Disclaimer: Todos los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia es una adaptación de Elizabeth Bevarly.


Capítulo 13

Alice había salido con Rosalie e Isabella a hacer las compras de Navidad en un raro día entre semana que las tres tenían libre, cuando notó un pequeño dolor en el abdomen. Puesto que todavía faltaban tres semanas para cumplir sus cuentas, ignoró el dolor y se acarició el vientre. Sin embargo, el dolor persistió. Pero tampoco se hizo más fuerte y Alice no se molestó en mencionarlo. Pensó que estaba experimentando alguna fase preliminar, una especie de ensayo general que su cuerpo hacía para el parto verdadero.

Sin embargo, una hora más tarde, tomó un adorno de cristal sólo para verlo estrellarse contra el suelo cuando una punzada la obligó a doblarse en dos. Alice empezó a comprender que aquello era algo más que un ensayo. Era la noche del estreno. Un estreno para el que no estaba preparada.

—¡Dios mío! —exclamó cuando una segunda punzada atravesó su cuerpo segundos después.

—¿Qué pasa? —dijo Rosalie, frunciendo el ceño al ver el adorno hecho añicos—. Alice, la verdad. A veces eres una manazas.

—¡Ay, Dios! —exclamó Alice sin aliento.

—¿Qué pasa? —preguntó Isabella uniéndoseles.

—Alice, que vuelve a tener los dedos de mantequilla —dijo Rosalie.

—La verdad es que… —empezó Alice—. No estoy del todo segura, ¿eh? Pero creo que estoy de parto.

—Tonterías —dijo Rosalie—. No sales de cuentas hasta dentro de tres semanas. No te pondrás de parto hasta la semana que viene como mínimo y eso ya será bastante inusual. Estadísticamente hablando, la gran mayoría de las mujeres...

—¡Ah! —jadeó Alice agarrándose el vientre con ambas manos.

Isabella entornó los ojos preocupada.

—Anda un poco —sugirió—. Quizá te ayude a aliviarte. Vamos a la cafetería a comer algo.

—De acuerdo —dijo Alice—. ¿Qué hacemos con el adorno roto?

—Déjalo. Debe ocurrir muy a menudo —dijo Isabella—. Ya lo limpiarán.

—Pero lo he roto yo. Debería...

—¡Que lo dejes! —dijo Isabella en tono militar.

Y entonces fue cuando Alice empezó a asustarse de verdad porque su hermana nunca utilizaba ese tono a no ser que estuviera preocupada por algo.

—Voy a ponerme de parto, ¿no?

Alice pensó que las otras dos eran enfermeras en una maternidad. Debían saber cuándo una mujer estaba de parto.

—Quizá —dijo Isabella tomando a su hermana del brazo—. Pero quizá no. Lo más probable es que sea una falsa alarma. Camina conmigo. Mira a ver si te alivia.

Las dos echaron a andar hacia las escaleras mecánicas con Rosalie siguiéndolas a la zaga.

—¿Te duele mucho? —preguntó.

—No mucho —dijo Alice—. Como un dolor menstrual. ¿Qué pasa? Vosotras dos parecéis muy preocupadas.

—¿Tienes alguna otra molestia? —preguntó Isabella—. ¿Es la primera vez que sientes algo parecido?

—Bueno, me he levantado con un dolor de espalda esta mañana que todavía no se me ha quitado y sentí unas cuantas punzadas después del desayuno, ¿por qué?

—¿Y esas punzadas son muy regulares?

—No, van y vienen, ¿me quieres decir por qué estás tan preocupada?

—No deberías ponerte de parto todavía, eso es todo —dijo Isabella—. Sólo estás de treinta y siete semanas.

—Bueno, pero sólo son tres semanas de adelanto—dijo Alice—. Eso no es malo, ¿verdad? Dicen que dos semanas antes o dos semanas después de la fecha es lo normal, ¿no? De modo que, en realidad, sólo es una semana de adelanto.

