Disclaimer: Todos los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia es una adaptación de Elizabeth Bevarly.
Capítulo 4
Al contrario de lo que había asegurado, Jasper no fue a verla al restaurante la noche siguiente. Ni tampoco la siguiente. Ni la otra. En realidad, tan férrea era su decisión de evitar el Cosmo's, al que le parecía haber ido más veces que a su propia casa, que casi llegó a convencerse de que el episodio con Alice y su deseo de que él fuera el padre de su hijo no había sucedido y no era otra cosa que un extraño sueño. Casi.
Hasta que volvió a verla el miércoles.
Estaba a punto de entrar en la sala de reuniones contigua a su oficina, cuando su secretaria, Lucille, le llamó por el interfono para decirle que una tal señorita Alice Swan, que no tenía cita previa, había expresado su deseo de hablar con él. Jasper miró su reloj y vio que ya llegaba cinco minutos tarde a una reunión con sus asociados y una muy buena cliente potencial y, adoptando un tono de nombre de negocios, le dijo a su secretaria que le comunicara a la señorita Swan que la llamaría a su casa aquella misma tarde. Entonces, sin esperar a oír lo que sucedía a continuación, entró deprisa en la sala de reuniones para atender a sus negocios.
«¡Cobarde!», se dijo mientras caminaba. «Escapar de una mujer cuyo único deseo es que le hagas el amor».
Cerró la puerta y se pasó una mano por la cara como si quisiera borrar de su rostro cualquier expresión que pudiera dar a entender la naturaleza de sus pensamientos. Entonces, se enfrentó al grupo de hombres y mujeres que, sentados en sillones de color ciruela en torno a una mesa de cristal ahumado, le miraban expectantes.
—Siento llegar tarde—dijo, dirigiendo sus disculpas ante todo a la mujer que se sentaba al otro extremo de la mesa.
La señora María Montgomery era una mujer con la que había que contar, no necesitaba recordárselo. Una personalidad enérgica en el mundo de las inversiones inmobiliarias que podía encauzar millones de dólares en dirección a sus bolsillos. Había sabido por habladurías que era atractiva e inteligente, que tenía un éxito arrollador y que era muy rápida para decidir quién merecía su tiempo y quién no. Jasper sabía que tenía que hilar fino si quería ganársela como cliente. Sin embargo, él también había acumulado su fama por su trabajo y no creía que fuera a tener dificultades a no ser que la reunión saliera inusitadamente mal.
Estaba más que preparado para aquella presentación. ¿Qué podía salir mal?
Casi involuntariamente, sus ojos se apartaron de su atractiva oponente y se encontró mirando a la pared de cristal que daba a la recepción de su oficina. Y allí vio a otra mujer que tenía en sus manos una parte de su futuro, una mujer que parecía considerablemente menos fría y comedida que la señora Montgomery.
Alice estaba en medio de la recepción con un impermeable empapado sobre su ropa de trabajo masculina, haciendo gestos frenéticos con los brazos por encima de la cabeza para llamar su atención. También su pelo estaba mojado y pegado a la piel dándole un aspecto frágil de golfilla callejera. Cuando vio que la miraba, dejó caer los brazos a los costados y sonrió aliviada, obviamente segura de que se apresuraría a salir a verla.
Por el contrario, Jasper se apresuró a apartar la vista y se dirigió al grupo reunido alrededor de la mesa.
—Tenemos muchas cosas que tratar esta mañana y ya que les he hecho esperar, ¿por qué no voy directamente al punto esencial de la presentación?
—Plink, plink, plink, plink...
Un repiqueteo metálico, en rápida sucesión, impidió que siguiera hablando porque todos se volvieron para localizar la fuente de dónde provenía. Y todos descubrieron a Alice pegada al cristal de la pared, llamando con los anillos de su mano y creando aquel ruido molesto. Cuando se dio cuenta de que todos la miraban, sonrió nerviosa y movió los dedos a modo de saludo. Entonces centró su atención en Jasper, llamándole con un dedo en un esfuerzo por sacarle de la sala de juntas.
Jasper trató de ignorarla y realizó un esfuerzo equivalente para continuar con la presentación.
