Aún faltaba un buen rato para e amanecer, pero los vardenos ya marchaban hacia la ciudad de Belatona, que se erguía imponente ante ellos, con el mayor sigilo del que eran capaces. El único sonido que se oía era el de centenares de pasos tanto de enanos, humanos, úrgalos elfos y caballos, que se dirigían hacia las fortificaciones de la ciudad.

El plan de ataque dio buen resultado, ya que los atacantes se encontraban muy próximos a la ciudad cuando se oyeron las campanas de emergencia y el sonido de los soldados al organizarse. Los vardenos corrieron hacia ese sonido, sin perder la formación. Había comenzado un nuevo asedio. Había muchos gritos en el interior de la ciudad, y Eragon imaginó que, al igual que había ocurrido en Feinster, según les había contado Lady Lorana, Galbatorix tampoco había mandado refuerzos a aquella ciudad. Sin embargo no compartido sus sospechas con nadie, por temor a que no fuesen ciertas y eso les diese a los vardenos una sensación de falsa seguridad. El muchacho, sin embargo, no pudo evitar preguntarse porqué el rey no mandaba refuerzos a las ciudades de su Imperio, y permitía a los vardenos conquistarlas con tanta facilidad.

Puede ser una trampa –dijo Saphira haciéndose eco de las dudas del muchacho-. Quizás quiera que los vardenos se confíen en estas dos batallas y lleguen despreocupados a Dras-Leona.

No pensaría eso si conociera a Nasuada.

No, no lo pensaría. También es posible que quiera mantener la concentración de los soldados en Urû'baen.

Eso sería peligroso para nosotros…

porque nos haría enfrentarnos a los soldados…

y derrochar energías…

antes de enfrentarnos a Galbatorix y Murtagh –terminó Saphira.

Eragon asintió. Escudriñó en la oscuridad, y comprobó que las primeras filas de vardenos estaban alcanzando las murallas de la fortaleza, y colocando escaleras para asediar la ciudad, que los soldados de las almenas se afanaban por quitar. Gracias a la aguda vista que tenía tras los cambios del Agaetí Blödhren también pudo apreciar que las flechas que los soldados lanzaban contra los rebeldes rebotaban en las protecciones que los hechiceros habían levantado en torno a ellos.

Pongámonos en marcha. Ya están llegando.

Eragon asintió y les repitió el mensaje a Arya y Blödgharm.

La misión era sencilla: Arya, Blödgharm y él sobrevolarían las murallas de la ciudad y abrirían las puertas para los vardenos, tal y como habían hecho en la batalla anterior. La dragona les tendió la pata, y uno a uno treparon por ella. Saphira batió fuertemente las alas y despegó con dificultad, debido al peso extra que tenía que soportar, con tres personas en su lomo.

Cuando consiguieron despegar se acercaron rápidamente a las murallas de la ciudad, haciendo que los arqueros que había apostados en las almenas se echasen las manos a la cabeza cuando veían los destellos que los fuegos arrancaban a las escamas de la imponente dragona; muchos de ellos dejaron los arcos y salieron corriendo para alejarse de aquel formidable enemigo. Eragon sintió un poco de lástima por ellos.

Muchos no desean combatir –observó el muchacho-. Además, sólo defienden lo que es suyo.

Eragon, esto no es Carvahall –contestó Saphira, apelando a su sentido común-. Además, es lo único posible. No podemos marchar a Urû'baen sin haber conquistado las principales ciudades, o nos expondríamos a un ataque por varios flancos.

Polluelo, no debes de sentir lástima por pisotear a quienes desean pisotearte a ti –dijo entonces Glaedr.

Eragon se sintió incómodo. No lo gustaba demasiado la idea de que el dragón asistiera a sus comunicaciones con Saphira, a pesar de que este dragón hubiese sido su maestro. Se sentía espiado en la parte más profunda de su ser ya que, por mucho que le quebraran la mente y todos sus recuerdos quedasen expuestos, nadie podría entrar nunca en una conversación privada entre ellos, a menos que Saphira o Eragon diesen permiso. Esta vez, sin embargo, era completamente necesario que las mentes de los tres estuviesen conectadas, y el Jinete no tenía más remedio que guardarse su mal humor.

Cuando por fin llegaron a las murallas de la ciudad, Saphira derribó a varios soldados, que habían sido lo suficientemente valientes, o demasiado temerarios como para quedarse allí, con la cola, haciendo gala de una agilidad en el aire que pocas veces le habían visto.

Detrás de las murallas el número de soldados congregados era aún mayor, pero no lo suficiente como para suponer una gran amenaza a los vardenos. Con un sonido rítmico, un ariete golpeando las puertas de la ciudad acompañó a Saphira y sus acompañantes en el descenso.

La dragona lanzó una llamarada a varios soldados que se encontraban debajo de ella que alcanzó al menos a una docena de ellos, y que les permitió aterrizar gracias a un claro abierto por los soldados que, huyendo del fuego de la dragona, habían roto la formación. Después lanzó un latigazo con la cola que derribó a otros tantos y continuó hasta que consiguió hacerse un hueco. Eragon mientras tanto, se dedicaba a soltar las correas que mantenían a los dos elfos y a sí mismo atados a la silla de la dragona y bajaron por su lomo, en pleno movimiento.

