Disclaimer: Todos los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia es una adaptación de Elizabeth Bevarly.


Capítulo 3

Casi una semana después de que Alice le hubiera pedido que fuera su semental, Jasper estaba sentado en su oficina sopesando seriamente las posibilidades que se le presentaban. Al fin y al cabo, no había podido pensar en otra cosa durante seis días. En realidad, estaba tan obsesionado con la camarera morena que le había prestado muy poca atención a sus obligaciones, cosa que no cuadraba con su carácter. Había evitado ir al Cosmo's desde aquella conversación crucial, inseguro de cuál sería su reacción al volver a verla. Además, por mucho que le sorprendiera a él mismo, no sabía qué contestación iba a darle la próxima vez que se encontraran frente a frente.

A una parte sustancial de su ego le repugnaba la idea de no representar para una mujer sino un medio para alcanzar un fin. El convencimiento de que a Alice sólo le interesaba una parte de él, una parte muy íntima además, y eso sólo temporalmente, era sorprenderte, como mínimo. Había que tomar en cuenta consideraciones éticas y morales. ¿Adónde iba a parar el mundo cuando una mujer abordaba a un hombre al que apenas conocía y le pedía que le hiciera el amor con el único propósito de producir una descendencia en cuya vida no tendría después ni voz ni voto? No había dudas de que debía rechazar su proposición, desde luego.

Sin embargo...

Otra parte de Jasper se sentía algo más que intrigada con la idea. Aquella misma noche, hacía menos de una semana, él estaba sentado en la barra del Cosmo's deseando encontrar una manera de mantener un breve contacto sexual con una mujer que le importara un poco y después dejarlo sin llegar a una relación, sin herir sentimientos. ¿Acaso lo que Alice le había pedido no le proporcionaba exactamente esa oportunidad?

Y en el fondo, tenía que admitir que había algo excitante en la idea de hacer un niño con Alice. Porque estaba convencido de que el niño que él le ayudara a concebir sería varón. Un niño robusto, dispuesto a lanzarse al mundo y que él habría contribuido a gestar, aunque no fuera responsable de su educación. A pesar de su convencimiento de que los críos eran un fastidio, la posibilidad de crear uno le resultaba comprensiblemente seductora.

Pero, claro, el niño que él y Alice produjeran sería un hijo con el que él jamás volvería a tener contacto. Tampoco estaba muy seguro de que le gustara aquella idea. Aunque también había miles de hombres responsables de la paternidad de incontables niños gracias a sus donaciones a los bancos de esperma y que no se preocupaban por eso. Por otro lado, Jasper Whitlock no era uno de ellos.

Se levantó de la silla, fue a la ventana y miró hacia el ajetreo de la calle. ¿Por qué Alice le había escogido a él? No dejaba de hacerse esa pregunta. ¿Y por qué no le había dicho sencillamente que no quería tener nada que ver con su plan y acabar de una vez por todas? Porque en lo más hondo no podía librarse de un deseo imperioso de hacerle el amor a Alice Swan. Y no sólo porque ella quisiera un niño. Y tenía que admitir, aunque no de buena gana, que quizá tampoco porque se sintiera bastante solo a veces.

Con la mente dando vueltas a todas las implicaciones que se desplegaban ante él, Jasper se enderezó la corbata, tomó la chaqueta y el abrigo y, por primera vez en toda su vida, salió temprano del trabajo.

Alice estaba cuidando a su sobrino como hacía todos los lunes por la tarde en su piso pequeño del centro. Acababa de darle de comer y de lavarle para que durmiera la siesta, cuando oyó una serie de repiqueteos rápidos en su puerta. Tomó al niño en brazos, le arregló el pijama azul y tiró de los calcetines amarillos que se negaban a mantenerse donde les correspondía. Todavía faltaban dos horas para que Edward pasara a recogerle pero, de vez en cuando, su cuñado dejaba la obra un poco antes para llevarse a su hijo.

