasó de todos, contoneándose y caminando hacia el destino al que sabía, Sesshomaru tendría que llegar tarde o temprano. Nadie le prestó demasiada atención, ni ella les prestó atención a ellos.
Sesshomaru se evitó volver a humillar a su medio hermano. No estaba de humor como para aguantar sus niñerías y negación. Era una pérdida de tiempo. Continuó su camino, ignorando la mirada molesta/insatisfecha de su medio hermano. Ya otro día podrían pelear de nuevo.
Cuando estuvieron frente a la casa de portón con rejas blancas y paredes azuladas que asemejaban el cielo (o eso decía su madre), Sesshomaru se enfocó a la poca luz que había en las calles —Entra a la casa —Ordenó.
Kagura lo miró con cierta incredulidad tatuada en el rostro, pero luego le sonrió con coquetería y entró al recinto al que había sido invitada. Era una casa poco modesta, y era una clara muestra del gusto refinado de la familia del hombre de mirada tan dorada como varios adornos.
No eran pareja, o quizá sí lo eran. Nunca hubo declaraciones cursis, pero sí un compromiso invisible que no ataba con ridiculeces ni promesas falsas; las cosas eran lo que había en el momento, para ambos eso era suficiente.
Entraron al espacio más íntimo de la casa que tanto tiempo había espiado por fuera, y en algunas ocasiones, desde dentro como una ligera brisa. Tomaron asiento en silencio, observando la televisión y el noticiero nocturno.
Ella comenzó el contacto mientras estaban sentados en el pequeño sillón largo aterciopelado que se mezclaba en la esquina de la habitación del cuarto de Sesshomaru. Se aburría. Comenzó como un beso lleno de curiosidad, ambos tanteaban terreno, era la primera ocasión en la que podían dejarse llevar gracias a la intimidad que les regalaban las paredes del cuarto, porque a pesar de que a él poco le importaba lo que la gente pensara y actuaba sin fijarse en la opinión ajena, era poco expresivo y no le gustaba mostrar las facetas que celosamente guardaba para ocasiones especiales. Kagura se comportaba caprichosa, se movía con un ligero contoneo de cadera que resultaba sensual sin ser premeditado; Sesshomaru tenía elegancia que enganchaba sin mover un dedo, con su sola presencia, pero lo que más le había gustado a Kagura, era esa faceta ligeramente descontrolada y salvaje que había podido presenciar pocas horas atrás.
Y al parecer, no sólo durante una pelea podía mostrarse así. Sesshomaru tomó la cadera de la mujer que comenzaba a estar bajo su cuerpo poco a poco, ella se dejó hacer e involuntariamente comenzó a abrir las piernas elevando la falda de tubo con sus movimientos. Eso estaba prohibido en su mundo, pero poco le importaba en ese momento.
Kagura se mostró atrevida cuando soltó la corbata de su compañero y desabotonó su camisa lentamente. Acariciando los músculos discretos pero presentes que se encontraban en el recorrido de su mano. Soltó un gemido sordo cuando sin aviso una mano se adentró debajo de su falda y comenzó a acariciar la madeja de nervios que estaba oculta detrás de las pantaletas que se había atrevido a usar por primera vez.
En un intento por disimular su voz profundizó el beso, jugueteando con su lengua y la de Sesshomaru, uniendo sus alientos. Un movimiento brusco la desvistió del torso y ella imitó, pero con delicada tortura, la acción en el torso varonil. Los dedos que sabían tocar un violín la usaban como instrumento. Él rompió el beso para permitirse escuchar su obra maestra. Deleitándose de la humedad que le regalaba aquello que tocaba.
Afuera parecía arder una tormenta eléctrica, pero el calor que compartían los mantenía alejados de la realidad. Se fue la luz, dejándolos a tientas y quitando el poco pudor que podía haber existido, si es que lo hubo.
Llegó un golpe placentero a inundar a Kagura, provocándole enterrar sus uñas en la espalda desnuda de su amante. A la ropa superior le siguió la posterior, haciendo algo de desorden en una habitación minuciosamente acomodada. El sillón solo les sirvió de apoyo durante unos minutos, caminaron con cierta dificultad, sin soltar el tejido que sus cuerpos se esforzaban en formar hasta llegar a su ansiado destino: La cama.
No había luz artificial, pero ambos tenían sentidos casi animales, producto de la procedencia de ella y de la incierta línea sanguínea de él.
