Capítulo 10.

Quisiera arrancarme el corazón, de tanto que me duele. Quisiera no tener más recuerdos de esta vida, para que así no se me amargue la otra. Quisiera que mi memoria estuviese hecha de fino papel, que se despedace con la lluvia del verano... Pero nada de esto puede hacerse realidad. Nada, porque la vida suele ser más bien injusta. Nada, porque el amor duele más que el odio. Nada, porque la Muerte no perdona nada. Ni a nadie.

Quisiera no poder recordar esos terribles momentos, pero forman parte de la historia que cuento ahora, de la historia de la que formo parte. Además, no solo es mi historia, sino también la de él, así que por mucho que me duela tengo que contar las cosas como sucedieron, o al menos, como las recuerdo.

Después del desayuno y de la alegre charla entre Genzo y Catrina, apareció Jean y se desapareció mi madrina, ya que los que no están destinados a morir pronto no pueden verla, y Genzo se marchó con mi amigo de toda la vida, para continuar con su rehabilitación. Yo tenía ganas de ir a gritarle que parara, que todo era una estupidez, pero tampoco le vi el caso. Algo se había llevado mis ganas de luchar, algo que no sabía muy bien qué era pero que sabía que se relacionaba con Catrina...

La vida transcurría más lenta que ninguna, era como si los minutos fuesen horas, y las horas, días. Por aquellos instantes lo hacía todo de manera automática, no recuerdo que alguna sonrisa asomara a mis labios esos días, excepto, claro, cuando me encontraba con Genzo. Nunca sabré por qué, pero Catrina permitió que él continuara metiéndose entre mis sábanas y me hiciera suya muchas, muchas veces, transportándome a ese mundo perfecto de donde bajaba volando envuelta en una nube de dicha, para dormitar por un momento en el limbo y terminar despertando en el infierno. Ahora que lo pienso, quizás ése fue mi castigo, el sufrir por perder lo que yo más amaba en ese momento...

- Wakabayashi está empeorando.- comentó el Dr. Stein, una mañana.- Lo poco que avanzó en el control de su mano derecha, está desapareciendo. Es como si fuera una mano péndulo, ya no logra controlarla. No puede ser, ¿qué se nos está pasando? Quizás debería solicitarle una tomografía.

- Podría ser.- dije, con voz neutral.

- No se me ocurre qué otra cosa puede ser, su lesión no era tan seria como para que llegara a este extremo.- continuó el Dr. Stein.- Solo tuvo una fractura, no es para tanto...

- No, no lo es.- admití.- Se nos debe estar escapando algo.

- ¿Qué sugieres?.- preguntó el Dr. Stein.

- No lo sé, quizás la resonancia esté bien.- contesté, neutral.- Quizás necesite otro tipo de terapia de rehabilitación.

- ¿Otro tipo?.- cuestionó el Dr. Stein.- ¿Cómo cual? Atacamos todos los ámbitos posibles, incluso el psicológico y debo decir que hiciste el mejor trabajo, Lily, y sé que Jean hace lo mejor en su ámbito, así que no sé qué se nos pueda estar escapando.

- Algo más debe ser, algún daño a nivel periférico, no lo sé.- repliqué.

- A nivel periférico no puede ser.- negó el Dr. Stein.- No se lesionó el brazo, o no aparentemente.

- No se me ocurre otra cosa.- mentí.

- Lily, ¿te sientes bien? No sueles quedarte sin ideas tan pronto.- me preguntó el Dr. Stein.- Y ahora no pareces estar muy inspirada.

- Es que, como usted dice, se nos ha ocurrido todo.- dije, no muy convencida.- No sé qué se nos puede estar escapando. La idea de la tomografía me parece buena, nos dará un mejor detalle de lo que puede estar sucediendo.

Debí haber sugerido que hicieran una angiografía, un estudio especial con medio de contraste que permite ver las principales arterias, y que era el estudio que debía realizarse en estas situaciones, pero no lo hice. No podía hacerlo, así que solo me quedaba esperar que al Dr. Stein se le ocurriera. Desgraciadamente, no se le ocurrió. Por lo menos, no en ese momento.

- Voy a programarle la tomografía.- dijo él.- Cuanto antes, mejor. Mientras tanto, que siga con la rehabilitación.

