Disclaimer: Todos los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia es una adaptación de Elizabeth Bevarly.
Capítulo 7
—¡Chico, sí que estás creciendo!
Alice estaba descalza y en ropa interior sobre la báscula del baño, chupando un caramelo de plátano y frunciendo el ceño ante el comentario de su hermana. Isabella y Rosalie echaron un vistazo por encima de sus hombros y menearon la cabeza al ver el número que marcaba la aguja.
—No puedo creer que hayas ganado tanto peso ya —dijo Rosalie—. ¿Cuánto tiempo llevas embarazada?
—Cuatro meses.
—¿Estás segura? —insistió Rosalie sin dejar de mover la cabeza.
—Claro que estoy segura. He vigilado de cerca este embarazo desde el principio.
Rosalie le sacó el caramelo de la boca.
—Pues será mejor que te tomes los dulces con tranquilidad. Estas engordando demasiado aprisa.
—La culpa es de las náuseas matinales —dijo Alice—. Lo único que me calma el estómago son las hamburguesas de queso con doble ración de béicon y patatas fritas.
—Extraño caso de mareo matinal —rezongó Rosalie entre dientes.
—La verdad es que no sé —dijo Isabella—. Cuando me sucedía a mí, lo único que me calmaba era una buena ensalada de patatas. Eso y los batidos de chocolate.
—¡Por favor! Al menos te suministrabas calcio.
—Oye, ¿Los caramelos de plátano tienen los mismos elementos nutritivos que los plátanos de verdad? — preguntó Alice escondiendo el caramelo detrás de su espalda.
Isabella y Rosalie intercambiaron miradas de escepticismo.
—¿Has leído aquel libro de nutrición que te traje? —preguntó Isabella.
—Cada vez que empezaba a leer sobre comida vomitaba. Sólo estas últimas semanas han empezado a remitir las náuseas. Llego tan cansada del trabajo que sólo puedo leer el periódico. No tengo fuerzas para hacer mucho más.
—Bueno, pues lee el libro —ordenó su hermana—. Es muy importante —dijo mientras le quitaba el caramelo de la mano—. Y cómete un plátano de verdad, para variar.
—Y bébete un vaso de leche.
Alice las miró con cara de pocos amigos mientras se ponía los pantalones de chándal y la camiseta, dos de las pocas prendas de su guardarropa que todavía podía llevar con comodidad.
—¡Tiranas!
Rosalie y su hermana se habían quedado con la boca abierta cuando, hacía tres meses, les había dicho que estaba embarazada. Isabella se había preocupado mucho recordando las dificultades de su propia maternidad, pero Alice la tranquilizó asegurándole que la situación era completamente distinta. Alice había buscado ser madre y no se había encontrado esperando un hijo por accidente, como Bella.
Alice se decía a sí misma que no iba a pasar el embarazo a solas. Isabella y Rosalie jugaban un papel activo al igual que Alice y Rosalie habían apoyado a Isabella en el suyo. Tenía a sus amigas que eran todo lo que Alice necesitaba.
Sin embargo, no conseguía sacarse a Jasper de la cabeza. No había intentado ponerse en contacto con él desde el día en que había ido a su oficina y le había encontrado en compañía de su nueva «cliente». Jasper tampoco había intentado llamarla. Todavía recordaba la manera en que poco menos que la había echado de su despacho, el modo en que la había presentado a la otra mujer diciendo que sólo se trataba de su camarera.
Alice sabía que sólo ella tenía la culpa. También ella le había poco menos que echado del Cosmo's la semana anterior. Sin embargo, le parecía que podía interesarse alguna vez por su estado. Su cliente debía de mantenerle muy ocupado.
Con un suspiro, fue a reunirse con las otras en el salón. Simón estaba sobre un edredón en el centro del cuarto. Alice pensó que no se parecía en nada al niño que había venido al mundo hacía un año.
Intentó imaginar cómo sería su hijo a los catorce meses. Todavía no podía creer que hubiera otro ser humano creciendo en sus entrañas. Aunque había ganado bastante peso y se había visto obligada a comprar otra talla de pantalones para trabajar, su vientre apenas sobresalía. Para alguien que no la conociera, el embarazo no era evidente. Sin embargo, Alice veía cambios en su cuerpo dondequiera que mirara.
—Nunca vas a decirnos quién es el padre, ¿verdad? —preguntó Isabella tomando en brazos a su hijo.
