EL NIDO DE HEDWIG
CAPÍTULO II
El Nido de Hedwig un domingo por la mañana no es lo que Draco ha visto mientras la gripe ha tenido postrados en la cama a la mayoría de sus habitantes. Llueve y los niños se reparten entre la sala de juegos y la sala de estar. Carreras, chillidos, pelotas descontroladas, pequeñas peleas…
—¡Merlín divino!
Justo salir de la chimenea Draco ha tenido que esquivar un pelotazo. Los niños que corren por la sala de estar le saludan alegremente y después se pelean para ver quién de ellos va a avisar a Harry. Finalmente, entre todos conducen a Draco hasta el primer piso, donde encuentran al director del orfanato subido en lo alto de una escalera, cambiando la bombilla de una de las luces del techo del pasillo. Viste unos vaqueros viejos y un jersey que ha conocido tiempos mejores. Entre ambos, un vientre plano y fibrado, con un camino de pelo negro sobre la piel blanca que baja desde el ombligo y se pierde dentro de los pantalones. Sin poder evitarlo, a Draco se le hace la boca agua. Cuando se da cuenta de su presencia —cualquiera no lo hace con el griterío que les ha precedido— Draco tiene la impresión de que Potter se alegra de verle y no puede sentirse más satisfecho. A pesar de que no lo demuestre.
—Reparaciones domésticas —se excusa el joven bajando de la escalera—. Discúlpame, no me había dado cuenta de la hora que era…
Se estira el jersey, las mangas… parece un poco avergonzado de su vestimenta.
—Me ducho y me cambio de ropa, no tardo nada —dice.
—No hay prisa. Esperaré abajo, en la sala —Draco se siente un poco incómodo porque hay doce pares de ojos fijos en él.
Harry cierra la escalera y recoge la caja de herramientas. Deja las dos cosas apoyadas contra la pared.
—Que nadie lo toque —advierte a los niños—. Acompañad al sanador Malfoy a la sala de estar, venga, va… —de todas formas, la experiencia le ha demostrado que no hay que fiarse de esas caritas de angelito, así que pone un hechizo de seguridad sobre ambas cosas.
Draco no sabe qué le hace más ilusión, que Potter tenga tanta prisa por acicalarse o que le haya concedido el título de sanador. Tal vez ambas cosas.
Media hora más tarde, Harry baja del piso de arriba oliendo a champú infantil, cosa que a Draco le suscita una extraña sensación de ternura, y acompaña al sanador hasta la cocina, donde se encuentra su paciente. Sentando en un taburete bastante alto, Eddie ayuda desganadamente a Molly a pelar guisantes. Está muy enfurruñado porque no le dejan jugar con los demás niños. También se encuentran allí Arthur Weasley y Andrómeda. Todos saludan a Draco con amabilidad.
—Temía que un pelotazo le abriera la herida —explica Harry—. Pero Eddie no quiere entenderlo, ¿verdad, Eddie?
El niño frunce todavía más el ceño, poniendo morritos. Harry lo levanta en brazos, para sentarse él mismo en el taburete, y coloca al niño sobre sus rodillas. Tiene que agarrarlo con fuerza porque Eddie no para de moverse, intentando escabullirse.
Draco observa divertido la pequeña guerra entre el adulto y el niño. A Potter le cuesta mantenerlo quieto sobre su regazo. Y Eddie parece determinado a bajar de él, sea como sea.
—Si no te estás quieto, hoy no habrá postre —le amenaza finalmente Harry—. Y sé que Molly ha hecho natillas de chocolate.
Eddie resopla. No sería la primera vez que se queda sin un postre que le gusta por no portarse bien. Así que, a contrapecho, cesa en sus intentos de deshacerse de los brazos de Harry.
—Veamos cómo está esto… —Draco descubre la herida y la examina minuciosamente. Realmente, más de lo necesario. Es obvio que la aparatosa brecha ha cerrado bien y apenas está inflamada. No más de lo que debe estarlo después de veinticuatro horas—. ¿Cuántas veces has tenido que darle las gotas? —pregunta, dirigiéndose a Harry.
—Cuando llegamos a casa y antes de acostarlo —responde éste. Después sonríe—. Hoy está enfadado, pero no se ha quejado de que le duela.
Draco vuelve a tapar la herida.
—Si hoy te portas bien, mañana ya podrás jugar a la pelota.
No muy convencido Eddie se baja de las rodillas de Harry de un salto.
—Pero no quiero pelar guisantes… —se queja.
—Si vienes a sentarte aquí conmigo, te explicaré una historia —dice Arthur Weasley—. ¿Conoces el cuento de la niña que vivía en una vaina de guisante y casi la echan a la olla?
Eddie se acerca, interesado, y se sienta al lado del mago.