- Como usted diga.- respondí.- Voy a ver si nos pueden hacer la tomografía cuanto antes.

- ¿Irás tú?.- me preguntó el Dr. Stein.- Te lo agradecería en verdad, aun tengo otros dos casos por revisar.

- Claro, ¿por qué no?.- me puse de pie.- No tengo nada qué hacer, ya di de alta a mi paciente.

Y me salí sin esperar a que el Dr. Stein me respondiera. Yo rara vez iba a programar esta clase de estudios, al menos no lo había vuelto a hacer desde que terminé el Internado de Pregrado y dejé de convertirme en el achichincle y mandadera de todos los médicos superiores. Sea como fuere, solo iba a programar un estudio en persona cuando había intereses más allá de los que puede tener un médico por su paciente, como era en este caso.

Este pensamiento me hizo pensar en otro: ¿Sabrían Jean y el Dr. Stein que Genzo y yo éramos amantes? En todo caso, si lo sabían, ambos eran muy discretos y a ambos les importaba un comino, o estaban de acuerdo, ya que ninguno me había dicho absolutamente nada al respecto. O quizás se lo habían dicho a Genzo, cosa que dudaba. Llegué a la conclusión de que ni el Dr. Lacoste ni el Dr. Stein sabían nada del asunto, ya que de haberlo sabido era segurísimo que me habrían dicho algo: el ser amante de uno de mis pacientes definitivamente iba en contra de la ética. Pero como siempre, la ética cree que los médicos somos de palo, y no lo dije yo, sino el doctor Juvenal Urbino de "El amor en los tiempos del Cólera" (escrito por Gabriel García Márquez). Cuánta razón tenía ese hombre, con ese simple comentario me hace pensar que es una persona con un criterio más o menos decente, la ética cree que los médicos no tenemos sentimientos. Ojalá que así fuera.

Sea como fuere, mientras esperaba a que la técnica de tomografías computarizadas se desocupara, mi mente vagaba de una posibilidad a otra, esperando que en algún momento a alguien le cayera el veinte y se le ocurriera hacerle a Genzo una craneotomía de emergencia, encontrando el aneurisma, colocándole un clip y así evitar una desgracia, pero no, que las cosas no suelen suceder así, para realizar una craneotomía se necesitaba una verdadera urgencia o una sospecha bien fundamentada. Y había veces que ni así las hacían, con toda la evidencia médica del mundo. En fin, yo que sé.

- ¿Para cuándo necesita la tomografía, doctora?.- me preguntó la técnica, cuando al fin se desocupó.

- Para ayer, si es posible.- respondí, con una sonrisa forzada.

- ¿Paciente grave?.- me preguntó ella, buscando un espacio en su agenda.

- Quizás.- admití.- No funciona la rehabilitación, quieren saber qué.

- ¿Solo por eso?.- la técnica se sorprendió.- ¿No es demasiado?

- Es paciente del Dr. Stein.- dije.- Un paciente especial, por eso es que les urge tanto hacerle el estudio.

- Ya veo.- fue todo cuanto dijo la técnica, y volvió a enfrascarse en la agenda.

(N/A: Probablemente, en Europa no cuestionen tanto sobre las razones para hacer un estudio como una tomografía computarizada, pero aquí en México es un auténtico show conseguir que acepten realizar uno. Ya sé, el fic no se desarrolla en México, pero ya qué xD).

Me puse a pensar nuevamente en cosas imposibles, como que Genzo sobrevivía y me pedía que anduviera con él, por ejemplo, hasta que la técnica encontró espacio para la semana entrante. Yo expresé que probablemente para la semana entrante sería demasiado tarde, y la técnica me miró con extrañeza, ya que acababa de decirle que el paciente no se encontraba grave. Demasiado tarde, mordí mi lengua y esperé que no me preguntase nada más, cosa que afortunadamente hizo. Mientras rebuscaba, recibió una llamada telefónica para avisar que la cita de mañana por la tarde se cancelaría ya que el paciente había fallecido, así que la técnica me miró con una sonrisa de triunfo.

