Disclaimer: Todos los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia es una adaptación de Elizabeth Bevarly.


Capítulo 10

Había unas palabras que Jasper estaba deseando oír de sus labios y, ahora que las había dicho, no sabía qué pensar. De modo que, en vez de pensar, simplemente actuó. Hizo lo que había querido hacer desde el día en que ella había ido a su oficina para decirle que había funcionado. La estrechó entre sus brazos y la besó. No con el beso embriagador y apasionado de un hombre que ha vivido mucho tiempo sin el cariño de una mujer, sino un beso dulce, suave, exploratorio, que era a la vez reconfortante y sensual. La besó como si ella fuera la mujer con la que compartía una relación muy íntima, porque eso era lo que sentía por Alice.

—No sabes cuánto tiempo he esperado para poder hacer esto —dijo él apoyando la frente en su cabeza.

—No eres el único.

Jasper se separó para mirarla asombrado.

—¿Tú también estabas deseando besarme?

Alice asintió en silencio.

—Pero si yo creía que me odiabas, que no me considerabas más que un engorro.

—Bueno, es cierto que te has convertido en un engorro últimamente —le dijo sonriendo y poniéndole un dedo en los labios para que no protestara—. Pero nunca...

Jasper pensó que ni siquiera podía pronunciar aquella palabra y sintió que ardía por dentro. Quizá todavía tenía una oportunidad. Quizá todavía hubiera una oportunidad para los dos.

—Yo... no sé exactamente qué pasa entre nosotros—dijo ella—. Te lo acabo de decir, ya no estoy segura de nada y tú encabezas la lista. Apareces muy a menudo en mis pensamientos, sobre todo cuando menos lo espero. Y no porque me acuerde de lo engorroso que eres.

Jasper sonrió y la besó levemente en la boca.

—Yo tampoco estoy seguro de lo que pasa entre nosotros. Y tampoco puedo dejar de pensar en ti, ni en el niño. Supongo que cuando accedí a este trato, no consideré de verdad todo lo que podía suceder. Pero, ya ves, últimamente no puedo pensar en otra cosa.

—Lo sé —dijo Alice—. A mí me pasa lo mismo. Algunas veces me pregunto si hago lo correcto. No sólo por mí o por el bebé, sino por ti.

—Ya sé que es mucho pedir, que consideras el bebé tuyo y de nadie más, lo sé y lo respeto, pero me gustaría formar parte de tu vida mientras dure el embarazo si tú me lo permites. No sé por qué es tan importante para mí, pero sólo deseo compartir esto contigo.

Jasper apoyó otra vez la frente en ella y la oyó suspirar. No sabía si ella estaba decidida a dejarle compartir a su hijo o a hacer las cosas a su manera, de modo que pensó que un poco de persuasión personal podría ayudarla a aclarase las ideas. Volvió a besarla, pero donde antes había respondido a una vulnerabilidad en Alice que no había podido resistir, ahora sucumbió a su propia necesidad. Esa vez, cuando la besó, fue con la intención de que durara.

Alice se unió al beso como si ella hubiera sido la primera en empezarlo. Sin darse cuenta, habían pasado de una simple charla a una profunda excitación. Toda la preocupación y las dudas que Jasper había albergado durante meses desaparecieron con aquel beso y antes de que pudiera darse cuenta, tomó a Alice en brazos y la llevó a su dormitorio.

Siguió besándola por el camino mientras que ella trataba de aflojarle la corbata. Lo consiguió en el mismo momento en que la dejaba en el suelo y tan pronto como estuvo de pie, se lanzó a desabrocharle los botones de la camisa. Jasper se encargaba de los nudos de su vestido, sintiéndose cada vez más frustrado cuando parecieron apretarse en vez de soltarse con sus esfuerzos. Entonces se limitó a bajárselo y se quedó con la boca abierta. Alice estaba desnuda ante él, con sólo unas braguitas de leopardo.

