Capítulo 2.

Estaba yo sentada con una taza de café en la mano, mientras el doctor Stein trataba de tranquilizarme. Al parecer, la reacción de Genzo fue de lo más predecible, porque ni este doctor ni el doctor Jean se asombraron con su total falta de cortesía. Yo, por mi parte, estaba que echaba chispas, me han tocado muchos pacientes prepotentes y altaneros, pero como Genzo Wakabayashi, ninguno.

Trata de comprenderlo, se siente asustado.- dijo el doctor Stein.- Se ha lastimado en muchas ocasiones, pero ninguna como esta vez.

Eso lo comprendo, pero nunca nadie me había mirado con tanto desprecio como esta vez.- repliqué.- Me hizo sentirme basura.

No es para tanto.- replicó Jean, impávido.- Te miró feo, pero no tanto.

"Claro, como a ti no te miró así", pensé. Estaba tan enojada que las manos me temblaban y con cada movimiento derramaba un poco de café. "Qué exagerada", se burló alguna parte de mi cerebro. "No aguantas nada". Ya, que lo aguante su abuela, ese tipo es un pesado.

Jean se puso de pie y se alejó un poco para hacer una llamada a quien sabe quien, realmente no me importaba. El doctor Stein comenzó a preguntarme sobre mi trabajo, cómo se me había ocurrido el ponerme a ayudar a gente moribunda a superar su destino, y le conté la misma farsa que les contaba a todos, que el deseo me había surgido después de ver a tanta gente sufrir en los hospitales por la cercanía de sus muertes. Claro, esto era mucho más creíble que decir que lo hacía por ser la ahijada de la Muerte y que esto lo hacía como un favor especial a ella. El Dr. Stein murmuró algo de que eso era admirable en una chica de mi edad y cambió el tema, como dándose cuenta de lo incómoda que me sentía por estar hablando de eso con él. Al menos sirvió, me sentía yo un poco más calmada y pude tomarme mi café sin derramarlo; estaba sabroso, había que reconocerlo, aun cuando ya estuviera frío.

Gracias por el café.- dije, suspirando.- Está delicioso.

No hay de qué.- dijo el doctor Stein.-. Y no lo hice yo, dicho sea de paso, sino Genzo. Le encanta el café.



¿En verdad?.- me sorprendí. No pensaba que él fuera capaz de hacer algo bueno.- Ésa podría ser la causa de sus dolores de cabeza.

Se lo hemos dicho miles de veces, pero no nos escucha.- el doctor rió un poco.- Creo que no le hace caso a nadie ya, tan acostumbrado está a salirse siempre con la suya.

Uhm.- gruñí.

No es tan mala persona, en verdad.- insistió el doctor.- Solo no lo tomaste en un buen momento.

Iba yo a responder, pero en ese momento el doctor Jean colgó el teléfono y se acercó a nosotros, con una mueca por sonrisa en ese momento. Yo ya le conocía ese gesto, y siempre lo ponía cuando quería salirse con la suya, como en ese momento.

Genzo aceptó hablar contigo un momento.- anunció Jean.- Solo cinco minutos, pero creo que con eso es más que suficiente, cuando te lo propones puedes convencer a la gente en cuestión de un minuto.

¿Convencerlo de qué?.-cuestioné.- ¿Hablar con él para qué?

¿Cómo que para qué?.- replicó Jean.- Para que lo ayudes a salir de su depresión. A esto viniste, ¿o no?

No.- me negué.- Que se aguante él solo, yo ya me voy.

Ya andaba viendo yo a Catrina hacerme un gesto de reproche y regañándome y mandándome de nuevo a hablar con Genzo, no era si quería o no el ayudar a Genzo, tenía que hacerlo porque no me quedaba de otra, así que nada más suspiré y dejé la taza de café en la mesa, al tiempo que me ponía de pie.

Ya qué.- gruñí.- ¿A qué hora desea verme esa ternura de hombre?