—Estoy segura de que todo va bien —dijo Isabella—. Pero veamos cuánto dura.

Pasaron de largo por la cafetería cuando Alice dijo que no podía sentarse aún y salieron a la fría tarde de noviembre. Isabella decidió que el frío y el paseo hasta el aparcamiento debían bastar. Luego podían comer un poco e ir a ver la película que tenían prevista.

Pero evidentemente, el bebé de Alice tenía otras ideas porque tres horas después del episodio del adorno, los dolores se hicieron más severos y adoptaron un intervalo regular.

—No sé mucho de esto —dijo Rosalie mientras ayudaba a Isabella a sentar a su hermana en el sofá—. Pero a mí me parece que lo que tenemos aquí es un parto de verdad.

Isabella asintió con expresión preocupada.

—Me parece que tienes razón. ¿Cómo te encuentras, Alice? ¿Quieres tumbarte un rato? ¿Te apetece algo de comer? Sólo algo ligero. Vas a necesitar toda tu energía para esto.

—No quiero tumbarme. ¡Uy! Aquí viene otro calambre.

—Voy a llamar a tu médico. Quizá quiera que te llevemos al hospital —dijo Isabella.

Alice asintió, demasiado asustada como para discutir. Iba a suceder de verdad. Iba a conocer a la personita que había estado viviendo en sus entrañas durante nueve meses. Iba a perder su estatus de persona sola y convertirse en un dúo. Aquello debería haberla confortado, pero sólo podía pensar en Jasper y en el hecho de que iban a ser un dúo en vez de un trío.

Jasper no había tratado de llamarla desde la noche de Halloween. A pesar de todo lo que le había dicho, Alice estaba sorprendida de que hubiera hecho la elección que ella le había exigido. Y aún más asombrada de que la elección se hubiera decantado a favor de su carrera. Aunque no sabía de lo que se sorprendía, era lo que ella esperaba desde el primer momento.

Sin embargo, algo en su interior sospechaba que había más en Jasper de lo que mostraba al mundo. Durante el tiempo que pasaron juntos, había visto en él algo que nunca habría esperado encontrar. Había descubierto un aspecto blando, un aspecto cariñoso, una parte de su personalidad que parecía crecer y florecer en presencia de un sencillo compañerismo humano. Algo le decía a Alice que la carrera de Jasper no tenía por qué ser lo más importante de su vida, que aquella manera de trabajar era la única forma en que sabía vivir, que nadie le había enseñado nunca que había otras maneras de disfrutar la vida. Quizá Jasper no se había dado cuenta de que podía sentirse orgulloso de otras cosas que no tenían que ver con los logros de su profesión. Quizá sólo necesitaba que una buena profesora le mostrara el camino. Alice se preguntó por qué no lo había entendido antes. Se había equivocado al negarle otra oportunidad, porque eso era precisamente lo que él necesitaba y se merecía.

—Llama a Jasper —le dijo a Rosalie cuando otro dolor, más intenso aún, traspasó su cuerpo—. Llevo sus tarjetas en la cartera. Seguro que a esta hora todavía está en la oficina. Llámale y dile que está a punto de ser padre.

—¿Crees que vendrá? —preguntó Rosalie—. No ha aparecido en el cursillo. ¿Qué te hace pensar que estará en el acontecimiento principal?

—Estoy dándole una oportunidad —dijo Alice—. Si la echa a perder, se habrá acabado definitivamente.

—Si quieres mi opinión...

—Pero no la quiero. Ya te digo, llámale. Ahora mismo. Dile que le llama su futuro...

Jasper se encontraba en la sala de juntas, completamente concentrado en una reunión muy importante no con uno, sino dos clientes muy importantes, cuando oyó un ruido familiar que hacía tiempo que no escuchaba.

—Plink, plink, plink...