Decir que se sorprendió cuando vio la cara de Jasper por la mirilla sería decir muy poco. Deseó que la hubiera avisado antes de presentarse allí, justo cuando ella llevaba sus vaqueros más viejos y su más veterano suéter de la universidad, todo salpicado con comida de Simón y sin maquillaje ni zapatos.

¡Maldita sea! ¿Por qué los hombres tenían que ser tan monstruosamente difíciles?

En el momento en que abría la puerta, Simón le agarró el pelo con las dos manos en un esfuerzo por conseguir lo que se había convertido en su última meta, subírsele a la coronilla. Alice no tenía ni idea de por qué le había dado por ahí, pero a resultas de su maniobra, no pudo saludar cordialmente a Jasper porque tenía la barriguita del crío en toda la cara.

—¿Alice? —le oyó decir con su voz profunda y resonante.

Con cautela, apartó a Simón un poco y se asomó por un costado del niño. Desde luego era Jasper Whitlock, vestido con un traje espléndido y con el aspecto de ser el hombre que gobernaba el mundo. Alice no tardó en sentirse avergonzada de su indumentaria de canguro, por no mencionar el accesorio de un niño agarrado a su pelo, balbuceó algo que sonó a saludo mientras trataba de quitarse a Simón de la cara.

—Pasa —dijo mientras trataba de convencer al niño para que bajara a su hombro—. Hace tiempo que no te veo.

Había empezado a preguntarse si no le habría asustado para siempre después de su pequeño «téte—a—téte». Aunque le esperaba todas las noches, él no había vuelto, y ella había descubierto lo mucho que echaba de menos sus visitas habituales.

Con un tirón final, se las arregló para quitarse al niño de la cara. Le tomó con un brazo e intentó arreglarse el pelo con la mano libre mientras mantenía la esperanza de no parecer demasiado ridícula.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, incapaz de seguir conteniéndose.

Jasper entró en la casa sin quitar los ojos del niño que se aferraba a su hombro. Simón también le miraba con recelo, la cabeza apoyada en el hueco del cuello de su tía, sin disimular la curiosidad y la desconfianza que le merecían aquel desconocido.

—He ido al Cosmo's a verte, pero entonces he recordado que tenías los lunes libres.

Al cabo la miró a los ojos y Alice volvió a sorprenderse de lo claros y verdes que eran los suyos. No pudo evitar preguntarse por qué no se había fijado en ellos antes.

—Los lunes y los miércoles —dijo ella en voz baja, sin saber muy bien por qué se molestaba en recordárselo—. Cuido a Simón esos días. Le sienta bien cambiar la rutina de la guardería. Además, me encanta hacerlo. Oye, ¿cómo has averiguado mi dirección?

—Bueno, nadie en el restaurante estaba dispuesto a dármela, eso por descontado —dijo él, molesto de que no le hubieran considerado digno de confianza los camareros de un bar donde se había dejado una suma considerable a lo largo de dos años—. De modo que la busqué en la guía. Sólo hay una A. Swan. Me arriesgué y veo que he acertado.

—Un hombre de recursos.

—Tampoco es para tanto.

Jasper se aproximó y estudió al niño de cerca.

—Así que éste es tu sobrino, el que te ha hecho replantearte el asunto de la maternidad.

—Jasper, te presento a Simón Cullen —dijo ella con una sonrisa—. Simón, éste es Jasper Whitlock. Es amigo mío, puedes fiarte de él.

Jasper la miró cuando ella dijo que era su amigo y Alice deseó saber lo que estaba pensando. Tenía una expresión rara, indescifrable para ella. De modo que sonrió experimentalmente y se sorprendió cuando él le contestó con un breve fruncimiento de sus labios. El niño rompió la tensión al apuntar a Jasper con un brazo regordete.

—¿Bob? —dijo tranquilamente.

Lo que Jasper frunció esa vez fue el ceño. Miró a Alice.

—¿Bob? ¿Quién demo...? —Jasper se detuvo y comenzó otra vez en deferencia a los tiernos oídos del pequeño—. ¿Quién es Bob?

Alice se echó a reír.

