Disclaimer: Todos los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia es una adaptación de Elizabeth Bevarly.


Capítulo 12

Durante los dos meses que siguieron, Jasper desempeñó un papel activo en el embarazo de Alice. La acompañó cuando fue a comprar un carrito, se sentó con ella en la mesa de la cocina mirando un catálogo de pinturas para decidir qué color era el más adecuado para el cuarto de un niño sobre cuyo sexo no se ponían de acuerdo, le sujetó la mano en la sala de espera cuando fue a hacerse la segunda prueba de tolerancia a la glucosa, sonriendo cada vez que salía de que le tomaran muestras de sangre con una nueva pelota de algodón y un afiche de lucha contra el sida. Le tocó una y otra vez Una noche en Túnez al saxo para que el niño la oyera. Pero nunca intentó volver a hacerle el amor.

Le daba besos breves, castos, de saludo y de despedida, y Alice siempre se encontraba tomada de la mano cuando paseaban. Había un sinfín de caricias inocentes y ella siempre le ponía la mano sobre su vientre cuando el niño estaba particularmente activo para que él también supiera lo que era tocar la vida antes de que viniera al mundo. Esos momentos y esos contactos, por encima de todo lo demás, eran los que Alice consideraba más íntimos.

Pero su intimidad nunca pasaba de ahí.

Era algo que le aliviaba y le preocupaba al mismo tiempo. Le había dado otra oportunidad por el bebé y no por ella misma. Pero conforme pasaban las semanas y descubría aspectos de Jasper que no había visto nunca, se preguntaba si no se habría equivocado con él, después de todo.

La tarde de Halloween se presentó en su casa con la calabaza más grande que ella había visto en toda su vida y cinco bolsas de golosinas para los niños que se presentaran amenazando con el «Dulce o susto» de rigor.

—Espero que te des cuenta de que vamos a acabar comiéndonoslas nosotros —dijo ella poniendo los caramelos en un gran cuenco de cerámica—. Cinco bolsas me parece excesivo. Normalmente no vienen ni veinte chicos a llamar a la puerta. La mayoría viven en este mismo edificio.

—¿Cómo iba a saber con cuántos tenía que contar? —dijo él poniendo la calabaza en la mesa de la cocina y mirándola con ojo crítico—. Yo siempre he procurado desaparecer en Halloween para no tener que soportar a los críos.

—¿Cómo tienes valor? —le censuró ella—. Si te hubiera conocido cuando era pequeña, de seguro te habría bombardeado la casa con huevos y te habría enredado papel higiénico por todo el jardín.

—¿Y por qué iba a dejar que me obligaran a comprar golosinas para un puñado de pequeños gamberros? Además, estoy seguro de que los dentistas de América me lo agradecerán.

—Debería darte vergüenza. El único día del año que verdaderamente les pertenece y tú te escondes como un cobarde.

—Bueno, este año no me he escondido. Incluso voy a esculpir una obra maestra en la calabaza —dijo mirándola por arriba y por abajo—. A propósito, ¿cómo se abre esta cosa?

Alice le enseñó los misterios de la creación de calabazas iluminadas. El producto final fue una calabaza con tres ojos, una nariz difusa y una boca demasiado pequeña como para mencionarla si quiera.

Alice le aseguró que le recordaba a Picasso o a Warhol. En cualquier caso, era perfecta para la ocasión. A los niños les encantaría.

A las nueve y media dejó de sonar el timbre. El desfile de dinosaurios, princesas árabes y asesinos con hacha y casco de jockey llegó a su fin. Alice y Jasper hicieron palomitas para acompañar a la ingente montaña de golosinas que habían sobrado y pusieron una película de miedo en el vídeo.

—¡Cómo han cambiado los disfraces desde que yo era pequeño! —exclamó él—. ¿Qué ha pasado con las brujas con sombrero de papel y los fantasmas con sábanas de flores?

—Sí, ahora es completamente distinto. Cuando yo era pequeña, corríamos por el vecindario dando la lata hasta media noche. Luego nos castigaban dos semanas, pero merecía la pena. Ahora los niños tienen que salir acompañados de sus padres y están en casa a las nueve. No me parece justo.