Jasper no salía de su asombro. Recordaba una Alice esbelta, de piel marfileña, cuyos senos cabían perfectamente en sus manos. Ahora estaba lozana y redondeada y completa, absolutamente, excitante. Sus senos eran mucho más rotundos y oscuros de lo que él recordaba, las nalgas y los muslos infinitamente más apetitosos. El abdomen, que una vez había sido plano, era una colina suave de carne rosácea donde alentaba una nueva vida. Sin pensar, le puso la mano abierta sobre el vientre. Alice puso la suya encima y apretó.

—¿Aún no le has sentido moverse? —preguntó él.

—Varias veces. La actividad no es mucha todavía, pero sé que mi niña está ahí.

—¿Qué se siente?

—Es difícil de describir. Imagínate que llevas una criatura en el estómago y que te hinca un dedo para llamar tu atención. Tuvo que suceder más de una vez antes de que me diera cuenta.

Jasper la miró a los ojos, incapaz de comprender qué sentía cuando el bebé se movía en sus entrañas. Entonces, deslizó la mano hacia arriba hasta abarcar la curva de un pecho. Alice cerró los ojos con un suspiro y él puso la mano bajo el otro, sopesándolos con cuidado antes de bajar la cabeza para meterse un pezón en la boca.

Incluso el sabor era diferente, pero su aroma, la fragancia de especias y calor y todo lo que había de exótico en el mundo, seguía siendo la misma. Se dio cuenta entonces de que, a pesar de lo avanzado de su estado, Alice era la mujer que él había aprendido a conocer, la mujer que estaba empezando amar.

Aquello le dejó perplejo por un momento. ¿Era posible que amara a Alice? Decidió que quizá no era tan increíble y deslizó los labios hasta su cuello. Y entonces dejó de pensar porque ella enredó los dedos en su pelo y tiró de él para darle un beso abrasador que dejó sus estructuras mentales temblando.

Mientras besaba a Jasper, Alice acabó de desvestirle y comenzó su propia exploración. Tanteó los surcos y los planos de su espalda musculosa, de sus hombros, palpó las gruesas venas azules que corrían por la cara interior de sus brazos. Apretó el rostro contra el vello que cubría su pecho y vientre y luego le apretó las nalgas y le acarició en toda su longitud con los nudillos.

Jasper contuvo el aliento con un sonido jadeante y se apartó de su beso para mirarla a la cara.

—Esto no es justo.

—¿Por qué no?

—Porque tú todavía estás vestida.

—Yo no diría tanto —dijo ella contemplando las exiguas braguitas.

—De todos modos, no es justo.

Y antes de que ella pudiera detenerle, la derribó sobre la cama y, metiendo las manos debajo de las bragas, le apretó las nalgas con firmeza, atrayendo su pelvis contra sí.

—¡Oh! —murmuró ella al sentirle tan cerca, tan dispuesto—. ¡Oh, Jasper!

Jasper sonrió maliciosamente, restregándose con todo el cuerpo contra ella en un movimiento sinuoso. Alice cerró los ojos y se maravilló de las indescriptibles y escandalosas sensaciones que sacudían su sistema nervioso.

—¡Ay! —gimió.

—¡Ay! —le respondió él.

Parecía que Jasper reclamaba la posesión de algo con aquella sencilla exclamación, pero Alice no pudo seguir pensando porque Jasper le quitó la última prenda que cubría su cuerpo y se apretó íntimamente contra la cuna de sus muslos.

—La última vez que hicimos esto, creamos una nueva vida —dijo él—. Ahora puede ser impresionante.

—¿Quién sabe lo que ocurrirá esta vez? —dijo ella sonriendo.

—Podría ser peligroso.

—Podría ser explosivo.

—Podría ser ilegal en cuarenta y dos estados.

Alice suspiró y se restregó inquieta contra su cuerpo.

—¡Oh, señor Whitlock! Se preocupa usted demasiado con los detalles.

—Soy arquitecto. Los detalles son muy importantes en mi profesión.

—Olvídate del trabajo. Obras son amores.

Jasper sonrió con una expresión absolutamente lasciva.