(N/A: Si tú, ya quisiéramos aquí en México que se avisara que un paciente falleció para cancelar los estudios que tenía pendientes y que así sus lugares fuesen ocupados por otros pacientes. Aquí el tiempo se desperdicia con huecos que nadie se preocupa por llenar).

- Su paciente puede venir mañana, doctora, a las 7 de la noche.- dijo la técnica.- ¿Va a ser una tomografía simple o con medio de contraste? Para saber si tengo que llamar a un anestesiólogo para que administre el medio de contraste.

- Simple.- respondí, automáticamente.

Ya tenía preparada mi respuesta. Lo correcto e ideal hubiese sido que solicitase una tomografía contrastada, esto habría permitido encontrar el aneurisma con mucha más facilidad, así que lo mejor para los planes de Catrina era que se tomara solo una tomografía simple. Iba en contra de mi ética y de mis principios, por no hablar de mi corazón, pero ya he dicho muchas veces que ante la Muerte, nada de eso tiene la importancia necesaria.

- De acuerdo.- dijo la técnica.- Necesito que me de los datos de su paciente, por favor, doctora Del Valle.

- Genzo Wakabayashi.- respondí, automáticamente, mientras la técnica comenzaba a llenar una ficha.- Masculino de 28 años, con fractura del hueso cigomático izquierdo y del piso de la órbita del ojo del mismo lado hace un par de meses, ambas en consolidación. Tuvo problemas para su rehabilitación y continua teniéndolos, comienza a perder el control de su mano derecha, a pesar de los ejercicios diarios.

- Ya veo.- dijo la mujer.- Si él fuera mi paciente, pensaría en que algo más andaría mal. Podría pensar incluso en la posibilidad de un aneurisma, pero bueno, yo no soy médico.

¡Ja! No era médico, y a pesar de eso, acababa de atinar al diagnóstico correcto. Tras salir de ese sitio pensé que mi vida entera era una farsa, porque a pesar de ser médico no ayudaba a curar a mis pacientes, es más, hasta mentía y ocultaba información que sabía, en perjuicio de su salud. Y ahí íbamos otra vez con la mentada ética, que cree que los médicos no hacemos pacto con la Muerte... Porque no solo mi padre, y no solo yo, todos los médicos hacemos pacto con la Muerte todos los días...

Mi mente daba vueltas y pensaba en eso en todo el trayecto hasta la oficina del Dr. Stein. Éste se encontraba revisando sus expedientes, como siempre, y solo se distrajo lo suficiente para ver que era yo y sonreírme. Yo le di los datos que tenía que darle, a lo que él me respondió con un agradecimiento.

- Hay algo más que quiero decirle, doctor.- dije, respirando profundo.

- ¿Qué cosa?.- quiso saber él, sin dejar de mirar sus expedientes.

- Renuncio.- contesté.

Lo que pasó después en realidad no importa. Algo me dijo el Dr. Stein, visiblemente sorprendido, pero a pesar de todo me mantuve en mi decisión: me iría en cuanto Genzo fuese dado de alta (muriera). No me estaba retirando de la medicina, porque no podía, simplemente no quería seguir trabajando en Alemania después de que Genzo muriera. Me iría a otro país, no lo sé, en todas partes del mundo habría gente que necesitaría mi ayuda, pero no quería seguir trabajando más con el Dr. Stein ni con Jean, por mucho que los quisiera y respetara. No podría volver a verles la cara después de lo que le había hecho a Genzo. Más tarde le diría a Catrina que sería mejor que cambiara de rumbo, pensaba que después de haberme hecho amante de mi último paciente, lo mejor sería cambiar de rumbo.

- Al fin te encontré.- me dijo Genzo, después de lo que me pareció una eternidad.- El Dr. Stein me dijo que mañana por la tarde me harán otro estudio.

Yo estaba sentada en una escalinata, mirando a la gente pasar. Genzo se sentó a mi lado, muy cerca de mí, pero sin abrazarme, al menos no por el momento.

- Sí.- dije yo, mirándolo apenas.- Quieren saber por qué no mejoras en la terapia.

- Yo también quisiera saber eso.- Genzo movió y apretó su mano, pero era evidente que no tenía la fuerza suficiente.- Espero que este estudio ayude.

