Disclaimer: Todos los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia es una adaptación de Elizabeth Bevarly.


Capítulo 1

El Cosmo's Bar era casi una institución del centro de Philandelphia, un restaurante de cinco estrellas conocido por su comida continental, su estilo art decó en tonos melocotón y gris y su continua dedicación al buen jazz. Pero ésas no eran las únicas razones por las que a Jasper Whitlock le gustaba frecuentarlo. Mientras se ponía cómodo en su sitio habitual de la barra, buscó la mirada de la camarera. Sin preguntarle siquiera lo que iba a tomar, tomó una botella de escocés caro y sirvió un trago generoso en un vaso con hielo.

—Hola, señor Whitlock —dijo la camarera poniéndole la bebida delante con una amplia sonrisa.

—Hola, Alice.

—Empezaba a pensar que no iba a venir esta noche. Tendría que haber adivinado que otra vez se había quedado trabajando.

—A veces es necesario, si se quiere terminar el trabajo.

—Trabaja demasiado —dijo ella sin ambages—. La gente debería trabajar para vivir, no vivir para trabajar. Tendría que detenerse de vez en cuando a disfrutar un poco y contar las bendiciones de la vida.

—Gracias, pero prefiero detenerme y contar el dinero.

Alice volvió a sacudir la cabeza.

—Trabaja demasiado —repitió.

Jasper apenas podía contradecirle y tampoco quería. Desde que había dejado su puesto como arquitecto meritorio en BulwarMelton-Jones Associates para abrir su propio estudio, no podía recordar ni un solo momento en que un proyecto de la mayor importancia no hubiera ocupado cada segundo de su tiempo. BMJ había sido una firma sin instinto, un puñado de hombres viejos carentes por completo de imaginación. Había ingresado en la compañía inmediatamente después de graduarse en la universidad y la había dejado menos de cinco años después. Durante los quince años siguientes, había conseguido labrarse un nombre excelente en el campo del diseño arquitectónico. Su firma era conocida por su comprensión de las ideas, sus tiempos de realización y su visión de futuro. En aquellos momentos había trabajo suficiente como para dedicarle su completa y absoluta atención.

La Whitlock Designs Incorporated lo significaba todo para Jasper. Entregaba a su compañía el ciento diez por cien de sí mismo. Y, ¡maldición!, no esperaba menos de cualquiera que trabajara para él.

—Sí, bueno. Para usted es fácil decirlo, no tiene que dirigir este local.

Alice sonrió ampliamente.

—No podrían pagarme lo suficiente para que lo dirigiera. Nunca podrían pagarme lo bastante como para dirigir ningún local. No quiero estar al cargo de nada, no quiero esa clase de responsabilidad. Demasiado estrés. Eso te manda a la tumba antes que cualquier otra cosa, fíjese lo que le digo.

Alice se echó el trapo de algodón sobre el hombro, tomó una aceituna y se la metió en la boca.

—Y no sólo eso —añadió—. Consume casi todo tu tiempo. La vida es algo más que trabajar, ya sabe. Yo pretendo disfrutar de cada minuto que pueda.

Aunque quería contradecir sus palabras, Jasper no discutió. Estaba seguro de que lo que Alice decía era completamente cierto para ella, pero a él le encantaba estar al frente de su propia empresa. Para Jasper, el trabajo era vivir y se sentía perfectamente feliz con que las cosas fueran de esa manera.

—Vivir significa algo distinto para cada cual —dijo él—. Para mí, y para todo el mundo que quiera colaborar conmigo, los negocios deben ser lo primero. El trabajo tiene que ser lo único importante de la vida. Demonios, tiene que ser la vida misma, y punto.

Alice le contempló intensamente.

—Si quiere saber mi opinión, eso es una estupidez.

—No recuerdo haberle pedido su opinión.

Por lo general nadie, absolutamente nadie, le hablaba a Jasper sincera y dogmáticamente. No se atrevían. Pero aquella actitud era perfectamente normal viniendo de Alice. Jasper la esperaba y, más que tolerarla, la agradecía. En más de una ocasión ella había sido su abogado del diablo y el tira y afloja del que disfrutaba con ella era algo que no compartía con ninguna otra persona.

