Capítulo 9.
Cuando era pequeña, mis hermanos y yo teníamos la estúpida creencia de que si cerrábamos los ojos los problemas desaparecerían como por arte de magia. Era algo así como: "Ojos que no ven, corazón que no siente". No fue sino hasta que crecí y viví un poco más que me di cuenta de que eso lo llegamos a pensar todos alguna vez, sobre todo cuando somos niños. Creo que en más de una ocasión todos hemos querido que nuestros problemas desaparezcan por arte de magia, queremos creer que si cerramos los ojos a la verdad ésta no nos mostrará su cruel cara. Pero no es así, y tarde que temprano aprendemos a darnos cuenta de que los problemas jamás se irán, por mucho que les demos la espalda. Tenemos que hacerles frente, demostrar que somos más fuertes que ellos, aunque esto último no sea cierto. Cuando comencé a estudiar psicología se nos hizo mucho énfasis que el huir de los problemas no era tanto por cobardía, sino más bien que se trataba de una especie de mecanismo de defensa, el más primitivo instinto de supervivencia que posee el ser humano. Y sonaba muy lógico, los animales huyen ante el peligro. Lástima que esto no funcione para el ser humano, ni para la vida diaria, si quieres sobrevivir, tienes que hacer frente a aquello que amenaza tu existencia.
Recuerdo mucho que cuando Leonardo, mi hermano, era tan solo un niño y cometía alguna estupidez, iba corriendo al cuarto que compartíamos mi hermana Lara y yo, y se metía en mi cama, cubriéndose con las sábanas hasta la cabeza. Era común entonces que mamá se metiera a buscarlo y entonces Leo cerraba los ojos, diciendo: "Si no la veo, se va a ir", frase que nosotras también repetíamos cuando nos metíamos en problemas.
Y era eso precisamente lo que yo pensaba en esos momentos. "Si no la veo, se va a ir", pero bien que sabía que los problemas no desaparecen de esa manera, y que mi madrina no iba a ponerme las cosas fáciles. Era demasiado pedir que no se enterara de lo sucedido, porque ella siempre se enteraba de todo, y ni hablar de lo relacionado con sus próximas "víctimas". Podría decir que miles de pensamientos pasaron por mi cabeza en aquellos momentos, pero lo cierto era que no pasó ninguno: tenía la mente en blanco. Me sentía como el muchacho del cuento de los hermanos Grimm, que ni había sabido ser doctor ni había sabido ser un digno ahijado de la Muerte, quedando al final como lo que era, un reverendo idiota.
Y así me sentía yo, como una reverenda idiota.
- Deja de fingir que sigues dormida.- me recriminó Catrina, con una voz tan glacial como el hielo.- No sabes el tiempo que he esperado a que despiertes.
Lo decía como si para ella el tiempo fuese relevante. ¿Qué son unos minutos cuando se tiene toda la eternidad? Pero luego comprendí a lo que se refería. Catrina podría tener la eternidad, pero la gente que iba a morir no. Y básicamente, de esto se trataba todo. Estuve a punto de decirle algo como: "Pudiste haberme despertado", pero obviamente me contuve. Eso hubiera empeorado mucho más las cosas.
- Lo siento.- mascullé, sin saber a ciencia cierta por qué me estaba disculpando.
- Oh, ya lo creo.- replicó Catrina, con acidez en la voz. Era obvio que no estaba muy contenta.- Levántate y vístete, tenemos que hablar sin presencia de terceros.
Era obvio que se refería a Genzo. Por todos los cielos, parecía un niño indefenso así dormido, alguien inocente que no tiene ni idea de todo lo que su acto desencadenó. Para él, se trataba de una simple cuestión de amor. Para mí, se trataba de algo mucho más complejo que eso.
