Disclaimer: Todos los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia es una adaptación de Elizabeth Bevarly.


Capítulo 8

Lo que primero llamó la atención de Jasper fueron las botas. Unas simples botas negras, nada fuera de lo corriente. Recordaba haber tenido unas iguales en el instituto. Pero éstas sólo tenían diez centímetros de largo. Y en vez de calzarlas un adolescente desgarbado en un partido de baloncesto, las llevaba un niño que todavía no podía andar.

Jasper estaba sentado solo en un rincón de un restaurante del centro de la ciudad, esperando para comer. Pero en vez de concentrarse en la sección económica del Inquirer, sus ojos no podían apartarse de la mesa de enfrente. Dos mujeres charlaban como viejas amigas mientras una de ellas daba el biberón a un niño pequeño. El crío mamaba ávidamente pero no le quitaba a Jasper los ojos de encima. Además de las botas llevaba unos vaqueros, una camiseta a rayas rojas y una gorra de béisbol sobre su cabeza pelona. Jasper nunca había visto una indumentaria tan elegante. Se preguntó si sería una moda, si formaba parte de la generación de la televisión.

Cuando terminó de darle el biberón, la madre se lo llevó al hombro y le palmeó suavemente la espalda. Jasper supuso que era para que el pequeño eructara. ¿No era lo que se hacía después de darles de comer? Eso era lo que había visto en las películas. Jasper nunca había tenido contacto con ningún niño ni con ninguna madre, ya que lo pensaba.

Por segunda vez en menos de cinco meses, se descubría fascinado con las hazañas de un bebé. Era algo asombroso para alguien que nunca había tenido en cuenta a los niños. Intentaba leer el periódico pero no podía dejar de mirar al crío, observando cada postura y gesto de la madre. Al final, el niño dejó escapar un hipo sonoro y sonrió. Era la misma sonrisa de cuatro dientes que le había dedicado el sobrino de Alice provocando en él la misma sensación de regocijo que ahora le invadía.

Aquello no era normal. Lo que él sentía no podía ser la reacción de un hombre adulto ante un bebé guapo. No los adultos como Jasper, no los adultos que siempre tenían cosas mucho más importantes en las que pensar, cosas como la de levantar una empresa y mantenerla en marcha, cosas como proyectos multimillonarios que necesitaban de toda su energía mental.

Las dos mujeres pagaron la cuenta, pusieron al niño en un cochecito y recogieron sus cosas. Jasper las miró marcharse, el niño se asomaba por detrás del respaldo para mirarle. Y siguió mirándole hasta que se perdió de vista. Durante un rato, Jasper se quedó observando la puerta por la que había salido el niño viendo, no los ojos castaños que le habían contemplado bajo la visera de la gorra, sino unos ojos verdes como los suyos.

Cuando se dio cuenta de la dirección que seguían sus pensamientos, suspiró exasperado. Sacudió el periódico para enderezarlo y empezó por cuarta vez un artículo sobre el centro comercial que estaba construyendo. Sin embargo, cuando llegó al final, había olvidado por completo lo que había leído.

Alice canturreaba feliz ante la perspectiva de tener todo un fin de semana libre. Recogió las migajas del plato con la mano y lo enjuagó. Un fin de semana completo era un tesoro, un lujo asiático. Dos días enteros para ella sola, dos días para hacer lo que le diera la gana.

Suspiró profundamente. Dos días libres y allí estaba, completamente sola. Bella y Edward se habían ido con Simón a Cap May. Rosalie estaba en Pittsburgh, visitando a unas tías. Sin pensarlo, acarició la prominencia de su vientre bajo el amplio vestido de flores. Decidió que no estaba tan sola, después de todo.

Llevó al salón su taza de café descafeinado y contempló el cielo del verano a través de las puertas de la terraza, la contaminación lo teñía de marrón, como siempre en verano. Pensó en lo bonito que sería pasar el fin de semana en la costa. Pero las playas de Jersey eran tan malas como la ciudad, siempre abarrotadas de gente, por no hablar de los residuos que pudiera haber en el agua.

