Capítulo 5.

No sé bien como fue que me salvé de la incómoda situación en la que me había metido por mi gran, gran bocota. Ya en otras ocasiones me he metido en líos serios por no saber moderar mi lengua, y en esta ocasión casi me vuelve a pasar lo mismo. Casi. Supongo que en algún momento de la vida Genzo decidió creer que había hablado de más y optó por no seguir con el mismo tema. Más tarde, apareció Jean y se lo llevó con él y me dejó a mí tiempo para pensar a solas. Por más que lo meditaba, Genzo Wakabayashi no encajaba en el perfil de los condenados a muerte, de ninguna manera, y no dejaba de repetírmelo, como si pensara que mientras más lo repitiera, más iba a convencer a Catrina de que no llevara a cabo su funesto plan, cosa que era imposible, por supuesto. Suspiré. Esta clase de trabajos iban a dejarme sin neuronas.

Esa noche, lavé los platos, ordené algunos expedientes del hospital infantil en el que solía trabajar cuando Catrina no me encomendaba alguna misión, me bañé y me lavé el pelo y me acosté a dormir temprano, aunque de momento no conseguí hacerlo. Cansada de dar vueltas en la cama, programé en mi Ipod la reproducción de todas las canciones que tenía de Enya y me dediqué a escuchar cada melodía con el afán de tranquilizarme. Al pasar por Tea-House Moon, me acordé de mi madre, e irremediablemente, recordé también a la primera persona a la que ayudé a bien morir, mi abuela. Pero ésa, es otra historia que no pienso contar por ahora. De ahí, la siguiente canción que a mi Ipod se le ocurrió reproducir fue A day without rain, una canción que me recordaba inevitablemente a Elliot, y que casi me hizo llorar. A pesar de haber pasado tanto tiempo, aun no desaparecía todo el dolor, y entonces recordé lo que me dijo mi madre cuando murió mi abuela, referente a perder a un ser amado: "El dolor nunca desaparece, simplemente se hace más soportable". Aun seguía muy enojada con Catrina por haberse llevado a mi novio adolescente, pero ése era un tema que ninguna había querido tocar todavía. Escuché después Only Time y uno a uno mis sentidos comenzaron a calmarse. Respiré profundo al escuchar Storms in Africa, recordando lo bien que duermo cuando hay noches de lluvia, pero fue en Tempus Vernum donde al fin me quedé dormida.

En cuanto me di la vuelta en la cama, una sucesión de sueños comenzaron a desfilar por mi mente, como cortos de una película inconclusa o próxima a estrenarse en cartelera. Las imágenes al principio eran confusas, pero poco a poco fueron tomando forma y cobrando color, hasta convertirse en el pasillo negro por donde desfilan los personajes de una serie. Uno a uno, se fueron apareciendo frente a mí imágenes de todas las personas que yo había salvado de morir en la desgracia, de gente que había abrazado el sueño eterno con tranquilidad gracias a mí. La primera, mi abuelita, una mujer como ninguna que vivió con una fortaleza inquebrantable, rota solo por el temor de que sus hijos no encontraran el camino solos en este mundo. Vi a Elliot, mi Elliot, mirarme con la melancolía de alguien que se ha ido lejos y que no puede volver, como el personaje desterrado de alguna novela épica. Tuve ganas de decirle muchas cosas, pero antes de que pudiera articular palabra, se esfumó en el aire.

Vi al muchacho de 17 años cuya vida se vio frustrada por el cáncer medular que habría de condenarlo a permanecer en cama sus últimos meses de vida, me sonrió el anciano al que ayudé a acercarse a sus hijos y así, uno a uno, estos pequeños fantasmas se me fueron apareciendo a lo largo de un pasillo negro y largo que parecía ser iluminado por una luz propia. Al final del pasillo me esperaba una persona, alguien a quien yo estaba segura de no haber visto antes, o al menos no en estas circunstancias, y de ninguna manera se trataba de Catrina…

Genzo Wakabayashi me esperaba, de espaldas, al final de todo. Al llegar a él estiré la mano, como queriendo comprobar que en verdad fuese él, y lo que toqué fue solo un objeto suave que se deshilachó con el tacto, como si hubiese estado tocando algodón. Y sin embargo, al sentir mi contacto, él se dio la vuelta y me miró con la manera más triste y desesperada que puede mirar un ser humano. En sus ojos, en su mirada, en su gesto, en sus labios, todo encerraba una sola palabra…

Sálvame…

Pero a pesar de todo, no era el grito que yo esperaba oír, no era el grito desesperado del que desea morir en paz…

Era el grito desesperado de alguien que desea vivir a toda costa.