—Bien, solucionado —suspira Harry. Después mira a Draco, esbozando una sonrisa maliciosa— ¿Y a ti cómo se te da lo de pelar guisantes?
Cuando por fin se sientan a comer, Draco no puede creerse lo que Harry le ha obligado a hacer. Lo peor de todo es que lo ha hecho más a gusto de lo que hubiera imaginado. Ha pelado guisantes, ha ayudado a poner la mesa, ha perseguido niños por toda la casa hasta conseguir que se lavaran las manos y después los ha llevado hasta el comedor… Susan, Dennis y Tracy hoy tienen el día libre.
—Tienes un extraño concepto de lo que es invitar a alguien a comer —se queja Draco sin demasiado convencimiento.
La sonrisa que le devuelve Harry es radiante.
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Que un domingo de cada tres Draco esté invitado a comer, empieza ser cosa habitual en el Nido de Hedwig. Como consecuencia, a espaldas de Harry, los demás empiezan a murmurar. Todos aprecian a su jefe. Susan y Dennis le conocen desde la escuela. Formaron parte del Ejército de Dumbledore y estuvieron a su lado durante la guerra. Tracy, por el hecho de ser Slytherin, no fue muy cercana a Harry durante su vida escolar en Hogwarts. Pero, particularmente, no tenia nada contra él. Es más, secretamente, deseaba que el Niño que Vivió le endiñara al cara de serpiente un buen par de Avadas lo antes posible. Que Harry la haya aceptado en el Nido de Hedwig ha significado mucho para ella. Para Molly y Arthur, Harry es su octavo hijo. Le quieren, se preocupan y desean lo mejor para él. Como Andrómeda, que ha aprendido a querer y confiar en el padrino de su nieto. Comprende muy bien porqué Remus y su hija le nombraron padrino de Teddy. Pero, de todos ellos, quizá es la única que sabe ver un poco más allá de Harry; de su temperamento amable y su rostro sonriente. Pasaron mucho tiempo juntos después de la guerra, consolándose mutuamente de las pérdidas. Por tanta gente que ya no estaba. El joven estaba como loco con Teddy: le mimaba, le llenaba de besos, le daba el biberón, le dormía… Harry tenía una desesperada necesidad de amar escondida bajo su papel de padrino preocupado y atento. Y una necesidad todavía mayor de que le amaran a él. Andrómeda cree que ni el propio Harry era consciente de ello. Ahora, sólo hay que ver cómo se vuelca en los niños, huérfanos como él. Cómo se preocupa de que no sufran, que no se sientan solos, que se sepan queridos. Es evidente que trata de envolverlos de todo aquello que él no ha tenido. Y que todos los besos y abrazos de los pequeños recompensan con creces todos los que él mismo no recibió durante su propia infancia. A pesar de todo, Andrómeda es consciente de que hay besos y abrazos que Harry también necesita, que no son los que un niño puede dar.
Sus íntimos saben, porque él no se ha escondido de ello, que a Harry le gustan los hombres. Pero no recuerdan que haya habido nadie importante en su vida sentimentalmente hablando. ¿Cómo puede haber alguien, si no sale? A todos les mosquea un poco la continua presencia de Malfoy en el orfanato. No han visto a Harry sonreírle a nadie de la forma en que sonríe al sanador. Y como no saben cuáles son realmente las intenciones de Malfoy, ni de qué pie cojea, se preocupan. El joven sanador es atractivo, no cabe ninguna duda. Y pueden entender que Harry se haya colgado un poco de él, a pesar de su negativo pasado en común. Además, Malfoy parece haber tomado el camino más directo para llegar al corazón del director del orfanato: ser cariñoso con sus niños. Pero, ¿y si Harry acaba enamoriscándose de él? ¿Y si decide dar el paso que hasta ahora no ha dado con la persona equivocada? Tantas preguntas, tantas dudas... No obstante, ni el matrimonio Weasley, ni Susan, ni Dennis o Tracy se atreven a planteárselas a Harry. Saben de sobras que no tolera demasiado bien las interferencias en su vida privada. Y después de cada conversación, de cada discusión, todas las miradas acaban posándose en Andrómeda. Pero ella no está muy decidida a intervenir, aún.
—Paciencia —les dice, un poco para sacárselos de encima—. No creo que sea malo que Harry haya encontrado a alguien de su edad con quien compartir tiempo y conversación.
A pesar de todo, Andrómeda vigila atentamente a su sobrino cada vez que viene al orfanato.
Este sábado por la noche, Draco espera a Harry en el Gnomo Glotón, un nuevo restaurante que han abierto en Hogsmeade. Hace días que intenta hacerle salir del orfanato. No está tan ciego como para no ver las miradas que le dirigen los demás. Hoy quiere tener a Harry sólo para él, lejos de ojos vigilantes y entrometidos. Quiere sentirse libre para intentar avanzar un poco en esta especie de relación que tienen. Nota que Harry está receptivo, que también tiene ganas, pero que se reprime a causa de su entorno, sin atreverse a dar ningún paso ni dejarle darlo a él.