No respondí. Trataba de averiguar si el Dr. Stein le había hablado a Genzo de mi renuncia, pero al parecer no lo había hecho, lo que agradecí. Al parecer, el doctor había pensado que esa información era algo que yo debía darle.

- Estás más seria que de costumbre, ¿pasa algo?.- preguntó Genzo, muy serio.

- En realidad, muchas cosas.- suspiré.- Pero nada que pueda solucionarse pronto... O tarde...

- Me desconciertas cuando me hablas con acertijos.- dijo él, abrazándome.- Siempre has sido muy enigmática con tu vida, y tengo que admitir que eso me gusta, pero no ahora que quiero que estés conmigo.

- Ya estamos juntos, ¿no?.- traté de desviar el tema.

- Sí, pero no es suficiente.- negó Genzo, abrazándome más fuerte.

Él enterró su cara en mi cuello, y sentí su aliento rozándome la oreja. Mi corazón latió a mil por hora, sintiendo tan de cerca su calidez y su cuerpo musculoso. Sería tan perfecto su fuésemos una pareja común, como tantas que hay en el mundo. Yo tomé sus brazos y cerré mis ojos, tratando de atesorar cada momento.

- A veces, siento que me estás ocultando algo.- dijo Genzo, en voz baja.- Te siento tan distinta.

- Antes era tu psicóloga, ahora, tu amante.- repliqué.- Por eso me sientes diferente.

- No es eso.- negó Genzo, esta vez abrazándome con demasiada fuerza, lastimándome un poco.- Como si me ocultaras algo que sabes y que no quieres decirme, por alguna razón. No sé qué es, pero me inquieta. Te noto distante y rara, excepto cuando estamos en la cama.

- Eso es bastante evidente.- no pude evitarlo y me puse colorada.- No sé qué esperabas.

- Quizás lo que te inquieta es que no hemos formalizado nuestra relación.- dijo Genzo, obligándome a mirarlo a los ojos.- No cualquier mujer acepta ser amante de un hombre sin protestar, y sé que tú no eres de ésas.

- No, no es eso.- mentí, porque lo cierto era que, si bien eso era menos importante, sí me importaba el curso de mi efímera relación con Genzo Wakabayashi.- Lo que sucede es que...

- Lo que sucede.- Genzo me calló poniéndome un dedo en los labios.- Es que te inquieta que los doctores Stein y Lacoste se enteren de que somos amantes. Y lo entiendo. Para ser sincero, yo no esperaba enamorarme de ti.

Ahí estaba. La razón de mi aliento, lo que tanto anhelaba oír... Y no podía disfrutarlo... Genzo no pareció darse cuenta, sin embargo, ya que tomó mi rostro con una de sus manos y me besó. Yo de primera intención disfruté de aquella cálida muestra de cariño, pero después las lágrimas comenzaron a salir a la superficie de mis ojos.

- ¿Por qué lloras?.- preguntó Genzo, sorprendido.

- L-lo siento.- musité.- No puedo. De verdad, no puedo.

Me separé de él, me levanté y me fui tan rápido como pude, sin mirar atrás. Llegué a mi casa casi corriendo, y me encerré en mi dormitorio. ¡Dios! ¿Desde cuándo era yo tan llorona y débil? Me daba lástima mirarme al espejo, pero aun cuando sabía que era una idiota redomada, no podía dejar de llorar.

- Tonta.- murmuré, sin dejar de mirar la imagen reflejante.- Tonta, débil, ilusa, estúpida, idiota. Eso eres y mucho más.

- ¿Qué pretendes?.- me preguntó Catrina, detrás de mí.

Yo grité, francamente asustada. Para nadie es agradable que la Muerte se materialice a tus espaldas y te salude desde un reflejo en el espejo.

- Pensé que no te podías mirar en un espejo.- comenté, aspirando el aire con fuerza.

- Es cierto, no puedo.- asintió Catrina.- Cuando estoy en forma de Muerte. Cuando tengo forma humana, me materializo y puedo reflejarme. Es cuestión de lógica.

- Eso que ni qué.- bufé.

- ¿Qué pretendes al renunciar?.- quiso saber Catrina.- Tenía ganas de preguntar esto desde que saliste de la oficina del Dr. Stein, pero Genzo te alcanzó y tuve que aguardar.