Era difícil imaginar a alguien más inadecuado para irse al Más Allá, pero eso no lo decidía yo. Estuve a punto de decirle al Genzo de algodón que iba a ayudarlo, de una forma diferente, pero él no me dejó terminar. Con una mirada mucho más suplicante, si es que cabe, volvió a susurrar un "Sálvame" y después desapareció…

Abrí los ojos, sobresaltada. Junto a mí, se encontraba el rectangulito de metal (o lo que fuera que fuese el material del que estaba hecho) que conformaba mi Ipod Touch, regalo de mi madre, con los audífonos botados en el suelo, repitiendo la canción de Boadicea. Era muy de mañana, y el día ya había comenzado. Suspiré y me bajé de la cama, dándome cuenta de que, para variar, había botado todas las cobijas al suelo durante el sueño, suelo ser demasiado inquieta al dormir. Al mirarme en el espejo, me devolvió la mirada una joven de veintitantos años, el rostro de alguien que maneja mucho estrés y que tiene que aparentar que está todo bajo control. Unas ojeras, que en ese momento parecieron más profundas que nunca, enmarcaron mis ojos y suspiré nuevamente. Me estaba volviendo vieja.

Me di una ducha rápida, mientras daban vuelta a mi mente las imágenes del sueño que había tenido la noche previa. Ese sueño me había dejado exhausta, y pensativa, muy pensativa. La súplica que pronunció Genzo en mis sueños era solo un reflejo de la desesperación que había visto reflejada tantas veces en sus ojos. Exhalé un bufido, odiaba cuando Catrina me ponía casos difíciles, pero éste era un caso como ningún otro, ya que no se trataba de alguien amargado con la vida, sino más bien de alguien que no quería morir y se negaba a hacerlo. Me pregunté si Catrina lo sabía y si debía comentarle algo al respecto, pero después de mucho pensarlo, decidí que lo mejor era actuar como si nada estuviera pasando. Me limitaría a cumplir mi deber y ya, el inmiscuirme en asuntos de Vida y Muerte no se encontraba precisamente entre mis obligaciones.

Mi teléfono comenzó a sonar y respingué. Tanto me había metido en mis pensamientos que no me di cuenta de que ya era tardísimo, quizás se trataba de Jean para decirme que iba a llegar 5 minutos tarde, o quizás era el Dr. Stein para decirme que Genzo se había suicidado, qué se yo. Me reí para mis adentros, el trabajar con Catrina había vuelto mi humor muy negro.

Y sin embargo, no se trataba de ninguno de ellos, era un número desconocido y por el momento me asusté. ¿Se trataría de alguien peligroso? Había escuchado muchas historias sobre compañeros míos que habían sido víctimas de extorsión por parte de personas con muy pocos escrúpulos que intentaban ganar dinero fácil a expensas de gente que sí trabaja, y me pregunté sino sería yo la siguiente, pero de pronto una voz en mi cabeza me dijo que era una idiota, siendo colaboradora de la Muerte era difícil que eso me sucediera, así que descolgué el teléfono. Se trataba de la voz de un hombre, joven por cierto, quien parecía ser verdaderamente amistoso.

¿Hola?.- dijo, en un titubeante español. ¿Quién demonios me hablaba en español, mi lengua nativa?.- ¿Hablo con la doctora Lily Del Valle?

Eh, sí… .- musité.- Buenos días, ¿con quién tengo el gusto?

Habla Taro Misaki.- se presentó el muchacho.- Yo, eh… Bueno, ahm… Soy amigo de Genzo Wakabayashi… Me preguntaba, me dijeron que usted es ahora su médico y yo solo quiero saber cómo está mi amigo.