—Nadie. Bob es su palabra preferida. Puede hacer otros sonidos, papa, mama, guiga, baba, aba, toda esa conversación seria de bebés, pero «bob» es la que más le gusta.

—Bob —repitió Simón satisfecho.

Se debatió inquieto entre sus brazos y Alice lo dejó en el suelo. De inmediato se puso a cuatro patas y empezó a gatear.

—Bob—bob—bob—bob —canturreó alegremente mientras se dirigía a un edredón que había en el suelo con varios juguetes de plástico de colores vivos encima.

Jasper le miró y se dio cuenta de lo incongruente que era el área de juegos del niño en comparación con los muebles y la decoración sofisticada de la casa. También se fijó en los protectores acolchados que cubrían todos los ángulos de los muebles y en la completa ausencia de cachivaches en las tres primeras estanterías de la librería, objetos que habían sido evacuados de cualquier manera en zonas más elevadas. La mayoría de los juguetes estaban desparramados por la habitación, sobre el sofá, bajo la mesa y las sillas, y un libro de hojas duras cuyos bordes aparecían sospechosamente mordisqueados yacía olvidado junto a sus pies.

Le sorprendió que una mujer que prefería las líneas claras y los muebles minimales permitiera semejante desorden en su casa. Entonces se volvió para ver que Alice miraba con una devoción y un amor tan obvios al niño que dejó de preguntárselo.

Cuando Simón dejó caer el trasero sobre el edredón y se entretuvo con algo que parecía una rosquilla de plástico verde, Alice se volvió hacia Jasper y se sintió mortificada al descubrirle observándola. Un rubor se le subió a las mejillas. Rápidamente, apartó la mirada e hizo una seña con el pulgar por encima del hombro.

—¿Te apetece un café? —preguntó en un tono nervioso que él no alcanzaba a comprender—. Sólo será un minuto. Tengo mezclas internacionales, si las prefieres. Ya sabes, de ésas con las que celebras los mejores momentos de tu vida. ¿O eso era la película Kodak? ¿O la ATT? Vaya, con tantos anuncios a veces no distingo. ¿Era la Hallmark? ¿La Coca—co...?

—Alice —interrumpió Jasper con voz tranquila.

Alice se pasó una mano nerviosa por el pelo y miró hacia un punto por encima del hombro de Jasper.

—Dime.

En aquel momento Jasper se quedó completamente en blanco, no tenía idea de qué quería decirle, de por qué había ido a su casa o de por qué de repente no quería irse.

—Yo... ¿Te parece bien que me quede un rato? Creo que tenemos que hablar un poco más sobre esa... proposición que me hiciste.

Jasper se dio cuenta de que ella se sorprendía al saber que todavía estaba considerándolo. Estaba sorprendida y obviamente encantada.

—Por supuesto que puedes quedarte. Y a cenar, si te apetece. Tengo un par de filetes en el congelador que podría meter en el microondas. Y también puedo preparar una ensalada y un par de patatas. No soy un chef para gourmets ni echándole mucha imaginación. Yo misma como en el restaurante antes de empezar a trabajar, pero soy capaz de lo más básico cuando la ocasión es desesperada.

Jasper sabía que debía rechazar la invitación, que debía desanimar cualquier otro encuentro con ella que no fuera meramente casual, sobre todo porque había ido a decirle que no podía ser el hombre que ella buscaba. En cambio, se sorprendió a sí mismo quitándose el abrigo y la chaqueta, dejándolos con toda confianza sobre una silla y aflojándose la corbata.

—Sólo si dejas que te ayude en la cocina. Yo sí cocino bastante bien.

—El puesto es tuyo —dijo ella sin dejar de sonreír.

—Y lo del café es una buena idea. Pero me conformo con uno corriente.

Mientras Alice se atareaba en la cocina, Jasper se puso cómodo en el sofá, cerca de Simón. El niño no le prestó atención, concentrado como estaba en sus juguetes. Jasper no podía recordar cuándo había sido la última vez que había estado tan cerca de un niño. Y le sorprendió quedar tan cautivado por él.

—¿Qué tiempo tiene Simón?