Se le ocurrió la posibilidad de mudarse a las afueras cuando el niño naciera. Le encantaba vivir en la ciudad, pero al niño le vendría bien tener un patio donde jugar. Quizá incluso podría plantar unas cuantas verduras. Con su hijo, daría largos paseos al atardecer y conocería a otras madres con hijos de su misma edad. Quizá incluso pudieran permitirse un perrito.

Alice estaba extasiada con su visión de una vida en las afueras cuando fue rudamente interrumpida por unos golpes en la puerta. Y mientras se levantaba para abrir, se vio invadida por una fuerte premonición. De algún modo sabía a quién iba a encontrar cuando abriera.

—Hola —dijo Jasper.

Alice se dio cuenta vagamente de las dos enormes bolsas de comestibles con que cargaba, tan concentrada estaba en el resto de su ropa. Jasper llevaba unos vaqueros ajustados y viejos, un polo de la misma edad que quizá una vez había sido verde oscuro y unas zapatillas de cuero bien gastadas. No se parecía en nada al todo poderoso hombre de negocios y sí mucho a los hombres con los que ella había salido antes de conocerle.

—Hola —dijo ella preguntándose qué podía decir para que se fuera sin parecer horriblemente maleducada.

—He venido a prepararte la cena —dijo él sin preámbulos y entrando sin esperar a que le invitara—. La otra noche me di cuenta de que no tienes muchas cosas en el frigorífico.

Alice le siguió y vio desesperada que dejaba su carga sobre la barra de la cocina.

—Tengo comida de sobra en mi frigorífico.

Jasper sonrió y se acercó rápidamente al aparato en cuestión, abriendo la puerta con lo que a Alice se le antojó una familiaridad excesiva.

—Medio litro de leche, una botella de zumo de naranja, dos yogures, una lata de mantequilla y tres huevos demasiado cocidos. Ah, y una bolsa de pan de molde que no parece demasiado fresco. A mí no me parece que esto sea tener comida de sobra.

Alice cruzó los brazos sobre el pecho en actitud defensiva.

—También tengo manzanas abajo. Y un paquete de zanahorias pequeñas, eso creo.

—Ahora comes para dos personas, Alice —dijo él volviendo junto a las bolsas que había llevado—. Tienes que pensar en cómo te alimentas.

—Siempre tomo ensalada cuando como en el restaurante. Además, también ceno allí antes de venir. Estoy muy bien alimentada.

—Sí, claro. Especias, comidas pesadas con salsa abundante y quizá un par de verduras demasiado cocinadas. Eso es comer demasiada grasa y no conduce a unos buenos hábitos alimenticios. La nutrición es extremadamente importante durante el embarazo.

Alice elevó los ojos al cielo.

—¿Has estado hablando con mi hermana?

Jasper se volvió a mirarla claramente sorprendido.

—No, pero me he informado leyendo.

—¿Sobre nutrición?

—Sobre la nutrición durante el embarazo, entre otras cosas —añadió en voz baja.

Alice entrecerró los párpados con recelo.

—¿Qué otras cosas?

Jasper comenzó a sacar la compra de las bolsas y a dejarla sobre la barra, como si mantenerse en movimiento fuera algo necesario para él. Alice se dio cuenta que la mayoría procedía de la sección de verduras del supermercado, que ella normalmente ignoraba. Arrugó la nariz, disgustada ante la vista de las verduras frescas.

«¿Brécol? ¡Puag!», pensó al verle sacar una pieza grande.

—¿Has pensado ya en qué método vas a utilizar para dar a luz cuando llegue el momento?

—Pues sí —respondió ella—. Y he decidido que quiero estar completamente inconsciente durante el parto.

Jasper se detuvo a mirarla con severidad.

—O eso o les pido que me den una botella de escocés, seis botellines de soda y media docena de limones. Supongo que después de seis o siete cócteles estaré preparada. Vaya, todo el equipo médico podrá unirse a mi fiesta hasta que llegue el niño.

La severidad de la mirada crecía por momentos. Alice suspiró exasperada.

—¡Es una broma! —gritó—. ¡Dios mío! No tienes ningún sentido del humor. Vale, vale —añadió al ver su expresión de desconsuelo—, No he decidido todavía qué método voy a utilizar. Aún no conozco bien el asunto, me queda mucho que leer.