Y se quedó callado. A mí me cayó bien de inmediato, fue sincero, directo y decidido, y se notaba que en verdad estaba preocupado por Genzo, lo que indicaba que era un buen amigo. Me sorprendí, por supuesto, que Taro Misaki tuviese mi número de teléfono, ese número de teléfono", el cual solo se reservaba para mis "casos especiales".

Bueno, está como tiene que estar: gruñendo.- respondí.- Parece oso desvelado al que despertaron antes de terminar su hibernación.

Por respuesta, Misaki soltó una sonora carcajada. Algo me decía que nos íbamos a caer bien mutuamente.

Nadie había descrito a Wakabayashi tan bien como lo hiciste tú.- dijo Misaki, de buen humor.- Y eso al menos me da esperanza, al menos él sigue siendo él.

"Sí, sigue siendo él, pero no sé por cuánto tiempo más", suspiré, para mis adentros.

No sé si siempre ha sido así, pero sí, sigue siendo él.- dije.- Pero no sé por cuánto tiempo más, necesita a sus amigos.

Sí, claro.- la voz de Misaki sonó a escepticisimo.- Tanto, que dejó de tener comunicación con nosotros, al grado de tener que llegar a comunicarnos con sus médicos ya que él no quiere vernos ni en pintura.

Ya salió el peine.- murmuré quedito, en español.- ¿A ese extremo ha llegado?

Más o menos.- suspiró Misaki, apesadumbrado.- Lo siento, no quise importunar. Simplemente, no sé… Quisiera saber si mi amigo se encuentra bien…

De salud, por el momento sí.- mentí.- Por lo menos de la física… De la mental, bueno, no estoy muy segura, no está tan dañado como pensé en un principio.

Nah, la amargura y el ser engreído es algo que ha llevado siempre consigo.- replicó Taro.- Ni se preocupe por eso, doctora.

Lily.- corregí.- Por favor, Misaki.

Taro.- replicó él. Juré que en ese momento estaría sonriendo.- De verdad, te agradezco que te hagas cargo de nuestro testarudo amigo.

No hay de qué.- dije.- No tengo muchas opciones.

Yo creo que sí las tienes.- replicó Taro, con un chispazo de alegría en la voz.- Pero creo que cuidar de Wakabayashi es la que más te agrada.

Y tras despedirse rápidamente, el descarado me colgó el teléfono. Yo me quedé con la boca abierta, con las ganas de volver a hablarle y decirle que estaba equivocado, pero recordé que no tenía ni idea desde qué número me había llamado, así que gruñí. A mi lado escuché una suave risa, que identifiqué como perteneciente a Catrina; volteé a encararla y la vi sentada despreocupadamente en una silla.

Tienes que admitir que ese chico tiene razón.- me dijo.- Te gusta cuidar de Genzo.

Eso no es cierto.- gruñí.

Yo creo que sí, tienes complejo de Madre Teresa de Calcuta, eso lo hemos discutido muchas veces.- replicó Catrina.- Te conmueve ver que alguien finja ser tan fuerte teniendo una base tan débil.

Genzo no es débil en ningún sentido.- protesté, llamándolo por su nombre de pila sin darme cuenta.- Tiene mucha más fuerza de lo que creemos.

Oh, sí, de eso no me queda la menor duda.- Catrina sonrió.- Y tú también lo sabes.

Si crees entonces que Genzo no es tan débil, ¿por qué me mandaste a ayudarlo?.- cuestioné, un poco sorprendida.

Catrina me devolvió la mirada con una enigmática sonrisa, como si escondiera un secreto que no supiera. No uno, sino miles, que no quería saber, por cierto. Sin embargo, sí me intrigó el por qué Catrina quería que yo ayudara a ese joven que no parecía como tal necesitar ayuda, una vez que lo conocías más a fondo.

Sin poder evitarlo, recordé a Elliot.

Mi ex novio muerto.

