Capítulo 4.
Lentamente, muy lentamente, Genzo iba confiando en mí. Tardamos mucho tiempo en tocar el escabroso tema de sus padres, tuve que contarle yo alguna experiencia personal para que él comenzara a abrirse, pero después de mucho batallar, al final lo hizo.
Por favor.- me dijo.- ¿Qué clase de problemas puedes tener tú? Si se nota a leguas que eres la princesita de mamá y papá.
Oye, no.- protesté, indignada.- Eso no es cierto.
Claro que lo es, averigüé sobre ti, y sé que estudiaste medicina por deseo de tus padres.- replicó Genzo.
Eso no es del todo cierto.- negué, recordando a Catrina.- Mi madrina tuvo mucho qué ver…
En ese momento, me quedé callada. Cierto era, había estudiado medicina por cierta presión paterna (¿Qué haces cuando tu padre hizo un pacto con la misma Muerte para salvar tu vida?), pero no podía negar que amaba mi profesión. Igual, si no hubiese tenido una promesa por cumplir, de cualquier forma hubiese estudiado medicina pero eso es algo que a Genzo Wakabayashi no le importa.
Te dejé pensando, ¿no?.- se burló.- Pude ver la duda en tus ojos.
No. Dudé porque no sabía si decirte la verdad o no, pero me doy cuenta de que no te conozco lo suficiente como para que me importe lo que pienses.- respondí.- Me da lo mismo.
Nunca había visto que alguien le hablara así a uno de sus pacientes.- se mofó Genzo.
Bah. Como si hubieras ido al doctor o al psicólogo alguna vez, seguramente siempre te hiciste el fuerte, pretextando que las medicinas y las pastillas para dormir son para "los débiles".- me mofé.
Nunca he necesitado pastillas para dormir, el pasarme el día haciendo lo que me gusta me permite dormir bien por la noche.- sentenció Genzo, de una manera un tanto sombría.- O al menos así era antes de todo esto…
Me quedé callada analizando sus gestos. No me malinterpreten, mis comentarios un tanto cizañosos no estaban encaminados a hacer sentir mal a Genzo, sino a provocarlo al grado de que me contara todo sin reservas. Los psicólogos, pero sobre todo los médicos, tenemos formas extrañas de acercarnos a las personas.
Pues siempre hay una primera vez.- añadí, con suavidad.- La vida tiene una forma rara de hacer las cosas.
No metamos a la vida en esto.- pidió él.- Que no me ha ayudado en nada.
¿Por qué dices eso?.- no me sorprendí, ya que la mayoría de mis enfermos suelen estar más enojados con la Vida que con Catrina.
Porque es ella quien me puso en esta situación.- respondió Genzo, con amargura.- Como si se hubiera hartado de mí y quisiera sacarme de sus terrenos, al ponerme cara a cara a la Muerte. Como quien se cansa de un juguete y se lo regala a su vecino. ¿Quién podría estar enojado con la Muerte, si después de todo, es ella quien muchas veces nos regala la compasión que tanto nos niega la Vida?
Crudas palabras, dichas por un moribundo que, sin recibir sentencia de muerte oficial, sabe que sus días están contados. Yo me quedé analizando cada una de sus palabras y de sus gestos, tratando de adivinar si en algún momento él había querido acelerar el proceso de la muerte, haciendo el trabajo por él mismo. Sin embargo, lo que encontré me sorprendió, y es que no parecía que Genzo hubiese intentado arrancarse la vida él mismo.
Sé lo que estás pensando.- A últimas fechas, Genzo estaba adquiriendo una extraña habilidad para leer mis pensamientos.- Y no, no he intentado quitarme la vida, aunque no te negaré que esa idea ha pasado muchas veces por mi cabeza.
¿En serio?.- Traté de sonar desinteresada, como si el tema no me atrajera en lo absoluto.
Es la verdad.- él suspiró y su mirada se perdió en el horizonte.- He pensado varias veces en suicidarme, no lo niego, mi vida no tiene mucho sentido si no puedo dedicarme a lo que más amo.