En cinco minutos.- me dijo Jean.- Tiempo suficiente para que subas de nuevo a su departamento.

Ya.- dije.- No me culpen si lo mato antes de tiempo.



Dale la oportunidad.- me repitió por quien sabe cuanta vez el doctor Stein.- Es un buen muchacho.

Sí claro.- gruñí.- Con su permiso, me retiro por el momento.

Vamos.- me dijo Jean, echando a andar.

Los dos regresamos al departamento de Genzo, lugar de donde me había retirado minutos antes, muy molesta por la actitud altanera del sujeto ése. En esta ocasión, sin embargo, Genzo estaba sentado en una silla frente a su mesa, muy serio y jugueteando con un salero. De inmediato noté que la habilidad de su mano izquierda no era tan buena como la derecha, cosa que podía deberse a que no era zurdo, aunque también podía ser la primera manifestación del aneurisma de su cabeza. Genzo notó mi mirada y dejó el salero quieto en la mesa, haciéndome un gesto con su mano derecha para que me sentara frente a él.

Doctor Lacoste, ¿podría dejarnos a solas un momento?.- pidió.

Por supuesto.- asintió Jean.- Te veré después, Lily.

Yo asentí, al tiempo que tomaba asiento frente a Genzo, sitio que él me había señalado con la mano y lo miré fijamente el tiempo suficiente para darme cuenta de que sus ojos negros eran impresionantes. Los japoneses se han caracterizado siempre por tener ojos pequeños y rasgados, mas no era éste el caso de Genzo Wakabayashi, quien debía tener por ahí algún ancestro europeo o americano que hacía que sus ojos fuesen más grandes, menos rasgados y mucho más profundos que los de un japonés común. Era él además el dueño de una mirada paralizadora, la clase de mirada que podía intimidar a cualquiera, pero no por eso me amilané. Ya me había topado yo con esta clase de gente antes. En los breves instantes que duró el silencio noté también que él usaba el cabello muy corto, casi de un estilo militar, y que tenía en la sien izquierda un parche, que muy seguramente cubría la herida que se debió hacer él contra el poste de su portería en el partido contra Australia. No quería que él se sintiera incómodo por eso, así que desvié la mirada en cuanto pude para que no creyera que estaba mirando para criticarlo y me concentré en sus ojos, dándole a entender que estaba listo para cualquier cosa que quisiera decirme.

Primero que nada, quiero disculparme con usted con mi descortesía.- habló Genzo, pausadamente.- No tuve un buen día.

Muchos no lo tuvimos, no se preocupe.- repliqué.

Como sea.-él casi me ignoró.- Me disculpo por eso.



Olvídelo.- dije, y esta vez fui yo quien casi lo ignoró.

En segunda, quiero agradecer su interés por ayudarme, pero creo que está perdiendo su tiempo.- continuó Genzo.- No necesito ninguna clase de ayuda. No necesito que alguien venga a decirme que voy a superar esto, que las cosas pasan por algo y demás porquerías que se dicen en estos casos.

Porquerías.- me reí.

Eso son.- replicó Genzo.- Son tonteras que suele decir la gente que no comprende la situación real de las cosas.

Dígame entonces cuál es su situación real, señor Wakabayashi.- usé mi tono más persuasivo.- También si usted no habla, es muy poco probable que nosotros podamos entenderle.

En primera, si usted nunca lo ha perdido todo por un accidente estúpido, no creo que esté en posición de saber por lo que estoy pasando.- respondió Genzo, melancólico.- Si usted no sabe lo que es pelear por un sueño y perderlo todo en un instante, no tiene derecho a venir a decirme que me comprende.

En eso tiene usted razón.- asentí.- Y la verdad es que creo que es muy difícil que alguna persona llegue a comprender a otra en su totalidad, cada cabeza es un mundo.

