15.-Paraíso.

Una y otra vez sus dedos se hunden en el interior. Mordisquea los labios del pequeño rubio bajo él, que gime y jadea lastimosamente en un principio. Lame su cuello y deja unas cuantas marcas como sello personal. Lo escucha murmurar una delicada súplica, para luego sonreír lascivo, dejando el tortuoso juego de lado.

Nada es mejor que eso. Oírlo decir esas tres jugosas palabras en un sensual susurro, que sólo él tiene el deleite de escuchar: "Lo quiero ya".

Saborea el momento y lentamente se deshace de la oscura prenda, que no hace más que estorbar. Está ansioso, no puede esperar más por sentir la calidez del rubio.

La escasa luz plateada que se cuela por entre las cortinas de aquella habitación de posada, regala una atmósfera semi romántica que es bien percibida por el azabache. Baja la cremallera, dejando expuesta su palpitante hombría y se hace prometer no parar hasta que este satisfecho, no importándole lo que opine el ojiazul. Ésta es su noche, se la debe y quiere ser egoísta.

Deidara tiembla y se aferra con fuerza al sentir la grandeza del Uchiha golpear su interior. La magnifica sensación se esparce por todo su cuerpo, como una explosión menor que se expande y sube por su columna. Sus mejillas arden y el corazón palpita desenfrenado. Gime ruidosamente en el oído del mayor, nombrándolo ocasionalmente y le clava las uñas en la espalda. Su dorada cabellera ahora despeinada, luce adorable ante los ojos escarlata. Madara lo apresa de las caderas, yendo más profundo en busca de ese placer prohibido. Busca sus labios, necesita saborearlos con urgencia. Los lame y muerde suavemente entre el placentero vaivén.

Aspira el delicado aroma que emana de esa seductora piel y siente, segundos antes de tocar el punto exacto que enloquece a su inexperto amante, la ardiente sensación en su pecho, colmarle de dicha.