No podía evitarlo, era como si se estuviese repitiendo la historia… Era como si él hubiese sido mi propio Ángel Negro llamado a sacarme de la misma oscuridad en la que estaba, siendo yo tan joven y tan infeliz, a tan tierna edad. Casi podía jurar que él había sido también Ahijado de la Muerte, siendo que él fue mi propio psicoterapeuta y me sacó de mi amargura adolescente; casi podía haberlo jurado. Casi. Pero por supuesto, había muchas cosas que no encajaban, como el hecho de que yo nunca me encontré al borde la muerte, gracias al tratado entre mi padre y Catrina, y al hecho de que Elliot por supuesto no era ahijado de la Muerte, lo habría sabido de ser así, segura estoy de que Catrina me lo hubiese dicho, aun sin preguntárselo yo. Además, dudaba mucho que la Muerte anduviera haciendo tratados tan poco comunes como el que hizo con mi padre con todo el mundo, no sería algo que le conviniera mucho. En fin, sea como fuere, era como si se repitiera la historia, Elliot al principio intentando ayudar a la pobre criatura desvalida, o sea yo, y al final terminar enamorándose de ella, así como yo me había enamorado de él, terminando todo en un auténtico desastre que obviamente terminó mal… Con su muerte… El caso con Genzo era similar, pero al revés, todo era un auténtico desastre y quizás iba a terminar igual, con alguno de los dos muerto, en este caso nuevamente sería él y no yo…

¿Qué? ¡No! ¡De ninguna manera! ¿Acaso acababa yo de pensar que estaba enamorándome de Genzo o algo así? ¿Acababa de admitirlo? ¡Por supuesto que no! Ya andaba yo alucinando, no sé que me pasaba ese día.

Quisiera saber lo que estás pensando.- murmuró Catrina, pensativa.- Tu color cambió al menos cuatro veces de tonalidad.

Nada.- mentí, sintiendo que me ponía sumamente colorada.- No me prestes atención.

Querías saber por qué te pido que ayudes a Genzo Wakabayashi.- me recordó ella.

Ah, sí.- bufé.- ¿Por qué? Parece estar muy cuerdo, en sus cinco sentidos, o quizás, en los seis, a pesar de lo mucho que me cueste admitirlo.

No te lo pienso decir.- soltó Catrina, con una inmensa sonrisa de satisfacción.

¿Qué? ¡Ah, no es justo!.- protesté.

No te lo puedo decir.- Catrina me lanzó una mirada de autosuficiencia.- Yo solo obedezco órdenes de alguien superior, así como tú obedeces las mías. No puedo decirte por qué tienes que ayudar a Genzo, no por el momento.

Ante esto, me callé. Sabía bien que Catrina obedecía las órdenes que le eran transmitidas desde algo o alguien que estaba por encima de ella, situación de la que yo no podía, ni me quería enterar. El solo pensar que puede haber algo más poderoso que la misma Muerte es algo que estaba más allá de mi escasa comprensión humana. Ni hablar, no podía preguntar sobre los motivos de Catrina, eso lo respetaba y aceptaba, pero me caía mal que se burlara de mí de esa manera. Catrina era más juguetona de lo que cualquiera podría pensar. Sin embargo, dando un repaso rápido a sus palabras, señalé la última frase: "No puedo decirte por qué tienes que ayudar a Genzo, no por el momento"…

¿O sea que en algún momento me dirás la verdad.- me sorprendí.- ¿O cómo es que yo…?

Me interrumpí a mí misma, considerando las posibilidades. Sin embargo, no tuve mucho tiempo para pensarlo, ya que de repente alguien tocó a la puerta y me sobresalté, pegando un brinco que me hizo separarme un buen tramo del suelo. Me sentí avergonzada, no sé qué demonios podía asustarme, si tenía a la Muerte sentada a mi lado. Sin embargo, por debajo del susto, la vergüenza inicial y la ira posterior, un parte de mí reconoció el toquido fuerte y seguro de Genzo y mi corazón no pudo dejar de latir rápido. Gruñí ante este hecho y abrí la puerta, y mi corazón llegó al límite del colapso al ver a Genzo ahí, parado con el cabello mojado y peinado de manera decente. Podría jurar que escuché una risilla helada a mis espaldas, pero quizás fue cosa mía.

No me digas que te desperté.- fue el "cordial" saludo de Genzo.

Buenos días, sí, a mí también me da gusto verte.- gruñí, sarcástica, para tratar de ocultar mi rubor.- Ya ni siquiera conoces los buenos días.

Bah, como si hiciera falta que… ¡Ah! Buenos días.- musitó él.

