¡Hola, Gente!

Éste Oneshot tiene Triple propósito: ¡REGALO DE REYES A HINOIRI, CON TODO MI CORAZÓN! Y Ser parte del "Valor de los Extras" y del reto de Navidad del Foro del País de Agni.

DISCLAIMER: Él Avatar fue escrito por Michael Dante DiMartino, Bryan Konietzko y Aaron Ehasz; por lo que no me pertenece y hago esto sólo por cariño al cartoon, al personaje central y a mi beta.

OoOoO

Un regalo muy importante

I

Song no era la misma desde que aquellos extranjeros acogidos por ellas una noche, (un señor aparentemente amable y con muy buen apetito, junto a su sobrino algo hosco y con una terrible quemadura en la cara); se hubieran ido, robándoles su único caballo-avestruz.

Creía que sólo con dejar que el tiempo pasara, sería suficiente para que volviera a ser la misma. Pero en ese momento, casi tres años después de que pasara lo que la había cambiado; Song sabía que se había equivocado: ya no sería de nuevo la misma, ya no confiaba en la vida, en la gente y en el futuro como antes.

La muchacha había crecido sin duda. Era toda una joven de ojos marrones y amables, con cabello café oscuro extrañamente rojizo y una de las mejores sanadoras de los alrededores, gracias a su constante estudio sobre plantas curativas. Pero seguía siendo amena, tranquilizadora, de un trato suave y, a veces, juguetón; por lo que todos en el pueblo la querían mucho.

Sin embargo, no era así con los extranjeros. Aun después de oír la tan esperada y milagrosa la noticia de que la guerra había terminado por intervención del Avatar y, todavía más importante tal vez, que el nuevo Señor del Fuego insistía en que el mundo siguiera en paz; aún así, ella no dejaba de desconfiar.

Simplemente, Song no quería saber nada de los desconocidos. Si estaban heridos, eran otros los que los atendían y, si era necesario que fuera ella la que lo hiciera; los curaba con gran profesionalismo, pero sin hablar nunca con ellos, aunque parecieran muy amistosos y hasta efusivos.

Song no lo podía evitar, aunque en verdad quería. Sentía una leve amenaza cuando estaba junto a los extranjeros. En su cuerpo se presentaba un muy levísimo recuerdo emocional, de lo que sintió al ver las armaduras rojas de los que habían invadido su pueblo. Esos cuernos y esas máscaras, quemando por quemar, como lo hicieron con ella y su pierna herida que, si no hubiera sido por la sanadora que se convertiría en su maestra, hubieran tenido que amputársela por la infección…

Por eso había decidido ser sanadora. Quiso recibir a los que huían, a los que necesitaban ayuda, los que habían vivido algo muy parecido a lo que ella vivió y necesitaban encontrar esperanza, como Song lo necesitó cuando niña. Quería dárselas, igual que su maestra y ese pueblo lo habían hecho con ella y su madre; con esa efusión y buen corazón de personas genuinamente amables y valientes.

Pero, desde que vio a ese joven robándoles cuando ella y su madre les habían dado una bienvenida con los brazos abiertos, Song se sintió extrañamente amenazada por los desconocidos, porque si él era capaz de eso y, más, el afable anciano que lo acompañaba… sentía que nadie era merecedor de que invirtiera en ellos, al menos no hasta que hicieran algo que los convirtiera en dignos de su confianza.

Song creía que esa amenaza y recelo venía desde ese suceso, no porque él les hubiera robado el caballo-avestruz que su madre y ella aún seguían necesitando; sino porque se sentía traicionada como nunca.

Lee "Junior". Si es que en verdad él se llamaba así… Desde que lo había visto, sintió su soledad y dolor por dentro de ese rostro adusto y esa quemada que podría dar miedo e intimidar. Eso, junto al carácter bonachón de su tío, fue lo que más hizo que decidiera llevarlos a su casa; no por simple caridad, sino porque los empezaba a apreciar de verdad.

Ya en la cena, cuando él comentó que, como ella, prácticamente había perdido a su padre por la guerra, se sintió tan familiarizada e identificada con el joven, que en verdad quería reconfortarlo.

Por eso, cuando se sentó junto a él a querer hacerle compañía, con esa luz de luna a su alrededor y la brisa algo templada arrullándola; ya estaba pensando en las posibilidades de mejorar el aspecto de su cicatriz al acercar con suavidad la mano al rostro de él. Pero no pudo sentir su rostro porque Lee, con un movimiento muy rápido y brusco que la asustó un poco, le agarró la mano y la alejó de él.

Song lo miró en silencio un instante, algo avergonzada. Lee parecía estar siempre alerta, aunque en ese momento se encontraba en una posición de relajación o meditación. Tal vez él también había entrenado para la guerra, pensó Song. Tal vez, y sintió miedo por él al pensarlo, Lee había estado "activamente" en la guerra; lo cual, dada la cicatriz en su rostro, no era tan difícil de esperar. Intentó imaginar cómo sería eso y sintió un leve escalofrío que le heló la piel, más que el aire nocturno a su alrededor.