Sin darme cuenta, ya estaba yo terapéandome al sujeto éste, mi instinto de psicóloga ya se había puesto en marcha, y lo curioso del caso es que Genzo se dio cuenta de esto primero que yo. Él de pronto había sonreído burlonamente y cruzó los brazos sobre su pecho.

Eres buena.- dijo de pronto, tuteándome.- Por poco caigo en tu trampa.

No pongo trampas, señor Wakabayashi, solo hago preguntas.- repliqué.- Suelo ser muy curiosa.

La curiosidad mató al gato, doctora.- dijo Genzo, y después titubeó.- Y llámame Genzo.

Como gustes.- dije.- No tengo ningún inconveniente.

Solo no intentes pasarte de lista conmigo, odio la compasión.- continuó Genzo.- No necesito la piedad de nadie.

Me pregunté si él actuaba así cada vez que fracasaba en algo, o era tan solo un reflejo de la amargura y compasión que él sentía por sí mismo. Yo bajé 

la mirada, más para pensar que por el hecho de sentirme intimidada, pero Genzo malinterpretó mi reacción. Él bufó y se recargó contra su asiento, mirándome fijamente.

Tienes cara de niña.- fue lo que me dijo.- No aparentas tu edad.

No sabes ni cuantos años tengo.- refunfuñé, enojada porque todos me dijeran que no aparento mi edad.

Para ser psicóloga, médico y superheroína, debes tener al menos unos cuarenta.- se burló él.

Eres un….- me contuve.

¿Un qué? ¿Cínico, patán, desvergonzado?.- completó Genzo.- Me lo han dicho muchas veces, y para lo que me importa.

De verdad que eres todo un estuche de monerías.- me burlé.- Pero déjame decirte que si con eso consigues correr a todos de tu vida para sentirte miserable y ser todo un mártir, conmigo no lo vas a conseguir de ninguna manera, porque yo no me voy a ir a ninguna parte. Me voy a quedar contigo, te voy a ayudar, te guste o no, me odies o no, porque ése es mi trabajo y lo voy a hacer.

Genzo, en ese momento, se me quedó mirando muy fijamente de una manera muy extraña. Por un momento me sentí muy incómoda, sus ojos me taladraban y parecían querer desnudarme con ellos, y fue entonces cuando mis defensas bajaron y me puse más colorada que la gorra roja que tenía a un lado de él. Mi corazón latía como tambor y parecía caballo desbocado. Durante un momento, él puso cara de niño bueno, y algo latió fuerte en mi interior, pero no le quise hacer caso y lo deseché de inmediato.

Eres buena, lo admito.- dijo Genzo, suspirando.- La mayoría de las personas que conozco a estas alturas ya me abofetearon y me dejaron en paz.

Yo estoy a un tris de hacer lo primero.- confesé.- Ganas no me faltan, pero se vería muy poco profesional de mi parte.

Insisto, eres buena.- Genzo soltó una carcajada.- No te lo tomes tan a pecho, doc.

Uhm.- gruñí.- ¿Algo más que me tengas que decir?



No.- negó él, poniéndose de pie.- Creo que ya nos hemos dicho suficiente por hoy, exceptuando el hecho de que creo que esto es una pérdida de tiempo.

¿Y si piensas eso por qué no me corres de una vez?.- repuse.- Mejor me voy y ya.

No, porque quiero ver hasta dónde eres capaz de llegar.- replicó Genzo, mirándome divertido.- Me gustan los retos.

Yo no soy ningún reto.- casi grité.

Eres divertida, es fácil hacerte enojar.- Genzo volvió a reír.- Al menos me alegraste el día.

Yo tenía ganas de contestarle, ese tipo ya me estaba sacando de quicio, pero me contuve, ya que me di cuenta de que mientras más hablaba, más placer le daba haciéndome enojar. Iba a ser un tipo difícil, sin dudarlo, pero iba a tener que aguantarlo. En ese momento, regresó Jean y entonces aproveché para escaparme, Genzo me miró de forma burlona y me dijo que esperaría con gusto nuestras sesiones. Yo a esas alturas lo único que quería era mandarlo al diablo.

