Disclaimer: Todos los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia es una adaptación de Elizabeth Bevarly.
Capítulo 11
Alice cambiaba el peso de su cuerpo de un pie a otro con inquietud mientras veía que la segunda manecilla de su reloj empezaba otra vuelta a la esfera. Era la una y veinte, pero no sabía dónde podría estar Jasper. Le esperaba en la puerta del restaurante, lanzando miradas hostiles al edificio de enfrente y preguntándose qué podía haberle pasado. Desde el primer momento Alice había sabido que él no iba presentarse en la cita.
Su estómago gruñó para recordarle que no había comido desde que se había levantado. Entró al Cosmo's decidida a hacer lo que todos los días, comer una ensalada variada y una sopa de la casa por cortesía del chef sentada en el reservado del personal. Cuando pasó junto a la barra, uno de sus compañeros la llamó y le dio una nota. Ella la leyó y se sintió desfallecer al verificar en blanco y negro lo que ya había intuido.
Para Alice. Once y cuarto. Jasper ha llamado. No puede venir. Te llamará luego.
Y nada más. Sin disculpas, sin excusas, sin explicaciones. Sin sorpresas, pensó ella. Con media docena de palabras, Jasper había confirmado lo que ella sospechaba, que su trabajo siempre estaría por encima de todo lo demás.
Alice suspiró, arrugó la nota y la tiró en el primer cenicero que encontró. Sintió un empujón en sus entrañas, un movimiento de la niña que ya antes había experimentado.
—Sí, ya lo sé, chiquita. Papá nos ha fallado.
Aquella palabra sonaba rara en sus labios. «Papá». Para ella definía a un hombre que llegaba a su casa después del trabajo y que los niños recibían con gritos de alegría. Un hombre que colgaba su traje el viernes por la tarde y no volvía a mirarlo hasta el lunes. Un hombre que se pasaba la tarde jugando al fútbol con su hijo o arreglando las muñecas de su hija. Alguien como su propio padre, pensó con nostalgia. Alguien que no se parecía en nada a Jasper Whitlock.
—Da igual, no te preocupes —le dijo a la niña que no dejaba de moverse—. Quizá algún día te encontraremos un padre como el que yo tuve y no uno que se acerque por casa cuando no tiene otra cosa mejor que hacer. No uno de esos que pierden todo interés en cuanto se ha pasado la novedad. El padre perfecto, no me conformaré con menos para ti. Nos irá bien a las dos solas, ya lo verás.
Alice sólo deseaba poder decirse lo mismo con la facilidad con la que se lo había dicho a su hija.
Casi dos semanas después, Alice volvió a ver a Jasper. Alice pensó al verle que lógicamente aparecía en el momento más inoportuno. Justo cuando estaba tumbada en una camilla acolchada, muerta de miedo, esperando a que le hicieran una ecografía.
—¿Es aquí la fiesta de la señorita Swan? —preguntó colándose en el cuarto en penumbra después de haber llamado una sola vez—. Una de las enfermeras me ha dicho que podía pasar.
Alice y la ecógrafa, una mujer simpática que se llamaba Fern, levantaron la vista al mismo tiempo. La primera con una sonrisa en la cara, la segunda con el ceño fruncido.
—Usted debe ser el señor Swan —dijo Fern—. Pase, pase. Es muy agradable que los padres puedan sacar tiempo para estar aquí. Usted es...
—El no es el señor Swan —masculló Alice.
—¡Oh! Deben haberle indicado mal —dijo Fern preocupada—. ¿No es el padre de la criatura?
—Sí, lo soy. ¿No es cierto, Alice?
—Él proporcionó el...
Alice se calló y dejó escapar un prolongado suspiro. No tenía sentido explicar que su relación con Jasper era puramente biológica.
—Sí, es el padre —dijo con resignación—. Fern, éste es Jasper Whitlock. Jasper, ésta es Fern.
La ecógrafa sonrió aliviada.
—Bueno. Llega justo a tiempo.
—Justo a tiempo de marcharse —dijo Alice apoyándose sobre un brazo—. ¿Cómo te has enterado de que estaba aquí?
—Me fijé en que tenías anotada la fecha en el calendario de la cocina la última vez que estuve en tu casa. Yo también quería estar presente. Te lo hubiera mencionado, pero no tuvimos ocasión de discutirlo antes. Por alguna razón, no contestas al teléfono ni a los mensajes que te he dejado. Y no pienso ir a ninguna parte —añadió mirándola fijamente.
—Señora Swan.
Fern sostenía lo que parecía una boquilla de ducha y una botella con una sustancia parecida a la gelatina.
—Tenemos que empezar. Es imprescindible que me ajuste al horario. Hay gente que se molesta si se le hace esperar.
—Dígamelo a mí. Y nada de señora Swan, por favor. No estoy casada.
—¡Oh! Comprendo.
Alice tenía ganas de gritar, pero se recostó sobre la mesa, se bajó la cintura de la falda por debajo del vientre y se subió la camisa, tratando de no darse cuenta de que Jasper la miraba fascinado.