Pero no lo has hecho.- dije, sencillamente.
Obvio que no.- él frunció el entrecejo.- No soy ningún maldito fracasado. Hay gente que cree que el suicidarse es de débiles y yo soy de ésos. Genzo Wakabayashi se ha esforzado toda su vida por ser el mejor y el más fuerte, no va a darle fin a su existencia con un acto que denota cobardía y debilidad.
Sin saber muy bien por qué, comencé a experimentar un cálido sentimiento en mi corazón que iba dispersándose por todo mi cuerpo, un sentimiento que se parecía mucho a la admiración y al orgullo, y no era para menos. Genzo había derrotado solo a Catrina en su juego del suicidio, algo que muy pocas personas pueden jactarse de haber hecho. Algo vibró en mi interior, pero no le hice caso. Estaba viendo a Genzo bajo una luz nueva y eso no era nada bueno.
Mira tú, después de todo, quizás no necesites un loquero.- suspiré, más para mí misma que para él.
¿Qué, pretendes que agarre un cuchillo y me lo ponga en la muñeca?.- dramatizó él.- No es mi estilo, más eso no significa que no necesite ayuda.
O sea, ¿estás admitiendo que me necesitas?.- me burlé.
No abuses de tu buena suerte.- replicó.- ¿Quieres que te hable de mi familia?
Ésa era mi intención.- dije, pareciendo poco interesada en el asunto, sentándome frente a él.
No hay mucho que decir.- los ojos de Genzo se oscurecieron.- No hay mucho de qué hablar. Tengo padres, tres hermanos, una hermana que casi no veo. Eso es todo.
Tiene que haber algo más.- insistí.- ¿Desde cuando no vives con ellos?
Desde que tengo memoria.- respondió, melancólico.- Era muy niño cuando mis padres me dejaron en Japón a cuidado de Tatsuo Mikami, según con el pretexto de que me entrenara, pero la verdad era que buscaban un niñero de tiempo completo. Mi padre es un gran empresario, mi familia es dueña de una de las más importantes compañías internacionales de importación y exportación, por lo que mi padre solo tiene tiempo para sus negocios.
¿Y tus hermanos?.- quise saber.- Son mayores que tú, hasta donde sé.
Sí, lo son.- suspiró Genzo.- Ellos nunca fueron problema, ya que si bien mi padre y mi familia es japonesa, mis dos hermanos nacieron en Londres, así que fue de lo más sencillo para mis padres inscribirlos en Eton, el tan famoso y conocido internado inglés para niños ricos. Conmigo fue diferente, porque yo soy japonés y los directivos de Eton no me quisieron aceptar tan fácilmente, para mi fortuna. Mi madre al menos tuvo más compasión, y decidieron llevarme a Japón, por lo menos mientras mi padre tenía un importante negocio por allá; en Shizuoka pasé gran parte de mi infancia, y cuando comencé a mostrar gusto por el sóccer a mi padre se le ocurrió contratarme a un portero retirado para que fuese mi entrenador y convertirme en el mejor…
Genzo se detuvo momentáneamente. Había algo en ese relato que lo hacía detenerse, algo que muy seguramente le causaba un nudo en la garganta pero que no iba a dejar entrever.
No dudo que las intenciones de mi padre eran buenas, pero aun así no dejo de pensar que muy probablemente él contrató a Mikami para deshacerse de mí. Mis padres no son malas personas, pero no son buenos padres.- suspiró Genzo, tras un largo rato de silencio.- Creían que todo puede conseguirse con dinero, incluso el amor. Lástima que esto termina por ser una falsedad, si el que tuviese más dinero fuese el más feliz, yo hubiese sido el niño más feliz de la tierra.
No pude evitar sentir algo de compasión. Después de todo, Genzo Wakabayashi había sido un niño al que le hacía falta amor, simplemente, algo que sus padres debieron haberle dado y que cubrieron con dinero, clásico error de gente rica. Sin embargo, había algo digno de admiración y era el hecho de que, en vez de que Genzo se hubiese hundido en el alcohol o las drogas, hubiese utilizado su dinero para sobresalir en el mundo del deporte.