Su corazón dio un vuelco y levantó la vista al mamparo de cristal esperando ver a Alice llamando su atención. Pero lo que vio fue una mujer rubia y muy alta que golpeteaba el cristal. Y estaba llamando con unas uñas largas y esmaltadas que parecían muy capaces de sacarle los ojos a un hombre, cosa que su expresión no desmentía. Tras ella, Lucille la amonestaba con un dedo acusador y parecía estar gritando.

En un gesto muy parecido al que Alice había empleado nueve meses antes, la mujer le llamó con un dedo, sin hacer el menor caso de la secretaria ni de las demás personas que estaban reunidas. Jasper sacudió la cabeza para dar a entender que no tenía intención de dejarse intimidar por una desconocida y retomó el hilo de la argumentación que pondría su compañía a la cabeza de la carrera del diseño arquitectónico. Quizá hasta consiguiera una cobertura nacional, pensó inclinándose sobre los planos.

Antes de que se diera cuenta de qué estaba pasando, la rubia estaba en la sala de juntas con Lucille pisándole los talones y sin dejar de chillar. Jasper sintió que unos dedos fuertes se cerraban sobre su hombro y tiraban de él hacia atrás sin ningún miramiento. Cuando se dio la vuelta, se encontró mirando un par de arrebatadores ojos verdes que le retaban a que desafiara a su propietaria y cualquier objeción que se le pudiera haber ocurrido se evaporó en el aire.

—¿Quién demonios es usted?

—Escucha, Whitlock —dijo la mujer sin el menor respeto—. Vas a venir conmigo. Tienes una pequeña cita con tu destino.

Lucille asomó por detrás de la mujer, completamente sofocada.

—Ya he llamado a seguridad, Jasper. Estarán aquí de un momento a otro.

—¿Puedes decirle a tu perro guardián que se largue? Por favor —dijo la mujer quitando de en medio a Lucille de un empujón—. Sinceramente, lleva horas diciéndome que tú no aceptabas llamadas y, cuando he venido a comprobarlo, ha intentado entretenerme hasta que llegaran los polis. No es muy amable que digamos.

—Lucille, no te preocupes —dijo Jasper.

—Toma tu abrigo —ordenó la rubia—. Será mejor que nos vayamos antes de que llegue la patrulla de Mickey Mouse.

—¿Quién es usted?

—Me llamo Rosalie, pero para ti soy el arcángel Gabriel. He venido a anunciarte que vas a ser padre. Vamos, ¿dónde está tu abrigo?

—¿Alice está teniendo al niño?

—Aja.

—Pero... todavía es demasiado pronto. No sale de cuentas hasta dentro de tres semanas.

—¡Sorpresa! —exclamó Rosalie sarcásticamente mientras le tiraba a la cara la chaqueta y el abrigo—. Lección número uno sobre niños, y me parece que vas a tener más lecciones como ésta en el futuro, nunca esperes que un crío haga lo que se supone que debe hacer.

—Pero...

—Lo siento, señoras y señores, pero el señor Whitlock dejará el edificio en este momento y no estará localizable hasta la semana que viene. Está de parto.

Y lo siguiente que supo fue que se ponía de cualquier modo la chaqueta y el abrigo y que corría detrás de una rubia que se llamaba a sí misma Gabriel.

Llegaron al hospital cuando los dolores tenían un intervalo menor de cinco minutos. Jasper no pudo recordar siquiera si había sido él o Rosalie quien había llevado el coche.

Iba a ser padre. La palabra aún le parecía extraña.

No había esperado que Alice tuviera buen aspecto. La vio empapada en sudor, la cara pálida y con una máscara de oxígeno sobre a nariz y la boca. Tenía los ojos cerrados, ribeteados de sombras violáceas y parecía dormir. Otra mujer morena estaba de pie a su lado, sujetándole la mano, pero Jasper sólo la saludó con un movimiento de cabeza mientras tocaba la mejilla de Alice. Ella abrió los ojos y la vio sonreír a través del plástico de la máscara.