Intentó reconfortarlo de la mejor manera que pudo, hasta le enseñó su propia quemada, –aunque no le gustaba porque no quería que sintiera lástima por ella, cuando ella era la que quería hacerlo sentir mejor–; porque creía que sólo así lo iba a ayudar a sentirse en confianza. Se había equivocado, él se mantuvo en silencio todo el tiempo y, cuando Song se levantó para ayudar a su madre a lavar la bajilla, fue como Lee no se hubiera dado cuenta de que alguien lo había acompañado.

Song había sentido aún más dolor por él, y esperaba que se quedaran unos días más; al menos para que ellos, más Lee, tuvieran unos momentos tranquilos junto a personas amables, que se constituyeran en buenos recuerdos para los dos.

Cuando el tío le hizo recordar los modales al pedirle que diera las gracias, le pareció que la inclinación que Lee hizo era tan sentida, que antes no la había hecho por sentirse indignado de alguna manera. Ella sonrió. La impresión de que él era un buen muchacho en el fondo de su ser sufrido, se había intensificado… hasta que lo vio robarles.

Siempre recordaba a Lee cuando veía algún desconocido en su pueblo; y esa era razón más que suficiente para sentir la amenaza, desilusión y ese amor propio herido… ¿Sus buenos deseos y acciones eran tan poco cosa, como para ser despreciadas tan fácilmente? Sabía que no, pero en su fuero interno ese dolor que sentía, junto a la ligera amenaza –reflejo de la que viviera alguna otra vez por otros desconocidos–, y su decisión de no acercarse más a los recién llegados; le hacía poner en duda la nobleza del ser humano.

Eso la entristecía mucho en algunos momentos, cuando aún no conciliaba el sueño en su cama y veía por la ventana desde, donde llegaba una brisa fresca, el pequeño quiosco frente a su casa, ya cerrado pero aún iluminado, impasible en medio de la danza lenta de las libélulas a su alrededor. El lugar donde debería haber estado el caballo-avestruz…

II

—¡Song! ¡Song! —muchos niños gritaban desde la calle que, ante esos chillidos, pareció quedarse muda.

La sanadora miró hacia la puerta, sonrió negando divertida y se volvió a darle toda su atención a la joven embarazada frente a ella:

—Tome de este té después de la cena. Eso le ayudará a su bebé con su crecimiento, va a ver.

—¡SONG! —los gritos cesaron cuando cinco niños de entre 6 y 12 años, morenos, cabello café y vestidos de gris y verde, entraron al local.

Eran los hermanos Cheng, llegando casi como una estampida al local abierto, que tenía varias camillas y sillas, con sanadores desperdigados por doquier y ventanas abiertas que alumbraban con fuerza.

Ante una mirada severa de muchos de los ahí reunidos, los niños habían parado en seco y miraron hacia Song, esperando en silencio. Ella le dio el frasco con el polvo a la mujer, la acompañó a la salida, se despidió de ella y el bebé; y luego, se posicionó frente a los hermanos, se inclinó y con una gran sonrisa les dijo:

—¡No me digan que la empinada colina hacia el lago se cobró otra víctima!

Ellos negaron al unísono y, luego, empezaron a hablar a la vez; muy emocionados y sonrientes, pero logrando que Song no entendiera algo de lo que decían. Luego de pedirles silencio sin ningún éxito, chifló con maestría y los niños dejaron de hablar. Varios de los presentes miraban extrañados, pero con beneplácito, a la joven. Eran pocos los que lograban controlar a los hermanos Cheng.

—Mmm, vamos a ver… —dijo ella, paseando la mirada entre los silenciosos pero emocionados niños, divertida. Se quedó frente a uno de los gemelos y, siendo Song una de las pocas personas que podía reconocerlos sin equivocarse, dijo—: ¡Moshu!

—Tenemos que llevárnosla porque un hombre le quiere dar un regalo que le va a gustar mucho, mucho.

Song se sorprendió, sospechó y hasta se abochornó con esas palabras, mientras todos posaban la mirada en ella; hasta los sanadores que dejaron de hacer lo que estaban haciendo: entablillar, cocer una herida y moler un remedio.

"No otra vez", pensó Song. Por alguna razón, muchos de los pueblerinos creían que sus hijos, sobrinos, nietos y conocidos muchachos de edad parecida a la de ella, buena presencia y mucho mejor corazón; eran perfectos para Song en plan romántico. Algunos de ellos también lo habían creído, pero la sanadora no estaba de acuerdo. Suspiró con la cabeza baja y algo derrotada. No le gustaba desairar a la gente, pero si no lo hacía podía dar falsas esperanzas, que era mucho peor.

Se levantó, tomó la mano de Moshu y dijo:

—Llévame entonces, por favor.

Los niños brincaron, diciendo muchas cosas a la vez y caminando muy rápidamente con ella hacia la calle.

III

Estaba anonadada.

—Gracias. Tengan su recompensa —dijo la voz que en seguida reconoció, mientras les daba las monedas de oro a cada uno de ellos, antes de que se fueran muy sonrientes del callejón.