—¿Por qué no me has llamado? —preguntó él mientras Fern aplicaba la gelatina sobre su vientre.
—Porque me dejaste plantada. ¿Te acuerdas de que teníamos que comer juntos hace dos semanas? Te esperé veinte minutos, sólo para que me dijeran que habías llamado con quince minutos de retraso para decir que no ibas a aparecer. Eso me confirmó lo que ya sabía.
—¿Y qué era? —preguntó él con impaciencia.
—Que no tienes tiempo para mí ni para mi bebé.
—¿Qué?
Estaba claro que Fern quería enterarse de todo, de modo que Alice no se molestó en disimular.
—Si no fuera así, no habrías saltado de la cama después de hacerme el amor para ir a reunirte con otra mujer.
—Allá vamos —dijo Fern, intentando sin conseguirlo aliviar la tensión.
—¿Otra mujer? —repitió él sin poderlo creer—. Estás loca. María no es otra mujer, sólo una cliente.
—Ya —rezongó Alice—. Una cliente muy importante.
—Escúchame, Alice —dijo Jasper apuntándole con el dedo como si fuera una niña pequeña—. No tienes ningún derecho a...
—Ahí tenemos la cabecita —dijo Fern.
Su voz fue como una isla de tranquilidad en medio de un mar tormentoso de emociones que restallaban entre Jasper y Alice. Los dos se volvieron a mirar el monitor que Fern les señalaba. Inmediatamente, Jasper olvidó lo que iba a decir porque la proyección ecográfica revelaba perfectamente el perfil del feto.
—¡Dios mío! —exclamó—. ¿Es él?
—Ese es su bebé, señor Whitlock —dijo Fern alegremente.
—Nada de eso. Es mío —dijo Alice con petulancia.
Pero también ella contemplaba extasiada el espectáculo, emocionada más allá de las palabras al poder contemplar a la criatura que le daba patadas en el vientre.
Jasper no podía creer lo que veían sus ojos. Estaba asombrado por los detalles que revelaban aquellas líneas temblorosas y grises. La cabeza, la nariz, la boca, podía verlo todo. Mientras miraban, el bebé abrió la mano, cinco dedos minúsculos se desplegaron antes de que se llevara el pulgar a la boca.
—Parece que el pequeñín está despierto —dijo Fern.
—¿De verdad se chupa el dedo? —preguntó Jasper.
—Es bastante común en esta etapa.
Jasper se pasó una mano por el pelo y, sin darse cuenta de lo que hacía, se sentó en una silla cerca de Alice y le tomó la mano. Sólo cuando ella le apretó con fuerza tomó conciencia de lo que había hecho y la miró. Alice estaba llorando.
—Es sorprendente, ¿verdad? —dijo con un sollozo.
—Veamos que más podemos averiguar sobre él—dijo Fern moviendo el instrumento sobre el vientre de Alice.
Jasper miró fascinado cómo la ecógrafa enfocaba dos piececitos con tanta claridad que incluso podían contarse los dedos. Luego se centró en una columna vertebral que más parecía una cremallera pequeña e incluso vieron un diminuto labio inferior perfectamente formado. La técnica, registró el pulso del feto estimó su peso y se volvió sonriente hacia la pareja.
—Todo parece marchar estupendamente —dijo mientras reunía una docena de instantáneas que habían ido saliendo de la máquina durante la exploración—. ¿Quieren que mire a ver si puedo determinar el sexo?
—No es necesario —dijo Jasper—. Ya lo sabemos
—No me diga —dijo Fern con una sonrisa indulgente.
Jasper y Alice asintieron a la vez.
—Es un niño —dijo él.
—Es una niña —dijo ella.
—Ya veo —replicó Fern. Le dio las ecografías a Jasper que inmediatamente empezó a pasarlas—. Aquí tiene algunas instantáneas de su hijo, o de su hija, para que pueda enseñarlas en la oficina hasta que le hagan a foto de recién nacido en el hospital.
Fern le dio a Alice unas toallas de papel para que se limpiara la gelatina del vientre, pero ella las utilizó para sonarse. La sonrisa de Fern decayó bastante.
—Que tengan buena suerte.
Antes de salir, le dio unas palmaditas a Alice en la mano y se inclinó hacia ella para hablarle al oído.
—¿Sabe una cosa? A pesar de todo algo me dice que ustedes dos van a ser unos padres maravillosos.
Y entonces salió para compartir con otras parejas un momento de alegría. Pero, para Alice, viendo cómo estaban las cosas entre Jasper y ella, aquel momento era bastante extraño.
—¿Qué habrá querido decir con «a pesar de todo?» —preguntó Alice cuando se cerró la puerta.
Se limpió y se arregló las ropas. Su abultado vientre le entorpecía los movimientos. Jasper la ayudó a sentarse y a bajar de la camilla. Alice aceptó su ayuda de mala gana.
—Creo que Fern es una mujer muy sabia. Ha podido ver a través de tu conducta inmadura...
—¿Cómo que mi conducta inmadura?