Catrina no me abandonó ni un momento, desde que me incorporé en la cama, me puse torpemente la primera prenda que encontré para cubrir mi desnudez y me metí a darme una ducha. Las ventajas de ser la Muerte, supongo, es que puedes estar donde quieres estar en el momento que quieres estar, sobre todo si se trata de hacer sentir culpable a tu ahijada. Traté de no notar su presencia, aunque Catrina seguía cada uno de mis movimientos, pretendiendo que era una ocupante más de aquel espacio, sin prestar aparente atención a mis actos, aunque yo sabía que no se perdía ningún detalle. Me bañé rápidamente y con agua fría, para despertarme por completo y alejar de mí los "malos pensamientos", ya que a pesar de todo, a pesar del auténtico terror que sentía por la reacción de Catrina, la Muerte, a mi mente acudían las imágenes de lo sucedido la noche anterior, haciendo que me diesen escalofríos bajo la ducha, aunque quizás eso podía deberse bien al ambiente gélido que imperaba en la habitación. Salí del baño, tiritando, y no sabía ni qué ponerme, por lo que tomé lo primero que encontré, un par de pantalones de mezclilla y una camiseta de tirantes, me vestí como pude y me dejé el cabello suelto, no había tiempo para secarlo. Catrina tenía ya una mano en la puerta cuando yo terminé de abrocharme los tennis.
Quise dejarle alguna nota a Genzo pero sabía que no iba a ser posible, mi madrina me lo dijo con su mirada. Sin embargo, aproveché un descuido suyo (o bueno, un momento de distracción, no es que la Muerte pueda ser descuidada), para besar a Genzo en los labios y llevarme su calidez conmigo, antes de que la frialdad de Catrina terminara por envolverme. Casi quise llorar cuando vi que él me sonreía, entre sueños. No tenía ni idea de lo que estaba pasando.
Salí, trastabillando, hacia la aun fría mañana que apenas estaba comenzando. Nos encontrábamos en esa hora de la mañana en donde hace más frío aun cuando ya hubiese salido el sol, y el ir en compañía de mi madrina no mejoraba las cosas. Su rabia era patente, eso quedaba claro en el frío glacial que despedía a su paso. Las personas que pasaban a nuestro lado se encogían bajo sus prendas ligeras, y todos miraban sobrecogidos a la hermosa mujer que aquellos momentos tenía una expresión que resultaba aterradora. Yo trataba de poner orden a mis pensamientos, buscar alguna excusa absurda que me sacara del aprieto, ¿pero qué podía decir? ¿Qué me había enamorado? Iba a ser peor el remedio que la enfermedad. ¿Mentir? No era recomendable, Catrina siempre terminaba por enterarse de todo.
No sabía a dónde nos dirigíamos, por un momento pensé en si ella no me llevaría a una cueva para apagar la luz de mi vida, como le había sucedido al médico del cuento, cosa que después me pareció estúpida, pero en ese momento me pareció una opción probable. El frío aumentaba, y lamenté no haber tomado un suéter antes de salir, pero mucho me temía que ya era tarde para lamentaciones. Catrina, mientras tanto, continuaba caminando imperturbable, sin dirigirme siquiera una mirada, mucho menos una palabra, como si no existiera aunque era evidente que si yo hacía cualquier gesto, iba a enojarse más, así que seguí caminando, aguantándome el terror y el frío.
Pronto, dejamos atrás los edificios y casas de la ciudad y tomando un camino de tierra, poco transitado por cualquier persona que se digne de vivir en la civilización. Noté que no nos cruzábamos con ningún transeúnte, así que, de no ser porque Catrina era mi madrina y yo su ahijada, me hubiese preguntado en ese mismo instante si encontrarían mi cuerpo al día siguiente y tacharían mi muerte de "accidental". Sin embargo, por muy enojada que estuviera, Catrina siempre era justa y jamás tomaba una vida que no tuviese ya sus horas contadas, así pues, podía yo estar tranquila, al menos en ese aspecto.
Lo que no me tranquilizaba era saber que yo había roto las reglas, y como tal, debía ser castigada, de una u otra forma.
