Disclaimer: Todos los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia es una adaptación de Elizabeth Bevarly.
Capítulo 6
Alice trabajaba en un estado de ansiedad la noche siguiente. No dejaba de mirar el reloj y, conforme las agujas se acercaban a las siete, su corazón se agitaba cada vez más. Jasper solía ir a cenar entre las siete y las siete y media y, por primera vez que ella recordara, esperaba su llegada con una mezcla de temor y de emoción, pero sobre todo de preocupación.
Recordaba las aventuras de la tarde anterior con un rubor en las mejillas y un temblor en las manos. Todavía se maravillaba de las cosas que se habían hecho, de lo que Jasper le había hecho sentir. ¿Qué demonios la había impulsado a decirle que podrían volver a su relación de siempre una vez hubiera cumplido con su tarea? ¿Cómo podía haber creído por un sólo instante que nada iba a cambiar después de haber compartido aquella maravillosa experiencia? En el momento en que él entró en el bar, Alice supo que se convertiría en una masa informe y balbuceante. No tenía idea de qué decirle ni de cómo actuar. No se trataba de que estuviera arrepentida o avergonzada, sólo estaba asombrada, maravillada. Vaya, si la tercera vez que habían vuelto a la carga había estado a punto de gritar que le amaba. Y, al despedirse, él le había dado un beso lleno de promesas y de secretos que todavía le hacía suspirar.
Sacudió la cabeza y miró con nostalgia las filas de botellas que había a sus espaldas. Un buen trago de cualquier cosa le sentaría bien a sus nervios, pero no quería ni pensarlo. Tenía buenas razones para creer que había una chispa de vida desarrollándose en sus entrañas. Trató de pensar en eso en vez de en sus recuerdos tumultuosos de Jasper. Se recordó que la aventura del día anterior había sido para lograr un niño y nada más.
Pero cuando miró al espejo detrás de las botellas y vio que él se acercaba, se olvidó completamente de todo lo demás. Al contrario, una oleada casi agobiante de recuerdos eróticos la invadió. Tuvo que contar hasta diez antes de permitirse reaccionar con su presencia. Se tomó su tiempo para estudiarle mientras se acercaba, la confianza con la que se movía y la naturalidad con que llevaba sus trajes caros. Era sorprendente que los dos se llevaran tan bien, que pudieran generar un respuestas tan explosivas en el otro.
Alice le vio sentarse en la barra, sus ojos fijos en los de ella a través del espejo. Alice sabía que tenía que darse la vuelta y decir algo inteligente que aliviara la tensión, pero su cuerpo estaba clavado al suelo que pisaba.
—Hola, Alice —dijo él rompiendo el silencio que amenazaba con tragársela.
Se obligó a girar y mirarle a la cara con toda naturalidad de que fue capaz.
—Hola —dijo sorprendida de que aquella palabra sonara tan libre de miedo.
Con un movimiento automático, tomó la botella de escocés que a él le gustaba.
—No —dijo él—. Esta noche quiero algo diferente.
Alice tenía pánico de preguntar qué era, de modo que se limitó a levantar una ceja en una pregunta silenciosa.
—Champán —dijo él con una sonrisa—. Estoy celebrando algo. Tráeme una botella del que te parezca mejor.
Alice se sintió tentada de decirle que sabía de sobra cuál le parecía mejor, pero se mordió los labios para no abrir la boca. Diciéndose que era una idiota, sacó una botella igual a la del día anterior. Sabía que debía evitar todo recuerdo de esa tarde, pero algo dentro de ella se rebelaba ante la idea de olvidarla.
La sonrisa de Jasper le dijo que había reconocido la etiqueta, no apartó los ojos de sus manos mientras hacía saltar el corcho con un «pop». Llenó una copa de oro efervescente y se la sirvió.
—¿Quieres acompañarme?
Alice negó con la cabeza.
—Estoy trabajando. Cosmo no lo ve bien.
—Y podrías estar embarazada —añadió él.
Alice notó que se ruborizaba.
—Es demasiado pronto para decirlo. No lo podré saber hasta dentro de dos semanas.
—Pero tú crees que lo estás.
Alice se dio cuenta de que era una afirmación, no una pregunta.
—Sí, creo que sí.
Jasper sonrió y levantó su copa hacia ella.