Harry llega cinco minutos pasadas las ocho, con una sonrisa nerviosa en los labios. El camarero que le acompaña hasta la mesa se exhibe orgulloso con el cliente que camina tras él. Los de las otras meses le miran, murmuran, y Draco comprende por qué Harry no es muy aficionado a mostrarse en público. Que se vayan acostumbrando, piensa el sanador, a pesar de todo, optimista. Se levanta educadamente y estrecha la mano de Harry. Después se sientan. El camarero les entrega las cartas y les deja unos minutos para decidir.
—Es la primera vez que vengo —comenta Harry, observando a su alrededor—. Parece agradable, ¿verdad?
—Y si dejaran de mirarnos, todavía lo sería más —ironiza Draco.
Harry sonríe.
—Ya te lo advertí…
Draco se encoje de hombros.
—Pues ya se cansarán…
Pronto se olvidan del entorno y se concentran en ellos dos. Hablan un poco de todo: de los niños, de los problemas de financiamiento del orfanato, del hospital mágico, de los exámenes que Draco tendrá que presentar en un par de meses para convertirse en un sanador colegiado… Cuando llegan a los postres, cuando el vino ya ha hecho su efecto y ha desatado las lenguas, entran en cuestiones más íntimas. En esas a las que nunca han podido llegar cuando Draco va a comer al orfanato. Ahora se sienten cómodos y distendidos, cercanos, ansiosos de conocer lo que el otro nunca ha explicado de sí mismo. Es Draco quien rompe el hielo; el que lentamente, buscando cada palabra, midiendo cada uno de sus gestos, le hace saber a Harry el interés que ha despertado en él. Harry le confiesa sentirse aliviado de que haya sido Draco quien ha dado el primer paso, porque él no habría sabido cómo hacerlo. No tiene mucha experiencia con el flirteo, en demostrar este tipo de afecto hacia otra persona. Cuando Draco toma su mano sobre la mesa, hasta se ruboriza un poco. El sanador comprende que tendrá que ir despacio con Harry; darle tiempo para afianzar su confianza. De hecho, Draco no tienen ninguna prisa. Quiere saborear todo el proceso. Quiere enamorarlo poco a poco; quiere enamorarse de Harry de la misma forma, sin precipitarse.
Los jóvenes alargan la velada tomándose unas copas en el mismo restaurante, donde están encantados de tener al héroe de mundo mágico en su establecimiento. El dueño ya se ha preocupado de que nadie les moleste; que su cliente VIP se sienta cómodo y tranquilo, de modo que Harry Potter desee volver a cenar allí otro día. Es una publicidad impagable para el negocio.
Cuando se despiden, Draco deja un suave y dulce beso en los labios de Harry, que no pretenden obtener respuesta.
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Harry piensa en el beso de Draco durante días. Apenas ha sido un roce, pero los labios le hormiguean cuando lo recuerda. Tiene muchas ganas de volver a ver a su ex compañero de escuela. Todavía le parece increíble que el joven sea afín a sus gustos. Que le atraiga tanto a Draco como el sanador ha empezado a atraerle a él. No sospecha que cada vez que les da la espalda, sus compañeros aprovechan para cotillear. Todos han notado el cambio. Harry está contento, risueño, de un humor envidiable. Y no es que Harry habitualmente no se ría o no esté contento. La diferencia es, quizá, que ahora se le ve ilusionado. Con ese tipo de ilusión que hace que los ojos brillen de una forma especial.
—Entonces, ¿cómo fue la cena? —pregunta finalmente Andrómeda, empujada por los demás.
—¡Genial! —responde Harry— La verdad es que se come muy bien en el Gnomo Glotón.
—Y luego fuisteis a tomar una copa, ¿verdad? —dice la bruja como queriendo quitarle importancia— Como volviste un poco tarde…
Harry deja escapar una carcajada, a pesar de todo, un poco sorprendido.
—¿Acaso me esperabas despierta?
—¡Claro que no! —se apresura a asegurar Andrómeda— Amy se despertó y te llamaba. Entonces vi que no habías vuelto todavía…
Andrómeda se sofoca un poco a causa de la mentira. Pero Harry no se da cuenta.
—Sí, nos tomamos una copa después de cenar —reconoce el joven, con una sonrisa de oreja a oreja—, mientras conversábamos. Fue muy agradable.
Ella guarda silencio durante un rato. No sabe cómo hacerle la pregunta sin que parezca que se está metiendo donde no la llaman.
—Harry...
—Dime.
—Mi sobrino te gusta, ¿verdad?