—No es algo importante —contestó Alice.
Isabella miró a Rosalie en demanda de apoyo, pero la otra mujer se limitó a encogerse de hombros y no hizo comentarios.
—No, en serio —insistió Alice—. Es un buen hombre y también es obvio que tiene un mensaje genético fantástico. Eso es lo que cuenta.
—Desde luego debe ser un espécimen de cuidado para dejarte embarazada y luego lavarse las manos —dijo Isabella enfadada.
—Le hice prometer que no se entrometería —se defendió Alice—. Firmó un contrato.
—¿Y ha intentado llamarte desde que le dijiste que estabas embarazada? —preguntó Rosalie—. Porque se lo habrás dicho, ¿no? Por lo menos se merece saberlo, ¿no te parece?
—Sí, se lo dije. Y no, no ha tratado de ponerse en contacto conmigo. Ya os he contado que le hice prometer que no lo haría. Creo que la última vez que fui a verle se lo tomó como un insulto. No era mi intención, pero...
—Aun así... —empezó Isabella.
—Bella, por favor —la atajó Alice—. No quiero hablar más del asunto, ¿de acuerdo?
Alice se daba cuenta de que su hermana no estaba dispuesta a abandonar, sin embargo accedió a su petición.
—Sólo prométeme que me llamarás en cuanto necesites algo.
—O a mí —intervino Rosalie.
—Lo haré —les aseguró. ¿A quién si no iba a llamar?
—Sigo pensando que deberías decirnos quién es el padre —dijo Isabella.
—A mí tampoco me importaría enterarme —la apoyó Rosalie.
—¿Para qué? —preguntó Alice—. ¿Para que contratéis a un par de delincuentes de los suburbios que le rompan las piernas? Ni pensarlo
—No —dijo Isabella—. Para hablar con él y hacerle entrar en razón.
—¿Os habéis vuelto idiotas? Sois peores que la peste.
—Alice... —le advirtió Isabella.
—Es un hombre muy ocupado. No desea una mujer ni un niño en su vida, no más de lo que yo deseo un marido en la mía. Tiene un material genético de primera, pero su potencial como padre o como esposo es nulo.
Isabella abrió la boca para protestar pero Alice la detuvo alzando la mano.
—Créeme, Bella. Conozco a los hombres. Trabajo de cara a ellos y me cuentan sus secretos más íntimos. Jasper...
Alice se mordió los labios, pero se apresuró a continuar esperando que las otras dos no hubieran notado su lapsus.
—... es un adicto al trabajo. Una vez se marca un objetivo lo persigue hasta alcanzarlo. Es muy ambicioso y sólo piensa en su carrera. Es la única familia que quiere o que necesita.
—Entonces, ¿por qué sacó tiempo de su apretada agenda para darte un niño? —preguntó Rosalie.
—No lo sé —contestó Alice sinceramente—. Simplemente, no lo sé.
—Quizá no hayas juzgado también a ese tipo como tú crees —dijo Rosalie—. O puede que ni siquiera él se conozca tanto como piensa.
Alice miró pensativa a su amiga, preguntándose qué pensaba aquella cabecita rubia. Por muy buena amiga que fuera, había mucho en Rosalie que ni ella ni Isabella conocían. Nunca les había contado nada de la vida que llevaba antes de conocer a Isabella en la escuela de enfermería. Alice presentía que en Rosalie había todo un pozo de sabiduría debido precisamente a esas experiencias anteriores. A veces, resultaba misteriosa la capacidad que tenía para penetrar en la naturaleza humana. Y casi siempre, daba en el clavo cuando se trataba de identificar qué hacía funcionar a la gente.
—Creo que está más seguro de sí mismo de lo que ningún ser humano tiene derecho a estar —dijo Alice—. Y también creo que está más que seguro de que una mujer y un hijo no encajan en su esquema de futuro.
—Lo que, por supuesto, a ti te vino que ni pintado, ¿verdad? —Preguntó Rosalie con un deje de escepticismo—. Lo digo porque ya me doy cuenta de que no quieres saber nada con ningún hombre.
Por alguna razón, Alice tuvo el impulso repentino de ponerse a la defensiva.
—Por supuesto que me vino bien. Yo tampoco tengo lugar para él en mi vida.
—Lo que tú digas, Alice —murmuró Rosalie—. Lo que tú digas.
