Todo pertenece a Kishimoto.
Seducir: Engañar con arte y maña.
La situación había cambiado para mal.
Los chocolates dejaron de llegar a mi casillero, lo cual hubiese sido una buena noticia si de pronto no se hubieran trasladado hasta el pupitre en el que siempre me sentaba. Fuese cual fuese el salón en el que se impartiría la primera clase, allí estaba el mentado chocolate, con su envoltura vistosa y brillante.
Ahora todos sabían que tenía un admirador. O un acosador, el cual parecía ser un mejor término para designar lo que era Naruto.
¡Claro!, las preguntas no se hicieron esperar. ¿Quién era? ¿Cómo era? ¿De dónde era? No me molesté en contestar, obviamente. De hecho, ignoré cada comentario hecho, hasta el más mínimo sonido lo hice de lado. Entonces escuché algo que me dejó desconcertado.
¿Le amas?
Con una mirada desaparecí a todo molesto insecto que tratase de averiguar algo, pero nada bastó para olvidarme de aquella pregunta necia. Mientras más la trataba de reprimir, más resistencia ponía a ser esfumada. Y no mentiré: sentí pánico. "¿Le amas?" resonaba una y otra vez en mi cabeza. ¿La respuesta? La respuesta no la sabía. O fingía no saberla.
Pero eso no fue todo lo que me atormentó. ¡Oh no! Eso tan sólo era el inicio.
La semana empeoró por un detalle adicional: a Naruto le dio un no-sé-qué por tocarme cada que podía. Por ejemplo, al término de cada clase se paraba y me abrazaba por la espalda, colocando sus brazos alrededor de mi cuello y recostándose sobre mi hombro. Yo trataba de quitarlo sin mucho éxito. Después de repetidos intentos para sacármelo de encima, y no lograr nada con ello, terminé por gritarle que no me gustaba que me abrazara. Pero, ¿creyeron que eso le importaría? No, claro que no. El punto era sacarme de mis casillas.
Al momento de la sobremesa, parecía como si su mano tuviera un imán y la mía fuera de metal. Se la pasaba acariciando el dorso de mi mano con sus yemas, trazando un camino a lo largo de mis dedos, haciendo círculos sobre mi palma; ¡su roce me estaba enloqueciendo!
Eso no fue todo. A la nota dejada le siguió un mensaje de texto que decía: "¿Amor eterno? Los hay de siete años, de una hora, de quince meses, de cinco noches sin pronunciar una palabra…".* ¿Te das cuenta ahora?
¿De qué exactamente me tenía que dar cuenta? ¡Joder! Cada vez se hacía más difícil soportar este asunto inconcluso. Además, ¡se supondría que su seducción sería lenta y sutil! Pero aquello no parecía ni uno ni el otro. ¡Me estaba acorralando! ¡Me estaba poniendo a prueba! Aunque yo seguía en mi plan de no sucumbir.
¿Había alguna noticia buena? Sí. Al menos ya había terminado la semana.
Continuará.
*Víctor Roura.
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Thalis: Gracias, me he sonrojado con tus palabras.