—Y dime, ¿qué celebras esta noche? —preguntó Alice tratando de parecer indiferente, pero sintiéndose a la vez esperanzada y temerosa de que la respuesta les incluyera a los dos.
—Hoy he cerrado un trato con la mejor cliente de toda mi carrera.
Algo frío e incómodo atenazó el corazón de Alice. Descubrió que le costaba trabajo recordar la razón por la que aquella respuesta debería haberla reconfortado.
—Va a proporcionarme los contratos suficientes como para mantenerme ocupado durante los próximos seis años. Probablemente más.
—Eso es estupendo, Jasper —dijo ella con una sonrisa forzada—. Felicitaciones.
—Gracias.
—¿Se trata de aquella mujer que estaba en la reunión ayer en tu oficina?
—Esa misma. María Montgomery. Es alguien muy importante en el mundo de la construcción y la urbanización. Puede que hayas oído hablar de ella.
No, Alice nunca había oído aquel nombre, pero recordaba perfectamente a la morena deslumbrante, de aspecto frío y con unos ojos grises que te traspasaban al mirarte. Había acudido a la reunión con un traje oscuro que rivalizaba con el de Jasper. Sí, la recordaba muy bien, era la que miraba a Jasper como si fuera un postre. No le cabía duda de que aquella mujer iba a ser una cliente de lo más importante.
—No, lo siento —dijo ella tratando de ignorar el extraño ataque de celos—. Pero me alegro de saber que ella va a... ayudarte. ¿Quieres algo especial para comer esta noche? Cosmo está muy orgulloso de sus codornices, pero he probado los medallones de cerdo en salsa de vino y están realmente deliciosos. También hay un filete de emperador que...
—Alice.
Jasper pronunció su nombre en el mismo tono que la tarde anterior, de una manera lánguida, susurrante y muy, muy, seductora. Ella no quiso mirarle, tenía miedo de verle con los mismos ojos, unos ojos que la habían contemplado con algo que ella no había sabido identificar. Golpeó el bloc de notas con el lápiz y se quedó mirándolos como si considerara utilizarlos para una creación literaria.
—¿Sí? —dijo sin alzar la vista.
—La verdad es que me gustaría hablar de otra cosa que no fuera la cena.
—¿Sí? ¿Como por ejemplo?
—De nosotros.
Al final levantó los ojos, pero no miró a Jasper, sino a los helechos que rodeaban el piano a sus espaldas.
—¿De nosotros? ¿Por qué quieres hablar de nosotros?
Jasper se inclinó un poco hacia su izquierda, en un esfuerzo por entrar en su línea de visión. Sin embargo Alice se negó obstinadamente a mirarle. Le oyó suspirar con resignación antes de volver a su postura inicial.
—Creí que después de lo de ayer...
—¿Qué pasa con lo de ayer? —le interrumpió, empeñada en fingir una indiferencia que no sentía.
—Alice, mírame.
Al final, ella cedió e hizo lo que le pedía. Y no tardó en arrepentirse de haberse rendido cuando le miró a los ojos. Era tan atractivo que volvió a sorprenderse de no haberse fijado nunca. Un par de semanas antes, sólo era un cliente más, con la excepción de que mantenía con él una relación mejor de lo habitual. Siempre le había gustado su conversación cuando era el señor Whitlock. Su carrera le parecía fascinante y el hecho de que él buscara su consejo para casi todo la halagaba.
Habían creado una armonía cómoda y amistosa entre ellos. A Alice le preocupaba que la hubieran echado a perder por un encuentro vespertino.
—¿Qué? —le preguntó.
—Creo que tenemos que hablar sobre lo que sucedió ayer —dijo él sin dejar de mirarla.
—¿Por qué?
Alice se dio cuenta de que su actitud le desengañaba.
—Porque es importante.
—Claro que es importante. Estabas cumpliendo tu parte del contrato —dijo ella apartando la mirada.
Cuando volvió a mirarle, su expresión ya no era considerada, sino que su rostro reflejaba irritación. Su voz perdió la ternura que había tenido hasta ese momento.
—Si lo piensas bien, hice mucho más que cumplir con un contrato. Y, si la memoria no me engaña, también tú.