—Va a cumplir diez meses. Tendrá un año en mayo. ¿A que es muy guapo?

—Sí —dijo él distraídamente—. Sí, muy guapo.

Como si supiera que era el centro de la conversación, Simón levantó la cabeza e hizo un sonido con los labios que parecía el motor de un bote. Entonces se echó a reír, deleitado por su propio éxito. Ofreció el juguete a Jasper antes de metérselo en la boca y quedarse completamente inmóvil contemplando al hombre grande que tenía delante. Había algo en su expresión, en su mirada clara, sincera y desinhibida que afectó a Jasper en lo más hondo. No es que le hiciera sentir incómodo o inquieto, al contrario, la total confianza con que le había aceptado le hacía sentirse inexplicablemente bien. Solamente bien, en un sentido que nunca había conocido, era una sensación extraña.

—El café estará listo en un momento —dijo ella volviendo al salón.

Se sentó en una silla al otro lado del niño. Con un suspiro, se inclinó hacia delante, apoyó los codos en las rodillas y puso la barbilla en una mano mientras que la otra colgaba relajada entre sus piernas.

—Bien, volvamos a la discusión de la semana pasada

Alice había ido directa al grano. Jasper se removió inquieto y tuvo que volver a acomodarse entre los cojines sin poder creerse que hubiera sido él quien había propuesto que hablaran de eso.

—Sé que te plantearás muchas preguntas —dijo ella—. Y una de las más importantes es asegurarte de que quedarás protegido respecto a las consecuencias.

—¿Protegido?

—Frente a las responsabilidades legales —dijo ella en un tono sentencioso que no le gustó a Jasper—. Me doy cuenta de que no me conoces a fondo y de que quizá temas que yo vaya a demandarte dentro de quince o veinte años y pedirte miles de dólares para pagar la universidad, la boda o lo que sea.

Alice se sentó en el borde de la silla, como si tratara de enfatizar lo que iba a decir a continuación.

—Quiero asegurarte desde ahora mismo que no tengo intención de utilizar tus recursos financieros para éste niño. Yo gano bastante en el Cosmo's y disfruto de un plan de seguros estupendo. Mis finanzas están en orden. Estoy completamente preparada y soy perfectamente capaz de criar al niño yo sola. Una vez que me quede embarazada, será el final de cualquier obligación que tengas conmigo o con el bebé. Nunca volveré a molestarte bajo ningún concepto. Estoy a tu entera disposición para firmar cualquier documento que te libre de toda responsabilidad, sea financiera o de otro tipo.

Jasper la miró asombrado. Sinceramente, ni siquiera había pensado en ese aspecto de su acuerdo. Tenía sentido, por supuesto. Era lógico que un hombre no quisiera que le tomaran el pelo en un caso como ése. Sobre todo cuando era la mujer la que deseaba el hijo y no él. Pero, por muy sorprendido que estuviera, algo en él se negaba a la idea de renunciar a toda responsabilidad sobre el niño que Alice se proponía engendrar. No le parecía correcto, a pesar de cómo se había planteado aquel asunto, simplemente no le parecía correcto.

—Pero... —comenzó a objetar.

—Y, naturalmente, espero de ti la misma cortesía. Me gustaría que me garantizaras por escrito la misma seguridad, que no vendrás a buscarme dentro de quince años porque sufras una crisis de madurez, sientas la proximidad de la muerte y quieras ser una parte de la vida del niño. Creo que es lo justo. ¿Tú qué piensas?

—Supongo que sí. Sin embargo...

—La verdad es que hemos de pensar en lo mejor para el niño, ¿no? No sería justo, para él o para ella, alterar su vida cotidiana a esas alturas de su vida, ¿verdad?

—Ciertamente. No obstante...

Alice respiró profundamente mirándole a los ojos, como si se sintiera terriblemente insegura y algo más que un poco asustada. Jasper tuvo el presentimiento de que no tenía tan clara la situación como quería hacerle creer.

—Entonces... Entonces, ¿lo harás?