—Debes haberte criado en las afueras.

—Sí, al Sur de Jersey. En Collingswood.

—La vida en las afueras siempre es más relajada que en la ciudad —dijo él—. Además, eran otros tiempos. Los niños ya no están seguros en ningún sitio.

—¿Dónde te criaste tú? —preguntó Alice.

Acababa de darse cuenta con asombro de lo poco que sabía de él. Era curioso que el tema de la infancia y la juventud no hubiera surgido nunca en sus conversaciones.

—Al norte de Jersey.

Pero no dijo nada más.

—¿Dónde?

—Newark.

—¿Pero dónde en Newark?

—En un barrio.

—¿Qué clase de barrio?

—Uno urbano.

—¿Y cómo era? —insistió ella sin darse por vencida.

Jasper suspiro. Estaba claro que le fastidiaban aquellas preguntas y no quería contestarlas. Tomó el mando a distancia y subió el volumen de la película.

—Mira, ya empieza.

Alice le arrebató el mando y quitó la película.

—Podemos verla luego. Me acabo de dar cuenta de lo poco que sabemos de nuestro pasado.

Jasper se volvió a mirarla con una expresión impaciente y claramente inquieto.

—¿Y qué?

Su brusquedad le sorprendió, pero Alice no dio su brazo a torcer.

—¿No te parece que es un poco raro?

—Pues no. Además, no me parece tan importante.

—¿No quieres saber más sobre mí? —preguntó ella—. ¿A mí sí me gustaría conocer más cosas de ti?

Jasper la contempló de cerca y se preguntó por qué demonios tenía que sacar un tema de conversación como aquél y arruinar una tarde perfecta. La verdad era que sí quería saber más cosas sobre ella. Deseaba conocer cada detalle minúsculo de su pasado, de su presente, de sus esperanzas para el futuro. Pero para descubrir todo eso, tendría que arriesgarse a contar historias de su propio pasado y el pasado era un lugar que Jasper simplemente no quería visitar. Ni ahora, ni nunca. Lo había dejado atrás definitivamente hacía veinte años y no se le ocurría ningún motivo para despertar aquellos malos recuerdos.

—¿Sabes? Es extraño que me preguntes esas cosas ahora —dijo él—. Hubieras debido hacerlo antes de pedirme que fuera el padre de tu hijo.

Jasper sólo quería cambiar de tema, desviar su atención de un asunto del que en ningún modo quería hablar. No había pretendido que sonara como un insulto. Pero cuando Alice bajó la mirada a su regazo, supo que se lo había tomado como si lo fuera. Alice volvió a poner la película y se dejó caer en el sofá sin decir una palabra.

—Alice, lo siento. No pretendía ser tan brusco.

—Sé perfectamente lo que pretendías.

—No, no puedes saberlo. No me has entendido.

—Calla, está empezando la película —dijo ella subiendo el volumen.

Aquella vez fue Jasper quien tomó el mando y apagó el vídeo.

—No quería herir tus sentimientos, sólo evitar una conversación que no quiero mantener.

—¿Por qué no? —preguntó ella jugueteando con una hebra suelta de su suéter.

Jasper se dio cuenta de que no iba a poder salir de aquella situación tan fácilmente como hubiera querido y decidió ser sincero.

—Porque mi pasado es algo en lo que no me gusta pensar, por eso.

—¿Por qué no? —dijo ella sin apartar los ojos de la hebra suelta.

Exasperado, Jasper fue a la cocina a por otra soda. La vació en el vaso sin darse cuenta de que se salía la espuma. Comenzó a secar el líquido derramado con una servilleta de papel mientras hablaba.

—Porque nací en un barrio de mala muerte.

—¿Y qué? El mío tampoco era Palm Springs.

—Bueno, pues no es algo que me agrade recordar.

—¿Todavía tienes familia en Newark? —preguntó ella calmándose un poco.

—La verdad es que no. Mi madre murió de cáncer cuando yo era niño. Trabajaba en una planta química antes de que se promulgaran las leyes sobre productos tóxicos. Y me parece que te he dicho que mi padre también murió.

—¿No tienes hermanos o hermanas?