- No puedo seguir trabajando aquí, sabiendo que no hice nada para salvar a Genzo.- dije, expresando un pensamiento que venía rumiando como vaca desde la noche que me acosté con él.

- No me digas más.- Catrina suspiró.- Me lo supuse. Solo quería confirmarlo y decirte que, si deseas hacerlo... Bueno, no estoy en contra.

- ¿En serio?.- ahí sí que me sorprendí.- ¿Y eso?

- Creo que es lo único que puedo hacer por ti.- me respondió Catrina, muy seria.

Y no dijo nada más. Durante el brevísimo momento en el que ambas nos miramos a los ojos, me di cuenta de que ella realmente se sentía mal por lo que estaba sucediendo... Que no digan que la Muerte no tiene sentimientos.

En ese momento, la puerta de mi departamento se abrió de golpe, y Genzo entró por ella. Demasiado tarde me di cuenta que él tenía una copia de la llave, y que nunca me había acordado de quitársela. Volteé a ver por encima de mis hombros, pero Catrina ya no estaba. Eso de poder esfumarse en la nada podría resultar de veras útil, lástima que yo no tenía ese poder, así que tuve que encarar con un Wakabayashi realmente furioso.

- ¿A qué juegas conmigo?.- me encaró él, colérico.

- ¿De qué hablas?.- protesté, a mi vez.

- ¡No me vengas ahora con amnesia!.- protestó Genzo.- Primero vienes, me enamoras, pones mi mundo de cabeza y cuando quiero pedirte que tengamos algo formal, dices que no puedes y huyes. ¡Yo no estoy jugando contigo, pero al parecer tú sí!

- ¡No juego a nada!.- grité, enojada también.- ¡No sabes nada de lo que está sucediendo!

- ¡Pues entonces deja de mentir y dime ya qué es lo que quieres!.- gritó Genzo, tomándome por los hombros.

Lo miré fijamente a los ojos con toda la rabia que tenía acumulada en mi interior, y creo que él hizo lo mismo. De ahí, lo que siguió fue algo esperado: terminar una pelea con sexo. Dicen que los realmente enamorados así terminan sus discusiones, así que yo qué sé. Solo recuerdo que Genzo me besó con fuerza, de ahí nos desnudamos e hicimos el amor, tan apasionadamente como había sido siempre. Me aferré con fuerza a él, sabiendo que cada momento juntos podría ser el último... Al final, me perdí en las nubes de la inconsciencia y me quedé profundamente dormida en sus brazos...

Soñé con un muchacho, vestido de médico, quien se encontraba a los pies de una lujosa cama en donde descansaba una hermosa muchacha. A la cabecera de dicha cama, vi a Catrina, mirando amenazadoramente a los dos, tanto al médico como a la enferma, empuñando fieramente su guadaña. Vi cómo el joven médico se acercaba a la enferma y le administraba un brebaje, pero mientras lo hacía, Catrina levantó su guadaña decapitando a los dos muchachos, mientras la sangre de ambos me salpicaba de pies a cabeza...

Sino desperté con un grito, debió ser porque sentí los cálidos brazos de Genzo rodeando mi cuerpo desnudo. Lo escuché, lo sentí, respirar junto a mí y el espanto dejó mi cuerpo. Lentamente, me zafé de su abrazo, teniendo cuidado para no despertarlo, y me puse algo de ropa, para preparar el baño y quizás el desayuno, pero no alcancé a hacer nada de esto. No había dado ni dos pasos fuera del baño cuando alguien se puso a aporrear la puerta de mi departamento a todo lo que daba, como si la vida se le fuese a ir en ello. Asustada, me acerqué a la puerta, preguntándome quién podría ser a esas horas, y en cuanto lo hice reconocí una voz que me hubiese gustado no escuchar en esos momentos.

- ¡Abre la puerta, Lily!.- dijo el hombre.- ¡Tenemos qué hablar!

Mi padre. Mi padre estaba tras la puerta, y no a cientos de kilómetros como yo lo había pensado. No podía ser, ¿qué estaba haciendo mi padre ahí, en mi departamento, y a tan tempranas horas de la mañana? Me sentí mareada y me apoyé contra la puerta. No, eso no podía estar sucediendo...