Llegamos entonces, tras mucho caminar, hasta un terreno baldío, cubierto de salvaje vegetación y evidentemente abandonado, donde nadie iba a molestarnos. Catrina quedó frente a mí, cruzándose de brazos y mirándome con toda la rabia de la que era capaz. Y yo, no me atrevía a levantar la mirada.
- ¿Me quieres explicar en qué estabas pensando?.- gritó Catrina, cuando al fin se decidió a hablar.- ¿Tienes una idea de lo que hiciste?
- L-lo sé.- tartamudée.- S-sé que hice mal y y-yo…
- Ah, no, no tienes ni idea del daño que has hecho.- Catrina no me dejó terminar.- No tienes ni idea, has cometido la mayor estupidez de tu vida.
- Lo sé.- tenía ganas de llorar.- Perdóname, nunca quise defraudarte…
- Pero lo hiciste.- replicó Catrina, enojada, y a todas luces, decepcionada, que fue lo que más me dolió.- ¿En qué estabas pensando? No, mejor no me digas, no quiero escuchar ninguna excusa estúpida.
- Sé que estuvo mal.- musité.- ¡No sabes cómo me arrepiento! Sé que no debí… Perdóname, pero esto fue más fuerte que yo…
Ante estas palabras, Catriname miró con… ¿Lástima? Sí, eso era lástima, sin dudar. Y me sentí fatal. Ella me tomó entonces por los hombros y me sacudió ligeramente, haciendo con eso que me estremeciera por la corriente helada que invadió mi cuerpo, por no mencionar el robo de energía vital que ella hacía con sus manos.
- Dime que no lo hiciste, dime que no te enamoraste, por favor.- pidió Catrina.- Dime que no es cierto. Dime que no te enamoraste de él…
- Lo es.- apenas podía hablar, del frío que sentía, la fuerza me estaba abandonando.- L-lo siento m-mucho…
Catrina miró mi pálido rostro y me soltó, dándose cuenta de que si continuaba tocándome iba a quitarme la vida. Yo me dejé caer al suelo, sin fuerzas y sin calor, tiritando como loca, tratando de no desmayarme. El contacto con Catrina era letal, unos cuantos segundos más y no viviría para contarla… Ella pareció darse cuenta de su error y se quitó su gabardina negra, echándomela encima.
- Es una prenda confeccionada por humanos, así que no te preocupes.- dijo Catrina, como dándome a entender que no me pasaría nada si la usaba. Yo no estaba tan segura, la prenda estaba tan helada como ella misma.- Lo siento, no quise perder el control de esa forma, ¿pero tienes una idea de lo que eso implica?
- Lo sé.- repetí, por quien sabe cuánta ocasión.- Y lo siento. No quise enamorarme, de verdad que no… Luché contra eso como no tienes idea. Sé que te lo prometí, no involucrarme sentimentalmente con mis pacientes pero… No pude evitarlo…
- ¡Lo prometiste!.- gritó Catrina.- ¡Prometiste no involucrarte con nadie! ¡Sabes lo importante que es tu trabajo, y lo mucho más importante que es el mío, este chistecito puede costarnos a todos muy caro!
- ¡Lo siento!.- gemí.- ¡De verdad lo siento! ¡No pensé en eso, me deje llevar por mis emociones, y sé que esto te va a afectar, pero encontraré la manera de solucionarlo!
- Aimeé me lo advirtió.- gruñó Catrina, por respuesta.- Me dijo que tarde que temprano te ibas a involucrar, eso era obvio, que porque eres humana y todos los humanos tienen sentimientos, y yo le dije: "Oh, no, mi ahijada no es así, ella es muy responsable y sabrá contenerse". Debí hacerle caso, ella siempre tiene la razón en esos menesteres, por algo me lo decía.
- ¿Aimeé?.- cuestioné, cuando por fin pude hablar.