Alice se sonrojó. No se explicaba por qué estaba comportándose de aquella manera, como si fuera un mal cliente que solo quisiera darle las gracias por un trabajo bien hecho. Sólo sabía que tenía que poner distancia entre Jasper y ella de inmediato. Una gran distancia. Y la única forma que se le ocurría de hacerlo era trivializar lo que había sucedido entre ellos. Habían hecho un trato y lo habían cumplido, nada más. Haría bien en no olvidarlo.
—Jasper, lo que pasó entre nosotros ayer es que me hiciste un favor.
—¿Un favor? —repitió él visiblemente ofendido.
Alice asintió, aferrando con fuerza el lápiz y el bloc, rezando con toda su alma para que él no se fijara en el temblor de sus manos.
—Un favor por el que te estoy enormemente agradecida. No estoy segura de que pueda compensarte por tu generosidad...
—¿Mi generosidad? —escupió él.
—Pero tú estabas de acuerdo en... prestarme un servicio.
Jasper abrió mucho los ojos ante la actitud frívola con que ella actuaba y abrió la boca para protestar. Alice levantó una mano para detener sus objeciones.
—Y también estuviste de acuerdo en algo más. Los dos lo estuvimos. Acordamos que, después de que hiciéramos el amor, las cosas volverían a ser exactamente como antes.
Jasper la miró con recelo y una repentina sensación de desesperanza se adueñó de ella. Antes de que él pudiera decir algo que pusiera las cosas más difíciles, Alice se guardó el bloc y apoyó las manos abiertas con las palmas hacia arriba sobre la barra. Pensó fugazmente que parecía un gesto de rendición y suspiró.
—Por favor, Jasper. No conviertas lo de ayer en algo que no es.
Jasper la estudió un momento antes de responderle con voz ahogada y furiosa.
—Entonces, dime, ¿qué fue lo de ayer por la tarde, exactamente?
Alice levantó la barbilla esperando que aquel gesto le diera confianza, aunque no hubiera ni un grano de verdad en sus palabras.
—Necesitaba un hombre, un hombre extraordinario, para que fuera el padre de mi hijo. Tú accediste a ser ese hombre e hiciste lo que yo te pedía. Eso fue todo. Ahora se ha acabado. Nada más. Podemos volver a ser amigos.
—¿Tú quieres eso? ¿Crees que eres capaz de hacerlo?
—Por supuesto —mintió ella—. ¿Por qué no iba a poder?
Un músculo palpitó levemente junto a la comisura de los labios de Jasper.
—¿Y si las cosas no funcionaron como tú crees?
—¿A qué te refieres? —dijo ella mirándole sin pestañear.
—¿Y si no estás embarazada? ¿Qué pasará entonces?
—Supongo que volveríamos a intentarlo el mes que viene. Eso fue lo que decidimos, ¿no? Eso es lo que consta en el contrato.
—No, Alice. Tú lo intentarás. Contrato o no, la próxima vez no cuentes conmigo.
—Pero...
Los ojos verdes relampagueaban, pero Jasper bajó la voz para hablarle.
—Debo haber estado loco cuando te dije que te haría el amor para darte un hijo. Debo haber estado completamente fuera de mí. Intenté convencerme de que lo que tú me proponías ayudaría a crear la situación perfecta. Tú tendrías tu niño y yo un poco de sexo, algo de lo que he andado escaso últimamente, como pone de manifiesto el modo fenomenalmente desquiciado en el que acepté ser tu semental. ¿Pero sabes lo que es una verdadera locura?
Alice movió la cabeza incapaz de pronunciar una sola palabra.
—Lo que fue una verdadera locura es que yo, después de acceder, empecé a pensar que podía haber una posibilidad de... —Jasper sacudió la cabeza —. No, no importa lo que yo empezara a pensar. Olvídalo. Lo que importa es que debo haber estado loco si creí que...
Las últimas palabras las dijo en una voz tan baja que Alice no las oyó. Comprendió que sólo estaba hablando consigo mismo. Jasper sacó un puñado de billetes de veinte y los dejó sobre la barra antes de marcharse del bar.
Alice le miró mientras una tormenta de emociones le machacaba el cerebro. Jasper no miró hacia atrás, pareció olvidarla en el mismo momento en que se dio a vuelta. Se dijo a sí misma que era lo mejor. Cualquier cosa que ella se hubiera imaginado sentir, sólo era el resultado de un encuentro sexual enormemente gratificante. No amaba a Jasper. Era un buen hombre y había sido muy generoso al desempeñar el papel que ella le había pedido, pero no era un hombre para ella. Ningún hombre era para ella.