Sesshomaru actuó sin titubeos, se detuvo a observar el rostro de Kagura y no pudo evitarse sentir envuelto en un aura que no le era conocida, pero que estaba muy lejos de molestarle. Rompió su ensoñación; abrió las piernas de la dama de viento y se deshizo de la última prenda, desvaneciendo la última barrera entre ellos y sus pieles. Plantó un beso en los labios entreabiertos de Kagura, un beso fugaz que fue seguido de una rápida embestida que le regaló la máxima muestra de desobediencia, imborrable.
Él quería ver su rostro, ella era consciente y mantuvo en su cara grabada la mueca sorpresiva y excitada que le nacía, esforzándose en disimular el dolor que la abrazaba y recorría desde su entrepierna hasta su cabeza. Cuando no podía aguantar más refugió su rostro en el pecho que se agitaba sobre ella. Cuando menos lo notó su cuerpo se había acostumbrado al vaivén que el hombre de cabello plateado le imponía a su cadera. Su amante notó con demasiada facilidad lo que ella intentaba ocultar, pero la experiencia le ayudó a deshacer la dolorosa incomodidad que recién había provocado.
Ahora la tenía frente a él, con la respiración agitada y el rostro ligeramente ruborizado.
Con el ir y venir de sus caderas, lo que fue desagradable terminó produciendo una sinfonía de gemidos placenteros. No fue inmediato pero tiempo era lo que les sobraba en ese momento. Habían perdido la cuenta en un mundo en donde lo que reinaba era un ritmo autoimpuesto y el universo podía ser tan pequeño como una gota de sudor o tan grande como el eco de un gemido.
Estaba por amanecer, el Sol se sintió tímido pero entró con lentitud a iluminar los cuerpos que seguían bailando. Una pierna delgada y femenina se mantenía en el aire, sirviendo de apoyo y a la vez facilitando una mayor profundidad. Sesshomaru se mantenía firme, en cuclillas y empujando su cuerpo a un abismo del que parecía no poder cansarse. Dejó de mantener la pierna de su compañera y dejarla valerse de su fuerza abdominal para mantenerla en esa posición. Encontró un mejor lugar para mantener sus manos: Los pechos que parecían llamarlo con los movimientos acompasados que eran producto del acelerado vaivén del choque de sus cuerpos. Masajeó con cierta fuerza pero con la suficiente delicadeza como para hacer que Kagura soltara un gemido desesperado.
La estaba volviendo loca.
Pronto su cuerpo comenzó a contraerse, asfixiando el miembro de su compañero y haciéndolo gruñir mientras la gloriosa venida los embargaba.
Ese día no habría universidad. A Sesshomaru no le apetecía moverse de la comodidad de su cuarto. La mujer a su lado se había quedado dormida a los pocos minutos de que habían finalizado el conocimiento de sus cuerpos y él no pensaba resistirse al peso de sus párpados. Acomodó las sábanas para ambos, pero antes de acostarse, se detuvo a mirar a Kagura, acurrucada y abrazada a una almohada. Por alguna razón, en ese instante, algo le dijo que debía grabar esa imagen para siempre en su cabeza.
Kagura regresó sigilosa, en su forma real, al hogar que la tenía amarrada. Era consciente de que el aroma de Sesshomaru se le había impregnado más que en el cuerpo humano; después de todo había logrado alcanzar su alma en algo que estaba destinado a ser sólo físico. Pero la escena que la recibió no era la que esperaba: No había un Naraku gritando y burlándose de que después de tanto había terminado en el lugar del que había huido -porque durante todo ese tiempo se había mantenido lejos del bosque-; lo que había era un árbol seco, con pocas hojas y un suspiro de vida en sus raíces; tristemente acentuado por los coloridos atuendos de sus vecinos.
Había descuidado su deber.
Naraku estaba recargado en el tronco, cubierto por una piel blanca. Cuando la vio llegar le sonrió con malicia, negó con la cabeza en forma repetitiva y la observó triunfante —He aquí, tu libertad— Señaló al árbol moribundo y devolvió su mirada tan rojiza a la de su hermana, eran como reflejos —. Me pareció injusto que tú no hicieras tu parte del trabajo, así que decidí también tomarme vacaciones— Hizo una pausa —; pero yo no puedo ser tan desconsiderado e hice mi trabajo aun sin ti.