Debí darme cuenta de que esos "buenos días" no eran para mí por la forma en la que se había interrumpido tan abruptamente y cambiado su tono a uno más seco y más… ¿Lleno de incertidumbre? ¿Era eso lo que había en la voz de Genzo una vez que vio a Catrina?

No me había percatado de que ella seguía ahí; fue tanta mi prisa por ver a Genzo que no noté que ella no había hecho el intento por irse. Ni lo haría. Y entonces, me alarmé. Nunca, nunca, ninguno de mis pacientes había visto a Catrina antes del momento final, es decir, de su hora de muerte oficial. ¿Significaba eso que Genzo estaba a punto de morir? Mi corazón, en otros momentos acelerado, estuvo a punto de detenerse al considerar esta posibilidad.

Buenos días.- respondió Catrina, con una sonrisa curiosa.

No sabía que estabas ocupada.- la voz de Genzo, ahora dirigida a mí, tenía cierto tono de reclamo.- Me hubieras podido avisar…

No me diste la oportunidad.- repliqué.- Y además, no pensé que mi madrina fuese a quedarse más tiempo del que pensé…

¿Madrina?.- Genzo enarcó mucho las cejas.- ¿Ella es tu madrina?

Sí, ¿por qué?.- me extrañó mucho su reacción.

Bueno, no, lo que pasa es que yo… No, pensé que… Ah….- Wakabayashi se veía realmente confundido.

¿Qué sucede?.- lo instó Catrina, con voz dulce.

No, es que… .- Genzo se veía realmente turbado.- Es solo que podría jurar que ya la había visto antes…

Catrina ensanchó aun más su sonrisa y clavó sus ojos en Genzo y yo me estremecí. "No, por favor, no ahora", imploré, "aun no termino mi terapia, dame más tiempo… No lo apartes de mi lado… ".

Al fin, después de segundos que me parecieron eternos, Genzo desvió la mirada, aun más confundido, y quizás también, temeroso. No lo culpo, todo lo contrario, después de todo estaba viéndole la cara a la Muerte y sosteniendo su fría y férrea mirada. Nadie, ni yo, puede soportar eso por mucho tiempo.

Quizás nos hemos visto antes.- dijo Catrina, al fin.- He viajado por todo el mundo.

Quizás.- admitió Genzo, aunque no se oía muy convencido.- Quizás…

Estoy segura que sí.- la firmeza de Catrina, en su voz, su postura, su lenguaje corporal, así lo afirmaban, y él le creyó.

Sí, creo que sí… Tal vez me vio entrenar alguna vez.- musitó Genzo.

O jugar algún partido.- Catrina sonaba igual de convincente.

Yo misma estaba a punto de tragarme el cuento. Es más, me pregunté si acaso en alguna ocasión Catrina no se habrá dejado ver en su forma humana en algún entrenamiento al cual hubiese asistido Genzo. De inmediato, me sorprendí con la rapidez con la que cambió mi manera de pensar, de estar escéptica y con el temor de que Wakabayashi no se tragara la historia a estar casi segura de que lo haría. Me pregunté si ésa era la famosa voz que Catrina usaba para hablar al oído de potenciales suicidas…

En fin.- exhaló Genzo.- Lo siento, no quise interrumpirlas.

No es interrupción.- negó Catrina, poniéndose de pie elegantemente.- Yo ya me iba. En fin, nos vemos, Lily, no te portes mal.

Esta última advertencia sonaba como a burla y bufé. Catrina, sin embargo, soltó una gélida risilla y se marchó por la puerta. Genzo se quedó un buen rato mirando el sitio por donde ella se marchó, y a mí me tardó un buen rato el recobrar el aliento. Al parecer, Genzo no iba a morirse en ese preciso momento…

Un poco extraña, tu madrina.- me confesó.

Y que lo digas.- musité.

Aunque, a decir verdad, más que extraña es… Terrorífica… .- murmuró él, algo avergonzado.

No tan terrorífica como es. Solo se encarga de cumplir su trabajo, el ser la Muerte, un trabajo que no pidió pero que tampoco puede rechazar. Y eso me hizo recordar que yo tenía que cumplir el mío. Al diablo con mis confusos sentimientos, era hora de ponerme a trabajar. Después de todo, estaba dejando la vida empeñada en esto.