Apretó los dedos en torno al cuello de la botella de champán y estudió una etiqueta que conocía demasiado bien. Era una bebida muy cara que la gente sólo compraba en las ocasiones más señaladas de su vida. Por lo general, le gustaba mucho. Pero en aquel momento no tenía el menor deseo de probarlo. Sin miramientos, vació la botella en el fregadero, el líquido dorado desapareció por el desagüe espumeando y Alice se preguntó si Cosmo no tendría algún hueco en el turno de día.
Dos semanas más tarde, Alice cerró los ojos cuando sacó la varita de plástico del tubo de la prueba. No estaba segura de querer saber el resultado, tenía miedo de lo deprimida que iba a sentirse si el papel salía blanco en vez de azul. Tomó la varilla entre el pulgar y el índice y la levantó hasta lo que creyó sería la altura de sus ojos. Entonces se obligó a abrir uno.
Azul.
Abrió el otro cautelosamente. La punta de la varilla seguía siendo de un azul oscuro, no había posibilidad de duda. En las instrucciones ponía que si el color era azul, significaba un resultado positivo y podía considerarse en estado. También recomendaba que acudiera al médico de inmediato para someterse a los adecuados cuidados prematernales.
La varilla cayó al suelo mientras ella se llevaba las manos al vientre.
—¡Dios mío!
Durante cinco minutos no pudo moverse del baño. Estaba embarazada, iba a tener un niño. La invadió una felicidad abrumadora que la hizo reír de un modo convulso, pero que era el resultado de una enorme felicidad. Alice se abrazó extasiada. No podía recordar otro momento de su vida en que hubiera sentido tanta alegría.
Tenía que decírselo a Jasper.
Aquel pensamiento surgió de su mente como una locomotora de vapor saliendo de un túnel a toda velocidad. Pero por qué tenía que pensar en Jasper antes que en nadie, era un completo misterio para ella. No había vuelto a ir por el restaurante después de aquella salida furiosa. Y si volvía ahora, ella no le vería porque llevaba una semana trabajando en el turno de día.
Se daba cuenta de que le echaba de menos, pero que sería un error ponerse en contacto con él. ¿Acaso no le había dejado bien claro que no había lugar para él en su vida o en la del niño? ¿No había insistido más de una vez en que su relación terminaría en cuanto ella quedara embarazada? Y ahora que le había dado un hijo, no había motivo para ponerse en contacto con él. Sobre todo porque un hijo era lo último que Jasper quería. Sobre todo porque nunca había tenido el deseo de que su vida incluyera una familia. Había sido tan firme al describir lo mucho que le repugnaban los críos como ella en afirmar cuánto les adoraba. No había razón para llamarle, no querría saber nada de ella.
Jasper había cumplido con el contrato y ella le estaría agradecida el resto de su vida, cada vez que mirara al hijo que iba a acompañarla en ese viaje. Por eso, tampoco había nada de malo en darle las gracias.
Alice sonrió y empezó a canturrear una canción que hablaba de una granja, de los pájaros y los animales que allí había. Era una canción que su madre le cantaba de niña y que la hacía reír al meterse a la ducha.
Jasper contempló los proyectos que tenía sobre la mesa y trató de recordar lo que había querido decirle a María. Ya no era la señora Montgomery. Apenas dos semanas después de haber comenzado el proyecto del centro comercial y ante su insistencia, los dos se trataban con los diminutivos. Jasper se sentía incómodo y molesto.
Sin embargo, en vez de estudiar los diagramas, contemplaba la mano elegante que había junto a la suya. La piel era suave, perfectamente bronceada, incluso en pleno invierno. Sus uñas era óvalos impecables, tan esmaltadas que parecía mojadas. Llevaba anillos en todos los dedos, obras de arte exquisitas que exhibían gemas discretas pero desorbitantemente caras.
Se acordó de las manos de Alice trazando unas sendas eróticas sobre su cuerpo que no tenían nada que ver con las líneas matemáticas de los proyectos. Eran unas manos duras, rojas y secas como resultado de su trabajo en el bar, tenían las uñas cortas y el único anillo que llevaban era el del instituto. ¿Por qué prefería tener las manos de Alice a su lado antes que aquella suma de perfección femenina?