Él levanta la cabeza y la mira fijamente con sus verdes y brillantes ojos.
—Sí, me gusta. Me gusta mucho.
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Draco se muere de ganas de volver a ver a Harry. Pero no falta mucho para los exámenes de final de carrera. Además de cumplir con los turnos en el hospital, pasa todas las horas que puede estudiando. Lo que no puede evitar es distraerse pensando en Harry más de lo que debería. Hasta en casa se han dado cuenta de sus momentos de ensoñación.
—Así que fuiste a cenar con Potter la otra noche…
—Sí, padre. Fuimos al Gnomo Glotón.
Lucius arruga aristocráticamente la nariz.
—¿No lo regenta ese inútil de Bob Ogden, el hermano de Tiberius Ogden?
—¿El que es miembro del Wizengamot? —interviene Narcisa.
Lucius asiente.
—Parece ser que le echaron del Departamento de Aplicación de la Ley Mágica —sigue explicando—. Y que Tiberius le ha ayudado a montar esa especie de restaurante —acaba con un poco de desprecio.
—Pues se come bien —asegura Draco—. A Harry y a mi nos gustó mucho.
Esta vez, la mirada de Lucius denota preocupación.
—¿Estás seguro de no estar precipitándote, hijo? —Draco alza los ojos hacia él— Potter no es cualquiera, Draco. Podemos tener problemas. Si esto que tenéis no sale bien…
—No te preocupes, padre. Harry y yo sólo cenamos y conversamos —sonríe—. El tiempo dirá.
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Después de un no parar de lechuzas volando de un lado a otro, Draco y Harry vuelven a cenar en el Gnomo Glotón. Bob Ogden no puede sentirse más feliz. Les ha preparado una mesa todavía más discreta y reservada que la última vez, para que los dos jóvenes tengan intimidad. No es que Ogden sea un romántico empedernido o un acérrimo protector de la privacidad de los demás. Es un hombre de negocios. Y Harry Potter de nuevo en su restaurante, bien, de él y de su hermano, es la mejor publicidad que jamás hubiera podido imaginar.
Ajenos a los pensamientos de Ogden, Harry y Draco están contentos de poder hablar cara a cara y no mediante lechuzas. De poder tocarse. Hoy no se dan la mano, como hacían antes. Draco le da un beso a Harry, como el de despedida de la última vez. La diferencia es que esta vez Harry responde y le parece demasiado corto, se queda con ganas de más. Quiere tener muchos de esos besos antes de que acabe la noche.
No tienen muchas novedades que contarse después de todo lo que ya se han escrito estas tres últimas semanas. Pero les faltan ojos para mirarse. Sobre la mesa las manos no paran quietas. Cuando llega el primer plato, sería difícil decir quien de los dos deja al otro con menos ganas. Harry tiene la sensación de tener las mejillas permanentemente encendidas bajo la mirada de Draco. Jamás nadie le había hecho sentir así. Mucha gente le mira con admiración, con idolatría, incluso le han hecho ojitos ofreciéndose para lo que él deseara. La mirada de Draco es diferente. Le hace sentir caliente, deseado, como si fuera el Adonis que Harry sabe muy bien que no es ni será nunca. Es una sensación que le gusta. Quizás porque esta vez tiene ganas de sentirla, de saborearla con la persona más inesperada del mundo. Después de los insultos y las peleas durante los años de escuela, ahora le parece muy excitante ver a Draco bajo esta nueva perspectiva. Ha descubierto en él a una persona que jamás habría imaginado. Desde que se han reencontrado después de tanto tiempo, ha atisbado por fin al hombre que ha estado escondido bajo la máscara de Draco durante todos estos años.
Por su parte, Draco está hechizado por el verdor de los ojos de Harry. Es como si no los hubiera visto nunca antes. ¿Y la forma que tiene de sonreírle? Le hace babear. Provoca que el estómago se le llene de mariposas y tenga ganas de brincar como un niño. Harry despierta en él un sentimiento de ternura que jamás pensó que pudiera llenarle de la manera en que lo hace. ¡Ha descubierto en él tantas cosas que su orgullo de sangre pura no le había dejado ver cuando iban a la escuela! Harry es una persona sencilla, que va de cara, poco acostumbrado a los subterfugios entre los que Draco está acostumbrado a moverse. Tiene una especie de inocencia que ni la crueldad de una guerra le ha podido arrebatar. Hay una parte de Harry que todavía está por estrenar; una que no ha querido o no ha tenido oportunidad de dejar que nadie conozca. Y no cuentan los enamoramientos de adolescencia, como aquella Ravenclaw de la que no recuerda el nombre, o la Weasley. El sanador está seguro de que por aquel entonces Harry iba a la deriva, sin saber qué buscaba realmente. Y ahora que ya lo sabe, Draco le ha encontrado solo, ¡bendita sea su suerte! También sabe que el corazón de Harry está lleno de gente: los niños del orfanato, sus amigos, los Weasley, que son como su familia… Pero todavía no se lo ha dado a nadie de la forma en que Draco piensa adueñarse de él.
