Disclaimer: Todos los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia es una adaptación de Elizabeth Bevarly.
Capítulo 5
Jasper estaba allí, su traje oscuro parcialmente cubierto por una gabardina salpicada de lluvia. Una mano sostenía a un lado un paraguas mojado, la otra sujetaba una rosa amarilla. Alice sonrió tratando de controlar el temblor que quería sacudirla de pies a cabeza.
—Hola —musitó.
—Hola —contestó él.
—Me alegro de que pudieras venir.
—No me lo perdería por nada del mundo.
Siguieron mirándose sin moverse hasta que Jasper extendió la mano con la rosa.
—Supongo que roja hubiera sido más apropiada para la ocasión, pero, de alguna manera, pensé que te iba más la amarilla.
Alice se llevó el capullo perfecto a la nariz e inhaló profundamente, deleitándose con fuerte aroma dulzón.
—Es hermosa. Y las amarillas son mis preferidas. Gracias.
Jasper siguió mirándola un rato sin hablar.
—¿Puedo... Puedo pasar?
—¡Oh! Claro —dijo ella apartándose de la puerta.
En el momento en que él estuvo dentro, Alice cerró. Él se quitó la gabardina y fue a colgarla en el armario, junto al impermeable de Alice. La imagen se le antojó extraña a ella, dos prendas de abrigo, las únicas ocupantes del armario. Cuando Jasper se volvió para mirarla, hubiera jurado que estaba pensando lo mismo.
Acarició suavemente los pétalos de la flor y se preguntó qué iba a hacer. Nunca antes había jugado el papel de seductora y no sabía cuál debía ser el protocolo en una situación semejante.
—¿Te apetece un poco de champán? —preguntó.
—Sí, me encantaría. Pero deja que lo sirva yo.
Con dedos rápidos y experimentados, quitó el papel metálico y la chapa que cubría el corcho. Con un repentino «pop», el tapón saltó.
Jasper tomó dos fresas de un cuenco de plata y las echó en sendas copas altas antes de llenarlas de champagne. Con una en cada mano, se acercó a la cama.
—Sabes beber champán —dijo refiriéndose al Dom Pérignon.
Alice se encogió de hombros y aceptó la copa que le ofrecía.
—Bueno, después de todo, trabajo en un restaurante.
Probaron el vino en silencio, sin dejar de mirarse, como si evaluaran la situación mientras pensaban cuál sería su próximo movimiento. Alice nunca se había sentido nerviosa con un hombre, nunca había tomado a ninguno tan en serio como para sentir ansiedad. Sin embargo, Jasper la ponía más que nerviosa. Hacía que sintiera cosas que nunca había sentido. Cosas salvajes y vertiginosas, extremadamente excitantes. Y no estaba segura de que debiera sentir aquellas cosas cuando el hombre en cuestión era poco más que un trampolín hacia su felicidad venidera.
—Bonita música —dijo él, indicando un solo de saxo que parecía invitarles con su lamento—. Coltrane. Muy bueno. ¿Eres muy aficionada al jazz?
Alice hizo un gesto negativo mientras bebía. El líquido, burbujeante y frío, le sentó bien a su boca súbitamente reseca.
—No. Quiero decir que realmente no entiendo mucho de jazz. Aunque Cosmo no pone otra cosa en el restaurante, nunca le he prestado demasiada atención.
—¿Qué clase de música te gusta?
—La alternativa, sobre todo.
—¿Y qué es eso?
—¡Ah, bueno! Pues Spin Doctors, Gin Blossoms, Lemonheads, Counting Crows... —su voz se apagó mientras una nube de confusión ensombrecía su rostro—. Creo que le llamaban la Nueva Ola cuando tú eras joven.
Jasper se detuvo a mitad de llevarse la copa a los labios. La miró ceñudo.
—Disculpa. Resulta que creo ser joven todavía. Desde luego, no estoy preparado para que me metan en un asilo.
Alice soltó una risilla.
—Sólo estaba bromeando, Jasper. ¡Vaya! Espero que nuestro niño herede mi sentido del humor.
La súbita mención del motivo por el que se encontraban allí hizo que los dos se pusieran serios inmediatamente.
—¿«Nuestro» niño? —repitió él con una voz engañosamente tranquila.