Era raro que Jasper no conociera a Alice tan bien. ¡Demonios! Ni siquiera sabía su apellido, ni siquiera se tuteaban. Pero había estado acudiendo al Cosmo's tres o cuatro veces a la semana desde que había trasladado su estudio al edificio de enfrente. De eso hacía dos años y, por aquella época, Alice empezaba a trabajar en el restaurante.

En algún momento Jasper había alterado su horario de trabajo para que coincidiera con el de ella, deteniéndose a cenar en el restaurante sólo las noches en que sabía que ella estaría detrás de la barra. No sabía por qué hacía eso. Pero a Jasper le gustaba Alice. Le gustaba mucho. Era divertida, animada, un cambio bienvenido después de un largo día de estrés y presiones. Estaba atractiva vestida con aquella camisa blanca de hombre que siempre parecía venirle dos tallas grandes y las corbatas que llevaba eran siempre algo interesante. Tenía una sonrisa bonita. De algún modo conseguía que se sintiera mejor antes de irse a casa. En aquel mismo instante notaba cómo las tensiones y la irritación se desvanecían de cada rincón de su cerebro.

Un par de veces había estado a punto de invitarla a salir, pero nunca había llegado a proponérselo. Jasper nunca salía con mujeres durante demasiado tiempo y no deseaba poner fin a la camaradería fluida que compartía con Alice.

Cuando levantó los ojos del escocés, ella le miraba pensativamente y Jasper se preguntó qué estaría pasando en aquella hermosa cabecita morena.

—¿Está diciéndome que prefiere trabajar quince o dieciséis horas antes que un horario normal y volver a una casa donde le espere una esposa y una familia? —preguntó ella como si presintiera sus pensamientos.

—Dios me libre. ¡Menuda pesadilla! Mire, tengo cuarenta años y soy fanáticamente soltero. ¿No le sugiere nada eso?

Alice se encogió de hombros sin dejar de sonreír.

—Quizá no sea tan buen partido, después de todo.

Jasper se quedó con la boca abierta antes de reírse.

—¡Vaya, muchísimas gracias! Para su información le diré que ha habido muchas mujeres que intentaron atarme corto y salirse con la suya a mi costa. Por lo general, la suya consistía en un agradable paseo hasta el altar.

—Pero eso no entra en sus planes, ¿verdad?

—Desde luego que no —dijo él moviendo la cabeza con vehemencia.

—¿Ni siquiera por los niños? ¿No es usted uno de esos tipos que se mueren por dejar su marca en el mundo en forma de un pequeño señor Whitlock júnior?

Jasper fingió que le daban escalofríos.

—¡Dios, no! No puedo soportar a los críos.

—¿Está seguro? —preguntó ella arqueando ambas cejas sorprendida.

—Del todo. Piénselo un poco. Cuando son pequeños, lo único que hacen es estar tumbados y mirarte, exigiéndote que lo hagas todo por ellos. Después, cuando echan a andar, siempre están haciendo cosas que no deberían, tienes que estar encima de ellos todo el santo día. Cuando son adolescentes... ¡Demonios! Será mejor que lo olvidemos. Y al final, cuando crecen hasta ser adultos, se convierten en unos completos desagradecidos y no les importa todo lo que has hecho por ellos, todo lo que te has sacrificado.

Jasper tomó un trago de escocés antes de seguir.

—No me diga que se sorprende de lo que pienso. Usted tampoco parece la clase de mujer que quiere aburrirse criando un montón de niños. Yo diría que también le encanta estar soltera.

—Me encanta estar soltera, pero también me encantan los niños.

Alice se agachó detrás de la barra buscando algo. Cuando reapareció, llevaba una cartera en la mano. La abrió y hojeó las muchas fotografías que contenía protegidas en láminas de plástico.

—Este es mi sobrino Simón —dijo mostrándole la foto—. Es el bebé más maravilloso del mundo. Mire qué sonrisa. Es imposible que no le parezca adorable.