—¿Te apetece que vayamos a tomar una copa? —pregunta Draco cuando terminan de cenar.
—¿Dónde? No conozco muchos sitios, aparte de Las Tres Escobas o el Caldero Chorreante…
Draco hace lo posible para no reírse. Ninguno de esos dos establecimientos es el adecuado para lo que está pensando.
—Iremos a Londres—le dice—. Conozco un local que está muy bien…
Es divertido ver como Harry "alucina en colores", como él mismo expresa. Confiesa que sabía de la existencia de estos locales, pero que nunca había ido a ninguno. Parece bastante entusiasmado. Buen conocedor del terreno, Draco le lleva hasta una zona más reservada, desde donde pueden observar todo el bullicio sin formar parte de él.
—¿Por qué no damos una vuelta? —pregunta Harry, ávido de explorar y conocer— Me gustaría verlo todo…
Draco sonríe.
—Porque prefiero estar en un lugar tranquilo donde te pueda comer la boca sin que nada me distraiga.
Harry se deja caer en el sofá, de repente sin muchas ganas de averiguar qué puede haber más allá de la mesita donde han dejado las bebidas.
—Soy todo tuyo…
Cuando Harry vuelve al orfanato camina sobre nubes de algodón. Son las tres de la mañana. Le parece extraño, hasta un poco angustioso, el silencio que envuelve la casa a estas horas, acostumbrado a los gritos y al ruido que la llenan durante el día. Va a la cocina a preparase un té. No tiene sueño. Está tan excitado todavía por los besos y las caricias de Draco, que no sabe si podrá dormir. Es como un niño con juguete nuevo que no quiere dejar de jugar. Jamás habría imaginado que pudiera sentirse tan cómodo con nadie. Draco se perfila en sus pensamientos como el hombre que puede ocupar el vacio que le queda por llenar. Harry siempre ha sido impetuoso y arrojado en cualquier situación que no implique sentimientos. En el pasado, ha sido capaz de lanzar un Crucio sin que le tiemble la mano, pero no de enfrentarse, aterrorizado, a las exigencias afectivas de Cho o de Ginny, por ejemplo. Y después, una vez que aceptó lo que realmente le gustaba, tampoco ha tenido agallas para entrar en el juego del flirteo. No sabe hacerlo. Quizás, en su subconsciente, sigue sobreviviendo la vieja idea inculcada a fuerza de desprecios por sus tíos: que es un fenómeno al que nadie puede querer.
En este corazón en el cual Draco piensa que ya hay suficiente gente, y en el que también quiere hacerse un hueco, Harry ha sido capaz de asimilar amistad, camaradería, afecto hacía los niños que cuida o hacia la familia adoptiva que ha cuidado de él. Pero alguien que le quiera, dejando aparte su glamuroso título de héroe, enteramente a él, con sus cabellos de pena, sus rodillas huesudas, sus manos ásperas, su metro sesenta y seis de cuerpo delgado y sin gracia… No sabe que si Draco estuviera leyendo ahora mismo sus pensamientos, le preguntaría cuánto tiempo hace que no se mira al espejo.
Ahora Harry sabe que está enamorado. De Draco Malfoy.
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Desde que Harry inauguró el orfanato ha habido pocas adopciones. En cuatro años, un par de niños. Y uno de ellos fue adoptado por sus propios tíos, que vivían en Rumania y no se habían enterado de la muerte de sus parientes porque mantenían poca relación con ellos. Ahora, en poco más de tres semanas, ha recibido cinco peticiones. Andrómeda piensa que ello indica que el mundo mágico se está recuperando; que la guerra ha quedado definitivamente atrás y la gente empieza a tener medios para pensar en un futuro a largo plazo. Está contenta. Harry, no. Él se siente desbordado. Se niega a exhibir a sus niños como en un mercado de carne para que las familias interesadas escojan. Y no quiere de forma alguna que los que no sean adoptados se sientan rechazados y lo pasen mal.
Cuando Draco llega hoy al orfanato, aprovechando la hora que tiene para comer y hacerlo con Harry, no le encuentre en el lugar habitual a esa hora: persiguiendo niños para que se laven las manos y organizando el comedor. La chiquillería ya está acostumbrada a su presencia y no le hacen el menor caso. Y él, que también ya se siente un poco como en casa, dirige sus pasos hacia la cocina. Tampoco allí se extraña nadie de su presencia.
—Harry lleva toda la mañana encerrado en su despacho con Dennis —le responde Andrómeda cuando pregunta—. Mejor no le molestes.