—Tengo un hermano mayor, pero no le veo a menudo. Está casado y tiene cinco hijos. Trabaja como un perro en una fábrica de automóviles y vive a tres manzanas de la casa en que crecimos los dos.

—No parece que él odie tanto tu barrio.

—Bueno, por alguna razón parece feliz hasta el delirio con su vida. Nunca he sido capaz de comprenderle.

—Quizá él ve más cosas que tú en el barrio.

Jasper volvió al sofá y se quedó mirando una foto que había en la pared. En ella estaban Alice, Isabella y Rosalie bebiendo combinados en una playa con palmeras.

—Lo que yo veía en el barrio eran manzanas y manzanas de casas ruinosas sin patios ni jardines. Niños que llevaban ropa remendada y juguetes que no tenían reparación posible. Una vez, a los siete años, me tuvieron que dar seis puntos en la rodilla. Me caí sobre una botella de bourbon rota mientras jugaba al béisbol. Los vidrios estaban junto al árbol que nos servía de tercera base en el solar infestado de basura en el que jugábamos. Es un mal barrio. Pobre, feo, sin ninguna oportunidad. No quiero volver allí jamás.

Alice suspiró pensando que su descripción explicaba muchas cosas de su vida de adulto. Por eso estaba tan obsesionado con los negocios y con su carrera. Sin embargo, la riqueza no necesariamente hacía que una persona fuera más feliz o estuviera más satisfecha. Alice deseó encontrar una manera para hacérselo entender, pero algo le decía que él se negaría a verlo.

—Por eso vives en un piso elegante del maravilloso Chestnut Hill y tienes juguetes tan caros como tu Porsche.

Jasper asintió moviendo la cabeza.

—Y eso te hace infinitamente más feliz de lo que tu hermano podría soñar siquiera viviendo con su familia en el viejo barrio.

Otro movimiento de cabeza afirmativo.

—Tu hermano está completamente equivocado en cuanto a lo que es la felicidad, ¿no?

Por tercera vez, Jasper asintió.

—Comprendo.

Jasper abría la boca para justificarse cuando el busca sonó. No había sonado muy a menudo durante aquellos dos meses, pero había sonado. Y cuando eso sucedía, Jasper salía disparado sin mirar atrás.

—No contestes —dijo ella impulsivamente, sorprendiéndose a sí misma tanto como a él.

—Tengo que contestar —dijo él tomando el aparato.

—¿Por qué?

—Porque puede que sea importante.

—¿Algo así como una urgencia médica?

Jasper la miró con curiosidad.

—No, claro que no. Es una emergencia de negocios

—Eso no existe —dijo ella con el ceño fruncido.

Jasper fue a la cocina a llamar por teléfono.

—Alice, como de costumbre, no lo entiendes —dijo él mientras esperaba que le contestaran.

—Tienes razón, no lo entiendo. No entiendo por qué alguien que no trabaja en sanidad o en prevención de catástrofes se permite estar de guardia las veinticuatro horas del día.

—Yo no estoy de guardia todo el día.

—¿Y cómo le llamarías tú a esto?

—Hacer buenos negocios.

—Yo le llamo locura.

—Mira, sólo porque pienses que... ¿Hola, Ike? Soy Jasper. Muy bien, no te preocupes. No estaba ocupado en nada importante...

Alice le observó y le escuchó hablar con el otro hombre. No, no tenía planes importantes, no era demasiado tarde para hablar del proyecto en el que estaban trabajando y podía llegar a su oficina en menos de media hora.

Nada importante. Eso era ella para Jasper Whitlock. Cualquier plan que pudieran tener, como pasar la noche juntos, eran planes que él podía cancelar de un plumazo, planes que debían acomodarse a las exigencias de sus negocios.

Alice se levantó del sofá y empezó a recoger las cosas de Jasper. Sin dejar de hablar por teléfono, ella le sostuvo la chaqueta para que sólo tuviera que meter los brazos. Luego le acercó los zapatos y los dejó en el suelo donde sólo tuviera que meter los pies.

Alice estaba pensando en cambiarse el nombre por algo parecido a June Cleaver o Harriet Nelson. Sin decir una palabra, le alcanzó el portafolios y una bolsa con las golosinas que habían sobrado. Entonces fue a la puerta y la abrió para que saliera.

