Capítulo 8.
Me estaba hartando ya de tanta locura plasmada en "Al otro lado del espejo", de Lewis Carroll. Ya suficiente había tenido con "Alicia en el País de las Maravillas" como para tener que seguir soportando las ideas confusas que el pastor Charles Dodgson había plasmado en sus libros hacía tantos años. Creo que ni siquiera él sabía entonces que Alicia habría de convertirse en un clásico de la literatura universal ni que habría de inspirar a otro escritor, Frank Beddor, a utilizar su idea y darle su propia forma, la cual parecía tener más sentido que el libro que hablaba del país de las Maravillas.
Suelo leer mucho, por cierto. Solo libros de medicina y psicología, también literatura porque simplemente me gusta hacerlo. A últimas fechas había comprado libros de Paulo Coelho, Octavio Paz y Gabriel García Márquez, aunque no había resistido la tentación de leer "La Guerra de los Espejos", de Frank Beddor, pero al leer la obra original de Carroll, me harté. La locura no era algo con lo que yo tratara todos los días, ya que aun cuando yo era psicóloga, mis casos hablaban más de depresión que de locura, a menos que me topara con un ancianito con demencia senil, al cual terminaba refiriendo con otro médico más capacitado en esos temas, por lo que no era de extrañarse que tanta incongruencia afectara mi pobre cerebro.
Sea como fuere, fastidiada de tanta locura, en un impulso había comprado un libro que contenía dos historias románticas, de ésas que tienen un clásico cliché del hombre millonario, apuesto y solitario que se enamoraba de la chica pobre. Esta clase de historias solían causarme náuseas y dolor de estómago, pero ahora quien sabe por qué tenía uno de esos libros en mis manos. Los personajes me parecieron absurdos y un tanto comunes, y por más vueltas que diera la simple trama, era obvio el resultado: la pareja terminaba junta, después de sortear todos los obstáculos que se les pusieron en el camino. La historia era muy sencilla y cursi, una mujer se enamoraba de un hombre incapacitado para amar, debido a un trágico accidente donde su anterior mujer se mataba y a él lo dejaba marcado en el rostro de por vida. Sin saber por qué, me acordé de Genzo y de su fractura, y al hacerlo, arrojé el libro lo más lejos que pude. Odiaba ser un cliché, aunque toda mi vida lo había sido.
Aunque bueno, no se había escrito antes una historia de amor que tratase de una mujer, emisaria de la Muerte, que se enamorase de la próxima víctima, ¿o sí? O por lo menos, no había tenido un final feliz. Había escuchado antes una leyenda, me parece que era más una especie de cuento de hadas de los hermanos Grimm, en donde un campesino, buscando un padrino para su nuevo hijo, tras rechazar a varios candidatos, se decide por la Muerte, quien, al crecer el muchacho, le regala una planta que posee la capacidad de curar cualquier enfermedad. La Muerte solo le pedía que no salvase a aquellos enfermos en cuyas cabeceras de cama la viese a ella. Así lo hizo el muchacho, hasta que le pidieron que salvara al rey, en cuya cabecera se encontraba la muerte. Tentado por la jugosa recompensa que seguramente se llevaría, el muchacho desobedeció a su madrina y salvó al monarca; la Muerte lo perdonó por esa ocasión, pero el muchacho fue después convocado por el soberano para que ayudase a su hija, prometiéndole que si la salvaba, se casaría con ella. El médico vio a la Muerte nuevamente a la cabecera de la cama, pero la promesa de casarse con la princesa y subir al trono pudieron más que las amenazas que le había hecho la Muerte, por lo que salvó también a la princesa. En castigo, la Muerte cobró la vida del médico osado, por haberla burlado en dos ocasiones. Final poco feliz, pero con una gran moraleja, no puedes burlar a alguien poderoso sin llevarte un buen castigo por eso.
Mi historia, sin embargo, no era tan similar. Aun cuando también soy ahijada de la Muerte y también soy médico, no tengo el poder de salvar a nadie, al menos, no como lo tenía el médico del cuento. Yo tengo que valerme por mis propios medios, como todos los médicos comunes y corrientes, y sé bien que no hay manera de burlar los designios de mi madrina. Quizás otra cosa que tenía en común con el médico del cuento era que ambos queríamos salvar a alguien que estaba a punto de morir, con la diferencia de que él sí lo conseguía, a cambio de su propia vida.