—Yo he leído algo sobre el método Dick Grantly-Read y parece tener bastante sentido. Pero tienes que empezar pronto. ¿Cuánto tiempo llevas embarazada? ¿Veintiuna semanas?

—Veintidós.

Alice estaba asombrada. ¿A qué venía aquel interés repentino? Ni siquiera sabía por qué se molestaba en decírselo, no era de su incumbencia.

—¡Hum! —exclamó él calculando—. Eso es más de la mitad. Bueno, siempre se puede recurrir al Lamaze.

—¿Jasper? —dijo ella procurando que su voz sonara lo más despreocupada posible.

—¿Hum?

—¿Qué estás haciendo aquí?

—Ya te lo he dicho —dijo él sin dejar de sacar cosas de las bolsas—. He venido a prepararte la cena.

—Pero resulta que ya he cenado.

—¿Sí? ¿Y qué has cenado? ¿Langosta Newburg? ¿La codorniz rellena especial de Cosmo ahogada en salsa bearnesa?

—No, no he cenado en el restaurante.

—¡Ah, vaya! ¿Te has preparado tú la cena? Ha debido ser verdaderamente nutritiva —dijo él con indulgencia.

Alice se mordió los labios. En realidad, había pensado cenar más tarde. Lo que acababa de comer era más bien un postre. Jasper la estaba mirando y Alice se daba cuenta de que no disimulaba sus sospechas.

—¿Y bien? Cuéntame —dijo él.

—Yo...

—Alice, ¿qué has cenado?

—Pastel de chocolate —confesó ella al fin.

—¡Pastel de chocolate! —exclamó él como si Alice hubiera dicho líquido desatascador—. ¿Te has vuelto loca? ¿No te das cuenta de que eso no son más que calorías inútiles?

Jasper sacó un libro de una de las bolsas y pasó rápidamente las páginas.

—Mira, aquí lo pone. Es Guía para la buena nutrición durante el embarazo. En la página setenta y dos, dice Los pasteles, tartas y dulces, no contienen más que calorías inútiles y no son de ningún valor alimenticio para usted ni para su bebé. Son alimentos que han de evitarse. Fin de la cita. Y tú vienes diciéndome que has cenado un trozo de pastel de chocolate —dijo él, visiblemente disgustado.

Alice se miró las manos y se quitó unas cuantas motas de chocolate incriminatorio.

—Bueno, no un trozo exactamente, sino pastel de chocolate.

Jasper se quedó con la boca abierta.

—¿Te has comido un pastel de chocolate entero para cenar?

—¡Por el amor de Dios! No era un pastel grande, sino uno de ésos que venden en una terrina de papel metálico. Tenía hambre, ¿no? Me apetecía de verdad. Iba a comer algo más sustancioso luego. Te doy palabra.

Alice se asomó al interior de una de las bolsas.

—Por casualidad no se te habrá ocurrido traer un poco de helado con todas esas cosas. Un par de cucharadas de helado de chocolate con virutas van genial con el pastel. Todavía tengo bastante hambre.

Jasper se puso las manos en la cintura en actitud desafiante.

—No, no he comprado helado. He traído naranjas, trigo germinado, no creo que tomes las proteínas suficientes, judías, ¿sabías que tienen mucho hierro? Brécol y coles de bruselas...

—¿Coles de bruselas?

—Por el ácido fólico —dijo él, como si eso lo explicara todo.

Alice se quedó con las cejas arqueadas.

—Vamos, no pongas esa cara. Vas a chuparte los dedos con las verduras al vapor.

—¿Verduras al vapor? ¿Qué es eso? Me parece que van a hacerme la cena más insípida de mi vida.

—Ya me darás las gracias luego —dijo él con una sonrisa.

No era sólo que Jasper la hubiera obligado a comer unas cosas que no había probado nunca, pensaba Alice mientras aparcaban el deportivo en Fairmont Park algunas horas después.

«¡Ah, no! No podía conformarse con eso. La única cosa que hay peor que el brécol es el ejercicio». Jasper detuvo el coche. El sol poniente encendía reflejos de ámbar en su pelo. Las gafas oscuras ocultaban la expresión de sus ojos y Alice se preguntó cómo alguien tan atractivo podía ser tan despiadado. La gente corría y caminaba junto a la orilla del río.