- ¡Abre, Lily, no lo voy a repetir!.- gritó Alejandro Del Valle, mi padre.- ¿Qué te crees que puedes renunciar a tu trabajo así como si nada?

Así que era eso: al fin el Dr. Stein había hablado. Al fin le habían dicho a alguien que iba a renunciar, ¡pero qué mal escogieron al candidato! Mi padre era la última persona en este planeta que debía enterarse de mi renuncia. Bueno, mi padre era el penúltimo, Genzo sin dudarlo era el último. Yo me quedé paralizada sin saber muy bien qué hacer, si abrir la puerta y encarar a mi furioso padre, o ignorarlo. Bueno, que esto último iba a ser imposible, con esos gritos...

- ¡Lily Del Valle Salazar, abre la puerta ahora mismo!.- gritó mi padre, una vez más.- ¡No me obligues a entrar!

- Papá, ya basta.- me harté y le abrí la puerta.- Deja de gritar así, pareces un loco, y ni que tuviera 15 años para que me hables en esa forma. ¿Qué rayos te pasa? ¿Y no se supone que deberías estar en otro lado?

- ¿Qué rayos te pasa a ti?.- replicó él.- ¡Vengo de visita a ver cómo estás y resulta que planeas renunciar!

- Vaya, tenía que irte el Dr. Stein con el chisme.- bufé.- Ya tengo edad para tomar mis propias decisiones.

- No fue él quien me dijo.- me interrumpió mi padre.- Fue Catrina.

- ¿Catrina?.- me sorprendí.- ¿Ella te dijo?

- Sí, fue ella quien me hizo venir hasta aquí.- asintió papá.- ¿Se te olvida que hice un pacto con ella por tu vida? ¡No puedes renunciar así como así!

- No estoy renunciando a trabajar con ella, papá.- negué.- Seguiré a sus órdenes, pero no seguiré más en este lugar. Quizás sea momento de regresar a México.

- ¿Y por qué no? Tu trabajo es excelente, dices que te encanta Alemania, no sé por qué te quieres ir de aquí.- replicó Alejandro.- Te fuiste de México que porque no querías estar allá, ¿y ahora quieres volver?

- Me fui de México porque había una mejor oferta de trabajo aquí, no porque no quisiera estar allá.- estaba ya perdiendo la paciencia.- Papá, deja ya de cuestionar mi vida. No tengo 15 años, no puedes venir a decirme qué está bien o qué está mal.

Quería que mi padre se callara y se marchara cuanto antes. Con sus gritos, Genzo podría despertar y entonces sí que habría un problema. Estaba, además, el hecho de que quería hablar con Catrina, pues estaba molesta porque ella fue a decirle a mi padre que renunciaba, y si bien era algo que debí haberme esperado, no por eso me molestaba menos, ya que después de todo la relación que llevábamos Catrina y yo era independiente del pacto que ella había hecho con mi padre.

- Pues lo que haces está mal.- insistió él.- ¿Por qué renuncias? Necesito saberlo.

- No tengo por qué decírtelo.- me cruce de brazos.

- ¿Qué está sucediendo?.- preguntó un desconcertado Genzo.

Sobra decir el impacto que su presencia causó. Cuando mi padre vio a un hombre semidesnudo, usando solo un pantalón, descalzo, despeinado, saliendo de mi habitación, la rabia se le volvió a subir al rostro. Yo me sentí como aquella persona que ve que ocurre un accidente en cámara lenta y no puede detenerlo. A Genzo, obviamente, tampoco le causó buena impresión aquél hombre de mediana edad que tenía toda la pinta de haber venido a trastornar mi mundo.

- ¿Y usted quién es?.- quiso saber Alejandro.

- Eso mismo quisiera saber yo.- replicó Genzo.- Quién es usted, y por qué viene a molestar a Lily.

- Soy el padre de Lily.- dijo Alejandro, molesto.- Y tengo todo el derecho del mundo a intervenir en su vida.

- Ah, pues resulta que yo soy su novio.- replicó Genzo, cruzándose de brazos.- Y tengo todo el derecho del mundo a defenderla.

