Capítulo 3.

Para tratar de ayudar a Genzo, se me ocurrieron varias cosas, pero no sabía cuál me iba a funcionar mejor. Una de ellas era hablar con sus antiguos entrenadores y pedir que hablaran con él, pero me supuse que eso ya lo habían intentado antes, además de que Genzo parecía haberse alejado de todos, sin excepción, incluyendo a su mentor de toda la vida, Tatsuo Mikami, ya que Wakabayashi no podía soportar la supuesta humillación de ser un fracasado total, así que eso quedaba fuera de toda posibilidad.

Otra opción sería comunicarme con Tsubasa Ozhora, el supuesto mejor amigo de Genzo. En más de una ocasión, Tsubasa había sacado a Genzo de sus depresiones, por lo que quizás en esta ocasión sería de mucha utilidad que el capitán de la selección japonesa se diera una vuelta por Alemania para ver a su viejo amigo, pero yo dudaba que Genzo le hubiese comunicado que estaba a punto de morir, cosa que también me metía en problemas. Ayudar a alguien a bien morir siempre era complicado, pero mucho más tratándose de alguien como Genzo Wakabayashi, quien su testarudez solía complicar hasta las situaciones más sencillas.

Catrina me observaba con mucho interés, mientras se tomaba una taza de café. Cosa curiosa, que la Muerte fuese fanática del café. Bueno, pensándolo bien, a ella no le afecta en mucho sus efectos perjudiciales, ventajas de ser la Muerte es que no te puede matar nada. Catrina pareció adivinarme el pensamiento y sonrió, era ya una costumbre que de vez en cuando ella pasara a visitarme al hospital en donde estuviese trabajando y nos sentáramos a tomarnos un café, para tomarnos un momento de descanso de nuestras múltiples ocupaciones.

Me gusta el café, ya lo sabes.- me comenta Catrina, con una timidez muy poco usual en ella.

Ya somos dos.- repliqué.- La diferencia es que a mí sí me va a hacer daño.



Tranquila, que no morirás pronto por culpa de eso.- me dice ella, misteriosamente.- ¿Qué tanto piensas?

En como ayudar a Genzo.- bufé.- Es todo un caso este sujeto, más amargo que el café mismo, más agrio que un limón y más terco que un buey.

Veo que te cae bien.- Catrina sonríe.- Vamos, que te has encontrado con otros peores.

No, sin dudarlo éste es el peor.- suspiré.- Los demás aun tenían deseos de ser ayudados.

Él también.- me dijo Catrina, muy seria.- Genzo quiere ser ayudado, pero no sabe cómo pedirlo. Ten paciencia, estoy segura de que tú estarías igual estando en su lugar.

Uhm.- bufé otra vez.- No sé, me da la impresión de que es feliz quejándose de todo, renegando del mundo entero y actuando como un amargado. Me cuesta trabajo creer que en serio esté deprimido.

No lo creas, claro que lo está.- me replicó Catrina, poniéndose muy seria.- Muchas veces ha hablado conmigo y créeme que está deprimido.

Me quedé muda. El que Genzo hablara seguido con Catrina me sorprendió bastante. Habitualmente, la gente que desea morir habla muy seguido con la Muerte, en silencio y de manera indirecta le piden irse con ella para dejar atrás su sufrimiento, y dependiendo de cada situación en particular, Catrina accedía a estas peticiones, sobre todo cuando había llegado a su fin el tiempo que esa persona debía permanecer en el mundo de los vivos.

¿Le has susurrado al oído?.- le pregunté a Catrina, sin saber muy bien qué pensar.- A Genzo.

Pues… .- y Catrina dejó la frase inconclusa, dándome a entender todo.

Nadie sabía que las ideas suicidas de las personas provenían de la propia Catrina, quien susurraba de vez en cuando a los oídos de la gente las maravillas de su reino de ultratumba; Catrina poseía una voz muy persuasiva, de manera que cuando quería, conseguía su propósito, como era de esperarse, y la persona en cuestión terminaba por suicidarse. No es para juzgar a Catrina ni mucho 

menos, su trabajo era llevarse a las personas al otro mundo cuando terminara su camino en este mundo, y eso nadie se lo reclamaba, lo que a mí me sorprendía un poco era que ella una vez me dijo que rara vez me mandaría a ayudar a personas a quienes ella les susurrara al oído, aunque nunca me había aclarado el por qué.