-Id a abrir las puertas –gritó Eragon para que los otros lo oyeran a pesar del ruido-. Saphira y yo os cubriremos.

Los dos elfos asintieron con la cabeza y, sin demorarse, corrieron cada uno hasta las cabinas en las que se encontraban los mecanismos de apertura de las puertas de la ciudad, con un movimiento que parecía ensayado.

Eragon se sumergió en el fragor e la batalla, y se descubrió echando rápidas miradas al cielo entre enemigo y enemigo cuando por entre las esquinas de las casas comenzaron a llegar más soldados. Eragon se enfrentó a ellos con su nueva espada, ya que no se atrevía a usar la magia, por si había algún mago entre los soldados, mientras que Saphira lo hacía con sus colmillos, garras, cola y fuego. Eran en esos momentos cuando el muchacho envidiaba la fuerza de la dragona, ya que era capaz de enfrentarse a un gran número de enemigos a la vez, sabiendo que, de entre todos, ella sería la más fuerte.

Sin embargo, pronto se vieron avasallados por el gran número de adversarios, muchos más de los que habían visto desde el aire. Daos prisa pensó Eragon, esperando que Blödgharm y Arya no tardaran mucho más en abrir las puertas. Agotado y sudoroso, Eragon se dio cuenta de que los soldados habían conseguido que Jinete y dragona se separasen. Maldiciendo por lo bajo y pegándose más a las murallas para proteger su espalda, comenzó a intentar abrirse camino entre los soldados hacia su dragona, pero tras varios intentos vio que era una hazaña imposible.

Cuando el muchacho pensaba que no iba a poder resistir el ataque durante mucho más tiempo se oyó un crujido a su espalda y, poco a poco, las enormes puertas dobles de la ciudad se abrieron dejando a la ciudad expuesta y permitiendo a las primeras filas de los vardenos entrar, con un grito de júbilo, en ayuda del Jinete y Saphira.

El muchacho se dio un segundo para recuperar fuerzas, y se encontró a una sonriente Arya a su lado, dándole fuerzas, antes de volver a la batalla con una agilidad sobrehumana.

La batalla que se libró a las puertas de la ciudad, Eragon la recordaría más adelante a cámara lenta y en blanco y negro. Desde todas las esquinas continuaban apareciendo soldados, y la estrategia que habían seguido sus contrincantes era buena: las puertas de la ciudad hacían de embudo y no permitían el paso a los vardenos, a no ser que consiguieran ganar espacio, lo cual era complicado, ya que los superaban en número.

Saphira no tuvo más remedio que empezar a volar, ya que apenas podía moverse, y corría el riesgo de derribar a los vardenos sin querer.

Eragon, tu espada

-¡Brisingr! –gritó Eragon, y la espada prendió en llamas.

El efecto que produjo esto en los soldados no se hizo esperar, y muchos de los que estaban cerca de Eragon retrocedieron ante las llamas. El muchacho se abrió paso y los vardenos le siguieron. En un principio, pareció que surtía efecto, pero entonces lo oyó y los pelos de la nuca se le erizaron. Los demás parecían no oír nada y el muchacho supuso que aún estarían muy lejos.

Y, efectivamente, no tuvo que pasar mucho tiempo antes de que Saphira, que observaba la escena desde el aire, y sólo atacaba cando no suponía ningún riesgo para los rebeldes, vio que se acercaban los temibles soldados que no sentían dolor.

Cuando llegaron a su altura, y los demás vardenos vieron a aquellos soldados y oyeron sus risas agudas, que parecían burlarse del mundo se desmoralizaron, aunque sabían que no debían de salir huyendo.

Eragon cortó el flujo de magia que mantenía a Brisingr encendida, ya que sabía que un poco de fuego o impresionaría a esos soldados. También intuyó que los soldados no habían retrocedido por temor a la espada, sino porque sabían que tenían la retaguardia cubierta.

Poco a poco, los vardenos comenzaron a perder el poco espacio que habían ganado, hasta quedar de nuevo pegados a las murallas.

Saphira –gritó Eragon mentalmente, buscando la conciencia de la dragona-. ¿No puedes lanzar un chorro de fuego a estos soldados?

No, a menos que quieras que chamusque también a los vardenos. Puedo controlar el chorro, pero desde el aire es posible que se desvíe y los dos frentes están demasiado juntos.

Eragon maldijo entre dientes. Estaba cansado y tenía los brazos doloridos y numerosos cortes y heridas, y temía que Murtagh y Espina aparecieran en cualquier momento.

Después de un buen rato de una encarnizada lucha, y cuando los vardenos habían quedado al lado de las murallas de la ciudad la voz de Nasuada se impuso, amplificada por la magia, a todo el ruido de la batalla

-¡Retirada! –gritó-. ¡Vardenos, abandonen la ciudad!

Sin dejar de luchar, los vardenos fueron abandonando la ciudad de Belatona, mientras el sol comenzaba a despuntar por encima de las murallas de la ciudad. Una vez que hubieron comenzado a salir, las puertas dobles de madera empezaron a cerrarse, mientras los últimos rezagados corrían al exterior, perseguidos por una lluvia de flechas que, esta vez sí, acertaban a sus objetivos.