—¡Has venido! Sabía que lo harías.

—No tuve elección. ¡Vaya un sargento que me has mandado!

—No has venido porque Rosalie sea una sargento. Has venido porque has querido.

—Sí —dijo él acariciándole la frente—. Quiero que me tengas a tu lado. ¿Qué quieres que haga?

—Agárrame la mano.

Jasper lo hizo de inmediato y ella se la apretó suavemente.

—Esta es mi hermana Isabella. Bella, éste es Jasper. Quiero que os portéis bien, ¿me oís?

Alice volvió a cerrar los ojos.

—¿Cómo va? —preguntó Jasper a Isabella, que pareció resignarse a su presencia.

—Mejor que hace un par de horas. Esperaba tener un parto natural, pero el dolor ha sido demasiado intenso. Ha pedido un sedante. Ya debe faltar poco.

—No sufrirá mucho, ¿verdad? —preguntó él inseguro de poder verla sufrir.

—Ahora que has venido, no —dijo Isabella. Soltó la mano de su hermana y rodeó la cama para darle un apretón afectuoso en el hombro—. Voy a tomar un café. Ha sido un día muy largo. Me aseguraré de que Edward y Rosalie os dejen tranquilos.

Edward debía ser aquel tipo grande que le había mirado con cara de querer romperle los huesos al llegar al hospital, pensó él sentándose junto a la cama. Admiraba el sentido de protección que aquella gente tenía por Alice, pero luego se dio cuenta de que él hubiera reaccionado de igual forma si pensara que alguien pretendía hacerle daño.

Varias horas después dio a luz una niña. Jasper miró atónito aquel bulto pringoso que emergió de las entrañas de Alice. Se pasó una mano por la cara mientras el médico lo limpiaba, sin poder creer que hubiera sido testigo de aquella escena. Entonces sintió que algo caliente resbalaba por sus mejillas y se volvió a pasar la mano por la cara.

Nunca, aunque trabajara sin descanso el resto de su vida, podría contribuir a crear algo tan magnífico. Ningún edificio de oficinas, ningún centro comercial, ningún complejo de lujo podía rivalizar con la perfección de la pequeña que el doctor depositó en brazos de Alice.

Y de repente, nada de lo que había hecho durante su vida de adulto pareció importante. Nada absolutamente.

Aquello era lo importante, pensó acercando su dedo índice a la manita de la niña. Aquél era el secreto de la vida. Nada más importaba. Sólo Alice, su hija y cómo las dos le hacían sentir. Fue como si Jasper recibiera una revelación allí mismo, como si los cielos se abrieran y alguien le entregara el don más precioso que pudiera imaginar. Lo tenía delante de los ojos. En aquella habitación estaba todo lo que podía desear, todo lo que podía necesitar. Todo lo demás se diluyó en la nada.

—Es preciosa, ¿verdad que sí? —preguntó Alice sin tratar de detener el torrente de lágrimas que brotaba libremente de sus ojos.

La niña que sostenía en brazos tenía la piel arrugada y ligeramente azul. Lloraba a pleno pulmón ante el trauma de salir al mundo real. Su cabeza era más bien cónica y todavía estaba manchada con los restos de la placenta. Y Jasper supo sin lugar a dudas que nunca había visto algo tan hermoso.

—Es maravillosa —pudo decir apenas.

—Genevieve Renée —dijo Alice suavemente—. Renée era el nombre de mi madre. ¿Qué te parece?

—Genevieve Renée Whitlock, suena bien.

Alice le miró con ansiedad.

—¿Quieres que lleve tu apellido?

—Creo que debería llevar nuestro apellido, siempre que quieras adoptarlo después de que nos casemos. Pero si quieres seguir llamándote Alice Swan, lo comprenderé.

Alice abrió la boca pero no pudo articular palabra. Jasper sonrió.