Hacía dos semanas que se había prohibido pensar en ella, pero no pudo evitar preguntarse si sus esfuerzos habrían dado fruto. No podía evitar preguntarse si Alice llevaría un hijo suyo en el vientre.
Se corrigió al instante. El hijo era de ella exclusivamente. Incluso constaba por escrito. Jasper maldijo en silencio.
—¿Jasper? —preguntó María.
—¿Hum?
—Te preguntaba si habría alguna manera de que instaláramos los elevadores del entresuelo en las alas este y oeste en vez de al norte y al sur. Eso los situaría más próximos a los muelles de descarga. ¿No me estabas escuchando?
Jasper suspiró y trató de ahogar aquella impaciencia que surgía de ninguna parte.
—Lo siento, no estaba prestando atención. Puede haber una forma de arreglarlo, pero supondrá muchos cambios estructurales. Y recuerdo que los muelles contaban con sus elevadores propios. ¿Quieres que volvamos a repasarlo?
María le sonrió con deleite.
—Por supuesto. Quizá podríamos discutirlo en la comida. ¿Tienes algún plan?
Jasper pensó que no tenía nada que le evitara pasar una hora con la señora María Montgomery. Una hora que podía convertirse en algo más, ya que ella no ocultaba su deseo de llegar a conocerle mejor. Nada, excepto el hecho de que no quería pasar con ella más tiempo del estrictamente necesario. No podía explicárselo, era atractiva, inteligente, con un sentido del humor sobrio y un enorme acerbo de cosas en común con él.
Volvió a suspirar.
—Lo siento María. Ya tengo un compromiso.
María levantó un hombro y lo dejó caer con indiferencia.
—Bueno, al menos lo he intentado. Quizá en otra ocasión.
—Quizá.
María abrió la boca para decir algo pero el intercomunicador zumbó en ese momento. La eficiente voz de Lucille sonó en el interfono.
—Una tal señorita Alice Swan, que otra vez no cuenta con cita previa, ha venido a verle.
Jasper sonrió. No había nada que trastornara más a Lucille que una persona que no acatara las rígidas normas del sistema de citas. Se preguntó que hacía Alice allí y estaba a punto de decirle a María que tenía que dejarla un momento, cuando las puertas de su oficina se abrieron de golpe. Lo que vio hizo que su sonrisa se ensanchara. Un bonito par de piernas, embutidas en mayas rojas y botas negras de gamuza, sobresalían por debajo de un minivestido de terciopelo. Aparte de eso, lo único que podía ver era un enorme ramo de flores y lo que parecían ser docenas de globos multicolores.
—Muy bien, Lucille —dijo, adivinando que su secretaria se disponía a evitar aquella interrupción—. Yo me encargo de todo.
Los globos se abrieron y dejaron ver la cara de Alice cuya expresión al notar la presencia de María cambió de una felicidad radiante a una decepción creciente.
—¡Oh! —exclamo Alice—. ¿Interrumpo algo? ¿Llego en mal momento?
Jasper miró con disimulo a María y sonrió tímidamente.
—Alice, ésta es María Montgomery, una cliente mía. María, ésta es Alice Swan, mi... mi camarera.
Las cejas de María se arquearon al oír aquella presentación y al mismo tiempo que las de Alice se fruncían en un ceño.
—Encantada de conocerla —dijo María.
—En realidad, ya nos conocemos —dijo Alice—. Bueno, algo parecido. Estuve aquí hace un par de semanas mientras celebraban una reunión.
—¡Ah, claro! Sí, lo recuerdo.
Alice sonrió, complacida de saberlo. María se volvió hacia Jasper con gesto impaciente.
—Mira, la verdad es que tenemos que discutir muchos otros detalles de este proyecto —dijo intencionadamente.
—Alice, tenemos que hablar de algo muy importante. ¿Por qué no nos vemos luego en el Cosmo's?
La cara de Alice volvió a expresar desengaño. Entonces, con la misma cautela que si manejara un valioso jarrón de cristal, dejó las flores y los globos sobre una mesa lateral de teca.
—No importa. Sólo quería pasar a darte las gracias —dijo poniéndose un mechón de pelo detrás de la oreja—. Es que... Bueno, ha funcionado.