—Señora Montgomery —dijo atrayendo la atención del grupo sobre sí—. Tengo algunas ideas estupendas para este proyecto y creo que descubrirá que satisfacen de sobra sus necesidades. Una innovación verdaderamente sugestiva es...
—Plink, plink, plink, plink, plink...
De nuevo, todos los presentes se volvieron a mirar a la cristalera. Alice no sonrió, pero continuó mirando a Jasper intencionadamente. Levantó su otra mano y señaló el reloj con un gesto exagerado y expresivo. Todo el mundo se volvió a mirar a Jasper.
Jasper miró a la señora Montgomery y continuó.
—Una innovación verdaderamente sugestiva y que creo tendrá en cuenta es...
—Plink, plink, plink, plink, plink...
Jasper suspiró exasperado y trató de animarse con el hecho de que aquella vez, solo unos pocos se habían vuelto a mirar a Alice. Continuaba gesticulando hacia su reloj de pulsera, pero su expresión era más insistente, más ansiosa. Los que todavía estaban interesados se volvieron hacia Jasper, que se encogió de hombros. Alice levantó los ojos hacia el cielo como suplicando que Dios le concediera paciencia. Entonces, articuló una palabra con movimientos exagerados de los labios que Jasper no pudo entender. Cuando sacudió la cabeza dando a entender que no la comprendía, ella articuló más despacio. Jasper no tuvo ninguna dificultad en traducir.
Las palabras que tan teatralmente articulaba eran, «Estoy ovulando».
Jasper abrió mucho los ojos, esperando que nadie más hubiera descifrado el mensaje. Por suerte, todo el mundo parecía haberse aburrido con la escena. Volvió a mirar a Alice que seguía señalando su reloj. «Ahora», articuló mientras que con movimientos de los brazos le indicaba que se apresurara a salir.
—Eh... Lo siento mucho. Discúlpenme un momento.
Sin esperar respuesta, abandonó la sala de conferencias.
—¿Qué demonios estás haciendo aquí? —susurró airadamente después de cerciorarse de que nadie podía escuchar su conversación.
—¿Tú qué crees? —contestó ella igualmente frenética—. Estoy ovulando. Ahora mismo, mientras hablamos. Tienes que hacerme el amor.
—¿Ahora mismo?
—Bueno, según las instrucciones del test, cuando la prueba da positivo, y se ha puesto tan rosa como el Conejo de Pascua, la ovulación tiene lugar en las siguientes veinticuatro horas. Pero podría estar sucediendo en este preciso momento.
—Pero dijiste que no te sucedería hasta mañana. O el viernes, o el sábado incluso. ¿No podríamos dejarlo para el sábado? Estoy en medio de una reunión muy importante y...
—No es que haya calculado mal —le interrumpió ella—. He estado sintiéndome un poco ansiosa estas últimas semanas. Eso puede alterar el ciclo de una mujer.
—Pero...
—Sin peros. Tenemos que hacer el amor.
—¿Ahora mismo? —volvió a repetir él.
—Ahora mismo.
—¿Aquí?
Alice volvió a levantar los ojos al cielo.
—Claro que no.
También ella miró furtivamente a ambos lados para cerciorarse de que no podían oírles. Entonces, con una sonrisa inquieta anunció:
—He tomado una habitación para nosotros en el Cuatro Estaciones.
Jasper arqueó ambas cejas.
—¿Bromeas?
—Por supuesto que no. Es un hotel estupendo, bonito y romántico. Sólo está a un par de manzanas de aquí. Me pareció que sería la atmósfera perfecta para... bueno, tú ya sabes.
—Alice, yo...
—De modo que tienes que darte prisa. Una vez que se desprenda ese óvulo, estaremos hablando de una oportunidad que sólo dura doce horas.
Jasper se la quedó mirando completamente atontado, tratando de convencerse de que estaba soñando. Por desgracia, la situación era demasiado rara para poder echarle la culpa a su subconsciente.
—No puedo irme ahora mismo —dijo—. Tenemos una reunión muy importante.
Una gota de lluvia cayó del flequillo de Alice y resbaló por su mejilla con vocación de lágrima.
—Pero, ¿y nuestra reunión? También es muy importante.
—Lo sé, pero...
—Me lo prometiste, Jasper. Y tengo un contrato —le recordó, adoptando lo que estaba segura que era una actitud de fuerza.