Alice se quedó asombrada, sin poder creer que hubiera utilizado aquella expresión.
—Quería decir mi niño.
Jasper asintió y tomó un sorbo de su copa. Alice deseó poder leer sus pensamientos.
—Este es tu espectáculo, Alice. ¿Qué hacemos ahora?
«Buena pregunta», pensó ella.
—No sé... Supongo que podríamos... Quiero decir que yo podría... O quizá tú. Da lo mismo.
—Yo podría, qué.
—¿Besarme?
Sin dudar un momento, Jasper dejó su copa, le quitó la rosa y la otra copa de las manos y la tomó decididamente entre sus brazos. Antes de que ella tuviera la oportunidad de pensar en lo que estaba pasando, le rozó la boca con los labios en una caricia dulce, inquisitiva y simple. Ella cerró los párpados, sus dedos se aferraron a las solapas de la chaqueta y su cuerpo se fundió contra él. Jasper se apartó un segundo y luego volvió a besarla exactamente de la misma manera. Alice sólo podía pensar en que nunca antes se había sentido tan... mimada.
No supo cuánto tiempo estuvieron abrazados, intercambiando roces inofensivos y caricias tímidas. Lo que había empezado como una exploración sutil, se hizo más atrevida gradualmente. Los dedos de Alice viajaron por voluntad propia hasta su cuello, hasta su cara, hasta su cabello. A ciegas, palpaba todas las superficies que encontraba, desde la tela suave de su camisa, a la aspereza cálida de su barbilla y la suavidad de sus cabellos. Su olor la rodeaba, una fragancia picante y dulce a la vez, algo que nunca antes había descubierto en un hombre.
Y, mientras que ella le exploraba lentamente, Jasper comenzó su propio examen. Conforme sus besos se hacían más y más intensos, Alice sintió que sus manos recorrían todo su cuerpo. Le había puesto la mano en la nuca, enredando sus dedos en el cabello, pero la soltó y le puso ambas en los hombros. La apretó contra sí, abriendo las manos sobre su espalda, deslizándolas casualmente por su espina dorsal sólo para detenerse en la curva de su cintura, como si temiera llegar más lejos.
Alice se apartó de él sólo el tiempo suficiente como para estudiar su rostro y se sintió aliviada de lo que vio allí. Jasper estaba tan nervioso como ella e igualmente dispuesto a llegar a su obvia conclusión.
—¿Tienes miedo? —preguntó ella en voz baja.
—Sí —dijo él asintiendo—. Sí que lo tengo.
—Yo también —dijo ella con una sonrisa.
—¿Quieres que paremos? ¿Has cambiado de idea?
—No, yo...
Intentó encontrar palabras para expresarse pero ninguna parecía adecuada.
—Me siento bien, Jasper. De algún modo, creo que hacemos lo correcto. Creo que es una señal.
—¿Una señal de qué? —preguntó él antes de besarle la frente y apoyar su cabeza contra la de ella.
Alice cerró los ojos ante la sensación trémula que la invadió al sentir que le acariciaba la mejilla con el pulgar
—Creo que vamos a tener éxito hoy. Creo que vamos conseguir ese niño.
—¿Estás segura? —dijo él poniéndole otra vez las manos en el hueco de la espalda—. ¿Estás absolutamente, segura de que es esto lo que quieres hacer?
—Sí. Es exactamente lo que quiero hacer.
Jasper estudió de cerca a la mujer que estrechaba entre sus brazos y deseó con todo su corazón tener el valor de preguntarle por qué hacía todo aquello. ¿Era sólo porque quería un hijo? ¿O podía haber una pequeña parte de ella, oculta en lo más hondo, que quizá también le deseara a él un poquito?
Decidió que era mejor permanecer callado. Podía no gustarle la respuesta. De modo que volvió a besarla, disfrutando de la satisfacción de abrazar a otro ser humano tan estrecha y prolongadamente e intentó no recordar lo mucho que había llegado a encariñarse con ella a lo largo de los años.
Cuando Alice alzó las manos para luchar torpemente con el nudo de su corbata, Jasper empezó a desabrochar metódicamente los botones de su chaleco masculino. Cayó al suelo en el mismo momento en que ella sacaba la corbata de debajo del cuello de la camisa. Sus miradas se trabaron mientras se desabrochaban mutuamente la camisa, pero cuando Jasper vio un poco de encaje negro tras la blusa color zafiro, acusó el golpe.