Nos vemos mañana, doctora.- Genzo se despidió de mí con un ademán burlón.- Si se arrepiente, avíseme para dale un regalo de despedida.

Baboso.- musité, en español.

Ya, tranquila.- me pidió Jean.- No te ofusques demasiado, él suele ser así con todos, no es nada personal.

Eso no me quita las ganas que tengo de golpearlo.- repliqué.- De verdad que es un amargado.

No es para menos.- suspiró Jean.- El fútbol era toda su vida y ahora ni eso tiene.

No es para tanto, debe tener algún amigo, familiar o perro que le ladre.- repliqué.

Nada de eso.- negó Jean.- Tiene años de no ver a su familia, sus amigos están desperdigados por todo el mundo, cada uno ocupado en sus carreras, y su perro está en Japón, así que todo lo que tiene es el sóccer… O bueno, tenía, ahora ya ni eso…

Me quedé callada, no creía que en realidad hubiese alguien en este mundo que no tuviese nada más que su carrera (bueno, en realidad no era tan 

difícil de creer, habemos muchos que estamos en la misma situación), pero Jean no parecía estar mintiendo, así que me dediqué el resto del día a revisar el expediente de Genzo Wakabayashi, todos los datos de su vida personal, historial médico y hasta antecedentes familiares, todo lo que pudiera necesitar para intentar conocerlo a fondo, y para mi sorpresa, no pude evitar compadecerme un poco de él. Desde niño, Genzo fue ignorado olímpicamente por sus padres, lo que lo llevó a refugiarse en el fútbol, un hermoso deporte que descubrió casi por casualidad, un día que su mayordomo lo llevó al parque y vio a Tatsuo Mikami entrenando en el parque con sus entonces compañeros de selección. El pequeño Genzo descubrió entonces para qué había nacido, y desde ese momento quedó prendado de ese deporte que por muchos era considerado como el más bello del mundo y quiso aprender a jugarlo. Pronto quedó muy claro el hecho de que él había nacido para ser portero, igual que Mikami, y no descansó hasta que éste lo adoptó como su protegido y le enseñó a practicarlo. Desde entonces, Genzo se había dedicado en cuerpo y alma al deporte que le dio una razón para vivir, un motivo para ser alguien y sentirse importante, ya que al parecer su propio padre no lo trataba como un hijo, sino más bien como una inversión, y ésta era otra cosa que me tenía perpleja, ya que al parecer los Wakabayashi vivían en Inglaterra desde hacía muchos años, sin causa justificada ni conocida, y únicamente viajaban a Japón en sus vacaciones, para ver de vez en cuando a Genzo. Para evitarse tanto dolor por sentirse "abandonado", Genzo al parecer se volvió frío e indiferente y usaba una fachada de prepotencia para evitar que lo volvieran a lastimar, situación que había funcionado muy bien hasta que conoció al capitán de la selección japonesa, Tsubasa Ozhora, y le cambió el mundo. Genzo más tarde se marchó a Alemania para continuar con su brillante carrera futbolística, y si bien en este país encontró nuevos amigos, él continuó tan solitario y reservado como siempre, negándose a enamorarse de alguna chica, a ver a su familia o a rodearse de amigos, su vida entera era el sóccer y nada más…

Sin quererlo, empecé a sentir lástima por él. Era de esperarse que Genzo se sintiera tan mal por saber que iba a tener que abandonar su única razón de existir, el único motivo que lo mantenía con vida se le había ido. Suspiré; aquí era donde entraba yo, ya que era entonces mi deber ayudarlo a morir sin rencor, cosa que por lo visto, iba a resultarme 

más difícil de lo que creía, pero al menos, debía intentarlo. Después de todo, ése era mi trabajo.

Notas:

Olvidé decir en el otro capítulo que un aneurisma es una dilatación de la pared de una arteria, que si se dilata demasiado se rompe y causa sangrado.