Jasper la contemplaba divertido desde la cocina. Dejó las golosinas sobre la barra, pero no soltó el maletín.

—Escucha, no creo que tarde más de una hora. Puedo volver para que veamos esa película juntos. Dará más miedo después de la media noche.

—Si sólo vas a tardar una hora, ¿por qué no lo haces mañana durante tu horario de trabajo? —preguntó ella.

—Porque Ike se va de la ciudad muy temprano y no volverá hasta la semana que viene.

—Y la economía mundial se derrumbará arrojando a las Naciones Unidas al más absoluto caos si no lo resuelves esta noche, ¿verdad?

—Alice… —le advirtió Jasper.

—Vete —dijo ella haciendo un gesto con las manos— Y estaré en la cama a esa hora, de modo que no te molestes en volver.

Jasper fue a la puerta de mala gana, pero se volvió hacia ella.

—Te recogeré mañana a las seis. Podemos cenar por el camino y estar allí a las siete sin ningún problema.

Alice sabía perfectamente a qué se refería pero decidió hacerle pasar un mal rato.

—¿Estaremos? ¿Dónde?

Jasper la miró boquiabierto.

—En el hospital, naturalmente. No habrás olvidado que nuestras clases de preparación para el parto empiezan mañana por la noche.

—Recuerdo que «mis» clases de preparación para el parto comienzan mañana.

—Lo que tú digas —dijo él con los dientes apretados tratando de controlarse—. Te recogeré a las seis.

Alice se dio cuenta de que Jasper ni siquiera tenía tiempo para ponerse a discutir.

—No será necesario. Rosalie me ha dicho que irá a las clases conmigo y será mi pareja.

—Creí que ya habíamos acordado que yo iba a ser tu pareja —dijo él con una expresión muy seria.

Alice se daba cuenta de que hacía verdaderos esfuerzos para mantener la calma, pero la hostilidad rebosaba por sus poros. Alice ignoró su furia porque estaba demasiado ocupada alimentando su propia cosecha.

—No, que yo recuerde, tú decidiste por tu cuenta y riesgo, sin siquiera tenerme en consideración.

—En cualquier caso, teníamos un acuerdo...

—Pero tú ya estás fuera —continuó ella implacablemente—. Rosalie puede ser mi pareja y ella sí que es alguien con quien puedo contar para todas las sesiones. Por no mencionar el parto real.

—También puedes contar conmigo para todas las sesiones —dijo Jasper deshinchándose un poco—. Y también para el parto.

Alice estuvo a punto de ceder cuando vio en su expresión que se sentía profundamente traicionado. Casi olvidó por qué se había enfadado con él.

—No podría haber contado contigo si las sesiones hubieran empezado esta noche e Ike te hubiera llamado hace dos horas.

—Pero ni empezaban esta noche ni Ike me ha llamado hace dos horas.

—Esa no es la cuestión, Jasper.

—Entonces, explícamela.

—La cuestión es que no soy la clase de mujer que se sienta a esperar a que su hombre acabe con otras cosas para poder estar con él.

—Nunca he pensado que lo fueras.

—Pues me tratas como sí lo pensaras.

—Eso no es verdad.

Alice se echó a reír con unas carcajadas incrédulas y carentes de alegría.

—¿Bromeas? ¿Y qué piensas que estás haciendo en este preciso momento? ¿Qué crees que haces cada vez que suena el maldito buscapersonas? Sales de aquí como un rayo, sin tener en cuenta cuáles puedan ser mis sentimientos.

Jasper abrió la boca para rebatírselo, pero se detuvo. En el fondo se daba cuenta de que ella tenía razón. Pero eso sólo era porque únicamente le llamaban cuando de verdad era importante, cuando había algo que no podía dejar pasar.

—Estaré allí mañana por la noche —dijo él.

—¿Y cómo puedo estar segura? Además, si estás allí mañana por la noche, ¿cómo puedo estar segura de que lo estés al día siguiente? Hace dos meses me dijiste que querías estar conmigo durante el embarazo, que querías formar y tomar parte en él. Pero te vas sin previo aviso a cualquier hora del día o de la noche. Dices que quieres estar allí en el momento del parto, pero sales zumbando cada vez que te llama ese estúpido aparato y me dejas con la palabra en la boca porque uno de tus importantísimos clientes necesita tu opinión sobre un no menos importante proyecto.