Sé lo que estás pensando.- me dijo ella.- No tiene caso que te pida que ayudes a alguien a quien yo misma estoy sonsacando para que termine su vida de mala manera, pero este caso… Bueno, es diferente en muchos sentidos.

Hablándome así menos voy a entender.- bufé.- Pero bueno, creo que no es mi deber pedirte explicaciones, eres la Muerte y sabes lo que haces.

No me lo digas así, que lo haces ver como algo malo.- me reprochó ella.

Yo sonreí. Cualquiera pensaría que a la Muerte le gusta hacer su trabajo pero la verdad era que no era así. Ella me había dicho en incontables ocasiones que ella solo seguía órdenes de un poder superior. Eso era algo que nunca había querido preguntar, realmente eso era algo que no me incumbía.

Inténtalo de nuevo.- me dijo Catrina.- No le queda mucho tiempo a Genzo. No sé, sedúcelo o a ver qué se te ocurre.

No digas eso.- fruncí el ceño.- ¿Seducir a Genzo? Qué espanto, tendré malos ratos pero no malos gustos.

Catrina hizo una mueca extraña y no dijo nada, yo me encogí de hombros y me puse de pie. Eso sí que no, podría acercarme a Genzo de mil formas pero nunca seduciéndolo, qué horror. No me acercaría a él en el plan sentimental ni aunque fuera el último hombre sobre la tierra.

En fin.- Catrina suspiró y también se puso de pie.- Debo irme, en cinco minutos va a haber un terremoto en Irán y debo estar presente.

¿Puedes dejar de hacer eso?.- gruñí.

¿Qué cosa?.- mi madrina puso cara de total inocencia.

De anunciarme cuando vas a trabajar.- un escalofrío me recorrió de pies a cabeza.- No es agradable.

Por respuesta, Catrina me sonrió a manera de disculpa y se esfumó envuelta en una corriente de aire frío que terminó por calarme hasta los huesos.

También podrías irte por la puerta.- gruñí.

¿Me estás corriendo o es que ya hablas sola?.- me preguntó Genzo, desde la puerta.- Espero que no sea ninguna de las dos cosas, porque con cualquiera de las dos, bonita psicóloga que resultaste ser.

Nada de eso.- dije.- Estaba hablando con mi madrina.

¿Y en dónde está?.- ya Genzo en alguna ocasión me había escuchado hablar de mi madrina (imposible no mencionarla a cada momento) y supongo que tenía curiosidad por conocerla.- No la veo por ningún lado.

Se marchó a Irán, a un terremoto.- respondí, sin pensarlo mucho.

Genzo se me quedó mirando fijamente, sin saber si yo bromeaba o hablaba en serio. Mi cara era de completa y total inocencia y le sostuve la mirada; muy en el fondo, adoraba hacer esto, decirle la verdad a los demás acerca de lo que mi madrina había en realidad para solo ver sus caras de incredulidad y perplejidad, como Genzo la tenía en ese momento. Después de un rato, él decidió creer que estaba bromeando (lo más lógico al fin y al cabo) y sonrió con sarcasmo.

Sí, claro.- dijo él.- Bonito juego.

Tú preguntaste.- me encogí de hombros.- ¿Qué se te ofrece?

Nada en particular, me preguntaba qué otra cosa extraña tenías preparada para mí.- me respondió él.

Vaya, o sea que estás aceptando mi ayuda.- me sorprendí.- Quién lo diría.

Nada de eso, solo que no tengo nada mejor que hacer, replicó Genzo, tomando asiento en el mismo sitio en donde Catrina había estado sentada momentos antes.- ¡Rayos! ¡Qué frío está este asiento! ¿Quién se sentó aquí, la Muerte?

Yo, por supuesto, no pude evitar sonreír.



¿Por qué sonríes?.- Genzo ha de haber pensado que me burlaba de él.

Por nada en específico.- respondí, tranquilamente.- ¿Quieres una taza de café?

No cantes victoria.- él ha de haber interpretado mi sonrisa como de triunfo.- No he terminado de aceptarte completamente.