En su elegante piso de la planta decimoquinta de un rascacielos en el centro de Philadelphia, Jasper estaba soñando. Soñaba con una morena de ojos azules y pestañas oscuras cuyas manos eran suaves, rosas, delicadas cuando él se las estrechaba. Y su sonrisa... Jasper suspiró entre sueños. Su sonrisa no se parecía a ninguna que él conociera porque era amplia y espléndida, y mostraba un total de cuatro dientes perfectos.
Abrió los ojos de golpe. Una niña. Había estado soñando con un bebé. Una niña que era la reproducción en miniatura de la mujer que llevaba cuatro meses sin ver. No sólo no había podido olvidar a Alice, sino que ahora invadía sus sueños. Al menos, en versión infantil. No acertaba a explicarse qué podía haber causado aquella fantasía nocturna.
El reloj le informó de que eran las tres y media y que todavía le quedaban dos horas de sueño antes de que se viera obligado a levantarse. Dio unos puñetazos sobre la almohada recordando otra vez a la niña fantasmal que había flotado en sus sueños, se tendió de costado y cerró los ojos. Pero antes de que pudiera respirar, el teléfono junto a su cabeza sonó con un timbre agudo y Jasper dio un bote en la cama.
¿Quién demonios tenía la temeridad de llamarle a esas horas? Pensó que debía tratarse de un borracho que había marcado el número equivocado. Volvió a acostarse decidiendo que el contestador automático cumpliera su misión. Oyó su propia voz, sólida, escueta, luego un «bip» y a continuación una voz de mujer.
—¿Jasper? ¿Jasper, estás en casa? Si estás, contesta, por favor. Te necesito.
Jasper reconoció la voz y salió de la cama como un rayo. Saltó sobre la máquina para detenerla al mismo tiempo que tomaba el auricular.
—¿Alice? —pronunció con la voz pastosa del sueño— ¿Qué pasa? ¿Ocurre algo malo?
Alice dudó un momento y después habló en un tono apremiante y atemorizado.
—¿Puedes venir? Te necesito en seguida. Es una emergencia.
—¿Te encuentras bien? —preguntó antes de acordarse de que estaba embarazada.
«¡Dios mío!», pensó. «¡Es el bebé!»
—¿Alice? ¿Se trata del niño? ¿Va todo bien?
—No lo sé, Jasper. Me siento tan... ¡Oh! Jasper, por favor, ¿puedes venir?
—¿Estás en tu casa?
—Sí —contestó ella entre sollozos.
El llanto, rebosante de desamparo y frustración, llegó hasta los oídos de Jasper que deseó acariciar a Alice a través de la línea telefónica.
—En seguida estoy ahí —gruñó.
No esperó a que ella se despidiera. No perdió ni un segundo. Tomó unos pantalones viejos y una camiseta holgada, se puso los zapatos sin calcetines y corrió a la puerta.
«¡Alice!», pensó. «¡Dios mío, Alice!»
La última vez que la había visto había sido cuando fue a darle las gracias por haberle dado un hijo. Desde entonces, había vuelto al Cosmo's sólo para enterarse de que Alice trabajaba en el turno de día. Jasper lo había interpretado como una señal inequívoca de que no deseaba volver a verle.
De modo que se había entregado por entero a su nuevo proyecto para la Montgomery Constucction Inc., centrándose en él y esforzándose por apartar de su mente cualquier recuerdo de Alice. No obstante, las imágenes de la tarde que había pasado con ella en el hotel, continuaban invadiendo su cabeza en cuanto bajaba la guardia. En esas ocasiones, cuando recordaba sus ropas incitantes y su sonrisa resplandeciente, la facilidad con que se habían comunicado y la naturalidad con que le hacía reír, Jasper siempre deseaba que las cosas hubieran sido distintas entre ellos.
Pensó que nunca debería haber dejado pasar tanto tiempo sin llamarla. Hacía meses que debía haberse asegurado de que la madre y el bebé se encontraban perfectamente. Aunque ella hubiera reaccionado recordándole que no le importaba, al menos hubiera podido convencerse de que estaba bien. Al menos hubiera podido decirle que, a pesar de todo, le importaba mucho.
Corrió por el pasillo y llamó al ascensor.
—Vamos, maldita sea —masculló sin saber muy bien si se refería al ascensor, a Alice o a sí mismo—. Vamos, vamos.