—Eso no sucederá —le aseguró él.

—¿Y tú cómo lo sabes?

—Lo sé.

—Bueno, yo no.

Jasper volvió a entrar en la casa y cerró la puerta.

—Vas a llegar tarde a tu cita —dijo ella sarcásticamente.

—Unos cuantos minutos de retraso no le harán daño. Algo me dice que tienes mucho más guardado y que te gustaría soltarlo.

—¿Y crees que unos pocos minutos serán suficiente?

—Haz lo que puedas.

Alice inclinó la cabeza para estudiarle con la mirada y luego asintió.

—Muy bien, lo intentaré.

Cuando ella no se lanzó inmediatamente al discurso que él tanto temía, Jasper abrió los brazos.

—¿Y bien? Estoy esperando.

—Quizá peque de presuntuosa, pero empezaba a pensar que nuestra relación iba verdaderamente bien.

—No creo que eso sea presuntuoso. Las cosas entre nosotros van muy bien. Por lo menos, en cuanto a mí concierne.

Alice asintió, pero Jasper intuyó que ella no estaba de acuerdo. Dudó un momento antes de continuar.

—Incluso llegué a pensar que podía haber un futuro para nosotros dos, tres mejor dicho —dijo ella llevándose las manos al vientre.

Jasper tragó saliva con dificultad. Él también lo había pensado pero no lo había sugerido temeroso de que Alice le diera con la puerta en las narices y no le permitiera volver nunca más.

—Pero ahora no estoy tan segura de que haya lugar para mí o para el niño en tu vida. Eso fue lo que pensé al principio, cuando te pedí que empezaras todo esto. Fue la razón principal de que te lo pidiera, porque sabía que estabas demasiado ocupado para querer ser parte de la nuestra. Luego, conforme iba conociéndote mejor, comencé a cambiar de opinión, empecé a pensar que quizá me había equivocado contigo. Pero creo que tenía razón desde el principio.

—Alice, eso no es verdad. Para empezar, nunca has acertado conmigo.

—Yo creo que sí es verdad. Ojalá no fuera así, pero lo es, tenías razón al decir que no comprendo tu trabajo. Sin embargo, de repente creo que lo entiendo. Tu carrera es como una esposa y tu empresa el niño que has criado desde la infancia. Ya tienes una familia, Jasper. No nos necesitas ni a mí ni al niño ni a nadie.

—Te equivocas. Me importas mucho, los dos. Más de lo que te puedes imaginar.

Alice frunció las cejas mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.

—Y a mí también me importas mucho, más de lo que nunca pensé que pudiera importarme un hombre. Pero tienes que elegir ahora mismo, Jasper. Algo tiene que ser lo más importante, o tu trabajo o... nosotras —dijo ella palpándose el vientre.

—¿Qué quieres decir exactamente? —preguntó él sin estar muy seguro de que quisiera oír más aclaraciones.

Alice hizo una pausa para acariciarse el abdomen abultado mientras meditaba. Al fin, se humedeció los labios y respiró hondo.

—Cuando pienso en un futuro a tu lado, me veo sentada en la mesa del comedor con los niños, sola, esperándote mientras la comida se enfría. Me veo imaginando excusas para tus tardanzas, mientras que tú te quedas a trabajar hasta tarde y vas a los recitales y a los partidos de béisbol solo. Oigo ese busca idiota sonar la mañana de Navidad, cuando el más pequeño te está pidiendo que le lleves al parque para probar su bici nueva.

Su voz se ahogó con las últimas palabras y Jasper se dio cuenta de que no era tan fuerte como quería darle a entender.

—¡Maldita sea, Jasper! —exclamó ella mientras las lágrimas resbalaban por su rostro—. Cada vez que trato de imaginarte en nuestro futuro, sólo veo tu espalda saliendo por la puerta.

Jasper quería discutir, quería gritarle y decirle que se equivocaba en sus visiones, que su trabajo nunca sería tan importante para él como ella lo describía, que nunca se antepondría a las necesidades de su familia.