—Muy bien. Si quieres seguir llamándote Alice Swan después de la boda, nuestra hija será Genevieve Renée Swan—Whitlock. Suena a heredera rica.

—Sí —dijo Alice con una sonrisa—. ¿Pero qué heredará exactamente? —preguntó, nuevamente ansiosa mientras acariciaba la mejilla de la niña para calmar su llanto—. De su padre, me refiero.

Genevieve cesó de llorar y volvió la cabecita hacia la mano de su madre. Alice y Jasper se echaron a reír.

—Lo digo en serio, Jasper. Se merece un padre que esté a su lado en cada paso del camino. Y yo merezco un marido que no ponga en peligro mi amor por un estúpido milagrito de la era electrónica. No permitiré que ese busca viva bajo mi techo.

—De ahora en adelante, el busca se queda en la guantera del coche de cinco de la tarde a siete de la mañana y de lunes a viernes. Nada más, nada menos. Me puedo comprometer a eso.

—¿Cómo? ¿Cómo puedes prometerme algo así cuando no has hecho otra cosa que faltar a tu palabra desde que nos conocimos?

—Lo sé. Y lo siento en el alma, pero tenía compromisos que debía cumplir. Pero ahora sí puedo hacerlo al cerrar dos fusiones.

—¿Cómo que dos fusiones?

—Una contigo y otra con Ike Guthrie.

—¿Quién es?

—Un arquitecto de Pittsburgh que quiere expandirse por todo el país. Hace unos días me propuso que fusionáramos las dos compañías. En aquel momento pensé que no era una buena idea. No quería entregar algo tan mío a nadie. Pero ahora creo que es una idea fabulosa —prosiguió mientras acariciaba la pelusa de la cabeza de su hija—. Ike y yo nos entendemos perfectamente. Él está más que dispuesto a cargar con el grueso de la responsabilidad. Yo reduciré a la mitad mis obligaciones profesionales y tendré tiempo para dedicar a mi familia.

Jasper miró a Alice a los ojos y ella tuvo miedo de creerse lo que veía.

—Porque espero que accedas a ser mi esposa. Y, si podemos, quisiera tener más hijos contigo. Siempre que a ti te parezca bien, claro.

—¿Por qué? —preguntó ella sin poder creer lo que oía—. ¿Por qué quieres hacerlo?

Jasper sacudió la cabeza asombrado de que ella todavía no supiera la respuesta.

—Porque te quiero. Creo que te he querido desde la primera vez que te vi detrás de la barra y sé que te amaré hasta el día en que me muera. No puedo vivir sin ti o sin nuestra hija. Quiero pasar el resto de mi vida amándoos. Y también a los niños que puedan venir. ¿Crees que podrás encontrar en tu corazón un rinconcito para darme la última oportunidad?

—¡Oh, Jasper! —exclamó ella llorando otra vez y acariciando sus mejillas con dedos temblorosos—. Yo también te quiero. Y no necesitas más oportunidades. Has pasado la prueba con todos los honores. Sabía que ibas a ser el padre perfecto para mi hija, lo sabía.

Alice le atrajo hacia sí para darle un beso que le sacudió hasta el alma y luego suspiró completamente satisfecha mientras apoyaba su cabeza en él.

—Lo que nunca pensé fue que también tendría la suerte de encontrar un marido perfecto para mí.

Fin


Y llegó el fin. Lástima que Jasper reaccionó a último momento, pero asi es la historia :/

No se olviden de pasar por el blog masenadaptaciones . blogspot . com. Es importante que pasen por ahi porque todas las actualizaciones las pondré antes en ese blog. Quizás en un tiempo ponga pequeños adelantos, todavía no se porque estoy acomodándome a los nuevos horarios. Ya estoy trabajando en nuevas adaptaciones pero son Edward-Bella. En cuanto encuentre alguna que me parezca más Jasper-Alice o Emmett-Rosalie la adaptaré.

Espero sus reviews! ;)