Alice abrió la puerta con ojos enrojecidos y húmedos veinte minutos después. Jasper se dio cuenta de que sólo llevaba una camiseta enorme con propaganda del restaurante, pero antes de que pudiera hablar, ella se arrojó en sus brazos, estrechándole con todas sus fuerzas.
Remotamente sintió el contacto de su vientre redondeado contra su estómago y entonces se perdió en la fresca fragancia de sus cabellos. En seguida recordó lo increíblemente satisfactorio que había sido hacer el amor con ella. Le pasó un brazo por los hombros y con el otro le rodeó la cintura. Alice volvió a apretarse contra él agradecida, como si estuviera sola y ya no fuera capaz de mantenerse en pie.
—¿Qué pasa? ¿Te has hecho daño? ¿Pasa algo malo con el niño?
—Yo... he tenido una pesadilla.
Jasper se la quedó mirando sin poderlo creer, debía haber entendido mal.
—Una pesadilla. Me sacas de la cama en plena madrugada y me haces venir corriendo cuando no hay más que criminales en las calles, me das un susto de muerte... ¿Todo por que has tenido un mal sueño?
—Era un sueño muy malo —dijo ella sorbiendo las lágrimas.
Jasper sabía que debía estar furioso con ella. Tenía que decirle que dejara de hacer tonterías, que se metiera en la cama mientras él se iba a su casa para aprovechar descansando lo que le quedaba de tiempo. Sin embargo, la estrechó entre sus brazos, apoyó la barbilla sobre su cabeza y dejó escapar un suspiro.
—¿Quieres contármelo?
—Sí —dijo ella en un susurro.
Jasper siguió abrazándola un rato, le dio un apretón cariñoso y la llevó al sofá. Pero en vez de sentarse con ella fue a la cocina y le puso un vaso de leche. Cuando volvió, Alice lo miró un momento y alzó la vista buscando sus ojos.
—¿Quieres que te la caliente un poco? —preguntó él.
—No, está bien. Gracias.
Jasper se sentó a su lado, observando cómo ella se bebía la leche mientras le miraba los zapatos.
—Nunca te había visto vestido así —dijo ella al final—. Tan relajado, tan poco convencional. Ni siquiera llevas calcetines.
—Tú tampoco.
—Eso es porque estaba en la cama.
Jasper esperó a que le mirara a la cara para responderle.
—Yo también.
—Lo siento —dijo ella dejando el vaso sobre la mesa—. Es que he tenido una pesadilla horrible y me he despertado aterrorizada. No sabía qué hacer ni a quién llamar. Después de que colgaras, recordé que podría haber despertado a Bella y Edward, o a Rosalie. Pero todos viven en Nueva Jersey y hubieran tardado años en llegar aquí. Tú has sido la primera persona en la que he pensado después de... después de...
—Ya vale, Alice —dijo él.
Se sentía abrumado y animado al mismo tiempo. Alice había pensado en él antes incluso que en su propia familia o en su mejor amiga. Casi sin pensarlo, le puso una mano en el hombro y le frotó los dedos contra la piel.
—¿No vas a contarme tu sueño?
Alice respiró hondo y dejó salir el aire lentamente. Casi no podía creer que Jasper estuviera allí. Había pasado meses tratando de olvidarle, tratando de quitarse de la cabeza las imágenes de la tarde que habían pasado juntos. Y, hasta un momento antes, estaba absolutamente convencida de que él la había olvidado por completo.
Pero al despertar aterrorizada sólo había podido pensar en Jasper y lo mucho que necesitaba tenerle a su lado. Ni siquiera pensó en lo que hacía al marcar su número y tampoco recordaba lo que había dicho por teléfono. Sólo sabía que él había corrido a su lado a pesar de lo intempestivo de la hora. Ni siquiera se había detenido a ponerse unos calcetines.
—En el sueño, yo estaba en el hospital. Acababa de tener al bebé. Al principio, todo era tranquilo y maravilloso. Sostenía a mi niñita en brazos y la miraba, y ella me miraba. Había tenido una niña. Era rolliza, rosada, perfecta y muy hermosa.
Cuando miró a Jasper vio que unas llamas extrañas ardían en sus ojos, pero no pudo ni siquiera imaginarse en qué estaba pensando. Los dedos que trazaban círculos sobre su hombro se habían detenido y una extraña serenidad pareció adueñarse del salón. Fuera, la noche era silenciosa y Alice comenzó a sentir que Jasper era lo único vivo en todo el universo.