Sin embargo, empapada como estaba, sólo daba la impresión de ser una niña abandonada e indefensa. Una niña a la que Jasper deseaba besar de repente. Ella metió la mano en el bolsillo interior del impermeable y sacó el documento en cuestión.
—¿Lo ves? Tiene nuestras dos firmas. Es legal y te obliga a cumplirlo.
«Ese estúpido contrato», pensó él.
Esa era otra de las cosas que no podía creer que hubiera hecho, firmar aquel maldito papelote. Su abogado le había dicho de todo cuando Jasper le había llevado las hojas amarillas para que las formalizara. En realidad, se había pasado más de una hora intentando convencerle de la cantidad de cosas podían salir mal con aquel acuerdo. Jasper fue incapaz de contradecirle ni una sola vez. Así y todo, le hizo formalizarlo, aunque siguió diciéndose idiota a sí mismo mientras firmaba sobre la línea de puntos antes de mandárselo con un mensajero a Alice.
Se dio cuenta de que las pestañas mojadas hacían que sus ojos parecieran más grandes, más azules.
—Muy bien. Te veré en el Cuatro Estaciones dentro de dos horas.
Alice puso cara de decepción.
—Pero...
—Mira Alice, dos horas no pueden suponer ninguna diferencia.
Jasper le puso las manos sobre los hombros y le dio un apretón cariñoso. Entonces, al ver que se habían convertido en el centro de atención tanto del salón de reuniones como de la oficina, retiró las manos inmediatamente.
—Puede que no —dijo ella a regañadientes.
—Además, te dará un poco más de tiempo para pensarlo, para estar segura de que es lo que quieres hacer.
—¡Oh! No tengo ninguna duda sobre eso —dijo ella vehementemente—. Aunque algo me dice que tú puedes cambiar de opinión.
—No, no —mintió él—. Estoy perfectamente dispuesto a... cumplir con nuestro acuerdo. Pero...
Jasper miró hacia atrás por encima del hombro y a la sala de conferencias donde sabía que estaba a punto de perder la cliente más importante de su carrera.
—La verdad es que esta reunión es de suma importancia.
Alice miró por encima de su hombro. Jasper se dio cuenta de que sus ojos localizaban al instante a la morena despampanante que era la señora Montgomery. No estaba seguro, pero hubiera jurado que Alice se desanimó cuando vio la otra mujer.
—Sí, seguro que será muy importante.
—Dos horas —insistió él mientras alzaba dos dedos como si hablara con un niño—. Te veré dentro de dos horas.
Alice dobló el contrato y volvió a guardárselo, entonces se apartó el pelo mojado de la cara.
—Vale.
Buscó en otro bolsillo y sacó un objeto lo bastante pequeño como para que quedara oculto en la palma de su mano. Se lo pasó a Jasper tras echar otra mirada furtiva a su alrededor.
—Ten, es la llave de nuestra habitación —susurró—. Dos horas. Te estaré esperando.
Jasper cerró la mano sobre la tarjeta de plástico, sintiéndose como un agente secreto aficionado en una película de espías realmente mala.
—Gracias, Mata Hari —murmuró entre dientes—. ¿Hay una clave especial o alguna clase de contraseña que deba saber?
—No —respondió ella con una sonrisa trémula—. Sólo que no me hagas esperar.
Y giró en redondo y se fue de su oficina sin mirar atrás. Jasper la miró con una mezcla de agitación y deseo. Seguía sin explicarse qué le estaba pasando, aquélla no era su manera habitual de comportarse. ¿Dónde estaba el Jasper Whitlock serio, eficiente, completamente metido en su papel de hombre de negocios, que solía ser? Últimamente estaba arriesgando sus relaciones profesionales, actuando por impulso y sin ningún sentido de la planificación y de la previsión. En vez de ser el dueño absoluto de su futuro, sentía como si el destino le hubiera dado un cocotazo cuando él no estaba mirando y todavía no se había recuperado del golpe.
Se metió la mano en el bolsillo y volvió a pensar que todo aquello era una locura. Sin embargo, se dio cuenta de que estaba divirtiéndose con aquel estado de caos, nuevo para él. Cuando volvió a entrar en la sala de juntas, sus invitados y colegas le miraban con una clase distinta de anticipación que antes.