De repente, apresuró sus manos que realizaron la tarea con pasión febril, sacándole los faldones de la cintura antes de buscar el botón y la cremallera de los pantalones, impaciente por descubrir la verdadera naturaleza de su ropa interior. Pero la mano de Alice se cerró sobre la suya y se la apartó con un mohín. Dos brillantes manchas de color encendían sus mejillas. Sus ojos brillaban con algo que Jasper no logró identificar.
—Espera. Déjame a mí.
Alice también le había sacado los faldones de la camisa y había acariciado el vello que cubría su pecho. Como ella, Jasper estaba de pie con la camisa abierta. Pero, donde él estaba esencialmente desnudo, Alice llevaba algo más. Algo que él encontraba muy intrigante.
Sin dejar de mirarle a los ojos, Alice se llevó las manos a la cintura y desabrochó sus pantalones, dejando que resbalaran sobre sus piernas, envueltas en medias de seda oscura. Después se quitó la camisa, tirándola sobre una silla cercana, sin preocuparse de mirar si había alcanzado su objetivo.
Alice Swan, una mujer a la que, hasta hacía poco no había visto sino con su uniforme de trabajo, estaba ahora ante él con poco más que nada, lo cual incluía un ligero negro, medias negras, y zapatos de tacón alto, también negros. Se quedó con la boca abierta de asombro. Nunca, ni en un millón de años, hubiera imaginado que llevaba aquello bajo las informes ropas masculinas que tanto parecían gustarle. Y jamás habría adivinado que tenía un cuerpo tan exquisito.
—¡Ahh! —exclamó elocuentemente.
La miró a la cara el tiempo suficiente para que su sonrisa trémula flaqueara, pero sus ojos se vieron de nuevo atraídos irremisiblemente hacia la lencería.
—¡Ahh! —repitió.
—¿No te gusta? —preguntó ella desencantada—. Creí que éstas eran la clase de cosas que los hombres esperan de las mujeres en un... encuentro sexual.
—¡Ahh!
—Pensé que quizá, digamos, te pondría a tono.
Jasper quiso decirle que estaba a tono desde que le había pedido que fuera el padre de su hijo. Antes, incluso. Era probable que quisiera hacerle el amor desde la primera vez que entró en el restaurante y la vio detrás de la barra.
—Alice, yo...
Continuó contemplando la indumentaria sin dejar de pasarse las manos por el pelo, rascándose con la palma y dejando los dedos en la nuca. Suspiró profundamente.
—No creo que tengas que preocuparte por ponerme a tono. Tú, ¡ahhh! —alzó la vista para mirarla a los ojos—. Créeme, no es ningún problema.
Alice volvió a sonreír con aquella sonrisa tímida que le daba ganas de querer abrazarla y no soltarla nunca. Entonces, dio el único paso necesario para hacer que la temperatura subiera y le puso las manos sobre los hombros. Ella le acarició el pecho con las palmas y las deslizó hacia los hombros para quitarle la camisa que cayó al suelo olvidada mientras las manos se dirigían hacia el cinturón.
Jasper jadeó al sentir los dedos en su cintura. Mientras se inclinaba a besarla, ella le desabrochó el cinturón y le bajó la cremallera de los pantalones. Lenta, plácidamente, dejando que la música que les rodeaba fuera su guía, la llevó hacia la cama caminando hacia atrás, profundizando el beso mientras se movía. Alice le respondió con igual ardor, rodeándole la cintura con las manos.
Y entonces Jasper olvidó por completo el motivo por el que se encontraba allí. Se olvidó de la proposición de Alice, se olvidó del niño, se olvidó del contrato que habían firmado. Sólo un pensamiento se materializaba en la horda de ideas enfebrecidas que abrasaba su cerebro, se dio cuenta de que deseaba a Alice Swan y no sólo para una tarde.
Y entonces, incluso aquel pensamiento desapareció porque Alice había conseguido quitarle el resto de su ropa y podía sentir sus caricias desde la cabeza a los pies. Lenta, deliberada, plácidamente, se apretó con insistencia contra ella, empujándola de espaldas hacia la cama. Juntos ejecutaban una danza desigual de deseo y exploración, hasta que la suavidad de las sábanas les envolvió.