Draco aprieta los labios. El tono de su tía siempre es un poco arisco. No le dirige la palabra con frecuencia, pero tampoco tiene la impresión de que haya intentado poner palos en las ruedas de su relación con Harry. Esa es la razón de que soporte estos pequeños alfilerazos que ella le clava de vez en cuando con relativa paciencia.
—¿Hay algún problema? —pregunta.
—Vienes a comer, supongo —dice ella—. Ya te pondré al día mientras comemos. Y ahora, haz algo de provecho y ayuda a llevar niños a la mesa —el tono es autoritario—, que hoy nos faltan manos.
Draco se muerde la lengua y se dirige hacia el comedor a la caza y captura de niños traviesos y escurridizos. Entre Susan y él consiguen sentarlos a todos a la mesa en un cuarto de hora, mientras Molly y Andrómeda levitan bandejas llenas de comida y jarras de agua y zumo de calabaza.
Durante los primeros minutos Andrómeda no le dirige la palabra, demasiado ocupada en que las cosas no se alboroten demasiado. Teddy, su nieto y ahijado de Harry, está sentado a su lado, muy quietecito y formal. Draco le mira con curiosidad. Hoy tiene el cabello de color azul. Desde que visita el orfanato se lo ha visto de todos los colores. Y sabe que si éste es vivo y vistoso quiere decir que el niño está contento y de buen humor. Cuando se siente triste o está enfadado el color acostumbra a ser oscuro.
—¿Cómo está tu madre?
A Draco por poco se le cae la cuchara de la mano. Mira a su tía procurando deshacer la expresión de sorpresa de su rostro. Hasta hoy, Andrómeda jamás le había preguntado por su hermana.
—Madre está bien, gracias —responde.
Andrómeda guarda silencio unos instantes. Draco espera impaciente a que vuelva a hablar. Quiere saber de una vez por qué maldita razón Harry está encerrado en el despacho con Dennis.
—Le diré que has preguntado por ella—dice, a pesar de todo.
Andrómeda parece repensárselo, no muy convencida.
—No, no hace falta —dice finalmente, como si se arrepintiera de haber preguntado—. Te agradecería que no lo hicieras.
Y empieza a reñir a Eddie, que se dedica a lanzar pedacitos de pan a Freddie y a Kevin, sentados frente a él. Draco termina su sopa sin saber qué pensar. Después, sin saber cómo, se encuentra con Amy en su regazo y tiene que consolarla porque Justin ha cogido su muñeca y la pobre ha acabado llena de sopa hasta la punta de sus cabellos de vinilo.
—Tienes mano con los niños —le dice Andrómeda, sorprendiéndole de nuevo.
Él se encoge de hombros.
—Bien, no sé…
—Podrías dedicarte a la pediatría.
—Me he especializado en envenenamientos provocados por pociones y plantas, de hecho —la informa él.
—Pues has perdido el tiempo.
Draco deja escapar una carcajada totalmente espontánea.
—¡Vaya! —exclama— Y yo que pensaba que tenía futuro en eso después de un año de especialización…
—Es lo que pienso —dice su tía, muy seria—. Y ahora te haré una pregunta y más te vale ser sincero —mira a su sobrino fijamente y le suelta—: ¿Qué intenciones tienes con Harry?
Draco está seguro de que si en ese preciso momento le pinchan, no le sacan sangre.
—¿Perdona?
—Me has entendido perfectamente. No me obligues a repetírtelo.
Ahora sí que te has pasado tres pueblos, piensa Draco. Sus facciones se endurecen.
—Discúlpame, pero no creo que sea asunto tuyo. En todo caso, es cosa de Harry y mía.
—Pues me parece que te equivocas —dice ella un poco envarada—. Quiero mucho a ese chico. Además, es el padrino de mi nieto. Es casi como si fuéramos familia.
Amy, que está muy calladita en el regazo de Draco, mira a los dos adultos un poco asustada por el tono que utilizan; sospecha que las cosas que dicen no son muy bonitas. Pero sólo tiene tres años y no las entiende. Así que se acurruca contra el pecho de Draco y solloza:
—Quiero que venga Harry…
—Ahora no puede, cariño. Parece ser que tiene trabajo… —Draco mira a su tía y dice, mordaz—: Aunque todavía no me han explicado cuál.
Andrómeda aprieta los labios de una manera bastante similar a como lo hace su sobrino.
—Ven, Amy, deja al sanador Malfoy comer tranquilo —y hace intención de coger a la niña.
—Amy está muy bien donde está —la detiene él secamente—. No me molesta.
No vuelven a hablar. Después de comer, Draco se dirige hacia el despacho de Harry sin hacer caso de la mirada contrariada de su tía. Que le den, piensa. Llama a la puerta y a continuación entra sin esperar contestación. Harry y Dennis están con una pareja de mediana edad. Los cuatro vuelven la cabeza hacia él, sorprendidos.