—Lo necesitas, Alice —dijo él como si le hubiera leído el pensamiento—. El ejercicio es crucial durante el embarazo y como ya está demasiado avanzado para que empezar con algo intensivo, bastará con caminar.

—No me da la gana —dijo ella con petulancia.

Para desafiarle, se había negado a cambiarse de ropa y todavía llevaba el vestido amplio sin mangas con un estampado de flores. Y, en vez de zapatillas, se había puesto unas sandalias planas sobre los calcetines blancos. Quizá le hubiera hecho tragar las coles de bruselas, pero jamás la vería sudar.

—Vamos —la animó él—. Después te sentirás mucho mejor.

Jasper bajó del coche y esperó hasta que Alice hizo lo mismo. Tuvo que reprimir una sonrisa cuando ella le miró furibunda por encima del automóvil. No debió disimular demasiado bien porque vio que su ceño se ahondaba antes de que cerrara la puerta con tanta fuerza que el pequeño Porsche se bamboleó como una tortuga asustada. Jasper hizo una mueca en silencio.

—Ya hago bastante ejercicio en el trabajo. Siempre estoy corriendo arriba y abajo y levantando peso. Mira que bíceps de poner cerveza.

Alice flexionó el brazo para mostrárselo. Jasper le apretó con fuerza el músculo.

—Impresionante.

—Claro, maldita sea. Y ése ni siquiera es el brazo de tirar cerveza.

Jasper le pasó los dedos sobre la piel y notó que se le ponía la carne de gallina bajo su mano. Sonrió y entrelazó sus dedos con los de ella.

—Podemos empezar despacio —dijo suavemente, sabiendo que no sólo hablaba de pasear.

Alice se dejó llevar a regañadientes, aunque no mostró tanta aversión por el ejercicio como cuando él había expuesto la idea en su piso. El sol poniente teñía sus cabellos de naranja y le daba a su rostro un resplandor rojizo que hizo sonreír a Jasper. Era evidente que había ganado mucho peso durante aquellos meses. Aun bajo el vestido amplio que llevaba, Jasper se daba cuenta de que el busto y las nalgas estaban más llenos de lo que él recordaba. Su rostro también se había redondeado y Jasper pensó en los cambios que se avecinaban.

—¿Sabes una cosa? Es interesante que hayas mencionado tu trabajo precisamente ahora.

Alice se puso unas gafas de sol y le miró.

—¿Por qué?

Jasper se preguntó cómo iba a decirlo sin parecer un entrometido redomado. Ya estaba bastante enfadada con él y no sabía cómo podría reaccionar.

—Porque me pregunto si no será demasiado estresante para una mujer embarazada. Te pasas el día de pie y tienes que levantar muchos pesos —dijo él apresurándose a continuar antes de que ella pudiera abrir la boca—. Es bueno que hayas cambiado al turno de día y puedas dormir bien, pero creo que será mejor si pides la baja hasta que tengas al niño.

Las gafas oscuras ocultaron cualquier reacción que él pudiera haber detectado en sus ojos. Sin embargo, Jasper sabía cuál era la esencia de sus emociones ya que ella se paró en seco y le apretó convulsivamente la mano.

—Alice —dijo con una risa nerviosa mientras trataba de soltarse—. Déjame. Me haces daño.

Alice apretó aún más fuerte.

—¡Ay! Mira, no bromeo. Eso duele. Me estás cortando la circulación.

Alice le soltó de inmediato, pero continuó perfectamente inmóvil, mirándole a través de sus gafas oscuras.

—¿Alice?

—¿Y qué supones que voy a hacer para ganarme la vida mientras estoy de baja? —dijo ella con una voz más controlada de lo que Jasper había esperado.

Jasper sabía que debía andar con cautela. La idea no le había parecido tan mala cuando se le había ocurrido. Era como un negocio, un buen negocio. Y siendo él un hombre de negocios, el concepto le parecía perfectamente lógico. Sin embargo, delante de Alice empezaba a preguntarse si no se habría apresurado al dar por sentado que ella estaría de acuerdo.

—Bueno, había pensado que si el dinero supone un problema para ti, quizá yo pudiera financiarte durante ese periodo.

