Capítulo #3
Tidus oía a sus padres hablar desde la cama:
- ¿A dónde vas tan tarde? - preguntó la madre de Tidus.
- A la playa, a entrenar un poco – respondió Jecht.
- ¡¿A estas horas?! Pero cariño, espera a que se haga de día....
- No, no. Ahora es cuando estoy concentrado. Si lo dejo para mañana no haré nada – Jecht besó a su esposa en la frente – No te preocupes, mi amor, estaré de vuelta antes de que te des cuenta.
- De acuerdo, pero no te estés toda la noche fuera.
Tidus oyó a su padre dirigirse a la salida. Ese era el momento. Se quitó las sábanas de encima de una patada y se dirigió a la ventana, la abrió y salió al frío de la noche. Esperó hasta discernir en la oscuridad la figura de su padre y empezó a seguirle a una distancia prudencial.
En un principio el plan parecía muy fácil, pero a medida que pasaba el tiempo el asunto se complicaba. Seguir a su padre no era tan sencillo como parecía, pues Jecht, a parte de tener bastantes más años que Tidus, tenía las piernas más largas y fuertes. Tidus no podía mantener el ritmo con sus piernas de niño y pronto empezó a resoplar por el agotamiento.
Vamos, tengo que intentarlo. Si no llego ni a la playa ¿qué va a decir mi padre de mí?
Ante esta perspectiva, Tidus sacó fuerzas y consiguió mantener un buen ritmo. Al poco llegaron a la playa. Su padre se detuvo delante del agua y Tidus se escondió detrás de una duna de arena, ansioso por que aparecieran los monstruos.
- ¡Ah! ¡Qué buen tiempo hace! - Jecht se sentó en la arena y blandió la espada hacia el mar - ¡Vamos, monstruos asquerosos! ¡Quiero volver a casa a dormir con mi mujer!
Durante bastante tiempo no ocurrió nada y la playa continuó en silencio. Jecht observaba serenamente las tranquilas aguas y Tidus, que sólo era un niño, empezó a dormitar sobre la arena. En el mismo instante en que conseguía dormirse el agua comenzó a agitarse. Jecht se levantó de un salto y Tidus se golpeó la cabeza contra la duna del susto. Algo salía del mar y era muy grande, por como se agitaba la superficie. Tidus no soportó la tensión y salió corriendo hacia casa, llorando en silencio.
No podemos culparle, sólo tenía siete años.
Jecht oyó tras de si un ruido de alguien corriendo y pensó que era alguna pareja que había venido a retozar a la playa y se había encontrado con aquel espectáculo. Pobrecillos. Dirigió la vista hacia las tempestuosas aguas, preparado para atacar a cualquier cosa inmunda que saliera de allí. Pero lo que apareció en el mar superaba cualquier idea que Jecht se hubiera hecho. Un monstruo inmenso emergió de las profundidades como si del mismísimo demonio se tratara. Jecht pensó que podría destruir una ciudad con sólo estornudar. Aquella inmensidad emitió un sonido gutural y dirigió su mirada hacia Jecht. Éste, al encontrarse con el vacío de sus ojos, no consiguió dominarse y tomó aire para gritar. Antes de que el aire llegara a sus pulmones, Jecht se vio rodeado por una potente luz. Un aire cálido y pesado le envolvió, la realidad se distorsionó y ya no sintió nada más.
Después de haber absorbido a Jecht, el monstruo emitió un rugido triunfal que estremeció las aguas. No sabía ni cómo ni por qué había llegado a esa playa, pero el viaje no había sido en balde. Se internó en el mar y se alejó velozmente hacia otro destino.
La playa quedó en paz, otra vez.