—Señorita Swan, no necesitará decírmelo dos veces.

Jasper la cubrió con su cuerpo, enterrando el rostro entre sus senos, acariciándole el vientre y bajando poco a poco. Alice sólo podía susurrarle sugerencias al oído. Unas sugerencias que él se encargaba de ejecutar inmediatamente con asombrosa destreza, sugerencias que la llevaron cerca del límite.

Justo cuando Alice creía que no podía aguantar más, Jasper la hizo rodar de modo que quedó tumbada sobre él, cabalgando sobre su parte más íntima. Con una sonrisa pícara, Alice se frotó contra él, arrancándole un jadeo que pareció surgir del fondo de su alma. Entonces, lenta, cautelosamente, fue sentándose poco a poco. Jasper la encontró a medio camino con un empujón bien calculado y lo que Alice había pensado que era el pináculo absoluto de su excitación sexual, la arrastró más arriba todavía.

Jasper volvió a llevarla al lugar donde la había acompañado una vez, aquel sitio que no se parecía a ninguno que ella hubiera conocido. Con una sacudida temblorosa tras otra, Jasper destrozó la poca compostura que le quedaba, haciendo que todos los nervios de su cuerpo explotaran en una demanda candente. Mientras se movía dentro de ella sin descanso, la abrió del todo y entró por completo, llenando todo el espacio que había en su interior y que ella nunca había podido colmar. De algún modo, en un momento definitivo, solitario y febril, Jasper se convirtió en parte de ella. Y, de algún modo, Alice supo que ella también era parte de Jasper.

Y ninguno de los dos, pensó vagamente mientras el sueño la vencía, volvería a ser el mismo.

Eran las diez cuando un sonido sumamente molesto despertó a Alice. Soñaba que tenía a su niña en brazos, cuando un sonido extraño interrumpió su visión. Abrió los ojos y se encontró entre los brazos de Jasper. Con un suspiro de satisfacción, volvió a acurrucarse contra él ignorando aquel sonido. Hacía demasiado tiempo que no se despertaba tan bien.

Pero el «bip—bip» que había invadido su sueño siguió sonando hasta despertar a Jasper. Respiró profundamente, le acarició la espalda a Alice y abrió los ojos sonriendo.

—Hola —dijo él.

—Hola —contestó ella.

La besó lenta y prolongadamente y luego prestó atención al sonido.

—¿Qué es ese ruido? —preguntó Jasper.

—No tengo ni idea.

Entonces pareció preocuparse y se pasó una mano nerviosa por el pelo.

—¡Maldición! Es mi busca. No me lo puedo creer.

—¿Quién puede llamarte a estas horas de la noche?

—No lo sé —dijo él buscando sus pantalones—. Pero espero que sea algo importante.

Cuando encontró los pantalones, sacó el aparato y detuvo la alarma. Luego volvió a la cama para ver el número que marcaba a la luz de la lámpara.

—¿Alguien que tú conoces?

—Sí. Alguien que conozco —dijo él exasperado—. Y, como ya he dicho, será mejor que tenga algo importante que decirme. ¿Te importa que use tu teléfono?

—Sírvete tú mismo.

Jasper marcó un número y se puso el auricular entre la oreja y el hombro. Alice estaba lo bastante cerca como para oír la llamada y una voz lejana que contestaba.

—¿María?

A Alice se le cayó el corazón a los pies.

—¿Qué ocurre? —siguió él

Alice intentó escuchar pero no pudo entender lo que decía la otra mujer.

—Es muy tarde —respondió Jasper al cabo de un momento—. ¿No podemos hacerlo mañana? ¿Qué tal si nos vemos para desayunar?

Más que las palabras de María, Alice entendió el gesto de Jasper. Dejó caer los hombros y suspiró fastidiado.

—De acuerdo, ya que es tan importante para ti.

El corazón de Alice prosiguió su descenso.

Jasper se puso el reloj que había dejado sobre la mesilla mientras seguía escuchando a María.