No me mires como si fuese un perro herido, por favor.- pidió él.- Que no fue tan malo, debo agradecer que mis padres hubiesen contratado a Mikami, fue lo mejor que me pudo haber pasado. No solo desarrollé mis habilidades como guardameta, sino que también encontré al padre que me merecía tener.
Uhm.- musité.- Pero a pesar de todo, te has alejado del "padre" al que dices merecer tanto.
No quiero que vea en lo que me he convertido.- murmuró Genzo, tan bajo que me pregunté si no me habría imaginado su respuesta.
Se hizo un largo silencio. Un psicólogo suele dejar que sea su paciente quien continúe la plática, para hacerlo sentir que tiene el control de la situación, aun cuando sea el psicólogo quien tiene las riendas en realidad. Sin embargo, en esta ocasión me quedé callada para asimilar la compasión que estaba sintiendo. No sabía si lo que le faltaba a Genzo era amor paternal o simplemente una vida más normal. Y sin embargo, no cabía duda que Genzo Wakabayashi había sido muy feliz con la vida que le había tocado, él, como pocos, había barajado las cartas que le había dado el destino para jugarlas lo mejor posible y sacar el máximo provecho en beneficio suyo, obteniendo lo que tanto deseaba tener, esto es, convertirse en el mejor.
¿Realmente crees que esto que te ha pasado es una vergüenza?.- pregunté, cortando el silencio.
No una vergüenza, es, no sé como explicarlo.- Genzo frunció el entrecejo.
Inténtalo.- insistí.
Mira, estoy acostumbrado a pelear.- me explicó Wakabayashi, lo mejor que pudo.- No hay obstáculo que pueda detenerme. Cuando quiero algo, lo consigo, así de simple. Siempre ha sido así, aun cuando llego a caer, me esfuerzo al máximo para volverlo a intentar y obtener lo que deseo. Así que ha enseñado a ser Mikami, ésas son las enseñanzas que me inculcó desde niño y se lo agradezco. Pero ahora… Ahora es diferente y no sé por qué. Porque ahora peleo contra algo que ni yo mismo pensé que pudiera ser un tan fuerte rival: mi cuerpo. Fue solo un descuido, no es la primera vez que me golpeo, cuando practicas un deporte es algo muy común, todos los deportistas lo sabemos. Parecía un accidente más, uno como tantos, y sin embargo, esta vez fue diferente… Mi cuerpo ya no es el mismo desde aquel partido, desde que me golpeé contra el poste de la portería. Me fracturé un hueso de la cara, y aun cuando se suponía que debía sanar adecuadamente, permitiéndome volver a mis actividades cotidianas, no he podido recuperarme. Algo en mi cuerpo no funciona como debería, como si se hubiese desconectado algún cable o bajado un enchufe o qué se yo, algo que no me permite actuar como antes. Y la rehabilitación no funciona, le he puesto mi empeño en esto pero mi cuerpo no quiere responder. He perdido parte de mi habilidad y no puedo recuperarla, por más que lo intento. Eso me tiene loco. No puedo vencer la batalla contra mi propio cuerpo, él está ganando y eso es algo que no quiero que nadie sepa.
Se suponía que nadie había diagnosticado aun el aneurisma cerebral (o sea, dilatación de las paredes de una arteria en el cerebro) que Genzo tenía, yo sabía esto gracias a que Catrina me lo había contado, y hasta donde yo sabía, ningún médico lo iba a diagnosticar sino hasta que a Genzo se le realizara la autopsia, sería hasta ese momento fatal en el que se sabría que él era portador de una peligrosa enfermedad que le ocasionó el sangrado en el cerebro que habría de matarlo. Y a pesar de eso, si Genzo le contase a alguien los problemas por los que estaba pasando, alguien se habría dado cuenta de que él tenía una bomba de tiempo a punto de explotar en su cabeza.