Creo que todavía hoy agradezco que Genzo haya dicho "su novio" y no "su amante". Eso hubiera sido el acabóse. Papá, obviamente, se puso de mil colores al escuchar la confirmación de lo que ya esperaba, y yo de repente me sentí mareada...

- ¿Es por él, Lily?.- protestó mi padre, mirándome con ojos de toro loco.- ¿Es por él por quien renuncias?

- ¿Cómo?.- fue ahí cuando Genzo palideció.- ¿Vas a renunciar?

- Ajá, de manera que es su novio y no sabía que mi hija piensa regresar a México.- recriminó mi padre, empeorando la situación.

- ¿Vas a regresar a México?.- Genzo estaba casi histérico.- ¿Cuándo demonios pensabas decirme?

- No es lo que tú crees, Genzo, por favor... .- ya no sabía cómo corregir eso.- Mira, no es lo que...

- ¿De manera que no le dijiste a tu novio?.- me dijo mi padre, sarcástico.

- ¿De manera que pensabas irte sin decirme nada?.- me cuestionó Genzo, furioso.- ¡Por eso es que no aceptabas estar conmigo! ¡Porque pensabas abandonarme!

- ¡No es cierto!.- grité.

- ¡Ah, claro que va a ser cierto, porque claro que te irás a México!.- gritó mi padre.- ¡No voy a permitir que...!

- ¡Papá, ya basta!.- grité, exasperada.

- No, ya basta tú.- me contradijo mi padre.- No hice pactos y sacrifiqué muchas cosas por ti para que termines renunciando a todo por un tipejo al que de seguro ni conoces bien.

- Papá... .- gruñí.

- Nada de protestas.- me interrumpió él.- Lo que vas a hacer es...

- Lily... .- musitó Genzo entonces, con una voz tan extraña que hasta mi padre se calló al instante.

Los dos volteamos a ver a Wakabayashi, quien se había puesto muy pálido; se había agarrado la cabeza con ambas manos y se inclinaba hacia adelante.

- Lily.- volvió a musitar.- Me duele terriblemente la cabeza, siento que me va a estallar.

Hubo algo en el tono de su voz que activaron los sentidos médicos de mi padre y el mío; ambos corrimos hacia él y lo ayudamos a sentarse en el sillón de mi pequeña sala. En todo el rato, Genzo no abrió los ojos y no se soltó la cabeza.

- ¿Qué sientes, qué tienes?.- pregunté, mientras mi padre le checaba el pulso.

- Siento que la cabeza me estalla.- musitó él.- Es el peor dolor que he tenido en toda mi...

Genzo no pudo terminar, porque inmediatamente vomitó con tal violencia que su cuerpo se arqueó hacia adelante. Mi padre y yo lo sostuvimos como pudimos, mientras nuestras miradas se cruzaban para dejar en evidencia lo que ya sabía: algo grave le estaba sucediendo. Genzo vomitó violentamente en dos ocasiones más, tras lo cual lo ayudamos a recostarse contra el sillón.

- Llamaré una ambulancia.- dijo mi padre, adelantándose.

- Te conseguiremos ayuda.- dije yo, sosteniendo la cabeza de Genzo con suavidad.

- Bata... .- murmuró él.

- ¿Cómo dices?.- no entendí.

- Bata.- me miró él, con ojos desencajados.- Ba... ta...

- Gen, trata de mantenerte despierto.- pedí, aunque sabía que era imposible.- Por favor...

- Yo... Bata... .- musitó Genzo.- Yo... Me voy...

Y tras decir esto, cayó al suelo, inconsciente. Yo solté un grito y me apresuré a revisarlo rápidamente, mientras mi padre gritaba por el teléfono que necesitábamos una ambulancia urgente. Conforme iba explorando a Genzo, mi corazón se iba encogiendo, pues todo me hablaba de la aterradora verdad que tanto me negaba a admitir... La rigidez de nuca, las pupilas dilatadas que no respondían a la luz, el hecho de que él estuviera inconsciente...

Pero lo peor de todo, fue ver a Catrina, fría, dura, implacable, en su forma de Muerte, parada a los pies de Genzo...

¡No, no podía haber llegado ese momento! ¡Aún era muy pronto!

Notas:

El final, se acerca ya...