Mientras me bañaba, repasaba la última fase de mi terapia: se suponía que ése día, Genzo iba a ponerse en contacto con su familia. No sé si fue destino, o que simplemente alguien les avisó primero, pero casualmente el padre y el abuelo de Genzo se encontraban en la ciudad. Éste se reuniría con ellos, en algún restaurante caro, y no en el departamento de Genzo, como debería ser, a mi parecer. Sin embargo, mi opinión no era importante, así que daba lo mismo, así como tampoco era requerida mi presencia, después de todo solo era una de las doctoras de Wakabayashi. Así pues, no tenía nada qué hacer y pensé en darme una vuelta por el consultorio de Jean. Él tampoco tenía mucho trabajo, curiosamente, así que nos pusimos a hablar sobre Genzo. Siempre de vuelta al mismo tema, pero era inevitable, él era nuestro paciente más importante.
- No entiendo por qué no avanza mucho en la rehabilitación.- dijo Jean, frustrado.- Sé que tiene ánimo y le pone empeño, pero aun así, no mejor la movilidad de su mano derecha, cosa que representa un problema dado que es diestro.
- Uhm.- dije, sin pestañear.
- Entendía que antes, cuando estaba deprimido, no quisiera hacer nada, pero ahora no entiendo por qué no mejora.- continuó Jean, parloteando.- Lo hemos intentado todo, incluso el Dr. Stein, pero aun así, no avanzamos mucho.
- Uhm.- repetí.
- ¿Es todo lo que tienes por decirme?.- preguntó Jean, exasperado.
- ¿Qué quieres que te diga?.- pregunté.- No soy experta en rehabilitación, no sé en qué sentido puedo ayudar.
- Lo creas o no, has ayudado más de lo que crees.- replicó Jean.- Sabes bien que si alguien está dañado en el sentido psicológico, no avanzará mucho en el sentido físico. Al ayudar a superar su depresión, lo ayudaste a sanar.
- No he sentido que lo ayude en nada, en verdad.- confesé.- De buenas a primeras, de la noche a la mañana, él se encontraba mejor, y no creo haber sido yo.
- Pues antes de que hablara contigo, de tus sesiones, Wakabayashi era un hombre amargado y deprimido, y ahora lo veo diferente en las sesiones de rehabilitación.- sentenció Jean.- Tuviste que ser tú.
Preferí no discutir, todos parecían creer que yo era la gran salvadora. Qué ironía. Lo que nadie sabía era que estaba rompiendo mi ética profesional al no hacer algo para ayudar a mis pacientes, ya que sabía que iban a morir y no hacía nada por impedirlo. Así pues, de salvadora no tenía yo nada. Ya me había hartado de estas conversaciones.
- Mañana hablaré con el Dr. Stein.- continuó Jean, como si nada.- Creo que es hora de buscar alternativas.
- Quizás si lo dejaran descansar un rato… .- sugerí.- Tal vez esté fastidiado.
- Sí, también había pensado en eso.- asintió Jean.
- No sigamos hablando más de eso, ¿quieres?.- pedí.- Es la primera mañana que no tengo que hablar sobre Genzo.
- Como quieras.- Jean, cosa rara, respetó mi petición y cambió el tema.
No hablamos de gran cosa después; pasada una media hora, Jean expresó su deseo de comer y salimos al pequeño restaurante que se encontraba en los alrededores. Al volver, vimos a Genzo esperando recargado contra la pared, y Jean entendió que no era con él con quien quería hablar, así que se despidió. Yo me quedé esperando a que Genzo dijera algo, no podía ocultar que me sentía feliz de verlo.
- ¿Cómo estuvo tu día sin mí?.- preguntó, con una pícara media sonrisa.
- Normal.- repuse, con voz neutra.- Igual que el resto.
- ¿Me vas a decir que no te afecta mi ausencia?.- dijo Genzo, sin inmutarse.
- ¿Qué tal tu día con tu familia?.- pregunté, a mi vez.
- Mejor de lo que creí.- me respondió, con sorpresa y sinceridad en sus ojos negros.- No estuvo nada mal. Papá incluso me abrazó.
- Me alegro.- dije, sinceramente.- Es bueno que arregles las cosas con tu padre.
- Supongo que era difícil no hacerlo, creo que el que tu hijo esté al borde de la muerte ablanda a cualquiera.- bromeó Genzo.- Además, creo que mi abuelo influyó mucho en él.