No puedo detener un balón como antes.- me confesó Genzo.- Mis manos me tiemblan y muchas veces las piernas no me responden. Incluso, he experimentado periodos de ceguera, algo que por fortuna pasa rápido, pero con estos síntomas, es imposible que siga dedicándome al sóccer.
Y nada de esto se lo has contado a tu familia.- supuse.
¿Para qué? Ya te dije que mis padres están muy ocupados para interesarse en mis problemas.- replicó Wakabayashi.- Nunca tuvieron tiempo de ir a mis partidos, no sé por qué habrían de tener tiempo para venir a verme al hospital. Recuerdo claramente, como si hubiese sido ayer, la última vez que vi a mi padre, hace ya tantísimos años. Era la final del torneo nacional de sóccer de primarias y mi equipo había llegado a la final. La tarde previa, fui al despacho de mi padre a pedirle que fuera a verme, que deseaba verlo ahí. Papá me sonrió vagamente, como quien sonríe por compromiso y me dijo que estaba muy ocupado, pero que haría todo lo posible. Yo le dije que ese partido era en extremo importante para mí, que lo necesitaba como mi padre que se suponía que era, pero eso solo ocasionó que su sonrisa se ensanchara más y me hiciera la promesa falsa que todo padre le hace a su hijo para que deje de pedirle cosas que no va a poder darle. Yo, de cualquier manera, tenía la esperanza de que él fuera a verme, y obvio, no fue así. El partido vino y se fue, nos coronamos campeones, y cuando volví a casa, enojado con mi padre, me dijeron que él había partido rumbo a Londres esa misma mañana. Después de eso, nunca más lo volví a ver.
Ya veo.- me sentía molesta y no sabía por qué.- ¿Nunca quisiste contactarte con tu padre después de eso?
¿Para qué? Era caso perdido.- Genzo se encogió de hombros.- Me di cuenta de que todo iba a ser inútil, así que dejé de perder mi tiempo en eso y me concentré en cambiar lo que sí podía. Lo demás, dejó de tener importancia.
¿Y qué hay de tu madre?.- quise saber, no sin cierta curiosidad.
En la cultura japonesa, una mujer suele hacer lo que le ordena su marido, además de que ella fue educada para ser una esposa sumisa y servicial.- respondió Genzo, curiosamente, con cierto buen humor.- Mi madre no fue la excepción, aunque de ella no me quejo, ni la culpo, es solo una víctima de la sociedad en la que le tocó nacer. Fue ella quien abogó por mí para que pudiera quedarme en Japón al cuidado de Mikami y no en un internado para bobos ricos, y quien convenció a mi padre de que pudiera venir a Alemania a entrenar. Me habla en mis cumpleaños, cuando se entera que gano algún partido importante, y sobre todo, cuando se siente sola o le entra el sentimiento de culpa. Es una buena mujer, estoy seguro de eso, pero sigue siendo hasta cierto punto una desconocida, alguien a quien no le contaré el por qué me retiré del sóccer.
En ese momento pensé que yo era más desconocida que su madre, y a mí ya me había contado muchas cosas, pero no venía al caso. Yo era su psicóloga y eso cambiaba radicalmente las cosas.
Un padre más preocupado por sus negocios que por sus hijos, una madre sumisa, dos hermanos educados en internados estrictos.- hice cuentas con los dedos.- Eso nos deja una hermana menor, ¿cierto?
Eriko.- Genzo sonrió, con cierta burla.- La supermodelo. Elegante, sofisticada, hermosa, me pregunto a quién salió. Tiene un gran talento, ella nació para estar delante de las cámaras y eso quedó muy en claro desde que era tan solo una niña y se marchó a Francia para brillar en el mundo de las pasarelas y en el de la actuación.
Ah.- musité, quedamente.- Debí haberlo imaginado, Eriko Wabayashi, la Emperatriz Japonesa, es tu hermana. Por el simple apellido debí habérmelo imaginado. ¿Qué hay con ella?