- Sí, el Amor.- asintió Catrina.- Yo soy la Muerte, Aimeé es el Amor, todos tenemos nombre. Hablamos entre nosotros de vez en cuando.
- ¿Ustedes?.- balbuceé.
- Sí. Vida, Amor, Amistad, Ira, Venganza.- Catrina suspiró.- Hablamos entre nosotros mismos, puesto que nuestros trabajos se relacionan mucho.
- Me imagino que con Ira y Venganza es con quien más hablas.- dije, sintiéndome mejor poco a poco. A pesar de lo que pensaba, la gabardina me estaba ayudando a conservar el calor.- Serán los que te dan más trabajo.
- Aunque no lo creas, también Aimeé me da mucho trabajo.- replicó Catrina.- No tienes ni idea de la cantidad de gente que mata, y se mata, por amor.
- Me imaginó.- musité, y se me encogió el corazón al acordarme de Genzo.- Lo lamento en verdad, madrina, pero corregiré mi error. Aunque me duela, te prometo que no dejaré que mis sentimientos vuelvan a interferir…
- Ten por seguro que no.- Catrina volvió a endurecer su voz.- No tienes ni idea del daño que has causado al romper tu promesa.
- Por eso es que te prometo que esto no va a volver a suceder, y te prometo que no intervendré más de lo necesario.- dije, incorporándome rápidamente.- Voy a cortar con Genzo, decirle que eso fue tan solo un error…
Catrina bufó, entre triste, decepcionada y escéptica. En ese momento la miré, notando que había cambiado de corte de pelo, y que yo por estar tan aterrada no me di cuenta. Ahora lo llevaba corto, en puntas a la altura del cuello, la hacían verse juvenil y hermosa, aunque eso no le restaba el imponente respeto que suele despertar en mí. Yo me sentía mal porque la había defraudado, no fue tanto el haberme enamorado de Genzo, sino el no haber sabido contenerme cuando él me besó. Yo era una reverenda idiota, tenía que corregir el error a como diera lugar.
- Voy a decirle a Genzo que eso fue solo de una noche, algo que simplemente pasó y que no se volverá a repetir.- repetí.- Corregiré esto, verás cómo…
- No puedes.- me cortó Catrina, abruptamente.- No puedes hacer eso, porque ya es demasiado tarde.
- ¿Cómo?.- me sorprendí.- ¿Por qué?
- Te lo dije, hablé con Aimeé.- respondió ella, secamente.- Y me dijo que lo que Genzo Wakabayashi siente por ti es verdadero. Él te ama, seriamente, y si tú vas y lo mandas a freír espárragos vas a amargarlo más y a hacerle más daño del que él solo se causó antes de conocerte.
Esta noticia me cayó como un balde de agua fría. No era justo. El saber que la persona que amas también te ama no debería de causarte tanto dolor. Y sin embargo, a mí me lo causaba, porque sabía que ese amor nunca daría frutos y nunca podría llevar a nada. Me dieron unas ganas enormes de llorar, tanto que no pude controlarme y sentí cómo las lágrimas resbalaban por mis mejillas. No era justo. No era justo. ¿Por qué él? ¿Por qué tenía qué morir Genzo? ¿Por qué tenía que haberme enamorado de él?
- Lo siento.- me dijo Catrina, quien se había conmovido un poco.- Ahora soy yo quien lo lamenta, pero sabes que te lo advertí muy claramente.
- Lo hiciste.- musité, sin poder dejar de llorar.- Y yo no te hice caso… Y ahora ya no sé qué hacer para corregir el daño…
- En realidad, puedes hacer más de lo que crees.- suspiró Catrina.- Hiciste a Genzo más feliz de lo que esperaba. Cumpliste con tu trabajo, el problema va a ser que vas a sacrificar tu propio corazón.
Ah, bueno. Menos mal que solo era eso… Mi corazón. ¿Qué importaba, contra la vida de Genzo? Absolutamente nada.