Se veía claramente y a distancia que Genzo tenía ganas de platicar, así que, sin pensarlo mucho, lo invité a tomar café, y fue como si hubiese invitado a un niño a una dulcería. Ya a esas alturas no pensaba mucho en que el café desencadenaría dolores de cabeza en Genzo, ya que después de todo no se me hacía justo quitarle al muchacho el único gusto que le quedaba. Así pues, preparé la viciosa bebida y la serví, acompañada de galletas. Hasta hoy, cada vez que tomó café me acuerdo de esos días, como una especie de limbo que pronto daría paso a un infierno de pesadilla…
- Estás muy pensativa.- dijo Genzo, una vez que hube terminado.
- No es nada.- negué.- Mejor cuéntame.
- ¿Estás segura?.- insistió él.- No te ves tan presumida como siempre.
- Estoy bien.- sonreí.- Hoy no tengo ganas de ser presumida.
- Qué raro.- se rió Genzo.- En fin, como te decía, mi padre ha cambiado. Parece ahora quererme un poco más. No es que antes no me quisiera pero… Bueno, ya te conté esa parte de mi vida.
Sí que lo había hecho, así que nos podíamos omitir esa parte de tragedia que todo ser humano debe tener en su existencia.
- El caso es.- continuó Genzo.- Que mi padre estaba en verdad preocupado, pero no solo él, toda mi familia lo estaba. Mamá insistió en venir con él, pero no estaban muy seguros de cómo reaccionaría yo, debido a mis antiguos rechazos a verlos.
- Uhm.- gruñí. Qué novedad.
- Creo que he sido injusto con ella, después de todo, fue quien más se preocupó por mí.- continuó él.- Y quien siempre me manda felicitaciones en mi cumpleaños. En sus regalos, mamá me ponía siempre que el obsequio era también de mi padre, pero estoy seguro que a él se le olvidaban esas fechas.
- Siempre hay oportunidad de corregir las cosas.- dije.
- Lo sé, pero no es con mi madre con quien tenía que hablar.- replicó Genzo.- Mi padre me dijo, después de tantos años, que debió poner más atención en mí y que no estuvo bien conformarse con mandarme a estudiar a Alemania.
- Más porque allá hiciste de todo, menos estudiar.- me reí.
- Sabes a lo que me refiero.- él frunció el ceño, pero sus ojos sonreían.- Me dijo que por años siguió mis partidos y leía sobre los avances en mi carrera en los periódicos y las revistas de deportes…
Aquí se le fue la voz, y me supuse lo que Genzo estaría pensando: ya no más. Suspiré y esperé a que él continuara, no se podía hacer más. Yo sabía que él pensaba en lo arrepentido que se habría mostrado su padre, lo mucho que debió disculparse por no apoyarlo moralmente, como Genzo se merecía por ser su hijo.
- Y sin embargo.- continuó Genzo, sorprendiéndome.- No estaba tan deprimido como podría pensarse. Me agradó escuchar que no era tan extraño para mi padre, y que a pesar de todo, me respetaba y me apoyaba. Vaya, que hasta se podría decir que estaba orgulloso de mí.
- Eso es bueno.- dije yo.- ¿Qué más te dijo?
- Que si pudiera, corregiría muchas cosas, entre ellas, haberme abandonado tanto.- continuó Genzo, suspirando.- Está consciente de que no fue un padre ejemplar y que no supo llevar una familia como debería.
- Los ricos nunca pueden, eso que ni qué.- comenté, sin pensar, recordando que a muchas familias con dinero, a quienes había ayudado, habían pasado por eso.
- ¿En serio?.- Genzo se me quedó mirando fijamente.- ¿Y cómo es con las familias no ricas?
- Pues… .- lo medité unos segundos.- No lo sé, más normal, supongo. Es decir, nada de enviarte a estudiar a Alemania, viajar por el mundo y no ver a tu familia en años, creo, aunque si lo pienso bien, la situación es parecida, aunque a menor escala. Mi padre viajaba constantemente al norte de México, según a congresos y pláticas, y me envío a estudiar a la mejor Universidad de mi país. No es lo mismo, pero sí parecido.
- Sí, supongo.- admitió Genzo.- No creo que todos puedan irse a Europa a estudiar.
- Claro que no, niño rico de papi.- me burlé.- Tú tuviste suerte.
- Dime algo.- Genzo me miró fijamente, ignorando mi comentario.- A pesar de los constantes viajes de tu padre, ¿llegaste a sentirte abandonada por él?
- No.- respondí, sin pensarlo mucho.- La verdad es que papá se iba, pero regresaba pronto y siempre volvía cargado de regalos. No sé, era agradable esperar su llegada, que te contara de todos los lugares que había visitado y que al final te diera regalos. Y en realidad él viajaba poco, un par de veces por año, quizás.