Su sonrisa era claramente forzada. Sus ojos miraban hacia todas partes excepto a María y a Jasper. Una mancha de rubor coloreaba sus mejillas. Jasper experimentó una sensación cálida en la boca del estómago, casi tuvo miedo de hacer la pregunta.
—¿Qué ha funcionado?
Alice volvió a mirarles y empezó a retirarse caminando hacia atrás.
—«Eso». Tú ya sabes. Ese pequeño favor que me hiciste hace dos semanas. Todo ha salido según lo previsto. Sólo quería darte las gracias.
—Entonces, significa que estás... Definitivamente...
—Aja. Lo estoy. Definitivamente.
Jasper dio un paso hacia delante y se detuvo.
—Alice...
—Sólo quería agradecértelo. De modo que, gracias, Jasper.
Sin esperar más comentarios de él, Alice se apresuró a salir, cerrando la puerta, un gesto que agitó de nuevo los globos. Jasper los contempló, viendo en cambio la manera en que Alice le había mirado al decirle que estaba embarazada. Parecía maravillada, orgullosa y, maldición, también herida.
Supo que su dolor no tenía nada que ver con el estado en el que se encontraba, sino con el hecho de que él le había pedido que le dejara a solas con María antes de que tuviera oportunidad de darle la noticia.
El silencio de la oficina empezó a hacerse incómodo.
—¡Vaya! —dijo María—. Una persona muy interesante.
—Sin ninguna duda —respondió él.
—No creo que deba preguntar de qué hablabais.
—No, no creo que debas.
Jasper no se había sentido tan mal en toda su vida. Su corazón le ordenaba que siguiera a Alice y le pidiera que le contara todos los detalles. Pero las células racionales de su cerebro le decían que la dejara en paz. No había nada más crucial que el negocio que llevaba entre manos y eso significaba pasar el resto de la tarde con María.
Se dijo a sí mismo que no tenía tiempo para Alice Swan. Había puesto las cosas claras consigo mismo en las dos semanas que habían transcurrido desde que se saliera del Cosmo's enfurecido. Había tenido que recordarse que lo único que importaba en la vida era el trabajo, el trabajo y más trabajo. Nada más. La historia con Alice, con su sobrino, no debía ser más que un relajamiento de su rutina. Le había hecho el amor a una mujer hermosa, todavía le sudaban las palmas de las manos al recordarlo. Había viajado a una lejana tierra de fantasía, separada por completo del mundo real en que habitaba cotidianamente. Un tierra de fantasía que le había permitido echar un vistazo a cómo serían las cosas si fuera un hombre casado y con hijos.
Pero al final se había dado cuenta de que sólo eran sueños. María le había hecho una propuesta que no podía rechazar. Se recordó que era un hombre de negocios y no un padre de familia. No disponía del tiempo ni de la energía para dedicarse a otra cosa que a su empresa. Ahí era donde encontraba satisfacción, ahí encontraba su identidad. No pensaba renunciar a su modo de vivir por nada ni por nadie.
Alice era una buena chica, tendría un niño bueno. Pero no había sitio para él en la vida del niño ni en la de la madre. No sería justo para ellos. Alice y el niño se merecían un padre que se entregara al cien por cien, que estuviera allí cuando le necesitaran y que los pusiera a ellos por encima de todo lo demás. Y Jasper Whitlock no era ese hombre.
De modo que se volvió hacia María con una sonrisa que le hizo sentirse falso e incómodo.
—Todavía tenemos mucho que revisar. Quizá pueda cancelar el compromiso. Lo de la comida parece una buena idea.
He leido cada comentario, aqui van algunas respuestas:
La historia tiene en total trece capitulos, sin epilogo.
Y es completamente cierto que no hay buenas historias de Alice-Jasper.
Esta historia es una ADAPTACIÓN, o sea, que no es mia la idea. Lo que yo hice fue tomar la historia, leerla y pasarla toda con los personajes de crepúsculo. De igual forma agradezco mucho sus reviews porque hacen que me de cuenta que mi trabajo gusta.
Actualmente no estoy adaptando ninguna historia por falta de tiempo. Mis clases comenzaron y ya no estoy todo el día en la computadora adaptando. En cuanto comience con otra adaptación aviso por el perfil o por esta historia.