—...lo mucho que significo para ti —dijo él acariciándole la mejilla con el dorso de la mano—. Y lo mucho que tú significas para mí.
Alice soltó una risilla con la esperanza de que sonara sarcástica, pero sabiendo que sería un mero eco de su ansiedad.
—Significas tanto para mí como unos fórceps de la vieja escuela —dijo ella, tratando de quitarse sus manos de encima.
Pero Jasper sonrió y la abrazó con fuerza.
—Te he echado de menos estas dos semanas.
Alice dejó de debatirse, pero no hizo nada por abrazarle.
—Haber venido a verme.
—Te he llamado todos los días, pero no me has devuelto las llamadas.
—No hace falta esforzarse demasiado para marcar un número. Si de verdad hubieras querido verme, habrías pasado por el restaurante.
—He estado a pie de obra las dos últimas semanas. No puedes imaginarte la cantidad de trabajo que se me ha acumulado por no poder ir a la oficina. Eso sin mencionar lo que está sufriendo mi vida privada —añadió significativamente.
Alice trató de no mirarle y bajó los ojos al pecho, pero recordó lo sexy que era cuando prescindía de las ropas civilizadas. Maldijo para sí. Jasper tenía la virtud de hacer que fuera muy difícil enfadarse con él. Pero tenía que recordar los motivos que tenía para estar enfadada.
—En otras palabras, has estado demasiado ocupado para ir a verme.
—No será así siempre, Alice. Esto ha llegado en un momento inoportuno. Con el tiempo, mi vida volverá a sus cauces.
Alice estuvo a punto de dejarse convencer cuando vio su expresión ansiosa, pero resistió.
—No creo que tengas vida propia —dijo ella—. Al menos desde que yo te conozco. Antepones el trabajo a todo lo demás, incluso a tu propia felicidad.
—Eso es porque el trabajo siempre ha sido mi felicidad. Hasta ahora.
Alice deseó creerle. Deseó poder decirle que lo comprendía para después perderse con él cara al atardecer. Por desgracia, conocía demasiados hombres que hacían promesas creyendo sinceramente que decían la verdad, sólo para decidir luego que habían cometido un error. Había visto a su hermana sucumbir ante demasiados hombres y no conseguir otra cosa que un corazón destrozado.
No creía que los hombres fueran embusteros congénitos. Tampoco se trataba de que no tuvieran buenas intenciones. Era que tenían la capacidad de atención de niños pequeños. En cuanto se aburrían, buscaban algo que les divirtiera en otra parte.
Alice se dijo que Jasper no era diferente. La idea de la paternidad era nueva para él y le tenía fascinado. Pero en cuanto se diera cuenta de la dedicación que le exigía, en cuanto el encanto de la espera se convirtiera en responsabilidad, empezaría a apartarse del niño. Y de ella. Simplemente, Alice no podía convencerse de que él pudiera actuar de otra manera.
—Dame una oportunidad, Alice. Déjame tomar parte en esto a tu lado. Déjame ser el que esté siempre contigo cuando me necesites. Deja que este niño también sea mío.
Jasper se inclinó y la besó suavemente en la mejilla. Después se apartó y la miró con tanta intensidad que Alice no pudo desviar la vista.
—Porque también es hijo mío. El hecho de que haya firmado un papel estúpido renunciando a toda responsabilidad no cambia nada.
—Muy bien —dijo ella—. Te daré esa oportunidad. Pero no sé adonde nos llevará todo esto, Jasper. No puedo darte garantías ni hacerte promesas y no quiero las tuyas tampoco. Simplemente no estoy segura de cómo son las cosas entre nosotros y no sé cómo pueden acabar.
Jasper sonrió y Alice, a pesar de toda su confusión, se dio cuenta de que se sentía aliviado.
—Eso no nos hace tan diferentes del resto de la gente del mundo, ¿verdad?
Alice deseó poder ser tan optimista respecto al futuro como él, pero algo en su interior le decía que aguardara. El Jasper que ella conocía era un hombre que siempre había estado definido por su carrera. Su mismo estilo de vida estaba dictado por las obras que emprendía su compañía. Era un hombre de éxito y el éxito precisa de un mimo constante para mantenerse con vida. Alice no estaba convencida de que él pudiera divorciarse de sus negocios. Y en sus negocios no había lugar para una esposa y para un hijo.
Jasper le puso un brazo sobre el hombro e interrumpió sus pensamientos. La besó en la coronilla antes de acariciarle el vientre.
—¿Qué tal si os invito, a ti y al pequeño, a la comida que prometí hace dos semanas, eh?
Alice hizo un esfuerzo para desterrar sus preocupaciones al rincón más oscuro de su cerebro y asintió. Sin embargo, no todas sus preocupaciones desaparecieron. Mientras iban hacia el coche, tuvo que recordarse que volvían a empezar desde cero. Las cosas iban a ser diferentes de ahí en adelante. Sólo esperaba que, en su caso, diferente no significara demolida.
No se olviden de entrar al blog! masenadaptaciones . blogspot . com
reviews? ;)