No nos llevamos mal.- negó Genzo.- Es más, muchas veces la gente creyó que somos gemelos, por lo parecidos que somos en el carácter. Si bien yo no tengo su elegancia, debo admitirlo, ella sí tiene mi tenacidad. Y sobre todo, mi terquedad.
Genzo soltó una carcajada alegre, y le cambió el semblante. Era obvio que quería muchísimo a su hermana.
Pero no voy a molestarla con este tipo de cosas, ni a preocuparla en vano.- continuó.- Ella está en la cúspide de su carrera y tiene muchas cosas en las cuales pensar, preocuparse, y organizar, lo que me recuerda que ese maldito de Taro Misaki me las va a pagar algún día.
¿Taro Misaki?.- recordé que así se llama uno de los grandes amigos de Genzo.- ¿Qué tiene que ver él en estos momentos?
Que va a casarse con Eriko.- suspiró Genzo.- Cuando me enteré, no me cayó mucho en gracia, pero no tengo más remedio que aceptarlo. Ellos se aman, y bueno, Misaki la hace feliz, qué más da que ella sea Eriko Misaki y no Wakabayashi. Después de todo, merecen ser felices y así ella no va a quedarse sola cuando… Bueno, no importa.
Yo creo que sí importa, pero qué más da.- suspiré, mirándome los dedos.- Menos una hermana, eso nos deja con un conteo total de cero. Ningún familiar a quien acercarte, pero aun así, eso no justifica lo de Tatsuo Mikami.
¿Tú tienes alguien a quien admires realmente?.- me preguntó Genzo, mirándome a los ojos.- ¿Alguien a quien admires por lo que es y a quien le debes mucho por lo que te enseñó? Bueno, si lo tienes, sabrás entonces por qué me resisto a decirle a Mikami que ya no soy quien era antes, así de sencillo.
Suspiré. Me imaginé lo que sería decirle a mi padre que no podría continuar dedicándome a la medicina porque mi mente ya no es lo suficientemente brillante y mis manos no lo suficientemente hábiles, y fue entonces cuando comprendí a Genzo. Pero aun así, no era motivo suficiente para que se encerrara en sí mismo.
Suficiente por hoy.- anuncié, cuando me di cuenta de que habían pasado dos horas.- Mañana continuamos.
¿Qué, ya tan pronto?.- protestó Genzo, para mi sorpresa.- ¿Y dónde quedó el diván y la loquera tomando notas a la cabecera?
Tienes un concepto anticuado de la psicología.- me reí.- Las cosas ya no suelen ser así.
Me paré y, por inercia, encendí el televisor que estaba por ahí, en el canal de noticias, que era el que había estado viendo Catrina antes de marcharse. Distraída como estaba, no me di cuenta de la impactante noticia que estaban pasando en esos momentos en el canal, algo que sin embargo sí captó mucho la atención de Genzo. No fue sino hasta que noté que en verdad él estaba muy interesado cuando me fijé en la televisión, y vi entonces las imágenes del catastrófico terremoto ocurrido en Irán minutos antes, en donde habían fallecido cientos de personas y otras más se encontraban desaparecidas. Me mordí los labios al ver que mi madrina había hecho ya su trabajo, si bien sabía que eso era algo que no se podía evitar, no me agradaba comprobarlo. Genzo miraba como hipnotizado la televisión, y después volteó a mirarme, confundido.
¿Qué sucede?.- le pregunté, al ver la forma rara en cómo me miraba.
Que hubo un terremoto en irán.- me respondió, muy serio.
Ajá.- lo miré, sin comprender.
Y me dijiste, antes de empezar con esta sesión de psicoterapia, que tu madrina se había marchado a un terremoto a Irán.- me explicó Genzo, sin cambiar su actitud seria.
Yo enmudecí, sin saber qué responderle. Había hablado sin pensar, obviamente, y ahora me encontraba tratando de decir algo que sonara razonablemente lógico. Y obviamente, no pude hacerlo, así que me quedé mirando el televisor fijamente, como si esperara que él me tragara en algún momento…