Los niños le habían dicho, con su hablar conjunto y caótico pero que ella había aprendido a entender poco a poco; que un hombre vestido como un sirviente del palacio de la familia Bei Fong, pero con una capucha que le tapaba el rostro; había entrado a la tienda de los señores Cheng, sus padres, para preguntar por una sanadora. La describió a ella y, cuando su padre preguntó si era a Song a la que buscaba, el asintió enseguida.

Como los padres de los niños empezaron, muy interesados y divertidos, a preguntarle sobre él y sus intenciones, mientras halagaban a la sanadora con todas las virtudes posibles; el hombre se excusó, algo huraño y tímido, y salió del lugar.

Fue cuando los niños fueron tras él e hicieron el negocio: ellos le traerían a Song a donde él quisiera (que resultó ser un callejón escondido pero iluminado, entre dos edificios sin ventanas) a cambio de una moneda de oro por cada uno de ellos. No sin antes amenazarles por si intentaban tomarle el pelo, y diciéndoles que pagaría después de que cumplieran el favor, el hombre (que a todas luces no quería ser visto) hizo el trato con los niños y ellos fueron por la sanadora.

Eso le hizo sentir mucho miedo a Song, dentro de la incertidumbre que ya sentía. Estaba a punto de devolverse o ir por los maestro tierra, pero los niños la rodearon y la hicieron entrar al callejón sin poder hacer nada para evitarlo.

Fue cuando oyó la voz del "hombre", que en verdad era un joven… y ella se quedó anonadada, viendo lo que lo acompañaba.

Cuando la conversación infantil se había alejado de sus oídos, él se bajó la caperuza y le hizo una inclinación muy respetuosa.

Sí, era Lee "Junior". La quemada en el rostro, esos ojos dorados, el cabello negro, pero algo más largo… ¡ERA Él! Pero algo cambió en todo ese tiempo, algo muy importante pero que no era definible para cualquiera: su mirada se había suavizado y ya no sentía el dolor que emanaba antes desde él, ese pesar que tanto la había conmovido.

Le habló con seriedad y viéndola respetuosamente.

—Le pido disculpas por haber usado ésta estrategia para poder verla. Pero prefiero pasar inadvertido a… —pareció decidir dejar de seguir con esa explicación, la miró a los ojos y siguió. Su tono algo torpe, pero genuino—. No sé si se acuerda de mí, soy…

—Sí, Lee. —ella se acercó y le asintió, sonriendo de corazón.

Eso lo hizo devolverle el gesto un poco y hasta pareció más tranquilo, aunque algo avergonzado.

—En verdad no me llamo Lee. Mi nombre es Zuko. Siento haber mentido, en ese momento…

—Zuko. —Lo miró como si le pareciera interesante esa información y nada más—. Eres de la Nación del Fuego entonces.

—Sí, por eso…

—Imagino que no te sentías muy bienvenido en estas tierras. Lo entiendo.

Él la miró como si no pudiera entender o creer tanta generosidad, pero Song simplemente alargó la mano y cogió la correa que le tendía inconscientemente; y le siguió diciendo, casi como si hablara del clima:

—Un muy buen ejemplar de caballo-avestruz, debo decir. Mucho más refinado del que le prestamos.

Eso lo hizo en verdad bajar la mirada y enrojecer.

—Se lo debía, cuando…

—No se preocupe. ¡Nos lo ha devuelto y con creces!

Se quedaron un momento en silencio, viéndose y quitándose la mirada. Era muy incómodo. Por fin, Song decidió seguir tratándolo como si fuera "Lee". Así parecía que quería ser tratado, dado que se escondía de esa manera.

—Me gustaría poder invitarle a una comida, a usted y a su tío Iroh, señor del fuego Zuko; pero temo que el pato no sea suficiente para agradecerle lo que ha hecho con su nación…

—¿Cómo…? —estaba más anonadado que ella.

Song rió un poco, divertida:

—Todos saben que el Señor del Fuego está de visita en la casa de la Maestra Tierra del Avatar, la Bandida Ciega. Y todos hablan de usted, de todo lo que sepan de usted, de hecho. Este es un pueblo pequeño. ¡Aunque quién diría que Lee Junior, era en verdad el Señor del Fuego Zuko!

Él bufó ante la mención del "Junior".

—No habría problema si en verdad fuera una cena…

—¡Claro que sí! No haremos de nuestra gratitud un circo, por supuesto, señor.

Zuko la miró de nuevo, con esa expresión de incredulidad.

—Si usted y su madre prometen dejarlo como algo… eh, ¿Familiar? Mi tío y yo podríamos visitarles. De hecho, creo que si él se da cuenta de que no podrá comer de aquel pato por mi culpa, no me lo perdonaría.

—Y dígale, por favor, que también le daremos del té que quería cuando se encontró con aquella flor venenosa —rió con lágrimas en los ojos.

Esa noche, después de una cena mucho menos ominosa junto a él y su tío, Song sonrió porque volvía a creer en la gente nuevamente y se pudo dormir con facilidad.

OoOoO

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