La carne caliente y sedosa y el encaje frío parecieron fundirse y Jasper no podía saber dónde acababa Alice y empezaba él. Enredó los dedos en una cinta negra, anudada discretamente entre sus senos, y tiró de ella llevándosela, profundizando con los dedos para explorar el valle caliente que encontró debajo. Y su mano se aventuró más abajo, pero el encaje negro parecía seguirla hasta que se apelotonó bajo un pecho como si fuera una invitación.
Jasper hizo que su boca siguiera la senda que sus dedos habían trazado, llevó los labios al pezón rosa y erguido que le atraía irresistiblemente. Alice gimió cuando la saboreó y buscó su cabeza para enredar los dedos en su pelo. Jasper devoraba un pecho mientras que con la otra mano acariciaba y apretaba el otro, apartando la tela de su piel. Nunca había imaginado que algo pudiera ser tan suave, tan tierno, tan apetitoso. Nunca se había sentido tan excitado.
También Alice se había perdido en un mundo de sensaciones salvajes. Agitó la cabeza sobre la almohada cuando él succionó y chupó sus pechos, pero cuando sus dedos viajaron más abajo, al ombligo y más allá, alzó la cabeza bruscamente. Jasper exploraba a conciencia partes de ella en las que Alice raramente pensaba. Jadeó cuando él quitó de su cuerpo la lencería y la acarició más íntimamente de lo que nadie la había acariciado nunca.
—¡Oh, Jasper! —susurró—. ¿Qué me estás haciendo?
Alice le oyó reír satisfecho antes de levantar la cabeza para que ella pudiera verle la cara.
—Oye, sólo me estoy poniendo a tono —le dijo con una sonrisa pícara.
Otra incursión de sus manos hizo que ella pusiera los ojos en blanco y volviera a gemir. Alice también había olvidado hacía tiempo la razón de su cita y ahora sólo podía experimentar las sensaciones indómitas que los mimos de Jasper habían liberado.
«¿A tono?», pensó mareada. «¡Ay, chaval!».
Jasper acabó de quitarle la lencería que ella había comprado esa misma mañana para la ocasión hasta tenerla desnuda por completo. Y entonces volvió a ella, le besó las sienes, el cuello, los pechos, el vientre y hundió la cabeza entre sus muslos para ofrendarle lánguidamente un don que Alice no conocía. Ella retorció los dedos entre su pelo y en la sábana bajo su cuerpo, apretando la boca contra la almohada para acallar un grito de rendición.
Para cuando Jasper se movió para poner su cuerpo grande encima de ella, apoyándose en los codos y sujetándole la cabeza, Alice temblaba de necesidad. Alzó unos brazos sin fuerza y le rodeó el cuello, gozando del placer duro y pesado de sentirle encima.
—Jasper —susurró junto a su boca—. Te necesito. No puedo más.
—¿Ahora? —dijo él con una sonrisa, imitando el tono con que ella le había abordado aquella mañana en su oficina.
—Ahora mismo —insistió ella.
Alice metió la mano entre sus cuerpos hasta que encontró la parte de Jasper que tanto deseaba y cerró su mano sobre ella. Jasper también cerró los ojos y jadeó algo ininteligible, tratando de apartarse. Instintivamente, ella le sujetó con más fuerza, algo que le hizo agitarse salvajemente hasta quedar absolutamente inmóvil. A Alice le pareció un animal enjaulado, un animal que ha saboreado lo que significa ser completamente libre pero que casi ha olvidado, aunque no del todo, lo espectacular que puede ser la libertad. La miró con unos ojos en los que ardían llamas verdes y puso la mano sobre la suya.
—Ha pasado bastante tiempo para mí —dijo jadeante—. No estoy seguro de cuánto más puedo durar.
Alice movió la cabeza de lado a lado sobre la almohada queriendo decirle lo mismo pero insegura de poder pronunciar tantas palabras. Finalmente se decidió por dos.
—Ámame, Jasper —susurró acariciándole—. Eso es todo lo que quiero.