- No era demasiado, entonces, si consideras que yo veía a mi padre un par de veces por año, quizás menos.- repuso Genzo, melancólico.- ¿Alguna vez se perdió algún evento importante tuyo?
- Uhm, recuerdo un cumpleaños, nada más.- respondí, tras pensarlo un momento.- No estuvo presente en mi cumpleaños número 17, pero no fue tan grave, ya tenía suficiente edad como para no llorar como niña por él, aunque siempre me preguntaré por qué eligió esa fecha para irse de viaje.
- Sí, es lo mismo que yo me pregunto.- asintió Genzo, mirando hacia un punto en el horizonte.- Siempre me preguntaré por qué decidió viajar el día de la final del campeonato nacional…
Miré a Genzo con cierta sorpresa y compasión; no pude evitarlo, después de todo, era triste tener todo lo que compraba el dinero y no tener lo único que el dinero no puede comprar, el amor y la atención de los padres. Genzo me miró y me sonrió levemente.
- No quiero amargarte la tarde, pero sí, mi padre se marchó de viaje de negocios cuando yo iba a jugar la final del campeonato nacional, en la primaria.- me confesó.- No sabes cuánto me dolió, pero a partir de ahí, no volví a invitarlo a ningún otro partido. Dejé de creer que era importante para él, como lo era para mí.
- Lo siento.- dije, algo conmovida.
- Él también, créeme.- él soltó una risilla.- Hasta se disculpó por eso. No creí que lo recordara, pero creo que se dio cuenta del daño que pudo haberme causado con eso. Me dijo que en verdad lamentaba no haber asistido y que debió posponer ese viaje de negocios para estar conmigo en un momento tan importante como ése.
- Tarde, pero seguro, ¿no?.- dije.- Al menos ahora sabes que lo lamenta en verdad.
- Sí.- Genzo seguía con la mirada perdida.- Qué irónico que tuviese que retirarme para saber esto. Y qué irónico que no haya estado enojado al escuchar la disculpa de mi padre. De no ser por ti…
- ¿De no ser por mí, qué?.- lo corté, bruscamente.- ¿Qué habrías hecho?
- Bueno, no lo sé, probablemente le habría gritado.- respondió Genzo, algo azorado por mi reacción.- Me hubiese puesto de pie y me habría marchado, pero ahora, gracias a ti, pude comportarme y…
- ¡Ya basta!.- lo corté, nuevamente.- ¡Ya estuvo bien! ¡Dejen ya de decir que gracias a mí ahora eres un dechado de virtudes y paciencia! ¡No son más que patrañas!
- ¿Qué quieres decir?.- Genzo no comprendía.- Claro que me has ayudado, gracias a ti he podido…
- ¡No digas más!.- volví a interrumpirlo por tercera ocasión.- ¡No digas que te he ayudado, porque no es cierto! ¡No te he ayudado en lo más mínimo, si en verdad lo hubiera hecho habría podido hacer algo para detener lo que se avecina!
Ya estaba harta. Harta, muy harta. Harta y fastidiada de que todos me alabaran y me dijeran que era una gran médico y psicóloga y quién sabe cuántas maravillas más. Estaba harta, y dolida, porque estaba enojada conmigo misma, por haber roto una regla de oro y haberme vuelto a enamorar como una idiota de alguien que está a punto de morir, bastaba con ver cuán conmovida estaba por el hecho de que Genzo hubiese hecho las paces con su padre, ver cuán feliz me ponía verlo, cuánto anhelaba yo estar cerca de él para darse cuenta de que me había enamorado de él. Estaba enojado conmigo misma, por ser tan idiota y no haberme sabido contener, pero más que nada, estaba enojada por no poder evitar que Genzo Wakabayashi muriera.
Genzo me miraba, entre sorprendido y serio, notando que mis ojos estaban llenos de lágrimas, lágrimas que me sequé furiosamente, al tiempo que lo acribillaba con la mirada, quería golpearlo, quería insultarlo, quería gritarle que era un idiota por haber confiado en mí. Pero no pude.
- Ya estoy harta de escuchar decir a todos que soy la mejor y que te he ayudado mucho y no sé cuantas idioteces más.- grité.- ¡No soy nada de eso, no te he ayudado ni te voy a ayudar!
- Vaya que eres una psicóloga muy peculiar.- dijo Genzo, acercándose.- ¿Tratas así a todos tus pacientes?
- ¡Calla!.- no me podía contener.- ¡No te burles de mí! ¡Si tan solo supieras la verdad, no estarías mirándome así!