Kagura lo observó con rabia para luego dirigir todo ese rencor a sí misma. Hasta ahora entendía que Naraku nunca le había quitado nada, que ella se había creado esa mentira y él simplemente la alimentó a su conveniencia. Ella, espíritu con deseo de libertad desde su nacimiento, amaba el árbol que debía proteger. Amaba su mundo y por eso no podía permitirse dejar morir a uno de los pocos tesoros milenarios que le quedaban al planeta.
Dio la vuelta, sin desvanecer las muestras de enojo que estaban en su rostro. Naraku se mantuvo callado, sonriendo, era claro que ella ya no se iba a apartar.
Pero necesitaba despedirse. Aunque era probable que Sesshomaru la olvidara pronto o que no notara su ausencia, ella necesitaba despedirse.
Dos semanas habían pasado desde que Sesshomaru y Kagura habían roto las reglas. A ella no le tocó reprimenda, probablemente porque alguna fuerza superior decidió que era suficiente castigo la separación inminente que le aguardaba. El que había nacido humano notaba con facilidad la distancia que parecía querer imponer Kagura, a veces se le quedaba viendo con las palabras atrapadas en la boca, mordía su labio con rabia y se apartaba. Algo andaba mal y no le agradaba. No le gustaban los rodeos, por eso decidió enfrentarla.
Pero de pronto, así como llegó, se fue. Sin darle tiempo de nada.
Y junto a ella se fueron las travesuras y complots del universo. Regresó la monotonía y el mundo nuevo que empezaba a poder ver, pareció cortarse de tajo.
Un día regresó temprano de la universidad porque uno de sus profesores se había lastimado y no podía darles la clase. Cuando entró a su cuarto encontró sobre su cama una caja de madera bellamente tallada con detalles florales. Dejó su maletín a un lado, se aflojó la corbata y se sentó al lado. Pasaron varios minutos antes de que tomara entre sus manos el pequeño presente, y pasaron otros pocos más antes de que abriera la pequeña cerradura de metal.
En el interior encontró una pluma que podría reconocer entre un millón a pesar de no ser extraordinaria: Blanca, de tamaño pequeño como del ala de un canario, una esponjosa base y ligeramente maltratada debido al uso. Era una de las plumas que adornaban el cabello de Kagura. Cerró la caja y la dejó en la mesa. No pudo evitar mirar el inocente pedazo de madera con cierto enojo. Él era Sesshomaru, no cualquier tipo de quinta; nadie lo dejaba así como así y no dejaba más que una pluma como despedida.
Kagura lo observaba oculta en la brisa, o en realidad, como la brisa misma. Bajó la cabeza y apretó los puños —Idiota—. Le pareció que no le tomó la más mínima importancia, pero en el fondo lo entendía, porque desconocía lo que había ocurrido.
Pero una idea le llegó en ese momento. Más de una vez había hecho que Sesshomaru sacara libros que ella quería de la biblioteca y varios aún no habían sido devueltos. Entró por la ventana, pasando de largo al lado de Sesshomaru, quien ya se había movido a su escritorio y, aunque notó el aroma que se había quedado guardado en su memoria, lo achacó a la caja de madera.
Kagura se colocó frente al librero, buscó el ejemplar que necesitaba e hizo memoria de la página que debía de dejar al descubierto. Cuando creyó estar en lo cierto, hizo entrar un viento con ligera fuerza, la suficiente como para provocar un alboroto y tirar varios libros, incluido el que ella deseaba.
El hombre de cabello plateado se levantó fastidiado, no tomó interés en qué ejemplares habían caído al suelo hasta que cuando iba a levantar un libro sobre mitología, las páginas de este comenzaron a ser empujadas por el viento hasta dar con una página en específico. A él no le interesaban demasiado ese tipo de lecturas, pero terminó llevándose con él el libro hasta su asiento. No sin antes cerrar la ventana. Pasó con lentitud sus ojos por las letras, tratando de entender lo que decía ahí:
Hadas elementales.- Contrario a lo que muchos sostienen, las hadas pueden tener variados tamaños que van desde el de un insecto, un humano normal, o incluso gigantes.