Jasper observó la foto fingiendo interés.

—Adorable, sí. Oiga, me muero de hambre. ¿Qué me recomienda?

Alice suspiró y volvió a menear la cabeza mirándole. Jasper pensó que repetía mucho aquel gesto esa noche, como si hubiera estado considerándole parte de un proyecto importante sólo para hallarle defectuoso de alguna forma. Alice continuó estudiándole mientras guardaba la cartera. O quizá no fuera defectuoso, aquel brillo de sus ojos era definitivamente de interés.

Jasper desechó aquella idea. Pensó que estaba trabajando demasiado y que había malinterpretado los gestos de Alice. Nunca le había dado muestras de querer conocerle mejor y, habiéndola oído quejarse de sus relaciones con los hombres, sabía que él no era su tipo.

Y aunque lo fuera, aunque Alice se le acercara con los brazos abiertos, Jasper sabía que él nunca sucumbiría. No era nada personal. Creía que, si tuviera que comprometerse con alguna mujer, Alice sería una candidata más que probable. Pero los compromisos conducían a las relaciones y las relaciones exigían demasiado tiempo para que funcionaran correctamente. El tiempo era un artículo de lujo. Jasper tenía muy poco para dedicarlo a otra persona. Por lo tanto, la relación con una mujer era lo último que podía permitirse.

Contemplando a Alice, que iba al otro extremo de la barra a por el menú, suspiró con melancolía. Reconoció que quizá había pasado demasiado tiempo sin saborear los aspectos más íntimos de una relación. Se preguntó cuándo había sido la última vez que le había hecho el amor a una mujer y quién había sido esa última mujer. Trató de recordar los detalles y... sus ojos se dilataron cuando lo consiguió. No, no podía haber pasado tanto tiempo. Sacudió la cabeza sin poderlo creer. Era obvio que no había tenido tiempo para una relación.

Si tan sólo pudiera encontrar una mujer agradable con la que compartir un par de interludios sin compromiso. Por desgracia, la mayoría de las mujeres que podían acceder a tales encuentros lo hacían para ganarse la vida y no era eso lo que él tenía en mente. No podía hacerle el amor a una desconocida ni a alguien que trabajara con su sexo. Para su aventura fantástica necesitaba una mujer que le importara, al menos hasta cierto punto, y a la que él le importara también, pero que no le exigiera toda su atención cuando todo hubiera terminado.

—Muy bien. De acuerdo —murmuró en voz alta.

¿Pero qué mujer que se respetara iba a acceder a un acuerdo así? Ninguna que él conociera, desde luego. Levantó la vista de la bebida y descubrió a Alice ante él. Le tendía el menú para que lo consultara.

—¿A mí me parece maravilloso? —dijo ella— ¿Quiere probarlo?

En un momento de desconcierto, Jasper pensó que ella se estaba ofreciendo para la clase de relación esporádica que él había estado imaginando. Entonces se dio cuenta de que debía haber estado hablando consigo mismo sin oírla y que sólo había escuchado las últimas frases.

—¿Cómo? Lo siento, estaba pensando en otra cosa. ¿Puede repetírmelo?

Alice le miró con notorio interés y Jasper no pudo evitar la sensación de que estaba evaluándole de algún modo. No obstante, cuando ella habló, utilizó su timbre de voz normal y los platos que le propuso fueron todo menos eróticos.

—Estaba diciendo que el pollo de la casa está realmente delicioso. Yo misma lo he tomado para cenar. Pero las gambas étouffeé también me parecen maravillosas. Y sé lo mucho que le gusta el marisco. ¿Quiere probarlas?

Jasper la miró un momento antes de contestar y por primera vez se dio cuenta de que Alice tenía los ojos azules más hermosos que había visto nunca. No de un azul pálido y vidrioso, sino un azul profundo, de media noche, que casi rozaba el violeta. No supo explicarse por qué no se había dado cuenta antes.

—Sorpréndame —contestó al final, no muy seguro de referirse exclusivamente a la cena—. No sé muy bien lo que quiero.