No sabía si era una noticia buena o mala, ni siquiera sabía si era una noticia digna de pensarse. Me había quedado en shock, era demasiada información para un solo día. Genzo me amaba, como yo lo amaba a él, y ni siquiera podía ponerme a saltar de alegría. Porque él moriría. ¿Cuándo? Me hubiese gustado saberlo, el problema es que no iba a preguntárselo a Catrina y ella evidentemente no iba a decírmelo.
Cuando llegamos a casa, Genzo ya se había despertado y estaba preparando el desayuno. Se había bañado y su pelo relucía, aunque traía puesta la misma ropa del día previo. Era evidente que se había bañado ahí, y que se sentía lo suficientemente dueño del lugar como para hacerlo. Catrina no se preocupó por ocultarse, es más, creo que hasta lo disfrutó. A mí se me encogió el corazón, pero traté de ponerle al mal tiempo buena cara y sonreí. Genzo, sin embargo, no se dejó engañar y al verme, se acercó a besarme, notando que tenía las mejillas húmedas, los ojos llorosos y la nariz enrojecida. Afortunadamente, esto le impidió ver que lo rechazaba, alejándome lo más posible para evitar su beso y su abrazo.
- ¿Estuviste llorando?.- preguntó él, sin notar la presencia de Catrina, cosa que me sorprendió.
- No.- mentí.- Es alergia.
- Uhm.- Genzo no me creyó.- No te creo. Algo en tus ojos me dice que las cosas no marchan bien.
- No es nada.- dije.- Simplemente alergia, ya te dije.
Genzo no me creyó, y muy probablemente seguiría insistiendo de no ser porque Catrina carraspeó en ese preciso momento. Era claro que quería que nos acordáramos que ella se encontraba ahí. Genzo sintió un escalofrío al verla, pero sonrió de cualquier manera. Catrina le devolvió el gesto de una forma un tanto cálida, de manera que la sorprendida ahora fui yo.
- Buenos días.- dijo Genzo.- Perdone, no la vi.
- No te preocupes.- respondió Catrina.- Era de esperarse. Dicen que los enamorados no ven ni a la muerte.
- ¿Cómo dice?.- preguntó Genzo, sin comprender.
- Sí. Que el amor entre enamorados es tan grande estando juntos que no se dan cuenta de lo que sucede a su alrededor.- explicó Catrina, sin dejar de sonreír.
Quizás esto hubiese podido sonar más cursi si mi madrina no imprimiera un gélido acento a cada una de sus palabras. Genzo, sin embargo, tampoco notó esto y sonrió levemente, con esa media sonrisa que tanto me gustaba en él.
- ¿Quiere quedarse a desayunar con nosotros?.- ofreció él, inesperadamente.- Hice suficiente para tres personas.
- Es amable de tu parte, pero no creo que Catrina tenga tiempo, es una mujer ocupada.- repliqué, antes de que mi madrina pudiera decir algo.
- Eso es cierto, pero creo que justo en este momento estoy disponible.- dijo Catrina, para mi mala suerte, casi creía que lo estaba haciendo a propósito.- Me encantará acompañarlos.
Fabuloso. Se supone que la Muerte no come. O por lo menos, no lo necesita. Y sin embargo, Catrina se sentó a la mesa con nosotros y compartió los alimentos que Genzo con tanto entusiasmo preparó. Y la comida no sabía mal, he de reconocerlo, pero eso no tenía nada que ver con el hecho de que Catrina no podía ingerirla. Y a pesar de eso, ella se la comió toda, sin que hubiese dejado nada de lado o la hubiese tirado, o por lo menos eso fue lo que a mí me pareció. Ése será siempre un misterio que nunca comprenderé, pero en realidad, tampoco tiene mucha importancia. A mí todo me parecía irreal, escuchar a Genzo y a Catrina hablar de trivialidades, casi parecíamos una familia normal… La Muerte convive con sus próximas víctimas, eso me quedaba claro, de lo que no estaba muy segura era si podía llegar a llevarse bien con ellas.