Pero ¿acaso no había descuidado las necesidades de Alice los últimos meses? Aunque había tratado de convencerse a sí mismo de que había estado allí para todo lo importante, no podía negar que había perdido muchas oportunidades de pasar tranquilamente una noche a solas con Alice. Había pasado la mayor parte de su vida dedicado a convertir su empresa en el éxito monstruoso que era y lo había conseguido trabajando veinticuatro horas al día, los seis días de la semana. Simplemente, no podía arruinar el buen nombre de su empresa descuidándola.

Sin embargo, tampoco quería arruinar su futuro con Alice.

—Dame la oportunidad de recompensarte por esto, Alice —dijo él secándole con la mano las lágrimas—. Sólo una más, es todo lo que pido.

—Hace dos meses me pediste lo mismo y creí que era lo justo. Pero, a menos que se produzcan cambios drásticos en tu manera de trabajar y de vivir, no puedo comprometerme a nada contigo. No habrá tratos en lo que a la familia se refiere. Si debo que quedarme sola con mi hija, tendré la seguridad de que no le fallará un padre ausente. Pero no aceptaré el papel de ser quien siempre haya de responder a sus preguntas, «¿Por qué no está papá en casa?»

Jasper deseaba quedarse a aclarar las cosas, a decirle que estaba equivocada, pero su mente era un torbellino de pensamientos y emociones confusas. Por mucho que quisiera convencerla de que se equivocaba, sabía que nunca podría ser la clase de hombre que ella quería porque no estaba seguro de poder cambiar.

En vez de mirarla a los ojos y jurarle que ella y su hijo estarían siempre por encima de todo, consultó su reloj y se dio cuenta de que llegaba tarde.

—Tengo que irme. Pero mañana pasaré a recogerte. No faltaré a la sesión, te lo prometo.

—Jasper, no creo que...

—Vendré a recogerte —insistió él.

Jasper salió de la casa y estaba muy lejos cuando se permitió volver a pensar. Y entonces, no pudo hacer otra cosa que reconocer que huía de la mujer que llevaba su hijo en las entrañas para ir al encuentro de un negocio que no era ni por asomo tan divertido, tan cálido y tan cariñoso como Alice.

Y sólo pudo pensar en que quizá, sólo quizá, Alice no se equivocara respecto a él después de todo.

—Supongo que ya está, ¿no?

Alice estaba en la puerta de su clase, mirando ansiosamente el reloj y apartándose para dejar paso a otra pareja. Eran más de las siete. Miró a Rosalie y suspiró.

—Bueno, tú misma has dicho que no contabas con él. No sé por qué te sorprendes tanto. ¿No me has dicho que fuera a tu casa esta noche precisamente por eso, porque temías que no apareciera?

—Lo temía, pero también tenía la esperanza de equivocarme.

—Pues ahora ya estás segura. Vamos —dijo Rosalie tomándola del brazo—. La clase está a punto de empezar.

Mientras atravesaban el aula, Alice se dio cuenta de que todas las parejas eran mixtas. Ellas encontraron sitio al fondo de la clase.

—Me gustaría saber qué le ha pasado —susurró Alice—. Podría haber llamado al menos. ¿Y si ha tenido un accidente? ¿Y si se ha metido en un atasco?

—¿Y si es un impresentable como la mayoría de los hombres? —dijo Rosalie—. Para empezar, todavía no me he recuperado del susto de que te has dejado embarazar por un idiota.

—Bueno, es bastante duro quedarse embarazada sin un hombre, idiota o no.

—Todos son unos tarados. En vez de fantasear con el padre perfecto, tendrías que haber adoptado un bebé. Preferentemente una niña.

—Lo que te pasa a ti es que odias a los hombres, no puedes entenderlo.

—No los odio. Simplemente no me fío de que se me acerque ninguno.

—Con ese cinturón negro en karate del que te sientes tan orgullosa, algo me dice que has puesto más de un ojo morado —dijo Alice con una sonrisa.

Rosalie también sonrió.

—Sólo cuando se lo merecían.