—De acuerdo.

Mientras ella se daba la vuelta para cursar el pedido, Jasper observó con mucho interés la eficiencia de sus acciones. Se movía con facilidad y soltura, completamente inconsciente de sus gestos, cómoda con el entorno y consigo misma. Aquello era algo que Jasper nunca había logrado. Siempre había un matiz de timidez en él, una vocecita que nunca le dejaba olvidar la humildad de sus orígenes ni el miedo a acabar siendo un don nadie.

Sin embargo, nunca había tratado del todo de deshacerse de sus temores porque sabía que ellos le habían proporcionado el impulso para conseguir que el éxito y la fortuna hubieran llegado antes de lo que anticipaba. Pero ahora que había probado lo dulce que podía ser la vida, prefería que lo ahorcaran antes de hacer algo que pudiera poner en peligro su posición. Incluso aunque significara pasar el resto de su vida solo. A la larga, sabía que sería más feliz así.

Alice le entregó la orden del señor Whitlock a uno de sus compañeros que volvía a la cocina y casi estuvo a punto de golpearle en la cara. Se disculpó avergonzada. El trabajo era flojo, incluso para un martes por la noche, pero su coordinación había sido mala desde el momento en que había empezado su turno. Como siempre hacía en esas circunstancias, empezó a preguntarse por qué no se había esforzado por sacarle un mejor partido a su licenciatura en humanidades que el trabajar en un bar.

Pensó que quizá se debía al hecho de que, por mucho que había buscado, nunca jamás había encontrado un anuncio de trabajo en el que pidieran una licenciada en humanidades.

—¡Tu pedido, Alice!

Alice se volvió y vio que el camarero había lanzado una bandeja de ostras rockefeller deslizándose sobre la barra. La alcanzó justo antes de que cayera

—¡Mike! —exclamó después de servir el aperitivo a una pareja elegante que estaba sentada en la barra.

—¿Qué quieres? Es mi hora de fumar un cigarro.

Alice le dedicó lo que sabía era su mejor sonrisa.

—¿Tienes un minuto?

El sonrió volviendo a la barra.

—Claro. Pero sólo uno. Y eso porque eres tú.

—¿Te importa si te hago una pregunta personal? —dijo ella tratando de fingir un interés más íntimo por él.

—¿Cómo de personal? —dijo él ensanchando la sonrisa.

—Te graduaste en Princeton, ¿no?

Mike asintió.

—Y ahora vas a Vilanova, a la facultad de derecho.

—¿A dónde quieres llegar, Alice?

Alice dibujó unos círculos ociosos con el índice sobre la barra. Levantó la vista y se fijó en su pelo rubio, sus ojos azules y su constitución atlética. Además, tenía el mismo color de piel que ella. De modo que si le pedía que fuera el padre, su hijo se parecería a ella de todas maneras

—Bueno, estaba pensando en preguntarte si...

Se interrumpió cuando Mike lanzó una exclamación, se inclinó y se llevó una mano al ojo izquierdo.

—¿Qué pasa? —preguntó alarmada.

—Nada, nada —murmuró él masajeándose suavemente el párpado de un ojo lacrimoso—. Ya está bien.

Alice le miró detenidamente.

—¿Llevas lentillas?

—Sí. Sin ellas veo menos que un murciélago.

—¡Oh!

Mike se limpió las lágrimas. El ojo se le había hinchado y enrojecido.

—Bueno, ¿qué? ¿Cuál era esa pregunta personal que querías hacerme?

—¿Tan mal tienes la vista?

—La tengo peor. Todos en mi familia la tienen fatal. No creo que ninguno de nosotros hayamos salido de la niñez sin gafas. Yo llevaba unas de culo de botella.

—Comprendo.

—Vamos, esa pregunta personal —insistió él, claramente interesado en ser lo más «personal» posible con Alice.

—Bueno... No importa. He olvidado lo que iba a decirte.

—Vaya —dijo él visiblemente decepcionado—. Bien, si lo recuerdas...

—Te lo haré saber.