—Yo le cantaba, incluso la llamaba Genevieve, que es el nombre que he elegido en el caso de que sea una niña…
—Me gusta —dijo él, comenzando su caricia de nuevo—. Una abuela mía se llamaba igual.
—¿De verdad? —preguntó ella sonriendo.
—Venga, ¿qué sucedió para convertir una escena encantadora en una pesadilla terrible?
—Bueno, yo la acunaba entre mis brazos y de repente se quedó exánime, sin vida. Vino una enfermera y me la arrebató diciendo que yo le había hecho algo malo, que la niña se estaba muriendo. Yo salté de la cama y la seguí por el pasillo hasta otra habitación que estaba llena de médicos, enfermeras y toda clase de equipo quirúrgico. Todo el mundo corría. Conectaron a Genevieve a una máquina, pero algo no funcionaba.
Alice sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas al recordarlo.
—Lo siguiente que recuerdo es que me estaban diciendo que ella… que ella había muerto.
—¡Oh, Alice!
—Pero no me dejaban verla —dijo rompiendo a llorar e inclinándose hacia él. Jasper la rodeó con sus brazos—. Todo sucedió tan deprisa. Todo estaba tranquilo y, de repente...
—Venga, venga —susurró él acariciándole el pelo.
—No querían que la viera. Sólo me decían que estaba muerta. Y yo empecé a gritar «No, no, no». Y me he despertado gritando no, no...
—Vamos, ya está. No pienses más en eso. Es sólo un mal sueño. No pasa nada, Alice. Tú estás bien y estoy seguro de que el niño también lo está.
La acunaba como si fuera una niña y lo único que Alice podía hacer era dejarse llevar. Era maravilloso tenerle allí, todas las dudas que había sentido después de llamarle se habían evaporado. Cerró los ojos y dejó que la consolara, pensando que era estupendo no estar sola. Instintivamente, se llevó la mano al vientre con la esperanza de captar algún movimiento que le confirmara que el bebé estaba bien. Pero no notó nada. Se dijo que era demasiado pronto, el feto demasiado pequeño. Sin embargo, aquello no le sirvió de consuelo y no pudo superar la ansiedad que la atenazaba.
Entonces sintió que Jasper le tomaba la mano, empequeñeciéndola con la suya.
—¿Qué te pasa? —preguntó él.
Alice suspiró sin apartarse de él.
—Nada. Es demasiado pronto para notar nada. Esperaba que el bebé me diera una señal.
—Ya lo hará —dijo Jasper trasmitiéndole confianza—. Dentro de poco notarás que patalea como un condenado.
Alice sonrió y se apartó lo suficiente para mirarle a la cara.
—Pareces muy seguro de que va a ser un niño.
—¿Tan segura estás tú de que va a ser niña?
—Según mi sueño, sí.
—Sólo ha sido un sueño. Ese plato que tienes en el horno es del género masculino. Lo sé.
—¡Ah, vamos! A ver, ¿y cómo lo sabes?
Jasper hinchó el pecho orgullosamente.
—Un hombre sabe esas cosas de su propio hijo.
Su insistencia en considerar suyo al niño puso a Alice a la defensiva. Tenían las manos juntas sobre su vientre, pero ella la retiró. Jasper, por el contrario, dejó su mano donde estaba, apretando con los dedos cada vez más.
—No es tu hijo —susurró ella—. Es mío.
Jasper contempló su vientre y lo acarició en toda su extensión. Alice tuvo que contener el aliento. Era obvio que él no se daba cuenta del efecto que causaba en ella con esas caricias tan íntimas. Sin embargo, Alice sí que las acusaba.
—Puede que sí —dijo él suavemente—. Pero tuviste un poco de ayuda para engendrarlo.
Aquella vez fue Alice la que cubrió la mano de Jasper con la suya y la levantó cautelosamente de su abdomen.
—Una ayuda que vino y se fue de mi vida. De aquí en adelante, dependeré de mí misma. Solamente seremos mi hijo y yo.
Jasper la miró mientras ella ponía las dos manos entre sus cuerpos. De repente, Alice cayó en la cuenta de la poca ropa que llevaba pero, en vez de sentir frío, tenía un calor inexplicable. La expresión de Jasper cambió de repente y ella se dio cuenta de que empezaba a comprender el efecto que le causaban sus caricias. Le tomó un momento la barbilla en el hueco de la mano antes de pasarle el dorso de los dedos sobre la mejilla y enredarlos en su pelo.
