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Heartattack in a layby -Porcupine Tree-

Rechinar, acelerar, frenar. Autopista, luces, ruido de claxons. La serenidad huyendo por la ventanilla. Se detuvo, jadeando, en la cuneta junto a la autopista, como si fuera corriendo él y no el automóvil. La visión se le hizo borrosa, se diluyó, se derritió y se escurrió sobre sus mejillas. El mar reapareció frente a él, definiéndose frente a los anteojos. Pausa oscura de tiempo. Ruido de todas clases. Una sirena.

One-onethousand

Two-onethousand

Three-onethousand

Four-onethousand

¡Breath!

La voz, lejana en la realidad; sus nudillos, blancos de apretar el volante del automóvil. El cigarrillo, a medio fumar, sobre el cenicero. El sudor, empapándolo desde las axilas hasta la cintura y el dolor, omnipresente, asfixiante, más inmenso que el peso de una ola sobre el pecho, más que el peso de la gravedad. Dolor. Y la secuencia repetida, en inglés, de acuerdo al entrenamiento, de la infinita RCP…

¿Para qué resucitarlo? Su vida no había tenido objeto, su padre nunca lo había comprendido, su mujer lo había temido, su amor nunca lo amó y su hijo lo odiaba.

Su hijo…

Otros cuatro golpes en el corazón y el dolor de latir de nuevo llevaron suficiente sangre a su cerebro para recordar. Ah sí, su hijo estaba muerto. Y él había caído en ese estado porque Uryuu había muerto.

Muerto.

Se repitió la palabra. Es decir, no vivo. No más su costura abandonada en un rincón o su entrenamiento a escondidas, con su abuelo. No más enviarle el cheque cada mes… para verlo rechazado. No más impacientarse con él, ordenarle que mandara al carajo a los shinigami, atacarlo con su origen quincy. No más resentirse por la desilusión de tener un hijo homosexual y extinguir así a los de su raza. No más odiarlo por recordarle que ambos eran parecidos hasta en eso…

Sólo que Uryuu había sido más valiente. Había sobrevivido a cada golpe suyo, al rechazo del mundo, a la pérdida de su licencia de médico -y con ello, a una forma honesta de vivir- al distanciamiento de sus amigos e incluso, a la ausencia de la persona que con toda seguridad, más había amado, Kurosaki Ichigo.

Sin contar los hollows, la Guerra de Invierno y el viaje a Hueco Mundo.

Kurosaki Isshin

El nombre se le atragantó, entre la arritmia y la falta de respiración. De él era la voz, junto a los gritos de los paramédicos que trataban de resucitarlo.

Isshin… oh Isshin ¿Dónde estabas cuando te necesité? ¿Por qué nunca te dije nada? ¿Por qué estoy fingiendo ahora? Los dos lo sabemos…nunca te lo dije porque no quería pasar por anormal, por marica, por chafado, porque amabas a Masaki y yo no podía darte lo que ella te dio; una familia, unos chicos maravillosos, una vida.

Una vida…

Y entonces, te odié, pero me odié mucho más a mí mismo, por ser otro, un diferente, por amarte, porque no podía hacer nada, porque de hacerlo, quedaría marginado, apestado, maldito…

Por eso, no pude perdonar a Uryuu.

Cuando me dijo que era gay, quise matarlo y tuve que contener mis ganas de atravesarlo con una flecha… por eso lo mandé golpear. No quería ensuciarme las manos, no podía soportar que pasara por lo mismo. Lo prefería muerto. Y tú lo curaste, lo salvaste de mí, de mi ira… ¿qué no comprendías que mi ira lo habría salvado? ¿Que habría muerto de todas formas? ¿Qué se habría salvado del dolor, del rechazo de Ichigo, de la soledad… del mar, que terminó por matarlo?

—¡Ryuuken! ¡Reacciona, carajo, reacciona! ¡Puedes conseguirlo! ¡No cierres los ojos! ¡No te vayas! ¡No te me vayas! ¡No te me mueras!

Un gemido, parecido a un llanto contenido. Un aliento cálido sobre mi rostro; una barba suave. Mi corazón no puede más. No hay ya dolor, sólo frío y aire salado…como el aire que golpeó a Uryuu en el rostro, cuando la ola lo arrastró, lo acunó y terminó por llevárselo, al fondo del océano.

Uryuu. Mi niño. Mi pequeño de ojos azules. Mi Uryuu-chan…

Latirlatirlatirlatirlatir

One-onethousand

Two-onethousand

Three-onethousand

Four-onethousand

¡Breath!

Un suspiro largo, de agotamiento.

—Esto ya es inhumano, doctor Kurosaki… déjelo ir, por favor…

La voz del paramédico.

—Declaro la hora; 11 55 p.m. ¿Causas? Ataque al corazón, infarto masivo supra cordial…

Ichigo escuchaba lejos la lluvia, el aire marino, el rugir del mar, frente a la cuneta, al lado de la autopista. Isshin lloraba, aterido, abrazado a un Ryuuken, ya sin vida. La muerte de Uryuu permanecía, como una presencia ominosa, como una lección, como un sermón, moralino, inútil, absurdo…