—Perdonad —se disculpa Draco, un poco cohibido—. No sabía que teníais visita...
Pero Harry no puede evitar demostrar lo contento que está de verle y se levanta en seguida para salir con él del despacho.
—No sabia que habías venido —besa a Draco con ganas—. Lo siento, pero hoy tengo trabajo.
El sanador sonríe. Como si no lo tuviera cada día con ese montón de niños…
—No te preocupes —dice—. Nos vemos mañana…
—Tengo entrevistas toda la semana. ¿Por qué no te pasas cualquier noche de estas?
—¿Para qué son las entrevistas? —pregunta Draco con curiosidad.
—Adopciones —responde Harry sin demasiado entusiasmo—. Ya te explicaré.
Draco asiente.
—¿Cenamos el viernes por la noche? —propone.
—De acuerdo.
Con un último beso, Harry vuelve a entrar en el despacho y Draco encamina sus pasos hacia la sala de estar para utilizar la chimenea y volver al hospital, con el ánimo y el corazón mucho más ligeros.
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Cuando llega el viernes por la noche Harry tiene los nervios desechos. Ni él mismo se esperaba tomarse las cosas tan a la tremenda. Se siente mal consigo mismo porque, ¿no es su meta conseguir un hogar para todos estos niños que no lo tienen? Sin embargo, ahora tiene la sensación que quieren quitarle algo que es muy suyo y no se resigna a que se lo arrebaten. Incluso ha discutido con Dennis, cosa que no había hecho nunca. Desde ese momento, los demás han decidido que lo mejor era dejarle solo hasta que se le pase y han procurado no atravesarse en su camino. No están acostumbrados a ver a Harry con estos arrebatos de genio.
A las ocho y diez Draco se presenta en el orfanato. Había quedado con Harry a las siete y media y ya lleva cuarenta minutos de plantón.
—¡Merlín nos asista! Otro con cara de querer cargarse a alguien… —murmura Susan cuando ve a Draco entrar en el comedor.
Todos están cenando, pero no se ve a Harry por ninguna parte.
—¿Dónde está? —pregunta el sanador con cara de pocos amigos.
—En la cocina, haciendo explotar alguna cosa, creo —le responde Tracy con ironía.
Con las mandíbulas apretadas, Draco se da media vuelta y se dirige a la cocina. Más le vale a Harry tener una buena excusa…
Desde el comedor, todos pueden oír perfectamente el "cariñoso" saludo del joven sanador:
—¡En mi vida me han hecho esperar cuarenta minutos, Potter!
No pueden oír la respuesta de Harry, pero sí la enojada exclamación de Draco:
—¡Cómo que se te ha olvidado!
Después, silencio.
—No lo habrá desintegrado o algo así, ¿verdad? —dice Susan, un poco preocupada. Después de todo, esta tarde todos han comprobado que es mejor estar lejos de la magia de Harry cuando éste está alterado.
Tracy la mira como si su compañera se hubiera vuelto loca.
—Lo más probable es que se estén metiendo la lengua hasta la garganta —ironiza de nuevo.
Y le importan un comino el "ejem, ejem" de Andrómeda o el "por el amor de Dios" de Molly.
—Pues si el ahogarse en lengua sirve para que Harry se calme un poco, qué quieres que te diga… —refunfuña Dennis, que todavía está molesto por las cuatro palabras subidas de tono que ha tenido con el director del orfanato esta mañana.
Antes de que Andrómeda pueda reconvenir las palabras de los jóvenes, y recordarles que la mesa está llena de niños, Harry aparece inesperadamente en la entrada del comedor, con el rostro un poco sofocado y en un tono más bien dócil anuncia:
—Bien, me voy. Draco y yo salimos a cenar.
Y se va.
—¡Mira tú por dónde!—exclama Tracy— ¡Aún tendremos que estarle agradecidos al jodido Malfoy!
Andrómeda le echa una mala mirada. Y no sólo por los niños.
Harry se ha disculpado tantas veces que Draco ha perdido ya la cuenta. Ahora, mientras comen unos espaguetis a la boloñesa, el sanador intenta hacerle comprender que no tiene que tomarse las cosas así, tan a pecho.
—Ya sé que cuidas y quieres a todos estos niños como si fueran tuyos. Pero, Harry, tienen derecho a tener una familia. ¿No era ese el objetivo? —Harry asiente con la mirada fija en el plato mientras enrolla y desenrolla los espaguetis con el tenedor— Te das cuenta de que no estás siendo racional, ¿verdad? —Harry vuelve a asentir— Bien, entonces mañana le pides disculpas a Dennis y asunto arreglado. Seguro que lo entiende.
—Seguro...
Harry deja escapar un suspiro y confiesa:
—Los Ferguson quieren adoptar a Amy...