—Te he echado de menos —dijo él haciendo un esfuerzo—. Cada vez que entro en el restaurante, sigo esperando verte y cuando no estás, se me estropea el día. No he dejado de pensar en ti, no he podido olvidar aquella tarde. Me he estado preguntando cómo estarías tú, cómo te sentirías. No debería haber dejado pasar tanto tiempo sin comprobar que estabas bien.
Alice trató de sentirse ofendida. Captaba un sentido posesivo en sus palabras. Intentó recordarse que ese tipo de actitud era lo que había provocado su aversión a unirse a un hombre para siempre. Ella era muy capaz de cuidarse por sí misma, lo había estado haciendo durante años. Sabía que debía dejárselo perfectamente claro a Jasper, pero algo en el modo en que lo había dicho detuvo sus protestas.
—Estoy bien. Hasta esta noche, me he desenvuelto perfectamente. Tuve náuseas por la mañana durante los primeros meses, pero ya ha pasado.
—¿Te sentías mal?
La preocupación que rezumaba su voz tocó una fibra muy profunda en el corazón de Alice y despertó algo que no sentía hacía muchos años.
—Deberías haberme llamado.
—Ya pasó. Tampoco hubieras podido hacer nada.
—Podría haber venido a cuidarte, a asegurarme de que estabas cómoda.
Alice sabía que él estaba diciendo la verdad, que si le hubiera llamado durante aquellos meses habría ido a mimarla con sopas de pollo y zumos. Aquello hizo que se sintiera reconfortada y amenazada al mismo tiempo. Reconfortada porque habría sido hermoso tener a alguien que la cuidara cuando se sentía enferma. Amenazada porque no quería que un hombre se colara en su vida hasta ese extremo.
Las emociones en conflicto la confundían y actuó como solía hacer cuando se enfrentaba a un dilema semejante. Se batió en retirada. De un salto, se levantó del sofá, bebió de un trago la leche que quedaba en el vaso y se metió en la cocina.
—Gracias por haber venido —dijo mientras enjuagaba el vaso y lo llenaba con agua del grifo.
Tenía sed, pero el frío líquido hizo poco por aliviar el calor que invadía su cuerpo.
—Pero creo que ya estoy bien. No hay motivo para que pierdas más horas de sueño por mí.
Jasper se levantó y avanzó hacia ella hasta apoyar los brazos sobre la barra que separaba la cocina del salón. Parecía pensar intensamente en algo antes de hablar y Alice sintió miedo de oír sus palabras.
—Algo me dice que perderé muchas más horas de sueño de aquí en adelante —dijo él al cabo.
El tono de su voz hizo que a Alice le diera un vuelco el corazón. Un rubor cubrió su cuerpo de pies a cabeza.
—¿Por qué? —preguntó en un suspiro.
Jasper no le respondió en seguida. Por el contrario, se la quedó mirando como si la viera por primera vez. Un músculo palpitaba en su mandíbula y su mirada era intensa y dura. Al final, quitó los brazos de la barra y los dejó caer.
—¿Seguro que te encuentras bien?
Por alguna razón, Alice se sorprendió de que aceptara tan fácilmente marcharse a su casa. Ella había creído que discutiría, había esperado que insistiera en pasar la noche allí para asegurarse de que ninguna otra pesadilla arruinara sus sueños. Sin embargo, parecía completamente dispuesto a irse, ansioso incluso por escapar de allí.
Se dijo a sí misma que eso era lo que ella quería. Nunca habría debido llamarle. No podía explicarse por qué lo había hecho.
—Sí, estoy segura.
Jasper asintió, dio media vuelta y fue a la puerta. Alice pensó que se iba a marchar sin más palabras, sin siquiera volver a mirarla, pero en cuanto su mano se posó en el pomo, se detuvo.
—¿Me llamaras si... si algo parecido vuelve a pasarte? —preguntó sin volverse.
Alice no sabía qué contestar. De modo que lo hizo de la única forma que sabía, diciendo la verdad.
—No. Incluso siento haberte llamado esta noche. Ha sido una equivocación. Te prometo que no volveré a molestarte. Este embarazo no es asunto tuyo.
Alice pensó que él iba a decir algo más, pero vio que movía la cabeza casi imperceptiblemente.
—Estaremos en contacto —dijo abriendo la puerta y saliendo.
Y antes de que ella pudiera protestar, Jasper se había ido.