No dije eso.- repliqué.- ¿Quieres café o no?

Es sorprendente la manera en como cambias tu manera de actuar.- me dijo Genzo, algo divertido, acomodando sus asentaderas lo mejor que podía en el frío sillón.- De un momento para otro pasas de ser agradable a un auténtica mandona.

Pues con gente como tú, no me queda de otra.- fingí sentirme ofendida, aunque en el fondo el asunto me entretenía.- Como tú siempre eres un amargado, yo tengo que hablarte con tus palabras o no me entiendes.

Ahí vas de nuevo.- protestó Genzo, y bufó.- ¿Cuándo vas a dejar de regañarme?

Era cuento de nunca acabar, parecíamos perro y gato, pero la verdad era que estaba usando esta pelea de palabras para tratar de ver cuál sería la mejor manera de abordar el tema que me interesaba en ese momento, la familia de Genzo. Como ya había dicho antes, no había habido visitas de familiares recientemente, no después de que Genzo anunció su retiro del sóccer profesional, cosa que no dejaba de sorprenderme. Según Jean y el doctor Stein, esto se debía a que Wakabayashi no tenía mucho contacto con su familia y yo no terminaba de entender por qué. ¿Habría habido algún suceso que ocasionara el distanciamiento entre Genzo y su familia? De ser así, quería saberlo ya que la mayoría de los casos de amargura y depresión de una persona que sufre una gran pérdida en su vida es más que nada porque no cuentan con el apoyo de sus familiares. Lo que más me desconcertaba era que Genzo tenía dos hermanos mayores, quienes al parecer se llevaban muy bien con su padre, así que no entendía por qué el repudio hacia el menor de la familia, el niño que al parecer lo había sacrificado todo por sus sueños…

Unos sueños que tenían poco de haberse convertido en nada. Y él no tenía a nadie cerca para afrontarlo.



Muy a mi pesar, comencé a sentir algo de lástima. Yo sabía lo que era sufrir una gran pérdida, mi primer novio falleció en un accidente cuando tenía 16 años, y si superé mi duelo fue más que nada gracias a mi familia (recuerdo que aun no le he querido preguntar a mi madrina por qué se llevó a mi novio de esa manera), no sé que habría sido de mí sin ellos. Perder algo tan importante en tu vida nunca era fácil, podrías llegar a perder hasta las mismas ganas de vivir si no sabes cómo afrontarlo, y el no querer aceptar la ayuda de nadie no mejoraba las cosas.

No me imaginaba lo difícil que se la debía estar pasando Genzo en estos momentos, solo y negándose a tener contacto con el mundo, después de tener que renunciar a lo que más amaba. Suspiré. Serví el agua recién calentada en una taza nueva y se la llevé a Genzo junto con los frascos de café y azúcar.

¿Qué?.- volvió a protestar.- ¿Ni siquiera sabes preparar café? ¿Qué clase de doctora eres?

Por si quieres prepararlo a tu gusto.- repliqué.

Si quisiera eso, no habría venido aquí.- replicó él.

Ya, no gruñas, que pareces oso.- pedí, tomando nuevamente la taza.- ¿Cómo lo tomas?

Veamos como lo tomas tú.- me respondió.- Pienso que una buena manera de conocer a alguien es viendo cómo toma el café.

¿Ah, sí?.- dije.- No me digas.

Así es.- asintió Genzo, muy seguro.

¿Y eso qué tiene que ver?.- insistí, preparando el café con un toque de leche y bastante azúcar.

Pues mucho, aunque no lo creas.- contestó.- La gente que se toma la vida demasiado en serio lo toma negro y sin azúcar, porque no tienen tiempo para perderlo en esas trivialidades, los optimistas le ponen mucha azúcar como reflejo de su forma de ver la vida, los que le ponen leche o crema es porque tienen miedo de vivir emociones fuertes.

Interesante punto de vista.- revolví bien el café y se lo pasé, sin probarlo.- Entonces te has vuelto todo un psicólogo nomás con tomar café.

Aunque lo dudes.- Genzo probó el café, lo saboreó y le dio otro trago.



¿Y bien?.- quise saber.- ¿Yo que soy? ¿Demasiado optimista y con miedo a vivir emociones fuertes?

Algo hay de eso.- Genzo sonrió.