—Vale, puedo estar allí en media hora. Sí, está bien. No, no te preocupes. Te veo ahora, adiós.

Y con eso colgó el teléfono y se dio la vuelta para mirar a Alice.

—Lo siento. Tengo que irme. Era...

—Una cliente muy importante, lo sé —dijo ella tratando de que no se notara la decepción que sentía.

—Sí. Al parecer hay un problema con los planos que le envié para que aprobara.

—¿Un problema muy grande?

—No creo que sea tanto como ella piensa, pero está muy preocupada y quiere solucionarlo todo esta noche. Me ha dicho que ni siquiera puede dormir.

—Ya.

Jasper la miró mientras se abrochaba los pantalones.

—¿Qué significa ese «ya»?

—Nada. Era sólo un «ya».

—Mira, No puedo ignorar a María Montgomery. Es una...

—Ya sé lo que es —le interrumpió Alice— Una cliente muy importante que va a ingresar millones en tu cuenta. Y eso sí que es importante para ti, ¿verdad? El dinero, el prestigio que ese gran proyecto va a reportar a tu compañía. Es más importante que nada en el mundo, ¿no?

—Claro, yo...

Jasper se detuvo, pero Alice sabía cuáles hubieran sido sus palabras. A Jasper Whitlock nada le importaba más que una empresa pujante y tener toneladas de dinero en el banco. No se explicaba por qué había dejado que se le olvidara para empezar a creer que tenían una oportunidad, los tres.

—No es lo que tú piensas, Alice.

—¿Y qué es lo que pienso, Jasper?

—Crees que te dejo porque mi trabajo es más importante que tú. Y eso no es verdad.

—¿Ah, no?

Jasper acabó de vestirse y se ajustó la corbata en el espejo. Alice pensó que así era él, todo bien abotonado, sin una arruga, sin un defecto, sin cariño.

—No. María tiene una queja legítima acerca de un problema que yo he creado. Mi responsabilidad es solucionarlo.

—¿A las diez de la noche? ¿A una hora que todo ser humano que haya cumplido con su jornada tiene derecho a pensar que merece un descanso?

—Es algo importante —insistió él.

—No me cabe duda.

—No es más que un incidente aislado. Estas cosas no ocurren a menudo. Pocas veces he trabajado hasta tan tarde.

—Sí, antes trabajabas hasta las nueve —dijo ella sarcásticamente—. Era yo la que te servía la cena, ¿no te acuerdas? Sé exactamente qué tiempo le dedicas a tu trabajo. Siempre te has quedado hasta muy tarde.

—Eso es porque antes no tenía ninguna razón para no hacerlo.

—¿Y ahora sí la tienes?

—Sí —dijo él mirándola fijamente—. Sí, ahora la tengo. Y te lo repito, sólo es un incidente aislado. No ocurre a menudo.

Alice quiso decirle que, igual que no había tenido clientes tan importantes como María Montgomery en el pasado, también podía seguir teniéndolos en el futuro como consecuencia de su asociación con la poderosa mujer de negocios. La compañía de Jasper, su carrera, su vida, estaban despegando hacia otras esferas mucho más exigentes. Los dos lo sabían. Con los años, cada vez iba a verse más metido en los negocios, más ocupado en sus proyectos.

Alice pensó que si Jasper creía que tenía poco tiempo ahora, no tendría ni un solo momento libre en el futuro. Desde luego, ninguno que desperdiciar en algo tan poco provechoso e insignificante como una familia.

—Tengo que irme —dijo él inclinándose y besándola en la frente.

—¿Cuándo volveré a verte?

—Mañana, te lo prometo. Quizá también podríamos ir de compras —añadió sonriendo— A comprar algunos compactos más para el pequeño.

Alice trató de devolverle la sonrisa pero no pudo.

—Muy bien, cuento contigo. Te esperaré en el restaurante a la una.

—Allí estaré —dijo él dándole otro beso.

Y entonces se fue. Era como si nunca hubiera estado allí. Alice no se había sentido tan sola en toda su vida.


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