El tono de su voz le dijo a Jasper que ni siquiera; estaba segura de querer seguir adelante. Él sabía lo que debía hacer, lo que debía contestarle. Sabía que hubiera sido un error colosal, por no decir que hubiera supuesto una violación del comportamiento ético humano.

Pero en vez de mirar a Alice cuando respondió, su mirada se centró en el niño que estaba empeñado en meterse en la boca un bloque de construcción de trapo. Cuando se dio cuenta de que Jasper estaba mirándole, Simón tiró el juguete a un lado y le dedicó una enorme sonrisa. Por primera vez, Jasper se fijó en los cuatro dientecillos que sobresalían de sus encías, dos arriba y dos abajo. Entonces, Simón se echó a reír, un sonido alegre, burbujeante, puro, su naricilla arrugada y sus ojos castaño claro brillantes de emoción. Aquella expresión transformó la cara del niño en una de las visiones más deliciosas que Jasper había contemplado en su vida y no pudo evitar devolverle la sonrisa.

Entonces, para su asombro, se oyó decir a sí mismo:

—De acuerdo, lo haré.

—Muy bien, yo creo que con esto quedan arreglados todos los detalles —dijo ella un rato después mientras Jasper llenaba los vasos con el resto de cabernet.

Estaban sentados en la mesa después de haber recogido los restos de la cena. Hacía horas que Edward había pasado a buscar a su hijo. Entre ellos, sobre la mesa, había un cuaderno y dos lápices. Las hojas amarillas estaban cubiertas con dos tipos de escritura bien distintos. Era el boceto de un documento legal, documento que firmarían para sellar formalmente el acuerdo que habían tomado.

Alice se sintió extraña mientras repasaba los detalles más delicados. Hacía tanto tiempo que quería encontrar el padre perfecto para su hijo, había pasado tantas semanas buscando el candidato ideal que, ahora que lo tenía, no sabía qué hacer a continuación.

—¿Se te ocurre algo más? —preguntó ella.

—No. Creo que esto lo cubre todo. Haré que mi abogado lo pase a limpio y lo revise. De todas maneras, será mejor que tu abogado también le eche un vistazo antes de firmar.

Había hablado tan seguro de sí mismo, como si todo el mundo debiera disponer de un abogado a mano, que Alice no quiso decirle que ella no tenía. Volvió a pensar en los modos de vida tan distintos que llevaban. Jasper era un hombre de gran éxito en el despiadado mundo de los negocios, un hombre que parecía disponer de fondos y oportunidades sin límite, un hombre que era el dueño absoluto de su destino. La suya era una personalidad de primera clase con todas las características de alguien que se hacía cargo de una situación sin que se lo pidieran, que nunca cuestionaba sus propios criterios, que trabajaba de sol a sol para asegurarse de que el trabajo estaba bien hecho.

Por el contrario, Alice actuaba compulsiva y espontáneamente. Sus razonamientos se basaban muy a menudo en el capricho y en la intuición. Hasta que no había decidido ser madre, no le había importado dónde pudiera llevarla el destino. Desde luego, no era una irresponsable. Cultivaba activamente una cuenta de ahorros saneada, vivía de acuerdo a un presupuesto mensual y tenía unas necesidades modestas. Sin embargo, no deseaba ser una persona cuyas responsabilidades se extendieran más allá de su experiencia inmediata. Sin tener que preguntárselo, Alice sabía que a Jasper le encantaban las grandes responsabilidades.

Vivían en dos mundos completamente distintos. Trató de convencerse de que aquello era algo que debía reconfortarla, algo que debía convencerla de que Jasper no pretendería ser una parte de su vida una vez hubiera completado la tarea que le había pedido ejecutar. Por desgracia, enfrentada a sus obvias diferencias e incompatibilidades, Alice se encontró preguntándose a sí misma si la idea de la maternidad era tan buena, después de todo.

—¿Alice? —le oyó preguntar.

—¿Sí?

Alice se dio cuenta de que Jasper llevaba un rato hablando y ella no se había enterado de nada.

—Perdona. Estaba pensando en otra cosa.