La instructora entró y la clase guardó silencio. Alice se obligó a admitir que Jasper no iba a llegar. No cabía la excusa del accidente ni del embotellamiento, si no estaba allí era porque tenía que atender a sus negocios. Unos negocios muy importantes, sin duda. Obviamente más que ella o que el bebé.

Alice suspiró para contener las lágrimas. Era evidente que Jasper había hecho su elección.

A las siete y dos minutos, Jasper se encontraba en la decimoséptima planta de lo que acabaría siendo un rascacielos de oficinas. El viento frío le hacía temblar mientras trataba de sujetarse un casco que era dos tallas menor que la suya. Trataba de entender las explicaciones que le daba Ike Guthrie sobre lo que él creía que era un problema insuperable mientras se maldecía a sí mismo por haberse dejado el teléfono en el coche.

Llevaba allí más de dos horas y estaba dispuesto a arrojarse al vacío si con eso conseguía que Ike acabara su parloteo incesante. Deseaba estar con Alice, saber cómo iba la clase que él se estaba perdiendo. Esperaba que ella tomara apuntes para poder revisarlos luego. Sin embargo, sabía que las posibilidades eran escasas. Alice y Rosalie estarían criticándole en esos momentos, diciendo que era un tarado y en modo alguno el hombre apropiado para ser el padre de su hijo.

—Ike, la verdad es que tengo que irme —dijo interrumpiendo la perorata.

Ike era un hombre grande, enorme como un oso, alguien completamente dedicado al trabajo, alguien a quien era mejor no ofender. El proyecto que les ocupaba era muy importante, demandaba toda la atención de Jasper desde que tres meses antes había accedido a realizarlo. De lo que no se había dado cuenta entonces era que iba a ser una tarea abrumadora unida a sus otras responsabilidades e iba a dejarle sin tiempo para Alice.

—¿Irte? —gritó Ike asombrado—. Ni lo sueñes. Tú no vas a ningún sitio. No hasta que hayamos arreglado esto. Mira, no me gusta estar aquí arriba más que a ti. Ya he cancelado mi viaje a Washington. ¿Y dices que quieres irte? ¿Adonde? ¿Qué puede ser más importante que esto?

—¿Me creerías si te dijera que una clase de preparación al parto?

—No, no lo creería. Cuéntame algo mejor.

Jasper tenía ganas de gritar que no había mejor razón que aprender cómo venía al mundo un niño, pero no dijo nada e Ike volvió a los planos. Jasper apenas le oía mientras hablaba sin parar de un importante fallo estructural. Sólo sabía que hacía frío, estaba oscuro y que, en alguna parte de la ciudad, una mujer estaba aprendiendo a dar a luz a su hijo.

Nunca sería un buen padre ni un buen marido. Su trabajo era demasiado exigente, su empresa gozaba de demasiado éxito, nunca podría dedicarles menos tiempo del que ya les dedicaba. Pero Alice y su hijo también eran importantes y no podía entregarles menos. Si intentaba partirse por la mitad, acabaría descuidando carrera y familia, y probablemente perdiendo las dos. Ni siquiera había podido mantener la palabra que le había dado a Alice de que estaría en la clase. ¿Qué iba suceder cuando su hijo creciera y él no pudiera cumplir sus promesas? El chico acabaría odiando la sombra de su padre.

Alice y el niño se merecían algo mejor. Se merecían un hombre con quien pudieran contar, un hombre capaz de mantener su palabra. Un hombre que no era Jasper Whitlock

—¿Jasper, me estás escuchando? —dijo Ike irritado.

—Sí, escucho.

«Pero no a ti», pensó. «Estoy escuchando el mensaje más importante que se ha entregado en este edificio».

Y el mensaje era que no sería tan buen padre como tendría que ser. Tenía que dedicarse a los negocios, en los que era un experto, y olvidarse de intentar algo para lo que no estaba capacitado.

—Mira, Jasper. ¿Estás en este proyecto o no? Toma una decisión y manténla.

Jasper dudó un momento antes de hacer su elección.

—Estoy en el proyecto. En éste, por lo menos —dijo tristemente.


Como ayer FanFiction no me dejó iniciar sesión, subi el capitulo al blog. No se olviden que la dirección es masenadaptaciones . blogspot . com

Pasado mañana subo el último capitulo! Reviews? ;)