Cuando Mike se perdió de vista, Alice sacó un trozo de papel muy gastado del bolsillo y lo desdobló. El nombre de Mike figuraba a mitad de la lista, bajo otra media docena que habían sido tachados. Ben había sido su primer candidato a padre ideal, pero se enteró de que se había prometido hacía poco. Tayler, el segundo candidato, había vuelto de una excursión a esquiar con dos brazos y una pierna escayolados. Jack, cuyo pelo castaño y ondulado adoraba, también tenía un hermano en la cárcel y Alice no quería arriesgarse a que el gen de la delincuencia apareciera en un hijo Suyo. Donnie había llevado un aparato dental hasta la universidad.

Por el momento, ninguno de los candidatos que ella había considerado con buen potencial genético estaba resultando. Siempre parecía haber algo que no acababa de gustarle. Recordó que Edgar se había acercado mucho, pero tenía el puente de la nariz desviado y, a pesar de todas sus negativas, ella no estaba convencida de que no hubiera sido en alguna pelea. También podía ser congénito. Y Michael... Bien, era casi perfecto hasta que confesó que carecía de la menor inclinación musical y Alice no estaba dispuesta a dar a luz un niño sin talento.

Por lo tanto, la cuestión del segundo juego de cromosomas que necesitaba para tener un hijo seguía planteada. Pensó mirando la lista que tenía que haber alguien. Alguien que quisiera tener una pequeña cita con ella, quizá dos, dependiendo de lo bien que fueran las cosas en la primera, y después salir de su vida sin más comentarios, ¿pero quién?

Miró con disimulo al señor Whitlock, la única persona que frecuentaba el bar cuyas visitas apreciaba realmente. La mayoría de sus clientes habituales eran unos soplagaitas. Por eso no había explorado en ese grupo a la búsqueda de padres potenciales. Pero, mirándolo bien, el señor Whitlock...

Volvió a consultar la lista que tenía en la mano. Quedaban cinco nombres, hombres que ella no conocía particularmente bien. No estaba segura de poder hacer el amor con alguien que apenas conocía, sobre todo cuando ni siquiera hacía el amor tan a menudo con hombres que conocía extremadamente bien. Pero se le agotaba el tiempo. Era la tercera semana de febrero. Faltaban dos semanas para que ovulara otra vez. Si quería un niño en Navidad, y deseaba con toda su alma ese niño, tenía que encontrar un padre en seguida.

—Tu pedido, Alice. Gambas étouffée.

Mientras caminaba lentamente hacia el hombre que le había pedido que le sorprendiera, empezó a mirarle como nunca lo había hecho. Cuando le puso el plato delante, él levantó la vista para decirle gracias y Alice se encontró mirando unos ojos verdes y claros, rebosantes de inteligencia.

Alice se apartó mientras él empezaba a comer, observándole de cerca, fijándose con interés en el corte de pelo caro que llevaba, en su cabello rubio, en los pómulos altos, en la mandíbula perfectamente esculpida, en los labios perfectos bajo una nariz perfecta, sin una sola marca. Siempre había considerado que el señor Whitlock era muy atractivo. También sabía que, aunque no tenía más de cuarenta años, estaba a la cabeza de una de las firmas arquitectónicas más prometedoras de Philadelphia.

El señor Whitlock levantó la mano para saludar a otro de los habituales y ella aprovechó para estudiar sus ojos de perfil. No llevaba lentillas. Cuando se volvió, la descubrió mirándole y le sonrió. Alice se dio cuenta de que uno de sus dientes estaba ligeramente montado sobre el otro. No lo suficiente como para estropear su aspecto pero sí para que ella supiera que nunca le habían hecho un trabajo de ortodoncia.

Sacó el lápiz que llevaba en la oreja y añadió otro nombre al final de la lista, dibujando una flecha desde allí hasta el espacio que había bajo Mike. Después se guardó el papel en el bolsillo.

—Oiga, señor Whitlock —dijo pensativa con la excusa de volverle a llenar el vaso—. Mire, hay algo que siempre he querido preguntarle.

—Adelante —dijo él.

—¿Toca algún instrumento musical?