No podía estar segura, pero hubiera jurado que Jasper hizo una pausa imperceptible antes de preguntar:

—¿En qué estabas pensando?

—En nada importante. ¿Qué decías?

—Estaba diciendo que... Bueno, a lo que me refería... En fin, que todavía no hemos...

Jasper se calló y fijó la vista en los vasos de vino. Alice le observó pasar el dedo por el borde y, sin poder explicárselo, su corazón se aceleró. El movimiento circular de su dedo era lento, metódico, hipnótico. De repente, Alice sólo podía pensar en cómo serían sus dedos acariciando su piel de la misma forma. Cerró los ojos, tragó saliva e intentó prestar atención a lo que iba a decir.

—Lo que trato de expresar es que todavía no hemos discutido sobre... el plan de trabajo, si sabes a qué me refiero.

Alice abrió los ojos y vio que él la miraba intensamente y tuvo que reprimir el impulso de levantar la mano y acariciarle el rostro.

—¿Un plan de trabajo? —repitió ella perpleja.

—La semana pasada mencionaste que querías tener el niño en Navidad, que estarías... ovulando en dos semanas. Sólo me pregunto si eso significa que...

Alice asintió lentamente para evitar que él pronunciara las palabras que, de repente, ella temía escuchar.

—Quiero que hagamos el amor la semana que viene, como mucho —dijo haciendo un esfuerzo—. Tengo un test de farmacia para averiguar cuándo ovulas, ya sabes. De ésos que te dicen exactamente cuándo es el momento de... Bueno, se supone que son muy fiables.

—¿Eso qué significa?

—¿Qué tal si te llamo esta semana? Quizá el viernes o el sábado. Podría llamarte y cuando... te necesite con seguridad.

Jasper frunció el ceño. No estaba seguro de que le gustara aquella idea. ¿Se había vuelto loco? ¿Qué demonios le había pasado en la cabeza para haber accedido a los planes de Alice? ¿Qué narices creía que estaba haciendo? Se había arrepentido más de cien veces desde que había dicho sí aquella misma tarde.

Entonces se dio cuenta otra vez del modo en que se oscurecían de ansiedad sus ojos azules, recordó la manera en que se mordía el labio inferior cuando meditaba sobre algo. Una vez más recordó el modo en que se había fundido contra su cuerpo cuando la había besado junto al coche y, por alguna razón, no pudo conseguir que sus objeciones tomaran forma en palabras.

—Llámame, entonces.

Alice asintió vigorosamente y su cabello se bamboleó con el gesto. Jasper abrió la boca para añadir algo, pero volvió a cerrarla. Pensó que era ridículo, que lo que estaban planeando era una completa locura. Pero en el fondo, sabía sin la menor duda que iba a llegar hasta el final. Su único temor en esos momentos era que Alice se echara hacia atrás.

—Bueno, se está haciendo tarde —dijo sin mirar su reloj.

Vació el vaso y se levantó de la mesa. Después arrancó las páginas del cuaderno para metérselas en el bolsillo.

—La verdad es que debo irme.

—¿Tan pronto?

La voz de Alice temblaba un poco, pero Jasper se dio cuenta de que se sentía aliviada.

—Me he saltado la mitad del trabajo de hoy. Tengo mucho que hacer esta noche si quiero ponerme al corriente.

Jasper salió de la cocina y se puso la chaqueta y el abrigo. Sentía que Alice le miraba desde atrás y deseó saber qué estaba pensando. Quizá le consideraba menos que humano por haber accedido con tanta facilidad a poseer una mujer para ser el padre de un hijo al que previamente había renunciado. Quizá le preocupaba que él no fuese tan buen candidato, al fin y al cabo

No sabía por qué, pero sintió el impulso de ponerse de rodillas y asegurarle que él era un tipo decente. Quería recordarle que había levantado una compañía pujante de la nada, que era un hombre extremadamente respetado entre sus colegas e iguales, que se había licenciado con las máximas calificaciones en la universidad del estado y que había ganado becas por jugar al béisbol y al jockey. Quería contarle cosas de sí mismo, de su familia, de su infancia, de las esperanzas que tenía para el futuro. Quería que Alice supiera que podía confiar en él. Y se dio cuenta en aquel momento de que quería que Alice supiera que le importaba.