- ¿Así cómo?.- Genzo se acercaba más, de una forma que podría considerarse seductora, y que yo no noté por estar tan alterada.
- ¡Cómo si yo fuera la cosa más impresionante del mundo!.- respondí.- ¡Eres un reverendo idiota!
Y ni así me di cuenta. No me di cuenta de que el sentimiento por Genzo era correspondido. No me di cuenta hasta que él me tomó en sus brazos y me besó, como nunca antes me habían besado. Qué cosa tan terriblemente cursi, pero era verdad. Me dejé llevar por el sabor salado de esos labios, la fortaleza de sus brazos y la calidez de su pecho…
Nos besamos como si no importara otra cosa en el mundo, como si no existiera nada más que nuestro deseo. Yo sabía que algo andaba terriblemente mal, pero no podía contenerme. Ni tampoco quería hacerlo. Los que trabajan por el bien de los demás se olvidan muchas veces de su propio bienestar, y no se está tan consciente de las propias necesidades hasta que se piensa mucho en ellas. No sé exactamente cuánto tiempo duramos así, besándonos, acariciándonos, absorbiendo la esencia del otro, solo sé que en algún momento él comenzó a desnudarme y yo lo imité. Nuestras ropas cayeron al suelo mientras Genzo y yo éramos presa de un frenesí incontrolable, algo que no se iba a detener con unos cuantos besos y caricias. Y así, rápido como comenzó, rápido Genzo comenzó a amarme con verdadera destreza, con experiencia probada en las artes del amor, yo podía sentir su fuerza y su pasión desatada removiéndose en mi interior y transportándome a mundos largamente ansiados y olvidados. Estaba tan tensa que pensé que iba a estallar, cada movimiento propiciaba que todo ardiera en llamas, y terminé por perderme en un cataclismo que sacudió no solo mi mundo, sino también el de Genzo. Al final, solo se escuchaban nuestras respiraciones acompasadas romper el silencio de la noche…
La escena se repitió, dos, tres, cuatro veces, hasta que ya no nos quedaron más que las fuerzas necesarias para dormir abrazados. Nuestros cuerpos desnudos se fusionaron en perfecto equilibrio, como si hubiesen estado destinados a estar juntos. Yo me balanceaba entre un sueño profundo que se convertía en adormilamiento cuando Genzo volvía a acariciarme y entonces el sueño daba paso a la pasión más intensa, para convertirse después en el amor más puro. No podría definir exactamente cuántas veces toqué el cielo, llevada en brazos por Genzo, solo puedo decir que fue de lo más increíble. Creo que era de madrugada cuando al fin los dos reposamos, agotados, en una cama que no importaba de quién era, ahora que nos teníamos el uno a la otra…
No me había dado cuenta, no quise darme cuenta, que ese acto iba a conllevar sus consecuencias. Estaba prohibidísimo que me involucrara con mis pacientes, no solo por la ética, sino también por la promesa que le hice a mi madrina, hace mucho tiempo, de no dejar que mis sentimientos interfirieran. Ahora no solo estaba enamorada de Genzo, sino que también me había entregado a él, sin pensar en las consecuencias. No quise pensar en eso, no quise hacerlo porque ansiaba con toda mi alma el sentirme amada por Genzo, deseaba con toda mi alma sentir su cuerpo desnudo acariciando el mío… Sé que estuvo mal, y que no debí hacerlo, pero aun cuando yo era una especie de ángel negro, la ahijada de la Muerte, yo era un ser humano que tenía sentimientos, sentimientos que resultaron ser más fuertes que mi razón.
No, no quise pensar en todo esto mientras hacía el amor con Genzo. Pero habría de hacerlo por la mañana, cuando abrí los ojos, sintiendo el cuerpo caliente de Genzo a mi lado, y la mirada fría, gélida, de mi madrina frente a mí.
Catrina estaba sentada en la silla que se encontraba frente a mi cama, con los ojos clavados en nosotros. Y fue ahí cuando me cayó encima la cruel realidad.
Notas:
Charles Dodgson es el verdadero nombre de Lewis Carroll, autor de "Alicia en el país de las Maravillas" y de su secuela "Al otro lado del espejo y lo que Alicia vio en él".
Frank Beddor es el autor de "La Guerra de los Espejos" y "La Guerra de los Espejos 2: Roja", ambas historias basadas en la obra original de Lewis Carroll.
El cuento que narra Lily sobre la Muerte se titula "La Muerte Madrina" y fue escrito por los hermanos Grimm.