Jasper cerró los ojos y bajó lentamente, dejando que ella le guiara. Un vasto calor blanco le envolvió cuando entró en Alice, demoledor en su intensidad, cegador en su incandescencia. Con cada empuje de su cuerpo se sentía más arrastrado hacia él y sentía que Alice le acompañaba cuando se lanzó a buscar su centro. Y cuanto más se aproximaba, más se abrasaba, hasta que lo único que pudo sentir fue sus dos cuerpos fundiéndose. Jasper gritó su nombre en un susurro jadeante mientras alcanzaba la cumbre para después colapsarse entre sus brazos.
Durante mucho tiempo no pudo hacer otra cosa que sentir, que maravillarse de la magnitud de su culminación. Entonces, gradualmente, volvió a pensar con coherencia, sólo para encontrarse abrazado por Alice. Ella parecía estar a todo su alrededor. Parecía haberse introducido en cada poro de su cuerpo, en cada célula de su cerebro, en cada latido de su corazón. Lo próximo que supo fue que ella estaba tumbada encima de él. Jasper estaba de espaldas, acunándola entre sus brazos, respirando jadeante y buscando un retazo de pensamiento normal. Enredó los dedos en su cabello y acarició su espalda suave y húmeda. Ella había apoyado la cabeza en la curva bajo su barbilla y le acariciaba el denso vello del pecho. La oyó suspirar, un sonido pleno de satisfacción y de nostalgia.
—¿Estás bien? —se las arregló para preguntar.
Sintió que ella asentía, un gesto de contento.
—¡Ah, sí! —dijo ella alzando la cabeza para mirarle—. Me siento maravillosamente. ¿Y tú? ¿Estás bien?
«Bien» no era la palabra que mejor describía la confesión ardiente que había arrasado su cerebro, pero el resto de su cuerpo se sentía mejor de lo que se había sentido nunca. Él también asintió.
—Sí, estoy bien.
Alice se acurrucó contra él y Jasper hubiera podido jurar que sus dos corazones latían exactamente al mismo ritmo. La besó en la coronilla y se quedó asombrando al descubrir que volvía a desearla. Más desesperadamente que nunca y enseguida.
—Oye, Alice.
—¿Hum?
—Tú, bueno... No trabajas los miércoles, ¿verdad?
—Hum, hum.
—¿No tienes que cuidar de tu sobrino?
—Llamé a Bella esta mañana, cuando el test dio positivo, y le dije que no contara conmigo hoy. Se ha llevado a Simón al trabajo. Hay una guardería en el hospital.
—Comprendo.
—¿Por qué lo preguntas?
—Eso significa que no tienes que ir a ningún sitio esta tarde.
Alice levantó otra vez la cabeza para mirarle y sonrió.
—No...
Su voz se perdió al darse cuenta de hacia dónde iban sus pensamientos. Jasper empezó a pasarle la yema del pulgar arriba y abajo de la espina dorsal.
—¿Sabes una cosa? Sería una verdadera lástima desperdiciar una suite tan bonita. Quiero decir que todavía tenemos que bebernos el champán y la comida parece deliciosa.
—Si...
—Y no creo que haya ninguna razón importante que me haga volver a la oficina
—¿No?
—No. No veo por qué no podemos pasar el resto de la tarde juntos, haciendo... lo que se nos ocurra.
Alice sonrió y se sentó envolviéndose en la sábana como si fuera un sari. Sabía que debía decirle a Jasper que no era necesario que volvieran a intentarlo, que hacer el amor dos veces seguidas en un breve espacio de tiempo no era relevante para la reproducción. Clínicamente hablando, cuando una pareja trataba de conseguir un hijo, era mejor que el hombre descansara cuarenta y ocho horas antes de volver a intentarlo. Alice podía haber citado datos científicos y estadísticas médicas que podrían haber ilustrado de una manera convincente que no había necesidad de que volvieran a hacer el amor esa tarde.
Entonces recordó aquel momento claro como el cristal en que Jasper la había llevado a un lugar en el que ella nunca había estado. Recordó lo mucho que había deseado quedarse allí con Jasper para siempre. Y entonces, se descubrió diciendo:
—¡Qué demonios! Una vez más no puede hacer daño.
Muchas gracias por todos los comentarios :)