Pero no dijo nada porque sabía que ésas eran cosas que Alice no querría oír. Y por mucho que deseara preguntarle cuáles eran sus esperanzas y qué sueños tenía para el futuro, decidió que era mejor no saberlo.

Se recordó a sí mismo que habían hecho un trato, un trato que él iba a cumplir. Iba a hacerle el amor a Alice, iba a darle un hijo y después desaparecer de su vida para siempre.

Cuando se dio la vuelta, la encontró mirándole, como si hubiera estado pensando cosas parecidas. Jasper abrió la boca, olvidó lo que iba a decir y se acercó a ella. Sin darse cuenta de lo que estaba haciendo, inclinó la cabeza y la besó rozando su boca con los labios en una caricia suave como un suspiro. Entonces, al darse cuenta de lo que había hecho, retrocedió de inmediato.

Pero no llegó muy lejos.

Porque Alice se había agarrado a su abrigo y no le soltó, a pesar de la castidad de su beso. Jasper se sorprendió de verla mirarle con un anhelo como nunca había conocido en otra mujer, un anhelo que reflejaba la absoluta necesidad que ardía en su interior. E, incapaz de controlarse, Jasper se inclinó hacia ella otra vez.

Sin embargo, aquel beso fue todo menos casto. Toda la tensión que Jasper había estado sintiendo desde que la había visto con su sobrino, toda la simple y pura necesidad que un hombre siente por una mujer, subieron hirviendo a la superficie y, cuando la estrechó entre sus brazos, fue con la intención de no soltarla jamás.

Entonces Alice le echó los brazos al cuello para tenerle más cerca. El enredó los dedos en su pelo, deleitándose al descubrir que era tan sedoso como había imaginado. Inclinó la cabeza hacia un lado para besarla más profundamente, para saborearla por completo y, durante unos momentos vertiginosos, olvidó todo lo que habían pactado.

Hasta que Alice se apartó de él con un suspiro jadeante, cubriendo su boca con una mano trémula mientras se pasaba la otra por el pelo con gesto nervioso. Respiró honda, entrecortadamente, y dejó salir el aire con lentitud. Entonces, cruzó los brazos sobre el abdomen.

—Bueno, sí. Yo creo que va a funcionar bien —dijo con una voz tranquila pero que sonó como un disparo en la quietud de la habitación—. Entonces, ¿nos vemos la próxima semana?

Jasper asintió, pero no confió en sí mismo para decir una sola palabra. Alice también asintió.

—A menos, claro, que aparezcas por el Cosmo's alguna vez.

Jasper también respiró profundamente antes de responder.

—¿Quieres que me pase por el restaurante de vez en cuando?

—Claro, ¿por qué no? —dijo ella con una risilla forzada.

Jasper se dio cuenta de que trataba de aparentar calma y aplomo, pero que fingía fatal.

—Bien, supongo que te veré mañana por la noche, como de costumbre —dijo él metiendo las manos en los bolsillos del abrigo.

—Bien —dijo ella atragantándose con la palabra, carraspeando y volviendo a repetirla.

—Hasta mañana por la noche —dijo él buscando la puerta.

—Hasta mañana por la noche —repitió ella—. Como siempre.

Jasper salió sin hacer comentarios, pero se detuvo en el pasillo. Lentamente, giró en redondo hasta mirar la a la cara.

—Alice, yo...

—Buenas noches, Jasper —le atajó ella sin ganas de oír sus explicaciones—. Y gracias por todo.

Jasper apretó los labios, pero no discutió.

—Buenas noches. Ya hablaremos.

Con una sonrisa final, Alice cerró la puerta y Jasper se quedó mirando los números de latón y la mirilla. Nunca en su vida se había sentido tan confuso. Y, además, estaba absolutamente seguro de que aquello no era sino el comienzo de sus problemas.