Alice abrió la boca en un gesto que sólo podía significar que se sentía ultrajada. Jasper se preguntó si no habría podido proponérselo de una manera más sutil.

—¿Cómo que has pensado?

—Mira, Alice, piénsalo un momento antes de ponerte así...

—¿Financiarme? —repitió ella con incredulidad sin hacer caso de sus explicaciones—. No necesito que me financies. Ya te he dicho que soy económicamente independiente y más que capaz de mantener a mi hijo y a mí.

—Alice, yo no decía que...

—Y no hay ninguna razón por la que deba dejar de trabajar ahora. Ya le he dicho a Cosmo que voy a estar de baja dos meses después del parto y ha sido lo bastante comprensivo como para mantenerme en la nómina durante ese tiempo. Claro, no podré contar con las propinas, que suponen la mayor parte de mis ingresos, pero creo que ha sido un gran gesto cuando legalmente no estaba obligado.

—Pero no crees que sería mejor si...

—Mi trabajo no es más estresante que el de muchas otras mujeres embarazadas. ¡Por el amor de Dios! He visto mujeres embarazadas trabajando en la construcción de carreteras. Y las pioneras daban a luz mientras araban el campo. Esto no es una enfermedad que te deje incapacitada. Al contrario, voy a tener un niño dentro de poco. ¿No crees que eso requiere algo de valor? ¿Algo de fuerza? Es ridículo pensar que necesito que me mimen, Jasper. No estoy desamparada, estoy muy bien.

—Pero todo ese peso que levantas... —dijo él sabiendo que había perdido la discusión.

—Si creo que algo es demasiado pesado para mí, dejo que lo haga uno de mis compañeros. Siempre lo he hecho, incluso antes de quedarme embarazada. No soy tan estúpida como tú pareces pensar. Y, desde luego, a ellos no les importa echarme una mano.

—Pero estar todo el día de pie...

—No soy distinta de otros cientos de miles de mujeres que trabajan. No hay ninguna razón para que te preocupes. Además, nada de esto importa.

—¿Por qué?

Alice le tomó de la mano y echó a andar de nuevo.

—Porque lo que yo haga no es asunto tuyo.

En su voz no había veneno ni amargura. Tampoco estaba enfadada. Sólo había una sinceridad práctica que Jasper se vio obligado a comprender.

—Pero yo sí me preocupo por ti, Alice. Sólo quiero asegurarme de que estés bien.

—Estoy bien, Jasper. Puedes dejar de preocuparte.

Jasper deseaba que fuera tan sencillo. Seguía creyendo que debía ser algo simple. Hacía cinco meses que había hecho un pacto con ella y no había razón para que no lo mantuviera. Estaba demasiado ocupado con su trabajo, con su vida, como para tener que preocuparse por una mujer embarazada. No importaba que él hubiera sido el responsable de dejarla en ese estado, Alice se lo había pedido y le había hecho prometer que no intervendría. En aquel momento, no le había parecido difícil. Entonces, ¿por qué no podía cumplir las reglas que los dos habían establecido?

—De acuerdo. Trataré de no preocuparme. Pero no estoy seguro de poder prometer que me mantendré al margen.

Alice aminoró el paso levemente. Jasper supo que sus palabras le preocupaban.

—Ya has prometido que te mantendrías al margen —le recordó ella—. Firmaste un contrato.

Un contrato pensado para protegerle a él tanto como a Alice y a su hijo. Cuanto más pensaba en todo aquel asunto, más confuso se sentía. Pasear tomados de la mano en un atardecer tranquilo, tampoco ayudaba mucho.

Jasper la miró y dejó que su vista bajara desde el rostro resplandeciente al vientre redondo. No, aquello no ayudaba nada.


La verdad es que no entiendo que pasó con FanFiction. Durante todo este tiempo que no subi nada por primera vez no fue por mi culpa! Resulta que esta querida página no me dejaba subir ningún capítulo de las historias de Crepúsculo que tengo publicadas. No se si alguien me denunció o la web se dio cuenta que estas son realmente adaptaciones.

Mis más sinceras disculpas. En todo caso estoy preparando un Blog para subir las historias sin riesgo de que no me las dejen subir. En cuanto esté listo aviso :)