Cuando hablamos de elementales, tal como ya se ha mencionado en este libro, nos referimos a todas aquellas creaturas que tienen su origen en uno de los cinco elementos: Agua, aire, fuego, viento o éter. A continuación se encontrará un pequeño resumen de lo que puede llegar a ser un hada según su elemento:
Hadas de viento: Se encuentran prácticamente en todas partes, es el viento quien las lleva de un lugar para otro. Prefieren las zonas altas y ventosas. A menudo las llevamos dentro de los oídos o bailando entre nuestros cabellos, saben y pueden cambiar de forma, aunque son transparentes, suelen aparecerse ante los hombres como mujeres hermosas y finas de ojos grandes y cuerpo etéreo y estilizado. Les gusta la belleza, el arte y los adornos, la armonía y la estética. Cumplen 3 deseos. Favorecen a los intelectuales y a la gente que gusta de jugar y viajar.
Sesshomaru cerró el libro de golpe. No quería seguir leyendo más palabras de ese escrito —Tonterías —Soltó a la nada y continuó centrado a sus estudios.
Ahora, más que nunca, repudiaba tener que volver a acompañar a Rin al bosque sagrado en el que estaba seguro que habían comenzado sus problemas. Kagura estaba satisfecha de al menos haber intentado explicarle su origen, aunque dudaba volver a verlo, se había prometido no volver a alejarse en un largo rato de su árbol. La ventana estaba cerrada, así que salió de la casa por la ventana medio abierta de un cuarto un tanto desordenado pero tiernamente decorado, no sin antes mirar a la niña que descansaba entre la colcha de ranas que a su parecer, eran medio desagradables. Ella sí la podía ver, la vio desde antes de que se presentara a su hermano, pero siempre le guardó el secreto y sabía que lo seguiría haciendo. Salió al fin de la casa y se aseguró de cerrar bien el lugar por donde había salido; no quería que la pequeña se resfriara.
Al fin llegó la mañana y Rin estaba dando vueltas por toda la casa, entusiasmada por regresar al bosque para un nuevo trabajo escolar. A Sesshomaru le parecía molesto y estúpido que la maestra de la niña pidiera un trabajo del mismo lugar, a su parecer, debía incitar a los niños a visitar nuevos lugares. Cuando la ansiada hora de salir llegó y estuvieron de nueva cuenta en la reserva natural, era fácil adivinar qué lugares querría visitar la niña.
Sesshomaru la dejó ser y se apartó. Esta vez su asistenta podía cuidar de ella y a él no le apetecía estar en aquel lugar. Sin embargo su olfato comenzó a jugarle una broma, atrayéndolo a un lugar ubicado en la profunda espesura del bosque. Se detuvo frente a un árbol grande, de varios metros de diámetro y un aspecto enfermo; colocó la mano sobre el tronco, sintiendo la textura dura y rugosa sobre su piel.
En un impulso, golpeó un pedazo de corteza, sus reflejos le provocaron tal reacción. Estaba seguro de haber visto a alguien, pero era obvio que no había nadie ahí. Retiro el puño y continuó mirando la extensión del árbol, admirando la probable edad que poseía y deleitándose en secreto de la brisa que reinaba en ese lugar. Brisa nostálgica y abrazadora al mismo tiempo.
Era hora de irse, no sabía cuánto tiempo había pasado y tampoco le importaba. Dio la media vuelta y casi pudo jurar sentir una caricia en el rostro provocada por la brisa que jaloneaba su cabello. Se permitió mirar de nuevo hacia arriba, esta vez a una rama alta, tras unos segundos retiró la mirada y continuó su andar. Quizá, volvería a ese bosque sólo para alejarse de las personas.
Kagura le sonrió desde la rama con su figura transparente. Ese hombre le había dado más que la simple ilusión de libertad. Le había dado, entre otras cosas, independencia, fuerza y comprensión. Y además, ahora, podía sentir que él volvería a ese lugar.
De igual modo, si no fuera así. Ella ya tenía una parte de él.
¡Hola! Muchas gracias por leerme y llegar hasta aquí. Los quiero invitar a las votaciones en el foro: Hazme el amor en donde además, van a encontrar varias cosas divertidas.
Y, quiero aclarar algo: La definición de hada que se encuentra en este fic, no es mía, es de una adorable mujer que amablemente puso a disposición del público su definición junto a otras más. Yo he reacomodado un poco el mundo invisible según mis necesidades al escribir este fic. Por lo que, usé varias fuentes de información, pero a pesar de eso, lo que aquí esta escrito es sólo un pequeño mundo dentro de mi cabeza.
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