Creo que en un par de ocasiones Genzo me dijo que estaba muy callada, así que tenía que hablar aunque no podía decir más de dos o tres palabras para nuevamente quedarme en silencio. Estoy segura de que Genzo se daba cuenta de que las cosas no andaban bien, pero creo que quería esperar a que estuviésemos solos para preguntar, cosa que no iba a permitir. No iba yo a darle la oportunidad de volver a estar a solas conmigo, nunca más, aunque eso me destrozase el alma. Así pues, Catrina llevó adelante la conversación, sin inmutarse ni notar que yo estaba más muda que nunca.
- Esa película es de lo más curiosa y tonta.- comentó Catrina, cuando después del desayuno ella y Genzo se fueron a la sala y prendieron la televisión.- Desde el título hasta la trama y el final.
Catrina se refería a una película ya algo vieja en donde un muchacho a punto de viajar a Francia con su grupo escolar tuvo la premonición de que morirían todos al estrellarse el avión en el que viajarían, armando tal escándalo que consigue que lo bajen del avión junto con otros compañeros, y éstos observan atónitos cómo la nave estalla en el aire, tras lo cual, deben evitar que la Muerte acuda a cobrar sus vidas, las cuales escaparon en el momento en el que ellos bajaron de la aeronave. La película ha tenido dos secuelas más, con distintos accidentes pero tramas similares a la original.
- ¿"Destino final"?.- preguntó Genzo.- No la he visto, he de decir.
- Yo solo vi la uno.- confesé.- Hace mucho tiempo, con mis hermanos. Tiene una trama de lo más peculiar, pero no vi las otras dos.
- Yo he visto las tres películas que se han hecho con ese tema y me parecen absurdas.- continuó Catrina.- ¿Alguien tiene visiones sobre su futura muerte y escapa a ella, mientras la Muerte se la pasa persiguiendo a los que debieron morir para llevarlos al más allá? Es absurdo, como si alguien pudiese escapar de la Muerte, no puedes burlarla con trucos tan estúpidos como ésos. Y lo más increíble del caso es que parece que va a hacerse una cuarta película más sobre eso este año.
Podía entender la indignación de Catrina; era de esperarse que no le gustase para nada que alguien llevase a la pantalla grande no solo uno, sino cuatro filmes en donde ella es burlada por un grupo de "simples mortales". Como si eso pudiera ser posible.
- Creo que a veces la imaginación de los escritores sobrepasa lo posible.- repuso Genzo.- Si vas a morir, morirás, hagas lo que hagas. Sino mueres, no es porque tuviste una premonición y pudiste escapar a tu muerte, sino porque en realidad no era ése tu destino. La Muerte no acepta retrasos, así como el Destino no acepta cambios.
Creo que Catrina se quedó tan sorprendida como yo por las palabras de Genzo. Incluso, la vi sonreír, y no era para menos, casi hasta se podía decir que él comenzó a agradarle desde ese momento. Yo tenía ganas de llorar. Quería morirme con él, de ser preciso, puesto que no solo estaba destrozada por dentro, sino que también ya estaba harta de ser quien era, un ángel negro que predice la Muerte, como un buitre que vigila a los viajeros en el desierto. Yo sabía que tarde que temprano el desierto terminaría por matarlos, y en vez de decir algo, simplemente me dedicaba a vigilarlos hasta verlos morir, no podía hacer nada más.
Después de todo, yo estaba viva gracias a eso, a ser un ángel negro, pues fue gracias al trato que hizo mi padre por el que yo estaba con vida pero… ¿En verdad valía tanto la pena vivir a cambio de ser quien era? ¿Valían mis casi 27 años vividos a cambio de ser ayudante de la Muerte y no poder salvar a quienes amaba? Estaba harta de ese destino, pero también sabía que no podía liberarme de él.
Ya Genzo lo había dicho. El Destino no acepta cambios.