—Mis disculpas por este nuevo retraso —dijo con una sonrisa melancólica que no acertó a ocultar.
Se volvió hacia un caballete cercano, pasó la primera página y prosiguió con la presentación.
Estaba absolutamente loca. Había hecho algunas cosas raras en su vida, pero pedirle a un hombre que le hiciera el amor para que pudiera tener un niño, era, incuestionablemente, la rareza más descomunal de todas. Sin embargo, esperaba con verdadera ilusión pasar la tarde junto a Jasper y no le sorprendía descubrir que no sólo por razones reproductivas.
Contemplando la lluvia por la ventana del hotel, recordó las palabras de la doctora Madison, «Si vas a tener un hijo, será mejor que lo tengas ahora».
Qué extraño tener que encontrarse en aquella situación, ella que se había pasado sus años de instituto y de universidad haciendo proselitismo por el movimiento feminista y la completa libertad de elección que traería consigo el cambio social. A los dieciséis, a los veintiuno, incluso a los veintinueve años, había estado segura de que se quedaría soltera y sin hijos para siempre. No tenía interés ni necesidad de hombres ni de pañales y biberones en su vida. Hasta que llegó Simón. Y hasta que su ginecóloga le advirtió que se quedaría sin hijos a no ser que hiciera algo de inmediato para remediarlo. De repente, la palabra «elección», el concepto glorioso que siempre había sido su bandera, había adquirido un nuevo significado. Porque, de repente, su capacidad de elección en lo que se refería a la maternidad quedaba considerablemente reducida.
Había tenido que pensarlo deprisa y a conciencia. Por primera vez en su vida había considerado seria y sinceramente lo que significaba quedarse sola hasta el último día de su existencia. Sus padres habían muerto. Su hermana estaba casada y había comenzado su propia familia. Y su hermano mayor, Seth, otro firme creyente en que la vida se vivía en solitario, pasaba la mayor parte del tiempo viajando e imposible de localizar. ¿Y eso dónde la dejaba a ella a los cincuenta o a los sesenta años?
Al final se había dado cuenta de que la dejaba sola. Y, entonces, la idea de una soledad independiente dejó de parecerle tan atractiva como en su juventud. Poco a poco, Alice se dio cuenta de que la independencia se distribuía con una etiqueta en la que venía un precio. Y la soledad era un precio demasiado alto.
Hizo su elección al decidir que no quería estar toda la vida sola. Escogió ser madre. Y viendo el poco tiempo que le quedaba, había tomado otra decisión. Escogió no esperar a enamorarse de un hombre.
Porque Alice sabía que los hombres no se parecen en nada a los niños. Bueno, quizá sí, pero no en un aspecto extremadamente importante. Los niños, mientras los ames, los respetes y permanezcas a su lado, son tercos en su cariño. Los hombres, al contrario, te tiran a la basura en el momento en que pasa por delante algo más atractivo.
Un niño, sí, decidió. Un hombre, jamás.
Ahora, mientras consideraba la lujosa y cara suite del hotel que había tomado y que en realidad no podía permitirse, Alice reafirmó su decisión. Estaba haciendo lo correcto. Si perdía aquella oportunidad con Jasper, podía no volver a tener otra.
Como conjurados por sus pensamientos, una serie de golpes rápidos sonaron en la puerta. Alice respiró hondo, contó hasta diez y soltó el aire lentamente. Echó una última ojeada a la habitación para cerciorarse de que todo estaba en orden.
El perfume de un ramo de flores exóticas y ráfagas de música suave llenaban la suite. La comida que había pedido al servicio de habitaciones acababa de llegar y el champán se helaba en su cubitera plateada junto a un surtido de fruta, quesos y diferentes clases de pan. Abrió una esquina de la cama, lo justo para que los dos recordaran el motivo de aquella cita a media tarde y alisó las arrugas de la sábana y de la almohada.
Todo lo necesario para un encuentro romántico estaba allí. Todo, excepto una cosa. Con una inspiración final, se acercó a la puerta y la abrió.
Muchas gracias por los reviews los leo a todos y cada uno de ellos y agradezco que se tomen su tiempo para agradecer el trabajo.
Como esta historia no es Edward-Bella no tiene muchos seguidores, pero como ya dije, esta bueno darle importancia a otros personajes. Reviews?