Acabáramos..., piensa Draco.
—Amy es especial, ¿verdad? —Harry no puede negarlo— Pues les dices que no puede ser.
—Volvieron a Inglaterra hace un par de años. Están bien situados —explica el director del orfanato—, tienen dinero. Le darían todo lo que necesita…
—Ah... —Draco deja la copa de vino sobre la mesa—... ¿Acaso tú no se lo das?
—¿Qué quieres decir? ¡Por supuesto que sí! —se pica Harry. Y añade con mordacidad—: Pero se supone que debo ser racional, ¿no?
Draco le sonríe con condescendencia.
—Que seas racional no quita que puedas ser también un poco egoísta…
Harry se le queda mirando boquiabierto, sin comprender. ¡Merlín, qué paciencia!, suspira Draco mentalmente.
—¡Adóptala tú! —exclama.
—Pero... pero... ¡eso no estaría bien! —Harry parpadea furiosamente, como si padeciera un tic nervioso—. ¡Qué dirían los demás, pobrecitos!
Draco se encoge de hombros.
—Ya les adoptaran otras familias. Yo también creo que es un buen momento. La genta ya ha dejado atrás las penurias de la guerra.
—Puede que sí…
Harry se queda pensativo. Draco toma su mano sobre la mesa y la oprime con cariño.
—Nadie puede recriminarte que desees tu propia familia, Harry. Esa niña no podría estar con nadie mejor en el mundo.
Harry vuelve a sonreír.
—Me lo pensaré —promete.
Siguen cenando en silencio, cada uno inmerso en sus propios pensamientos. De pronto, Harry levanta la mirada de su plato y pregunta:
—¿Quieres venir a casa esta noche? Mañana no trabajas…
—¿Tenéis whisky en el orfanato? —pregunta a su vez Draco con humor, creyendo que le está invitando a tomar la última copa allí.
—Bueno, yo estaba pensando en que te quedaras a dormir, de hecho.
Draco trata de no atragantarse con los espaguetis que está engullendo en ese preciso momento.
—¡Por supuesto! ¡Sí, claro que quiero! ¿Estás seguro?
Harry estalla en carcajadas.
—Respira, Draco. Te va a sentar mal la cena…
Draco no había estado nunca en la habitación de Harry. Y ahora espera no tener que abandonarla nunca. El delicioso cuerpo de Harry se mueve bajo el suyo. Le penetra sin prisas, sin perderse ni una de sus expresiones, de incomodidad primero, de sorpresa después, de placer finalmente. Escucha su respiración ligera, cada vez más rápida. Los suaves gemidos que escapan de sus labios entreabiertos. Se pierde en esos ojos que le miran, tan verdes, tan ansiosos y esforzados por hacerle saber lo que su dueño no dice con palabras. Draco llena su rostro de besos mientras disfruta de las manos que se aferran a sus nalgas, posesivas, apremiantes, empujándole a profundizar cada vez más. Y entonces, lo dice. Porque las palabras le queman en la boca y tiene que soltarlas sí o sí, a pesar de que no sean las más románticas.
—Yo también... quiero que me adoptes….
La respuesta es el cuerpo de Harry estremeciéndose bajo el suyo, regando su vientre de esencia caliente, llenándole la boca de gemidos que se mezclan con las palabras que se ahogan dentro de ella. Y Draco se corre con fuerza, vaciándose con un grito que nace desde el fondo de su estómago, sube por su garganta y estalla ahogando cualquier otro sonido en la habitación. Harry se aferra a él con piernas y brazos, reclamando sus labios, y Draco siente que le besa con todo el cuerpo. Después, exhausto y feliz, se deja caer de espaldas sobre la cama, llevándose a Harry con él.
—¿Cómo ha ido? —le pregunta apartándole el flequillo de los ojos, acariciándole la mejilla.
Harry sonríe con esa dulzura que deja a Draco sin aliento. Y no es que le quede mucho ahora mismo.
—No tengo palabras.
Se acurrucan el uno en brazos del otro y suspiran un silencio agradecido, lleno de gestos y caricias.
—¿Y bien? ¿Qué dices? ¿Me adoptarías? —susurra Draco— Siempre me lavo las manos antes de comer y sé vestirme solito por las mañanas...
Harry ahoga su sonrisa sobre el pecho de Draco y, ya de paso, lo llena de pequeños besos. Después, levanta la cabeza para poder contemplar esos preciosos ojos grises y dice:
—Sólo si soy yo quien te desviste por las noches…
La nariz de Draco recorre el cuello de su compañero, olfateando su piel caliente, respirando su embriagante olor.
—Y, ¿dónde hay que firmar? —pregunta.
Harry se ruboriza un poco cuando le responde:
—Ya lo has hecho…
Continuará...