Ya.- bufé, sintiéndome algo incómoda por lo atinado de su percepción.- Eso no es cierto.

No te preocupes tanto.- me dijo él, sin dejar de sonreír.- No es tan grave.

¿Por qué no?.- cuestioné.

Porque yo lo tomo igual.- me dijo.

La mirada de niño tierno que Genzo puso me desarmó por unos instantes. Jamás le había visto esa mirada, pero bueno, que tampoco era tan raro ya que tenía poco de conocerlo, pero el caso era que él se veía tan tierno e indefenso que me tocó alguna vibra oculta de mi pobre y maltratado corazón. Era increíble, pero ese gigantón corpulento miraba como cachorrito abandonado. Si antes me sentí conmovida por su triste caso, ahora me sentía mucho más, me daban ganas hasta de… No, eso ni pensarlo.

¿Qué te sucede?.- quiso saber él.- ¿Tengo cara de que me voy a morir? Me miras como si yo fuera Bambi y tú la Sociedad Protectora de Animales.

Nada de eso.- su comentario casi me hace reír y me devolvió a la realidad.- Es solo que… bueno, no importa.

Todos tenemos defectos, eso es obvio.- dijo entonces Genzo, muy serio.- Incluso yo, lo admito, tengo mis buenos problemas, y esto lo digo por lo del café. No tiene nada de malo que nos asusten las emociones fuertes.

Eso lo puedo creer de mí, que me conozco, más no de ti.- repuse.- No te conozco mucho pero aun así no pareces ser el tipo de persona que le tenga miedo a algo.

Genzo sonrió, esta vez con picardía, y se tomó lo que quedaba de su café de un trago.

Aunque no lo creas, yo también le temo a las emociones fuertes.- me dijo, poniéndose de pie y entregándome la taza vacía.- No a todas, pero sí a unas específicas.



¿Cómo cuales?.- cuestioné, más por curiosidad que por fines terapéuticos.

Fue en ese punto en donde Genzo se acercó mucho a mí, demasiado, tanto que percibí el aroma de su colonia, lo suficiente como para que mi corazón se pusiera a latir más rápido y más fuerte, sin que yo le diera permiso de hacerlo. ¡Ja! Como si lo necesitara.

Ésos son asuntos en los que no dejo que se meta cualquiera.- murmuró Genzo, mirándome fijamente a los ojos.- De ti depende que confíe lo suficiente como para contártelo.

Me hice hacia atrás, confundida por lo que acababa de sentir. Genzo no fue agresivo ni grosero, fue más bien retador y un tanto engreído, pero así había sido siempre, lo que cambió en esta ocasión fue lo que sentí al tenerlo tan de cerca. Respiré profundo y me retiré con el pretexto de preparar mi café, que no me había tomado aun. Estando lejos de Genzo, pude calmarme y pensar bien las cosas. Me habían confundido mis sentimientos, sí, pero más que eso, me había confundido y mucho la mirada que vi en los ojos oscuros de Genzo.

La mirada que decía que estaba sintiendo lo mismo que yo.

Nos quedamos en silencio por un largo rato. Yo trataba de hacer el mayor ruido posible con el café, golpeteando la cuchara contra mi taza, como si la vida se me fuese en ello. Genzo carraspeaba y fingía leer alguna sección del periódico que se encontró por ahí, aunque la verdad era que no le estaba poniendo atención, estaba segura. Después de lo que me pareció una eternidad, al fin me tomé el café, de un solo trago. Me quedó tan desabrido que no pude evitar hacer una mueca de disgusto, mientras Genzo sonreía nuevamente.

Vaya que tienes ganas de trabajar, más que tomar café, tomaste agua de calcetín.- me dijo.- Pues bien, adelante, apúntame y dispara, qué más da.

Claro, lo que tú digas.- repliqué, aun con el sabor amargo del café en la boca.- Qué más da. Y no te burles, ya quiero saber yo qué tanto endulzas el café.



Nuestras miradas se volvieron a encontrar y me volví a perturbar, por lo que desvié la mirada. "Concéntrate", me dije. "Estás para ayudarlo, no para enamorarlo".

Ya una vez me había enamorado de alguien que murió, no iba a pasarme una segunda vez. No esta vez.